Mis plagios


Un discurso de Núñez de Arce



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Un discurso de Núñez de Arce




- I -


     El ilustre poeta que preside el Ateneo de Madrid sabe que soy uno de sus más fervientes admiradores; admiro en él sobre todo al gallardo mantenedor de la rica, noble y armoniosa poesía castellana; admiro en él también al entusiasta del arte, al hombre de espíritu honda y genuinamente liberal que sin encerrarse, como pudiera, en un desdén, o llámese reposo, olímpico, que tanto sirve a otros para darse importancia, evitar descalabros y satisfacer la ciega pasión de la intolerancia orgullosa, baja al Ágora de las letras todos los días, discute donde quiera y con cualquiera, sin mirar la jerarquía social o artística del antagonista, y sí el valor de los argumentos; y con el fuego de una convicción sincera y muy querida, por defender a la dama de sus pensamientos, la Poesía, se olvida de cubrir el propio cuerpo y expone su fama de crítico (jamás la de poeta, que no entra en tales combates) a los golpes, a veces certeros, de muchos adversarios.

     ¡Cómo no admirar al que habiendo sido ministro, ni mejor ni peor que tantos otros, y pudiendo figurar entre los optimates de uno de los partidos políticos que con mejor éxito se disputan el dominio de la actualidad, deja ambiciones, lucro, todo, y, mientras otros siguen escalando alturas y llenando alforjas, se consagra en cuerpo y alma a defender la Poesía lírica y a profetizar un idealismo nuevo y salvador, predicando, como el apóstol de los gentiles en Atenas, entre espíritus refinados, fríos, gastados, que la oyen sonriendo y tal vez le vuelven la espalda!

     Pero esta admiración que por tantos conceptos, y aun otros que omito, me inspira D. Gaspar Núñez de Arce, don Gaspar, como le llamamos todos, como se dijo Gayo; esta admiración que cien veces ha movido mi pluma, no impide que sea yo una de las personas menos conformes con muchas de las ideas críticas del poeta querido y siempre alabado. Y esto también lo sabe él, y no se le hará nuevo que al examinar con el detenimiento que, todo lo suyo merece su último discurso del Ateneo, manifieste yo opiniones que discreparán mucho, a veces, de las suyas en materia de doctrina y en punto a personas. No una, ni dos, sino cien veces, he tenido el honor de discutir verbalmente con mi ilustre amigo, gracias a ese espíritu expansivo y democrático de polémica que le anima y dejo encomiado; en el antiguo Ateneo, cara patrial en la librería de Fe, especie de cuadro de Goya donde se disputa y murmura como en tiempo de Iriarte y de Jorge Pitillas; en otros parajes, hasta en los pasillos del Congreso, he oído muchas veces con gran respeto los argumentos en pro del idealismo y de la poesía que se dignaba exponer D. Gaspar; el cual se dejaba contradecir por mi humilde prosa hablada, sin que se creyera ofendido ni humillado por las objeciones de tan insignificante adversario. A mí el respeto no me quitaba la libertad, ni él se valía de otra superioridad que la conseguida por su discurso.

     Ahora el Sr. Núñez de Arce mantiene su doctrina en ocasión solemne, en público y por escrito, y por escrito también y con toda la publicidad a que lleguen estos pobres folletos míos, que no son del todo mal acogidos, voy a dar mi parecer sobre el último trabajo crítico del insigne poeta, cumpliendo a mis lectores la promesa de ir comentando todo suceso literario importante, y rindiendo al dignísimo presidente del Ateneo el debido tributo de una excepcional atención a sus obras.

     Para no faltar a lo que debo a D. Gaspar, ni a lo que me debo a mí propio, sólo tengo que seguir la conducta observada en las polémicas verbales: no callar nada por respeto, ni decir nada sin respeto.

     Y aunque resultara, que no resultará, que D. Gaspar como crítico literario no dice cosa con que yo esté conforme, esto, lejos de perjudicar a mi admiración por el poeta, más bien la aumentaría quilates, pues mucho había de valer a mis ojos la poesía de quien yo tanto elogiaba, a pesar de opiniones tan diferentes.



     Y basta de preámbulo.

- II -


     Al inaugurar el curso de 1887 a 1888, el presidente del Ateneo de Madrid quiso apartar la mente -y creo que hizo bien- de los graves problemas sociales y económicos, tan llenos de incertidumbres y conflictos, y prefirió volver los ojos «al lugar que corresponde a la Poesía lírica en la literatura moderna», emitiendo juicio acerca de algunos de sus más preclaros cultivadores.

     Quiere decirse que el discurso de Núñez de Arce consta de dos partes, las cuales, si bien tienen cierta relación, no forman un todo, porque el autor no ha querido que lo formasen. Podría creerse, leyendo lo que el presidente del Ateneo dice al sustentar su opinión de que la Poesía lírica se lleva la palma en la literatura actual, que al dar breve noticia de algunos de los principales poetas modernos, no se limitaría a narrar y describir, y juzgar a veces, sino que aprovecharía los datos históricos para demostrar con hechos la superior importancia de la poesía lírica en nuestro tiempo. No lo ha hecho así el Sr. Núñez de Arce, sin duda porque no ha querido, por no alargar demasiado su trabajo. Fuese por lo que fuese, ello es que al hablar de algunos de los buenos poetas del presente, no los compara, en punto a mérito intrínseco y en punto a fama e influencia en la vida social, con los novelistas contemporáneos, por ejemplo, o con los filósofos, los historiadores, los críticos, etc. Se podrá decir que esta comparación sería inútil y en rigor imposible; porque así como no cabe sumar cantidades heterogéneas, tampoco se puede comparar con exactitud y justicia a lo menos, el valor de géneros diferentes dentro de un mismo arte. Algo hay de cierto en esto; pero es el caso que la dificultad y los inconvenientes que puedo haber para comparar poetas con novelistas, [58] verbigracia, la hay también para comparar la poesía lírica con la novela; y, sin embargo, la primera parte del discurso de que trato, a esto se concreta: al «lugar que ocupa la Poesía lírica en la literatura moderna». Y resulta que el autor no dice esto de lugar a humo de pajas, ni por vía de tópico metafórico, sino refiriéndose directamente y con toda claridad al lugar, a la primacía, al primer puesto. No sería yo sincero si no declarase que desde luego la cuestión planteada en esta forma me parece ajena a la verdadera crítica artística, porque trae a la estética piquillas jerárquicas, como si dijéramos, que huelen de cien leguas a las disputas de los hombres, a competencia social, a intereses creados, a la lucha por la existencia. Yo no creo que sea asunto de crítica literaria propiamente dicha el discutir si los hombres del porvenir leerán más a Quintana que a Cervantes, a Lamartine que a Balzac, o viceversa, ni veo un argumento contra la belleza de un género en los inconvenientes que su naturaleza ofrezca para ser gustado o comprendido a tantos siglos fecha... Y antes de continuar debo advertir que si el Sr. Núñez de Arce, leyendo esto, o cualquier otro lector, creen improcedentes en tan grave debate ciertos giros y frases que empleo, no los tomen a mala parte, ni supongan en mí el atrevimiento de tratar en broma y con estilo familiar lo que el preopinante tan seriamente expuso y con tanta respetabilidad sustentó: yo también en el fondo de mi alma estoy tan serio como el primero, y en punto a guardar consideraciones y respeto, nada más puedo decir de lo dicho sin hacerme pesado; pero es el caso que la mala costumbre de haber sido gacetillero dificulta en mí, cuando no imposibilita, el empleo del estilo completamente noble; y las frases familiares, muy españolas y gráficas, pero al fin familiares, y ciertas formas alegres, de confianza, antiacadémicas, por decirlo más claro, acuden a mi pluma sin que pueda yo evitarlo; y, es más, no sé escribir de otro modo, y si lo intento me hago extremadamente ridículo, y tan desmañado como gato con guantes; no se me ocurren más que lugares comunes, frases hechas, clichés de ideas, en mayor abundancia que a cualquiera que cultive este modo dórico-batueco. Baste decir que en mi vida he sabido escribir una solicitud, o llámese instancia.

     Estábamos en que no me parece argumento de verdadera crítica estética cualquiera que se funde en lo que dirá la posteridad, en lo que dice la fama, o en la influencia social, o en el puesto jerárquico, etc., etc. Cierto es que el señor Núñez de Arce, al defender la Poesía lírica en este terreno, contesta a los ataques de análoga especie que se han dirigido a la señora de sus pensamientos. Pero, a mi juicio, ni la Poesía ni Núñez de Arce necesitan ni deben descender a semejante campo de batalla.

     Pocas cosas hay que se escapen de la citada ley de la lucha por la existencia; pero, a Dios gracias, el valor artístico de las obras bellas no está sujeto a esa invención de Darwin, quien, según confesión propia (véase la historia de su vida por su hijo Francisco), no tenía cabal el sentido estético, a pesar de su afición a la música primero, y de su desmedida afición a las novelas después.

     Nunca me hubiera parecido mal que nuestro eminente poeta cantase himnos de alabanza, aunque fuera en prosa, a la Poesía lírica, que, como él dice muy bien, no está llamada a morir en breve; pero está lo malo en que el Sr. Núñez de Arce la emprende a estacazos, como si dijéramos, con el naturalismo extraviado, y a la misma novela en general no viene a dejarle hueso sano, a pesar de ciertos eufemismos aplicados a la paciente, como cataplasmas de harina de linaza, antes de llenarle el cuerpo de cardenales. (Y aquí, por última vez, vuelvo a recordar lo de que yo no sé escribir como Dios manda en estos casos).

     No con menos valor que el ilustre Suero de Quiñones en el Paso Honroso del Órbigo, ni con menos fuerzas para el arduo empeño, don Gaspar se atraviesa en la corriente del extraviado naturalismo para «salir al encuentro de ciertas aseveraciones admitidas como artículo de fe por el vulgo literario. «No cabe duda, aunque nos pese, que el Sr. Núñez de Arce nos mete entre este vulgo a todos los que hemos sido o somos más o menos naturalistas; porque después de achacar al naturalismo extraviado la culpa de esas aseveraciones que él quiere atajar, añade: «...no hay en parte alguna de Europa crítico ni novelista influídos por la nueva doctrina que no proclamen en tono dogmático la inutilidad, la decadencia y la inevitable muere de la Poesía. «El Sr. Núñez de Arce, acostumbrado al arrebato lírico, usa en esta ocasión de fórmulas absolutas, que le comprometen a demostrar más de lo que efectivamente podría. En Europa, ilustre poeta, hay muchos críticos y muchos novelistas influídos por el naturalismo que: 1º, no proclaman nada con tono dogmático; 2º, no proclaman la inutilidad de la Poesía; 3º, no proclaman la inevitable muerte de la Poesía. -Empezando por casa, pues en Europa estamos todos, crítico y novelista influido por eso es la señora doña Emilia Pardo Bazán, que ni habla en tono dogmático ni anuncia la muerte de la Poesía; y si no crítico ni novelista, vulgo literario soy yo y son otros como yo, y por el naturalismo estamos influidos, y no hablamos en tono dogmático ni proclamamos la muerte de la Poesía. Críticos influídos por el naturalismo son, en Francia, Julio Lemaitre, Frary, P. Bourget, etc., y no reniegan de la Poesía, ni anuncian su muerte, ni nunca escriben de estas cosas en tono dogmático. Los que escriben en tono dogmático de estas y de otras muchas materias, crea usted, D. Gaspar, que son cursis atrasados. -Influido por el naturalismo está Galdós, y nunca ha dicho palabra contra la Poesía; influido está Daudet, y tampoco ha dicho nada; influídos están otros muchos escritores de diferentes países, y nada han dicho en tono dogmático ni en tono menor contra la Poesía. En suma: el naturalismo, no como se empeñe en definirlo y limitarlo un escritor determinado, sino como tendencia general de la literatura presente, que corresponde a tendencias análogas en la ciencia y en el sentido general de la vida; el naturalismo literario entendido así, influye en casi todos los críticos y en casi todos los novelistas, y en muchos poetas dramáticos y aun en muchos líricos, y sería absurdo decir que tanta gente se ha propuesto acabar con la Poesía.

     El Sr. Núñez de Arce dice al principio, según dejo copiado varias veces, que va a tratar del lugar que corresponde a la Poesía lírica; pero cuando se trata de defenderla, no se contenta con escribir Poesía, así, con letra mayúscula, sino que prescinde del apellido, y no se concreta, como sería lógico, a las excelencias de lo lírico y a los ejemplos de poetas líricos ilustres, sino que, como vulgarmente se dice, embarca, de todo; y así, al enumerar las glorias de su defendida, dice que «el Ramayana es el símbolo de la civilización india»; sí será, pero el Ramayana no es poesía lírica, sino épica; «Homero de la helénica»; también; pero Homero o las Homéridas no son líricas, sino épicas; «Virgilio de la latina»; pero Virgilio es ante todo conocido por dos poemas del género épico, en el sentido lato y más corriente de la palabra; «Dante es la expresión más augusta de la inspiración italiana». Sin duda, pero Dante es poeta épico ante todo, inmortal por su epopeya. «Shakespeare y Milton descuellan como dominadores en las más elevadas cumbres del Parnaso inglés». Justamente; pero Shakespeare es poeta dramático, y Milton, inmortal por un poema épico y por otras obras de carácter épico también.

      «Cervantes, Lope y Calderón son los dioses mayores de las letras españolas». Bueno; pero Calderón y Lope son dramáticos, y Cervantes... ¡es novelista!

     «Molière y Corneille de las francesas»; sí, pero ambos son dramáticos (así como Racine, que vale para muchos tanto o más que Corneille), «Goëthe y Schiller de las alemanas». Corriente, pero Schiller todavía es más ilustre por dramático que por lírico, y Goëthe es, además de excelente lírico, gran dramático, gran épico, sobre todo, pues el Fausto es su obra poética principal, y es... ¡novelista! «Camoens fulgura como un sol sin ocaso sobre las glorias de Portugal»; sí fulgura, pero Camoens es ante todo el autor de Os Lusiadas, un poema épico. -¿Y los poetas líricos? En esta enumeración parece que el Sr. Núñez de Arce se ha propuesto hacerlos brillar por su ausencia, como dicen los gacetilleros de provincia cuando no van a alguna parte. Ni un solo poeta lírico, puramente tal, ha querido citar. ¡Vaya un modo de tener por la poesía lírica!

     Toda esta enumeración viene a cuento de que el Sr. Núñez de Arce dice que no es de ahora esa malquerencia, aunque «nunca ha revestido los caracteres de ensañamiento que en este período presente». O el ilustre poeta y yo no entendemos lo mismo por ensañamiento, o estando tan sana y triunfante la Poesía lírica, no cabe tal ensañamiento. Pero dejando esto, ni ahora, ni antes, ni nunca ha habido por parte de personas decentes y de mediana educación el propósito deliberado y acogido por muchos de «asaltar los alcázares de la Poesía para aniquilarla». Delate, delate el Sr. Núñez de Arce a los conspiradores, y los ahorcaremos, si viven; y si han muerto, también; los ahorcaremos en efigie. Tanto menos es verosímil que haya podido existir tamaña conjuración, cuanto que olvidándose de que él trataba de la Poesía lírica nada más, ahora, prescindiendo del adjetivo, habla de toda Poesía, y hasta incluye la novela, pues cita novelistas, como se ha visto, entre los autores que han triunfado, a lo largo de la historia, de tantas y tan horrendas cábalas. -Como no sea un Omar- si es verdad lo del incendio de la famosa Biblioteca-, yo no creo que haya habido jamás quien se propusiera aniquilar tantas cosas como suponen esas glorias que Núñez de Arce enumera y que vienen a ser casi todas las del mundo; por lo menos, del mundo literario. ¡Enemigos de Valmiki (si le hubo), de Homero (si le hubo), de Virgilio, de Dante, de Cervantes, de Calderón, de Shakespeare, de Camoens, de Goëthe...! ¿Dónde vamos a parar? ¿Quiénes son esos desalmados? Nadie.

     Con el mayor respeto opino que el Sr. Núñez de Arce no debió más arriba confundir con el vulgo literario a cuantos, influídos por el naturalismo, escriben de crítica o escriben novelas, o de uno y otro, ni debió aquí figurarse una clase horrenda de adversarios de la Poesía, así como suena, pues tal clase de bárbaros no existe, gracias a Dios. [66]

     Para que no pueda creer algún malicioso que apunto de mala fe mis citas y observaciones tratándose de persona a quien yo querría ver siempre lejos de todo error, diré que antes de esa enumeración en que el autor del discurso mete a toda clase de escritores, menos poetas líricos, exclusiva o principalmente líricos, también nos da otra lista en que parece que se quiere concretar a líricos propiamente tales, líricos que a serlo deban su principal fama (que eran los que podían probar algo de lo que el Sr. Núñez de Arce pretende)... Pero resulta que tampoco en esta otra lista es poesía lírica todo lo que reluce. En efecto, vemos que así como en la enumeración anterior de poetas figura Cervantes, en ésta se presenta Manzoni, que si es gran poeta lírico, también cultivó otros géneros de poesía con gran acierto e influencia, y, sobre todo, hizo la novela de las novelas italianas, I Promessi sposi. Esto no vale, ilustre amigo; si usted se lleva para sus recuentos y censos poéticos a los mejores autores de novelas, ¿qué vamos a hacer nosotros cuando tengamos que defender la novela, no contra la lírica, que para nada necesitamos reñir con ella, sino contra los ataques de usted? Pero además de Cervantes y Manzoni se nos lleva a Herculano, que si es notable poeta, no es menos famoso, y acaso lo es más, como novelista. Por supuesto, que en esta formación lírica también entran muchos poetas que fueron o son además eminentes dramaturgos, como, v. gr.: Almeida Garret, el duque de Rivas y el menos conocido entre nosotros, pero muy famoso en su tierra, Adán Oeghlenschloeger, el más notable poeta lírico de Dinamarca, en efecto, pero también el mejor poeta dramático de aquel país, como lo prueba la gloria alcanzada con sus dramas Fostbröderne (Hermanos de armas), Hagart y Signe, Palnatoke, Sant'Olao, Carlo Magno, Erik y Abel, etc., etc. Tal vez a muchos de estos dramas se parece algo, por el asunto a lo menos, el Haroldo de Echegaray.

     Nada de esto es decir que no hubiera podido encontrar el ilustre autor nombres en abundancia con que justificar el buen concepto que la poesía lírica le merece, sin recurrir a escritores cuya gloria pueden reclamar, o la novela, o el teatro; no es falta de recursos en este punto el citar, por ejemplo, hasta a un poeta anónimo, polaco, pues demasiado sabemos todos que pudo haber nombrado, ya que en estos recuentos habla de vivos y muertos, a Zorrilla, poeta lírico si los hay, y a Campoamor, que no es más, apenas, que poeta lírico; ya que no se citara a sí propio por escrúpulos que no suelen tener otros escritores, v. gr.: el italiano Gubernetis, que en sus Florilegios incluye poesías propias y escenas de sus dramas.

     Antes de dejar esto de los escrutinios, necesito advertir que, dado el sistema de oponer glorias a glorias, influencias a influencias, nombres a nombres (sistema empecatado y a mi ver ajeno a la obra crítica verdaderamente artística), tiene importancia todo lo dicho y rectificado, por aquello de suum cuique tribuere. Decir, como dice, v. gr., el autor de Los Gritos, y decirlo como argumento, que cuando se habla de España se la llama «la patria de Calderón», es casi una provocación que abre el apetito de decir: Pues no, señor; por ahí fuera, cuando no quieren llamar a España como ella se llama, más bien suelen decir: la patria de Cervantes (que era novelista, no se olvide).


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