Misterios de america



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MISTERIOS DE AMERICA :

AMERICA,EL CONTINENTE QUE DESCUBRIO A LOS OTROS ?




EL ORIGEN DE LOS ABORIGENES-LAS RUINAS CICLÓPEAS DE AMÉRICA DEL SUR-2500 AÑOS DE UN HOMBRE AMERICANO-MISTERIOS DE LOS MAYAS-SECRETOS DE MACHU PICCHU-AZTECAS,CALENDARIO Y COSMOGONIA-
RELACION DE MAYAS Y  CIVILIZACIONES EXTRATERRESTRES-TEOTIHUACAN,CIUDAD DE DIOSES-TEOTIHUACÁN: CADA DÍA MÁS MISTERIOSA-LAS LINEAS DE NAZCA-NAZCA,ANUNCIAN SU SOLUCION-NAZCA,ESTE ES EL MENSAJE RESUELTO ...-LAS PIEDRAS GRABADAS DE ICA,PERU-CUBA ES LA PERDIDA ATLANTIDA ?-EL ASTRONAUTA DE PALENQUE-COLON,EL ULTIMO EN LLEGAR ...?-CUANDO LOS ATLANTES LLEGARON A BRASIL-LAS CALAVERAS DE CRISTAL-MOAIS DE PASCUA...RESUELTO ?-INCREIBLES PLANTAS CURATIVAS DE MAYAS Y AZTECAS-ESPECIAL EXCLUSIVO DE TOMAS DORESTE (MISTERIOS DE AMERICA)




EL ORIGEN DE LOS ABORIGENES :

Una pregunta desvela hace décadas a los arqueólogos: ¿cuál es la historia de los aborígenes americanos? ¿Cuándo llegaron al continente? ¿De dónde vinieron? Una aislada caverna en el norte del Brasil, rodeada de la impenetrable vegetación del Amazonas, parece guardar la clave para algunas respuestas y para muchas, muchas preguntas.


La caverna es el centro de una polémica entre las dos personas que más saben de indígenas en el mundo entero, dos mujeres que dedicaron su vida a cavar en lugares remotos y a especular sobre el origen de los indios americanos.

La polémica no es inocente: en su resolución se juega todo el marco teórico de la población de nuestro continente y todas las explicaciones sobre los movimientos de nuestros ancestros de la Edad de Piedra. Hay carreras y prestigios en juego, y las dos arqueólogas no ahorran insultos.


Piedra Pintada es una caverna de boca ancha y alta que se abre a varios metros de altura en el lado de una gran roca del Amazonas, en el norte de Brasil. El único acceso es un estrecho y empinado caminito que zigzaguea para arriba hasta llegar a la ancha balconada ante la caverna. Desde allí se observan kilómetros y kilómetros de selva unánime y cerrada. Adentro, a la luz de las linternas, se ven las más antiguas pinturas rupestres de las Américas. Su descubrimiento, hace años y por casualidad, le dio a la caverna su simple nombre portugués.
Las pinturas no son deslumbrantes como las de Altamira. Describen hombres y mujeres (una de ellas pariendo) dibujadas toscamente, apenas símbolos. También muestran un cometa y una especie de ta-te-tí que puede ser un calendario o simplemente un juego. Muchas manos, de adultos y de niños por igual, marcan el pasaje de individuos por la caverna. Lo realmente interesante de las pinturas es que no deberían estar allí: su mera existencia contradice todas las teorías aceptadas sobre cómo nuestro continente fue poblado originariamente. La doctora Anna Roosevelt, arqueóloga a cargo de la más completa investigación de la ca-
verna y un personaje digno de Indiana Jones, no vacila a la hora de sacar una conclusión: al diablo con las teorías aceptadas. Hay que hacer otras.

Convencionalmente, los arqueólogos afirman que los indígenas americanos son en realidad descendientes de asiáticos prehistóricos que cruzaron por Siberia a Alaska cuando existía un puente de hielo sobre lo que hoy es el estrecho de Behring. Siguiendo a sus mamuts y bisontes, gigantescos animales hoy llamados "megafauna", los paleoindios entraron a América del Norte y se dispersaron por todo el continente hasta llegar a Tierra del Fuego miles de años después.


La descripción clásica de estos paleoindios corresponde a la del grupo mejor conocido, el encontrado en Clovis, Nuevo México, en el suroeste de los Estados Unidos. Este grupo de cazadores especializados en megafauna conocía el fuego y el arte de tallar la piedra y vivió hace 11.500 años. Esta era la única fecha segura en el árbol genealógico de los indios americanos. Según la teoría, los primeros americanos llegaron antes de esa fecha y continuaron hacia el sur después. Como los Clovis eran cazadores de megafauna y vivían en llanuras abiertas, los arqueólogos asumieron que el resto de los indios también prefería ese paisaje. Después de todo, las civilizaciones superiores de América florecieron en lugares como Perú y México, no en el pobre Amazonas, de suelo incultivable y animales pequeños. Las grandes selvas eran, entonces, barreras ecológicas y los indios que en ellas vivían apenas rastros de poblaciones mayores en los lugares "buenos" de las montañas y las grandes planicies. Muchos arqueólogos discutieron esta teoría, pero no pudieron refutarla por falta de pruebas. Si bien se encontraron asentamientos que parecían tener hasta 50.000 años de antiguedad y se encontraron rastros humanos contemporáneos a Clovis pero mucho más al sur, nadie puedo realmente fecharlos con la precisión requerida para patear el tablero. Siempre había un problema: contaminación, napas de petróleo cercanas, restos insuficientes. Por lo tanto, la teoría clásica siguió siendo la oficial.

Esto, hasta que en 1990 Anna Roosevelt llegó a Piedra Pintada y se puso a cavar. Esta arqueóloga heredó de su bisabuelo, el aventurero presidente norteamericano Theodore Roosevelt, un poder de decisión y una dureza en el trato que le granjeó muchos enemigos. A los 50 años, todavía ama la aventura y sigue sin domicilio fijo trabajando en distintas universidades y laboratorios y cavando en Brasil y Venezuela en polvorientos campamentos selváticos.


Por dos años, Roosevelt cavó trincheras en el suelo y la balconada de la caverna, desenterrando minuciosamente semillas, fragmentos de cerámica, pedazos de carbón y herramientas de piedra manchadas de pigmentos como los usados en las pinturas rupestres. Luego, pasó cuatro años analizando en laboratorios cada hallazgo. Su teoría es clara: los paleoindios del Amazonas no descendían de los de Clovis, eran sus contemporáneos y muy distintos. Tenían su propia tecnología para trabajar la piedra, poseían un arte y un estilo de vida que mezclaba caza y recolección, muy apto para su entorno fluvial. Al contrario de lo que dice la teoría tradicional, estos indígenas no eran un grupo fracasado sino una civilización vibrante y eficiente que floreció por más de mil años y derivó en la cultura que creó la primera alfarería de América. Roosevelt no encontró rastros de alimentos o tecnologías que correspondieran a los de Clovis, que fueran especialmente prácticas para caza mayor o climas templados. Todo en la cultura de Piedra Pintada estaba originado y adaptado a un entorno selvático y tropical.

A mediados de abril, Roosevelt publicó un aguardado estudio en la prestigiosa revista norteamericana Science donde escribió que su trabajo "demuestra que la evolución humana no se vio seriamente limitada por el ambiente húmedo y callente de la selva."


Pero no era sólo la ruta que siguieron los paleoindios lo que Roosevelt cuestiona con su trabajo, sino las fechas. Silos indios de Piedra Pintada son contemporáneos de los de Clovis, entonces vinieron del norte mucho antes de lo esperado, o tienen otro origen independiente. Es decir, no son asiáticos que llegaron de Siberia caminando.
Por estas implicancias, Roosevelt fue ferozmente atacada por su más distinguida colega, la doctora Betty Meggers, arqueóloga del prestigioso Instituto Smithsoniano y una defensora ardiente del punto de vista que hace del Amazonas un lugar poco deseable. Para Meggers, Roosevelt no descubrió nada que cambie su punto de vista: la selva es un lugar de suelo pobre que a lo sumo fue colonizado provisionalmente por culturas superiores de las montañas. "Para mí, Roosevelt encontró una caverna que fue usada una y otra vez por distintos grupos de cazadores y recolectores, y no por una cultura compleja", tronó la doctora Meggers cuando le pidieron opinión sobre el trabajo de su colega. Ambas doctoras vienen discutiendo desde hace más de diez años. Sucede que Meggers encontró hace años un asentamiento en la isla de Marajó, en la boca del Amazonas, al que no le dio mayor importancia ya que para ella era apenas "una derivación de la cultura andina." Roosevelt re-exploró el sitio años después y encontró cerámicas de hace 7.000 años, mil más que las más antiguas que se conozcan.

Peor aún, Roosevelt encontró depósitos de semillas que indicarían que parte de las plantas y especies que creemos son indígenas del Amazonas, en realidad fueron plantadas por paleoindios, que las llevaron de la costa al interior. Si bien algunos arqueólogos consideran ahora que la evidencia comienza a acumularse a favor de Roosevelt y ya no discuten que puede haber alternativas a la teoría aceptada, los clasicistas no se quedaron sin munición. Por ejemplo, Meggers discute las fechas de los hallazgos de Piedra Pintada y Marajó, sospecha de la rigurosidad de los análisis de laboratorio y acusa a Roosevelt de ser "extravagante en sus afirmaciones". La acusada responde diciendo que Meggers es "una conservadora que usa su prestigio para paralizar investigaciones que la cuestionen", a lo que la doctora a su vez responde llamando a Roosevelt "una aristócrata" que cree que tiene derecho a todo por su apellido. Mientras los arqueólogos se divierten con la pelea -aunque no lo confiesen- las evidencias que salen a luz permiten especular sobre el pasado remoto de nuestro continente. Roosevelt encontró en Piedra Pintada -y esto nadie lo discute una de las más antiguas punta de flecha conocida en América y antiquisimas pinturas murales En el laboratorio de la Universidad de Illinois, en Chicago, se acumulan 30.000 piezas excavadas en la caverna, incluyendo restos orgánicos que se enviaron a laboratorios independientes para que sean fechados. El método de trabajo de Roosevelt es clásico y demandante. La doctora, siempre vestida de jeans y camisa de trabajo azul, con un sombrero de paja, el pelo corto y gris y sus lentes atados con un cordel rojo, se impone jornadas de diez horas diarias en plena selva, con una breve pausa en el almuerzo. Al elegirse puntos a excavar, se trazan trincheras de menos de un metro de ancho. Los jefes de equipo comienzan a cavar con una pequeña pala de mano, con mucho cuidado. Cada objeto encontrado es liberado con espátulas pequeñas, marcado y cepillado con pinceles suaves. Un matemático, con una computadora portátil, traza un mapa de cada estrato excavado, con todo lo que se encontró. Claro que cuando aparece una punta de flecha el entusiasmo es mayor, pero las semillas, los restos de comida y de fuegos son muy importantes, por que permiten fechar con precisión el estrato excavado. Los laboratorios de la universidad de Chicago dicen que los estratos inferiores tienen 11.200 años de antiguedad, y los más nuevos 10.000.

Esto significa, sin duda, que se tra
taría de una de las culturas más antiguas de América del Sur, anterior a cualquier otra en los Andes. Si bien Roosevelt no quiere entrar en polémicas tal vez hay que invertir la dirección pensada en el movimiento de la civilización en nuestro continente: el Amazonas siempre fue considerado una especie de museo de fracasos incas, pero bien podría ser el origen de la civilización precolombina. Las ruinas encontradas en el oeste de la selva no serían avanzadas andinas que no dieron resultado, sino avanzadas amazónicas que tuvieron éxito al subir a lugares más secos y fríos. Como sea, nuestro continente esta poblado por culturas capaces de pintar, cultivar y prosperar desde mucho antes de lo pensado.



 LAS RUINAS CICLÓPEAS DE AMÉRICA DEL SUR

Sorprendentes hallazgos arqueológicos sugieren la existencia de


civilizaciones desconocidas

SCOTT CORRALES

EUA

www.geocities.com/INEXPLICATA2000/



 Conocido como un lugar de gran peligro y belleza, América del Sur contiene un sinnúmero de misterios que van desde Ovnis y criaturas extrañas hasta investigadores que desaparecen sin dejar rastro, víctimas de accidentes (como el coronel Fawcett) o de la crueldad del hombre hacia sus semejantes (como sucedió con John Reed).

Pero de todos estos misterios, el que posee el mayor atractivo hasta el día de hoy envuelve la existencia tangible de ruinas que apuntan hacia una o más "civilizaciones perdidas" al estilo de las del escritor inglés H. Rider Haggard - grandes urbes de piedra desmoronándose entre las lianas.

 A diferencia de otros enigmas, dichas ruinas no pueden descartarse como fabricaciones de las revistas de pulpa, ya que han sido documentadas a primera mano por una variedad de peritos. Uno de los testimonios más inverosímiles proviene del diario del ex-presidente norteamericano Teodoro Roosevelt, cuyo recuento de una expedición hasta el corazón del Brasil apareció en el libro Through the Brazilian Wilderness (A Través de la Selva Brasileña) en 1914. Mientras que su lancha surcaba las aguas de un poderoso río en el Mato Grosso, el ex-presidente dirigió su atención hacia algo sumamente inusual:

“Cerca de los rápidos del río, en las cataratas, Cherrie descubrió unas talladuras muy extrañas sobre una masa de piedra desnuda. Evidentemente, habían sido hechas por la mano del hombre hace mucho tiempo. Hasta donde se sabe, los indios de la región no tallan símbolos parecidos hoy en día...Sobre la parte plana de la piedra, consistían de cuatro círculos múltiples con un punto en el medio, diestramente grabados y con un diámetro de pie y medio. Debajo de ellos, al costado de la piedra, había cuatro letras "M" o "W" invertidas. Por supuesto, no teníamos la más mínima idea de lo que representaban estos símbolos, ni de quién pudo haberlos grabado. Bien puede ser que en el pasado muy remoto algunas tribus indias de cultura sumamente avanzada habían penetrado hasta el precioso río, igual que lo habíamos hecho nosotros...El coronel Rondon declaró que no pueden hallarse figuras semejantes en ninguna otra parte del Mato Grosso, y que por consiguiente, resultaba más extraño aún encontrarlas en este lugar, en un río desconocido, que jamás había sido explorado por el hombre blanco".

Es posible que el héroe de la Colina de San Juan estaría decepcionado si supiese que 80 años más tarde, las enigmáticas runas, al igual muchos otros rasgos del Brasil, permanecen sumidos en el misterio. La cultura Marajoara, que se desarrolló en la isla de Marajó en la boca del Amazonas, y las ruinas ciclópeas situadas en el corazón del estado de Bahía, aún desafían las explicaciones de los sabios.

Los pantanos inexplorados de la Isla de Marajó tal vez resulten un repositorio de secretos que nos permita desentrañar el misterio de las culturas perdidas. A juzgar por la evidencia que sobrevive hasta nuestros días, los Marajoaras eran alfareros supremos, dedicados a la creación de cerámicas extrañas y altamente ornamentadas que todavía son confeccionadas hoy en día por un reducido número de artesanos. Se han hecho comparaciones con la alfarería de la región andina, sugiriendo una posible relación entre ellas. Enormes cámaras subterráneas, conectadas por túneles, constituyen evidencia adicional de la destreza de los desaparecidos Marajoaras.

En consonancia con la tradición de las mujeres guerreras que legaron su nombre al río más caudaloso del planeta, la alfarería Marajoara era obra de mujeres, quienes guardaban celosamente el secreto de formar y cocer el barro. Los motivos que aparecen en la cerámica representan mujeres embarazadas, ciclos lunares y otros emblemas representativos de una tradición netamente femenina.

La heroica labor de Marcel Homet, realizada en los años de posguerra, ayudó a descifrar muchos de los secretos del noreste del Brasil. Homet descubrió inscripciones talladas, petroglifos y tradiciones nativas que sugerían la existencia de una civilización o civilizaciones organizadas en algún momento del pasado en la cuenca del Amazonas. La más importante de estas tradiciones orales es la de la tribu Makuschi, situada en las laderas de las montañas Pakaraima. Dicha tradición hace referencia a "una ciudad perdida con paredes y tejados de oro (¿arenisca?), dedicada a la alabanza del Sol". Homet vinculó esta tradición con la ciudad perdida de Manoa, y aún con la Atlántida. Sus charlas con los jefes de los Makú revelaron la existencia de otra ciudad ciclópea en el seno de las inexploradas montañas Pakaraima (2). Los jefes le informaron, alegadamente, de que tal lugar existía en las aguas altas del río Uraricoera. Un enorme pedrusco cubierto de petroglifos marca el rumbo hacia las calles y fundamentos de la ciudad derruida. Si el explorador se encamina en dicha dirección por espacio de dos días, llegará eventualmente a un gran arco en la pared de las montañas, que le conducirá a una ciudad subterránea de piedra de dimensiones aún mayores.

Diez años antes de Homet, el autor latinoamericano Alejo Carpentier se había inspirado en la posibilidad de ciudades megalíticas relegadas al olvido, como podemos ver en la siguiente descripción de una metrópolis megalítica en su obra Los Pasos Perdidos: "Lo que pude ver fue una ciudad titánica - de estructuras con espacios múltiples - con escalinatas ciclópeas, mausoleos en las nubes, inmensas explanadas defendidas por extrañas fortalezas de obsidiana sin torres ni ventanas, defendiendo la entrada a un reino prohibido al hombre". (3)

A comienzos del siglo diecisiete, el explorador portugués Feliciano Coelho se internó en la región que circunda lo que es hoy la ciudad de Joao Pessoa, donde descubrió un objeto impresionante y completamente inesperado: un monolito de piedra grisácea, grabada en bajorrelieve, conocida como la Piedra de Ingá. Sus símbolos tallados no concuerdan con ningún sistema de escritura conocido en las Américas.

Tratando de indagar el origen de la piedra mediante preguntas a sus guías, Coelho quedó sorprendido de que los nativos no supiesen nada al respecto. El monolito tiene unos setenta pies de largo y diez pies de alto. También existe una montaña en Havea que tiene el semblante de un hombre barbado que lleva un casco cónico. Los expertos opinan que la erosión del aire desgastó la montaña y que la mano del hombre añadió los toques finales. Extrañas inscripciones parecidas a las encontradas en las Islas Canarias pueden verse en la misma montaña, y no se ha aventurado ninguna explicación para ellas.

Pero, ¿cuál era su propósito? Es cierto que los mares del mundo ya estaban siendo surcados por marineros del Neolítico cuyos viajes bien pudieron haber sido la inspiración de los viajes fenicios y cretenses. No dejaron rasgos de su existencia aparte de las murallas "ciclópeas", túmulos, fortalezas y conmemorativos que pueden encontrarse en las costas de los continentes a orillas del Mediterráneo, al igual que en la costa atlántica de Europa, las islas Canarias y Malta, y posiblemente tan lejos como Zimbabwe. Dos estudiosos alemanes, Hermann y Georg Schreiber, apuntaron la existencia de una esfera cultural "heliolítica" (prestando el término acuñado por H.G. Wells) debido a que la religión solar, representada por símbolos discoidales, es un motivo común en todos estos lugares.

La Amazonia no tiene el monopolio sobre las ruinas enigmáticas. Las sabanas despobladas y las cordilleras del estado de Goias, al suroeste de Brasilia, cuentan con secretos propios: los restos de fortificaciones, esculturas colosales y paredes cuyos arquitectos permanecen en el olvido. Las estatuas ciclópeas, que se asemejan a las de Marcahuasi en Perú, representan rostros humanos y animales nativos a la región de Goias. Se considera que las estatuas forman parte de Cidade de Pedra, formada por bloques rectangulares de piedra labrada que en un entonces fueron los fundamentos de edificios. El trazado de las calles y los edificios sugiere "un Mohenjo-Daro sudamericano", en la opinión de un arqueólogo. Una pared compuesta de bloques de granito, unos trece pies de alto y cuatro de ancho, recorre toda la extensión de un valle en el fondo de la Sierra de Gales, cerca de la ciudad de Jandaia. Al noroeste de Goias se encuentra la Sierra del Roncador, cuya fama se extiende al mundo del esoterismo. Dicha cordillera, que recibe su nombre debido a los ruidos que se escuchan a lo largo de la misma, alegadamente alberga una ciudad subterránea cuyos habitantes son descendidos de los sobrevivientes de la Atlántida. El hecho es que la Sierra del Roncador contiene una enorme red de túneles, algunas de ellas lo suficientemente grandes como para alojar a miles de personas. La existencia de tales maravillas geológicas pudo haber dado origen a la creencia en una "Atlántida" Brasileña, que constituyó una parte importante de las doctrinas teosóficas sudamericanas desde comienzos del siglo veinte. (4)

Como regla general, las civilizaciones no existen en un vacío. Los estados vecinos juegan un papel crítico en sus vidas económicas y políticas. Podemos suponer que la muralla que recorre los pies de la Sierra de Gales representaba tal vez un muro defensivo o línea de demarcación entre imperios antiguos, muchas veces más allá de la esfera de influencia efectiva de dichos estados. Por ejemplo, en el desierto del Sahara, los romanos construyeron el poderoso Castellum Dimmidi mucho más allá del limes, o frontera, de sus posesiones africanas, junto con otros emplazamientos defensivos que aún pueden encontrarse en Algeria y en el Túnez. Fortificaciones parecidas pueden encontrarse en el desierto Sirio, distantes de cualquier habitación humana actual. ¿Sería posible especular, entonces, que estas ciudades brasileñas protohistóricas pudieron haber pertenecido a un gran imperio controlado desde la fría y lejana Tiahuanaco?

Las paredes y ruinas en el sur del Brasil no son únicas: en su libro Not of this World, el autor italiano Peter Kolosimo atrajo la atención de sus lectores a "la gran muralla del Perú", descubierta por la expedición Johnson de 1930 - un terraplén muy parecido a la muralla de Adriano en Inglaterra. Esta muralla recorre uno de los paisajes más agrestes de América del Sur. Junto con algunos complejos de palacios y templos, las ruinas han recibido el nombre de "cultura Chimú", "cultura Chavín" y otros nombres que alivian las jaquecas de los arqueólogos. El enorme estadio o anfiteatro natural conocido como El Enladrillado - situado a alturas muy por encima de los cinco mil pies, cerca de Alto de Vilches en el norte de Chile - pertenece también al conjunto de ruinas ciclópeas. Las dimensiones de esta estructura indican que fue construida para seres gigantescos: para su construcción se utilizaron bloques cúbicos de 16 pies de alto y 26 de largo. La manera en que se transportaron dichas moles a semejante altura, cruzando los insondables valles andinos, jamás ha sido abordada por la arqueología. Y como si el estadio no fuese suficiente, El Enladrillado también cuenta con una pista de media milla de largo por 200 pies de ancho, formada por 233 enormes bloques de piedra con un peso estimado de 22.000 libras. (5)

Marcel Homet expresó la creencia de que los ancestros de los habitantes actuales de la Sudamérica ecuatorial y meridional emigraron a dichas regiones debido a la destrucción de una civilización al norte - tal vez debido a la decadencia y caída de los constructores de Ciudade de Pedra y otras ruinas. Homet se aventuró a decir que dicho pueblo era de raza caucasiana en vez de mongoloide, declaración fundamentada por la existencia de los pobladores de las tierras que circundan al lago Titicaca y los famosos "indios blancos" de Lagoa Santa en Minas Gerais.

Entre los hallazgos criptoarqueológicos más importantes en América del Sur figuran las extrañas pirámides fotografiadas por un satélite Landsat en 1975. La foto mostraba la existencia de ocho estructuras, aparentemente artificiales, localizadas a lo largo de la falda de una cordillera en la provincia peruana de Madre de Dios. La inspección de cerca con un helicóptero comprobó que existían doce en vez de ocho estructuras parecidas. El rigor del entorno - nativos hostiles y animales peligrosos - ha impedido una inspección física del lugar. (6) Si llegase a confirmarse que dichas estructuras son pirámides, resultaría casi imposible describirlas como "ruinas incaicas", como se ha hecho con tantos otros hallazgos en la zona.

Los altiplanos del Mato Grosso también han proporcionado restos humanos que disputan la antigüedad de la vida humana en nuestro continente. Una tribu de cavernícolas, con conocimiento del arco y la flecha, el cultivo y la crianza de animales, existió en Brasil hace un millón de años - un bofetón a la cara de las cronologías convencionales, que indican que los humanos llegaron al continente hace 25.000 años (la cifra ha sido cambiada recientemente a 49.000 años). El científico Maurice Chatelain sugiere una cronología aún más inortodoxa e interesante: la ubicación del ecuador terráqueo hace 90.000 años atravesaba vario lugares que albergan los restos de civilizaciones perdidas - Tiahuanaco, la Isla de Marajó, los macizos de Hoggar y Tassili en el Sahara, el valle del Indo - que se establecieron en dichas zonas para escapar las eras glaciales que afectaron al hemisferio norte en dichas épocas. El clima agradable habría resultado idóneo para el cultivo, y el nivel reducido del mar habría facilitado también la navegación y el comercio entre las culturas existentes. Cabe pensar que según cambiaron las condiciones climatológicas, los focos de las respectivas civilizaciones se trasladaron a otro sitio, o desaparecieron por completo.

Las ruinas ciclópeas de América del Sur constituyen un reto al hombre moderno, al igual que muchas otras estructuras desconocidas en todo el mundo. Dejémosle la última palabra a Teddy Roosevelt: "Las vicisitudes de la historia de la humanidad durante su estadía en el continente del sur han sido tan extrañas, variables e inexplicadas...como la historia de las formas más elevadas de la vida animal durante la era de los mamíferos."

POR SCOTT CORRALES.






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