Mis plagios



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- IV -


     Y ahora vuelvo a mi modesta tarea de comentarista, siguiendo el texto que examino.

     Aquí viene lo más fuerte, y antes de aparejar la defensa hay que conocer el ataque: es como sigue: «Si no temiera que me acusarais de exagerado, aún me atrevería a asegurar que los que más resisten la ola arrolladora del olvido son los poetas, los historiadores y los filósofos, o lo que es lo mismo, la fantasía, la memoria y la facultad reflexiva del mundo. Las demás producciones de la inteligencia que no corresponden a estos tres géneros superiores, tienen mayor o menor resonancia cuando aparecen, pero su duración en las sociedades humanas suele ser efímera, y pasan desvaneciéndose gradualmente...» «Permitidme que en apoyo de mi aserto... os recuerde lo que acontece con la novela, cuya existencia, semejante al relámpago, es, por lo común, tan luminosa como fugitiva. Así como por mala interpretación de un cántico hebreo se ha dicho que Josué paró el sol en su carrera, un milagro por el estilo, y más extraño, ha hecho el ingenio humano con la luz de muchos relámpagos de esos a que D. Gaspar se refiere; en efecto, mucho tiempo hace que relampaguean en el cielo del arte meteoros como el Panchatantra, el Hitopadesa, Las Mil y una noches, Teágenes y Cariclea, Dafnis y Cloe, El Asno de oro, El Satiricón, La Tabla Redonda, Amadís de Gaula, El Decamerón, El Heptamerón, D. Quijote, El Buscón, Gil Blas, El Diablo Cojuelo, La Nueva Eloísa, Manón Lescaut, Pablo y Virginia, Atala, Vuestra Señora de París, Ivanhoe, El Titán, Guillermo Meister, Jacobo Otis, Las Almas muertas, David Copperfield, I Promessi Sposi, Rafael... ¡qué sé yo cuántas maravillas más que no son de la semana pasada!

     El Sr. Núñez de Arce no admite más que tres géneros de primera clase: poesía, historia, filosofía. Era más tolerante y expansivo el autor de cierto prefacio de un famoso drama chino, titulado Pi-pa-ki, el cual autor, en boca de un literato aprendiz, pone estas palabras: «Los más hermosos monumentos literarios de la literatura china son las obras de Ciuang-tsö, antiguo filósofo; Khio-yuen, poeta; Sse-ma-thien, historiador, Wang-shi-fu, autor dramático; Tu-fu, poeta Shi-nai-ngan, novelista».

     Esto se escribía en China en 1704; y el señor Núñez de Arce en España en 1887 no admite que los Shi-nai-ngan de por acá, que pueden llamarse Cer-van-tes, Bal-zac, Di-ckens, sean dignos de figurar en la lista de los Thsai-sö, o sea escritores de primera clase, de genio. Ya sé que el Sr. Núñez de Arce coloca a Cervantes aparte, pero eso no vale; novelista es, y el Quijote novela de cabo a rabo; como es novela Las Almas muertas, aunque Gogol haya querido llamarla poema. Si de los novelistas se eliminan los mejores, los grandes, no sé por qué motivo, ¡vaya una gracia! eso querrá decir que no se entiende que hay verdadera novela sino cuando ésta es mala o mediana. Repito que eso no vale.

     Volviendo a lo copiado: D. Gaspar habla de poetas, historiadores y filósofos; y esta división no corresponde a otros tantos géneros, pues la filosofía no es un género literario; si se considera como ciencia, no es literatura de la que aquí tratamos; si se considera como lo que es en sí, el pensamiento reflexivo del hombre refiriéndose al objeto fundamental y a lo permanente en las cosas, entonces la filosofía... tampoco es género literario, y lo mismo entra en la pura especulación científica que en las mismas obras históricas (historia crítica, según otros filosofía de la historia), que en la poesía, que en la oratoria, que... en la novela; iba a decir que hasta en la sopa.

     Decir que son géneros superiores la historia y la filosofía, es, en otro respecto, como decir: en el globo no hay más que dos hemisferios; todos los países de la tierra que no correspondan a uno de ellos, son países de tres al cuarto; todo lo que se escribe, lo que se dice, lo que se piensa, corresponde a la filosofía o a la historia, o a una mezcla de ambas.

     Si el objeto del escrito, palabra o pensamiento es un hecho, historia; y si es reflexión acerca del elemento permanente de las cosas, filosofía. -Pedro fue malo, historia; el hombre es malo, filosofía.

     Estas son habas contadas que hay que volver a contar cuando se olvida por alguno la cuenta.

     Y si algo quedara fuera, que no puede quedar, el Sr. Núñez de Arce deshace la clasificación diatómica y la convierte en tripartita, metiendo en ella la poesía representante de la fantasía; pero es el caso que la poesía no es una coordenada de la filosofía y de la historia, pues hay fantasía histórica, referente a representación en imágenes de hechos reales o supuestos, pero hechos; y hay fantasía para la representación de ideas verdaderas o erróneas; además, la poesía no es sólo la fantasía, pues otros componentes, como el sentimiento, la integran (si se puede hablar así); y a su vez la fantasía, y hay que fijarse en esto, trasciende de la poesía, y no puede estar representada sólo por ella, pues la fantasía entra en la historia (díganlo, por ejemplo, el arte histórico de griegos, romanos y autores del Renacimiento, los modernos Mommsem, Macaulay, Taine, Renán, etc.); la fantasía entra en la filosofía (díganlo las hipótesis y los sistemas), y la fantasía entra en la elocuencia, entra... en la novela (¡me parece!), y, en fin, entra en todas partes, que es cuanto se puede entrar. Pero hay más: la historia tampoco representa la memoria de la humanidad exclusivamente; la memoria puede ser de ideas, de fantasías; y la historia, en el sentido en que el Sr. Núñez de Arce usa la palabra, por lo visto, la historia así, sólo se refiere a la memoria de los hechos efectivos, reales del pasado. El poeta, el filósofo, el novelista, el orador, necesitan la memoria y la representan lo mismo que el historiador.

     De modo que, en mi humilde opinión, no hay nada de lo dicho.

     Y no se crea que el autor del discurso no ha escrito lo copiado sin fijarse en lo que decía, no; su intento de excluir la novela de las altas regiones, de las regiones de la posteridad perpetua, es evidente; así se confirma a renglón casi seguido con lo de pasar como un relámpago. -La clasificación jerárquica anotada es falsa y artificiosa, y sus consecuencias lo mismo.

     El propio Núñez de Arce viene a reconocerlo cuando al aplicar a la novela las cataplasmas de que dejo hecho mérito, dice que su auxilio, el de la novela, es tan necesario como el de la historia. Pues entonces, ¿qué hay de más, así, en general, en la novela? La fantasía; pues si la fantasía, mediante la poesía, entra también en la división de los grandes géneros, ¿por qué no ha de poder entrar la novela, que puede tener la utilidad de la historia y la hermosura de la poesía? Relegar la novela porque es compuesta de historia y poesía, es injusto; porque la fantasía también interviene en los demás géneros, y además, porque entonces habría que condenar la filosofía de la historia, que si como ciencia especial y de muchas pretensiones anda hoy algo desacreditada, como tendencia, como forma de la historia misma y como obra del pensador positivista que estudia en sociología como en todo los hechos para encontrar sus leyes, ni está desacreditada, ni cabe que lo esté.

     No ya sólo en el concepto moderno, formado en vista del ejemplo de los grandes novelistas y del gusto del público, sino en todo concepto de la novela, como no sea aquel exclusivo de Huet, según el cual las novelas son «ficciones de aventuras amorosas escritas con arte en prosa, para deleite e instrucción del lector», como si no hubiera más novelas que las efesíacas o los cuentos milesianos, en toda idea de la novela se comprende la amplitud del género y su libertad, que la hacen apta para expresar la mayor variedad posible de objetos con las formas también más varias y con intensidad que bien puede calificarse de indefinida, ya que no infinita. Aparte de que la novela no ha sido nunca tanto como es hoy, (6) ni su índole tan apropiada al medio social como ahora, y, por consiguiente, hay como cierta argucia ensacar argumentos de lo pasado para juzgar en este punto la mayor o menor importancia futura de la lírica y la novela; aparte de esto, en cualquier época y país se puede ver ya la gran importancia de la literatura propiamente novelesca; tanto más, cuanto que lo más de la misma historia primitiva en cada pueblo es verdadera y muy realista novela, por causa de que pretende reproducir la verdad real del pasado e imita la vida probable de la antigüedad nacional, fundándose, no en documentos históricos propiamente, sino legendarios, de tradición popular entre histórica y fantástica, y a veces hasta en la misma poesía. Novelas son, en este concepto, para todos nosotros Los Evangelios apócrifos, primera forma de la novela alejandrina, y los mismos Evangelios, que son pura historia para el creyente y para muchos exégetas, son para los críticos de ciertas escuelas, por ejemplo, los simbolistas, piadosa leyenda, novela sublime, novela histórica si se quiere: sobretodo, el cuarto Evangelio reviste para muchos este carácter. -Y en toda la Biblia, ¿no abundan las novelas? Libros enteros hay en ella que no son otra cosa (y no se entienda que decir novela quiere decir tanto como mentira), y por cierto novela al estilo de las más de cuantas nos ofrece la antigua literatura indiana en sus cielos novelescos budistas, pues hasta el fin moral, la regla de vida-nili de los indios, aparece en las leyendas morales de los hebreos, tomadas de más o menos lejos; y ejemplo de esto es el libro de Job, y ejemplo de otro estilo es cuanto se refiere a la preciosa historia de Josef. Y dejando este terreno, que podrá parecer peligroso a los lectores timoratos de escasa cultura en tales materias, dígase que novelas son, y muy morales todas esas narraciones populares que en prosa sencilla han ido de pueblo en pueblo llenando la imaginación de la infancia de todas las naciones y de la infancia de todos los hombres.

     Bien sabe el Sr. Núñez de Arce que hay toda una literatura compuesta de esta clase de obras en que civilizaciones muy diferentes se han ido heredando unas a otras estos preciosos legados de la fantasía, divino consuelo en las fatigas del mundo; ¿y quién se atreverá a decir que han pasado de moda, que han brillado como relámpagos y desaparecido, la puerca Cenicienta, de probable origen mitológico; los cuentos del pacto con el diablo, origen de obras inmortales; los que se fundan en la historia del tonto, los del gigante, los del enano, los de la niña perseguida y los animales agradecidos (derivación de esto la Gitanilla, de Cervantes, la Esmeralda, de Víctor Hugo, de origen oriental también), y tantas y tantas otras, entre ellas la novela de Psiqué? -Esta forma del arte mítico-popular que ha rebotado, por decirlo así, de literatura en literatura, que en España ha tenido tal importancia por haber sido nuestras letras uno de los puentes por donde se comunicaron Oriente y Occidente, ha vivido más y con más eficacia o influencia en el corazón y en la fantasía de los pueblos que los poemas épicos y las odas y los dramas más célebres y perfectos; y sin embargo, este género de la narración popular, del cuento mítico-tradicional, está dentro de la novela, en su germen, puede decirse. Al que lo negara, fundándose en lo único en que podría aparentemente fundarse, en la brevedad ordinaria de tales cuentos, en la poca extensión que ocupan cuando pasan a la escritura, a ese podría contestársele que en tal caso tampoco serán poesía los epigramas, los cantares, los madrigales, etc.

     Tiene mucho valor para los que defiendo la importancia de esta novela popular, del cuento legendario que va de pueblo a pueblo, que con un cosmopolitismo que pocas formas literarias tienen, se adapta a todos los climas, encarna en todas las razas, sirve en Oriente y sirve en Occidente, como esas otras leyendas sagradas, que tanto se le parecen, que naciendo, en tierra de semitas pasan en la nave de San Pablo a tierra de pelasgos, de celtas y de otras razas nuestras, y arraigan en Occidente; así como la leyenda de Buda (que también por allá hay sus simbolistas) llevada por el viento en un solo grano de semilla, un misionero budista, atraviesa el Tibet, recorre la China, y en el vasto Imperio Celeste y en el Japón disputa con buen éxito el dominio de los corazones y de la fantasía a la tradición clásica, al venerable Confucio.

     No hay poeta lírico que por el solo esfuerzo de su propio mérito sea verdaderamente popular fuera de su nación, o, por lo menos, que lo sea en el grado que alcanzan en la popularidad cosmopolita esas narraciones poéticas, pero no versificadas, que van de raza a raza, de continente a continente, sin una forma fija, sin más unidad constante, sin más esencia inalterable que su asunto. El poeta lírico de más nombre, traducido, pierde mucho, y por esto nadie es poeta del todo más que en su patria; pero esas leyendas y novelas o cuentos populares llevan su inmortalidad y su cosmopolitismo en la narración misma en que consisten, belleza objetiva, como dice Hegel (aunque en mi humilde opinión empleando mal el epíteto), que reaparece después del viaje de la leyenda, adaptándose siempre a la nueva forma, al clima literario, al suelo poético a que se ve transplantada como si en él hubiera nacido; y tanto se adapta y tales aires de indígena toma, que el pueblo cosa nacional la cree, y aun la erudición, muchas veces falta de datos suficientes, por tal la estima. No hace falta señalar ejemplos de esto; llenos están de ellos todas las literaturas: en los comienzos de la nuestra apenas sí encontramos otra cosa. Y todo ello, ¿no significa nada? ¡Oh! significa mucho para combatir lo que el Sr. Núñez de Arce llama su tesis; significa que esa larga vida que a través de la posteridad el poeta castellano pide como prenda segura de mérito artístico, la alcanzan, como verdaderos macrobios de la literatura, no los poetas, sino los cuentos populares, las novelas informes, o mejor dicho, de todas las formas, que por lo mismo que no tienen como elemento esencial de su belleza duradera un ropaje poético determinado, único, no pierden con el cambio de tiempos y lugares.

     La hermosura, que consiste en el asunto, en una acción, en un interés de la vida imitada o transformada por la fantasía, es hermosura más fundamentalmente humana y universal y perenne que la belleza de los dechados del arte consumado en que el instrumento y la forma adquieren superior o igual importancia estética que el objeto a que se aplican. No quiero decir que sea aquella hermosura superior a ésta; pues, para mí, la medida de lo bello no está en el tiempo, no está en la duración, que no es nada intrínseco del objeto bello mismo, sino una relación a elementos extraños, como el público, las vicisitudes de la vida social, etc., etc.; quiero decir, no más que, aun refiriéndonos al criterio del Sr. Núñez de Arce, tienen probabilidades de durar más, de poder ser apreciadas sinceramente (que ésta es la cuestión) en más lugares y por más años y por más clases de gentes las bellezas de fondo, las amorfas, por decirlo así, las que pueden adoptar mil aspectos que las sujetas a una indisoluble armonía entre la forma y el asunto, entre el verso y la idea, por ejemplo. Yo he leído los tercetos del Sr. Núñez de Arce, traducidos en parrafitos cortos de prosa francesa... y ¡daban lástima! ¡parecían otros! Cuanto más subjetivo (en el sentido hegeliano, que es [94] además el corriente) sea un poeta, más perderá con el tiempo y con la distancia, más perderá también cuanto más retórico sea, esto es, cuanto mejor sepa encarnar su idea en sus versos, haciéndolos inseparables; perderá para los que no hablen su misma lengua, o no la entiendan, al menos, y perderá para razas y civilizaciones en las cuales las inspiraciones subjetivas hayan variado mucho. Y, en cambio, sin ser mejores en sí mismas, continuarán valiendo más en el mercado de la admiración pública las obras populares en que predomine lo objetivo (sentido indicado de las palabras objetivo y subjetivo), en que el asunto sea de interés más general, común, y la forma indiferente, susceptible de mil cambios. No sé si me explico; quiero suponer que sí, para no seguir machacando.

     Pero lo dicho se observa, no sólo con relación a esos cuentos universalizados, sino que ya también con respecto a novelas de todas clases, cuando son de verdadera importancia artística. Los coetáneos son unos respecto de otros una especie de posteridad cuando están separados por la lengua, por la distancia, por la raza, por las ideas y las costumbres; pues bien, hoy, de pueblo a pueblo, hay más comercio literario verdadero, real, por la novela que por la poesía lírica. Los grandes poetas suenan mucho en países extraños; pero se leen poco en relación a lo que se leen los grandes novelistas, que, traducidos, aunque pierden muchísimo (más cuanto más retóricos), pierden mucho menos que los poetas. Un ejemplo: difícilmente podría citar D. Gaspar al público medianamente literario del Ateneo un novelista inglés del siglo, de los de primera fila, que el público del Ateneo no conociese más o menos pero puede asegurarse que los poetas de primer orden (relativamente) que ha citado, y otros que no ha citado, Landor, Shelley mismo, Keats, Isabel Barret Browning, Dante Gabriel Rossetti, Algernon, Carlos Swimburne, son para los más, para los que no sepan inglés sobre todo, gente de cumplido, muy señores suyos, de los que no saben nada o saben muy poco por los trabajos y fragmentos de poesías traducidas de Gabriel Sarrazín y otros por el estilo. Otro ejemplo: Rusia empieza ahora a ser bien apreciada y estudiada en Occidente; del poeta Puckine saben todos; pero ¿me negará nadie que por estas tierras de acá sus poesías son mucho menos conocidas que las novelas de Gogol, Turguenef, Dostoiewski y Tolstoi? Otro ejemplo: en España, Víctor Hugo tiene carta de naturaleza de gran poeta, pero... ¿ha leído el público sus poesías tanto, ni con mucho, como su Nuestra Señora de París y Los Miserables? A Dumas, padre, ¿se le conoce tanto por acá por sus dramas como por sus novelas? ¿Cuántos españoles habremos leído entero Leconte de Lisle y todo el Baudelaire? Pocos; y Alfonso Daudet, y ya el mismo Zola, ¿no son verdaderamente populares en España? No hay mérito ninguno en tales preferencias, ni podría haberlo, ni eso depende de cosa intrínseca del arte; pero se le contesta al Sr. Núñez de Arce en el terreno en que él se coloca. Hablaba D. Gaspar de «la España de Calderón». Pues Calderón, con toda su grandeza, no es verdaderamente popular fuera de España, y el Quijote sí.

     Y como el que prueba demasiado no prueba nada, recojo prudentemente velas y advierto que nada de lo dicho en lo que inmediatamente precede es absoluto; pues dependiendo este asunto de la mayor o menor cantidad de público y la mayor o menor duración de las obras literarias en la atención de la posteridad de muchos y muy complejos factores, así como yo he aducido algunos para defenderá la novela en este terreno, otros pueden buscarse para defender otros géneros; y, en suma, es esta una cuestión vaga, anticientífica, antipática para la pura crítica de arte, y de solución tal vez imposible, porque eso del fallo de la posteridad se parece mucho al mentir de las estrellas; y muchas veces la tal posteridad no es más que un espejismo de nuestra opinión individual, que queremos poder respetar y acatar sin escrúpulo, achacándosela al siglo futuro.

     Gran cosa es el don de profecía, dice el apóstol, pero puede decaer, puede pasar; en cambio el amor siempre dura. Gran cosa es el cálculo de las probabilidades, aplicado a la duración de la fama; pero tratándose de obras artísticas que nosotros hemos de juzgar por nuestro criterio, sin que sea posible otra cosa, mucho más que esa especie de profecía que consiste en calcular lo que dirá la posteridad, vale el amor del arte, es decir, la facultad de sentir con fuerza y claridad la belleza sub specie aeternitatis.

     Esas apelaciones a la posteridad cuando se trata del mérito real del arte, son peticiones de principio y pecan además de una indeterminación que les quita toda eficacia. La posteridad da la razón a todos, y no se la da a nadie, porque no habla. En todo juicio bien entablado tiene que haber quien pida -quis; -de quien se pida- a quo, -y ante quien se pida -coram quo. Pues en el juicio de la posteridad, cuando las partes disputan, todavía no hay juez, y cuando hay juez... ya no hay partes.

     Y además, ¿quien es la posteridad? ¿Dónde empieza? ¿Dónde acaba? ¿Quién tiene derecho a ser miembro de ese jurado? ¿Son la posteridad para Shakespeare, Moratín y Voltaire? No, porque no le comprenden; ¿será Schlegel que él comprende y la traduce y aplica más adelantada crítica? Sardou dirá que no, que la posteridad es él, que se ríe de Hamlet y de Schlegel y de los que han adorado al visionario trágico bajo la palabra de honor de algunos eruditos alemanes. Unos siglos recuerdan uno, y otros recuerdan otro; tan volubles como nosotros serán nuestros descendientes, falibles también, y habrá opiniones diferentes siempre, y grandes injusticias; muchas cosas buenas olvidadas, por incuria, o malas entendederas, o disparidad de criterios; siempre los sabios y los hombres de corazón artístico prescindirán de la moda y leerán muchos libros y admirarán muchas cosas que no lean ni admiren el vulgo y los eruditos de secano; habrá siempre, o por mucho tiempo, distintas escuelas, cátedras oficiales, clichés de admiración académica, aberraciones de la multitud, y con éstos y otros elementos seguirá el vaivén de las ideas y de los juicios; y las obras de arte, unas veces adoradas, caerán en tinieblas y volverán a surgir y a sumergirse, y así cien veces, hasta que el peso de los años no les consientan nuevas emersiones, y capas y capas de tiempo y olvido caigan sobre ellas, a la manera que el náufrago que se ahoga, antes de morir, surge y se sumerge también, y baja y sube, hasta que al fin perece, y sólo flota ya cadáver.

     Y si nunca pudo hablarse de la posteridad para estas cosas con gran seguridad de acierto, ¿qué se podrá decir en estos tiempos del papel impreso, que hace temor a muchos que el mundo no se acabe por fuego, ni por enfriamiento, sino por un diluvio de tinta? ¡Cuánto no tendrán que trabajar en adelante, en esa posteridad nuestra, las famosas leyes darwinianas, la lucha por la existencia, y la selección, su complemento? Cuánta prosa se ha de convertir en polvo, es verdad; pero también, ¡cuántos versos se ha de tragar la tierra! ¡Oh! no; no miremos a la posteridad, si no hemos de ponernos tristes casi, todos.

     ¡Con qué desdén compasivo habla D. Gaspar de las novelas de pasados siglos, hoy olvidadas generalmente, algunas, por cierto, sin merecerlo! Pues ¡cuántas más tendrán que olvidar los siglos que vienen, puesto que en el presente se escriben en tal abundancia! Pero ¿y versos? ¡Cuántos poetas notables en su tiempo pasan a la posteridad como sardinas en banasta o en apretado haz de caja de conserva, allá, en las estrecheces de un compasivo florilegio!

     Si leyéramos hoy el famoso Almanaque de las Musas, ¡cuántos ilustres vates, para nosotros desconocidos, por sus obras a lo menos, si no por el nombre! En una gramática, extractada de la clásica de Gottsched, especie de Moratín alemán por lo que toca a las ideas y a la erudición, no al ingenio, leo, al llegar a la prosodia del verso: «los más célebres poetas alemanes del siglo pasado son: Besser, Dach, Flemming, Frank, Glyphius, Hofmannswaldan, Kanitz, Lohenstein y Opitz...» El Sr. Núñez de Arce, que tanto sabe de poetas nacionales y extranjeros, ¿sabe gran cosa de todos y cada uno de esos ilustres tudescos? Pues en la lista de los más grandes poetas alemanes del presente siglo se leen estos nombres al lado de los de Göethe, Schiller y otros pocos muy leídos ahora todavía: Alxinger, Burger, Brockes, Blumauer, Croneck, Denis, Dusch, Höltz, Lichtwer, Uz, etc. ¡Cuántos Uz y cuántos Dusch habrá en otros Parnasos modernos que a sus paisanos y contemporáneos les sonarán a gloria inmortal, y a los extranjeros y a la posteridad a... eso, a Uz y Dusch y Denis!

     Cierto es que la sima del olvido se ha tragado muchos libros de caballerías y muchas novelas sentimentales; pero ¿qué se han hecho tantos y tantos poemas caballerescos, cronicones rimados, como produjeron esa Francia, y a su imitación esa Inglaterra, que son las principalmente acusadas por sus muchas novelas? ¿Dónde están, es decir, quién se acuerda de ellas, las crónicas de Wace, de Gaimar, del cura Layamon, del monje Glocester, del canónigo Brunne y tantos otros? ¿Quién resiste hoy el poema de La Rosa, de Juan de Meung, ni el Aguijón de la conciencia, de Hampole, ni tolera los versos bíblicos de Adam Davie... y sus similares españoles, italianos, etc.? En prosa y en verso la literatura fría, mediana, pesada y aburrida se olvida pronto. Y aun saltando de todos estos engendros medioevales a la poesía del Renacimiento en sus comienzos, ¡qué de poetas bucólicos no se ha comido el hastío entre bostezo y bostezo en Inglaterra misma, en Francia, en España y en Italia! ¿Y el teatro? Ya que D. Gaspar, al defender la Poesía, mezcla dramática y lírica, acordémonos de los catálogos de comedias más o menos boscheggiatas de Italia, de las de cien géneros española; del repertorio francés moderno, de las tragedias clásicas de todos los países, y tendremos que pensar en la nada de las cosas humanas, o por lo menos en la nada de muchas obras escritas en verso para el teatro.

     Sí, es cierto; da tristeza pensar en la mucha prosa que se escribe para el silencio eterno y las tinieblas eternas; pero la misma suerte alcanzan los muchos poetas que en el mundo han sido y siguen siendo, fuera de pocas excepciones, que van acompañadas de otras excepciones no líricas.


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