Mis plagios



Descargar 270.25 Kb.
Página6/7
Fecha de conversión01.07.2017
Tamaño270.25 Kb.
1   2   3   4   5   6   7

- VI -


     Termina Núñez de Arce la primera parte de su discurso defendiendo la poesía lírica en el terreno de la forma y poniendo en parangón la prosa y el verso. A fuer de leal, comienza con el elogio más cumplido de la prosa, elogio tan elocuente como inútil (hasta donde puede ser inútil lo elocuente). Porque hay que notar que jamás se le ha podido ocurrir a nadie renegar de la prosa ni discutir su importancia; ni al mismo M. Jourdain se le pasó por las mientes. Al llegar aquí, recuerdo, y abro un paréntesis, que en no sé qué álbum o revista he leído hace poco un pensamiento de Campoamor, una humorada, si no me es infiel la memoria, en que mi ilustre amigo y casi paisano insulta a la prosa terriblemente; pero hay que advertir que el gran Campoamor, excelente prosista (en prosa y en verso), es muy amigo de la paradoja, en que luce su ingenio como pocos; la paradoja, para los atletas del pensamiento, es una gimnasia; el que hoy, jugando, levanta una paradoja a pulso, mañana rompe las cadenas de una preocupación de esas que andan disfrazadas de principios inconcusos. Pues bien; a Campoamor no hay que hacerlo caso cuando habla mal de la prosa, como no se le hizo cuando insultó a Aristóteles y puso como chupa de dómine a... los hechos, así como suena, es decir, todo lo que sucedió, sucede y puede suceder.

     La prosa no necesita defensa, porque... la prosa es la preciosa facultad del lenguaje, de quien nadie ha dicho pestes todavía, y eso que de tantas cosas se ha hablado mal. Sin la prosa... seríamos monos, o antropoides por lo menos, el hombre al lado del otro. Cuando los cristianos del primer siglo se entusiasmaban con sus facultades extraordinarias del lenguaje universal, que estaba cifrado en la glosolalia, modo de hacerse entender de todos a fuerza de no explicarse para nadie, el apóstol de los gentiles, sin duda gran partidario de la prosa, advertía a sus hermanos que la tal glosolalia era buena para ejercitarla a solas; pero que cuando hubiese gente delante, el glósolalo debía hacerse traducir por algún intérprete, esto es, por un prosista, en el sentido lato de la palabra. La prosa y el verso no son dos especies de un mismo género, sino un género y una especie de éste. Comparar el verso con la prosa, es como comparar la música con el sonido. El sonido es el género, y la música la especie. De no considerar esto así, han nacido muchas cuestiones y exclusivismos ridículos. El verso bueno debe tener todas las cualidades de la prosa buena... mas las suyas especiales. El verso no es más que un modo de la prosa... el modo rítmico. Así, el andar acompasado de los soldados es un modo de andar que sirve, como los demás, para adelantar camino. El poeta que no dice nada de particular, es un recluta que no hace más que marcar el paso, y que no se mueve. Hay muchos modos de escribir y de hablar, muchas clases de lenguaje y estilos diferentes para los diferentes géneros literarios, situaciones del ánimo, auditorios, etc., pero todos ellos entran en la prosa; se diferencian entre sí, pero no de la prosa, que los abarca a todos; el llamado estilo asiático es prosa, como el estilo familiar y el medio; y, sin embargo, hay formas, así retóricas, como rítmicas, como puramente léxicas, que son propias del estilo elevado y no del vulgar; y todo es prosa: pues el verso es otra especie de prosa... que tiene formas determinadas, peculiares. Estas observaciones tienen más importancia de la que puede creer un distraído; no es esta cuestión de palabras, o por lo menos no es cuestión sólo de palabras. Ya se sabe que en el significado común, prosa significa un concepto negativo; pero este concepto negativo de una sola especie de forma literaria (el verso), sirve a la vez para representar la idea genérica, en distinción a la específica de verso. Por no entenderlo así, por dejarse llevar de la aparente oposición coordenada de prosa y verso, en cuanto palabras, se ha dejado muchas veces de ver tal como es la relación entre ambas cosas. Y sin embargo, en el mismo Diccionario de nuestra Academia hay algo que avisa, propusiéranselo o no los académicos, y previene contra el error. Dice el Diccionario: «Prosa. -Estructura o forma que toma naturalmente el lenguaje para expresar los conceptos, y no está sujeta, como el verso, a medida y cadencia determinadas. La prosa, considerada como forma artística (única de que nosotros tratamos, Sr. Núñez de Arce), está sometida también, sin embargo, a leyes que regulan su acertado empleo». Como es indudable que las leyes a que se refiere el texto legal no pueden menos de ser leyes de eufonía, musicales, es claro que la prosa también puede ser de tal clase, que en ella se atienda al sonido y a las leyes acústico-artísticas, ni más ni menos que sucede en el verso; el verso, pues, llegará a no ser más que un orden de una especie de prosa, sujeta a leyes eufónicas referentes a la medida y a la cadencia. Lo que llamamos música, número, etc., en la prosa, aunque no es música rigurosamente, no lo es menos que la del verso, que tampoco es música; es de otra clase, eso sí, pero es elemento eufónico. Otra cosa es que la Academia no se explique con bastante precisión, ni aun exactitud, al definir el verso, todo el verso, en cuanto opuesto a la prosa, haciendo consistir sus leyes, la de todo verso, en la medida y en la cadencia; es de suponer que se refiera al metro en lo que dice de la medida; pero lo de cadencia ya es más vago, pues al definir esta palabra, el léxico oficial la aplica lo mismo al verso que a la prosa, diciendo que se encuentra así en el verso como en la prosa, luego no debió usar, para definir la prosa por distinción del verso, palabras que no los distingue tal, según la Academia misma. Por supuesto, que además los académicos se hacen un lío, como se dice vulgarmente, pues en otra acepción la cadencia es para ellos medida, y lo mismo que de la cadencia dicen del ritmo, el cual también para ellos es común al verso y a la prosa. Resultado: que, según el Diccionario, no hay modo de separar el verso de la prosa. Claro que esto nada prueba contra la realidad de la distinción, pero sí indica que, por lo que toca a la forma, no hay los abismos y la coordenación de especie a especie que quieren muchos. Es más; hay formas casi ambiguas que representan el paso de la prosa al verso, sobre todo en la aliteración y en el paralelismo de antiguas literaturas, v. gr., la hebrea, y en la construcción de muchos refranes y máximas populares, en que hay como embriones de ritmo o de rima, o de ambas cosas. Por otro lado, en algunos oradores, novelistas, etc., el cuidado de hacer sonoros y numerosos los períodos de su prosa, llega a un punto que nos obliga a acostumbrarnos a esta especie de música wagneriana, en que, si falta el ritmo riguroso, abundan otros elementos que también en el verso contribuyen a su efecto; en la prosa de estos escritores y oradores se tiene en cuenta, como en la poesía, las profundas y misteriosas relaciones entre la idea y el sonido, el carácter de las letras y el de las palabras; y así, se pueden poner, como ejemplo de exageración en tal materia, al lado de las sutilísimas aprensiones de los poetas simbolistas, que ven colores en las vocales, los escrúpulos de Flaubert, que no tenía por buena la prosa que, leída en alta voz, no fuese de sonoridad perfecta, natural, fácil y expresiva como el verso. En llegando a esta ocasión, ya es difícil distinguir con una raya fija, imborrable, el dominio del verso y el de la prosa, por lo que toca a la forma fonética, y hay que reconocer que los límites son variables y que no se trata, en rigor, de especies diferentes ab eterno y para lo eterno, sino de límites de distinción mudables, que si siempre subsisten, es cambiando siempre también. Y hay que ver, sobre todo, que estas distinciones se refieren, no al verso en oposición a toda la prosa, sino al verso, según sus reglas actuales en tal tiempo y lugar, en oposición a otro modo especial del lenguaje, a la prosa elocuente de Veleyo Patérculo, por ejemplo, a la prosa perfecta de Flaubert, al periodo castelarino, etc. Porque repito que la prosa, en general, como forma natural y que todo lo comprende en el lenguaje, no cabe compararla como un hemisferio a otro hemisferio. Aunque el nombre, por la forma negativa en que suele entenderse y explicarse, no autoriza, gramaticalmente, a sostener otra cosa, el que se atenga a la letra, tiene que dar en el error indicado, que tantas disputas innecesarias ha producido.

     El Sr. Núñez de Arce, por no ver las cosas como yo creo que son, coloca la prosa enfrente del verso como si fueran dos ejércitos, y, según se acostumbra en los poemas épicos, enumera las glorias de tirios y troyanos, las huestes de uno y otro campo, y hay que verlo diciendo con elocuente entusiasmo todas las grandezas y ventajas que la prosa trajo al mundo. Y no quiera caer en la cuenta de que prosa, en el sentido en que él toma la palabra, como lo que no es verso, no es nada esencial en el verbo humano, nada de lo que pudo hacer esos prodigios de que nos habla, sino un elemento relativo, de relación negativa, pues consiste sólo en no tener medida y cadencia, como quiere la Academia; o en no tener el ritmo matemático del verso. Lo que el ilustre poeta elogia no puede ser esto; la calidad de no ser verso será la calidad intrínseca de ser  lenguaje humano...; pero entonces todas las alabanzas que la prosa merece en este concepto, las merece también el verso, no como tal tampoco, no por no ser prosa, sino por lo que es en él genérico, por ser una forma artística del verbo humano. Mucho quisiera alcanzar a explicarme de modo que el Sr. Núñez de Arce me entendiese; no caben paralelos entre la prosa y el verso, como no caben entre el género y la especie; y si quiere una prueba, pregunte por ahí a la gente y se encontrará con que hay muchos que no pueden tolerar el verso (unos beduinos, corriente, pero los hay), mientras no hay nadie que diga: «No me gusta la prosa». De la prosa se puede decir lo que el santo dijo de Dios: «en ella somos, vivimos y nos movemos». Muchos hay que no leen más que prosa; pero no hay nadie que no lea más que versos. Ni más ni menos que hay muchos que no comen faisanes (mal hecho, pero los hay), y no hay nadie que no coma.

     Yo estoy conforme con el Sr. Núñez de Arce en que hay versos pata rato; pero no en que la cuestión sea tan baladí que merezca el nombre de manía la idea de los enemigos de la forma métrica. A los que no debió atender D. Gaspar, como ya dejo dicho, fue a los enemigos de la poesía, si los hay; pero a los partidarios de la abolición del metro, y sobre todo a los que, lamentándolo o no, creen que el verso está llamado a desaparecer, a éstos sí debió atenderlos, porque son muchos, algunos de ellos hombres que no hablan a humo de pajas, y en todo caso la cuestión interesante, propiamente literaria, y aun científica.

     Dice muy bien Mr. Guyau en su estudio acerca de la Estética del verso moderno: «El metro, transformado desde el tiempo de griegos y latinos al nuestro, sujeto a una revolución por la escuela romántica, ¿tiene probabilidades de una larga vida? Poetas hay ya, que lo son sin duda para nadie, como Micholet, Flaubert, Renán, (Castelar, añadiré yo), que han podido prescindir del verso. ¿Es esencial que el sentimiento poético mantenga su forma histórica constantemente sin desligarse de cierto elemento rítmico y musical? En una palabra, la más alta poesía, ¿necesita la versificación? El problema, planteado así, interesa no menos al filósofo que al escritor y sólo puede ser resuelto por un análisis verdaderamente científico del verso». Esta es la verdad, ilustre poeta; esta cuestión que usted desprecia, es la verdadera. Yo, en lo poco que se me alcanza, voto con Núñez de Arce, que hay algo esencial para cierta clase de poesía que exige la forma rítmica, aunque en una variedad indefinida que no podemos sujetará las leyes a que la poética sujeta históricamente a los poetas de un tiempo y de una civilización determinados; creo que hay cierta clase de poesía que necesita el verso de un modo o de otro; pero no creo: primero, que las leyes constantes de la poesía en verso sean las que D. Gaspar indica al hablar mal de lo que él llama la prosa poética y la poesía prosaica; segundo, que no haya más poesía que la rítmica sujeta a reglas musicales; tercero, que la cuestión sea de poca importancia y no merezca que D. Gaspar la estudio.

     En buen hora hubiera dejado sin contestar a los que hablan pestes de la poesía; pero mucho hay que decir, y no poco que escuchar, a los que vaticinan la decadencia y la desaparición del verso. Si así no fuera, no se hubieran consagrado tantos buenos talentos a discutir la materia, como se puede ver en los Ensayos de moral y de estética, de Herbert Spencer; en los Estudios estéticos, de Renouvier; en el Tratado de versificación, de Becq de Fouquières; en la obra The power of sund, de Gurney, y otros trabajos de Banville, Tenint, Weber, etc., sin contar con las considerables observaciones de Zola, contestando a Sylvestre.

     Por lo demás, al combatir y ridiculizar Núñez de Arce lo que él llama la prosa poética, bien se ve que, procediendo de modo parecido a lo que hizo al poner reparos a la novela, lo que combate y ridiculiza, en rigor, es la prosa poética...  mala. «¿Conocéis, dice, nada tan ridículo como la prosa complicada, recargada de adornos, disuelta en tropos y figuras (así dice, sin duda por descuido) que, olvidándose de la sencillez inherente a su nativa hermosura... se afea y desdora con afeites y atavíos inmodestos?» Efectivamente, esa prosa que se quita el oro o el dorado con afeites y atavíos inmodestos (yo no sé lo que este epíteto puede significar aquí), y que se afea, es mala, es fea; pero ¿tan bonita es la poesía si se complica, y se recarga y se disuelve en tropos y figuras, y se desdora, y se afea y usa atavíos inmodestos? ¿O es que todas estas porquerías y perendengues, y ungüentos y afeites, le sientan de perlas al verso? ¡Medrada poesía la que se presentara con todos esos adornos que tan mal le sientan a la prosa! Fíjese el Sr. Núñez de Arce, y verá que su argumento se vuelva contra él. Él, que ha elogiado la prosa severa, robusta y regiamente vestida, reniega de la prosa que pretende ser poética. ¿Qué añade esta prosa a la otra para parecerse al verso? ¿La forma rítmica? No, desde luego. Entonces, ¿qué? El recargo, la complicación, la disolución en tropos, el desdoro, la inmodestia, la falta de recato. ¿Es por esto por lo que reconoce en ella (pues por el ritmo no es) su calidad de prosa... poética? Pues mal año para la poesía. ¿No es eso? ¿No puede consistir lo característico de lo poético [125] en ese cúmulo de fealdades? Pues entonces, ¿por qué capricho bilioso-nervioso bautiza el poeta a la prosa de esas malditas prendas con el nombre de poética? No, eso no es prosa poética, esa es prosa mala, disparatada, cursi. La prosa poética será más bien la de Chateaubriand, la de Michelet (a veces), la de Flaubert, la de Renán, la de Castelar, la de Rousseau, la de Quinet (a veces), etc. ¡Qué! ¿no les consiente D. Gaspar a los prosistas que sean más que severos, robustos, regios y parecidos siempre a Bossuet y a Fray Luis de Granada? ¿Se atreverá D. Gaspar a decir que la prosa del Castelar de los Recuerdos de Italia y de los más famosos discursos es mala?

     Después la emprende con el reverso de la medalla, y pone de oro y azul a la poesía prosaica. Yo opino que la poesía que se parece a la prosa... mala, es tan mala, en efecto, como la prosa a quien se parece. Y viceversa: la prosa que se parece a los versos malos, es tan detestable como ellos. Pero si robusta, y sencilla y natural debe ser la prosa, robusto, y sencillo y natural debe ser el verso. Cuando el verso se parezca a la prosa perfecta, no será malo; pues como decía bien Flaubert, el buen período prosaico debe ser tal, que no pueda decirse mejor aquello que se dice, de modo que para ser verso sólo le falte el ritmo. Esto que decía Flaubert a partir de la prosa, lo dijo Campoamor a partir del verso. Lo que hay es que el verso en ese elemento musical o casi-musical (lírico-formal propiamente), que añade a la prosa, lleva leyes, no sólo de rítmica, sino gramaticales y retóricas que no se refieren al lenguaje y al estilo por sí mismos, sino en su misteriosa relación fisio-psíquica al ritmo, a lo lírico. Así como no toda combinación de palabra, ni aun toda palabra, suenan bien en el canto, no toda combinación de palabras, ni aun toda palabra (diga lo que quiera Campoamor), suenan bien en el verso, sí bien éste es menos rigoroso para el caso. Lo es menos que la música vocal, pero lo es más que la prosa artística, que también tiene en este punto sus leyes y rigores, aunque están más atenuados. ¡Ojalá me explicara!

     Cuando la poesía prosaica se entiende de esta suerte, no se puede renegar de ella. ¿Se atreverá nadie a renegar de la poesía de Campoamor, en general?




Catálogo: SANLUIS -> ALiteratura -> Literatura%20contemporánea -> Alas,%20Leopoldo%20(Clarín)
Literatura%20contemporánea -> Los banquetes de los viudos negros Isaac Asimov 1984 índice
Literatura%20contemporánea -> Truman Capote Cuentos completos
Literatura%20contemporánea -> Alpha Centauri, La Estrella Más Próxima
Literatura%20contemporánea -> Lucky Starr y Los Océanos de Venus
Literatura%20contemporánea -> La ultima sesión
Literatura%20contemporánea -> De en silencio a otro
Literatura%20contemporánea -> Visiones De Robot Titulo Original: Robot Visions introducción crónicas del robot ¿Qué es un robot? Podemos definirlo de forma breve y comprensiva como «un objeto artificial que se parece a un ser humano»
Literatura%20contemporánea -> Dedicatoria: a janet jeppson que comparte mi interés por la Ciencia. Prólogo
Literatura%20contemporánea -> Índice 2 Capítulo 1 La Cólera Creciente 4
Alas,%20Leopoldo%20(Clarín) -> Tres en una


Compartir con tus amigos:
1   2   3   4   5   6   7


La base de datos está protegida por derechos de autor ©bazica.org 2019
enviar mensaje

    Página principal