Mundos Amurallados



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Mundos Amurallados. Pere Maruny, Jerusalem 24.03.04

 

La afición por los muros en Oriente Medio viene de lejos. Así lo atestiguan las murallas de la Ciudad Vieja de Jerusalén, de una belleza sobrecogedora, en cuyo interior encierran y separan un número limitado de mundos diferentes, en apariencia irreconciliables. Su natural condición de muro defensivo ha mutado, con el paso de los siglos, a otra naturaleza de carácter beligerante. Dentro de las murallas están sembradas todas las diferencias que los humanos hemos sido capaces de inventar a lo largo de nuestra historia, y la piedra se ha convertido, hoy, en arma de guerra, en barrera infranqueable. Tal vez siempre fue así, y quienes hoy cohabitan en su interior no son sino aquellos que en su día lograron doblegarla por la fuerza de sus armas. Tal vez. Hoy, sin embargo, las murallas de Jerusalén custodian el odio pacientemente engendrado por la sinrazón de quienes se consideran poseedores de la Verdad Absoluta, por la cual si es preciso se mata. Pero, eso sí, nunca dentro de las murallas. Está en Tierra Santa.

Nueve y media de la noche, las angostas calles del barrio armenio de la ciudad amurallada rezuman silencio, unas calles que en nada se diferencian a las del barrio árabe salvo en el hecho de que aquí se reza en iglesias ortodoxas cristianas. ?¿En nada? La primera frontera de separación de la muralla es física aunque no de piedra, y no es percibida en primera instancia por la vista, sino por el olfato. Al adentrarnos en el barrio árabe la basura campa a sus anchas.¿No es el mismo Estado quien se encarga de la limpieza en ambos barrios? La calle árabe se encuentra sumida igualmente en un silencio que aquí tiene algo de anormal. ¿Qué se ha hecho del bullicio que le caracteriza? A lo lejos, las voces de algún grupo de amigos rompen el silencio y, sin pretenderlo, invocan al Estado, que aparece en el barrio sin escobas ni capazos para recoger la basura,  ni artilugio alguno cuyo fin sirva para adecentar las calles. No, aquí el estado se presenta con la única credencial de las armas. Repito, la única, pues aquí ni siquiera los uniformes que caracterizan a los distintos brazos armados del Estado son aquí visibles o necesarios. De lo único que puedes estar seguro, dicen los veteranos del lugar, es que si están armados son El Estado. A veces cuesta de creer, pues aquí el Estado puede ser un chaval imberbe con el pelo engominado repeinado hacia atrás que luce ostensiblemente una pistola entre su camiseta Nike y sus pantalones tejanos, cuando no la lleva directamente en la mano. Pero el Estado también puede ser otro chaval con gafitas redondas y tirabuzones colgando a modo de patillas que carga una mini-ametralladora, de esas que se convertirán en el no va mas en las guerras africanas, pues los niños podrán cargarlas sin que les pesen los brazos. Así que, finalmente, casi que hasta nos alegra encontrarnos con el típico destacamento militar,  vestidos con sus uniformes marciales y sus fusiles de asalto americanos. Casi, pues al pasar a su lado nos ordenan, con cara de pocos amigos, que nos identifiquemos de inmediato si no queremos que abran fuego, así son las cosas en este rincón del interior de la muralla. Ah, extranjeros, welcome, good night, y vayan con cuidado, ya saben como son los árabes.

La Ciudad Vieja de Jerusalén es lo suficientemente grande para que nos ocupe otra jornada, así que al día siguiente podemos seguir inspeccionándola. Ya hemos conocido el barrio armenio y el árabe, ya la muralla nos ha mostrado sus fronteras y las diferencias que matan. Salgamos ahora por la puerta de Damasco -barrio árabe- y volvamos a introducirnos en la ciudadela amurallada por la puerta de Jaffa. Enseguida sabemos donde nos encontramos, pues aquí el Estado es un Uno y un Todo, Dios y el Espíritu Santo, el Padre y el Hijo, pero también las madres, los barrenderos y hasta los pájaros. El barrio judío de la Ciudad Vieja de Jerusalén no puede sino fascinarnos.

Dejando a un lado la limpieza, lo primero que salta a la vista en el barrio judío es la increíble comunión humana. Es un mundo perfecto, la realización de un sueño por parte de una comunidad por los siglos perseguida y odiada. Una plaza. En ella hay niños jugando despreocupados, ellos vestidos con pantalón negro y camisa blanca, tocados con la kippa que lucen en sus cabezas, ellas con el pelo largo y largos vestidos de tonos grises o azulados. Juegan y ríen y lanzan gritos de alboroto, pero no tanto como para impedir que se escuche nítidamente el canto de los miles de pájaros que habitan en las copas de los numerosos árboles. Los padres y las madres pueden dedicarse a relacionarse como lo que son, como iguales, seguros de que en su mundo esta todo absolutamente controlado. Conversan, se saludan afablemente, su vida social parece rica y saludable. En apariencia, los padres y las madres son un replica en grande de sus vástagos. En medio de esta asombrosa harmonía, uno tiene la sensación de que en cualquier momento vendrán a detenerle alguno de los mil cuerpos de seguridad que mantienen la calma de esta gran familia. Con toda probabilidad, será la Policía Estética quien proceda a la detención: esta usted infringiendo la ley de entonación, queda detenido por dar el cante. Pero no, incluso una detención seria aquí un acto grotesco que podría violentar a esta tranquila comunidad, y si estamos aquí es sin duda porque nos han permitido el paso. Resulta curioso; del mismo modo podemos pasar de ser sospechosos en el barrio árabe a ser, si no uno mas, sí alguien aceptado en el cantón judío. Tal vez todo tenga que ver según los ojos con que pretendan mirarnos...

Sin duda este espacio del interior de la muralla da mucho que pensar. Caminado por las calles ajardinadas, desembocamos frente a la escalera que da paso a la explanada en donde se encuentra el Muro de las Lamentaciones. Aquí es donde empieza y termina todo, y tal vez sea el momento para dar rienda suelta a la imaginación. Sin poder sustraerse de esa asombrosa visión, con el Muro en primer plano y la alucinante cúpula de la mezquita de Al Aqsa al fondo, no podemos dejar de pensar. Los judíos han vivido por siglos rodeados de muros y alambradas que les han mantenido encerrados. Hoy siguen igual. La diferencia es que ahora han construido, dentro, el Mundo Perfecto, símbolo del anhelo alcanzado, y han trasladado afuera de las alambradas todo su calvario. ¿Merece la pena? Uno no puede dejar de pensar en toda la sangre derramada, la propia y la ajena, y en la sangre que aun va a costar y sigue costando. ¿Merece la pena?



El Mundo Perfecto es un parque temático. Entre el aeropuerto de Tel Aviv y Jerusalén, la furgoneta va dejando a cada cual en su casa. Israel es como cualquier país primer mundista, con sus contradicciones y sus desigualdades. Hoy veo a esas gentes pasear por el barrio judío y pienso que tal vez alguno de ellos viajaba en esa furgoneta, y recuerdo sus casas y sus barrios que no son el Mundo Perfecto, sino el real, el de los problemas cotidianos. Sin embargo, percibo que hay unanimidad entre estas gentes a la hora de aceptar el precio cha convenga para mantener su Idea, su sueño alcanzado. Pienso en el otro lado de sus muros, donde las condiciones de vida, si es que así puede llamarse, deben asemejarse mas a las que vivieron sus ancianos en un pasado no tan lejano. Que lastima de mundo. Tal vez algún día podamos arreglarlo. Pero sin duda eso dependerá de que tan solo mantengamos en pie los muros como los de la Ciudad Vieja de Jerusalén, y solo para admirarlos por su belleza arquitectónica, cuyo recuerdo nos debe evocar los siglos de estupidez humana.   


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