Índice resumen 5 introduccióN 6 preámbulo 9 la desmaterialización de los actos 9



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1.4.A manera de conclusión.

El punto de partida radica en entender que la desmaterialización en términos amplios apunta a un proceso de rearticulado o reacomodo del derecho vigente a las particularidades técnicas y operativas de los nuevos soportes de la información, mas no a la creación de un derecho nuevo ni mucho menos a la supresión del ya existente, aunque reconocemos la probable creación de nuevos mecanismos adjetivos. Esto es lo que podemos llamar “reestructuración” del derecho, tras seguir el lúcido análisis que realizara Cándido Paz-Ares8, a raíz de la dogmática circundante a los “título-valor” en el derecho español y que sugiere un diseño teórico más amplio.


El desafío consiste en elucidar el modo en que nuestra disciplina ha de tratar los conflictos planteados por las nuevas tecnologías de la información y la informática. A nuestro juicio, la delimitación de las cuestiones estrictamente jurídicas está dada por ciertas normas elementales de convivencia social que el ser humano se ha dado a lo largo de la historia y que nosotros englobamos en los Principios Generales del Derecho. Luego, para abordar esta regulación de forma adecuada, hemos de atender a los fines o valores que el Derecho está llamado a cumplir. Por cierto, el tema genera una discusión tan agitada como antigua, ya que es lícito preguntarse si existe un fin único, como la justicia, o si son ellos varios, como el bien común, la paz o el orden social, entre otros que se ha intentado identificar; y esto sin contar aquellos que consideran que la justicia no es una finalidad del Derecho, por lo que queda claro que esta discusión incide en el concepto de Derecho que podamos tener. Nosotros hacemos propio aquel que sintetiza el profesor Nelsón Reyes, y entendemos por tal un “ordenamiento normativo de naturaleza imperativo-atributiva y coercible, dirigido a regular la conducta social con el fin de crear una convivencia pacífica, segura y justa y que se manifiesta principalmente a través de la forma de leyes, sentencias y costumbres”9.

CAPÍTULO I

DEL DOCUMENTO

En el momento actual el documento como receptáculo de la información –esta última, un bien intangible por naturaleza– parece adscribir igualmente a la categoría de inmaterial, para tornarse en un bien intangible “por destinación”, si se nos permite alguna suerte de analogía. Alguien dijo que el documento se ha hecho virtual, pero esta expresión, en extremo socorrida, alude a aquello que tiene existencia aparente y no real; y como sea que el pensamiento necesita fijeza, no cabe relegar la cosa que es el documento a la categoría de lo no-real. Asimismo, esta categoría es inaplicable en el terreno de la creación intelectual, del entendimiento y de las ideas. ¿Qué ha ocurrido, entonces, para llegar al punto en que un etéreo conjunto de bits puedan ser considerados como un documento? Parece que nada especial, salvo, quizás, que la nuestra es una sociedad un tanto más compleja. En efecto, el documento nació como una forma de preservar la información de modo de salvar los escollos que desde siempre ha planteado la fragilidad de la memoria humana. Esta utilidad está presente a lo largo de nuestra evolución, no obstante, algunas civilizaciones han desarrollado otras diversas, tras manipular la información con un mayor o menor grado de complejidad. En este capítulo veremos algunos aspectos de la relación entre Derecho, documento y la idea que éste representa. Examinaremos el documento en general y el documento escrito en especial para tratar de entender su importancia jurídica.



1. NOCIÓN.

Etimológicamente, la palabra documento proviene del griego dek, correspondiente al verbo latino docere, “conocer”, “instruir”, de donde proviene el vocablo documentum, que significa originalmente “lo que se enseña; con lo que alguien se instruye”10. En un sentido lato se puede traducir el verbo latino docere y el griego dékomai por “hacer ver a alguien algo claro, instruirlo”. Como quiera que conocer implica un objeto conocido, el significado literal podría plasmarse en la frase “cualquier cosa que hace conocer cualquier otra”. Por otro lado, es evidente que aquel conocimiento puede derivar también de una persona, pero en este supuesto la persona que hace conocer se llama testigo. De aquí que el significado documento se haya reducido a “cosa que hace conocer un hecho”. Sin embargo, esto no es suficiente, puesto que, como observa Carnelutti, quien atiende precisamente al sentido etimológico, documento no es una cosa que sirve para docere, sino que “es una cosa que docet, esto es, que lleva en sí la virtud de hacer conocer; esta virtud se debe a su contenido representativo; por eso, documento es una cosa que sirve para representar otra”11. En este sentido funcional, amplio, Chiovenda12 señala que “documento es toda representación material destinada e idónea a reproducir una determinada manifestación de pensamiento”.



1.1.Concepto común.

El Diccionario de la Real Academia de la lengua Española13 define el documento como “diploma, carta, relación u otro escrito que ilustra acerca de algún hecho, principalmente de los históricos”. Esta definición rescata la vocación de permanencia y memoria de los acontecimientos que tiene el documento, pero no reúne los caracteres que permiten revestirlo de juridicidad, porque la noción común o usual no se refiere para nada a determinados efectos jurídicos, y puede aludir a la historia, a la política o a las relaciones sociales en general. Por ello, en doctrina se ha discutido si el ámbito de aplicación del documento se extiende a cualquier hecho o, por el contrario, si el hecho ha de ser jurídico. Parece que al ser la función de documento siempre representativa, no hay razón para limitar el hecho a que se refiere, y si el hecho no es capaz de producir efectos jurídicos, lo único que ocurrirá es que el problema, desde el punto de vista metodológico, habrá que desplazarlo hacia el campo de los derechos reales o a la teoría de las cosas, pero no a la esfera de la forma ni de la prueba en el proceso.






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