Narraciones de la crisis: viejos fetiches con caras nuevas



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NARRACIONES DE LA CRISIS: VIEJOS FETICHES CON CARAS NUEVAS
Emmánuel Lizcano

¿Cómo nos han contado la crisis? ¿Cómo es presumible que nos la sigan contando? La cuestión no es baladí, pues las narraciones sobre la crisis forman parte de la crisis misma. Cuando, como todos los analistas señalan, en el núcleo de la llamada crisis lo que hay es una pérdida de confianza, el que esa desconfianza se ahonde o se desvanezca depende, en muy buena medida, del modo en que los discursos vayan dando forma a un asunto tan volátil. El papel ideológico del discurso, como señala P. Ricoeur en Ideología y utopía, estriba precisamente en eso, en despertar ese plus de fe que las medidas tomadas por las autoridades no son capaces de recabar por sí solas. O, por decirlo en palabras de Josep Piqué: “Sin crédito, el sistema capitalista muere” (EP-19/10). Sólo los discursos pueden venir a salvar la brecha entre lo que la gente está dispuesta a creerse y lo que las autoridades aspiran a que se crea. Sin los cuentos sobre la crisis, a la crisis no le salen las cuentas.

De todas las estrategias retóricas empleadas para narrar/salvar la crisis, nos limitaremos aquí a analizar las principales familias de metáforas empleadas. Y ésa es una primera y significativa constatación. Pese a la amplia gama de metáforas posibles, casi todos los discursos se centran tan sólo en tres o cuatro grandes familias. Apenas hay diferencias metafóricas –y, por tanto, tampoco las hay en sus imaginarios respectivos1- entre unos periódicos o blogs y otros, entre los discursos de derechas o los de izquierdas, ni entre las declaraciones de economistas, empresarios, políticos y periodistas. Pueden diferir en los detalles del tratamiento y en los agentes legítimos que los controlen y lleven a cabo, pero no en los presupuestos comunes que permiten entrever las metáforas utilizadas por todos ellos2.

Casi todas las metáforas de la crisis pertenecen, efectivamente, a uno de lo siguientes tipos. En primer lugar, las metáforas de naturalización presentan la crisis como un fenómeno natural, en particular, como una fuerza desatada de la naturaleza que, por tanto, a todos nos amenaza y perjudica, al tiempo que es independiente de factores humanos. Segundo, las metáforas médicas vienen, por un lado, a subrayar esa condición natural de la crisis pero, por otro, al humanizarla, nos mueven a apiadarnos de ella, a sentir hacia su recuperación el alivio que sólo un despiadado no sentiría. Además, percibida como un paciente en estado grave, no puede dejar de exigir una urgente intervención médica, o sea, experta. Pero un paciente, por crítico que sea su estado, no deja de ser persona. Las metáforas de personificación acuden así, en tercer lugar, a devolverle la agencia que nunca dejó de tener ni podrá dejar de tener una vez salvado. Aunque pacientes, los agentes económicos son personas hechas y derechas. Y también resultarán serlo los Estados, que, de acompañantes del sufrimiento del paciente, pasarán a ser activos colaboradores de los esfuerzos médicos para la recuperación de su salud. Los agentes económicos y los estatales revelan así, en situaciones de crisis, su radical función de auténticos fetiches. Por último, las metáforas religiosas impregnan en nuestro país ese fetichismo universal, por cuyo retorno clamaba A. Comte, de aromas católicos que no pueden dejar de mover sentimientos desde la cálida fe de nuestros ancestros hacia la creencia gélida que aspiran a merecer los fetiches mercantiles y estatales.



Las fuerzas de la naturaleza… económica

La naturaleza, qué duda cabe, es generosa. Habitualmente surte profusamente de imágenes a esa poesía acartonada que es el discurso de la ciencia económica. El PIB o las empresas crecen con la misma espontaneidad con que crecen animales y plantas, los parados se remansan en yacimientos de empleo como si fueran crudo esperando ser extraído, o se crean viveros de empresas donde a esos delicados vegetales se les estimula con créditos semilla. El equilibrio económico es tan delicado como el de cualquier otro ecosistema. Cuando se altera abruptamente, la naturaleza sigue proveyendo de metáforas, pero ahora ya no se toman de los reinos animal o vegetal, sino de la geología o de la meteorología, donde los fenómenos suelen adquirir unas dimensiones catastróficas más propicias para llamar al apiñamiento de –y a la solidaridad con- las multitudes amenazadas por las fuerzas desatadas de la naturaleza.

“La tormenta sacude al mundo. La crisis financiera cruza el Atlántico y se deja sentir en todo el planeta”.- “Los mercados siguen agitados”.- “Las bolsas sufren brutales sacudidas”.- “Otro vendaval argentino”.- “La fuerza del huracán financiero obliga al Gobierno a …”

“El tsunami de provocado por los precios de la energía y de las materias primas alimentarias”

“Era como si el suelo se hubiera abierto bajo mis pies” (un inversionista ante el “desplome de los fondos monetarios”)

“Los márgenes de los derivados de crédito surcaban aguas ignotas3

Clima de histeria, de pánico”.- “Avalancha de clientes dispuestos a retirar sus ahorros”4.- “Sequía crediticia”

Estallido de la burbuja (financiera, inmobiliaria)”.- “Estallido de las sub prime”

“Sectores muy volátiles, como el de las materias primas”

“El toro está ya corneándonos. ¡Por Dios, movámonos!” (Josep Piqué, ex ministro de Economía, EP-Negocios-5/10)

Y pese a todo… “el Ejecutivo se resiste a dar carta de naturaleza a la recesión”

Como efecto retórico derivado de esta estrategia de naturalización se obtiene que esta economía es la economía (a secas), del mismo modo que este planeta es el planeta y esta naturaleza es la naturaleza. Construida la crisis económica en los mismos términos en que se construyó la crisis medioambiental desencadenada por el cambio climático, ¿quién puede resistirse a la llamada a combatirla? Así como la segunda no pone en cuestión un modelo concreto de medio ambiente, sino el medio ambiente mismo, tampoco es un cierto modelo económico lo que resulta amenazado con la primera, sino la economía misma. Como esgrimía Ben S. Bernanke, presidente de la Reserva Federal USA, “si no lo hacemos [el plan de rescate], es muy posible que el lunes no tengamos economía”. ¿Y quién puede sobrevivir sin economía?

Otro efecto de naturalización, distinto del inducido por metáforas como las anteriores, pero también alimentado por ellas, es el producido por la retórica de la oposición. Si sólo había una economía (esa especie de economía natural), habría de tener los pies de barro para que se desfonde tan bruscamente. La contra-argumentación, no por tópica es menos eficaz. Incluso permite hacer de la necesidad virtud, al hacer que el modelo económico resurja doblemente naturalizado, que rebrote, por así decirlo, sobre-naturalizado. Bueno, sí, había dos economías. Pero la que ha desencadenado la crisis era una economía ficticia, la de la ingeniería financiera y las especulaciones desenfrenadas. Si ésa es ficticia, por oposición el resto (la economía de las finanzas sin ingeniería y de las especulaciones refrenadas) debe ser real, y es esa economía real, basada en la producción de mercancías reales y no ficticias, la que sufre los efectos de la crisis desencadenada por la otra, la falsa. Así, expulsada la ficción, el residuo no puede ser sino realidad pura y dura. Es la misma estrategia retórica que la empleada por los matemáticos para crear ciertos números como números reales, unos números cuya única realidad estriba en que se suelen contraponer a los números imaginarios pues, de hecho, ambos se construyen mediante ficciones a cual más sofisticada (si cabe, es más irreal la construcción de los números reales –ya sea mediante ‘cortaduras de Dedekin’, ya mediante ‘sucesiones de Cauchy’- pues, admitidos éstos, los números imaginarios ya no tienen mayor misterio).

El paciente imaginario

Poco importa que la inhumana impersonalidad de un tsunami, un huracán o una avalancha sea incongruente con la frágil figura yacente de un enfermo en estado crítico. A efectos retóricos, ver los mercados o el sistema financiero como seres vivos y dolientes no es incompatible con haberlos visto también naturalizados como fenómenos geológicos o atmosféricos. Lo importante es la superposición de sentimientos, percepciones y persuasiones que se deriva de la agregación de efectos retóricos producidos por ambos tipos de metaforizaciones. Así, en el siguiente análisis se mezclan sin rubor metaforizaciones diferentes del sistema financiero (arquitectónicas, mecánicas, geológicas, médicas…) que cualquier creyente en el principio de no-contradicción tendría por incompatibles entre sí:

“Desde hace un mes, todo el edificio financiero parece a punto de desplomarse (…). El problema es que, mientras tanto, se han desajustado otras piezas de la economía mundial (…). De ahí la virulencia de la repercusión sobre la Bolsa española (…). En definitiva, estamos en pleno proceso de reajuste de las placas tectónicas de la economía mundial y de ahí la sensación de vértigo (…). El panorama debe registrar un alivio a corto plazo en las Bolsas (…). (Las lecciones bien aprendidas) evitarán que la economía caiga en una gran depresión (…). Y cuando eso suceda empezará como otras veces a cebarse la bomba del optimismo en una economía cuya recuperación suele seguir a la de las Bolsas (…). Tras esa alegría inicial de las Bolsas habrá que…” (Juan Ignacio Crespo, EP-Negocios-26/10).

Otra noticia de El País nos cuenta que “cuando el pasado setiembre estalló la tormenta financiera mundial, pareció que China atravesaría casi inmune el temporal, gracias a sus cuantiosas reservas de divisas” Sin embargo, como reza el titular, “China empieza a contagiarse” (EP-Negocios: 9/11). Es de destacar cómo la confusión de ámbitos (aquí, el meteorológico y el biológico) que es característica de la actividad metafórica, no sólo no resta credibilidad a la noticia, sino que acentúa su efecto persuasor: bien mirado (si es que algo así puede mirarse), la navegación de China a través del temporal nada tendría que ver con que se contagie o no con algún agente patógeno, y sin embargo, para el lector –y para el escribidor- la bondad de la primera y la morbosidad de los segundos se perciben como contradictorios. El efecto retórico de esta confusión de ámbitos propia de las metáforas se refuerza en este caso con la fotografía que ilustra esta ‘noticia’, donde se ve una serie de trabajadores (aunque chinos, humanos) procesando carne de pollo (animal), alineados como en una cadena de montaje (mecánica) y cubiertos con batas y mascarillas, como en un hospital.

Por otra parte, tampoco debería sorprender demasiado que los agentes económicos involucrados en la crisis se representen como enfermos necesitados de tratamiento médico. Después de tantos años oyendo hablar –y hablando- de la “salud de nuestra población”, de la “robustez de la economía” y de “contabilidades nacionales saneadas”, ¿qué puede extrañar que esos seres vivos tan extraños como, al parecer, sanos (poblaciones, economías, contabilidades) caigan de vez en cuando enfermos? 5

“Quizá en la propia patología de la crisis y en su correcto diagnóstico se detecten las correcciones y reformas necesarias para evitar otros episodios similares. (…) Esta epidemia de prácticas incorrectas ha tenido un efecto contagio en la economía real” (Ignacio Sánchez Galán, presidente de Iberdrola, EP-2/11)

“Medidas preventivas y de saneamiento…” (Art. 11 del Real Decreto 2606/1996 sobre Fondos de Garantías de Depósitos de Entidades de Crédito).- “Sanear (balances, fondos…)”

Contagio de la crisis financiera”.- “Elevada exposición de los bancos europeos a los activos tóxicos”.- “La crisis crediticia [a diferencia de una crisis bursátil] se desarrolla en lugares que la mayoría no ve” (reforzado con imágenes de “pánico”, “hundimiento”, “desplome”, “estampida” ante “el contagio que se extendía”).- Aunque hay “sistemas financieros, como Marruecos, cuyo sistema financiero no está contaminado” (Abdeslam Baraka, ex ministro marroquí, EP-13/10)

“Eso dañaría los beneficios, pero ahora los beneficios importan menos que la supervivencia

“La salud de la Banca es la que nos garantiza estabilidad” (ministro chileno de Hacienda, EP-2/11)

“Grandes dosis de inyecciones de liquidez” para “alimentar los flujos de capital”, “regenerar los fondos monetarios” y “potenciar las reservas de los depósitos”

“Hay que bajar nuestro ritmo de consumo y de inversión, un mecanismo de autodefensa de la economía para volver al equilibrio” (José Carlos Díez, economista jefe de Intermoney, EP-2/11)

“El diagnóstico no deja lugar a dudas para el FMI”

“Nadie salva su vida si se le colapsa el sistema arterial, sin que circule la sangre, sin sistema financiero que permite que las transacciones y las decisiones económicas vayan más allá del mero trueque (…) No basta, en estos casos, con medicina paliativa. Se requiere cirugía. Y de urgencia.” (Josep Piqué, EP-Negocios-5/10)

“La sangre dejará de fluir en el cuerpo de la economía y el paro cardíaco será inevitable. En todo caso, las secuelas sobre las funciones del cerebro estarán servidas” (Abdeslam Baraka, EP-13/10)

“La bolsa española empieza a despedir un olor a muerto que mata, la verdad. Aroma que desprenden compañías que no son ya sino cadáveres andantes que avanzan fatigosos…”

Tras las inyecciones de capital y retirada de activos tóxicos por los Estados europeos y estadounidense, “el enfermo responde”.- “Incentivos (…) para reanimar la economía”

“La depresión (…) se manifiesta en (…) la debilidad de la demanda (…) como síntoma de lo que ocurre en la economía. Desde entonces [estallido de la burbuja inmobiliaria y de las hipotecas subprime], hay muchas víctimas sin enterrar. Entre ellas, la economía real en forma de estrangulamiento del crédito (que es su sistema sanguíneo). La velocidad de la metástasis es tal que…” (Joaquín Estefanía, EP, 26/10).

Pero no todo el sistema está enfermo: “No hay que olvidarse del robusto sector de la pequeña y mediana empresa (…) Se han comprobado las ventajas de tener un sector industrial vertebrando la economía” (Horst Köhler, presidente de Alemania y ex-gerente del FMI, EP-Negocios-26/10).

“La crisis corre más que su medicina

En las construcciones metafóricas, tan significativo es lo que fuerzan a ver como lo que impiden ver6. En nuestro caso, la visión de la economía y sus agentes como seres vivos dolientes (demandas debilitadas, bolsas que sufren, activos contagiados, finanzas colapsadas, créditos estrangulados…) y necesitados de solícitos cuidados médicos (inyecciones de capital en altas dosis, cirugía de urgencia, potenciación de las reservas…), bloquea una percepción muy particular, ésa que podría ver esta economía como siendo ella misma una dolencia que padece el cuerpo social. ¿Cómo puede el propio enfermo ser él mismo, y a la vez, una enfermedad? Un puro despropósito.

En el mismo sentido, y aún asumiendo la condición de paciente para el sistema económico, esas metáforas médicas también bloquean la percepción de otros posibles diagnósticos. Si los síntomas de la crisis se narran en términos de estrangulamiento, caída, estancamiento o incluso parálisis de los flujos/fluidos que requiere el crecimiento, resulta imposible la posibilidad de que el propio crecimiento incesante del paciente fuera precisamente el origen de su mal. Cuando las peripecias de la economía se narran como las de un ser vivo, ¿no sería más propio concluir que si ese viviente crece de forma permanente, o hay algo en su interior que así lo hace, nos encontramos ante un ser monstruoso o, en el segundo caso, ante un cáncer galopante? ¿Qué clase de ser vivo es esa economía en la que un crecimiento permanente (del PIB, de las exportaciones, de la producción…) es sinónimo de salud?. ¿Será que los catedráticos de Economía están entonces objetivamente interesados en la expansión de la epidemia para ampliar su dominio como cirujanos expertos?: “Por mucho que sufran las economías liberalizadas al estilo anglosajón (…), muchas otras partes del planeta seguirán creciendo” (Jeffrey D. Sachs, director del Instituto de la Tierra de la Universidad de Columbia, EP-2/11).



De la mano invisible a la angustia de las Bolsas: neofetichismo del Mercado

La representación del sistema económico y de sus agentes e instituciones como si fueran pacientes, da pie inmediato a la generalización de su condición de persones humanas. Mediante su personificación cabal, esos entes económicos no sólo serán gente intoxicada y necesitada de transfusiones para evitar el colapso, sino gente como usted y como yo, con sus necesidades y su inteligencia, sus ansiedades y sus alegrías, sus locuras y sus deseos. Nada más propio entonces que -como le ocurriera al Dr. Frankenstein- esas criaturas se presenten ante nosotros como personas autónomas, aunque personas cuyas facultades multiplican las nuestras más allá de toda medida, reduciéndonos a marionetas movidas por su compleja sentimentalidad, sus insaciables necesidades y sus momentos de locura.

Se dan así todos los momentos típicos de la emergencia de un fetiche: 1º) Se proyectan sobre el objeto-fetiche rasgos antropomórficos, 2º) El fetiche se desvincula de los humanos que se han proyectado en él y cobra autonomía, 3º) El fetiche, de pronto, actúa como un humano sobre los humanos que ya no saben –pues lo han olvidado- que no se trata sino de su propia “esencia separada”. Y las acciones del fetiche emancipado les parecen arbitrarias e impredecibles.

P: “En 2005 vd. ya advirtió acerca de los monstruos de los mercados financieros. ¿Cómo actúa el monstruo?”. R: “(…) Lo que convierte al sistema [financiero] en monstruoso es el hecho de que, al final, ya nadie sabe quién ha comprado de hecho estos riesgos [financieros]. Y de pronto sucede algo impredecible.” (Entrevista a Horst Köhler, presidente de Alemania y ex-gerente del FMI, EP-Negocios-26/10).

“En un mundo conectado, me decía Seidman, los países, los gobiernos, las empresas, tienen también personalidad, y su personalidad -cómo hacen lo que hacen, cómo cumplen las promesas, cómo toman las decisiones (…)- es ahora su destino” (George Soros, EP-Negocios-19/10)

“Ni siquiera esas cantidades han servido para cubrir las necesidades del mercado”

“El mercado entendió que nadie era demasiado grande para evitar su caída”.- “Los mercados empiezan a percibir las diferencias entre los distintos países de la región”.- “El mercado es muy consciente de que llega la hora de la verdad”

“Los mercados financieros se mostraban ansiosos por prestar a estas familias” (Jeffrey D. Sachs, catedrático de Economía de la Universidad de Columbia, EP-2/11)

“La locura en que se han metido los mercados financieros”

“El pánico se extendía, en dos de los días más terroríficos para los mercados financieros

Alegría de las Bolsas” (Juan Ignacio Crespo, EP-Negocios-26/10).- “Angustia de los parquets”.- “Euforia de los mercados”

“El papel comercial es atractivo para los fondos” pero “los fondos empezaban a abstenerse de comprar papel comercial”

“Fue uno de esos días negros y feos del mercado

“El Ibex vive pendiente del continente”

“No era ningún secreto que la economía española tenía la guardia baja ante cualquier crisis financiera, pero nadie esperaba encajar un golpe así”

“Esos acuerdos eran necesarios por el castigo que los mercados venían infligiendo a las divisas”

“Las medidas que toman los países avanzados complican la vida de los mercados emergentes” (Dominique Strauss-Kahn, director gerente del FMI, EP-2/11)

“La crisis financiera ha demostrado que Rusia forma parte de la economía global”

“El gobierno se ha centrado en paliar la sed de liquidez que padecen las empresas” (La gráfica que ilustra el artículo de EP-9/11 podría ser, a primera vista, tanto la de la evolución del PIB como la de la evolución de las temperaturas)

Leviatán revitalizado: neofetichismo del Estado

Como vemos, se puede tranquilamente ser de izquierdas, y descreer de la mano oculta de los mercados, pero seguir creyendo en que el Ibex, la Bolsa, las empresas o esos mismos mercados se alegran, bajan la guardia, enloquecen, padecen sed, perciben diferencias o sufren castigos. La famosa mesa que, al devenir mercancía, de pronto se echa a bailar -mesa con la que Marx ilustraba el fetichismo de la mercancía- hoy forma parte de las alucinaciones de tirios y troyanos. Y de su mano saca a bailar a esa otra mesa que –como denunciara Bakunin- Marx no supo ver, aunque no era menos danzarina, esa mesa ante la que se sientan gobiernos y expertos, la de la tecnoburocracia: con ella entra también en danza el fetichismo del Estado. Este viejo fetiche, al que tantos habían ya jubilado por mor de la globalización de los fetiches del mercado, renace de sus cenizas ante la agonía de éstos. Convertido de nuevo en su paladín, él mismo se proclama llamado a salvarlo: él será quien le reinyecte los flujos vitales, quien emprenda una lucha titánica contra el huracán, quien devuelva la salud a los fetiches enfermos.

Parece que hubiera una correlación automática entre aquella visión del desbarajuste económico que lo narraba como si se tratara de fuerzas desatadas de la naturaleza y la presentación de los Estados como si fueran personas zarandeadas y amenazadas por esos desastres naturales. Ante los azotes de la naturaleza, todos somos uno: Leviatán y cada uno de los ciudadanos, el territorio y la colección de sus habitantes. Así, el efecto yuxtapuesto de toda una batería de metáforas (de naturalización, de medicalización, de personificación) y metonimias (la parte por el todo, el continente por el contenido, los representantes por los representados) consigue soldar los fetiches del Mercado y los del Estado, fundiéndonos a todos sentimentalmente con ellos, como bien refleja el recorrido que El País (EP-2/11) hace por los diferentes países / paisajes / paisanajes de América:

Brasil trata de apagar el fuego” cuando “Lula se percató de que los efectos de la crisis mundial empezaban a golpear al país”, pues “(al país) no le ha sido posible evitar el roce de la embestida”

Chile capea el temporal”.- “Chile no está inmune a lo que ocurra en el mundo (…), pero estamos muy bien preparados para afrontar ambientes muy adversos” (Presidente del Banco Central chileno).

Colombia confía en sus fuerzas”

Rusia ve las orejas al lobo”

Kuwait también sufre”.- “El pánico se ha apoderado de la economía kuwaití (…). La región ya ha recibido el contagio

“Cuando las acciones de Goldman Sachs cayeron a su mínimo en seis años, un bromista hizo sonar el himno nacional en el hilo musical; los agentes de renta fija se pararon y se pusieron de pie en posición de firmes, algunos con la mano en el corazón: lo extraño fue que precisamente en ese momento el mercado empezó a subir, y con él las acciones de Goldman” (EP-Negocios-5/10)

Augusto Comte soñaba con el día en que adviniera una “nueva religión de la humanidad” en la que habrían de converger la fuerte sentimentalidad que sólo el fetichismo está en condiciones de despertar, con la capacidad de liderazgo que sólo la clase sacerdotal de las grandes teocracias puede proporcionar y con los contenidos dogmáticos que tan sólo la ciencia es capaz de aportar (aunque, por sí sola, no pueda despertar hacia ellos el menor sentimiento, de lo que habrán de encargarse las abstracciones fetichizadas). Pues bien, las narraciones de la presente crisis dan cuenta, sin asomo de duda, de la gloriosa epifanía de esa nueva religión. Tan sólo faltan, en los anteriores extractos, las apelaciones a los particulares rituales con que cada religión del libro (católica, protestante, musulmana) aspira, en su desconfianza ya histórica, a reforzar los sentimientos que presume que el fetichismo pudiera no llegar a conmover:

“Después de los pecados llega la penitencia” (Ministro italiano de Finanzas en una reunión anterior del G-7, EP-Negocios-5/10).- Un invitado a la cena posterior añade: “Pero después de mucha penitencia vine la indulgencia plenaria; y ése es el plan de rescate” (también llamado “plan de salvación”)

“Cuando un miedo así llena el mercado, los inversores generalizan, castigando a muchos por los pecados de unos pocos”

“Lunes de Resurrección” (Titular de portada de Público, 14/10, al recuperarse el enfermo tras las inyecciones).- “Las rebajas de los tipos de interés resucitan los mercados bursátiles”

Abdeslam Baraka termina su artículo de EP-13/10: “¡Que Dios nos coja confesados!”

Vemos cómo de un día para otro desaparecen sectores enteros, (…) vemos cómo casi ha desaparecido el mercado interbancario, (…) vemos también actuaciones que yo creía que no verían mis castos ojos liberales, me refiero a nacionalizaciones de entidades financieras”7 (EP-Negocios-5/10, Josep Piqué). Por todo eso que ve, el ex ministro del PP, aún “tapándonos la nariz” y “haciendo acto de contrición en mi fe liberal”, pide a quien corresponda “que el plan salga”.

Joaquín González, fiscal, jefe de la Unidad del Consejo Judicial de la Oficina Europea de Lucha Antifraude, es extremadamente crítico (EP-17/10) con el tratamiento economicista que se le está dando a la crisis. La creencia en la metáfora de la mano invisible se ha revelado una falsa creencia: “Pese a su elevación a los altares por la economía clásica, este sagrado principio no ha podido evitar las hambrunas que con rigor bíblico han azotado a la humanidad”. Es una creencia tan falsa que incluso ha tenido que recurrir a lo que había satanizado, como única fuente posible de salvación: “La antaño mano invisible se ha tornado hogaño en fuente del maná con que allegar recursos a los más necesitados, incluidos los pobres pecadores de la especulación. En penitencia habrán de recibir la transfusión de recursos, allí donde las reglas de la competencia estarían reclamando la piadosa extremaunción”. ¿Dónde depositar entonces la fe perdida, en qué refundar la creencia desfondada? “Apartemos de una vez esa farsa económica (…) y confiemos en el derecho, encarnación de los valores (…) Un Estado reconstruido. El Estado, esa vieja creación política de la edad moderna (…) puede verse revitalizado ante el fracaso o la inexistencia de órganos de control supranacionales”. Ese tira-y-afloja entre Estado y Mercado no puede dejar de recordar el que se dió entre católicos y protestantes en torno a cuál de los dos encarnaba el auténtico cristianismo. La disputa está ahora en torno a cuál de los dos fetiches es la auténtica “encarnación de los valores” modernos y civilizatorios. El común tronco religioso de ambos reclamos de autenticidad se manifiesta en las metáforas que comparten, por debajo de las metáforas secundarias que les separan (“mano invisible del Mercado” vs. “cuerpo de la Nación”). Así, nuestro católico/estatista parte también, como el protestante/mercader, de la existencia de “virus, sidas económicos”, observa también la necesidad de “transfusión de recursos” y concluye así mismo la urgencia por “revitalizar” al enfermo. Sólo difiere en la identificación del enfermo y del enfermero, en si la regeneración y la salvación vendrán de un “Mercado saneado” o de los “órganos del Estado”.



Los sacrificios que los números exigen: neofetichismo de la razón

Pero bajo las aparentes diferencias entre mercaderes conversos y estatistas confirmados en su católica fe, entre quienes sacrificaban a unos u otros fetiches, un fetiche más antiguo y poderoso, compartido por los unos y los otros, reclama para sí la parte del león de ese botín en que se ha convertido tanta fe perdida y, al parecer, por nadie encontrada. Se trata del fetiche de la Razón. Por encima, o por debajo, de tanta irracionalidad desatada, de finanzas huracanadas y bolsas aterrorizadas, de unas preferencias ideológicas u otras (más o menos Mercado, más o menos Estado), debe imponerse la razón. Sólo ella puede decirnos lo que hay que hacer, sólo sus decisiones están lo bastante libres de prejuicios como para movernos a aceptar las renuncias y sacrificios que la razón exige. Pocas apelaciones tan explícitas a este super-fetiche de la modernidad como la de Josep Ramoneda (EP-26/10), cuando asume las preguntas fundamentales que formulara el premio Nobel J.M. Coetzee: “Estamos dispuestos y preparados para poner en práctica lo que la razón nos dice? (…) ¿Estamos de verdad dispuestos a hacer los sacrificios que la razón pide?”. Y en un alarde de ceguera hacia los propios fetiches, aclara: “Las dos preguntas de Coetzee tienen la ventaja de no dejar espacio a la demagogia; simplemente son una invitación a reflexionar, sin trampas.” Y es que seguramente el creyente en la razón puede oír “lo que la razón nos dice”, puede acudir solícito a lo que “la razón pide”, y puede incluso sentirse llamado a predicar los sacrificios que la tal razón –como todo dios que se precie- exige. Por creer, el creyente moderno seguro que hasta cree, sin el menor asomo de duda, que lo que de ahí surge es una invitación a reflexionar “sin trampas”.

De hecho, el fetiche de la Razón ya había empezado a vaticinar el caos que se avecinaba, y lo hacía bajo el aspecto de su avatar más puro y sagrado, la razón matemática: “Las cifras ya empezaban a mostrar que las cosas no iban tan bien”. Por haber desoído su oráculo, nos vemos ahora abocados a lo que el corresponsal de El País en Washington no vacila en llamar “una avalancha de tenebrosas estadísticas”. Muy mal tienen que estar las cosas cuando hasta los propios números, tan puros y ordenados ellos, se muestran tenebrosos, se precipitan en avalanchas y corren a exigirnos sacrificios sin cuento. Y es que los números cantan.

(Próxima publicación en Archipiélago)



1 Sobre cómo los imaginarios sociales se manifiestan en las metáforas que cada grupo social da por descontadas, véase E. Lizcano, Metáforas que nos piensan. Sobre ciencia, democracia y otras poderosas ficciones, Bajo Cero / Traficantes de sueños, Madrid, 2006 y “La metáfora como analizador social”, Empiria, 2(1999):29-60.

2 La mayoría de las citas corresponden al mes de setiembre y provienen de la prensa salmón: expertos en ‘ciencia económica’, que hablan en tanto que expertos. La muestra seleccionada no pretende ser representativa, aunque creo que cualquier lector puede constatar la abrumadora reiteración de las expresiones metafóricas aquí mencionadas. Para aligerar la lectura he suprimido, salvo excepciones, las referencias a las distintas fuentes. (La referencia EP lo es al diario El País). Las cursivas empleadas para destacar metáforas son mías.


3 Construido el hundimiento como un naufragio, nada más natural que surja la necesidad de un plan de rescate, plan cuyos efectos retóricos se sumarán a los del plan de salvación que reclamará la metaforización médica.

4 No eran avalanchas cuando los mismos clientes hacían grandes colas para depositar esos mismos ahorros. Como tampoco son avalanchas, sino “gran afluencia”, los millones de turistas que llegan a nuestro país, pero sí lo son esos pocos cientos que lo hacen en kayuco o en patera.

5 El propio nombrar la situación como “crisis” ya tiene inmediatas connotaciones patológicas. Derivado del término griego krisis, ‘decisión’, se extiende a cualquier momento o situación decisiva y, en particular, a una de las primeras acepciones de los diccionarios: “Cambio notable en el curso de una enfermedad”.

6 La fe, decía más o menos Juan de Mairena, no consiste en creer sin ver, sino en creer que se ve.

7 Véase nota 6 sobre el creer, según Juan de Mairena, como “creer que se ve” y, al parecer, también como “creer que se huele”. También a Tom Fitzpatrick, del departamento de divisas de Citygroup, la fe –o mejor, su pérdida- le produce sensaciones olfativas: “Algo huele muy mal en la crisis del sistema bancario” (EP-Negocios-5/10).





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