Mis primeras palabras son de agradecimiento. Gracias a mis amigos de la Academia, que en sus albores creyeron en mí, me apoyaron, me corrigieron en mis equivocaciones



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Mis primeras palabras son de agradecimiento. Gracias a mis amigos de la Academia, que en sus albores creyeron en mí, me apoyaron, me corrigieron en mis equivocaciones. Pero también gracias a los que han contribuido con mi trabajo reconocido por este premio. A mi familia, a Gloria, mi esposa, y mis hijos, Nicolo y Paolo y sus familias. A mis hermanos, y sus familias. Gracias a mis queridos amigos, los de la infancia, los de la juventud, los de la universidad, y los que fui sumando en el transcurso de mi vida. No quiero dar nombres para evitar omisiones involuntarias.

Un premio a estas alturas de la vida significa la culminación de un tránsito no exento de tropiezos, errores, éxitos, desaciertos, logros; no exento de combates, triunfos y derrotas, pero sobre todo no exento de vivencias, intensidades vitales, emociones, afectos…

Por ello que este premio para mi es el reconocimiento de este tránsito. Y recibirlo aquí en mi Punta Arenas y en mi región de Magallanes, tiene un significado especial, pues en esta ciudad empezó mi transitar desde 1938 hasta hoy día.

Pero, mi ciudad no son casas, veredas, parque, monumentos, mansiones. Mi ciudad, nuestra ciudad, tiene la magia de traernos el pasado; la magia del encanto de la nostalgia, del regreso para revivir pasajes intensos de nuestras vidas. Esta ciudad y también esta región constituyen el origen de mi tránsito y fueron en mis comienzos mi único mundo; no había nada más allá.

Hace unos días, como tantos otros, bajé por calle Roca y me introduje en el negocio comercial de mi padre; lo vi junto a mi madre en esa esa antigua caja plateada llena de sonidos de campanas. Los vi hablando de sus lejanas familias de Croacia, Trieste, Italia y Argentina. Me reencontré con mis hermanos jugando en ese intrincado patio interior. Tiempos tiernos de niñez, que me marcaron para siempre. Tiempos formadores de superación, trabajo, unión y de solidaridad con las familias lejanas.

Subí lentamente y llegué a calle Fagnano. Allí ya no estaba mi colegio, pues había sido devorado por un feroz incendio. Pero a pesar de ello reconstruí sus corredores, sus salas de clase. Pude poner un trozo de leña y un pedazo de carbón en esa vieja salamandra que trataba de abrigarnos cuando arreciaba el helado viento o cuando nevaba. Pude salir al patio y jugar un partido de básquetbol, practicar fútbol o ping-pong. Canté su himno en silencio y agradecí el haber estudiado en un colegio donde se practicaba la pobreza, donde empecé a entender lo que era democracia, donde éramos todos iguales, donde la única riqueza exhibida era la que nos daba la amistad.

Volví a pasearme por la Plaza de Armas y me reencontré con esos antiguos cipreses. Muchas cosas habían cambiado, pero ellos seguían desafiando al viento, y, aunque habían perdido algunos troncos, continuaban firmes como hace setenta y tantos años atrás cuando los conocí. Ellos también me enseñaron lo que significan las raíces, fuertes, cuanto más arraigada a la tierra, más resistentes. Cuando era niño pensaba que alguna vez morirían, pero aun hoy puedo dialogar con ellos. No han cambiado de lugar; solo han crecido más hacia el cielo; yo he transitado por muchos mundos. Ahora, mucho más que antes, los reconozco como mis hermanos.

Hace algunos días, como muchos otros, vi el mar. Ese mar que al final de la Avda. Colón nos mostraba el sol cuando emergía de la Isla que conjuraba su nombre con el fuego de muchos de sus amaneceres. ¡Cuántas veces navegué en el viejo vapor Porvenir, o en el Minerva y sobre todo en la goleta Gaviota o en algunos cúteres!; ¡cuántos vaivenes debí soportar! Allí seguía el mar, como reflejo de los astros, incólume, renovándose en cada ola. Este mar, este Estrecho, me dio algunas luces de lo que puede ser la eternidad, pues es lo que más se asemeja a ella. Sus olas metódicas, tenaces, capaces de romper y moldear las rocas, me enseñaron la importancia del trabajo persistente y constante, que, aunque imperceptible, va dejando su impronta.

Hace unos días, como muchos otros, llegué a Porvenir y sus alrededores y nuevamente surgieron recuerdos de vivencias que me marcaron en mi vida. Porvenir tiene la calma que invita a soñar y a repasar sus enseñanzas. Allí aprendí lo que significa una comunidad pequeña, bastante aislada, entendí qué es ser isleño con un mar que te segrega.

Al subir por el camino del oro reviví tiempos de arreo, de “tumbas” y trucos en torno a una cocina o a una fogata. Los arreos me enseñaron a no apurar el tranco más de lo debido, pues la prisa irracional solo lleva al desastre. Lo importante no era el tiempo consumido, sino era llegar al destino. Sabia norma traspasada a través de los años que hicieron mi transitar más cauto. Ahora, con el paso del tiempo, me di cuenta que la superación de los obstáculos, los cañadones, los riachuelos, los matorrales, constituían enseñanzas que se grabarían con fuego a lo largo de mi vida. Y otra vez agradecí a esta tierra.

Hace unos días, como muchos otros, fui más al sur de la Isla de Tierra del Fuego. La historia allí es más reciente, pues dimos a partir de 25 años atrás una gran batalla contra poderes económicos, políticos y fácticos que duró 10 años con el objeto de salvar 150.000 hectáreas de bosques. Pero esa batalla no la podría haber coordinado sin haber entendido científicamente como se comportaban esos ecosistemas boscosos, pero principalmente, no la podía haber abordado sin esas imágenes permanentes de los bosques de nuestra tierra, sin la sombra del árbol doblado por el viento, sin la maraña del sotobosque austral, sin el amor por esas catedrales. Diez años de mi tránsito que fueron 10 años de lucha que culminaron, y lo digo con orgullo, triunfante al salvar esos bosques. Para mí ese lapso y sus complejidades me enseñaron que la lucha por el planeta, además de conocimiento y ciencia, necesita entrega, mística y fervor.

Hace unas noches, como muchas otras, al mirar en Magallanes el cielo diáfano, trasparente de la esfera austral, cielo nocturno diferente en su composición estelar de otros menos meridionales, reviví esas frías noches de invierno magallánico cuando observaba el cielo con la esperanza de ver sus estrellas, que para mí era la señal de escarcha, y por ende de poder ir a patinar a la laguna del Pudeto. Al admirar esos cielos, solía interrogarme sobre el titileo de una estrella y me sorprendía pensando que había sucedido años atrás, pero que yo lo percibía en mi presente. Esos cielos nocturnos me inculcaron el desafío de indagar sobre del concepto del tiempo.

Pero además, mi temprana reflexión mirando los cielos magallánicos me sirvió para percibir que el tiempo cronológico, el de la separación de los acontecimientos, medidos con lapsos repetibles e inmutables, no era mi tiempo. Mi tiempo preferido se definía como el que rompe la rutina, el trasgresor que apresa los afectos, el que se amplía cuando hay desgarros en el alma. Aprendí mirando al cielo a tratar de superar el tiempo cronológico como única forma de estirar sus pliegues y me di cuenta que la dimensión del amor, de la ternura, y del afecto podían vencer el inexorable tic-tac de la rutina.

Magallanes ha sido un laboratorio de enseñanzas principalmente por sus difíciles condiciones. Me recuerdo que cuando era niño una tarde en Estancia María Eugenia, protegido del viento por unas matas, observé el entorno de ellas y su micromundo lleno de la activa vida que se desarrollaba a sus alrededores. Me sorprendí captando la función del calafate como refugio de fauna; percibí el rol de los trabajólicos escarabajos como descomponedores de excrementos; y vi la forma de diseminación de semillas por parte de los caiquenes, etc. Posteriormente, y sobre esos conocimientos, germinó en mí la idea de la necesidad de conocer a fondos lo que tenemos para aprender de sus comportamientos. Lección elemental para poder después pedir a la ciencia conocimiento profundo sobre nuestros bienes naturales.

Hace uno días, como tantos otros pasados, me enfrenté a un paisaje estepario abierto, misterioso y fascinante. Un lago de luz crepuscular, donde mis sombras se fueron alargando para perderse en el infinito. Sombras inquietas posadas en un mar de doradas gramíneas con olas formadas por el viento. Reviví mis encuentros con los últimos rayos de sol proyectados al universo. Ese paisaje áureo, que palpé en innumerables veces, siempre me llevó a reflexionar e interrogarme sobre el concepto de la belleza y me llevó a amar el arte en todas sus formas pero principalmente a través de la poesía, y de la fotografía.

Ello me hizo reflexionar sobre las ciencias, el arte y en especial la poesía. Ciencia y poesía son similares. Ambas tienen un componente de intuición, de cognición, de atención, y también de emoción. Ambas saltan al vacío rompiendo las reglas para llegar a algún hallazgo. En el fondo, ambas son formas de interrogar al mundo.

La ciencia tiende a la superación, y la poesía es una forma eminente de la superación del yo. La poesía desafía a la ciencia pues hace brotar las flores cuando lo desea y la viste de belleza. La poesía que cultivé en mi vida, en la medida que el mundo se hacía más economicista, y que la automatización arrasaba, me retornaba a la ideología del propio espíritu. Sabía que con la poesía podía vestir de hojas a las lengas en pleno invierno, y eso, aunque ilusorio, me hizo volar la imaginación hacia soluciones y alternativas que ya científicamente no son tan impensadas.

Esta exposición de sentimientos, sensaciones y recuerdos, de enseñanzas vitales que se anclan en el terruño podría aparecer incoherente en una premiación de una academia de ciencias. Pero somos sólo circunstancias y también solo somos sentimientos. Si hoy me dan un premio, se debe a la circunstancia de haber vivido mi niñez y juventud aquí, y al sentimiento que acumulé de amistad y cariño en esta sociedad magallánica. Nada hubiera sido igual sin esos cimientos que fueron la base del mis posteriores vivencias.



Lo que yo he expuesto aquí es para trasmitirles que se le está entregando un premio no solo a un académico, sino a una persona en permanente búsqueda de un enfoque integral de la vida; y que le ha tratado dar a la ciencia, en especial a la agronómica, fines y métodos que contribuyan al bienestar humano, rol que, más que nunca, corresponde definir en las complejidades que nos exige la era actual.

De nuevo, muchas gracias.


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