Niñez y juventud



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PIPO PESCADOR. CUARENTA AÑOS CON LOS NIÑOS.

AUTOBIOGRAFÍA COMENTADA Y CRÍTICA.

Desde 1946 a 2012

Saludo Inicial



Niñez y juventud

La biblioteca

La profesión de mi padre

El palacio

La Academia

Los aviones Piper

Las Casuarinas

Julia Sobral

El piano

Los cuentos de Cacha Doello

La quinta de Molinari

El Magnasco

El teatro estudiantil

Volga-Deutsche

El barco vikingo enterrado

La Escondida

El acordeón

Los títeres de garage

La creciente

Las burlas

La tía carmelita descalza

Las casonas de los tíos viejos de mamá

El Caserón de Lapalma

El coro del padre Fiorotto

Bariloche

La radio


El fabuloso jardín de María Mindeguía

Miguel Ángel Chacón

María de los pájaros

Pipo monje

Las carrozas

Reflexión final sobre mi niñez



Tiempos de estudiante de Bellas Artes

La Plata en los sesenta

Saulo Benavente

Pipo clavando clavos

El Teatro Argentino

La Cueva de Felipe

El Mesón Español

Profesor de música en los jardines de infantes

Cine mudo en Bellas Artes

Mochilero

Juventud en Buenos Aires y Villa Gessell

Trovador


Jacques Prevert

Averiguación de antecedentes

Pipo y la cana

Justiniano Reyes Dávila

Atahualpa Yupanqui

Dahd Sfeir

Wenceslao Varela

Egle Martin

Los sesenta

Julia Díaz Vergara

Susana Itzcovich

El grupo Caviar-Nacha Guevara

El viejo Almacén

Pipo Pescador. Inicios y apogeo

Pablo Lijtztain

El Auditorio Río de La Plata

Miguel Valencia



Anécdotas de la primera época de Pipo Pescador

Quique Flower

Niñas violentas

La rata


Espectadores en el escenario

La huída desde el cuartito debajo del ring

Dormir vestido

El niño con la pata enyesada

El avión espera

El lorito repetidor de Baradero

Los dibujos en el vidrio

La nota larga de violín

El cumpleaños del niño italiano

El pigmeo

Velas en el obelisco

Pipo Pescador frente a Perón, Isabelita y López Rega

Tres días en París, tres días en Nueva York

Comentarios de niños espectadores

El chupetín bolita

Momentos artísticos que recuerdo

Sarah Bianchi

Buenas tardes, mucho gusto

Ana Inchausti

María Boros

Alicia Bruzzo

Alicia Marengo

Marta Giménez Pastor

María Elena Walsh

Hugo Midón

Canela


Dibujos animados argentinos

Zapatos Rotos, Balá y Olmedo

Panorama infantil de los sesenta y setenta

Rocky Rock


España

Primera experiencia profesional

Lolo Rico

Blanca Alvarez Mantilla

El auto de papá con cientos de miles de kilómetros

Los niños de los años setenta

Mirta Golberg

Los programas de televisión infantiles de los setenta

Luces de mis zapatos

Los zapatos luminosos

Rosario


Niní Marshall

El disco amarillo y otros



Finales de los setenta. Empieza la guerra

La Feria del Libro Infantil

La Feria del Libro del Autor al Lector

Leer es un placer

Xuxa

Las animadoras infantiles de mini y botitas blancas



Shows para escolares

La URSS


Cartagena de Indias

Libros y discapacidad



Los años 90

La Casita del Libro

Premios y distinciones

Fabio De Tommaso

Greta De Tommasso

Giras españolas



Los niños hoy

Ciclo Buenas Noches en la T.V. Pública

Cumpleaños infantiles en la actualidad

El mundo cursi de los niños

Televisión, computadora, cine y teatro

Pipo de nuevo en la calle Corrientes

Papeleras y cartones

Pipo Pescador, una nostalgia

Aplaudir de pié

Halloween

Balance final

La Fundación Pipo Pescador

Pido disculpas
SALUDO INICIAL

Saludo a quien ingrese en estas páginas, que han sido escritas para captar momentos de de la historia del personaje Pipo Pescador, el cual constituye una parte de la historia del espectáculo infantil argentino. Tomará la palabra Pipo algunas veces y otras, Enrique, para explicar aspectos de la vida de la persona que han influido en la creación del personaje. Es difícil separar la paja del trigo. Lo que no aclararé es que es paja y que es trigo… ¡Ja,ja!

También he querido a través de ellas, manifestar mi opinión sobre realidades que me hacen feliz y realidades que me hacen sufrir. No siendo sociólogo, ni filósofo, no habrá otro lugar para contar cómo pienso. Hubiera querido organizar mis teorías en libros memorables como hizo mi admirado Juan José Sebrelli, pero no tengo rango. Está claro que la vida de Pipo ha transcurrido contemporáneamente con la de otros artistas y otras personalidades. Pipo también se ha relacionado forzosamente con la realidad política y social de Argentina. Ha cantado frente a Perón en Olivos, en tiempos del regreso del General y, cuarenta años después, en la Plaza de Mayo, frente a cientos de miles de personas, un 25 de mayo de 2011.

Durante su juventud, Enrique marchaba preso día por medio porque el pelo largo y la ropa hippie eran intolerables para la dictadura. Había que averiguar quién era y qué oscuros fines lo llevaban a vestirse en forma tan llamativa.

Mi vestuario era limpio y de buen gusto. Las “novias” de entonces me cuidaban el pelo y lo mío era más bien un lindo disfraz de teatro que una indumentaria de uso corriente.

Pipo Pescador fue invitado a marcharse del país durante la dictadura militar y regresó con el gobierno de Alfonsín para festejar la democracia.

Enrique ha corrido junto a sus compañeros de universidad por la Calle 7 en La Plata perseguido por la policía montada y ha desparramado bolitas de vidrio que llevaba en el bolsillo para que los caballos resbalaran. Eran los sesenta.

Pipo ha tocado el acordeón en el puente que une Gualeguaychú con Fray Bentos en la histórica protesta multitudinaria contra las papeleras finlandesas, junto a más de ciento cincuenta mil personas, que la prensa leal al gobierno de turno, redujo a unas pocas docenas de miles.

Advierto que en estas memorias no nombraré a nadie con quién haya tenido experiencias negativas. Nombrar es un acto de profunda significación. Tal vez sea bueno advertir a la gente que el primer paso para liberarse de la oscuridad es no hablar de ella. El lector pruebe no nombrar a alguien que le ha hecho daño y notará cómo se aleja su figura. Sólo me reservaré la nomenclatura para los seres luminosos de mi existencia, que son, al final, los únicos que merece la pena recordar. Los otros, los que me hicieron daño, los considero maestros de la vida que me han ayudado a comprenderme mejor y a evaluar mis errores. A todos les estoy agradecido, a los positivos y a los negativos. De ambos aprendí muchas cosas y sigo aprendiendo.

Será una mirada a mi vida profesional, apenas sostenida por citas de mi intimidad, rara joya que me pertenece totalmente y que no quiero regalar a nadie. Contaré con ella para que me asista y me ayude a explicar mejor algún suceso, pero la tendré siempre aparte, como los bombones que escondemos para no convidar. Que nadie se desanime, porque mi vida personal no es lo más sabroso. Igual se podrá mirar por la rendija, porque para comprender mejor a Pipo y su realidad, tendré que traer mi vida completa, la pública y la privada.

No seguiré una cronología estricta, porque esta es una autobiografía comentada y un recuerdo conecta con otro. Se mezclan situaciones que ocurrieron tal vez con cuatro o cinco años de diferencia y se vuelven pertinentes algunas citas de acontecimientos, ocurridos en medio de esos lapsos imprecisos.

Si bien todo escrito es en sí mismo una pieza literaria, no tengo la intención de redactar una novela ni un ensayo, ni siquiera una memoria de estilo cuidado y estructura moderada por las leyes de la literatura.

Mi amiga Rosa Chacel hizo de sus memorias una obra portentosa de la literatura del siglo XX… porque era Rosa Chacel... ¡Jaja!

Las imágenes van apareciendo y las vierto en forma espontánea, corrigiendo solamente la redacción para que sea más propia o los datos para que se ajusten a la realidad.

Realidad y ficción para un artista son terrenos con fronteras elásticas…

Confieso que tengo que acudir a cada rato a internet para corroborar nombres, fechas y personas. El pasado es una penumbra arbitraria y emotiva, donde siguen viviendo seres que ya no son; penumbra que desdibuja los aconteceres y mezcla piedras preciosas con pedazos de vidrio molido. Paul Ricoeur decía que la memoria no es nada sin el contar.

En 1972 entré en el mundo de la fama que llaman grande, pero cuatro años antes ya era conocido en muchos ambientes. Primero fue el teatro; yo soy hijo del teatro y eso, aunque parezca una afirmación más, es definitivo. La televisión tiene sus reglas y el teatro las suyas. No son parecidas en nada. La pantalla es pura virtualidad y el teatro es pura realidad.

El teatro es un espacio construido para hacer arte. La televisión es un espacio concebido para mostrar los sucesos en el momento en que ocurren. Ni tuvo ni tiene otra posibilidad.

Los artistas que viven en ella son objetos de consumo como un vaquero o un alfajor. Si los publicitan son consumidos y cuando los dejan de publicitar se olvidan. Lo que provocan en el público es un sentimiento que nada tiene que ver con el que provoca el arte. Es una adhesión compulsiva que los políticos han tomado en cuenta. Por eso, mueren por salir. En la televisión hay tiempo para acomodarse el maquillaje, para echarle una ojeada al libreto, para hacer un llamadito con el celular mientras está la tanda o mientras se prepara el nuevo bloque. El teatro es una batalla a muerte que empieza y termina en una hora y media, sin interrupciones. Cualquier error se arrastra durante toda la función; una mancha en el pantalón, el peinado derrumbado o el olvido de un objeto necesario. Si te olvidaste de ir al baño, aguantarás.

El cine tiene otras reglas, pero algunas en común con la televisión: el tiempo entre toma y toma es una de ellas.

En el cine se congela la edad del actor. El otro día murió Olga Zubarry. En los últimos tiempos, apenas quedaba la sombra de la Marianela adolescente. Vivirá siempre joven en sus películas. En el laboratorio podrán borrar cualquier rayón en su carita. Nada la tocará. Su belleza ya es eternidad.

En el teatro se envejece. María Rosa Gallo se cayó de una escalera en el escenario mientras interpretaba El cerco de Leningrado.

Cuando rodaba el film Luces de mis zapatos, me cambiaron el traje blanco varias veces en un día. Un traje blanco en el escenario sólo puede ser cambiado a toda velocidad entre cajas, con ayuda de un vestidor.

Empecé en Canal 13 como titular de un programa, en 1972. Naturalmente, ocupé el lugar de una artista que fue desplazada. El recuerdo que ella tendrá de mí no será grato. Yo lo sé y lo asumo, pero el mundo del espectáculo es así, mueren unos para que vivan otros. El espacio es un bien que no siempre puede compartirse.

Con los buenos auspicios que regala una carrera genuina, amasada en varios años de lucha y en un ascenso lento y firme, aparecí en la televisión y mi cara se grabó en el recuerdo de millones de personas que aún hoy no me olvidan y reconocen sus rasgos, cuarenta años mediante.

La vida me lanzó todos los perros a la vez. Tenía veintiséis años.

Lo que viene después es torbellino, bendita confusión de existir.

Se desvaneció la frontera entre la persona y la figura. Por años no supe bien qué pertenecía a una y a otra. No sabía si me querían a mí o al artista de la televisión. Una vez tuve un accidente y mientras me llevaban en la ambulancia, el chofer cantaba El auto de papá como si fuera a un festival.

Pipo y Enrique estuvieron tan enredados que he tenido que cortar el nudo con la espada.

Fue a partir de ese momento que empecé a vivir la inestable vida de los artistas que aparecen en los medios. Todo el tiempo tienen que ejercitar su autoestima porque el rating los aloja y los desaloja constantemente de sus espacios. No tienen nada, no son nada; lo tienen todo y son todo. Tardé mucho en comprender que yo era una persona cuyo valor no dependía de la audiencia. Me costó mucho esfuerzo independizarme del éxito y del fracaso, al decir de Kipling, “esos dos impostores”.

Es duro ser un producto que se fabrica y se deja de fabricar, un número en los despachos de los gerentes. Nunca sabremos si es verdad o mentira que el público nos elije o nos olvida. El teatro es el único termómetro que funciona bien: la gente va o no va a verte. La televisión es gratuita. En el teatro hay que gastar dinero. Los artistas cuestan. La televisión es culpable de haberle hecho creer a la gente que la actuación de los artistas es gratuita y eso se siente en las boleterías. El público no quiere pagar.

Mi termómetro siempre me mostró fiebres. Colmé teatros durante décadas. Con el empresario Julio Gallo, propietario del teatro Astral, recordamos el cartelito “No hay más localidades” colgado casi de forma estable en la boletería. El era un muchacho que estaba aprendiendo a manejar la bella sala deco que luego heredó de su padre. Tengo una foto donde está asomado a la ventanita de boletería con cara feliz junto al cartel bendito que hace soñar a los productores.

Gracias a la fama, logré caminar por Buenos Aires como caminaba por Gualeguaychú, conocido por todos, quitándole a la gran ciudad su ferocidad para hacerla amigable y familiar como el pueblo de mi infancia.

Es una rara y agradable sensación la que se siente cuando uno sube a un taxi y el conductor (aún hoy) pregunta: ¿Adónde va, Pipo? o ¿Cómo se llamaba su nieta?

Escribo con ilusión, esperando que los lectores puedan disfrutar de algún párrafo, porque mi existencia siempre fue rica en experiencias y me pasaron cosas inauditas. Trataré de acordarme de todo. No es seguro que lo logre, por lo que pido disculpas a los que queden fuera de estas memorias, simplemente porque algún día tendré que darlas por finalizadas y no podré agregarlos. Hace casi un año que escribo y escribiré tal vez medio año más.

Se combinan escritos del año 2011 y del 2012, porque ocuparé esos dos años, en concluir este texto. Completo sucesos y salvo omisiones. Me despierto a la madrugada y corro a mi Mac para corregir o agregar algo. Un día bajaré la cortina. No es la idea llevar una bitácora de navegación. El tema es lo que le pasó a Pipo Pescador y Pipo Pescador ya no existe más que en las crónicas. Es pasado.

Llamo comentada a esta autobiografía porque, como reza el título, en ella verteré opiniones. Está claro que esas opiniones son las que tengo hoy, a estas alturas de mi vida. Ahora hay tiempo para pensar y puedo distraerme en reflexionar antes de moverme. Felizmente en mi juventud hacía primero y reflexionaba después. Eso me permitió lograr muchas cosas que modificaron mi existencia para siempre. Gran parte del mundo está construido sin planificaciones. Si pensás mucho no hacés nada. Siempre habrá múltiples razones para quedarse quieto.

Tener hijos, emigrar, intentar concretar ideas chinas, tatuarse, entregarse a la actividad política partidaria y viajar sin dinero, son cosas que sólo se pueden hacer si no se analiza demasiado.

El presente mirará al pasado con sus ojos nuevos y seguramente lo reinventará, porque el pasado no existe y siempre aparece cernido por la verdad de hoy, que lo transforma y lo condiciona. Eso es insoslayable. Estos textos serían valiosos si los hubiera podido escribir en los momentos en que transcurrieron los hechos, hablando con la voz de entonces.

En un azulejo del patio de mi casa de Palermo que vendí recientemente, conservé durante muchos años una inolvidable frase de Goethe: “Die Tönne verhallen, aber die Harmonie bleibt” (Los tonos se extinguen, pero la armonía permanece).

De acuerdo a esa sentencia, espero poder mantener viva la armonía de cuarenta años de carrera artística y brindar al lector un vuelo placentero sobre la compleja geografía de una actividad a la cual he dedicado toda la energía que me fue dada para esta existencia.
NIÑEZ Y JUVENTUD
Narraré brevemente mi vida, para dejar claras cosas básicas que el imaginario popular puede haber cambiado. A la gente le fascina pensar que los artistas procedemos de lugares mitológicos. Recuerdo que Nélida Lobato me decía que le habían inventado un romántico origen gitano y decían que el que fue su marido la había raptado de las carpas, hechizado por su belleza.

Con el inefable Oscar Aleman pasaba lo mismo: el virtuoso guitarrista del Casino de París, compañero de Josephine Baker, de Louis Amstrong y de Duke Ellington, enredado en extrañas leyendas que lo hacían originario de los arrabales de Nueva Orleans o de los barrios oscuros de Nueva York, había nacido en Resistencia, en el Chaco.

Que sepa el lector que origen tengo y donde transcurrió mi niñez y juventud. Nací en Gualeguaychú (Entre Ríos). Mi padre, Agustín Fischer, era hijo de alemanes de Hamburgo por su padre y de Volga-deutsche por su madre, y se había criado en las colonias, hablando en alemán. En la Iglesia Luterana de la ciudad de Hamburgo, en la comunidad de St. Michael, he encontrado el acta de bautismo de  Ernst August Franz Fischer, nacido el 1° de Diciembre de 1881 y cuyos padres eran August Peter Fischer y Augusta María Elizabeth Wulf. Ernst era mi abuelo. Este es el origen de mi familia alemana.

Mi abuela Margaritte había nacido en Saratov en Rusia, bajo bandera alemana, según un convenio que existió desde antiguo entre la Renania y Rusia. Ese convenio se firmó en un salón del castillo de Mannheim, a minutos del pueblo donde hoy vive mi hija, Sandhausen.

Mis bisabuelos llegaron a la Argentina atraídos tal vez por la Ley de Inmigración de Nicolás Avellaneda, acompañados de sus hijos, entre los que estaba mi abuelo niño. Su religión era el protestantismo luterano, que mi padre cambió al catolicismo para casarse con mi madre, que puso esa condición y no estaba dispuesta a resignarla. Con esto queda claro que mi origen alemán se remonta a gente del siglo diecinueve. Mi familia ya lleva ciento cuarenta años aquí.

Alemanes del Volga por un lado y alemanes de Hamburgo por el otro. Mi abuelo tiñó mi sangre de negro, rojo y dorado. Oscuridad, pasión y esplendor. Tal la bandera de su tierra originaria, hoy mi tierra también, gracias a la nacionalidad que me ha regalado Alemania. Curiosamente, hoy mi hija Carmela y su familia marchan a vivir a Alemania. ¿Podría llamarse “demigración” a ese fenómeno?

Mi madre era de una familia afincada en la provincia desde antiguo. Su padre se llamaba Jesús Larrama y su madre Vielmina Rossi. Ambos descendían de criollos e italianos inmigrados a finales del siglo diecinueve. Mamá tenía una dulce voz y a veces cantaba en la iglesia como solista o en los coros de la parroquia. Se llamaba Elba Leonor Larrama y su apellido ya figura en los archivos viejos de Colonia, en el Uruguay, de donde creo que provenía su estirpe rioplatense. Enamorada de la vida, prolongó su romance con ella hasta los noventa y cuatro años. Se tuvo que marchar porque era un poco tarde, pero con gusto se hubiera quedado un rato más.

Hay algo curioso que no ocurre frecuentemente. Mi padre y mi tío Felipe eran hermanos y mi madre y mi tía María Felisa también. Dos hermanas casadas con dos hermanos. Primos-hermanos, abuelos comunes. Casi puedo decir que tuve además de mis tres hermanos, cuatro hermanos más… como tales los trato hasta el día de hoy. Mis hermanos son: Cristina, Jorge y Mario; mis primos hermanos, Raquel, Horacio, Ernesto y Eduardo. Además de ellos, una pléyade de niños de la familia, llenaron mi infancia de juegos y buena compañía.

Fui un niño flaco, un poco descolorido, de pelo rubio y aspecto desnutrido. Tenía piernas largas y rodillas leves. Durante mi niñez, bebí de ricos manantiales. Me referiré a los más significativos.
LA BIBLIOTECA

La Biblioteca Popular Sarmiento fue y sigue siendo un espacio perfecto de mi vida. No me puedo entender a mi mismo sin la memoria de la prodigiosa fragancia de su ambiente. Esta casa no solamente huele a libro antiguo. Huele también a la primera e íntima aventura de leer por el puro gusto de hacerlo. Tartarín de Tarascón, Sandokán, el tigre de Mompracem, Mobi Dick, El viejo y el mar, El prisionero de Senda, La cabaña del Tío Tom, 20.000 leguas de viaje submarino, Las mil y una noches, La planta de naranja-lima, Corazón y otras entrañables páginas, eran solamente entrecortadas por el constante rechinar de la puerta de la esquina, la tos ronca del pintor Irigoytía, que prácticamente vivía allí, o los amables chistidos de Enriqueta Burlando, la bibliotecaria, sentada en su trono, enmarcado con vasos de flores que los niños traíamos constantemente y oficiaban de luminosas mensajeras de las estaciones.



Los cuentos de Perrault en ediciones de cartón entelado y Las aventuras de Bomba, completan el idílico universo de papel impreso.

El asombro de la primera página sólo puede compararse con el asombro de la primera vela que la sabiduría sufi enciende en el oscuro salón. Será necesario encender mil velas a la vez para repetir la emoción de ese instante que torna la tiniebla en visión.

Los dedos tocando la ordenada música del fichero, la temblorosa firma en el libro de préstamos y nos podíamos llevar el río Amazonas a nuestra casa.

Enriqueta conocía bien a los chicos y sabía perfectamente qué debía recomendarles para que su incipiente interés por los libros se afianzara. Mi corazón de niño palpitará por ella eternamente. Hubo tiempos en que empezaba a leer los estantes enteros de una punta a la otra, sin saber lo que leía.



El amante de Lady Chatterley, un libro erótico de principios del siglo XX, fue leído por mí, a la par de Mis Montañas de González o Chico Carlo de Juana de Ibarbourou.

Para un niño nacido en 1946, esa lectura equiparaba los vuelos del internet más aventureros y lo llevaban a la estratósfera de la imaginación desatada, sin escalas. Leer es escuchar. Leer es jugar en la serenidad. Leer es construir en soledad edificios intelectuales y emocionales que jamás podrán ser demolidos.


LA PROFESIÓN DE MI PADRE

Mi padre era rematador de hacienda, y esa profesión le permitió tratar a estancieros que alternaban la vida en el campo con la vida en Buenos Aires. Los estancieros se vestían de otra forma que la sencilla gente de provincia, viajaban al extranjero y solían traer regalos. Recuerdo un auto de juguete con sistema de avance independiente por fricción que hizo furor entre los niños del pueblo y había sido comprado en Nueva York.

También había algunos alemanes inmigrantes (elegían a mi padre por el idioma) de distintos orígenes políticos y sociales con quienes papá trataba la compra y venta de novillos. En mi niñez fui deslumbrado por el encuentro con esas gentes cosmopolitas y refinadas, que me hicieron soñar con un mundo diverso.

Las visitas a las estancias eran obligadas una vez por semana, porque había que comprar novillos para los remates. Recuerdo la infantil emoción con la que ingresé en el enorme parque lleno de cisnes de la estancia San Pedro de los Campos Urquiza. Papá debía hablar con la “niña” Haydee. Yo esperaba ansioso el momento de conocer a mi compañera de juegos de aquella tarde, pero Haydee había nacido en 1892 y en la década del cincuenta tenía más de sesenta años. Era hija de Justa de Urquiza y por tanto nieta del prócer amado por los entrerrianos.




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