Número 5 Año 2003 Informaciones y análisis sobre el movimiento



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Tendencias ideológicas y políticas de reforma en la “primera fase del socialismo” en China


¿Cuál es la característica de China en el siglo XXI: un capitalismo de estado, una nueva forma de socialismo con características específicas chinas, una variante moderna del viejo feudalismo burocrático chino? Para ayudar a responder a esta cuestión voy a reexaminar algunos aspectos teóricos del marxismo chino pos-maoista, que siguen siendo el referente de la organización socioeconómica y política de la China actual, e indican las tendencias ideológicas –y algunas de sus bases sociales- que tratan de apropiarse de las orientaciones teóricas que guían las preferencias políticas. A finales de los años 70 los problemas socioeconómicos de China indujeron a un reanálisis del marxismo maoísta. Sirviéndose de los slogans “busca la verdad en los hechos” y “la práctica es el criterio de la verdad”, los marxistas reformistas chinos sostuvieron que las formas apropiadas de relaciones de producción no se determinaban por medio de una teoría abstracta del socialismo sino por el nivel de las fuerzas de producción humanas y materiales. Subrayaron que China era pobre, subdesarrollada económicamente y socialmente marcada por un fondo patriarcal, semifeudal, semicolonial y semicapitalista. Las fuerzas de producción estaban dispersas, fragmentadas y eran tecnológicamente muy insuficientes y la economía estaba basada, en un porcentaje muy elevado, en productores campesinos rurales. Por otra parte, los maoístas seguían manteniendo que el hecho de modificar las relaciones de organización hacia una dirección más socialista o incluso en formas comunistas, permitiría desarrollar las fuerzas productivas. Pensaban que todo lo que Mao había dicho era correcto y que se debía mantener como política para China aquello que llamaban “las dos condiciones”.

El primer reanálisis importante del periodo maoísta lo hizo, en 1979, Su Shaozhi, economista y director del Instituto del Marxismo-Leninismo y del Pensamiento de Mao. Un examen empírico de las condiciones económicas, políticas y sociales de China llevó a Su a la conclusión de que China se encontraba todavía en la etapa primera del socialismo (“subdesarrollada, inicial, preliminar, primaria”), con numerosas tareas que hubieran debido realizarse durante el periodo transitorio de la Nueva Democracia, todavía por cumplir. Declaró, haciendose eco a través de sus comentarios de la Nueva Política Económica de Lenin, que muchos de los prerrequisitos del socialismo, que se encontraban ya en Occidente gracias al capitalismo, en China no existían. Había un partido socialista en el poder pero seguía habiendo agujeros abiertos en las bases socioeconómicas y democráticas para realizar el socialismo. Esta situación se combinaba con el hecho de tener que actuar inmersos en una economía mundial en la que predominaba el sistema capitalista y que avanzaba hacia la revolución científica y técnica.

En la práctica ello llevaba a la supresión de las comunas. Las cooperativas debían alquilar la tierra a los campesinos. El capitalismo y el capitalismo de Estado debían ser aceptados en la industria, incluyendo las “joint ventures” y las empresas financiadas por capitales extranjeros. Seguiría predominando la propiedad pública, tanto la del Estado como la colectiva, pero todas las formas económicas se someterían al mercado. Las tareas económicas comprendían la industrialización, la comercialización, la socialización y la modernización de la producción en una economía de mercado planificada que abriría China al mundo exterior. La economía se desarrollaría según un prolongado proceso de negaciones dialécticas: partiendo de una economía de semi-subsistencia y semi-trueque, pasando por una economía de mercado regulado por el Estado, hasta llegar a una economía social planificada. La democratización del Partido, del gobierno y de las empresas del Estado conduciría al control de las empresas por la base del Partido, al control del gobierno por los ciudadanos y al control obrero de las empresas. Estas eran las orientaciones y las políticas de las primeras reformas de la primera etapa del socialismo.

Deng Xiaoping describió las reformas que siguieron como “un socialismo con características chinas” que había de ser aplicado en el marco de “los Cuatro principios fundamentales”: la vía socialista como forma social; la dirección del Partido Comunista; la dictadura del proletariado como gobierno; y el marxismo-leninismo y el pensamiento de Mao Zedong como ideología.

A comienzos de los años 80 los maoístas habían sido derrotados pero los reformadores se encontraban divididos en tres facciones: la izquierda (los conservadores), la derecha (los liberales) y el centro (los moderados) Se diferenciaban sobre todo por cuestiones de la inclinación, la profundidad, el ritmo y la dirección de la reforma económica y política. Para simplificar, la izquierda deseaba reformas económicas que primaran el papel de la planificación sobre el del mercado y rechazaba las reformas económicas llamadas “liberalización burguesa”. La derecha deseaba reformas económicas que reforzaran el mercado y dejaran al Estado un papel suplementario y preconizaba reformas políticas que dieran al poder legislativo el papel fundamental. El centro optaba por reformas económicas que dieran al Plan y al mercado un papel de mecanismos reguladores de igual importancia, pero apoyaba el mantenimiento del status quo de las estructuras políticas, aunque promoviendo cambios administrativos en el funcionamiento del gobierno. A lo largo de los años 80 las facciones de izquierda y derecha se combatieron mutuamente por las cuestiones teóricas y la gestión política. El centro, dirigido por Deng Xiaoping, oscilaba hacia uno u otro lado, ejerciendo una influencia moderadora, pero sosteniendo sus propias posiciones en periodo de crisis. La influencia de la derecha alcanzó su punto culminante en 1987, durante el XIII Congreso del Partido Comunista Chino (PCCh) cuando se proclamó oficialmente que China permanecería en el “estadio primario del socialismo” por lo menos hasta el año 2050, época en la que se preveía que estarían construidas las bases materiales y culturales necesarias para el socialismo, con la realización de lo que se llamó “modernización socialista”, es decir que China habría alcanzado en ese momento el nivel de un país moderadamente desarrollado. Solamente sobre esta base China podría comprometerse en la construcción del socialismo en sentido propio, una tarea que, en sí misma, exigiría diferentes etapas transitorias durante varias generaciones. Mientras tanto, el eslogan dominante sería “El estado guía al mercado y el mercado guía a las empresas”.

Me voy a concentrar en este panorama para definir las tendencias ideológicas izquierda-derecha. Se pueden destacar dos aspectos referentes a la reforma ideológica: a partir de 1979, la izquierda y la derecha se han enfrentado en todas las teorías y las políticas más importante. Igualmente, las dos tendencias se han ido diferenciando a medida que emergían nuevas bases sociales. Hay que examinar el conflicto ideológico izquierda-derecha a partir del momento en que cada tendencia situaba el origen de la reforma. La izquierda veía la reforma como la prolongación del VIII Congreso del PCCh de 1956, que ponía por delante el desarrollo económico y mantenía la llamada ”teoría del pájaro enjaulado” según la cual el mercado debía ser como un pájaro enjaulado cuya jaula sería el Plan. La derecha, en cambio, veía la reforma como una continuación del periodo de la Nueva democracia, en parte en transición y en parte socialista. La primera ruptura clara apareció con el concepto de fase primera del socialismo. La izquierda pensaba que China ya había pasado de la etapa de la Nueva democracia al socialismo y acusaba a la derecha de permanecer “fuera del edificio de la construcción del socialismo”. China no estaba subdesarrollada y en una etapa transitoria sino en la fase primitiva del socialismo mismo lo que exigía no la construcción de las bases permanentes del socialismo sino desarrollar las fuerzas productivas sobre la base de formas de propiedad socialistas ya existentes ( la nacionalización) en la industria, las finanzas, la agricultura y el artesanado. El mercado debía limitarse a jugar un papel complementario dentro del Plan, y la empresa privada sólo debía existir allí donde la propiedad socialista no podía ser introducida de inmediato. Esta visión fue la que perduró hasta la celebración del XIII Congreso del PCCh en 1987.

Otro punto de ataque a la derecha, durante los años 80, se materializó en torno a las críticas de la reforma política, aparecidas con la cristalización de los conceptos de “liberalización burguesa” y de “evolución pacífica”, empleados en las polémicas, frente al apoyo dado por los derechistas a las formas parlamentarias a la occidental y a la reducción del papel del PCCh en el gobierno. Era evidente que para la izquierda y la derecha, la manera de interpretar el marxismo era diferente: para la izquierda había que subrayar la “adhesión” al marxismo, mientras que para la derecha se trataba del “desarrollo” del marxismo. Sin embargo, en términos de efectos concretos, la izquierda funcionó como una fuerza vigilante del ritmo y la amplitud de la introducción de los conceptos y de las reformas derechistas.

Y esto incluso cuando, después de la represión de las manifestaciones de Tienanmen, en 1989, la izquierda logró tomar la delantera, realizando un programa previsto en la “teoría del pájaro enjaulado”. Pero entre mediados de 1989 y finales de 1991, periodo durante el cual la izquierda ejerció su influencia sobre el centro, la descentralización llevada a cabo con anterioridad condujo a que las provincias, sobre todo las de la costa, las más ricas, quedaran fuera de la órbita de esta influencia. Con ello, la izquierda perdió posibilidades para instaurar una nueva dirección o para aplicar medidas nuevas.

A comienzos de 1992, Deng Xiaoping buscó el apoyo de las provincias más ricas, en particular las zonas económicas especiales, más orientadas hacia el mercado, para aplicar una política más proclive al centro. Entonces declaró que una determinada política no debía ser juzgada por el hecho de proceder del mercado o del Plan, porque no se trataba de un criterio de socialismo o capitalismo sino un “medio” que podía ser utilizado para los dos sistemas. Mientras siguiera predominando la propiedad pública y gobernando el PCCh, siempre sería posible tomar medidas económicas para impedir cualquier polarización y para tender a la prosperidad común. Calculando su fuerza hasta el XIV Congreso del PCCh, Deng fue imponiendo sus puntos de vista en el Partido frente a los de la oposición de izquierda, haciéndolos adoptar como programa del Congreso. Esto fue la señal que permitió un desarrollo rápido del sector capitalista, el aumento de las inversiones extranjeras, muchas de ellas procedentes de los chinos del exterior, principalmente de Asia oriental y del sudeste, y la proliferación de inversiones en proyectos regionales desequilibrados.

Entre 1992 y 1996, la izquierda atacó las políticas de Deng, pero la derecha las defendió y trató de extenderlas. En 1995 los principales grupos de estudio de la izquierda del PCCh hicieron circular el primero de una serie de manifiestos “de 10.000 signos” en los que se criticaba la teoría de las reformas, su práctica y sus resultados. Aún sin mencionar nombres ni organizaciones, esto constituía un ataque directo contra las políticas del Comité Central dirigidas por Yiang Zeming. Según un informe (Ching Pao, Hong Kong, 01/08/1996, pp. 23-26) estos documentos tuvieron una favorable acogida entre algunos altos dirigentes del PCCh quienes dijeron a los autores que en lugar de colocarse fuera de las políticas del Partido harían mejor tratando de convencer a la dirección de la rectitud de las posiciones de la izquierda. Otros manifiestos trataron de utilizar esta estrategia, combinando al mismo tiempo un nuevo enfoque y una nueva diferenciación dentro de la izquierda.

En lugar de oponerse a la teoría de Deng para la construcción de un socialismo con características chinas, muchos autores trataron de hacer una interpretación de izquierda de su teoría y de sus principales contenidos. Por ejemplo, dejaron de criticar la fase primera del socialismo y la apoyaron tal y como estaba limitada en el marco de los Cuatro principios cardinales, y en particular de la vía socialista y de la dirección del PCCh. Apoyaron la reforma de las empresas del Estado, estipulando que se basara en el control y la gestión obrera. Esta interpretación es posible porque la teoría de Deng Xiaoping, todavía en proceso de sistematización, es lo suficientemente flexible como para que se puedan acentuar aspectos diferentes. La derecha considera esto como “una adhesión abstracta a la reforma, pero en la práctica su negación”. De esta manera, la izquierda puede subrayar la equidad, el colectivismo, la planificación y la regulación del mercado y de los intereses públicos por parte del Estado, mientras que la derecha se preocupa más por la eficacia, las especificidades, el libre mercado, la descentralización y los intereses privados.

Estos diferentes enfoques se reflejan en las políticas que apoya cada una de las tendencias. Por ejemplo, las dos constatan los efectos negativos de las reformas (el aumento del paro, las diferencias de ingresos y la corrupción) La izquierda considera esto como resultado lógico de las medidas de la reforma, que alejan de la vía socialista, y en consecuencia, pone por delante políticas de repliegue, de desaceleración y de reorientación de las reformas. La derecha ve en estos resultados los efectos temporales del proceso transitorio de reforma y apoya medidas de aceleración para llegar a una economía socialista de mercado.

Simultáneamente a estos dos enfoques se detectan diferenciaciones en cada una de las tendencias. La izquierda se puede dividir en tres grupos: uno de ellos formado por los que se oponen a las reformas de Deng, porque piensan que conducirán a negar el socialismo. El segundo grupo, sin duda el mayoritario, no se opone a la reforma en sí misma pero critica su extensión, su ritmo y su trayectoria. El tercero, el más reciente, está formado por la llamada “nueva izquierda” o “neomaoistas”. Se trata de teóricos más jóvenes, muchos de ellos formados en Occidente, que aprueban ciertos principios de Mao y los interpretan de forma que permitan promover más el control obrero y la democratización de la economía del Estado. Sus críticas a los otros aspectos de la reforma son, en gran parte, semejantes a los del segundo grupo.

También la derecha ha sufrido un fraccionamiento. Algunos continúan apoyando la concepción original de reforma de mercado como una etapa pre-socialista o semi-socialista. Otros son socialistas de mercado pues lo consideran como el elemento constituyente central incluso para el socialismo maduro. Un tercer grupo da muestras de tendencias socialdemócratas.

Esta diversificación de tendencias es también reflejo de las bases sociales en desarrollo. La izquierda, desde el comienzo de la reforma, se ha concentrado sobre todo en la planificación estatal, el ejército y en los órganos de propaganda. En los ámbitos de la cultura, se ha instalado en las principales universidades y academias de ciencias sociales, en los medios de comunicación y en las escuelas del PCCh. Durante el periodo de la reforma, se extendieron sobre todo en los niveles medios y superiores de los sindicatos, en particular en los sectores de los consejeros políticos, de investigación y de educación política. La izquierda tiene más influencia en los cuadros de las regiones más pobres del oeste y centro y en las empresas del Estado que soportan drásticas reestructuraciones. La derecha, en principio fuerte entre los intelectuales de algunos institutos de investigación y en las agencias gubernamentales encargadas de poner en marcha la reforma, después se extendió entre los gestores de las empresas rentables del Estado, entre los cuadros de las regiones más ricas de la costa y entre los propietarios de empresas privadas. En resumen, el apoyo a cada una de las tendencias fue el resultado del ascenso o declive de los diferentes grupos durante el proceso de reforma.

¿Qué ocurrirá en adelante? La izquierda quedó muy apartada de las iniciativas políticas durante el periodo de la reforma, representando, como mucho, un freno para la derecha. Pero en 1996, con el “primer manifiesto de 10.000 caracteres”, la izquierda consiguió poco a poco recuperar su capacidad de influencia en la dirección central. Esto coincidió con profundas reformas de ruptura que acarrearon un aumento del desempleo. La influencia política de la izquierda comenzó a dejarse notar en 1999, con motivo del bombardeo a la embajada china en Belgrado, de las concesiones propuestas por el primer ministro chino Zhu Rongji a la Organización Mundial del Comercio y de la crisis del capitalismo asiático. La izquierda ha sido capaz de limitar las concesiones a la OMC; de plantear, a un nivel serio de discusión, la posibilidad de construir una alianza antiimperialista con las otras naciones asiáticas y de fortalecer los lazos con el Tercer Mundo. Con ocasión del 4º plenario del CC del PCCh, en septiembre de 1999, la izquierda ha expresado un interés más explícito en las medidas empleadas para salvaguardar los intereses de los obreros en la reforma de las empresas del Estado.

Esta evolución se hizo patente cuando se permitió que Deng Liqun, eminente dirigente de izquierda, que había sido excluido de los funerales de Deng Xiaoping por su hostilidad a las reformas, se expresara durante una conferencia organizada por el PCCh, el 29 de junio de 1999. Deng Liqun, ante una audiencia en la que se encontraban representadas todas las tendencias ideológicas, criticó personalmente a Deng Xiaoping al declarar que “la teoría central de Deng Xiaoping, que pone la economía como centro de todo y el dinero por encima de la política, había conducido a nuestro país y a nuestro Partido Comunista a un desastre... La práctica ha demostrado que, en su esencia, la teoría de Deng Xiaoping es una combinación procedente de una realidad social y económica capitalista asiática, mezclada con la realidad política procedente de la Unión Soviética de finales de 1970”. Más aún, en el Buró político, los principales dirigentes Li Peng, de izquierda; Li Ruihuan, de derecha; y Yiang Zemin, de centro, hicieron un elogio de Deng Liqun, presentándolo como “un mentor en los círculos teóricos”.

Aún tratándose de una reorientación hacia la izquierda, más táctica que estratégica, lo que se deduce es que las presiones sociales de la base y de la cima, correspondientes a las visiones propagadas por la izquierda, influencian a la más alta dirección. Hoy la izquierda está en su mejor posición desde el comienzo de los años 90. Pero en las masas, la credibilidad e incluso la comprensión de la ideología marxista, en sus versiones de izquierda, de centro y de derecha, no es muy alta. La izquierda sigue asociada a un periodo menos próspero aunque más benéfico en el terreno social. Los obreros y los campesinos responden bastante favorablemente a las acciones que refuerzan su poder. Para que logre apoyo el programa de la izquierda, en gran medida todavía sin terminar de cristalizar, será necesario que llegue a otras capas, más allá de los cuadros medios y superiores a los que se dirige generalmente, y alcance las entrañas mismas del país, implementando políticas que correspondan a los intereses y a las exigencias de las masas, movilizándolas para que actúen por su propia cuenta. Si la izquierda no logra que los problemas surgidos a causa de la reforma, sumados a las graves crisis económica y política, conduzcan a acciones espontáneas de masa, el futuro puede ser sombrío. Si la izquierda consigue aprovechar las oportunidades ofrecidas por el periodo del cambio de siglo e influenciar a la vez a los de arriba o de abajo, en ese caso podría aparecer una reorientación estratégica en el programa.

Nadie puede predecir exactamente que sucederá. Yo estimo, basándome en las anteriores experiencias de China, que este país es lo suficientemente flexible para modificar los medios de alcanzar sus objetivos socialistas, si se comprueba que se han desviado. La única cuestión es saber si será demasiado débil y demasiado tarde. En general, las gentes de izquierda y de derecha en este país, pueden encontrar en China suficientes elementos para satisfacer su percepción de China y de su futuro. Yo creo que el sistema chino es un sistema socioeconómico transitorio y multisectorial que comporta un elemento socialista importante en concurrencia con otros sectores. El desafío es saber si conducirá a una forma china de democracia socialista o a cualquier otra cosa y ello dependerá de la fuerza y de las luchas de las fuerzas sociales en competición y de las que puedan aparecer en el futuro. La revolución china todavía es una obra en proceso de realización.



Al Sargis

Centro para una educación marxista,
Cambridge, Massachussetts


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