Mis plagios



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  • - VIII



Leopoldo Alas

Mis plagios


Un discurso de Núñez de Arce

- I -


     En fin, hablemos del Sr. D. Luis Bonafoux y Quintero; pero no crea el agraciado, como se dice de los que ganan un premio de la lotería, que me decido a publicar su nombre por espíritu de caridad; la caridad bien entendida -aunque él opinará hoy por hoy lo contrario- consistiría en no decir palabra de tal sujeto, dejándole en la merecida oscuridad en que vive, a pesar de todas las pajuelas de azufre escandaloso y pestilente que anda encendiendo por los rincones más intransitables de la prensa callejera; pajuelas cuya lumbre apaga el viento frío de la indiferencia pública, como diría Alonso Martínez, puesto en mi caso. No es caridad sacar a relucir estos nombres de muchachos exaltados, que tienen por enfermedad el prurito literario, y que, creyendo imitar lo que ni siquiera son capaces de comprender, insultan y calumnian, y llaman a esto sátira y crítica; y confundiendo lastimosamente las especies, censuran al escritor, no por sus literaturas, sino por vicios, pecados y hasta delitos reales o supuestos, pero siempre extraños a la materia artística. La caridad consistiría en insistir público y crítica en no conocer a tales caballeros, en no querer saber quién son, por mucho que vociferen. Así podría lograrse, y se ha logrado muchas veces, que, cansados de su eterno monólogo, dejasen las letras para quien son, y buscasen pábulo a su actividad en cualquier otro género de profesión u oficio. Respecto del Sr. Bonafoux, no hay caridad en este artículo, preciso es confesarlo; pero acaso la haya con relación a otros jóvenes y algunos viejos que pudieran tomar ejemplo de lo que aquí van a leer, para evitarse análogas malandanzas.

     Tenga entendido, por consiguiente, el escritor filipino o inca, o lo que sea (ultramarino lo es), que si se adora la peana, es por el santo; de otro modo: que si se habla de él aquí, no es por él, sino porque conviene escoger uno entre muchos, y presentarlo a sus congéneres para que se miren en ese espejo.



- II -


     Hace ya algunos años ¡oh Póstumo! escribía yo con Sánchez Pérez y otros amigos El Solfeo, y en este periódico, o en alguno de los que le sucedieron con la misma dirección y sin grandes cambios de redactores, comencé a notar que colaboraba de vez en cuando uno de estos escritores gratuitos que llegan a convertirse en obligatorios, verdadera polilla de la prensa madrileña literaria, causa principal de su decadencia y de otros muchos males consiguientes; y noté también que el tal colaborador, dicho sea sin vanidad -¡ni qué vanidad cabe en esto!- procuraba imitar mis articulejos, y desde luego conseguía parecérseme en la poca aprensión con que yo abordaba algunas materias difíciles, sin más disculpa que el buen deseo y los pocos años; pero pronto advertí en sus ocurrencias cierta rudeza seca, una fraseología vulgar y de baja estofa, a que yo, a Dios gracias, no he descendido nunca. Y, valga la verdad, no sólo en esto, sino en otras muchas cosas de forma y fondo, creía yo distinguirme y aun separarme, hasta quedar a cien leguas, del Sosias importuno que en mi misma casa se me presentaba, de aquel espejo de rigolade que me molestaba y acababa por marearme, inspirándome repugnancia invencible. Por mucha modestia que yo tenga, y por mucha más que quiera aparentar, declaro que si hubiese creído que el Sr. Bonafoux, en cuanto escritor, se me parecía de veras, era como yo, no sólo hubiera arrojado la pluma, sino que me hubiese echado yo mismo al río, o por lo menos en el surco. De resultas de todo esto, nació en mí una suprema antipatía, de la que era objeto aquel literato malicioso y atrevidillo que empezaba a firmar con el seudónimo de Aramis, que a él lo parece ya tan famoso como el de Moliére, o el de Despraux, o el de Fígaro, o el de Tirso.

     Y en aquel tiempo yo no conocía al Sr. Bonafoux, el cual me escribió una carta muy fina, invitándome a comer con él y con su tío, embajador o cosa así de una República americana. Las comidas iban a ser dos: una con tío y sobrino, y otra en compañía de muchos personajes, en un gran banquete que fue famoso, aquel en que Cánovas rogó a Castelar que aguase el vino. No recuerdo si contesté a las cartas e invitaciones; supongo que sí; pero lo cierto es que no fui a comer con Bonafoux y Quintero. Y aprovecho la ocasión para declarar al tío, si vive, que el no portarme entonces con la proverbial galantería de los hidalgos castellanos, fue por culpa del sobrino, o, mejor, de la antipatía que me inspiraba aquel escritor desenfadado y original, que, dicho sea con perdón, se me ponía, y sigue poniéndoseme, en la boca del estómago.

     Pasaron los días, pasaron años, y yo, muy a mi placer, seguía sin conocer personalmente a Bonafoux. Debo añadir que no leía ya hacía mucho tiempo sus artículos. No recuerdo por quién ni cuándo, se me dijo una vez: -Ése es ese Bonafoux...- En efecto, exclamé; ese es el Bonafoux que yo tenía aquí (señalando al estómago). Hacía buen tiempo, y el escritor original y maleante llevaba levantado el cuello del gabán como si fuese a cantar epístola, o como si no pudiera tolerar el frío. ¡Qué original! Nada, lo mismo que Alfonso Karr. ¡Qué rarezas! ¡Qué salidas! ¡Oh! Por algo le llaman (¿quién?) el hombre de la puerta de Fornos (¿Por qué?)... Y después de todo, puede ser un bendito. Pero me apresuro a decir que no lo parece. Como antipático... ¡lo es!

     Al llegar aquí, se me podría decir que incurro en el defecto que censuro en Bonafoux y otros como él, puesto que me olvido de sus cualidades de escritor para hablar de su aspecto y de sus originalidades representadas. Pero contesto que en Bonafoux las literaturas van unidas inseparablemente a estos arranques geniales del hombre de la solapa enhiesta, y de la puerta de Fornos, y de las acusaciones infundadas e injuriosas que podrían llevarle ante la justicia, si uno tuviera mala intención y tiempo que perder.

     Y vuelvo a mi narración. Una tarde, en la última primavera, se me presentó en mi rincón de Asturias un joven escritor americano, el señor Barreal, que no me dejará mentir, el cual me traía de parte de Bonafoux un libro, que conservo, titulado Mosquetazos de Aramis, con una dedicatoria de manu auctor, la cual decía: «Al autor de La Regenta, en prueba de simpatía, Aramis». Y aquí un paréntesis: es así que, según el señor Aramis, La Regenta es un plagio, es decir, un robo literario, y sin embargo el autor de La Regenta le es simpático... luego el señor Bonafoux simpatiza con los ladrones.

     Como yo no era, ni soy, ni seré capaz de corresponder a tamañas simpatías, ni leí el libro de Aramis, ni di las gracias al autor por el regalo, ni dije al público palabra de semejante producto de las musas.

- III -


     La consecuencia que el tal Bonafoux (Aramis en el Helicón) saca de todo esto, es que yo soy un plagiario, que le he robado a Zola una bellísima página que tomó de un libro suyo antes de escribirlo él; que La Regenta no es más que una mala traducción de Madame Bovary, y Zurita el mismo Bovary en persona; y mi Pipá ¡oh colmo de la venganza! una copia del Periquín, de Fernanflor. ¿Quién es Periquín? Juro por lo más sagrado que no conozco a ese Periquín, y que lo de plagiar a Fernanflor es una broma llevada al extremo. Pero vamos a cuentas, y pongámonos semiserios.

     Todo lo que Bonafoux puede decir de mis obras, erigiéndose en crítico de ellas, me tiene sin cuidado; y en la absoluta sinceridad con que digo esto creerán cuantos me conozcan un poco, y el mismo Aramis acaso; para mí es un axioma que el tal Bonafoux no es de la clase de seres capaces de juzgar o entender siquiera lo que yo escribo. Por esta parte sus censuras me producen el mismo efecto que me produjeran las de los toros de Guisando si pudieran escribir artículos.

     Pero entra la hojarasca de los chistes y ocurrencias con que el buen Aramis aspira a molestarme, encuentro que me llama plagiario, y esto merece contestación, no por quien lo dice, sino por quien puede leerlo, por casualidad, como yo mismo lo he leído.

     Recuerdo haber escrito en alguna parte algo por el estilo: en materia de plagios literarios cabrá sostener si son legítimos o no; pero el escritor de conciencia hará en este punto lo que ciertos comunistas, que además son personas decentes: Predican tal vez la abolición de la propiedad, pero no roban.

     Soy muy escrupuloso en este particular, y seguro de no haber tomado en la vida un renglón ni una idea a nadie, me molesta que haya quien diga, siquiera sea un Aramis, que he plagiado a tal o cual autor, aunque éste sea Cervantes.

     Si el lorito de mi vecina, que me llama «borracho», sin que yo haga caso de tal calumnia, me llamase plagiario... le llevaría ante los Tribunales. Lo mismo podría hacer con el Sr. Bonafoux, y él no debe de haberse fijado en esto. Prescindo de que me ha calumniado diciendo que he tomado a Zola una página bellísima de su Pot-bouille para un cuento de mis Solos de Clarín. Pot-bouille se publicó en 1882 y Solos de Clarín en 1881, es decir, un año antes; de modo que aquí la calumnia es evidente; pero prescindo de ella porque, por deficiencias legales relativas a las garantías de la propiedad intelectual, el plagio de que Bonafoux me acusa no es delito que produzca procedimiento de oficio, y, por consiguiente, su calumnia, moralmente, y jurídicamente también, tan vituperable como cualquier otra, ante la ley no puede ser perseguida con arreglo a nuestro Código penal. Pero la injuria es evidente, y, a mi entender, injuria grave, comprendida en el art. 472, caso II del citado Código; y aunque yo viese las cosas algo abultadas y no fuese grave la injuria, nadie me podría negar que sea por lo menos leve; y el Sr. Bonafoux podía ser muy bonitamente condenado a la pena de arresto mayor en su grado mínimo, y por ser el ataque injurioso público y por escrito, a una multa de 125 a 1.250 pesetas.

     Reconozca el Sr. Bonafoux que éstas son habas contadas. ¿No ha de ser injuria, leve por lo menos, decir a un escritor que vive de sus obras, y éstas de ser originales, que las copia de las ajenas, que hurta a otros escritores páginas, tipos, situaciones, etc., etc.? Si el Sr. Bonafoux pudiera demostrar que yo copiaba mis cuentos y novelas, ¿no aniquilaría la poca fama que haya podido adquirir a fuerza de trabajo y de años de perseverante afán, para ganarme un puesto humilde en nuestras letras, y si no la comida, la cena de mis hijos? ¿Cree Bonafoux que los editores me comprarían mis libros si llegasen a pensar que he dado en la gracia de copiarlos?

     ¿Y con qué cara el Sr. Bonafoux se atreve a decir, siendo esto tan grave para mí, que he copiado a Zola, sabiendo que era imposible, pues lo que supone copiado se publicó un año antes que el supuesto original?

     Que Bonafoux procedió de mala fe, es indudable. Pues si quiere disculparse diciendo que él no se detuvo a mirar en la cubierta de cada libro de qué año era, la disculpa será torpe. ¡Cómo! replicaremos todos; ¿usted aventura en público acusaciones tan graves, sin enterarse antes de que son fundadas? ¿Por qué dice usted que Clarín plagia a Zola sin que le conste? Mala fe y ligereza incalificables.

     Pero ¿y los demás plagios? dirá Bonafoux, colorado, supongo yo, porque no creo que lo falta la sangre oportuna que debe subirse al rostro en casos semejantes.

     -Allá vamos, señor mío, allá vamos. Pero bueno es, y malo, malísimo para usted, que el juez o tribunal que entienda en el asunto, sea el público, sea un tribunal de honor literario, tenga de usted estos antecedentes: que usted acusa de plagios imposibles astronómicamente, que usted calumnia a Clarín de modo evidente, e insiste, sin embargo, en probar otros plagios. ¿No es natural que los que hayan de juzgarnos estén poco propicios a creer las cavilaciones malévolas de usted?

     ¿Y no tendría yo derecho a despreciar todas sus demás acusaciones de plagio, después de esa evidente calumnia?

     Pero ya he dicho que no es por usted, sino por los que pueden haberle leído, por quien yo doy explicaciones.

     Y vamos a ellas.



- IV -


     Dice Bonafoux (esto no lo he leído en escrito suyo, sino en un corresponsal de un periódico, que se refiere a ciertas frases de Aramis en La Regencia, diario que no he visto en mi vida; es más, dudo que exista semejante periódico, y me fundo en que, según dicen, está inspirado por D. Pío Gullón, y ya se sabe que la ciencia moderna ha demostrado que D. Pío Gullón es un mito: es el dios del agua... de cerrajas); dice que mi Pipá está tomado del Periquín de Fernanflor.

     Yo no conozco a ese Periquín, pero según me dicen, se trata de un niño pobre que en Nochebuena se ve abandonado, en la calle, entre la nieve, y después es recogido por unas damas, y entra en un sarao, o no sé en dónde, etc., etc.

     La acusación de que yo imité, plagié o copié a D. Isidoro Fernández Flórez será absurda, desde luego, a los ojos de los que estén en ciertas interioridades psicológicas y sepan la opinión que tengo de las facultades literarias y artísticas del Sr. F. Flórez; facultades que no niego, mas que son de índole tan distinta de las que yo para mí quisiera; pero como el público en general no está en autos, estos argumentos recónditos no me sirven.

     Yo no he leído a Periquín. Esto no puede probarse. ¿Cómo he de probar yo que no lo he leído? Por aquí tampoco hay argumento ni probanza. Y sin embargo, ¡bien sabe Dios que no lo he leído! Pero es el caso que Pipá está tomado del natural; vivió y murió en Oviedo; fue tal como yo le pinto, aparte las necesarias alteraciones a que el arte obliga; el que me lo confunda con uno de tantos muchachos como han figurado en esos cuentos de Navidad en que hay nieve, antítesis de niños ricos y bien comidos, etc., no me ha hecho el honor de enterarse de lo que es mi Pipá. ¡Cuántos pilluelos, en las condiciones generales de Pipá y de Periquín, andarán por esas literaturas romántico-cristianas! ¡Cuántos tipos, modelos de esta clase, no podríamos encontrar sólo en Dickens! Algunos tiene Ouida, uno tiene Dostoievski en un cuento, que se parece mucho más a ese Periquín, por lo visto, que mi Pipá; y no creerá nadie que el autor de Crimen y castigo copió a Fernanflor; ni tampoco dirá nadie que está sacado de Periquín El pájaro en la nieve, precioso boceto de Armando Palacio (otro mozo incapaz de imitar a Fernanflor, así lo tonsuren). De Pipá, sabe todo Oviedo; el medio ambiente que le rodea es de Oviedo en parte, y en parte de Guadalajara... Y sobre todo, ¡cáscaras! que yo no he leído el Periquín de Fernanflor. Y sobre eso todavía, que yo no soy hombre para copiar, imitar o plagiar a Fernanflor... ¡Si el alma un cristal tuviera, Sr. Bonafoux!

     Y, en fin, ¿quiere usted que haya copiado el Periquín? Pues sea, bueno. ¡Después de todo, la cosa tiene gracia!

     Todo lo demás que he copiado en este mundo, según Bonafoux, está sacado de Madame Bovary, que es entre literatos como sería entre teólogos escribir: Et Verbum caro factum est, etcétera, y después firmar: Ramón Nocedal, o C. el conde de Toreno.

     En esto de plagiarla Madame Bovary, no voy yo sólo ni mal acompañado; de igual delito acusa Bonafoux al novelista portugués Eça de Queiroz, al cual mira el malicioso mosquetero, mosquito literario, por encima del hombro. Eça de Queiroz, que no es tan comunicativo como yo (verdad es que también vale infinitamente más) no contesta singularmente a los Bonafoux de su tierra que le hablan de sus plagios. Dirigiéndose a todos, les dice lo siguiente: que sólo puede ver semejantes parecidos uma obtusidade cornea ou uma ma fe cynica. Ya lo oye Bonafoux, que por lo visto, plagia, como él diría, a los enemigos portugueses de Eça de Queiroz; escoja entre uma ma fe cynica ó uma obtusidade cornea.

     Bonafoux debe de haber leído hace muy poco tiempo Madame Bovary, y está con tal lectura como niño con zapatos nuevos; y todo lo que ve se la antoja -o tal finge- copiado de Madame Bovary. ¿Conque El primo Basilio está sacado de la novela de Flaubert? ¡Claro! Hay una mujer, un marido y un amante... pues cátate a Eça de Queiroz otra vez plagiario.

     Por lo que a mí se refiere, como no creo que Aramis tenga una obtusidad de cuerno, y más bien creo en sus agudezas, sean del material que sean, no puedo ofrecerle semejante disyuntiva.

     No quiero entrar en filosofías sobre lo que es plagio y no es plagio; sobre los ilustres ejemplos de imitación, y algo más que imitación, que nos dejaron los más famosos escritores; yo soy de los que opinan que, cuanto más original se sea, mejor; que cuanto menos se parezca uno a los demás, mejor; que cuantas menos coincidencias haya entre nuestras obras y las ajenas, mejor. ¡A buena parte viene Bonafoux! ¡Soy un puritano! Soy de los que piensan que para la fama de Scarron, por ejemplo, hubiera valido más que su Virgile travesti no tuviera delante de sí la Eneida travestita de Lalli; y, sobre todo, me parece que su Roman comique pierde mucho para los que saben del Viaje entretenido de Agustín de Rojas.

     El Sr. Bonafoux debe de saber que plagio recuerda el nombre del castigo a que condenaban los romanos a ciertos criminales: ad plagas (el Sr. Bonafoux lo sabrá, pero no por el Diccionario de la Academia, que no lo dice); pues bien; a esos latigazos condenaría yo a cuantos copian o imitan muy de cerca literatura ajena. Paso porque el que tenga afición a lo clásico imite a los antiguos, como hacía Racine; pero a los contemporáneos hay que dejarles íntegro lo suyo; y así, en mi concepto, decía bien Scudery: Ce qui est étude chez les anciens, est volerie chez les modernes. No se puede acusar a un literato de cosa más fea que el plagio, no ya sólo por motivos de honradez, sino porque es suponerle nulo, incapaz; y Rousseau hacía bien en irritarse ante acusación semejante, porque, como él decía: Ce sont de gens pourvus de bien peu du talent par eux mèmes, qui se parent ainsi de ceux d'autrui.

     Yo no transijo de buen grado ni siquiera con los plagios del genio, y la teoría del robo con el asesinato, si me parece ingeniosa, me parece poco justa. Shakespeare, con ser quien es, tan original en el fondo, que se explica la paradoja de Víctor Hugo que decía: «la naturaleza se parece a Shakespeare», hubiera hecho mejor absteniéndose de tomar, de 6.043 versos, 1.771 a poetas que le precedieron; para mí es esto más grave que lo que hizo con los argumentos y hasta con la acción y las situaciones de tantas obras dramáticas anteriores; y eso que, en mi juicio, acaso aumentaría el mérito del gran trágico si se pudiera decir: «Señores, es cosa segura que el autor de Hamlet no debe nada a nadie; no ya a sus compatriotas, sino tampoco a los extranjeros; y así, es cosa averiguada que es una suspicacia infundada de autores italianos el creer que Macbeth debe acaso sus Brujas a las streghe de la tragedia del italiano Giraldi, L'Orbecche; y cabe asegurar que es una obtusidade cornea el decir que de la Arrenopia del mismo Giraldi, o de una novela italiana de parecido argumento, pudo Shakespeare sacar el asunto y la intriga de All's well that ends well, como también piensan algunos, y también se equivocan, que pudo tornar la famosa Porcia la jurisconsulta, o, mejor, oradora, del Mercader de Venecia, de la citada Arrenopia». Yo, señor Bonafoux, atribuyo el mayor encanto de Romeo y Julieta a la manera de Shakespeare; pero no cabe negar, que aún sería mayor el mérito si hasta el asunto fuese suyo y no se pudiera decir que probablemente el divino poeta tomó la materia primera de Arturo Brooke en su Historia trágica de Romeo y Julieta, que a su vez está sacada, como la tragedia Adriana, de Luis Groto, de la novela Julietta de Luis Porto.

     Conocerá usted, de fijo, señor Aramis, la famosa Mandrágora de Machiavelli, o Maquiavelo por acá, y de fijo sentirá usted disminuir algo su admiración, como me pasa a mí, pensando que tal vez tomó para ella acción y situaciones de la Mandragoreggiata de Alessi... ¿Quién no ha oído hablar de los llamados plagios de Sardou? ¿Y qué duda cabe de que algo ganaría el dramaturgo francés con que, v. gr., el cuarto acto de su famosa obra Nos intimes, no estuviera copiado, según dicen, textualmente, de una obra desconocida, Le discours de rentrée?... El muy pío Virgilio, el maestro del Dante, ¿no pierde algo de su gloria cuando se sabe que no sólo tomó materiales de Ennio, sino también de Novio, de Lucrecio y de otros varios? En fin... en fin, dirá Aramis, señor Clarín, eso es escaparse por la tangente, y lo que quiere usted con ese discurso a lo don Hermógenes, es que olvidemos a Madame Bovary y los plagios de usted.

     -Habla usted como un libro, joven Aramis. Vamos al caso. Pero conste que soy de los que no admiten el plagio, ni atenuado siquiera. Ahora, lo que es seguro que ha sido coincidencia y no imitación ni copia, eso claro está que lo absuelvo. Así, v. gr., para mí no pierden nada La Courtisane amoureuse, de Lafontaine, ni Manon Lescaut, Marion Délorme y Margarita Gauthier, porque en el teatro indio se haya encontrado un drama antiguo, atribuido al rey Çûdraka, y titulado Mriquiakatiká, en el cual hay una horizontal de muy buen corazón, llamada Vasantasena, que, según dicen, es la primera y acaso la mejor edición de la pecadora redimida por el amor, etc., etc. Sería absurdo pensar que Alejandro Dumas copió su Margarita de Vasantasena. Todavía hay otro parecido más acentuado en el teatro japonés, en una comedia titulada Kami-ya Giyé (Giyè el papelero, como si dijéramos), en la cual se encuentra un argumento semejante en lo esencial al de La Dama de las camelias. O'Haré, una cantarina, es la querida de Giyè, que tiene mujer legítima, pero quiero hacer de su amada O'Haré una mekaké, o su concubina legal. Esto cuesta dinero, porque es cosa cara el librar a la pobre cantante de su baja condición de ghesha, o meretriz de inferior categoría. El papelero quiere empeñarse para alcanzar su propósito, y entonces interviene su padre, que recurre a la generosidad de la cortesana y consigue que ésta se haga despreciar de su amante, para que Giyè vuelva al buen camino. ¿Qué diría Bonafoux si una invención mía se pareciese a otra cualquiera, como se parece a esta comedia japonesa la famosa obra de Dumas? Y sin embargo, es absurdo suponer que el dramaturgo francés fue al Japón por su hermosísima figura Margarita Gauthier.



- V -


     Y ahora vuelvo yo de Yedo, y como mejor proceda en derecho, digo:

     Bonafoux asegura que cierta novela mía, titulada La Regenta, es plagio de Madame Bovary, y para ello se funda en que madame Bovary va una noche a un teatro con su marido y allí se encuentra con su amante, y no pasa en el teatro nada de particular; y en La Regenta también va la protagonista al teatro, y allí está un señor que la quiere decir que la adora, pero que todavía no se lo ha dicho. Tenemos como prueba de plagio, un teatro: teatro en Madame Bovary, teatro en La Regenta. Un marido: marido en Madame Bovany, marido en La Regenta; una esposa (íd., íd., íd.); un amante en Madame Bovary, un pretendiente inconfeso en La Regenta. Ese es el plagio, esa es la mala traducción de la novela de Flaubert.

     Por lo visto, menos linces que Bonafoux, no han notado el plagio que él señala los muchos, muchísimos críticos españoles y extranjeros que se han dignado hablar de mi novela, que es tan mala como mía, pero tan mía como mala también.

     Los periódicos franceses Nouvelle Revue, Revue Britannique, Revue du monde latin, Le Temps, etc., etc., que se han dignado hablar, algunos muy por largo, y con elogios absurdos, por lo inmerecidos, de ese plagio mío, no han leído, por las señas, la obra maestra de Flaubert, pues ninguno de ellos ve parecidos, ni plagios mucho menos.

     Dos escritores que en una competencia, para mí muy halagüeña, me han pedido permiso para traducir en francés La Regenta, tampoco deben de saber que Madame Bovary existe en el mundo. Lo mismo digo de los periódicos norteamericanos, italianos, portugueses, suizos etc., etc., que han dado cuenta del argumento de mi pobre novela. Sólo Bonafoux ha dicho: es plagio.

     ¡Cuántas novelas podría yo citarle, anteriores y posteriores a la de Flaubert, en que hay escenas de marido, amante y mujer en el teatro! Quinientas. Ahora mismo me acuerdo (y conste que yo leo pocas novelas), me acuerdo de Guerra y Paz, de Tolstoi, en que a cada momento se va al teatro la acción; Ana Karenine, del mismo Tolstoi; Mensonges, de Paul Bourget; El Primo Basilio, de Eça de Queiroz... ¡qué sé yo!

     En Madame Bovary la escena del teatro es un episodio insignificante, de los de menos relieve; en mi novela es un largo capítulo en que se estudia el alma de La Regenta por muchos lados, un capítulo de los principales para la acción interna del libro; además, Flaubert no se propone pintar el teatro de provincia en este episodio de su novela, y yo en el mío sí, y como Dios me da a entender, describo el coliseo de mi pueblo sin acordarme de que hay Flaubert en el mundo, y recordando sólo mil pormenores y accidentes históricos almacenados en mi memoria, enamorada de los años de la infancia y de la primera juventud.

     Otrosí: contestando yo a una carta cariñosa del gran poeta Zorrilla, le decía que iba a señalar mi gran admiración a su Don Juan Tenorio en un largo capítulo de mi primera novela, y, en efecto, así fue. Pero hay más. La idea de pintar el efecto que produce en un alma de cierto templo poético el Don Juan, de Zorrilla, visto por primera vez en la plena juventud, no es original de Clarín, Sr. Bonafoux; pero no la tomé de Flaubert. En Madame Bovary la representación de Lucía poco o nada importa al autor ni a la protagonista, y apenas se habla de ella. Algo más parecido a lo que sucede en La Regenta se puede ver en Miss Broun, de la ilustre Violeta Paget (Vernon Lee). Pero la novela inglesa se publicó dos años después que La Regenta. No obstante, según el sistema de los plagios proféticos de Bonafoux, puedo yo haber plagiado a Vernon Lee: la tomé de la realidad. La digna y joven esposa de un pintor notable vio por primera vez el Don Juan casada ya, y un amigo mío, Félix Aramburu, poeta y notable escritor de Derecho penal, fue quien observó la admiración interesante, simpática y significativa que aquella dama experimentó, y que quería comunicar a otros espectadores, incapaces de gustar toda la fresca y brillante hermosura del drama de Zorrilla, que sabían de memoria; a mi amigo Aramburu debo el original de este apunte, y a mí propio la ocurrencia, feliz o infeliz, de aprovecharlo.

     Cuando escribí este capítulo del teatro no pensaba en madama Bovary ni con cien leguas; diez o doce años hacía que la había leído. Pero aunque me hubiera acordado de ella, sin el menor escrúpulo hubiera escrito todo lo escrito; pues, en efecto, no hay parecido ni remoto en lo que llama Bonafoux plagio. Ni por el propósito, ni por el asunto, ni por la forma, ni por la importancia en la economía de la obra, hay analogía de ninguna clase. Léanse ambos episodios, y se podrá ver más claro lo que digo. Siempre me encontrará Bonafoux copiando... lo que veo, pero no lo que leo.

     Según Aramis, también he copiado a madama Bovary en mi cuento Zurita. También Zurita y compañía se está traduciendo en francés, de modo que así volverá a la nación de su origen, según Aramis. Aquiles Zurita, según él, es Carlos Bovary. ¿Saben ustedes por qué son idénticos? -Por lo siguiente: Aquiles Zurita, alumno del doctorado de Filosofía y Letras en Madrid, se presenta en una cátedra de Historia de la Filosofía, y el profesor le pregunta cómo se llama. El nombre de Aquiles hace reír y alborotar a los estudiantes, que celebran los chistes del catedrático a costa de Zurita, y se permiten disparar contra su humilde condiscípulo bolitas de papel. Carlos Bovary, que por lo demás no se parece en nada a Zurita (y esto no lo negará Bonafoux, como no sea loco de remate); Carlos Bovary entra en un aula de latín en no recuerdo qué poblachón normando; el dómine le pregunta su nombre, y el pollancón palurdo, descompuesto, llano de vergüenza, balbucea, de mala manera, sin que se le entiendan las sílabas de su nombre y apellido; el profesor castiga a toda la clase porque ríe y alborota, y al recién venido le castiga también por su falta de desparpajo. Y ¡oh colmo del plagio! también los condiscípulos del Bovary saben que uno de los modos de divertirse a costa del prójimo en clase es disparar bolitas de papel; pero éstos, además, aúllan, ladran, patalean. Otrosí: las bolitas de papel que los condiscípulos de Bovary arrojan con la punta de la pluma están mojadas, porque el autor dice: «de temps à autre, quelque boulette de papier lancée d'un bec de plume, qui vint s'eclabousser sur sa figure. Mais il s'essuyait avec le main, et demeurait immobile, les yeux baissés...»

     Y ahora se me ocurre una cosa. Las bromas, pesadas o no darlas. Voy a copiar todo el plagio; el texto francés de Madame Bovary y el texto del robo; el lector verá hasta qué punto soy yo ladrón, aunque no nocturno ni en despoblado, porque la verdad es que robarle a Flaubert las primeras páginas de su obra maestra, es como robarle al Papa la mula cuando celebra de pontifical y bendice al mundo. Apenas se enteraría nadie. Indudablemente, si el Sr. Bonafoux no fuera tan erudito, ¿quién hubiera dado con mi plagio?

     Y dice Flaubert:



Madame Bovary

     «Nous étions à l'étude, quand le proviseur entra, suivi d'un nouveau habillé en bourgeois et d'un garçon de classe qui portait un grand pupitre. Ceux qui dormaient se réveillérent, et chacun se leva comme surpris dans son travail.

     Le proviseur nous fit signe de nous rasseoir, puis, se tournant vers le maitre d'étude:

     -Monsieur Roger, lui dit-il à demi-voix: voici un élève que je vous recommande, il entre en cinquième. Si son travail et sa conduite sont méritoires, il passera dans les grands, où l'appelle son âge.

     Resté dans l'angle derrière la porte, si bien qu'on, l'apercevait à peine, le nouveau était un gars de la campagne, d'une quinzaine d'années environ, et plus haut de taille qu'aucun de nous tous. Il avait les cheveux coupés droit sur le front, comme un chantre de village, l'air raisonnable et fort embarrassé. Quoiqu'il ne fût pas large des épaules, son habit-veste de drap vert à boutons noirs devait le gêner aux entournures, et laissait voir, par la fente des parements, des poignets rouges habitués à être nus. Ses jambes, en bas bleus, sortaient d'un pantalon jaunâtre très-tiré par les bretelles. Il était chaussé de souliers forts, mal cirés, garnis de clous.

     On commença la recitation des leçons. Il les écouta de toutes ses oreilles, attentif comme au sermon, n'osant même croiser les cuisses ni s'appuyer sur le coude; et, à deux heures, quand la cloche sonna, le maître d'études fût obligé de l'avertir, pour qu'il se mit avec nous dans los rangs.

     Nous avions l'habitude, en entrant en classe, de jeter nos casquettes par terre, á fin d'avoir ensuite nos mains plus libres; il fallait dès le seuil de la porte, les lancer sous le banc de façon a frapper contre la muraille en faisant beaucoup de poussière; c'était-là le genre. Mais soit qu'il n'eùt pas remarqué cette manoeuvre, ou qu'il n'eût osé s'y soumettre, la prière était finie que le nouveau tenait encore sa casquette sur ses deux genoux.

     C'était une de cas coiffures d'ordre composite, où l'on retrouve les éléments du bonnet à poil, du chapska, du chapeau rond, de la casquetta de loutre et du bonnet de coton, une de ces pauvres choses, en fin, dont la laideur muette a des profondeurs d'expression comme le visage d'un imbécile. Ovoïde et renflée de baleines elle commençait par trois boudins circulaires, puis s'alternaient, séparés par une bande rouge, des losanges de velours et de poils de lapin; venait ensuite une façon de sac qui se terminait par un polygone, cartonné, couvert d'un broderie en soutache compliquée, et d'où pendait, au bout d'un long cordon trop mince, un petit croisillon de flis d'or, en manière de gland. Elle était neuve; la visière brillait.

     -Levez-vous, dit le professeur.

     Il se leva; sa casquette tomba. Toute la classe se mit à rire.

     Il se baissa pour la reprendre. Un voisin la fit tomber d'un coup de coude, il la ramassa encore une fois.

     -Débarrassez-vous donc de votre casque, dit le professeur, qui était un homme d'esprit.

     Il y eut un rire éclatant des écoliers qui dicontenança le pauvre garçon, si bien qu'il ne, savait s'il fallait garder sa casquette à la main, la laisser par terre ou la maitre sur sa tête. Il se rassit et la posa sur ser genoux.

     -Levez-vous, reprit le professeur, et dites-moi votre nom.

     Le nouveau articula, d'une voix bredouillante, un nom inintelligible.

     -Répétez!

     Le même bredouillement de syllabes se fit entendre couvert par les huées de la classe.

     -Plus haut, cria le maître, plus haut!

     Le nouveau prenant alors une résolution extrême, ouvrit une bouche démesurée et lança á pleins poumons, comme pour appeler quelqu'un, ce mot: Charbovari!

     Ce fût un vacarme qui s'elança d'un bond, monta en crescendo, avec des eclats de voix aigus (on hurlait, on aboyait, on trépignait, on répétait: Charbovari, Charbovari!), puis qui roula en notes isolées, se calmant à grand'peine et parfois qui reprenait tout a coup sur la ligne d'un banc où saillissait encore ça et là, comme un pétard mal éteint, quelque rire étouffé.

     Cependant, sous la pluie des pensums, l'ordre peu à peu se rétablit dans la classe, et le professeur, parvenu à saisir le nom de Charles Bovary, se l'étant, fait dicter, épeler et relire, commanda tout de suite au pauvre diable d'aller s'asseoir sur le banc de paresse, au pied de la chaire. Il se mit en mouvement, mais, avant de partir, hésita.

     -Que cherchez-vous? demanda le professeur.

     -Ma cas..., fit timidement le nouveau, promenant au tour de lui des regards inquiets.

     -Cinq cents vers à toute la classe! exclamait d'une voix furieuse, arrêta, comme le Quos ego, une bourrasque nouvelle. Restez donc tranquilles! continuait le professeur indigné, et s'essuyant la front avec son mouchoir qu'il venait de prendre dans sa toque. Quant à vous, le nouveau, vous me copierez vingt fois lo verbe ridiculus sum. Puis, d'une voix plus douce:

     -Eh! vous la retrouverez votre casquete; on ne vous l'a pas volée.

     Tout reprit son calme. Les têtes se courbèrent sur les cartons, et le nouveau resta pendant deux heures dans une tenue exemplaire, quoiqu'il y eût-bien, de temps à autre quelque boulette de papier lancée d'un bec de plume qui vint s'eclabousser sur sa figure. Mais il s'essuyait avec la main, et demeurait immobile, les yeux baissés.

     Hasta aquí M. Flaubert. Ahora allá va Clarín con el robo entre las manos. -Y digo yo (Pipá -Zurita. I, pág. 369):

     -«¿Cómo se llama usted? preguntó el catedrático, que usaba anteojos de cristal ahumado y bigotes de medio punto, erizados, de un castaño claro.

     Una voz que temblaba como la hoja en el árbol, respondió en el fondo del aula, desde el banco más alto, cerca del techo:

     -Zurita, para servir a usted.

     -Ese es el apellido; yo pregunto por el nombre.

      Hubo un momento de silencio. La cátedra, que se aburría con los ordinarios preliminares de su tarea, vio un elemento dramático, probablemente cómico, en aquel diálogo que provocaba el profesor con un desconocido que tenía voz de niño llorón.

     Zurita tardaba en contestar.

     -¿No sabe usted cómo se llama? gritó el catedrático, buscando al estudiante tímido con aquel par de agujeros negros que tenía en el rostro.

     -Aquiles Zurita.

     Carcajada general, prolongada con el santo propósito de molestar al paciente y alterar el orden.

     -¿Aquiles ha dicho usted?

      -Sí... señor; respondió la voz de arriba, con señales de arrepentimiento en el tono.

     -¿Es usted el hijo de Peleo? preguntó muy serio el profesor.

     -No, señor, contestó el estudiante cuando se lo permitió la algazara que produjo la gracia del maestro. Y sonriendo, como burlándose de sí mismo, de su nombre y hasta de su señor padre, añadió con rostro de jovialidad lastimosa:

     -Mi padre era alcarreño.

     Nuevo estrépito, carcajadas, gritos, patadas en los bancos, bolitas de papel que buscan, en gracioso giro por el espacio, las narices del hijo de Peleo.

     El pobre Zurita dejó pasar el chubasco, tranquilo, como un hombre empapado en agua ve caer un aguacero. Era bachiller en Artes, había cursado la carrera del Notariado, y estaba terminando con el doctorado la de Filosofía y Letras; y todo esto suponía multitud de cursos y asignaturas, y a cada asignatura había ocasión para bromas por el estilo, al pasar lista por primera vez el catedrático. ¡Las veces que se habían reído de él porque se llamaba Aquiles! Ya se reía él también; y aunque siempre procuraba retardar el momento de la vergonzosa declaración, sabía que al cabo tenía que llegar, y lo esperaba con toda la filosofía estoica que había estudiado en Séneca, a quien sabía casi de memoria, y en latín, por supuesto. Lo de preguntarle si era hijo de Peleo era nuevo, y le hizo gracia.

     Bien se conocía que aquel profesor era una eminencia de Madrid. En Valencia, donde él había estudiado los años anteriores, no tenían aquellas ocurrencias los señores catedráticos.

     Zurita no se parecía al vencedor de Héctor, según nos lo figuramos, de acuerdo con los datos de la poesía.

     Nada menos épico ni digno de ser cantado por Homero, que la figurilla de Zurita. Era bajo y delgado; su cara podía servir de puño de paraguas, reemplazando la cabeza de un perro ventajosamente. No era lampiño, como debiera, sino que tenía un archipiélago de barbas, pálidas y secas, sembrado por las mejillas enjutas. Algo más pobladas las cejas, se contraían constantemente en arrugas nerviosas; y con esto, y el titilar continuo de los ojillos amarillentos, el gesto que daba carácter al rostro de Aquiles, era una especie de resol ideal esparcido por ojos y frente; parecía, en efecto, perpetuamente deslumbrado por una luz muy viva que le hería de cara, le lastimaba y le obligaba a inclinar la cabeza, cerrar los ojos convulsos y arrugar las cejas. Así vivía Zurita; deslumbrado por todo lo que quería deslumbrarle, admirándolo todo, creyendo en cuantas grandezas le anunciaban, viendo hombres superiores en cuantos metían ruido, admitiendo todo lo bueno que sus muchos profesores le habían dicho de la antigüedad, del progreso, del pasado, del porvenir, de la historia, de la filosofía, de la fe, de la razón, de la poesía, de la crematística, de cuanto Dios crió, de cuanto inventaron los hombres. Todo era grande en el mundo menos él. Todos oían el himno de los astros que descubrió Pitágoras; sólo él, Aquiles Zurita, estaba privado, por sordera intelectual, de saborear aquella delicia; pero en compensación tenía el consuelo de gozar con la fe de creer que los demás oían los cánticos celestes.

     No había acabado de decir su chiste el profesor de las gafas, y ya Zurita se lo había perdonado.

     Y no era que le gustase que se burlaran de él, no; lo sentía muchísimo; le complacía vivamente agradar al mundo entero: mas otra cosa era aborrecer al prójimo por burla de más o de menos. Esto estaba prohibido en la parte segunda de la Ética, cap. III, sección cuarta.

     El catedrático de los ojos malos, que tenía diferente idea de la sección cuarta del cap. III de la segunda parte de la Ética, quiso continuar la broma de aquella tarde a costa del Aquiles alcarreño, y en cuanto llegó la ocasión de las preguntas, se volvió a Zurita y le dijo:

     -A ver, el Sr. D. Aquiles Zurita. Hágame usted el favor de decirme, para que podamos entrar en nuestra materia con fundamento propio: ¿Qué entiende usted por conocimiento?

     Aquiles se incorporó, y tropezó con la cabeza en el techo; se desconchó éste, y la cal cubrió el pelo y las orejas del estudiante. (Risas.)

     -Conocimiento... conocimiento... es... Yo he estudiado Metafísica en Valencia...

     -Bueno, pues... diga usted: ¿qué es conocimiento en Valencia?

     La cátedra estalló en una carcajada; el profesor tomó una cómica seriedad, que usaba cuando se sentía muy satisfecho. Aquiles se quedó triste. Se estaba burlando de él, y esto no era propio de una eminencia.

     Mientras el profesor pasaba a otro alumno para contener a los revoltosos, a quien sus gracias habían soliviantado, Zurita se quedó meditando con amargura. Lo que él sentía era tener que juzgar de modo poco favorable a una eminencia como aquella de los anteojos. ¡Cuántas veces, allá en Valencia, había saboreado los libros de aquel sabio, leyéndolos entre líneas, penetrando hasta la medula de su pensamiento!

     Tal vez no había cinco españoles que hubieran hecho lo mismo. ¡Y ahora la eminencia, sin conocerle, se burlaba de él porque tenía la voz débil y porque había estudiado en Valencia, y porque se llamaba Aquiles, por culpa de su señor padre, que había sido amanuense de Hermosilla!»

     Ahí tienen ustedes el robo. Fácil es ver que Zurita se parece a Carlos Bovary como una gota a otra gota, o como un huevo a una castaña. Vayan comparando circunstancias con circunstancias, situación con situación, propósito con propósito, y... resultará que el único parecido está en las bolas de papel.

     Pero, venga acá el Sr. Bonafoux: ¿no ha visto él pasajes análogos al de Zurita y al de madame Bovary en obras anteriores a una y a otra? Esto de reírse los estudiantes de un novato ¿no es cosa antigua en las letras y en la realidad? Zurita no es novato en rigor, pues en nuestras Universidades a ningún estudiante de un doctorado se le considera como tal, venga de donde venga; y si se ríen de Zurita es por el contraste de su nombre heroico con su figura, y por las gracias, histórica alguna, del catedrático.

     Pero de todos modos, si Flaubert me inspiró a mí (que no hay tal cosa), ¿no pudo inspirarle a él, o a los dos, Quevedo, v. gr., en el cap. V de El Gran Tacaño: «De la entrada de Alcalá, patente y burlas que me hicieron por nuevo?»

     Cierto que los estudiantes de la Complutense no arrojaban sobre la persona del mísero Pablo bolitas de papel, pero sí algo blanco y que también se pegaba al cuerpo como las bolas de Bovary, y que había que limpiar o enjugar también.

     ¿Dirá por esto nadie que Flaubert tomó su escena de Quevedo? No, es claro; pues yo tampoco. Ni de Quevedo ni de Flaubert.

     Tomelo todo de lo que vi y de lo que añadí imaginando y componiendo. Mi Aquiles Zurita es un caballero tan honrado como sencillo, que vive, y no lejos de mí, y no puedo nombrarlo por mil razones; esto poco puedo decirlo porque supongo que él no leerá papeles míos de vaga y amena literatura; pero dar más señas es ilícito. El profesor de mi cuento existió también, y el chiste, o lo que sea, de «lo que es conocimiento en Valencia», es rigorosamente histórico. Por lo demás, mi Zurita tiene por objeto pintar dos clases de filósofos de escalera abajo, dos ebionitas de la filosofía krausista-española, por decirlo así. ¡Bien pensaba yo en Carlos Bovary al retratar mi catedrático de Psicología, Lógica y Ética! Dados el carácter y la vida y obras de Zurita, el comenzar su historia presentándole en cátedra, era lógico; la perspectiva ideal lo aconsejaba; Carlos Bovary podía haberse aparecido al lector, lo mismo que en una clase de latín o lo que fuera, ea cualquier otro escenario; en adelante, nada tendrá que ver con la enseñanza, ni con la ciencia, ni con nada de eso. Carlos Bovary, per se, no se parece absolutamente en nada en toda la novela a Zurita; per accidens, se parece lo poquísimo que se parezca, si eso es parecerse, en lo que ustedes han visto.

     Y ahora, Sr. Bonafoux: ¿qué se le figurará a usted que pienso yo de un hombre que me acusa de plagiario, y me cita escenas, situaciones y personajes que yo he tomado de la realidad, y me los hace sacar de escenas, situaciones y personajes que, nada unos, y casi nada otros, se parecen a los míos? ¿Y qué pensará de quien me acusa de haber copiado páginas de un libro que se publicó un año después que aquel en que yo copio?

- VI -


     Pero aquí no se trata de lo que yo piense de usted -que son horrores... -sino de lo que piensen los demás de usted y de mí en este caso.

     Como nadie es juez en causa propia, aunque yo estoy seguro de no haber plagiado jamás a nadie, quiero o deseo que ni usted ni yo seamos quien falle, sino un tribunal competente.

     Propongo que recurramos al juicio ilustrado e imparcial de otros escritores... que no sean unos Juan Fernández, por supuesto.

     Si usted quiere, sometamos las acusaciones de usted y esta defensa mía, acompañadas (esto sobre todo) de los textos correspondientes, al fallo de un tribunal de honor literario; y si usted tiene razón, si esos señores declaran que yo he plagiado a Flaubert y a... ¡por Cristo vivo! y al mismísimo Fernanflor, prometo -por mi honor, y juro ante quien haga falta (para los aficionados) publicar una palinodia y retirarme a la vida privada, quiero decir, dejar la pluma para siempre y retractarme de todas las picardías que he dicho de usted y demás escritores de su clase.

     Pero... (este pero se pronuncia con mucha fuerza) pero si el tribunal declara que por lo que resulta de los autos yo no soy plagiario... entonces, Sr. Bonafoux, usted seguirá escribiendo lo que quiera, y llamándome plagiario, si gusta; pero me pagará en oro o plata la cantidad de 1.250 pesetas, con arreglo al art. 474 del Código penal.

     Se me figura tener cierto derecho a que usted acepte el reto, apuesta, o como lo quiera llamar. Aunque todo, o casi todo, lo voy diciendo en tono de broma, lo pienso en serio y lo quiero muy de veras. Sí, señor; es mi deseo, muy legítimo, que, en las condiciones apuntadas, nos sometamos a la opinión de un tribunal de escritores.

     ¿Qué escritores han de ser éstos? Es claro que no ha de ser usted, ni Perillán y Buxó, ni Cartón o Cortón, ni Juan Rana, ni Siles, ni otros así. Han de ser escritores conocidos, y que hayan obtenido algún buen éxito; en fin, hombres de algún crédito literario.

     ¿Qué le parecen a usted los siguientes? Valera, Balart, Menéndez Pelayo.

     ¿No le gustan? Pues escoja usted estos otros, si quiere: Campoamor, Núñez de Arce, Zorrilla.

     ¿Tampoco? Pues éstos: Manuel del Palacio, Marcos Zapata, Llorente.

     ¿Tampoco? Pues éstos: Echegaray, Tamayo, Sellés.

     ¿Tampoco? Pues éstos: Pérez Galdós, Pereda, Alarcón.

     ¿Tampoco? Pues éstos: Sánchez Pérez, Cavia, Eduardo de Palacio.

     ¿Tampoco? Pues, hijo... me parece que no son ranas estos señores. Pero sigamos escogiendo... o sino, otra cosa: entre todos los citados, elija usted los que prefiera, combínelos de otro modo, ampliando el número de jueces, y a esos entreguemos el pleito.

     ¿Ni aun así se conforma usted? ¡Vamos! Será porque supone en los citados parcialidad en mi favor. Como son buenos escritores, unos más y otros menos, a todos esos los he elogiado yo, es verdad. Sin embargo, algunos de ellos no son mis amigos. Pero los más, sí; lo confieso. Da la pícara casualidad que he elogiado siempre a los escritores buenos, y ahí tiene usted el resultado; que ahora no puedo escogerlos como jueces, porque se los puede recusar por parciales.

     -¿Quiere usted que acudamos a la Academia en masa?

     -Como ella acepte el encargo, que lo dudo, por mí no hay inconveniente. Y no dirá usted que de la Academia he dicho flores. Pero no quiero engañarle a usted. Se me figura que también en la Academia había de tener yo mayoría. Cuente usted y verá.

     De muchos académicos he hablado mal -de sus obras, quiero decir-; de otros no he hablado mal ni bien; y con todo, no tengo inconveniente en someterme al fallo de esa Academia, de cuya autoridad colectiva he dudado muchas veces. Cañete, Balaguer, Arnao, Catalina, el marqués de Pidal, el conde de Cheste, etc., etc., no son lo que se llama amigos míos, ni tienen por qué vivir agradecidos a mi crítica; son hombres y tendrán sus pasiones en su armario; y a pesar de eso, repito, me someto a su fallo. ¿Por qué? Es muy sencillo. Porque son personas decentes; porque sabrán sacrificar la mala voluntad que puedan tenerme, si me la tienen, a su deber de juzgar imparcialmente, de no faltar a la verdad. Si su conciencia les dice que Clarín no es plagiario, esto afirmarán, aunque opinen que soy un zascandil literario, como creo que Cánovas ha dicho. ¡Cánovas! ¡Qué rayo de luz! ¿Quiere usted que llevemos el pleito a Cánovas solo? Si cupiera en lo posible que D. Antonio descendiera hasta querer juzgarnos, ¡qué mejor tribunal! Yo he dicho perrerías, y he de seguir diciéndolas, de D. Antonio; pero son perrerías relativas, pues no le tengo por tonto, ni por loco, ni mucho menos por hombre capaz de llamar ladrón al que no lo sea.

     Esta es la ventaja que tiene, Sr. Bonafoux, el saber atacar al enemigo literario sin recurrir cosa ajena a las letras: yo no he dicho jamás, ni he pensado, que Catalina, Cañete, Balaguer, Arnao, etc., etc., no sean perfectos caballeros. Por tales los tengo, y sin inconveniente me someto a su fallo.

     Si quiere usted que salgamos de la Academia, salgamos; pero sin buscar amigos míos ni escritores que me deban grandes elogios.

     Ahí está, por ejemplo, Fernández Bremón. Bremón y yo, plagiando a madama Bovary, siempre nos estamos tirando bolitas de papel o chinitas. Hemos sido buenos amigos, y ya no lo somos; incompatibilidad de caracteres vaya usted a saber. El caso es que si yo in illo tempore alabé sus cuentos y revistas (y sigo alabando sus romances y algunas de sus fábulas en prosa), y él alabó mis libros y artículos sueltos, hoy por hoy somos el perro y el gato. Él, más cauto que yo, aguarda las grandes ocasiones para darme un zarpazo. ¿Que me equivoco en doctrina cristiana y confundo el número de los Frutos del Espíritu Santo con el de sus Dones? Pues salta Bremón y me da una leccioncita. ¿Que voy al Ateneo y, haciendo de orador, resulta que me faltan más de cien? Pues Bremón dice en la crónica europea de La Ilustración que me he cortado. ¿Ha visto usted las moscas y las hormigas que Bremón saca a relucir en sus fábulas? Pues soy yo, sí señor; la hormiga más tonta, la mosca más insignificante... Clarín. Y a pesar de todo, no tengo inconveniente en que Bremón forme parte del tribunal que nos juzgue. ¿Por qué? Por la sencilla razón de que le tengo por hombre de honor; que no ha de negar el de los demás, si crea que lo tienen, para satisfacer rencores.

     Como usted ha leído casi todo lo que yo he escrito (¡mientras podía usted estar estudiando tantas cosas buenas!), sabrá de fijo que no me deben grandes alabanzas escritores como los siguientes: Cano, Fernanflor, Velarde, Grilo, Ferrari, Novo y Colson, etc. Pues los admito si usted quiere que formen parte del tribunal que nos juzgue. ¿Por qué? Por la razón repetida; porque los tengo por hombres de conciencia, que si no me creen plagiario, no dirán que se lo parezco... ¿Puedo hacer más, Sr. Bonafoux? Me parece que no. No le hablo a usted de Emilia Pardo Bazán, de Armando Palacio, Valbuena, Picón, Ortega Munilla, Matoses, Frontaura, Ramos Carrión, Taboada, Tuero, Llana, Rueda, Delgado, Aza, Estremera, Bustillo, Sierra y otros ciento (sí, llegarían a ciento), porque se le antojarán, o demasiado benévolos, o demasiado amigos.

     En fin; escoja usted cinco, siete, nueve o más, si usted quiere, de los señores citados. Pueden encargarse, si son tan amables, de leer las obras que usted dice que copio y leer lo que usted llama mis plagios, y con esto y enterarse de los artículos de usted y de este mío, no necesitan más para dar su fallo.

     ¿Aceptará usted? ¿No se atreverá a elegir entre los escritores nombrados por temor de ofender, designándolos, a los que usted creo menos dispuestos en mi favor? Pues escoja entre los otros, o mézclelos usted. Yo espero tranquilo.

     Y si no acepta, ¿qué pensaremos de usted, señor de Bonafoux? Por mi parte, lo mismo que ahora; pero el público, ¿qué pensará? Quedo aguardando su resolución; mas entretanto, permítame que concluya con algunas observaciones.

- VII -


     Con franqueza, señor mío, si yo hubiera ido a comer con usted y con su tío in illo tempore, y si hubiese admitido el trato de usted y hubiese leído sus libros y hablado de ellos en mis artículos, ¿sería tan plagiario como ahora me llama?

     Hace pocos días escribía yo a un escritor americano valiente y despreocupado, gracioso y justiciero, y le decía que así como Juanelo construía autómatas de complicado resorte que iban y venían, y parecían personas en el modo de moverse, así, a mi antojo, he fabricado enemigos literarios, que si hubiese querido no lo serían, y en vez de moverse en la dirección que ahora siguen, atacándome, irían por otro lado pregonando méritos que no tengo. ¿Qué caso quiere usted que haga yo de estas batallas de pluma, cuyos movimientos obedecen a un resorte que es invención mía? ¡A cuántos como usted, Aramis, si les hubiese dado la cuerda hacia el otro lado tendría hoy de mi parte, en vez de tenerlos enfrente!

     Pero yo sé lo que me hago, Sr. Bonafoux, y a quién conviene tener lejos.

     Debo advertirle ahora que no tome lo dicho por principio de polémica. Nada de eso. No discuto con usted. A lo que arriba me obligo, me atengo; pero nada de disputar usted y yo. Diga de mí lo que quiera, no replico. Obras son amores. Si usted acepta mi reto, apuesta o como quiera llamarlo, dígalo, y a ello.



- VIII -


     Y ahora, lector archipío, me vuelvo a ti y postrado de hinojos te pido perdón por haber llenado tantas cuartillas de insulsa prosa que nada te importa y por haberte hablado del tal Bonafoux, en vez de emplear papel y tiempo en cosa de más sustancia.

     Al fin y al cabo, estas miserias a que nos vemos expuestos los que andamos por las callejuelas de la literatura, en calidad de ronda, no dejan de encerrar enseñanzas; son rasgos característicos del tiempo y de las costumbres. Hasta interesante me parece el tipo que Bonafoux representa tan bien como cualquier otro: no es el Tersites homérico, ni mucho menos el Tersites gracioso y a su modo filósofo de Shakespeare: es un producto de nuestra literatura moderna acumulada en grandes centros donde todas las falsas vocaciones, estimuladas por neurosis evidentes, se codean y luchan entre sí a ciegas, en la oscuridad más profunda, para disputarse el sitio por donde esperan que ha de pasar un rayo de luz, por tenue que sea. Un Bonafoux podrá ser antipático, nocivo para la vida literaria, pero no es vulgar; hay algo en el tipo que llama la atención, si se la llega a conocer. Después de observación reflexiva, da tristeza. ¡Quién logrará arrancarle a un hombre así la idea de que tiene ingenio, de que es un verdadero literato! ¿Cómo hacerle comprender que lo que él puede ver y lo que él puede imitar no es más que una vana apariencia, quedando lo que importa en regiones para él insondables? Usar un lenguaje familiar, que degenera en chabacano, despreciar las tradiciones, de la prosa castiza, no respetar a nadie, por grande que sea su nombradía (Bonafoux se ríe de Castelar, por ejemplo), acoger las frases hechas y las muletillas de moda entre el vulgo, y con tales elementos disfrazar las ideas más insignificantes de chistes y rasgos de agudeza, estos y otros recursos por el estilo son los que estos escritores humoristas y desenfadados emplean muy satisfechos de sí mismos, creyendo así emular a Quevedo, a Fígaro y a cuantos satíricos Dios crió. Y el desengaño no los desengaña, sino que los irrita, y gritan desde la oscuridad como condenados; como si el limbo fuese el infierno y las masas compactas de tinieblas, mares de fuego. ¡Qué pena da el pensar que un ser así fue un niño inocente, de alma purísima, tal vez hermoso como un ángel, gracioso y dulce! ¡Parece imposible semejante transformación! Porque ahora es el ser más artificial, de pasiones menos disculpables, menos naturales; de vehemencias más vanas y repulsivas. ¡Cuánto se podría decir del tipo Bonafoux en sus muchas variedades! La novela, fuera de España, le ha estudiado un poco, no mucho. Además, de pueblo a pueblo varía el personaje. Yo me permito, sin ánimo de ofender a Bonafoux ni a nadie, señalar este campo de observación psicológica a los novelistas españoles. Creo que en el arte contemporáneo tiene mucho interés el estudio de las clases y de los individuos que caen vencidos en la lucha por la existencia. El escritor sin ingenio, pero con todas las ansias del artista, con sus nervios, con su vanidad, con su afición al esplendor, al lujo y a la gloria, con todo, en fin, menos lo que hace vencer, es una variedad que, además de inspirar tristeza, despierta curiosidad y a su modo interesa. Dentro de esta variedad, con especiales caracteres, está el literato que, como Bonafoux, quiere y no puede, pero creo que pudo. Tiene el escepticismo que a veces aqueja a los que valen de veras, con otros muchos achaques que suele padecer el escritor moderno, y sin más que estas señas ya se juzga autor de moda, una influencia en la vida literaria contemporánea. No hay más que ver a ese Sr. Bonafoux en la calle, con su aire de distraído, el cuello del gabán levantado... ¡Vaya, cuanto más lo pienso, más digno me parece de una novela!

     Después de todo, entre él y el poeta en tres actos y en verso, o el que imita a Campoamor o a Núñez de Arce... me quedo con Bonafoux.

     Y capaz será de decir, si algún día ve en un libro cualquier personaje que se le parezca un poco: «¡Esa figura está copiada de la Educación sentimental de Flaubert», por ejemplo!

     ¡Ah, D. Luis Bonafoux y Quintero! dados los articulitos de usted, que leí hace años, y el cuello del gabán erguido... se me antoja conocerle a usted como si lo hubiese dado a luz.



     Si usted quisiera... podríamos ahorrarnos eso de la consulta.

     Vamos, haga un esfuerzo, y sea original de veras una vez; haga lo que harían pocos, declare... que no hay tales plagios, que usted ha querido hacer una que fuera sonada, y de camino mortificarme y darse tono; pero que, en puridad, no me cree a mí plagiario. ¡A que no! ¡Como si lo viera!




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