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UNIVERSIDAD

NACIONAL AUTÓNOMA DE MÉXICO




FACULTAD DE FILOSOFÍA Y LETRAS
COLEGIO DE LETRAS HISPÁNICAS




MATERIAL DE LECTURA

n

ANTOLOGÍA DEL CURSO


LITERATURA ESPAÑOLA CONTEMPORÁNEA 2

(LA PROSA ESPAÑOLA DE LA POSGUERRA A NUESTROS DÍAS)




Dr. Ramón Moreno Rodríguez




ESTUDIO INTRODUCTORIO 5

Las Nuevas Tendencias de la Prosa Española. (años 80 y 90) 5

La Narrativa Española Hacia El Nuevo Milenio: Una Generación Que Empieza 10

Esther Tusquets 12

Con la miel en los labios [fragmento] 12

CAPÍTULO CINCO 12

Manuel Vázquez Montalbán 19

Aquel 23 de febrero 19

Álvaro Pombo 36

Las Luengas Mentiras 36

Cristina Fernández Cubas 44

Ausencia 44

Enrique Vila Matas 49

Mirando al mar y otros temas (Palma de Mallorca, 1991) 49

Televisión (Valencia, 1963) 56

Javier Marías 57

El espejo del mártir 57

Luis Antonio De Villena 67

En elogio de las malas compañías 67

Arturo Pérez Reverte 72

El húsar [fragmento] 72



CAPÍTULO 6. LA CARGA 72

CAPÍTULO: 7. LA GLORIA 78

Justo Navarro 84

La casa del padre [fragmento] 84

Antonio Muñoz Molina 90

La gentileza de los desconocidos 90

Mariano Gistaín 100

El último top-less 100

Almudena Grandes 102

Las edades de Lulú [fragmento] 102

Javier Cercas 109

Volver a casa 109

Juan Manuel de Prada 113

El silencio del patinador 113

Señoritas en sepia 118

José Ángel Mañas 124

Historias del Kronen [fragmento] 124

Alberto Olmos 131

A bordo del naufragio [fragmento] 131

Notas biográficas 137

Esther Tusquets 137

Manuel Vázquez Montalbán 139

Álvaro Pombo 139

Cristina Fernández Cubas 140

Enrique Vila-Matas 140

Javier Marías 141

Luis Antonio de Villena 142

Arturo Pérez Reverte 143

Justo Navarro 143

Antonio Muñoz Molina 143

Almudena Grandes 144

Ignacio Martínez de Pisón 144

Javier Cercas 144

Juan Manuel de Prada 145

José Ángel Mañas 146

Alberto Olmos 146

Bibliografía 149



Novelistas de 2a.
1.- Clara Sánchez

2.- Manuel Vicent

3.- Espido Freyre

4.- Manuel Vicent

5.- Rosa Regás

6.- Maruja Torres

7.- Manuel de Lope

8.- Gustavo Martín Garzo



ESTUDIO INTRODUCTORIO

Las Nuevas Tendencias de la Prosa Española. (años 80 y 90)


Esta generación estará integrada por aquellos que nacieron entre 1940 y 1955, con algunas excepciones. Sus obras más importantes fueron publicadas a finales de los ochenta y primera mitad de los noventa. Varios de ellos iniciaron su carrera literaria como poetas en los años setenta. En esas fechas el crítico José María Castellet editó una antología de poesía en la que los bautizó como los “Novísimos”1, por algunos años los críticos los han seguido llamando “la generación de los novísimos”, desgraciadamente no se consagraron como poetas sino prosistas y en la actualidad ha surgido una nueva generación que en realidad serían los más nuevos.

Es evidente que las pretensiones de calidad literaria que buscaron los autores de la generación anterior (los miembros de la Nueva Novela Española) fueron en realidad alcanzados por ésta (la desarrollada en los años ochenta y noventa). También ha quedado evidente que el camino de transformación de la novela española no tenía que pasar forzosamente por la experimentación formal. El tiempo, también, ha demostrado que la lucha contra Franco era un peso muy grande que cargar y que lo mejor que se podía hacer era dejar de lado ese fardo, ese “peso muerto” que llevaban a cuestas los anteriores. Frente a la escasez de nombres de la generación anterior, en ésta abundan los buenos novelistas.
Es evidente que este grupo de escritores no forman en sentido estricto una generación, pues nacieron en ciudades muy diferentes, jamás se reunieron como grupo para desarrollar su obra o proponer una estética y, en términos de edad, la visión que tiene de su patria es muy diferente, pues no es lo mismo haber nacido en 1939 (Manuel Vázquez Montalbán, por ejemplo, que en su juventud conoció los años más duros del franquismo) que hacerlo en 1956 (Muñoz Molina cumplió 18 años en 1974, por lo tanto sólo conoció lo mejor del franquismo). Pero los podemos agrupar porque su actitud estética y vital es muy diferente (y coincidente entre ellos) respecto de lo que hicieron Marsé y los suyos, por ejemplo.
Aunque todavía no es posible decir la última palabra respecto de estos escritores, pues algunas obras importantes están todavía por escribirse, me refiero a los más jóvenes; es evidente que puede describirse un panorama general muy nítido respecto de sus gustos, influencias, temas, formas literarias, etc. También es muy probable que lo que hoy digamos de ellos difícilmente pueda modificarse en esencia pues varios de ellos ya dijeron lo que tenían que decir. En no más de una década podremos poner punto final a la definición última de esta promoción de escritores.
Lo que a ellos los define lo podemos agrupar más o menos en los siguientes nueve aspectos:
El agotamiento de la experimentación formal: el derecho a contar una historia

Los subgéneros: la novela negra, la novela de aventuras, la novela histórica

No a las ideologías: la posmodernidad en la novela

El no compromiso ni en lo colectivo ni en lo privado

La desintegración social

El existencialismo y el regreso a la generación del ’98

El destape y la problematización de la sexualidad

La mercadotecnia del libro y los premios literarios

Unión del cine y la literatura

Los autores más destacados de estas dos décadas son: Esther Tusquets (1936), Manuel Vázquez Montalbán (1939), Álvaro Pombo (1939), Félix de Azúa (1944) , Cristina Fernández Cubas (1945), Vicente Molina Foix (1946), Ana María Moix (1947), Soledad Puértolas (1947), Enrique Vila-Matas (1948), Javier Marías (1951), Arturo Pérez Reverte (1951), Luis Antonio de Villena (1951), Justo Navarro (1953), Antonio Muñoz Molina (1956).

DESARROLLO DE LOS ASPECTOS DEFINITORIOS

El agotamiento de la experimentación formal: el derecho a contar una historia


La Nueva Novela española heredó a las nuevas generaciones una situación insoluble en cuanto al trabajo de la forma literaria, como ya vimos. Después de los experimentos de Larva, la novela española no tenía otra cosa que hacer, sino dar marcha atrás. Uno de los primeros autores en poner a la mesa de discusiones el asunto, fue Mario Vargas Llosa, cuando dos años después del palimpsesto de Julián Ríos, en 1986 publica un artículo en la Revista de la Universidad alegando el derecho de los escritores a contar una historia y romper con la experimentación formal. Comenta que luego de las experiencias estructuralistas, semióticas y lingüísticas por las que atravesó la novela europea de los años sesenta y setenta: “El placer de contar historias quedó confinado a las pantallas y a la literatura de los supermercados. A falta de alternativas, los lectores empezaron a aplacar su apetito de ficción con géneros sustitutorios como las biografías y las policiales [...] Recuperar para la literatura de creación aquello que la subliteratura le había arrebatado es un empeño del que han resultado algunas excelentes novelas contemporáneas” (Mario Vargas Llosa, “El gran arte de la parodia” en Revista de la Universidad de México, Número 431, diciembre de 1986, p. 8)
Entre las obras que menciona están El nombre de la rosa de Umberto Eco, El beso de la mujer araña de Manuel Puig, Mazurca para dos muertos de Camilo José Cela y las novelas policíacas de Manuel Vázquez Montalbán. Termina la enumeración diciendo: “Que los novelistas salgan a disputar al cine, la televisión y la subliteratura el privilegio de contar historias, que la buena literatura salga a la calle y se replete de aventuras, es buena cosa.”
Como sabemos, Vargas Llosa fue definitorio para la consagración de la Nueva Novela Española con su premio Biblioteca Breve en 1962; ahora, por segunda ocasión, vuelve a marcar el camino con estas afirmaciones. El resultado pronto lo tendremos a la vista. España, en estos años ochenta se está incorporando rápidamente a la sociedad postindustrial (en ese año de 1986 ingresa a la Comunidad Económica Europea), ese hecho y el desarrollo de la sociedad de masas y de los medios masivos de comunicación la novela empezó a competir con la televisión para hablar de asuntos tan escabrosos y violentos, planteados con toda su crudeza, como si el lector de novelas estuviera frente al televisor viendo un “telediario”. Ahora, se competía por narrar un atentado terrorista, salpicando la sala de estar con sangre y muñecas rotas. Se competía con los programas de reportajes de investigación estilo “Informe Semanal” respecto de los cementerios atómicos, el hambre en África, las matanzas en la ex Yugoslavia, la guerrilla en sudamérica, etc. Pero no sólo fueron los escritores, quienes tomaron nota de esta recomendación, sino también los editores que impulsaron este tipo de literatura. A partir de este momento, pues, habrán de quedar unidos literatura, medios masivos de comunicación y mercadotecnia del libro.
Los subgéneros: la novela negra, la novela de aventuras, la novela histórica
Por lo antes explicado, pues, definirá a la nueva generación de escritores el cultivo de los llamados “subgéneros”, o bien, “géneros menores”. En el caso de la novela policiaca, habremos de remontarnos a los años setenta para poder hablar de una verdadera novela de corte policial al estilo anglosajón (hay que considerar que la época de oro de la novela negra se da en los años veinte con las obra de Agatha Christie o Dashiell Hammett o Raymond Chandler, entre otros), muchas fueron las causas que confluyeron en el boom que la novela negra conoció en España a mediados de los años setenta, boom que se prolonga hasta nuestros días, pues rara es la temporada que no se da a conocer un nuevo autor de este tipo de narraciones. De cualquier forma, el principal impulsor del boom merced al éxito conocido por la serie Carvhalo, iniciada en 1972 con la publicación de Yo maté a Kennedy (con grandes cambios en la concepción original del thriller), Manuel Vázquez Montalbán abre por derecho propio la nómina de escritores adscritos al género negro. Pero será hasta en los años ochenta que el número de escritores que cultiven el género, así como la calidad de las obras que escriban, sea realmente importante. Entre otros se destacan: Juan Madrid (Un beso amigo 1980, Nada que hacer 1984, Regalo de la casa 1986), Andreu Martín (Aprende y calla 1979, Por amor al arte 1987, Barcelona connection 1988), Pedro Casals (Quién venció en febrero 1985, La jeringuilla 1986, El señor de la coca 1987, Hagan juego 1988). Ya en épocas más recientes, el interés que ha despertado entre sus lectores la serie de Petra Delicado, de Alicia Giménez Barlett, coloca a esta autora a la cabeza de los últimos ejemplos del relato negro español. Además de los ya citados, la novela negra tiene otros buenos ejemplos en Antonio Muñoz Molina (El invierno en Lisboa, Beltenebros), Ferrán Torrent (No me vacilen al comisario, Contra las cuerdas), y Martín Casariego (Mi precio es ninguno, La hija del coronel).
La eclosión de otro subgénero novelístico lo tenemos con la novela histórica. La práctica de esta forma de novelar se ha convertido en uno de los más agobiantes y reiterados motivos del decenio de los ochenta, según puede verse en la amplia relación de títulos de este corte que establece Fernando Valls2 , junto al planteamiento de algunas cuestiones generales. El auge de esta corriente probablemente no tiene una sola explicación y, en el conjunto de factores que han podido influir, han de anotarse tanto el éxito de algunos escritores extranjeros (de modo señalado Robert Graves o Marguerite Yourcenar) como una actitud evasiva respecto de los más acuciantes problemas de la actualidad. Indicio, por otra parte, de esa verdadera avalancha de novelas históricas puede ser el considerable número de ella que toman como pretexto la Edad Media, la guerra de Independencia o el reinado de Fernando VII. La lista estaría integrada, principalmente por: Vallejo Nájera (Yo el rey, 1985), José Esteban (El himno de Riego, 1984 y La España peregrina, 1988), José Antonio Gabriel y Galán (El bobo ilustrado, 1986), Arturo Pérez Reverte, (El húsar, 1986, además del ciclo sobre España y sus colonias, el cual aún no ha concluido de publicar), Félix de Azúa (Mansura, 1984), Paloma Díaz-Mas (El rapto del Santo Grial, 1984), José Luis Sampedro (La vieja sirena, 1990), Terenci Moix (No digas que fue un sueño, 1986). Con el éxito de crítica y público que le caracteriza, Antonio Muñoz Molina también ha cultivado la novela histórica (Beatus ille, El jinete polaco), al igual que Juan Eslava Galán (En busca del unicornio), Leopoldo Azancot (La novia judía), Lourdes Ortiz (Urraca), y Eduardo Chamorro (La cruz de Santiago).
En cuanto a la novela de aventuras, término por sí mismo huidizo, podemos decir que es una de las respuestas ante tanta sociología y literatura de las tres generaciones previas a estos nuevos narradores. Entendemos por novelas de aventuras a aquellos libros de viajes o expediciones peligrosas que en ocasiones tiene más de fuga de la realidad que de conocimiento introspectivo. Así como Vargas Llosa hablaba en favor de la novela policial, el crítico Fernando Sánchez Dragó evidenciaba en 19793 la necesidad de una novela de aventuras, en la que incluía el exotismo, el cosmopolitismo, lo inusual, lo lejano, lo fantástico. Por esta línea, mezclada a veces con la novela policial y la novela histórica han caminado más bien los autores de best sellers, entre otros destacan Antonio Gala (La pasión turca), Terenci Moix (El sueño de Alejandría), Raúl Ruiz (La peregrina y prestigiosa historia de Arnaldo de Monferrat), Pedro Zarraluki (Hotel Astoria) y Jesús Ferrero (Bélver Yin y Opium). Algunos autores de mayor calidad han cultivado este tipo de novelación que consagraran Duma, Stevenson o Verne; la actitud de éstos no ha sido de simple y pasiva asimilación, sino que sus novelas son en muchos aspectos propositivas y revisionistas de la concepción general de la novela de aventuras. De esos cambios propositivos se destacan la visión hacia el interior del yo narrativo; es decir, que en muchas ocasiones el viaje o la aventura son un pretexto para que el autor nos presente la imagen compleja y confusa del protagonista novelesco. Quizá quien empezó esta vertiente fue el mismo Vázquez Montalbán con el protagonista de sus novelas policiacas, Pepe Carvalho. En los años noventa (más que en los ochenta) esta vertiente ha sido cultivada por los más destacados narradores como Javier Marías en Todas la almas (1989), Enrique Vila-Matas con Lejos de Veracruz (1997).
No a las ideologías: la posmodernidad en la novela
El ideal de la novela posmoderna debería ser capaz de superar las contradicciones entre realismo e irrealismo, formalismo y contenidismo, literatura pura y literatura comprometida, narrativa de elite y narrativa de masas. Son dos formas principales en como se expresa esta novela posmoderna: a)La fuga del contexto en el que vive el autor y b)La visión introspectiva del yo narrador y visión analítica de su entorno. Una de las tendencias en como se expresa esta primera forma la podríamos ejemplificar con las novelas preocupadas por reproducir el exotismo, el cosmopolitismo, los inusual, los lejano, lo fantástico. Son las novelas de aventuras que en otros tiempos cultivaron Stevenson, Conrad, Kipling, Melville, etc. Es decir, luchar contra la “villana realidad”.
Los nuevos narradores no se han anunciado a través de un manifiesto político, ideológico, o literario, no se hacen sentir como un grupo homogéneo, sino que cada uno ha partido de su absoluta soledad e individualidad. Han seguido muy diversos modelos y cada uno lo ha interpretado como mejor le vino en gana. A pesar de ello notamos algunas constantes, ante el descrédito de las ideologías (con la muerte de Franco salió a la luz pública algo sabido por todo mundo: la inmoralidad desde todas perspectivas de la dictadura y su origen y con la “caída del muro de Berlín” se evidencia la desintegración de un sueño humanitario) los autores se colocan en un postura ajena a los dos bandos en pugna: ni democracia burguesa ni dictadura del proletariado. Eso dará como resultado una novela no exenta de crítica social donde la visión individual del yo ocupe un lugar destacado, donde la denuncia no parte de una reprimenda o sermón moralizante sino de un simple sentido común, es decir, lo oblicuo frente a lo directo. No por ellos se ha caído en una literatura donde el arte por el arte se convierta en una mirada cómplice y complaciente con el statu quo, ni una visión maniqueísta de la realidad. En el campo de la estética literaria se tiene simpatía por un autor en función de su valor artístico y no nacional, cultural o ideológico, dicha idea queda muy bien plasmada en la frase de Muñoz Molina “Desde Cervantes a Faulkner tengo ochocientos padres”. Esta actitud les permite revisar el Boom no como una conciencia ideológica o una competencia literaria, sino como una época de gran valor de la que debe asimilarse lo mejor de ella más en los sustancial que en lo superficial (que era la forma en como la generación anterior asimiló a los hispanoamericanos). De todos los autores del Boom revisitados se destacan dos o tres nombres que con gran frecuencia son mencionados por estos escritores: Julio Cortázar, Jorge Luis Borges o Juan Rulfo4. Por lo dicho se hace evidente que la influencia que tienen de estos escritores está más en el plano de la calidad o la actitud frente al proceso creativo que en la temática o el estilo.
El no compromiso ni en lo colectivo ni en lo privado
En efecto, dicen algunos que la nueva narrativa ignora todo lo referido a los grandes temas de nuestro tiempo, y ni habla de problemas tan graves como el paro, ni parece haberse enterado de asuntos tan candentes como la transición o la aplanadora del PSOE que dominó buena parte de los ochenta y de los noventa. Pero no sólo es eso; puestos a abandonar la militancia progresista, los nuevos narradores se han alejado incluso de aquel progresismo específico de su oficio que se llamaba, en términos curiosamente militares, vanguardia, o, usando el idiolecto cientificista, experimentalismo. Los nuevos narradores son unos descreídos, y el escepticismo es su verdadera ideología. Ninguna realidad les parece a ellos suficientemente real, ninguna verdad suficientemente verdadera.
La desintegración social
Algo en lo que coinciden casi todos los narradores de esta generación y les da un fuerte sentido de conjunto es la visión que tienen de la sociedad moderna, la sociedad postindustrial. Es evidente que España, junto con el res­to de la Europa altamente industrializada, está de camino a una desintegración social, cuya principal y más fuerte síntoma lo tenemos en la desmembración de los núcleos familiares: cada vez hay menos familias. Muchas personas viven solas en su departamento. En el caso de los países más industrializados (Inglaterra, Alemania, Francia), los porcentajes llegan al 50 por cien, en el caso de España, en dos décadas (ochentas y noventas), ha llegado al 30 por cien. Las causas de este preocupante fenómeno son muy variadas, entre otras está: A)el bajo índice de crecimiento poblacional (con frecuencia el proceso es de decrecimiento y no de crecimiento), B)el individualismo que tanto promovió la sociedad capitalista, C)la pérdida de sentido de pertenencia a una comunidad o gremio, D)el no compromiso con la pareja y aparejado a ello la negativa a expresar sentimientos amorosos y sí necesidades sexuales. Las parejas actuales (sobre todo los hombres) no quieren casarse y con frecuencia establecen relaciones de amasiato o unión libre efímeras. E)el grave desempleo y la tardía incorporación a la fuerza laboral son algunos de los factores que acentúa estos conflictos, o quizá les dan origen. F)el surgimiento de grupos extremistas de derecha (skin heed o cabezas rapadas), G)las grandes emigraciones desde los países pobres, creando con ellos verdaderas ciudades babélicas, no sólo lingüísticamente, sino cultural, racial, etc. Toda esta problemática, en su conjunto o por partes ha sido reflejada en la novela española de los ochenta y noventa. Los protagonistas de muchas de estas novelas no les interesa casarse y formar una familia, no les interesa o no pueden integrarse a su comunidad, muchos son crápulas desempleados o despiadados pandilleros, son psicópatas, asesinos en serie, terroristas, aventureros existencialmente desarraigados, solitarios trabajadores que van y vienen por las calles de la gran ciudad, sin ningún lazo emotivo con nadie.

El existencialismo y el regreso a la generación del ’98


La nueva Novela Española rompió fuertemente con Unamuno y su generación, los nuevos narradores en los años ochenta y noventa habrán de replantearse su actitud ante estos escritores. la relación que mantengan con los novelistas del ’98 será más crítica, es decir evaluadora, y menos descalificadora a priori. En particular, les agrada su actitud antisolemne y antigerarquica, también valoran su renovación de la novela, pero principalmente, coinciden con ellos en su actitud vital incrédula y existencialista.
Ahora bien, el existencialismo de los más nuevos narradores españoles no son versiones recicladas del existencialismo alemán, como el difundido por Unamuno en España, ni el existencialismo francés difundido por Goytisolo en los años sesenta y setenta. Este nuevo existencialismo se diferencia del alemán en que no descalifica maniqueístamente toda actividad vital, ni acepta un alineamiento ideológico que explique el cambio social. Por ejemplo, el existencialismo alemán proponía la disolución, muy al estilo de los poetas malditos de la sociedad, y no dejar huella alguna. El existencialismo francés propone la destrucción de la sociedad y el yo individual, para crear una nueva sociedad y un nuevo yo humanista de corte socialista. El existencialismo de Marías, Vila-Matas o Muñoz Molina está consciente que la sociedad no funciona, que el yo individual está condenado a sucumbir frente a la sociedad de masas, no tiene respuestas como el existencialismo alemán pero no descalifica a priori. Frente a la propuesta de una sociedad nueva, el existencialismo de los novelistas españoles no propone una nueva sociedad y no sabe si esta sociedad y este hombre de hoy en realidad están condenados. Quizá podríamos resumir su actitud vital en la frase humorista de Woody Allen: “No me gusta este mundo, pero no conozco otro”. Por estas causas podríamos resumir que la actitud ante de la vida de las más recientes promociones de novelistas españoles se aproxima mucho a las anarquistas ideas del cinismo de Diógenes. Un cinismo también particular ya que serían ascetas por necesidad, si son abstemios es por la fuerza, no por gusto. Como los cínicos, los asociamos con quienes recelan de la naturaleza humana y de sus intenciones.
El destape y la problematización de la sexualidad
Para la nueva novela española la sexualidad quedó como una asignatura pendiente en la medida en que su tratamiento fue muy marginal y bastante velado por la censura franquista y por la peor de todas las censuras: la autocensura. Un caso muy claro es el de Juan Goytisolo y su posterior autoajuste de cuentas5. Las nuevas generaciones, coincidentes y, en gran parte promotoras, del “destape” llegado con la muerte de Franco, hicieron de la sexualidad un tema y un tratamiento literario muy gustado y favorecido por el público. De manera que mientras los españoles descubren el sexo, terminantemente prohibido durante el franquismo, la industria editorial encuentra en el erotismo –al igual que en la novela negra- uno de sus grandes filones. Producto de ellos son muchas novelas y muchos cuentos que abordan la sexualidad sin prejuicios y casi con una actitud exhibicionista. Es de notarse que “sin prejuicios” y “exhibicionista” es más aplicable a la nueva generación de fines de los noventa, que la anterior, de principios de los ochenta. La ruptura con la moral católica, la prostitución, la homosexualidad, el lesbianismo, la gerontofilia, y algunas otras prácticas sexuales peculiares han sido tema no secundario de obra importantes de estos autores, tal es el caso de Álvaro Pombo: El héroe de las mansardas de Mansard (1983) y El metro de platino iridiado (1990), Esther Tusquets en Varada tras el último naufrago (1980) y el libro de cuentos Siete miradas en un mismo paisaje (1985), Con la miel en los labios (1997). Luis Antonio de Villena en Para los dioses turcos (1980), relatos y En el invierno romano (1986), relatos; Antonio Gala: La pasión turca, etc.
Ya a finales de los años 80, cuando la pasión despertada por la literatura erótica comienza a remitir, se produce un fenómeno que le aportará nuevos bríos: la incorporación a él de jóvenes escritoras que no habían publicado nada con anterioridad. Catapultadas casi siempre por el premio La Sonrisa Vertical. Así, la novela erótica que más ha interesado, editorialmente hablando, ha sido ésta, la escrita por mujeres procaces. Publicada casi siempre en la colección Sonrisa Vertical (Tusquets Editores). La autora que ha despertado un mayor interés ha sido Almudena Grandes (Las edades de Lulú, ganadora del premio La Sonrisa Vertical), cuya publicación supuso todo un fenómeno de masas.
La mercadotecnia del libro y los premios literarios
La incorporación a la comunidad Europea. La modernidad y sus consecuencias. La democracia como consecuencia de la muerte de Franco. Los nuevos narradores más allá del "boom" hispanoamericano. Una industria editorial ávida por descubrir nuevos autores y obras qué difundir. Quizá en ningún momento ninguna generación de intelectuales estuvo tan presionada para producir, pues tenía todo el campo propicio para hacerlo: libertad de expresión gracias a la naciente democracia, premios y posibilidades de publicar gracias a una industria editorial pujante y agresiva y un modelo literario hispanoamericano que había superado desde hacia dos décadas a la literatura peninsular. Por ejemplo, en el campo de los premios y concursos literarios, éstos surgieron en grandes cantidades y con bolsas muy suculentas, los más destacados son: Café Gijón, de la Crítica, Cervantes, Principe de Asturias, Nadal, Formentor, Biblioteca Breve, Planeta, Nacional de Narrativa, Alfaguara Internacional de Novela (175,000 Dls. = $1'4000.000), Iberoamericano de Novela, Cáceres de Novela Corta, Ramón Llull, Ciudad de Barcelona, Generalitat de Cataluña, Gabriel Sijé de Novela Corta, Navarra, Herralde, Sésamo, Fastenrath, NH de Relatos (21 premios).
La comercialización del libro a través de los premios, como ya dijimos, y las ediciones masivas de bolsillo es entendible ya que aproximadamente en España se publican 144 títulos al día, desde luego en ellos la calidad y comercialidad raramente se conjugan, muchos de esos títulos son típicos bet seller, pero afortunadamente hay lectores tanto para quienes cogen la pluma movidos por una inquietud intelectual como para quienes lo hacen pensando en vender muchos libros. En España el número de lectores crece de manera desorbitada, comparado con los países de hispanoamérica; por ejemplo, la feria del libro de Madrid, en estos años noventa, reúne hasta dos millones de visitantes y aproximadamente 200 mil volúmenes vendidos; la feria del Palacio de Minería de México reúne a una 300 mil personas y vende aproximadamente 35 mil volúmenes. El Premio Planeta de Novela es el segundo premio literario después del Nobel de Literatura (en cuanto a monto económico) y está dotado aproximadamente de lo equivalente a un millón de pesos mexicanos. A él hay que agregar que la competencia en el mercado obligó a la editorial Alfaguara a crear el premio Alfaguara Internacional de Novela, dotado de una cantidad similar al Premio Planeta de Novela.
Unión del cine y la literatura
Otro de los resultados de la comercialización del libro ha sido su unión con los medios masivos de comunicación, en particular con el cine: muchas novelas en la actualidad son escritas exprofeso para ser filmadas o, inmediatamente después de su éxito editorial, son contratadas por un productor cinematográfico. Esta ya larga historia de la relación de cine y literatura la iniciaron a fines de los años setenta y principios de los ochenta películas como La muchacha de las bragas de oro y El amante bilingüe escritas por Juan Marsé y dirigidas por Vicente Aranda. En estos años noventa se destacan películas como El día de la bestia, Jamón, Jamón, Las edades de Lulú, Beltenebros, etc.
Los escritores reciben una media de medio millón de pesetas (25 mil pesos aproximadamente.) por ceder los derechos de su novela y hasta por un lapso de 18 meses. Las actitudes de los escritores es muy diversa ante el espejismo de filmar sus obras, pero es evidente que ninguno se resiste a la tentación que es doble: le deja buenos dividendos económicos y le abre camino hacia el público masivo a sus libros anteriores como nuevos.
Algunos autores aceptan que el lenguaje del cine y el de la literatura son diferentes y por lo tanto no tienen mayores reparos ante las adaptaciones; sin embargo, algunos otros prefieren que las películas sean una especie de ilustración de su novela. Por ejemplo, Manuel de Lope (autor de Bella de las tinieblas) afirma que el cine y la literatura son dos cosas diferentes: "de la misma manera que yo hago con mis personajes lo que quiero, eso mismo hacen los directores de cine [con sus personajes]". La actitud de Rosa Montero (Vicente Aranda le adaptó La hija del caníbal) es la de una espectadora de cine: "Ni me ha interesado participar ni voy a leer el guión, porque yo no creo en la fidelidad de una adaptación". Quizá los autores españoles más filmados sean Manuel Vázquez Montalbán y Juan Marsé. De Marsé aparte de las dos ya mencionadas se han filmado Últimas tardes con Tersa, La oscura historia de la prima Montse, y Un día volveré. En cambio Vázquez Montalbán está más satisfecho con las adaptaciones teatrales que con las cinematográficas. De él se han filmado Los mares del sur, El laberinto griego, Asesinato en el comité central y El pianista. Muñoz Molina tampoco está satisfecho con la adaptación de sus novelas. De él se han filmado El invierno en Lisboa y Beltenebros. En la actualidad se está filmando Plenilunio que ha tenido una gran acogida como libro.



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