Mis plagios



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     Valga la verdad: el Sr. Núñez de Arco parece dar a entender que las alabanzas que hoy obtienen Zola y los que él llama sus secuaces, son cosa de la moda, nada fundado en firme juicio estético; y para que no se incomoden las personas que se consideran por encima del servum pecus, dice que también las novelas sentimentales de otros siglos, que hoy no pueden soportarse, fueron admiradas por grandes hombres de su época; v. gr.: varios obispos y canónigos, o lo que fuesen, pero al fin gente de Iglesia, como Huet, Godeau, Flechier, Mascaron, etc. Reconocerá D. Gaspar que no cabe comparar con los grandes críticos modernos, Taine, v. gr., que ponen en los cuernos de la luna la novela moderna, con esos señores, eminentes y eminentísimos, pero no muy doctos en estética ni de gusto artístico muy depurado, si se exceptúa entre los que cita a Lafontaine, que podría tener razón en lo que decía, y acaso a Flechier.

     También en los tiempos modernos hubo y hay grandes hombres... que leen con sumo gusto, con verdadera pasión algunos, novelas y más novelas. El gran general ruso que puso a raya a Napoleón, en vez de trazar planes de campaña al pormenor, en que no creía, leía novelas buenas y malas, sin distinguir de especies; Darwin, según va dicho, consagraba tanto tiempo a oír leer novelas de aventuras y de interés palpitante, como a sus trabajos inmortales; Bismarck dicen que también es muy aficionado al género, y hasta lo protege, prohibiendo traducciones de Zola que podrían hacer competencia a las novelas del Imperio. Y esto ¿qué prueba? ¿Nada? La posteridad no preguntará a Kutusoff, ni a Bismarck, ni a Darwin, cuáles fueron las novelas buenas de su tiempo. Los hombres eminentes de una clase se equivocan fácilmente al juzgar lo que hacen las eminencias de clase distinta; así, pudo Darwin no tener gusto literario muy delicado, y pudo la eminente novelista Jorge Eliot (Mary Ann Evans) juzgar muy mal El origen de las especies, calificando este libro monumental de mediocre.

     En su afán (pues, con el respeto debido, así hay que llamarle), en su afán de buscar argumentos para demostrar la supremacía de los poetas líricos sobre los novelistas, el autor del discurso que examino llega a tomar en cuenta los festejos que consagran los pueblos a sus autores favoritos. Vamos a eso, ya que hay que ir tras D. Gaspar a todo. En Inglaterra, dice, son popularísimos los poetas, y se les consagran fiestas, instituciones especiales; sí es verdad, a Dios gracias; bien hayan los grandes poetas, y los ingleses que tal hacen. Pero ¿y a los prosistas? ¿Quién fue en Inglaterra más popular que Dickens? ¿Qué éxito hubo como el de su The Pikwick Club? ¿Por dónde fue que no ganase honra y provecho el autor de Copperfield y de Christmas Stories? ¿Cuánto dieron y dan que hacer, pensar y sentir a toda Inglaterra su Carlyle y su Macaulay, prosistas, y cuánto no se dijo y dirá de la autora insigne, antes citada, de Adam Bech y Daniel Deronda?

     Y pasando de Inglaterra a otros países, habla D. Gaspar de lo que glorifica Italia a Manzoni (cierto: Milán compra la casa en que vivió... el autor que describió la peste de Milán en su inmortal novela); de lo que hace Alemania con Göethe (autor de Guillermo Meister Werther y de otras muchas obras que no son Lieder); dice que Hungría erige estatuas al poeta Petaefi (un patriota que escribía versos inspiradísimos), y en verdad que en Hungría no puede oponerse la gloria de ningún gran novelista... porque ni le hay ni le ha habido. Rusia misma, prosigue D. Gaspar, la nación más refractaria en estos días a las manifestaciones poéticas, alza ostentoso monumento a Puszkin. Verdad es; pero recuerde el autor lo que influyó Gogol en Rusia, lo que influye Tolstoi, ambos novelistas, y recuerde el incidente tierno y bien significativo en que Dostoiewski hizo principal papel cuando se trató de honrar pública y solemnemente la memoria de otra gloria de Rusia. En ese país extraño hay gloria y entusiasmo para todos sus grandes hombres, así como también ha habido destierros y persecuciones para unos y otros, pues el Imperio no distingue de novelistas y poetas.

     No puedo, por lo menos no debo, seguir al poeta en todos los pormenores de sus probanzas, y así he de pasar por alto muchas afirmaciones suyas que me parecen gratuitas, tales como las siguientes: dice que los españoles leernos más a nuestros poetas clásicos que a nuestros novelistas. Esto me recuerda lo que dice el Diccionario respecto de la palabra cana, que, según él, se usa más en plural.

     Pero en todo caso, y suponiendo que D. Gaspar pudiera probar su aserto, que necesitaría de una estadística imposible de hacer, eso sería porque nuestros poetas del siglo de oro valdrían más, en conjunto, que nuestros novelistas; su género y su manera representaba mejor la época, sus ideales y sus gustos; por supuesto, prescindiendo del Quijote y la media docena de novelas realistas que todo el mundo lee y saborea y comenta, porque estos libros son tan leídos como el poeta que más lo sea. Mucho hay en la novela clásica española que se lee poco; pero ¿y en los líricos? ¿Y en los dramáticos? ¿Quién ha leído a todo Lope de Vega... a no ser Menéndez Pelayo? ¿No negaba un escritor notable que hubiera leído el Bernardo entero alma nacida? Repito que en eso de lo que se lee más o menos, no hay criterio fijo; todos sabemos cuánto le molestaba el Dante a un dramaturgo español insigne.

     Si la poesía lírica española de ahora vale más que su contemporánea y paisana la novela, se leerá más que ésta andando el tiempo, y si no, no.

     Hacia las páginas 24 y 25 de su discurso sale el poeta, por algún tiempo, de este género de comparaciones que, como se ha visto, se refieren a elementos sociales tan ajenos de la excelencia intrínseca del arte literario, como se ha notado, y con menos disgusto se le sigue por su nueva argumentación, por más que el vicio capital de ella continúe; pues repito que estos pugilatos entre distintos géneros de un mismo arte sólo sirven, a la larga, para que cada cual manifieste parcialidad injusta por lo que más le agrada, habiendo, como hay, o como parece que hay, armas para todos en el arsenal de la historia y de la filosofía.



     Páginas atrás había dicho nuestro autor que la poesía moderna era superior a la de siglos anteriores, porque se había interesado y apasionado por las cuestiones de la vida contemporánea, padeciendo con sus dolores y gozando con sus triunfos; pero aquí encuentra ahora una ventaja de la poesía lírica sobre la novela... precisamente en lo contrario, en que el interés de la novela es más vivo, su acción en las luchas actuales más intensa, más analítica, mientras el lirismo se cierne en los espacios y sólo llegan a él las batallas de la vida en «una onda continua y sonora en forma de queja o de ditirambo, de plegaria o de blasfemia. «Yo no quiero sacarle filo a la contradicción de uno y otro argumento, porque es preferible hacer notar otras cosas. No hay ventaja alguna para el mérito artístico en que una obra literaria se acerque menos a la realidad de los dolores y placeres humanos, ni en que deje de analizar la vida, ni menos en que se contente con cierta vaguedad, y muchísimo menos en que sólo sea expresión de las pasiones, grandezas y miserias del mundo en cuanto es un reflejo de ellas en el subjetivismo (aquí bien empleada la palabra) del poeta. Además es una mala interpretación del concepto del subjetivismo estético, y más aún de la idea de lo lírico, la que reduce este interesantísimo elemento de la poesía humana al egoísmo soñador del vate, que es grande, redentor a veces, como el gran egoísmo de Roma, pero que no está solo en la poesía lírica. Los salmos atribuidos a David son, en efecto, en su mayor parte, líricos en este concepto último, y entre los grandes poetas persas, por ejemplo, los más son egoístas en este sentido poético, y casi diría transcendental; lo mismo sucede con muchos de nuestros poetas líricos modernos; v. gr., Byron, cuando no canta a Grecia y es meramente lírico; Leopardi muchas veces, no siempre; nuestro Espronceda y nuestro Campoamor casi de continuo; Núñez de Arco a menudo; pero es lirismo también, y no cabe atribuir esa calidad poético-egoísta, esa falta de interés inmediato y vivo y directo por las cosas de la realidad ambiente, al lirismo de muchos himnos bíblicos en que se celebran, como en el famoso atribuido al legendario Moisés, el sublime de Débora, y otros muchos, las glorias de los hijos de Israel y su comunión íntima con Javé; y no es lirismo egoísta, sino altruista, el de Tirteo y el de Píndaro, y el de los más de los poetas cristianos, y el de todos aquellos grandes poetas líricos que han creído, al cantar, hacer algo más que solazarse o desahogar la pena o la alegría; contribuir al triunfo de una religión, de una patria, de una idea o de un interés social cualquiera. ¿Quién dirá, por ejemplo, que la mayor parte de las obras de Víctor Hugo se refieren de menos cerca a la realidad y sus intereses vivos que las novelas de Goncourt, por ejemplo, o las de Edgard Poe, o las de Flaubert, o las de nuestro Valera? El lirismo de Quintana es todo él altruista, social, obra viva en favor de un interés común; la humanidad, el progreso, la libertad, la patria, eso le inquieta, y con tal violencia y fuerza de realidad, que tocan muchas veces en lo utilitario, y pierden por esto mucho de lo puramente artístico. ¡Cuántos y cuántos poetas podríamos citar, haciendo ver en ellos eso que achaca a la novela D. Gaspar como una desventaja, es decir, el interés inmediato por las cosas de la vida ordinaria, el roce real con las pasiones y los intereses corrientes!

     En cambio, ¡cuántos novelistas, sobre todo en nuestros días, prescinden de toda tendencia y de todo propósito ultra-artístico! Ese desvanecimiento poético de la pasión al convertirse en materia artística, no es privativo de la poesía; cierto que muchos líricos han aspirado y aspiran a la serenidad olímpica como último fondo de su arte; cierto que en muchos poetas las más grandes tristezas y alegrías del mundo las sentimos como un eco lejano, en algunos como no siendo ya más que una imitación poética de los afectos reales humanos (véase, por ejemplo, a Baudelaire en sus Flores del mal y en su poética, esparcida por varios escritos); pero en cambio otros muchos poetas son, o moralistas (Alejandro Dumas, hijo, en el teatro, v. gr.), o patriotas, como Petaefi, o liberales como Freiligrath, Herzen, Carducci, o sociólogos en verso, como Barbier, Hugo, Guerra Junqueiro, en La muerte de don Juan... ¿y qué más? Los gritos del combate, uno de los libros más hermosos de España en el siglo XIX, pertenecen casi todos ellos a un lirismo que no se contenta con morar en las nubes, sino que se mezcla en la batalla de la vida como un arma, como una fuerza en pro de una causa. Lo que hay es que la poesía, por mucho que se interese en la vida real, no puede hacer en ella, sin dejar de ser poesía, lo que hacen la oratoria, la historia, la ciencia, la política, etc.; pero eso tampoco puede hacerlo la novela sin dejar de ser novela. Y si vemos que en punto a poetas los hay de una y de otra clase, los que se aproximan cuanto cabe a tornar como un interés propio la vida ordinaria, el mundo real, y a influir en él con sus obras, y los que huyen de esto y prefieren contemplar desde las alturas el mundo como un espectáculo, y transfigurar el dolor y la alegría mediante la inspiración y el canto; así también existen novelistas que, como Zola, creen en la influencia directa, inmediata, utilitaria de su arte (aunque en muchas de sus obras este autor, por instinto de su genio, huye de aproximarse demasiado a eso que él llama el arte nuevo de la novela-ciencia); como Sthendal, que trabajaba como psicólogo; como Balzac, que disertaba y se creía sociólogo; como Bourget y otros muchos; y en cambio tenemos multitud de autores de este género que quieren para su arte una región tranquila, lejana de los intereses reales de la vida, región de hermosas apariencias, en que lo de menos sea el fondo de la realidad y del mismo objeto artístico, que, como decía Flaubert, ha de quedar para los burgueses.



     He citado a Flaubert: ¿se atreverá a decir don Gaspar que haya poeta más ajeno a las disputas de los hombres, que trate con mayor pureza estética, con menos interés real, utilitario, la poesía, que este insigne novelista? Ese Leconte de Lisle y ese Rossetti que tan bien han sabido separarse de la influencia ambiente media, el uno en el sentido pagano y naturalista (aquí esta palabra no tiene el significado que se le da cuando se aplica a los modernísimos realistas como Zola, Guy de Maupassant, etc.); el otro con un soberano esfuerzo de abstracción poética volviendo al ideal pre-rafaélico; esos dos poetas, el uno olímpico y el otro paradisiaco, no representan esa calma superior, esa transfiguración de las pasiones que logra el arte puro, mejor que el prosista que deja a la posteridad Salammbó, Un Corazón sencillo, Las tentaciones de San Antonio y Herodías.

     Y como Flaubert, ¡cuántos otros novelistas antiguos y modernos que trabajan con puro interés estético, con inspiración desligada de todo propósito que transcienda a las luchas reales de la vida! Como que toda una tendencia de la novela va por ese camino.



     Lo que hay es que, así como la poesía lírica tiene ventajas sobre la novela para todo lo que tenga expresión adecuada en la misteriosa relación de la idea al ritmo y a las demás cualidades musicales del verbo humano, como el sentimentalismo vago, místico, melancólico, que se complace, por ley de su naturaleza, en la expansión lírica, así también la novela tiene ventajas sobre la poesía lírica para cuanto se refiere a producir impresión fuerte, merced a la imitación más aproximada de la vida real en las letras; en este respecto, puede decirse, en general, que la novela es a la lírica, en sentido de progreso o perfección, lo que la lírica es a la música. No hay que confundir el vigor y eficacia de los medios de expresión con el propósito extra-estético, con la impureza artística. Un ejemplo: aquella Blessed Damozel del poeta pre-rafaélico (que tanto enamora a Núñez de Arce, y del cual ya ha hecho una copia artística Vernon Lee -Violeta Paget- en su Miss Broton); The Blessed Damozel, inclinada sobre los dorados balaustres del cielo, en la mística verandá del soñador dantesco, mirador tan alto, que desde él apenas se divisa el sol allá abajo que desde él apenas se divisa el sol allá bajo, no es más poética, ni más pura, ni más extraña a todo interés utilitario y no artístico, a pesar de encontrarse en tan elevada posición, a tantos metros sobre el nivel del mar, que la humilde y muy terrenal Felicité de Un coeur simple, la pobre vieja se encontraba muy natural morir de la misma enfermedad que su ama. Felicité, mística a su modo, enamorada de un papagayo, y que después de recibir los Sacramentos, y al morir, delirando, cristianamente, crut voir, dans les cieux entrouverts, un perroquet gigantesque planant au dessus de sa tête, ¡Ah, D. Gaspar! ¡Con buena intención y alma abierta a todo lo hermoso y puro, bien se puede creer que el perroquet de Felicidad era el Espíritu Santo! Las alturas poéticas no se miden con el barómetro; no es más poético lo más alto, ni menos lo más cercano a la tierra; en el arte, como en el universo, no hay arriba ni abajo.


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