Número 5 Año 2003 Informaciones y análisis sobre el movimiento



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La recuperación de los movimientos de masas en Italia


1. Las jornadas de Génova, en julio de 2001, durante los cuales centenares de miles de personas se manifestaron junto a los movimientos de jóvenes, del sindicalismo de clase, de los comunistas, marcaron en Italia el comienzo de una fase de importante recuperación de los movimientos de masas. Aún cuando el hecho no sea exclusivamente italiano, la intensidad y la amplitud de este despertar son de destacar. Como se produjo anteriormente, durante los años 68 y 69, en una coyuntura histórica totalmente diferente, el despertar del mundo de la juventud, que después de dos décadas de letargo ha reencontrado la vía del compromiso político y cívico, arrastrando a las calles a un conjunto variado de actores sociales a los que se sumó, como por contagio, en el espacio de algunos meses, la irrupción en la escena de los conflictos obreros. La sucesión de acontecimientos es significativa. Es como si el accionar de las palancas “pesadas” del conflicto social, el despliegue de recursos y contradicciones de clases que se mueven a través de la total implicación del mundo del trabajo, hubiera sido, de alguna manera, preparado (o la menos precedido) por un cambio del clima político general: un cambio inducido por movimientos de protesta no necesariamente caracterizados por una clara opción anticapitalista, pero, en todo caso, refractaria a la escala de los valores dominantes y crítica de los efectos perversos del orden social establecido. Se puede decir que la función “anticipadora” de estos movimientos se ha expresado, más que en el plano de las conciencias y de la claridad de los contenidos, en la recuperación general de la idea de que “las cosas pueden cambiar”, de que la realidad es susceptible de transformación, y al mismo tiempo en una radicalidad nueva de las formas de lucha.

2. Desde el punto de vista de la participación activa, sin duda las manifestaciones de Génova contra la cumbre del G-8 representaron un giro y mostraron las potencialidades de la movilización, inhibida desde hacía mucho tiempo. Independientemente del papel esencial de los militantes de Rifondazione Comunista, y en la huella de una renaciente protesta estudiantil, en esta ocasión se manifestó un frente asociativo compuesto y amplio, dentro del cual actuaron sectores preponderantes de inspiración ético-solidaria, grupos comprometidos en la cooperación internacional y los distintos componentes del espectro ecológista. Y sobre todo es de destacar, junto a la compacta presencia del sindicalismo no confederal (COBAS, Representación de Base y otros), la significativa adhesión de la FIOM-CGIL, la federación de metalúrgicos del mayor sindicato italiano1

Por otra parte, las jornadas de Génova sirvieron para medir la regresión represiva de los aparatos policiales italianos. Estos aparatos estaban en activo desde hace mucho tiempo pero, con un gobierno de derechas y con una supervisión general de carácter supranacional, alcanzaron el máximo. Las escenas de violencia policial desencadenadas en Génova dieron la vuelta al mundo. No es exagerado afirmar que el desenlace de la manifestación, en la que desgraciadamente se produjo la muerte del joven Carlo Giuliani, podía haber sido todavía más dramático.

De cualquier manera, el intento de criminalizar la iniciativa fracasó. Unos días después de estos acontecimientos se volcaron a las calles de las principales ciudades italianas centenares de miles de manifestantes. Esta vez fue todo “el pueblo de izquierda” el que se sublevó y expresó explícitamente su apoyo “al pueblo de Génova”. No fueron simplemente los jóvenes de 20 o 30 años, no sólo los militantes y las generaciones del “nuevo movimiento” sino los numerosos rostros de la Italia democrática, más o menos comprometidos y más o menos decepcionados políticamente. Todavía queda en este país, junto a una notable “mayoría silenciosa” de inclinación “populista” y de derecha, una amplia opinión democrática y progresista, dispersa y desorientada por causa de la deriva de los partidos de izquierda históricos, en particular el PCI, PDS, DS, y su mutación neoliberal durante la última década. El desarrollo de los movimientos de masas de los jóvenes, de Seattle a Génova, sirvió de catalizalizador para reanimar políticamente a los menos jóvenes y descubrió a los más jóvenes el gusto por el compromiso político.

3. Hablando con propiedad, hay que señalar que estas potencialidades no se tradujeron de manera inmediata en los organismos de movimiento. La estructura que organizó y dirigió las movilizaciones, formada por el conjunto de los representantes de las realidades asociativas y de las fuerzas sociales –el Foro Social de Génova- decidió autodisolverse para promover una coordinación desde la base, buscó la implantación territorial y se orientó hacia la conexión entre los temas globales y la iniciativa política local. Tras el impulso inicial se entabló una compleja tarea de mediación entre una gama de actitudes políticas diferenciadas, al extremo de las cuales se colocó, de manera emblemática, el radicalismo de la calle, “los desobedientes”, inspirados principalmente por las teorías de Antonio Negri y Michael Hardt sobre “el imperio”, y las orientaciones moderadas de los diferentes grupos asociativos de la solidaridad, menos dispuestos a seguir una escalada conflictiva y de enfrentamientos de calle. Sólo en algunos casos, y de manera preponderante en los pequeños centros de provincia, los foros sociales territoriales han funcionado de forma efectiva, como organismos de movimiento socialmente arraigados y como vectores de amplia participación. Por el contrario, en la realidad de las grandes ciudades han acabado reducidos a pequeños parlamentos esclerotizados, en lugar para arreglo de divergencias entre los diferentes dirigentes locales y nacionales.

Después del 11 de septiembre, los temas globales tomaron en Italia una fisonomía más precisa: tras la declaración de la caza sin cuartel al terrorismo internacional, emergió con más claridad la vocación de la globalización capitalista por la guerra y la función imperialista de los EEUU, verdadero centro propulsor de una guerra que se anunció “infinita” tanto en la duración como en los objetivos. Una semana después del comienzo de los bombardeos a Afganistán, el 15 de octubre, respondiendo al llamamiento de los organizadores, en nombre de la Paz y contra el terrorismo, se sumó a la marcha Perugia - Assis un amplio abanico de fuerzas, desde los partidos de centro-izquierda hasta Rifondazione Comunista y el Movimiento Antiglobalización, con presencia fuerte y visible del mundo católico. Un impresionante río de personas, estimado entre 300 o 400.000, se derramó a lo largo de los 25 kms. de recorrido hasta inundar y paralizar la ciudad. El “NO A LA GUERRA” fue la consigna de la manifestación. El “país real” mostraba así que no siempre se corresponde con la representación dada a las mayorías parlamentarias: incluso los sondeos publicados en esta oportunidad confirmaron que una amplia y mayoritaria fracción de la opinión pública no se había dejado convencer por la propaganda del gobierno de Berlusconi. Todavía no había pasado un mes cuando, el 10 de noviembre, con ocasión de la celebración de la cumbre anual de la FAO, el movimiento dio una nueva prueba de su fuerza, dándose cita en Roma, en protesta a una reunión organizada por las derechas y con una gran refuerzo de medios en apoyo a la guerra de Bush. El enfrentamiento directo, en la calle, mostró de manera significativa los términos de la relación de fuerza: 20.000 personas respondieron al llamamiento del gobierno. 120.000 desfilaron tras las banderas del Foro Social, confirmando que, como expresa la Constitución de este país, “Italia rechaza la guerra”.

4. Hasta finales de 2001 y primeros de 2002, la capacidad de movilización de masas del “nuevo movimiento” no se había atenuado, oponiéndose, también en las calles, a la discusión parlamentaria de la propuesta de Ley Bossi-Fini para limitar los derechos más elementales de los inmigrantes extracomunitarios, y alimentando la protesta estudiantil que, unida a la fuerte movilización reivindicativa de los profesores, hizo crecer en el país la oposición a los proyectos de privatización de la oferta de formación en las escuelas superiores y en la universidad.

El carácter supranacional del movimiento de Génova influyó en el desarrollo de las dinámicas sociales nacionales, estimulándolas y al mismo tiempo convirtiéndose en parte integrante. En este terreno hizo irrupción la fuerza organizadora de los trabajadores, el conflicto generalizado entre el capital y el trabajo. El 16 de noviembre de 2001, más de 100.000 metalúrgicos invadieron las calles de Roma, uniéndose a la huelga general categorielle, convocada por la FIOM CGIL que no aceptó la limosna propuesta en el momento de la renovación de los convenios colectivos. La UILM y la FIM, los otros dos sindicatos categorielles más representativos, adheridos a la UIL y a la CISL respectivamente, se separaron del movimiento, síntoma del desmoronamiento de esta unidad sindical construida en los años 60 para fortalecer a los trabajadores y que durante las dos últimas décadas ha funcionado como una camisa de fuerza, consagrándose a la llamada “concertación” institucionalizada entre interlocutores sociales. El impacto político de este despertar obrero ha sido consecuente: tras un largo periodo de adormecimiento de las luchas ha aparecido una nueva generación de metalúrgicos, junto a sus camaradas más viejos, invalidando la tesis de los que, incluso en la izquierda, habían profetizado “el fin del trabajo”, o más sutilmente, la desaparición de la centralidad de la contradicción entre el capital y el trabajo, para afirmar la primacía innovadora del “movimiento antiglobalización” sobre el movimiento obrero. Se trata de una señal importante en el más clásico terreno de los conflictos de clase. Presos entre el mecanismo de las tasas de cambio fijo y las necesidades de la competitividad internacional, los patrones acariciaban desde hacía tiempo la idea de un arreglo de cuentas general con el mundo del trabajo: flexibilización total del trabajo, fin de los convenios colectivos nacionales, reducción drástica del papel de los sindicatos. El gobierno de los derechos no tardó mucho en deshacerse de su apariencia de populismo demagógico y, escuchando la llamada de sus referentes sociales privilegiados, se apresuró a hacer público el proyecto de abolición del artículo 18 del Estatuto de los trabajadores, piedra angular de la defensa del trabajo, que obliga a la readmisión obligatoria en caso de licenciamiento “sin causa justificada”, a todas las empresas de más de 15 empleados.

Desde finales de 2001 los lugares de trabajo estuvieron recorridos por intermitentes oleadas de protestas. Huelgas espontáneas, llamamientos autónomos de los trabajadores pertenecientes tanto al sindicalismo confederal como al no confederal, proponiendo un nuevo llamamiento a la movilización con un objetivo inmediato: la convocatoria de una huelga general. El 15 de febrero de 2002, el sector de servicios y de la administración pública pararon: ante el empuje de la confrontación global en curso en el país, COBAS y la Representación de Base decidieron generalizar la huelga y promover una poderosa manifestación nacional.

5. Los sucesivos acontecimientos condujeron a una de las páginas más memorables de la historia del país: Berlusconi y su Ministro de Trabajo, Roberto Maroni, intentaron jugar la carta de la división de los sindicatos, presentando una serie de propuestas entre las cuales el famoso artículo 18 seguía, ningún cambio. Contrariamente a la UIL y a la CISL, la CGIL se negó a tomar en consideración cualquier hipótesis de negociación sobre este punto e incluso relanzó la huelga general haciendo pública la fecha: con o sin la UIL y la CISL, el mayor sindicato italiano decidió que el 16 de abril, el mundo del trabajo se pararía y que, en preparación de esta fecha, el 23 de marzo se celebraría una manifestación en Roma. Y así fue, la CGIL siguió adelante, incluso sola, pero de ninguna manera aislada del país real, y de la realidad de los nuevos movimientos, a pesar de las puntuales y muy graves provocaciones (el asesinato de Marco Biagi, consultor del Ministro de Trabajo, por las llamadas “brigadas rojas”, aunque de hecho de trató de grupos terroristas maniobrados por oscuras fuerzas antiobreras) Y el 23 de marzo se desarrolló en la capital la mayor manifestación de la posguerra: una marea humana de tres millones de personas llenó literalmente el centro histórico de Roma en nombre de la dignidad del trabajo y contra el libre despido. Algunos días más tarde, una huelga general, bastante secundada, paralizó la península. A finales de junio, a cambio de algunos euros de desgravación fiscal, la UIL y la CISL concluyeron un acuerdo con el gobierno por el que se suspendía temporalmente (durante tres años) el artículo 18.

Desde entonces y durante todo el año las repetidas movilizaciones han confirmado la altura y el desarrollo del movimiento de masas y su ramificación en profundidad en la sociedad italiana, en la defensa de los derechos del trabajo y contra la amenaza de la guerra. La CGIL convocó una segunda huelga general. Rifondazione Comunista recogió las 500.000 firmas necesarias para legitimar un referéndum y relanzó la propuesta de extender la cobertura del artículo 18 hasta en las empresas de menos de 15 asalariados. El gobierno tuvo que frenar su carrera contra el citado artículo 18.

Mientras tanto las protestas masivas contra la guerra han estallado de nuevo: un millón de personas desfilaron en Florencia durante las manifestaciones de noviembre de 2002 con ocasión del Foro Social Europeo. Dos millones de personas volvieron a llenar el centro de Roma el 15 de febrero, el día de la jornada mundial contra el ataque del imperialismo norteamericano a Iraq. Así el movimiento de masas confirma su fuerza y los trabajadores italianos saben que no están solos.



Bruno Steri

Miembro del Comité Político Nacional

del Partido de la Rifondazione Comunista

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