Número 5 Año 2003 Informaciones y análisis sobre el movimiento



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La NEPAD, nueva sociedad africana: desafíos y perspectivas


Lô Gourmo Abdoul

Profesor de la Universidad del Havre (Francia), delegado exterior de la Unión de Fuerzas Progresistas de Mauritania

Tras décadas de programas, planes, proyectos, iniciativas, ... de todo tipo, todos igualmente ambiciosos y... desastrosos, para sacar a África de su estado de atraso y opresión multisecular, la opinión pública africana y muchos amigos sinceros del continente habían perdido la confianza en la capacidad de sus dirigentes para definir y aplicar una verdadera estrategia común de desarrollo, diferente de las diversas y disparatadas políticas de relanzamiento económico, de crecimiento y de ajustes estructurales emprendidas por las cooperaciones neocoloniales clásicas (Francia-África) o de despliegue del capitalismo financiero mundial bajo la dirección del FMI y el Banco Mundial.

Una de las principales razones del descrédito de la clase dirigente africana en su conjunto y de las instituciones de cooperación o de integración continentales o subregionales existentes (OUA, CEDEAO1, SADC2, etc.) se debía a su falta de autonomía real frente a determinadas potencias extranjeras de las que dependían la mayoría de sus miembros; y por otra parte, a la proliferación de regímenes políticos antipopulares, dictatoriales y corruptos en todo el continente.

A partir de finales de los años 80 y principios de los 90 se producen importantes cambios políticos, gracias al arranque de procesos democráticos que revisan el modelo tradicional de relaciones de asistencia de tipo neocolonial entre África y las grandes potencias imperialistas. Nuevos dirigentes políticos y una nueva sociedad civil van surgiendo poco a poco en el escenario político y social, preconizando un enfoque distinto de las cuestiones del desarrollo, de autonomía colectiva y de integración de los estados africanos.



Génesis y acogida del NEPAD

Estos nuevos dirigentes, muchos de ellos surgidos de elecciones democráticas, al analizar el actual contexto mundial, condicionado por la aceleración del proceso de globalización y el descolgamiento del continente del resto de la economía mundial, vuelven al viejo debate abandonado de la “integración” y llegan a la conclusión de que, en la actualidad es un ámbito inevitable para la acción política y es la condición general para “el renacimiento africano”.

Partiendo de una lectura “africana” de las causas del subdesarrollo y del atraso del continente, buscan una gestión común y solidaria y emprenden iniciativas - más o menos oficialmente-, con la preocupación de que de la emulación entre diferentes proyectos pueda surgir, de manera global y consensual, una estrategia, un modelo coherente de desarrollo endógeno para África. Una concepción y una gestión que rompa con el tradicional enfoque “asistencialista”, en vigor hasta finales de los años 70 y cuyo fracaso se demostró con la crisis de la deuda y los programas de ajuste estructural neo-imperialistas de las grandes instituciones financieras internacionales.

Y es precisamente la NEPAD (Nueva Sociedad para el desarrollo de África), la primera gran manifestación de la autonomía de pensamiento y de iniciativa de la nueva generación de dirigentes africanos tras la década de los 80 –la famosa década perdida- de sumisión al pensamiento único neoliberal, arrogante y prenpotente.

El origen3 de la NEPAD se encuentra en dos proyectos que logran despertar el interés de la mayoría y acaban fusionándose: el Plan del Milenio Africano (MAP), presentado por Thabo Mbeki, sucesor de Nelson Mandela, y el OMEGA, presentado por Abdoulaye Wade, el nuevo presidente senegalés. La NEPAD, adoptada en el mismo momento en que se constituye la Unión Africana en reemplazo de la OUA, será inmediatamente el centro de las preocupaciones diplomáticas de los africanos, constituyéndose en la plataforma programática oficial de la naciente Unión Africana en materia de desarrollo duradero.

El objetivo proclamado por los promotores de la idea es en primer lugar promover la movilización de los africanos mismos al mismo tiempo que el apoyo efectivo del resto del mundo, para sacar a África de su situación de servidumbre y atraso y para sumarla al gran flujo de la nueva economía-mundo, en plena expansión tras el final de la Guerra Fría. En esta empresa faraónica se supone que todo el mundo debe ganar...

Además de las instituciones africanas, para las que la NEPAD servirá de estrategia para recuperar cierta credibilidad y para movilizar, no sólo a los círculos dirigentes sino a toda la población, los grandes estados del mundo y las principales instituciones financieras también se dejarán seducir por el realismo y el optimismo del arranque africano ¿Acaso para los africanos no se trata de una especie de última oportunidad para hacerse cargo de sí mismos y unirse al tren de alta velocidad de la globalización liberal?

El G-8, tras haber dado su bendición al mencionado Plan del Milenio (MAP) durante la Cumbre de Okinawa, renovó también su confianza en los dirigentes africanos apoyando oficialmente a la NEPAD durante la cumbre de Génova, en julio de 2001, decidiendo una concertación en torno de su Plan de acción para África. Y por primera vez se reunieron, los cuatro jefes de estado1 que componen el comité de implantación de la NEPAD y los miembros del G-8, en un encuentro oficial, en Kananaskis (Canadá), el 27 de junio de 2002.

En el mismo sentido, el FMI y del Banco Mundial dieron su apoyo sin reservas, y con la única preocupación oficial de ver pasar a la acción a los dirigentes africanos, rompiendo con los compromisos sin futuro y los discursos veleidosos, las más altas instancias políticas de las dos instituciones adoptaron resoluciones de apoyo a la NEPAD en abril de 2002.

No faltaron los recelos a este apoyo masivo y algo apresurado, recelos causados esencialmente por el hecho de que la NEPAD es una iniciativa africana, elaborada y puesta en marcha por responsables africanos y sus pueblos (Horst Koehler, director general del FMI) ¿Pero acaso esto es razón suficiente para despertar tanto entusiasmo, sobre todo entre los representantes de las grandes potencias y/o de instituciones acusadas hasta ahora de tener una parte considerable de responsabilidad en la catastrófica situación global del continente negro?



Dinámica y objetivos de la NEPAD

Más allá de las intenciones proclamadas por unos y otros en la puesta en marcha del proyecto africano y a pesar de la apreciación sobre sus respectivos intereses, la gran importancia del apoyo logrado sin duda se debe –al menos en parte- al realismo y a la lucidez de la gestión africana, tanto en el continente como en la escena internacional. Pero también se puede pensar que lo que fuerza la marcha del destino y lleva a las diferentes instancias de la economía mundial y a los principales dirigentes políticos del mundo, a emprender esfuerzos más sostenidos para devolver a África a los circuitos de la globalización es la catastrófica situación objetiva del continente en la actual etapa de globalización.

Hasta ahora dejado de lado y destinado desde siempre a ser un continente de reserva (mano de obra y materias primas), África se estaría convirtiendo en una de las últimas fronteras de la economía capitalista en vías de globalización total tras el desmantelamiento de la URSS y de sus efectos restrictivos incluso para el pleno desarrollo capitalista de África.

Así pues, el apoyo a la iniciativa de la NEPAD sería muestra del interés del capitalismo mundial en el pleno desarrollo del capitalismo africano, como fue el caso en amplias regiones del continente asiático o de América del Sur, creando perspectivas de inversión para atraer a los financieros de todo el mundo y oportunidades de expansión de sus mercados a los grandes grupos industriales. Un poco como fue, en otro contexto histórico, el Plan Marshall de las autoridades norteamericanas para levantar la economía europea destruida por la guerra, pero indispensable para la expansión del gran capital norteamericano, como mercado vital para sus exportaciones.

Tal vez así se puede explicar el interés de los EEUU por un continente antes abandonado y entregado a la gestión de ciertas potencias aliadas en el contexto del conflicto Este-Oeste (esencialmente Francia y Gran Bretaña) Se sabe que al menos a partir de la presidencia de Clinton, apodado “el africano” por sus repetidas e inéditas visitas al continente, por parte de un jefe de estado norteamericano, algo ha cambiado. Y esto pudo constatarse durante el estallido de la crisis del antiguo Zaire, donde los EEUU actuaron con decisión para disuadir cualquier injerencia militar francesa para salvar a su aliado de siempre, el mariscal Mobutu, y como prueba la adopción de la famosa ley americana sobre el crecimiento y el comercio en África (AGOA)1.

El interés de la comunidad internacional por la NEPAD no es ni fortuito ni de orden estrictamente altruista y humanista. Se trata del interés de una comunidad cimentada por el beneficio y guiada por el afán de lucro. Para la mayoría de los dirigentes africanos, y singularmente para los promotores directos de la NEPAD, el desafío es diferente, lejano pero no totalmente opuesto al de esta comunidad internacional.

Mientras que para la comunidad internacional el interés principal por la NEPAD reside en la expansión del mercado mundial, sin que ello revista un carácter de extrema urgencia por ahora (el continente negro sólo representa el 1,7% del comercio mundial), para los dirigentes africanos se trata de una cuestión de supervivencia del continente, como recuerdan con abundancia de detalles, incluso si esta supervivencia es a costa de la construcción de un amplio espacio económico capitalista. Para ellos, el orden del día real es construir un entorno favorable al establecimiento del capitalismo en África.

Este es el oscuro panorama de la situación, que muestran para justificar la necesidad y la urgencia de la NEPAD:

340 millones de personas (la mitad de la población) vive por debajo del umbral de la pobreza, con menos de un dólar diario.


  • La tasa de mortalidad infantil es de 140 por 1.000.

  • La esperanza de vida es de 54 años.

  • Hay 18 líneas telefónicas por cada 1.000 personas.

Sólo 41% de los niños de más de 15 años sabe leer y escribir, etc.

Esta situación global dramática contrasta con la prosperidad de los países desarrollados y se considera expresión de “una permanente marginación de África y de la exclusión de la gran mayoría de sus pueblos del proceso de globalización”. Para los dirigentes africanos esta situación es resultado de la naturaleza misma de las relaciones que África mantiene con el resto del mundo desde hace generaciones, “desde hace siglos”, y que las estructuras y mecanismos de las actuales relaciones internacionales han perpetuado. El documento de la NEPAD recuerda, citando el ejemplo de los años 70, que “cuando los países africanos se convirtieron en miembros de las instituciones de la comunidad internacional, el binomio crédito-ayuda fue la base lógica del desarrollo de África. El crédito se convirtió en el callejón sin salida de la deuda que, de desembolsos en reescalonamientos, continua trabando el crecimiento de los países de África”.

Aunque no se hace directamente ninguna acusación ni incriminación contra las potencias extranjeras, sin embargo éstas se reconocen responsables del lugar reservado hasta ahora al continente en la economía mundial (colonialismo primero, reserva de mano de obra y de materias primas en la era poscolonial) Incluso la “integración” a la economía mundial, presentada por las instituciones internacionales como la panacea, ha pasado por la criba de la crítica puesto que “una mayor integración ha conducido también a marginar más a los países que no son capaces de competir de forma real. A falta de reglas mundiales justas y equitativas, la globalización ha generado mayor capacidad en los más fuertes para promover sus intereses en detrimento de los más débiles, sobre todo en el terreno comercial, de las finanzas y de la tecnología y ha limitado la capacidad de los países en desarrollo para controlar su propio desarrollo. En términos reales, las condiciones de los marginados en este proceso han empeorado. En las naciones y entre ellas ha emergido una fisura entre la inclusión y la exclusión”.

Pero la novedad en el arranque de la NEPAD, y que es lo que más ha llamado la atención, y sin duda logrado el apoyo de los socios capitalistas, es la justa apreciación, hecha por el proyecto africano, de la propia responsabilidad del continente en su deriva, particularmente la de su clase dirigente. Esta responsabilidad no sólo es medida en su justo valor, según la experiencia incluso de los pueblos africanos, sino que se sacan de ella una serie de consecuencias para el futuro liderazgo africano.

Independientemente de la autocrítica por la sumisión a los proyectos y programas, emprendidos sin una verdadera participación del continente, como por ejemplo los programas de ajuste estructural, la NEPAD subraya el enfoque unilateral, impuesto desde arriba, de políticas internas de desarrollo que tuvieron como consecuencia por todas partes la desmovilización y marginación de los pueblos africanos. “Muchos gobiernos africanos no prepararon a sus pueblos para que fueran capaces por sí mismos de emprender acciones de desarrollo destinadas a ejercer su potencial creativo”. Ésta es la principal razón de la debilidad del Estado africano, desconectado de las realidades africanas, sin verdadera ambición y sin legitimidad popular real. Así se explica que hoy un grave impedimento para el desarrollo duradero en muchos países siga africanos siendo la debilidad del Estado, y que, de hecho, uno de los mayores desafíos para África sea fortalecer la capacidad de gobernar y emprender políticas a largo plazo. Los dirigentes africanos reconocen los fracasos de los liderazgos políticos y económicos de los africanos como una de las causas más importantes del estado catastrófico permanente en el que se encuentra toda África.

Para el proyecto africano, otro de los aspectos decisivos de su programa de recuperación es la gobernabilidad democrática.

De la apreciación del conjunto de la situación del continente, tanto en sus relaciones con el resto del mundo como en la gestión interna, se ha desprendido una filosofía general y un “programa de acción” constitutivos de una “estrategia africana para garantizar un desarrollo duradero en el siglo XXI”. La filosofía general de la NEPAD se basa en los principios de “contar con sus propias fuerzas; unirse para actuar y realizar objetivos comunes; establecer con los demás una sociedad mutuamente ventajosa; integrarse al mundo respetando la independencia de cada uno”.

Estos puntos de vista se expresan por medio de la proclamación de “Una nueva voluntad política de los dirigentes africanos”, concretada en el hecho de que “se ha redefinido la democracia y la legitimidad del Estado, con el fin de incluir en ellas como elementos centrales, un gobierno responsable, una cultura de los derechos humanos y la participación del pueblo”.

Según la NEPAD, el orden del día de la renovación africana se funda en que “las prioridades nacionales y regionales y los planes de desarrollo han de emprenderse por medio de un proceso democrático directo y participativo”. Entendiendo que este orden del día es decidido por los africanos “por su propia iniciativa y por su propia voluntad, con objeto de ser ellos mismos quienes decidan su destino”.

Se hizo “un llamamiento a los pueblos africanos” para que “tomen conciencia de la gravedad de la situación y de la necesidad de movilizarse para acabar con la marginación del continente africano y para promover su desarrollo y reducir la brecha que lo separa del mundo desarrollado”. Esta es la condición fundamental para el éxito del “proyecto de renacimiento africano”, importante para la dirección sudafricana y encomendado a la NEPAD.

Pero, según sus promotores, lo que tiene de original la NEPAD y que la diferencia de todos los anteriores planes y proyectos que han tratado de promover el desarrollo del continente, es sobre todo su “programa de acción”, establecido como un entramado de medidas globales y sectoriales en una agenda de acciones a emprender a corto plazo. Para un verdadero proceso de desarrollo duradero del continente, conforme al “enfoque concreto” que inspiró el Plan OMEGA del presidente senegalés, ciertas áreas1 son consideradas prioritarias. Estos sectores prioritarios deben tener un “efecto catalizador para las futuras intervenciones en los demás sectores prioritarios”.

Los autores de la iniciativa señalan algunas condiciones necesarias para poder realizar este programa de acción, a saber: el establecimiento de la paz, de la seguridad, de la democracia y del buen gobierno. Cada una de estas condiciones merece una atención especial puesto que son indispensables para procurar los factores internos (movilización de los pueblos y de los recursos) y externos (movilización de los proveedores de fondos públicos y privados extranjeros) necesarios para el éxito del proyecto africano.

Pero, independientemente de la buena factura de la NEPAD, tanto en su presentación formal como en la dinámica y objetivos que han seducido a la mayoría de los socios del continente como se puede comprobar, ¿acaso no hay otros obstáculos a la hora de ponerlo en marcha o que, a más o menos breve plazo, lo amenazan con sumarlo a la larga lista de proyectos y programas africanos archivados... y sin continuidad?

Amenazas y perspectivas

Son muchos los obstáculos para la ejecución de la NEPAD. Algunos ya son tradicionales en la larga trayectoria de África por salir del atraso. Otros, paradójicamente han sido suscitados o agravados por el progreso y por ello merecen mayor atención.

El primero y más aterrador de los obstáculos es la inestabilidad del continente y la fuerte tendencia a la proliferación de zonas de conflictos medios y graves. Esta generalización significa que cada vez son más los países afectados por estos conflictos que tienden a propagarse como una plaga, de vecino en vecino, de país en país, según un escenario “de conjunto de conflictos” cuyo trágico ejemplo en este momento es el Los Grandes Lagos en el que al menos ocho países se encuentran directamente implicados en los combates2.

El polvorín liberiano se ha extendido a Sierra Leona y amenaza con propagarse a Guinea Conakry donde últimamente ha habido encarnizados y misteriosos combates.

Al sur de Sudán los efectos directos la guerra se han experimentado en mortíferos combates en Uganda, entre los rebeldes del “Ejército del Señor” y el gobierno y amenaza también, por el efecto de arrastre, con desencadenar una guerra entre Sudán y Eritrea... ¡que acaba de firmar una paz con su vecina Etiopía!

La guerra civil de Casamance, que enfrenta al gobierno de Senegal con los rebeldes secesionistas del MFDC3, desestabiliza permanentemente las relaciones entre este país y sus vecinos Guinea Bissau y Gambia.

La crisis de Costa de Marfil que ha evolucionado hacia una guerra civil que amenaza con contaminar toda la región oesteafricana debido a sus connotaciones de carácter xenófobo, con serios riesgos de enfrentamiento de este país con sus vecinos Burkina Faso o Mali debido a la hostilidad hacia los numerosos residentes de estos países que viven en una Costa de Marfil ansiosa de “marfilidad”.

De hecho casi todos los países africanos corren el riesgo de ser alcanzados por el reguero de pólvora de los conflictos por cuestiones de identidad, desintegradores y de esencia caótica y (“somalización”) Muchos de estos conflictos surgen o se generalizan bajo el pretexto de procesos democráticos artificiosos, cuyos principales actores (partidos políticos, agrupaciones de la sociedad civil, etc.) sólo responden a sus intereses particulares del momento, y no dudan en recurrir al arma suprema de la confrontación violenta en detrimento del compromiso y de la búsqueda de soluciones progresivas y consensuadas, ignorando completamente la experiencia positiva de algunos de ellos, como por ejemplo África del Sur.

La lucha política “democrática”, en lugar de suscitar la movilización y la unidad de los pueblos, por el contrario, provoca cada vez con más frecuencia la apuesta particularista, el odio ciego hacia el otro y la guerra civil étnica o tribal. Por falta de una visión clara y juiciosa de la lucha política, los dirigentes africanos, en el poder o en la oposición, experimentan impotencia para salir de esta inestabilidad crónica, obstáculo número uno para la verdadera democracia pluralista y para la implementación del NEPAD.

En materia de gestión de crisis pre o pos electorales, que son los principales factores de inestabilidad de los países, los dirigentes africanos y las instituciones del continente tienen dificultades para definir un enfoque común y realista, dudando constantemente entre una lógica intervensionista intempestiva, muchas veces dictada por necesidades exteriores (“actuar para evitar que otros lo hagan”) y la indiferencia necia (“dejar madurar la crisis”)

El otro obstáculo insalvable para poner en marcha la NEPAD es la persistencia, o incluso acentuación de ciertas líneas de fractura “geopolítica” del continente y la acentuación del ultra nacionalismo en muchos países africanos.

En las instancias de la Unión Africana se multiplican las luchas por influencias “nacionales”, precisamente en el momento en que la NEPAD propone la integración. Las diferentes instancias previstas son objeto de ambiciones y maniobras, como se vio en la última cumbre de la OUA, en Durban (África del Sur) en julio pasado.

Ambiciones subregionales se dan curso libre y alimentan controversias y disputas fratricidas por puestos considerados estratégicos (por ejemplo, las cinco sedes del Consejo de Paz y Seguridad de la nueva Unión Africana), particularmente entre “anglófonos” y “francófonos”, ante la desesperación de los partidarios de “La Unión inmediata” (Libia). Cualquier iniciativa puntual, incluso de paz inmediatamente da lugar a interminables maniobras en sordina o a polémicas por la prioridad (por ejemplo los casos de las crisis de Madagascar o Costa de Marfil)

Estas encarnizadas luchas intestinas que envenenan cada vez más la atmósfera política se explican, por lo menos en parte, por el interés de la comunidad internacional por la NEPAL, por primera vez muy real, y que en cierto modo prefigura la construcción del conjunto económico integrado del continente ante el empuje de la lógica de hierro de la actual globalización, lo que lleva a todos a intentar tomar posiciones para un eventual liderazgo sub-regional o continental

Este interés y este vigor de los dirigentes africanos por defender la NEPAD ante los inversores contrasta con la franca indiferencia de la opinión pública africana al respecto, debido sobre todo a la escasa información que se ha proporcionado sobre ella en los diferentes países miembros. Los dirigentes africanos todavía no han roto con la funesta tradición de mantener a sus pueblos en la ignorancia sobre sus compromisos internacionales, incluso los que son de importancia tan decisiva como la NEPAD.

A la vista de estos obstáculos, los fines inmediatos fijados por la NEPAD para emprender la dinámica “estratégica” del renacimiento africano pueden aparecer como irrealistas e irrealizables, aún habiendo sido validados por el resto de la comunidad internacional.

¿Cómo un continente inestable, cuyos líderes políticos todavía son refractarios a cualquier cultura política de compromiso y de interés común a largo plazo, tanto en su gobierno interno como en sus relaciones con los vecinos, donde la solidaridad nacional y continental es todavía una pura quimera, donde la corrupción y las prácticas mafiosas siguen siendo la regla que deglute en insondables abismos los escasos recursos todavía disponibles aquí y allá, cómo en un continente todavía marcado por su destino colonial y neocolonial y donde a la más mínima chispa se incendia todo, cómo esperar alcanzar, en semejante inverosímil contexto, “un crecimiento anual medio del producto interno bruto (PIB) de más (sic) del 7% y mantenerse en ello durante los próximos 15 años..., reducir a la mitad el porcentaje de personas que viven en condiciones de extrema pobreza entre 1990 y 2015, garantizar la escolarización para todos los niños en edad escolar de aquí al 2015, (...) reducir las tasas de mortalidad ligadas a la maternidad entre 1990 y 2015, garantizar que todos aquellos que lo necesiten tengan acceso a servicios de salud sexual de aquí a 2015” tal y como se enuncia firmemente en el documento de la NEPAD?

Siguiendo este crítico orden de ideas, se podrían señalar también las incertidumbres e inconsecuencias, no de orden programático sino metodológicas e institucionales, que tradicionalmente ensombrecen las mejores intenciones del mundo en África y amenazan el éxito de muchas de las experiencias anunciadas con de solemnes declaraciones.

Se trata del globalismo simplificador africano que tiende a colocar a todos los estados en igualdad de condiciones a la hora de compartir experiencias de unión, sin requisitos previos ni restricciones, y que indefectiblemente transforma los cuadros de acción en “foros”, “tribunas” y otros espacios semejantes. No se trata de buenos o malos alumnos, y no existe el acicate de la buena experiencia o del modelo piloto para ser aplicado con algún entrenamiento. Todas las instituciones africanas se basan en el principio de automática adhesión, sin otro límite para los futuros adherentes que el impuesto en algunos casos por una relación de fuerzas más o menos precaria. Este fue siempre el caso de la OUA, convertida en Unión Africana, de las organizaciones regionales (CEDEAO, SADC, UMA1) cuyos miembros son aceptados con el único criterio de la pertenencia geográfica o geocultural.

En adelante la NEPAD es un proyecto integrado a la Unión Africana cuyos mecanismos y estructuras de funcionamiento y seguimiento le están ligados. Pero teniendo en cuenta las apuestas y los objetivos particularmente ambiciosos que persiguen sus iniciadores, la NEPAD corre el riesgo de empantanarse en las dunas del globalismo de la Unión Africana y de sus mecanismos de decisión unanimista.

La NEPAD, de hecho herramienta del “renacimiento africano”, corre el peligro de ser un “montaje” más en la maquinaria imaginativa de los dirigentes africanos, una razón más para desanimar a los socios del continente sobre los modelos productivos en proyecto, en un continente en el que siempre todo es susceptible de tener éxito... salvo escapar de su de veleidoso espíritu.

¿No hubiera sido mejor que la NEPAD, por una vez, fuera considerada como un desafío al que sólo pudieran acceder los estados que reunieran unas condiciones previamente establecidas por sus pioneros (en términos de economía saneada, democracia consolidada y estabilidad) y que los demás estados se fueran uniendo a medida que pudieran satisfacer las condiciones a la vez de buen gobierno económico, político y social y que disfrutaran gracias a ello del adecuado apoyo internacional?

Para África del Sur, Senegal y los países de su mismo estándar de “gobernabilidad” general hubiera sido mejor establecer los mecanismos y las estructuras evolutivas para la integración a la NEPAD, basándose en el principio de “admisibilidad” de los aspirantes a formar parte de la sociedad, y no de autoadhesión como se hace en la actualidad, liberándose de esta manera de acordar la admisión a todo el conjunto representado en la Unión Africana.

Tal vez considerar la seriedad de los estados concernidos hubiera sido la única manera de evitar los peligros de “abordar el desarrollo por medio de proyectos”, y salir de los senderos recorridos por los elefantes blancos a los que está acostumbrada el África oficial, para hacer del “renacimiento” algo más que un simple eslogan de marketing político ¿Acaso no son estas las apuestas y perspectivas definidas y trazadas en el origen por los iniciadores del NEPAD?



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