No tengo ninguna duda, el honor que hoy se me hace, excede cualquier reconocimiento que hubiera podido imaginar



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No tengo ninguna duda, el honor que hoy se me hace, excede cualquier reconocimiento que hubiera podido imaginar. A pesar de que puedan ustedes pensar que estoy acostumbrada a los premios y reconocimientos, lo cierto es que no dejan de sorprenderme. Y en el caso más particular de este nombramiento de Doctora Honoris Causa, que hoy nos ha traído hasta aquí, he de reconocer que cuando recibí la llamada de Raúl Reina para comunicármelo y tras colgar el teléfono, lo primero que pensé es por qué. Desde mi, si ustedes quieren llamarlo inocencia, que en este caso puede ser un eufemismo de ignorancia, al pensar en un Doctor Honoris Causa, a mi me vinieron a la cabeza un científico que lleva a cabo relevantes investigaciones en el campo de la física o la medicina, un gran economista o un jurista importante, entre otros. Personas cuyas obras no solo ponen de manifiesto sus grandes conocimientos en el campo que dominan sino que, además, su trabajo ha supuesto notables evoluciones para la humanidad.
Pensando en ello, y muy sinceramente, creo que las virtudes que se me atribuyen son exageradas, resultando el honor  que hoy se me hace muy por encima de mis méritos. Desde que redescubrí la natación tras quedarme en silla de ruedas solo he hecho aquello que tengo la suerte de hacer bien y, eso si, he puesto en ello toda mi alma, esfuerzo y sacrificio hasta alcanzar los resultados que todos ustedes conocen, durante los últimos veinte años. Entonces, me di cuenta que quizá estos tres últimos valores si que debían tenerlos aquellas figuras en las que había pensado anteriormente. Así que me quedé algo más tranquila.
El deporte siempre formó parte de mi vida. Los valores que de él aprendí, y sigo aprendiendo cada día, no los habría podido encontrar en ningún otro lugar. Si imaginamos un maletín con herramientas para la supervivencia, el mío está lleno de todo lo que he aprendido a través del deporte: resiliencia, pasión, compromiso… Entrar en contacto con la natación adaptada y convivir con un montón de personas que entendían cómo me sentía de primera mano, me enseñó cómo vivir con una discapacidad y normalizarla. Recuerdo con cariño aquellas primeras brazadas que, de manera muy burda todavía, realizaba en una piscina municipal en Zaragoza después del primer verano que pasé tras sentarme en la silla de ruedas. Había conseguido dejar atrás el chaleco salvavidas con el que me mantenía a flote hasta entonces, pero todavía no tenía suficiente habilidad para tener independencia en otras cosas del día a día como, por ejemplo, vestirme yo sola o manejar la silla con la suficiente soltura para bajar un bordillo de dos centímetros, sin que mi hermano o mi madre estuvieran detrás. Vivía un momento complicado, de adaptación a una situación que nunca entró en mis planes y que, de primeras, no quería e incluso rechazaba, porque hacía que todo fuera mucho más difícil de lo que había sido hasta entonces. Era lógico. Poco a poco, con apoyo de mis compañeros y familia, fui aprendiendo a hacer las cosas de otra manera y me iba convenciendo de que todo lo que dependiera directamente de mi iba a poderlo superar. Así es como vas adquiriendo una confianza que te ayuda a afrontar todo lo demás.
No les voy a descubrir nada nuevo, la sociedad sigue llena de barreras aunque no tantas como esa primavera de 1995. Para salir de mi casa tenía un obstáculo insalvable, los casi 20 escalones que había entre el ascensor y la puerta de mi casa, me imposibilitaban salir sola para ir a la universidad. Opté por otra solución diferente a cambiarnos de casa: salir siempre por el garaje. Subir y bajar esa rampa solo se podía hacer en zigzag con el consiguiente esfuerzo físico. Y, una vez que llegabas a la calle, ahí te estaban esperando muchas miradas extrañas. Algunas tímidas y de reojo y otras descaradas y directas, pero, tanto unas como otras, reflejaban un mismo pensamiento en sus dueños: “¡Qué penica, pobre chica!”. Son estas barreras físicas y mentales las que más cuesta derribar. Las arquitectónicas, a base de legislación, han disminuido aunque está lejos de ser una situación ideal. Esa en la que las escaleras desaparecen por inútiles y no porque lo dice una ley. Esa en la que las ciudades son cien por cien accesibles. Y en la forma de ver los demás a las personas con capacidades diferentes, también la sociedad está recorriendo un camino en el que aún queda un buen trozo hasta llegar a la meta. Aun así, en ese pedregoso sendero, ya se han completado algunas etapas y quiero creer que el deporte paralímpico ha limpiado un poco de piedras el trayecto, ayudando así a que algunos abran los ojos y cambien la forma en la que nos miran.
No me gusta rendirme. No entra en mi cabeza. Con cada viraje en la piscina, con cada metro recorrido, con cada triunfo, con cada derrota, con cada pequeño avance, con cada logro, dentro y fuera de la piscina, en definitiva, con cada paso adelante en mi vida, me he reforzado en un pensamiento: no pienso dejar que la silla de ruedas determine quién soy. Porque, al fin y al cabo y, como he dicho más de una vez, “llevo la silla pegada al culo y no en la cabeza”.
No me gusta rendirme. Practicar natación, llegar a entrenar seis o siete horas al día, cada día de la semana, con la dureza de superar el dolor y la soledad — porque en el agua sólo estoy acompañada de mis pensamientos, mis temores, mis dudas y mi orgullo —, con la determinación para hacer que el cuerpo llegue a lugares jamás imaginados, ha hecho de mí una mujer con mayor capacidad para enfrentarme a los retos del día a día. El mayor peaje ha sido la gran cantidad de sacrificios en la vida personal y familiar que he hecho no solo yo, sino también los que me rodean. De este modo he conseguido, con el paso de los años y competición tras competición, aprender a tener un buen equilibrio entre mente, cuerpo y espíritu, tal y como rezaba el lema paralímpico. No, no me he equivocado. Eso de “citius, altius, fortius" es para los olímpicos. El agitos del emblema de nuestro movimiento significaba, cuando yo empecé, “mente, cuerpo y espíritu" y a lo largo de este tiempo ha evolucionado a “espíritu en movimiento”.
Así que, de alguna manera y más allá de los resultados y las medallas, el deporte me ha ayudado a ser la persona que soy hoy, alguien capaz de enfrentarse a los retos con la idea de que pueden llegar a ser grandes oportunidades; Desde la gran diferencia entre dejar de ganar y perder, no me importará dejar de ganar y equivocarme muchas veces en mi vida, porque eso siempre significará que lo intenté y, por tanto, que no perdí. Soy una deportista que mira al pasado, pero desde el presente y solo para aprender de él. Una mujer que planifica el futuro desde este mismo instante con la idea de que todo es posible y en nuestras manos está poder alcanzarlo si se adquiere un compromiso firme. Una madre que quiere enseñarle a su hijo todo esto que he aprendido. Ahora puedo decir que nadando he aprendido a caminar de una forma diferente y con orgullo, que cuando salgo a la calle la gente no me mira igual. Creo que la difusión del paralimpismo, aunque todavía sea muy inferior a lo que nos gustaría a los deportistas y a todos los que nos rodean (directivos, técnicos, familiares,…) ha ayudado a que esto sea así.
Pero en mi vida no solamente ha habido deporte.
Estaba estudiando Ciencias de la Educación cuando la neuropatía apareció y me obligó a compaginar mis estudios con la estancia hospitalaria, al principio, y con los tratamientos de fisioterapia después. Me cautivó el trato tan directo y comprometido de los profesionales sanitarios conmigo y decidí diplomarme en fisioterapia. Estudiar esta carrera desde una silla de ruedas no fue sencillo porque, paradójicamente, todo estaba accesible para el paciente pero no tanto para el profesional. Así es como, por ejemplo, terminé atándome a las espalderas de los gimnasios para no perder el equilibrio mientras trataba a un paciente. Cuando las situaciones no están hechas para abordarse desde una silla de ruedas y a una altura de un metro y treinta centímetros, hay que poner la creatividad en marcha para poder hacer lo mismo que el que sobre sus propias piernas se yergue hasta un metro sesenta. Y eso para todo, desde llegar a los armarios de la cocina para dejar un vaso, hasta irse al desierto para ayudar a los refugiados saharauis y tener que improvisar una letrina en una duna. Les voy a ahorrar que se imaginen la estampa, pero les daré una pista, se hace con una silla playera de tijera, con un agujero en el centro y un gran poncho.
La vida universitaria fue apasionante, a pesar de todas las dificultades y participé activamente en ella, siendo delegada de clase, con todo lo que ello conlleva y organizando jornadas nacionales de estudiantes.
Mientras, comencé a competir cada vez a nivel internacional y a conocer mundo y realidades muy diferentes a la mía. Hice amistad con deportistas en situación de dependencia absoluta fuera del agua pero con unas cualidades asombrosas dentro y fuera de ella, que insistían día tras día en realizar auténticas hazañas deportivas. Entonces fue cuando me quise especializar en el tratamiento pediátrico y concretamente en el de los niños con parálisis cerebral. Y es que era inspirador ver a un niño con parálisis cerebral y toda la complejidad de atención que ello conlleva, e imaginarlo compitiendo algún día. Poco a poco, me fui involucrando más y más en el movimiento paralímpico y en el 2001, uno de mis antiguos profesores, José Miguel Tricás, me ofreció la posibilidad de dar clase en la Universidad de Zaragoza. La asignatura se llamó “aproximación al deporte paralímpico” y también coordiné el proyecto de investigación: “biomecánica del gesto natatorio en atletas con discapacidad”.
Siempre fui una persona con la voluntad firme de ayudar a los demás, de esas que piensan que si uno quiere que las cosas cambien, ha de ser uno mismo el que provoque el cambio. Es precisamente por esto que, aunque nada tenía que ver con aquello que había estudiado en la Escuela Universitaria de Ciencias de la Salud, acepté trabajar en el Servicio de Atención a la Infancia y Adolescencia en el Gobierno de Aragón para poner en marcha el servicio de gestión y digitalización de la información de menores, y para ayudar en la implementación de los sistemas de calidad en el Servicio de Protección y Reforma.
Ya llevaba unos años fuera del ámbito universitario propiamente dicho, cuando asumí el primer puesto de responsabilidad pública. Pese a mi juventud, en aquel momento, tuve el honor de ser elegida Diputada en las Cortes de Aragón por mis conciudadanos, pudiendo mantener desde allí mi vinculación con el ámbito sanitario, como portavoz de mi grupo parlamentario en la Comisión de Sanidad, entre otros. Allá por el 2006 empezaba a gestarse el Sistema de Atención a las Personas en Situación de Dependencia. Así es que dejé las Cortes aragonesas para ser la primera Directora General de Atención a la Dependencia en España de un Ejecutivo autonómico.

Un vez más, tuve el privilegio de no solamente ver desde primera fila, sino de participar en un gran paso adelante en la evolución de la sociedad.


No cabe duda que los triunfos deportivos cosechados durante todo ese tiempo me han ido ayudando a crecer también en lo laboral y en lo personal. Formé mi propia familia y ahora tengo un hijo que es mi mayor orgullo, muy por encima de cualquier otro logro conseguido. También formé mi propia empresa y desde hace unos años, estoy en otra etapa profesional de mi vida. Una en la que, también desde el afán de ayudar a los demás, trabajo con compañías, dentro y fuera de España, acompañándoles en la mejora de su potencial personal y profesional. Para ello quiero remarcar que, aunque la experiencia personal aporte mucho, es una tarea que no podría hacer sin los años de estudio que compaginé con trabajo y carrera deportiva.
Me acerco al final de este discurso y quiero que me permitan recordar ahora a mi padre, Luis, que aunque nos dejó muy pronto, sin duda dejó plantada en mí la semilla de lo que he llegado a ser. Una semilla que mi madre se ha encargado de regar. Todo aquello bueno que los demás ven en mí, me lo enseñaron los dos. Sé que él estaría, como lo está mi madre, de verme en estos instantes aquí de pie, “a mi manera”, delante de ustedes, agradeciéndoles a todos, del primero al último de los miembros de la Universidad Miguel Hernández de Elche y al profesor Raúl Reina en particular, este nombramiento de Doctora Honoris Causa.
Con todo esto quiero decir que en todo momento y ante cualquier situación de la vida, uno está siempre aprendiendo. Tu formación, en todos los ámbitos (no solo en el intelectual) nunca es una tarea terminada. Por eso hay que tener los ojos siempre abiertos para no perder la oportunidad de asimilar una enseñanza que nos haga ser un poco mejores. No eres tus logros sino lo que has aprendido hasta que los has conseguido. Y por eso, no hay que tener miedo a soñar con grandes logros, porque cuanto más inalcanzable parezca la meta, más aprenderás participando en la carrera.




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