Mis plagios



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- III -


     Voy a seguir en mis notas marginales al discurso del Sr. Núñez de Arce el orden del texto. Porque aseguro al lector que notas marginales son, copiadas con algunas amplificaciones, estas páginas que escribo. Tratándose de comentario o crítica exegética, como si dijéramos, no hay otro orden posible. Además, si yo hablase por mi cuenta de estas materias, las tomaría por lado muy diferente (absteniéndome, ante todo, de comparaciones); de modo que para no seguir en todo mi manera, no la seguiré en nada, y me atendré a lo dicho, al orden del señor Núñez de Arce.

     No sólo muestra empeño en que la poesía lírica sea lo mejor, sino también en que lo mejor de lo mejor sea la lírica contemporánea. Y así dice: «La poesía se ha engrandecido en nuestros tiempos porque ha conseguido, por fin, romper los moldes en que había estado contenida, y ha vuelto en todas las naciones a los antiguos cauces populares, de donde la había desviado el arrollador impulso del Renacimiento». Nego majorem, y minorem y todo. Por eso de los antiguos cauces populares se va fácilmente al Folk-Lore y otras cosas así. De las palabras copiadas se deduce que el Renacimiento fue un atraso, una contradicción, algo que había que destruir para que la poesía volviera a su curso natural. El Renacimiento no es la Retórica; el Renacimiento no es siquiera la Poética de Aristóteles; el Renacimiento no se oponía a la nacionalidad literaria; el Renacimiento es mucho más que todo eso que da a entender el autor, diciendo: «Hermoseó, es verdad, pulió el estilo, arrebató a la palabra sus más recónditos secretos, enriqueció la métrica y aclaró los horizontes del arte...» Mucho es pulir y hermosear, sobre todo, el estilo, arrancar secretos a la palabra y enriquecer la métrica; pero con ser eso tanto, tratándose de arte, hizo mucho más el Renacimiento, de cuyo espíritu vivimos todavía. No sé si en lo de «aclarar los horizontes del arte» querrá decir el poeta todo lo demás que hizo el Renacimiento; pero lo dudo, porque eso no se entiende bien, y no es Núñez de Arce hombre que quiera decir algo y no lo diga. En el Renacimiento, entendido como se debe, vivimos y nos movemos, y de él son momentos el romanticismo, el realismo, el eclecticismo, etc., etc.



     Byron, Goëthe, Leopardi, Quintana, todos esos grandes poetas modernos que D. Gaspar justamente admira, hijos son del Renacimiento; toda nuestra libertad literaria, todo el laicismo, si así puede decirse, de la poesía moderna, nacen de la Reforma en parte, es verdad (y la Reforma misma es influida por el Renacimiento), pero en su espíritu moral-estético son consecuencia natural de la resurrección feliz del ideal helénico, que es la más íntima esencia del Renacimiento. Aun prescindiendo de las tendencias del moderno clasicismo sabio, iniciado por los Leopardi y Goëthe, y que hoy siguen tantos poetas notables como Lecomte de Lisle en Francia, Carducci, Rapisardi, Cesareo, en Italia, etc., etc., se siente la savia del Renacimiento en toda literatura moderna que no siga intencionadamente el espíritu reaccionario de un Chateaubriand, de un Rossetti o de un Barbey d'Aurevilly. Por lo demás, no cabe pensar que la poesía popular propiamente tal vuelve a la vida con los poetas modernos. La poesía popular, por lo mismo que es muy bella, muy digna de estudio y respeto, no debe ser confundida con otras cosas, ni profanada con mezclas y suplantaciones. No se va y se viene a la poesía popular y de la poesía popular cuando se quiere y como se quiere. No es ésta un género, ni un estilo, ni una tendencia, sino un momento de la vida de las literaturas; es la poesía popular a la mal llamada poesía erudita, lo que son las costumbres al derecho escrito, la espontaneidad jurídica que se expresa, a lo sumo, por medio de temistes, al derecho reflexivo y orgánico. Más alambicamiento, y falsedad, y mimo empalagoso y repugnante que en imitar pastores y Arcadias parecidos a los de Teócrito y Mosco, hay en fingir rudeza primitiva, pasiones de pueblos nuevos, inocencia popular, formas incultas y frase balbuciente, como sucede a los poetas de segundo y tercer orden del romanticismo gótico, o si se quiere medio eval, ya que la palabreja está aquí de moda ahora. Nada más sagrado que el patriotismo, nada más bello en poesía que la espontánea vena artística del pueblo allí donde cabe que brote el manantial puro de su inspiración, por consentirlo el tiempo y las circunstancias todas de su historia; pero no hay especie de simonía más intolerable, ni de adulación más baja, ni de manía más necia, que el prurito populachero de esa literatura relamida y sabihonda que resucita coplas bobas y escorias insignificantes, y pone sobre su cabeza todo lo que sea espontaneidad, sencillez, familiaridad, si son cosa vieja y nacional y del populo, y en cambio no nos consiente a nosotros, a los coetáneos, ser espontáneos, ni sencillos, ni familiares, ni naturales, porque somos modernos y porque hemos ido al Instituto. ¡Puaf!...

     Perdóneme el Sr. Núñez si me he escapado por la tangente. Nada de esto va con él, es claro; jamás ha sido populachero en literatura don Gaspar, ni de los que necesitan, para adquirir gloria, sacar el pendón de la literatura castellana, que es lo mismo que sacar el Cristo. Pero no va tan fuera de propósito lo dicho, porque se trataba de probar que el Renacimiento no era un elemento parcial, el primero sólo en tiempo de la literatura moderna, sino el impulso general, o dominante, todo el ciclo actual, si vale hablar así, dentro del que son momentos distintos la decadencia seudo-clásica (este seudo se aplica a veces con injusticia a muchas cosas y personas; no todo lo que hoy se llama seudo clásico fue tan falso como se dice), la revolución romántica, el romanticismo arcaico y patriótico, el realismo, el eclecticismo que hoy empieza a predominar, etc., etc. Ese elemento popular que el Sr. Núñez de Arce pinta como feliz resurrección que viene a dar nueva sangre a la literatura, queda limitado, en lo que tiene de influencia real y que pueda demostrarse, a determinados géneros y en muy contados casos. En rigor, puede decirse que las cualidades mejores, más sanas de la poesía popular, no resucitaron, por la sencilla razón de que no pueden resucitar; las imitaciones arcaica los pruritos reaccionarios que pueden traer, y han traído varias veces verdaderas falsificaciones artísticas, no son la savia de la inspiración poética nacional, sino su profanación, su caricatura, su descrédito, si posible fuese. Heine hizo bien burlándose de las farsas del sentimentalismo ojival de muchos poetas mediocres, como Goëthe hizo bien levantándose a más altos vuelos, y eso que en su Egmonty Goetz, de Berlichingen, hay una grandeza poética innegable; pero esto no se debe a la tendencia que representan, sino al genio del autor, el cual había de hacer bella lo mismo la vida griega, que la oriental, que la gótica, que la moderna. El romanticismo más hermoso, más grande, no es ciertamente el arcaico-gótico, y menos ese prurito que hoy podría llamarse folk-lorista, prurito que ha servido principalmente para lucubraciones casi poéticas y casi patrióticas de críticos metidos a Yates y de reaccionarios metidos a todo; el romanticismo más grande, más noble, más transcendental (en la poesía, se entiende), ha sido el independiente, el soñador, el triste o desesperado, el del clair de lune, según Richter, y el de las grandes protestas, y los grandes sarcasmos, y las grandes alegrías. Este es, seguramente, el que el señor Núñez de Arce pondrá sobre su cabeza, y hará bien; el de Byron y Shelley, el de Leopardi y Espronceda (por citar algún español entre ellos). Y si tales poetas no cantan los amores pastoriles, ni imitan la forma exterior, el aparato clásico, ¿se debe a la resurrección de la poesía popular? Sería absurdo pensarlo. ¡Ay del mundo el día en que Byron y Leopardi fueran populares de veras, y su poesía la traducción de los sentimientos del pueblo! Esos gigantes de la tristeza y el desengaño son buenos para ser pocos. Su influencia, si no se quiere que se acabe el mundo, tiene que ser muy limitada. Aun tal como es, ha hecho daño, llenando de fantasmas la cabeza de los necios y de vanos deseos el corazón de los que tienen poco, y ese malo. No hay alimañas más peligrosas para la sociedad que esas tribus de soñadores mansuefactos, egoístas en verso o prosa poética, pulpos de vanidad concentrada, que hablan de amor, de ideal, de un más allá, o que, de vuelta de este viaje, lloran desengañados y maldicen de todo, y desprecian cuanto existe, y se cuelgan de la lira como quien se tira de los pelos; y son más temibles todavía cuando no ladran, pero muerden, y van a la política, o al negocio, o a la enseñanza, o a la Iglesia. No; no se hizo la miel para la boca del asno, ni la vida excepcional del espíritu, con sus delicadezas refinadas y su espontaneidad libérrima, es para tantos como ya la pretenden. ¿Pues qué sería el día en que estas aspiraciones, que tanto se parecen al cabo a las de ciertas clases de locura, llegasen al pueblo, a la masa? ¡Virgen Santísima! Ya las lucubraciones del romanticismo económico y político, que se han hecho populares por exigencias de la justicia, nos están dando, entre frutos opimos de democracia, siembra de temores y sobresaltos que serán tal vez próxima cosecha de catástrofes apocalípticas. No, no tienen en la realidad de las cosas los grandes poetas del siglo tanta influencia, como D. Gaspar quiere darles, ni esta influencia, sobre todo, es verdaderamente popular, ni conviene que lo sea, ni esto quita nada al mérito intrínseco, al interés estético de tamaños monumentos; como tampoco la novela pierde ni gana nada por influir hoy sí y mañana no, ni porque se acuerden de ella más o menos generaciones, ni porque los elementos de que se compone sean de índole más deleznable que los de otro género (lo cual ya se verá); porque estas cosas no están ni en número, ni en peso, ni en medida dispuestas; ni la salida del sol deja de ser bellísimo espectáculo porque sea de corta duración, y sólo observado generalmente por personas de poca estética, que ni lo miran siquiera.

     Si yo insisto en este punto, es porque también el Sr. Núñez de Arce insiste, y hace de él como el quicio el de su argumentación. ¡La lírica moderna ha influido tanto en el mundo! No, señor; no ha influido tanto ni ha debido influir en ciertas cosas que le son extrañas y que hubiera echado a perder si se hubiese metido en ellas. Esto no es argumento contra la lírica, es verdad, ni yo le presento como tal, ni tengo para qué decir ni una palabra contra esa forma del arte; pero sí es argumento contra quien pretende recabar supremacías en la literatura moderna, hablando del más y del menos de la influencia, y aprovechando (que es lo peor) esta clase de pugilatos de importancia social para juzgar del mérito intrínseco, estético de cada género. Malo, primero, andar comparando géneros; peor, después, compararlos por su influencia social, y malo también, al fin y al cabo, suponer mayor importancia e influjo de esta clase a lo que no los tienen tan grandes. La cosa, desde el punto de vista del arte en que nosotros estamos, D. Gaspar (por aquello, de que dejamos, y hacemos bien, a un lado los graves problemas económicos y sociales), casi no merece la pena de ser discutida; pero usted es quien lo ha querido. En la sociedad influye más la novela cuando existe en cierto grado de producción, mucho más que la poesía lírica; esto lo reconoce el señor Núñez de Arce, respecto de la sociedad contemporánea; pero, dice, esta influencia pasa, y para la posteridad... (ya hablaremos luego de la posteridad), es más interesante la lírica que la novela; y a esto respondo: si en esa posteridad sigue habiendo novela, esa novela influirá más que la lírica de su tiempo, y mucho más, es claro, que la lírica ya pasada. En materia de influencias póstumas, todos los géneros deben ser muy modestos. Pero a esto ya volveremos (como que es lo principal del discurso del señor Núñez de Arce).

     Ahora hay que terminar la cuestión del Renacimiento. ¡Cómo! ¿Todavía hay que decir más de eso? Sí; hay que decir lo siguiente:

     El Sr. Núñez de Arce no estima bastante la poesía de un tiempo que justamente en nuestra patria corresponde al mayor florecimiento, al llamado siglo de oro. Según su manera de juzgar la literatura que nació al calor del Renacimiento, resulta que los españoles no tenemos por qué estar orgullosos de nuestros poetas de los siglos XVI y XVII. Y es más: el Sr. Núñez de Arce, con mucha razón, declara en este mismo discurso que examino, que la poesía inglesa es muy de su gusto, acaso la más vigorosa y fecunda. Sea enhorabuena; pero tenemos en consecuencia que una de las épocas más hermosas, de más bríos poéticos de la literatura inglesa, queda también oscurecida y desacreditada, si es cierto, como dice D. Gaspar, que durante el Renacimiento «la imitación servil de las obras maestras de griegos y latinos reemplazó a la espontánea, aunque tosca, originalidad de las literaturas indígenas». Españoles e ingleses, los que más ama el Sr. Núñez de Arce, a los unos por compatriotas y a los otros por su mérito, florecieron en las letras del Renacimiento como nunca, singularmente los españoles, que, por más que se diga, no volvieron, hasta la fecha, a valer tanto como entonces. Yo admiro mucho la poesía lírica de España en el siglo presente (y aun caso de que no la admirase tanto como digo, no me atrevería a confesarlo); pero tengo por superior en conjunto la poesía de Garcilaso, de Rioja, de Arguijo, de Góngora, de Jáuregui, los Argensolas, Quevedo, la poesía lírica contenida en nuestros grandes dramáticos, y, sobre todo, la poesía de los místicos, singularmente la del sublime Fray Luis de León; lo que hayan podido ganar nuestros poetas modernos en pensamiento y libertad, que no ha sido mucho en general, lo han perdido, y mucho más, en la hermosura de la forma.

     Hay algo más, Sr. Núñez de Arce, en nuestra poesía del Renacimiento que todo eso que usted dice: imitación de morbosa exuberancia de los poemas homéricos y virgilianos, de las odas anacreónticas y pindáricas y horacianas, etcétera. ¿A quién imita la Noche serena? ¿No es precipitado, no es superficial, no es una generalización vaga, confusa e injusta el condenar el pensamiento y el corazón de tantos y tantos genios ilustres a no ser más que un eco servil de civilizaciones muertas? ¿No ve el autor del discurso en las églogas de Garcilaso más que la imitación formal, puramente retórica? Y ese no sé qué caballeresco, elegante, noble, de exuberante poesía que hay en la mayor parte de nuestros líricos de aquellos tiempos y en los personajes de Calderón y Lope, que son otra multitud de poetas líricos, ¿no representa más que la imitación clásica? Santa Teresa y San Juan de la Cruz, y el inimitable, el profundísimo en su dulzura Fray Luis de León, ¿nos hablan de Homero? A pesar de la imitación formal de alguna de las odas de Fray Luis de León, ¿qué tiene él que ver con Horacio?

     Y en cuanto a la poesía inglesa, que tanto admira el Sr. Núñez de Arce, ¿cuándo brilló como entonces? Ese mismo Taine que D. Gaspar cita en su apoyo, es el que ha dicho: «El Renacimiento en Inglaterra es el Renacimiento del genio sajón». Y aquí podemos comenzar la lista de los hijos eminentes del Renacimiento en Inglaterra, principiando por Surrey, el precursor, que ya se inspira el Petrarca y Virgilio, siguiendo por sir Philip Sidney, el autor de La Arcadia, y llegando, después de dejar otros muchos, al gran Spencer, al autor inmortal de los Himnos al amor y a la belleza, de los Pequeños poemas, del Calendario del Pastor y del gran poema, exuberante de poesía, La Reina de las Hadas. -Esa Pintura del amor ingenuo, de Arcadia, de la pastoral y de la anacreóntica, que tan poco interés parece despertar en nuestro gran poeta vallisoletano, produce maravillas de espontánea y brillante poesía en la musa de un Shakespeare, de un Johnson, de un Flechter, de un Drayton, de un Marlowe, de un Warner, de un Greene... ¡Y si fuéramos al mundo de pensamientos graves, nobles y fecundos que el Renacimiento suscitó en la literatura en prosa de Inglaterra, si fuéramos a las obras de Burton, de Browne y del gran Bacon!

     En resumen: sin negar que la poesía moderna romántica y revolucionaria sea un progreso, se debe reconocer que el Renacimiento fue mucho más de lo que el Sr. Núñez de Arce supone; y, sobre todo, que una cosa es el Renacimiento con sus grandes frutos poéticos y de todo género, y otra cosa es la literatura seudoclásica, académica y de salón.

     Y basta de esto, aunque mucho más se podría decir; pero basta, y acaso sobre mucho, porque al cabo mi objeto presente no es la defensa de la poesía en tiempo determinado, sino de la noble prosa y de la novela en particular, contra los ataques del autor de La Pesca.




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