Nota Preliminar. Clemente Romano



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Los Padres

de la Iglesia.



José Vives.

Para usos internos y didácticos solamente

ADAPTACION PEDAGÓGICA: Dr. Carlos Etchevarne, Bach. Teol.

Contenido:

Nota Preliminar.

Clemente Romano.

I. La situación de la Iglesia de Corinto. II. La Iglesia fundada sobre los apóstoles. III. La organización de la Iglesia es análoga a la del antiguo pueblo de Dios. IV. Dios creador. V. Jesucristo. VI. Fe y obras. VII. La esperanza escatalógica. VIII. El martirio de Pedro y Pablo. IX. Fórmulas de oración litúrgica.

La "Didakhe."

I. Instrucción moral. II. El bautismo. III. Ayuno y oración. IV. Fórmulas para la cena eucarística. V. Instrucción sobre los apóstoles y profetas. VI. El día del Señor. VII. Obispos y diáconos. VIII. Escatología.

Ignacio de Antioquía.

I. El ansia de alcanzar a Cristo. II. Jesucristo. III. La eucaristía. IV. El obispo, principio de unidad.

Policarpo De Esmirna.

I. Testimonio de Ireneo sobre Policarpo. II. La carta a los de Filipos. III. Martirio de Policarpo.

La Llamada Carta de Bernabé.

I. Fe y conocimiento. II. El cristianismo muestra la invalidez del judaismo. III. Nuestra salvación en Cristo.

Papías.

Hermas.

I. El mensaje de penitencia. II. Riqueza y pobreza. III. Discernimiento de espíritus.

Sección Segunda: los Apologetas.

Arístides.

La Carta a Diogneto.

I. Refutación del politeísmo. II. Refutación del judaismo. III. Los cristianos en el mundo. IV. El designio salvador de Dios.

San Justino.

I. El cristianismo y la filosofía. II. Dios. III. Pecado y salvación. IV. Vida cristiana. V. Escatología.

Taciano.

II. La resurrección de los cuerpos y la inmortalidad del alma. III. Las cristianos y el emperador.

Atenágoras.

I. Dios uno y trino. II. La vida de los cristianos.

Teófilo de Antioquía.

I. Dios uno y trino. II. El pecado de Adán.

Sección Tercera: El Cristianismo del Asia Menor.

Melitón de Sardes.

I. La novedad del Verbo hecho hombre. II. Las figuras del Antiguo Testamento, suplantadas por la realidad del Nuevo. III. El pecado del hombre. IV. El designio salvador en Cristo. V. Sentido de la pascua cristiana.

Ireneo de Lyón.

I. Dios. II. El designio creador y salvador de Dios. III. Cristo, manifestación del Padre y salvación de los hombres. IV. El Espíritu Santo. V. El hambre, objeto de la salvación de Dios. VI. La fe. VII. La Iglesia. VIII. La eucaristía. IX. Escatología.

Sección Cuarta: Los Escritores de Alejandría.

Clemente de Alejandría.

I. El cristianismo y la filosofía. II. Escritura, gnosis, tradición. III. El Logos revelador e iluminador. IV. El hombre. V. La Iglesia.

Orígenes.

I. Dios. El ser de Dios. Quiénes pueden ver a Dios. II. El hombre. III. La Escritura. IV. Cristo redentor. V. La Iglesia. Los sacramentos. VI. La vida cristiana. VII. Escatologia.

Sección Quinta: Los Escritores Latinos.

Tertuliano.

I. La verdad cristiana. II. Dios creador y redentor. III. El hombre pecador. IV. Sacramentos y vida cristiana. V. Escatología.

Cipriano.

I. El hombre nuevo. II. La Iglesia. III. La eucaristía. IV. El sentido de nuestra oración.

Sección Sexta: Atanasio.

I. La Trinidad. II. Cristo redentor.

Nota Preliminar.



Este libro no tiene otra pretensión que la de ofrecer reunidos y en traducción una serie de textos suficientemente representativos de la formación y desarrollo del pensamiento teológico cristiano en los primeros siglos de la Iglesia. Me atrevo a esperar que esta selección pueda ser de interés y utilidad para las muchas personas que, en este momento de renovación teológica, se interesan por las profundas raíces históricas del pensamiento cristiano, y no tienen tal vez el tiempo, las facilidades bibliográficas o la preparación filológica para acudir directamente a las mejores ediciones de sus fuentes. Soy perfectamente consciente de las muchas limitaciones que padece una compilación de este género. Los breves extractos, sacados de su contexto, apenas pueden dar más que una remota idea de toda la riqueza de las obras de donde proceden. Además, la selección ha de ser inevitablemente, sobre todo a los ojos de los entendidos, un tanto arbitraria, incompleta y parcial. Habrá quien echará de menos tal o cual texto importante, o tal o cual autor. Podría haberse dado cabida a textos litúrgicos o disciplinares, o a los autores que pronto quedaron estigmatizados como heterodoxos, por ejemplo los gnósticos. En la necesidad de mantener el libro dentro de unas proporciones manuales, he dado preferencia más bien a aquellos textos y autores que son más representativos desde el punto de vista de lo que pasó a ser doctrina común de la Iglesia (o sea la ortodoxa). Aun así he dejado totalmente de lado autores como Hipólito, Minucio Félix, Lactancio y otros, que aunque pueden ser en sí muy importantes, quizás no tuvieron tanta influencia o no fueron tan radicalmente originales como los autores que han sido preferidos a ellos. Puede preguntarse alguno por qué precisamente se ha cerrado esta selección con Atanasio.

Clemente Romano.



Según la tradición, san Clemente fue el tercer sucesor de san Pedro en Roma, después de Lino y Cleto. Ocupó la sede romana en los últimos años del siglo primero. De él se conserva una carta a la Iglesia de Corinto, en la que exhorta a aquella comunidad, amenazada de graves disensiones internas, a mantenerse en la unidad y la caridad. Nos han llegado, además, bajo el nombre de Clemente otros escritos: una segunda carta a los Corintios, dos cartas a las Vírgenes, y diversos escritos homiléticos y narrativos (Homilías y Recognitiones clementinas), que pretenden presentar la predicación y las andanzas de Clemente. Pero todos estos escritos, de carácter y valor muy desigual, no pueden considerarse como auténticos y pertenecen a diversas épocas posteriores.

La primera carta a los Corintios es de gran interés como documento que nos permite conocer directamente la Iglesia romana primitiva. Vemos cómo la Iglesia aparece como modelada todavía en buena parte sobre la sinagoga de la diáspora y sobre las instituciones del Antiguo Testamento, que constituye todavía la base ideológica de aquellos cristianos recién convertidos del judaísmo. En cambio, los escritos del Nuevo Testamento no parecen haber adquirido aún el carácter de autoridad primaria y definitiva. Se afirma ya por primera vez el principio de la sucesión apostólica como garantía de fidelidad a la doctrina de Cristo. Se proclama el principio paulino de la salvación por la fe y no por los méritos propios, pero al mismo tiempo se insiste en la necesidad de practicar obras de santidad y de obedecer a los mandamientos de Dios, con fórmulas de corte vetero-testamentario. Los capítulos finales reproducen las formas de oración que se usaban en aquellas comunidades, sin duda calcadas en buena parte sobre las que se usaban en la sinagoga. Es curiosa la oración por los gobernantes.

I. La situación de la Iglesia de Corinto.

A causa de las inesperadas y sucesivas calamidades que nos han sobrevenido... hemos tardado algo en prestar atención al asunto discutido entre vosotros, esta sedición extraña e impropia de los elegidos de Dios, detestable y sacrílega, que unos cuantos sujetos audaces y arrogantes, han encendido hasta tal punto de insensatez, que vuestro nombre honorable y celebradísimo, digno del amor de todos los hombres, ha venido a ser objeto de grave ultraje...1

Surgieron la emulación y la envidia, la contienda y la sedición... se levantaron los sin honor contra los honorables, los sin gloria contra los dignos de gloria, los insensatos contra los sensatos, los jóvenes contra los ancianos...2

A hombres establecidos por los apóstoles o por otros preclaros varones con la aprobación de la Iglesia entera, hombres que han servido irreprochablemente al rebaño de Cristo con espíritu de humildad, pacífica y desinteresadamente, que han dado buena cuenta de sí durante mucho tiempo a los ojos de todos; a tales hombres, decimos, no creemos que se pueda excluir en justicia de su ministerio. Cometemos un pecado no pequeño si destituimos de su puesto a obispos que de manera religiosa e intachable solían ofrecer los dones. Felices aquellos ancianos que ya nos han precedido en el viaje a la eternidad, que tuvieron un fin fructuoso y cumplido, pues no tienen que temer ya que nadie los eche del lugar que ocupaban. Decimos esto porque vemos que vosotros habéis depuesto de su ministerio a algunos que lo ejercían perfectamente con conducta irreprochable y honorable...3

No será un daño cualquiera, sino más bien un grave peligro el que sufriremos si temerariamente nos entregamos a los designios de esos hombres que sólo buscan disputas y sediciones, con la voluntad de apartarnos del bien. Tratémonos mutuamente con bondad, según las entrañas de benevolencia y de suavidad de aquel que nos creó, pues está escrito: "Los benévolos habitarán la tierra, y los que no conocen el mal serán dejados sobre ella, mientras que los inicuos serán exterminados de ella" (Cf. Prov. 2:21; Sal 36:9;38)...4

¿A qué vienen entre vosotros contiendas y riñas, partidos, escisiones y luchas? ¿Acaso no tenemos un solo Dios, un solo Cristo y un solo Espíritu de gracia, el que ha sido derramado sobre nosotros, así como también una misma vocación en Cristo? ¿Por qué desgarramos y descoyuntamos los miembros de Cristo, y nos ponemos en guerra civil dentro de nuestro propio cuerpo, llegando a tal insensatez que olvidamos que somos unos miembros de los otros?... Vuestra división extravió a muchos, desalentó a muchos, hizo vacilar a muchos y nos llenó de tristeza a todos nosotros. Y, con todo, vuestra división continúa...5

Cosa vergonzosa es, carísimos, en extremo vergonzosa e indigna de vuestra profesión cristiana, que tenga que oírse que la firmísima y antigua Iglesia de Corinto está en rebelión contra sus ancianos por culpa de una o dos personas. Es ésta una noticia que no sólo ha llegado hasta nosotros, sino también hasta los que no sienten como nosotros, de suerte que el nombre del Señor es blasfemado a causa de vuestra insensatez, mientras vosotros os ponéis en grave peligro.6

Enhorabuena que uno tenga el carisma de fe, que otro sea capaz de explicar con conocimiento, que otro tenga la sabiduría del discernimiento en las palabras y otro sea puro en sus obras. Pero cuanto mejor se crea cada uno, tanto más debe humillarse y buscar, no su propio interés, sino el de la comunidad.7

1.Primera carta a los Corintios 1,1. 2.Ibid. 3, 2-3; 3.Ibid. 44, 3-6; 4.Ibid. 14, 2-4; 5.Ibid.46, 5-9; 6.Ibid.47, 6 -7; 7.Ibid.48, 5-6.

II. La Iglesia fundada sobre los apóstoles.

Los apóstoles nos evangelizaron de parte del Señor Jesucristo y Jesucristo fue enviado de parte de Dios. Así pues, Cristo viene de Dios, y los apóstoles de Cristo. Una y otra cosa se hizo ordenadamente por designio de Dios. Los apóstoles, después de haber sido plenamente instruidos, con la seguridad que les daba la resurrección de nuestro Señor Jesucristo y creyendo en la palabra de Dios, salieron, llenos de la certidumbre que les infundió el Espíritu Santo, a dar la alegre noticia de que el reino de Dios estaba para llegar. Y así, según que pregonaban por lugares y ciudades la buena nueva y bautizaban a los que aceptaban el designio de Dios, iban estableciendo a los que eran como primeros frutos de ellos, una vez probados en el Espíritu, como obispos y diáconos de los que habían de creer. Y esto no era cosa nueva, pues ya desde mucho tiempo atrás se había escrito acerca de los obispos y diáconos. En efecto, la Escritura dice en cierto lugar: "estableceré a sus obispos (episkopoi) en justicia, y a sus diáconos (diakonoi) en la fe" (Is 60:17).8

8. Ibid.42, 1- 4;

III. La organización de la Iglesia es análoga a la del antiguo pueblo de Dios.

¿Qué tiene de extraño que aquellos a quienes se les confió esta obra (es decir, los apóstoles) establecieran obispos y diáconos? El bienaventurado Moisés, "siervo fiel en todo lo referente a su casa," consignó en los libros sagrados todo cuanto le era ordenado... Pues bien: cuando estalló la envidia acerca del sacerdocio, y disputaban las tribus acerca de cuál de ellas tenía que engalanarse con este nombre glorioso, mandó a los doce cabezas de tribu que le trajesen sendas varas... (cf. Núm 17). Y a la mañana siguiente hallóse que la vara de Aarón no sólo había retoñado, sino que hasta llevaba fruto... Moisés obró así para que no se produjese desorden en Israel, y el nombre del único y verdadero Señor fuese glorificado... Y también nuestros apóstoles tuvieron conocimiento, por medio de nuestro Señor Jesucristo, de que habría disputas sobre este nombre y dignidad del episcopado, y por eso, con perfecto conocimiento de lo que iba a suceder, establecieron a los hombres que hemos dicho, y además proveyeron que, cuando éstos murieran, les sucedieran en el ministerio otros hombres aprobados...9

Deber nuestro es hacer ordenadamente cuanto el Señor ordenó que hiciéramos, en los tiempos ordenados. Porque él ordenó que las ofrendas y ministerios se hicieran perfectamente, no al acaso y sin orden alguno, sino en determinados tiempos y de manera oportuna. Él determinó en qué lugares y por qué ministros habían de ser ejecutados, según su soberana voluntad, a fin de que, haciéndose todo santamente, sea con benevolencia aceptado por su voluntad. Por tanto, los que hacen sus ofrendas en los tiempos ordenados son aceptados y bienaventurados, y siguiendo las ordenaciones del Señor no cometen pecado. Porque el sumo sacerdote tiene sus peculiares funciones asignadas a él; los levitas tienen encomendados sus propios servicios, mientras que el simple laico (laikos anthropos) está sometido a los preceptos del laico. Hermanos, procuremos agradar a Dios, cada uno en su propio puesto, manteniéndonos en buena conciencia, sin traspasar las normas establecidas de su liturgia, con toda reverencia. Porque no en todas partes se ofrecen sacrificios perpetuos, votivos o propiciatorios por los pecados, sino sólo en Jerusalén, y aun allí, tampoco se ofrecen en cualquier parte, sino en el santuario y junto al altar, una vez que la víctima ha sido examinada en sus tachas por el sumo sacerdote y los ministros mencionados. Los que hacen algo contrario a la voluntad de Dios, tienen señalada pena de muerte. Considerad, pues, hermanos, que cuanto mayor es el conocimiento que el Señor se ha dignado concedernos, tanto mayor es el peligro a que estamos expuestos...10

9. Ibíd. 43, 1-44-2. 10.Ibíd.40, 42-4.

IV. Dios creador.

Enderecemos nuestros pasos hacia la meta de paz que nos fue señalada desde el principio, teniendo fijos los ojos en el Padre y Creador de todo el universo y adhiriéndonos a los magníficos y sobreabundantes dones y beneficios de su paz. Contemplémosle con nuestra mente y miremos con los ojos del alma su magnánimo designio, considerando cuan benévolo se muestra para con toda su creación. Los cielos, movidos bajo su control, le están sometidos en paz. El día y la noche van siguiendo el curso que él les ha señalado sin que mutuamente se interfieran. El sol, la luna y los coros de los astros giran según el orden que él les ha establecido, en armonía y sin trasgresión de ninguna clase, por las órbitas que les han sido impuestas. La tierra germina según la voluntad de él a sus debidos tiempos y produce abundantísimo sustento a los hombres y a todos los animales que viven sobre ella, sin que jamás se rebele ni cambie nada de lo que él ha establecido. Los abismos insondables y los inasequibles lugares inferiores de la tierra se mantienen dentro de las mismas ordenaciones. El lecho del inmenso mar, constituido por obra suya para contener las aguas no traspasa las compuertas establecidas, sino que se mantiene tal como él le ordenó... El océano al que no pueden llegar los hombres, y los mundos que hay más allá de él, están regidos por las mismas disposiciones del Señor. Las estaciones, la primavera, el verano, el otoño y el invierno se suceden pacíficamente unas a otras. Los escuadrones de los vientos cumplen sin fallar, a sus tiempos debidos, su servicio. Las fuentes perennes, creadas para nuestro goce y salud, ofrecen sin interrupción sus pechos para la vida de los hombres. Y hasta los más pequeños de los animales forman sus sociedades en concordia y paz. Todas estas cosas, el artífice y Señor de todo ordenó que se mantuvieran en paz y concordia, derramando sus beneficios sobre el universo, y de manera particularmente generosa sobre nosotros, los que nos hemos acogido a sus misericordias por medio de nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria y la grandeza por los siglos de los siglos. Amén. Estad alerta, carísimos, no sea que sus beneficios, tan numerosos, se conviertan para nosotros en motivo de juicio si no vivimos de manera digna de él, haciendo lo que es bueno y agradable en su presencia con toda concordia.11

11. Ibíd. 20, 1-22.

V. Jesucristo.

Éste es el camino en el que hemos hallado nuestra salvación, Jesucristo, el sumo sacerdote de nuestras ofrendas, el protector y ayudador de nuestra debilidad. A través de él fijamos nuestra mirada en las alturas del cielo. A través de él contemplamos, como en un espejo, la faz inmaculada y soberana de Dios, Por él nos fueron abiertos los ojos de nuestro corazón. Por él nuestra mente, antes ignorante y llena de tinieblas, ha renacido a la luz. Por él quiso el Señor que gustásemos el conocimiento de la inmortalidad...12

Por su caridad nos acogió el Señor a nosotros. En efecto, por la caridad que nos tuvo, nuestro Señor Jesucristo dio su sangre por nosotros según el designio de Dios, dio su carne por nuestra carne, y su vida por nuestras vidas. Ya veis, hermanos, qué cosa tan grande y tan admirable es la caridad, y cómo es imposible declarar su perfección...13

Tengamos los ojos fijos en la sangre de Cristo, y consideremos cuan preciosa es a los ojos de Dios, Padre suyo, hasta el punto de que, derramada por nuestra salvación, mereció la gracia del arrepentimiento.14

Por su fe y hospitalidad se salvó Rahab la ramera... Le dijeron que pusiera en su casa una señal, colgando un paño rojo: con ello quedaba indicado que por la sangre del Señor encontrarían redención todos los que creen y esperan en Dios.15

A los humildes pertenece Cristo, no a los que se muestran arrogantes sobre su rebaño. El cetro de la majestad de Dios, el Señor, Jesucristo, no vino al mundo con aparato de arrogancia ni de soberbia, aunque hubiera podido hacerlo, sino en espíritu de humildad, tal como lo había dicho de él el Espíritu Santo: "Señor, ¿quién lo creerá cuando lo oiga de nosotros?... No tiene figura ni gloria, le vimos sin belleza ni hermosura, su aspecto era despreciable, más feo que el aspecto de los hombres" (sigue la cita de Is 53:1-12, y Sal 21:5-8). Considerad, hermanos, el modelo que se nos propone: porque si el Señor se humilló hasta este extremo, ¿qué tendremos que hacer nosotros, que nos hemos sometido al yugo de su gracia?16

12. Ibid. 36, 1-2; 13.Ibid.49, 6; 14.Ibid.7, 2-4; 15.Ibid.12, 7; 16.Ibid.16, 1- 17;

VI. Fe y obras.

¿Por qué fue bendecido nuestro padre Abraham? ¿No lo fue por haber practicado la justicia y la verdad por medio de la fe? Isaac, conociendo con certeza lo por venir, se dejó llevar de buena gana como víctima de sacrificio. Jacob emigró con humildad de su tierra a causa de su hermano, y marchó a casa de Labán y le sirvió, y le fue concedido el cetro de las doce tribus de Israel... En suma, todos fueron glorificados y engrandecidos, no por méritos propios, ni por sus obras o por la justicia que practicaron, sino por la voluntad de Dios. Por tanto, tampoco nosotros, que fuimos por su voluntad llamados en Jesucristo, no nos justificamos por nuestros propios méritos, ni por nuestra sabiduría, inteligencia y piedad, o por las obras que hacemos en santidad de corazón, sino por la fe, por la que el Dios que todo lo puede justificó a todos desde el principio... Si esto es así, ¿qué hemos de hacer, hermanos? ¿Vamos a mostrarnos negligentes en las buenas obras y podemos descuidar la caridad? No permita Dios que esto suceda, al menos en nosotros. Al contrario, apresurémonos a cumplir todo género de obras buenas, con esfuerzo y ánimo generoso. El mismo artífice y Señor de todas las cosas se regocija y se complace en sus obras... Teniéndole a él como modelo, adhirámonos sin reticencias a su voluntad y hagamos la obra de la justicia con todas nuestras fuerzas. El buen trabajador toma con libertad el pan de su trabajo, pero el perezoso y holgazán no se atreve a mirar a la cara de su amo. Por tanto, hemos de ser prontos y diligentes en las buenas obras, ya que de él nos viene todo. Él nos lo ha prevenido: "He aquí el Señor, y su recompensa delante de su cara, para dar a cada uno según su trabajo" (Is 40, 10, etc.). Con ello nos exhorta a que pongamos en él nuestra fe con todo nuestro corazón, y a que no seamos perezosos ni negligentes en ningún género de obras buenas...17

Siendo una porción santa, practiquemos todo lo que es santificador: huyamos de toda calumnia, de todo abrazo torpe o impuro, de embriagueces y revueltas, de la detestable codicia, del abominable adulterio, de la odiosa soberbia... Vivamos unidos a aquellos que han recibido como don la gracia de Dios, revistámonos de concordia, manteniéndonos en el espíritu de humildad y continencia, absolutamente alejados de toda murmuración y calumnia, justificados por nuestras obras, y no por nuestras palabras... Nuestra alabanza ha de venir de Dios, y no de nosotros mismos, pues Dios detesta al que se alaba a sí mismo.18

17. Ibíd. 31-34; 18. Ibíd.30, 1-6;

VII. La esperanza escatológica.

El que es en Todo Misericordioso y Padre Benéfico, tiene entrañas de compasión para con todos los que le temen, y benigna y amorosamente reparte sus gracias entre los que se acercan a él con mente sencilla. Por tanto, no dudemos, ni vacile nuestra alma acerca de sus dones sobreabundantes y gloriosos. Lejos de nosotros aquello que dice la Escritura (pasaje desconocido): "Desgraciados los de alma vacilante, es decir, los que dudan en su alma diciendo: eso ya lo oímos en tiempo de nuestros padres, y he aquí que hemos llegado a viejos y nada semejante se ha cumplido." ¡Insensatos! Comparaos con un árbol, por ejemplo, la vid. Primero caen sus hojas, luego brota un tallo, luego nace la hoja, luego la flor, después un fruto agraz, y finalmente madura la uva. Considerad cómo en un breve período de tiempo llega a madurez el fruto de ese árbol. A la verdad, pronto y de manera inesperada se cumplirá también su designio, tal como lo atestigua también la Escritura que dice: "Pronto vendrá y no tardará: inesperadamente vendrá el Señor a su templo, y el Santo que estáis esperando" (cf. Is 14, 1; Mal 3, 1). Reflexionemos, carísimos, en la manera cómo el Señor nos declara la resurrección futura, de la que hizo primicias al Señor Jesucristo resucitándole de entre los muertos. Observemos, amados, la resurrección que se da en la sucesión del tiempo. El día y la noche nos muestran la resurrección: muere la noche, resucita el día; el día se va, viene la noche. Tomemos el ejemplo de los frutos: ¿Cómo y en qué forma se hace la sementera? Sale el sembrador y lanza a la tierra cada una de las semillas, las cuales cayendo sobre la tierra secas y desnudas empiezan a descomponerse; y una vez descompuestas, la magnanimidad de la providencia del Señor las hace resucitar, de suerte que cada una se multiplica en muchas, dando así fruto... Así pues, ¿vamos a tener por cosa extraordinaria y maravillosa que el artífice del universo resucite a los que le sirvieron santamente y con la confianza de una fe auténtica...? Apoyados, pues, en esta esperanza, adhiéranse nuestras almas a aquel que es fiel en sus promesas y justo en sus juicios. El que nos mandó no mentir, mucho menos será él mismo mentiroso, ya que nada hay imposible para Dios excepto la misma mentira. Reavivemos en nosotros la fe en él, y pensemos que todo está cerca de él... Todo lo hará cuando quiera y como quiera, y no hay peligro de que deje de cumplirse nada de lo que él tiene decretado...19

19. Ibíd. 23, 27.

VIII. El martirio de Pedro y Pablo.

Por emulación y envidia fueron perseguidos los que eran máximas y justísimas columnas de la Iglesia, los cuales lucharon hasta la muerte. Pongamos ante nuestros ojos a los santos apóstoles: Pedro, por emulación inicua, hubo de soportar no uno ni dos, sino muchos trabajos, y dando así su testimonio, pasó al lugar de la gloria qué le era debido. Por emulación y envidia dio Pablo muestra del trofeo de su paciencia: por seis veces fue cargado de cadenas, fue desterrado, fue apedreado, y habiendo predicado en oriente y en occidente, alcanzó la noble gloria que correspondía a su fe: habiendo enseñado la justicia a todo el mundo, y habiendo llegado hasta el confín de occidente, y habiendo dado su testimonio ante los gobernantes, salió así de este mundo y fue recibido en el lugar santo, hecho ejemplo extraordinario de paciencia. A estos hombres que vivieron en santidad, se agregó un gran número de elegidos, los cuales, después de sufrir muchos ultrajes y tormentos a causa de la envidia, se convirtieron entre nosotros en el más bello ejemplo.20

20. Ibíd. 5, 6.

IX. Fórmulas de oración litúrgica.

Pediremos con instante súplica, haciendo nuestra oración, que él artífice de todas las cosas guarde íntegro en todo el mundo el número contado de sus elegidos, por medio de su amado Hijo Jesucristo.

Por él nos llamó de las tinieblas a la luz,

de la ignorancia al conocimiento de la gloria de su nombre,

a esperar en tu nombre, principio de toda creatura,

abriendo los ojos de nuestros corazones para conocerte a ti

el único altísimo en las alturas,

el Santo que tiene su descanso entre los santos;

el que humilla la altivez de los soberbios,

el que deshace los pensamientos de las naciones,

el que levanta a los humildes y abate a los que se enaltecen,

el que enriquece y empobrece,

el que mata y el que da la vida,

el único bienhechor de los espíritus y Dios de toda carne.

Tú penetras los abismos y contemplas las obras de los hombres,

auxilio de los que están en peligro y salvador de los desesperados,

creador y protector de todo espíritu.

Tú multiplicas las naciones sobre la tierra,

y has escogido entre todas a los que te aman por medio de Jesucristo

tu Hijo amado,

por el cual nos has enseñado, nos has santificado, nos has honrado.

Te rogamos, Señor, que seas nuestro auxilio y nuestro protector.

Sálvanos en la tribulación,

levanta a los caídos,

muéstrate a los necesitados,

sana a los enfermos,

vuelve a los extraviados de tu pueblo,

sacia a los hambrientos,

da libertad a nuestros cautivos,

levanta a los débiles,

consuela a los pusilánimes;

conozcan todas las naciones que tú eres el único Dios,

y Jesucristo es tu Hijo,

y nosotros tu pueblo y las ovejas de tu rebaño...21

Danos la concordia y la paz a nosotros y a todos los que habitan

la tierra, como se la diste a nuestros padres,

cuando te invocaban religiosamente en fe y en verdad.

Que seamos obedientes a tu nombre todopoderoso y glorioso,

y a nuestros príncipes y gobernantes sobre la tierra.

Tú, Señor, les diste a ellos la autoridad real,

por tu poder magnífico e inenarrable,

para que conociendo nosotros el honor y la gloria que tú les diste,

nos sometamos a ellos sin oponernos en nada a tu voluntad.

Dales, Señor, salud, paz, concordia y estabilidad,

para que ejerzan sin tropiezo la autoridad que de ti han recibido.

Porque tú, Señor, rey celestial de los siglos,

das a los hijos de los hombres que están sobre la tierra

gloria y honor y autoridad.

Tú, Señor, endereza sus voluntades a lo que es bueno y agradable

en tu presencia,

para que ejerciendo en paz, mansedumbre y piedad la autoridad que

de ti recibieron,

alcancen de ti misericordia...22

21. Ibíd. 59, 2-4. 22. Ibíd. 60, 4 – 61, 2;

La “Didakhe.”

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