Mis plagios



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  • - VIII

- VII -


     Con mucho gusto continuaría examinando el importante discurso del insigne y querido poeta con el detenimiento y por el método exegético hasta aquí empleados; pero las condiciones materiales a que han de someterse estos folletos en punto a su extensión, me obligan a desistir de estudiar la segunda parte de la elocuente oración inaugural del Ateneo. Como ya he apuntado, no forma un todo con la doctrina anterior, y puede decirse que se limita a ser una reseña rápida y necesariamente incompleta de la modernísima literatura lírica en Europa. Cierto es que de paso el ilustra vate español emite juicios, establece comparaciones que hacen pensar mucho, y que yo rechazo en no poco; pero al fin no se refieren tales ideas y comentarios al fondo de la materia antes examinada, y sin menoscabo de la integridad del asunto puedo por hoy prescindir del contenido de esa segunda parte.

     En otra ocasión, tal vez muy próxima, no ya en forma de crítica directa de este discurso, sino con motivo de exponer mis propias ideas acerca del estado actual de la vida literaria, es probable que vuelva sobre las apreciaciones que sugieren al Sr. Núñez de Arce las literaturas europeas como hoy se nos presentan. Natural será, abordando el asunto, tomar en cuenta opiniones de tan importante escritor y artista español, y más viendo que en España las inteligencias verdaderamente dignas de emplearse en tan nobles, graves y difíciles disciplinas, rara vez se ocupan en ellas. Cuando un Valera, un Núñez de Arce, un Campoamor se dignan analizar estos asuntos literarios de actualidad que en otros países constante y seriamente tratan muchos grandes pensadores, sabios y artistas, hay que aprovechar la ocasión y apurar la letra examinando, pensando, midiendo y hasta paladeando toda la que tan insignes publicistas nos regalan.

     Por esto mismo he llenado yo tantas cuartillas para examinar nada más que 31 páginas del discurso de Núñez de Arce. Aprecio en mucho su talento, su erudición, su gusto, para que no me preocupen hondamente sus opiniones en tales asuntos; y como, por desgracia, nos separamos bastante en el modo de entender muchas de estas cosas, con lo se ha visto, no puedo yo en un dos por tres darme por disidente, sino que necesito fundar con mucho espacio y parsimonia los motivos de la discordancia.

     Y aun con haber dicho tanto no me he atrevido a abordar los más importantes problemas que suscita la oración del poeta.

     He huido, por ejemplo, de penetrar en el estudio del medio actual literario, cuyas condiciones justifican, no sólo explican, el presente predominio de la prosa y la predilección que hoy merece la novela. Una apología de ésta, y menos en oposición a la lírica, no era, no podía ser mi objeto, a no incurrir en contradicción y en la censura que yo mismo echaba sobre la crítica infecunda de las comparaciones jerárquicas; ni siquiera he querido hacer una apología... temporal, que bien podría; quiero decir, ni siquiera he querido sostener en esta ocasión la legitimidad de la superioridad actual, oportuna, a mi entender, de la novela.

     Es indudable que una de las notas predominantes, generales y de carácter permanente que señalan la actual tendencia literaria, es lo que llaman los italianos el verismo, la sinceridad retórica; no es cierto que la literatura vaya a convertirse en ciencia, pero sí que cada vez es cosa más seria para las sociedades cultas; hay muchos datos de la realidad psíquica y de la realidad natural que no llegan a nuestra conciencia, ni por la ciencia, ni por la observación empírica; datos que la humanidad necesita con más fuerza según progresa; datos, en fin, que sólo se adquieren por el camino del arte, por la doble vista estética; y convencido de esto el mundo moderno, a cambio de la mayor importancia social que da al arte, le pide más sinceridad, más cantidad de realismo, o sea de verdad transparentada en la poesía... Y como podría demostrarse estudiando con atención y espacio el asunto, el lirismo histórico, el que casi siempre ha predominado, ofrece, con algunas excepciones, menos elementos de sincerismo que la prosa de ciertos novelistas, historiadores y críticos. De aquí una ventaja, tal vez pasajera, pero real, de la novela moderna, ventaja, que nada dice sobre el valor intrínseco de los géneros. Ahora, qué pueda haber más adelante, y que espíritus zahoríes como el de Núñez de Arce puedan vislumbrar ya nuevos horizontes en que la lírica, armada de nuevas armas, vuelva a ser lo que fue acaso en tiempos de Orfeos más o menos fabulosos, es otra cosa; y en contra de tales esperanzas y profecías yo no diré palabra, pues de algo semejante tengo también recónditas casi inefables aprensiones.



- VIII -


     Y voy a concluir como he comenzado, protestando contra toda idea maliciosa que quisiera atribuir a estas páginas un atrevimiento seudodemocrático que no entra en mis creencias literarias; soy muy partidario de las jerarquías personales en literatura; creo que, como un conquistador gana un reino, o un progresista ganó unos mansos en buena o mediana lid económica contra los mostrencos, o como gana sus grados un general y su sueldo un obispo, puede ganar honra, ya que aquí provecho no cabe, el escritor ilustre de veras, honra que sea por parte de los demás, respeto, veneración y estima. Sin llegar jamás a servilismos y abdicaciones de que no hay que hablar siquiera, pienso que hay un género de delicadeza y verdadera independencia de carácter en ser muy devoto de las jerarquías morales, de las prerrogativas de toda grandeza inmaterial que no se traduce en símbolos ostensibles ni ostentosos, que no se impone por la fuerza, ni por la superstición, ni por el brillo material, ni por el vil interés; y ser, en cambio, algo más arisco para otra especie de jerarquías, símbolos, categorías y preeminencias que entran por los ojos, por el hambre o por el miedo.

     Yo conozco en Madrid, y en muchas partes, demagogos del arte, partidarios de la igualdad de talento, que ven suprema injusticia en que se guarden más miramientos para criticar a Valera o a Menéndez Pelayo, que para censurar a un imbécil metido a literato o a un agiotista de la necedad y de mal gusto. Y, de seguro, los tales no harán igual clase de cortesías a Sagasta o a Cánovas que al aguador o al limpiabotas. A todos los tratarán como a prójimos, pero no a todos como a Presidentes del Consejo de ministros. Tenga quien tenga razón, yo soy de los que creen en las jerarquías invisibles, a respetarlas me consagro, y pecaría contra el dogma y la disciplina de ésta mi religión si no concluyera diciendo: Sr. Núñez de Arce, amigo don Gaspar: téngole a usted por uno de los pocos capitanes generales de la literatura española; le ve a usted los tres entorchados invisibles... y yo soy un soldado raso que, como el graciosísimo subteniente de Ramos Carrión, no puedo tolerar que se falte a la disciplina; pues declaro, por todo esto, que si en mi crítica de su discurso pudiera haber algo irreverente, quiero que se tenga por borrado; que si las dificultades que yo encuentro siempre para escribir con entera seriedad no han sido vencidas en todo lo que antecedo, pido que se perdone mi torpeza, en gracia de la buena intención que me guía.



     Mi idea, en resumen, es ésta: que la novela vale mucho más de lo que D. Gaspar supone, y que D. Gaspar, no por pensar así, vale menos de lo que yo siempre he dicho y seguiré afirmando.

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