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NOTICIA DE LIBROS


LAS HUELLAS DEL TIEMPO SOBRE LOS MUROS DE LA MEMORIA

ANTONIO FERNANDEZ ALBA



En el mes de marzo de 1955, el profe­sor Enrique Lafuente Ferrari publicaba, con una tirada de 2.100 ejemplares y bajo el patrocinio de la Diputación Provincial de Santander, la primera edición del Li­bro de Santillana; una viñeta de Rafael A. Ortega y dibujos de Eugenio Riojo ilustraban este compendio histórico signi­ficativo. La segunda edición que ahora aparece se realiza en 1981, con la colabo­ración del arquitecto José García Fernán­dez, a quien se deben los dibujos que ilustran el texto, y la ayuda prestada a confeccionar el libro del también arqui­tecto Jaime Lafuente Niño; la edición corre a cargo de la Librería Estudio de Santander.

El trabajo de Lafuente Ferrari realiza­do en 1955 no necesitaba de revisión al­guna, pues la indagación historiográfica realizada por aquellos años no ofrecía nuevos enfoques que hicieran precisa tal revisión, los consejos atendidos por el autor así lo demuestran, y parece acertado que sólo el soporte gráfico, dibujos y foto­grafías en color sean los elementos que remodelan la presente edición.

Santillana es un enclave donde las hue­llas de la historia se pueden observar des­de todas las dimensiones, y el autor así lo intuía en su primer compendio. Descu­brir el lugar, acotar y traducir las huellas

prehistóricas, enlazar los fragmentos y las fallas donde el espacio se pierde en los tiempos largos de la historia, evaluar los objetos y los signos, los significados y sig­nificantes, situándolos en las talas cronoló­gicas de una antropología abierta de fácil lectura, en un recorrido meticuloso de datos y expresiones que en un lugar (San­tillana) van aconteciendo.

Lafuente Ferrari analiza con singular penetración las relaciones más primarias del quehacer humano en la construcción del lugar, indagando el fondo anímico que las une con las cosas para expresar o intentar expresar la razón última del por qué y dónde se han originado, mos­trando las raíces más íntimas y peculia­res que vinculan al hombre con su cul­tura, explican sus motivaciones y aclaran muchas de sus reacciones.

Se ha señalado por el propio autor que este trabajo no pretendía los cánones clá­sicos de ser una guía para turistas exper­tos, nada más exacto y evidente. El rigor de los datos, la coherencia científica, su objetividad histórica y su agilidad estilís­tica, por lo que al texto narrado se refie­re, hacen patente la superación de la pre­tensión turística sobre un lugar cargado de tópicos y de fácil retórica.

El discurso del profesor Lafuente Fe­rrari alrededor de Santillana nos hace pa-


Cuenta y Razón, n.° 6 Primavera 1982

tente, entre otras consideraciones, el es­fuerzo realizado por el hombre para supe­rar el dualismo, que a toda sociedad le es consustancial cuando pretende configurar­se como comunidad, y que en Santillana, a través de los tiempos, ha dejado escrito en el espacio. Allí aparece lo bueno y lo malo, el ideal y la vida cotidiana, la cruel­dad y el amor, el ensueño y el trabajo, pensamiento y palabra, arte, ciencia, poe­sía, arquitectura y vida, dualidades que no representan más que diferencias cuali­tativas en los modos de existir del hom­bre sobre la tierra.

Si evidente es el discurso de la duali­dad, la sagacidad de observador que sin duda posee Lafuente queda reflejada en su decidida curiosidad por desentrañar los enclaves del pasado, junto con una caute­losa aproximación para codificar el miste­rio del arte, como si deseara presentarnos en el relato descriptivo la función primi­tiva que los espacios y los ídolos repre­sentaron. Dioses y héroes, fetiches y he­rramientas, muros y vanos, capiteles y fus­tes, arcos y bóvedas, objetos ilustrados y triviales aderezos se agolpan en secuen­cias seriadas, calibrados en fechas y citas como ordenadas en una procesión de sen­timientos pasajeros que la memoria de la historia dejó grabados bajo los prominen­tes aleros, los quebrados correderos de sus calles para entregarlos a la considera­ción del lector como auténticos arquetipos

sin destino. Evidentemente, Aristóteles tenía tazón: «El secreto de las cosas no reside en su apariencia.»

Las huellas del tiempo sobre los muros de la memoria que ofrecen conjuntos como el de Santillana nos permiten una lectura actualizada en un tiempo como el nuestro, donde los métodos de produc­ción se aplican de manera inexorable so­bre costumbres, trabajo, arte y sentimien­to, cerrando los caminos a una experien­cia más profunda que el hecho de vivir ofrece al hombre, y que consiste, como señala con aguda intuición Octavio Paz, «en penetrar la realidad como una totali­dad en la que los contrarios pactan».

La soledad que las páginas del Libro de Santillana nos comunica es la nostalgia de un lugar que resulta difícil encontrar, como las huellas del hombre estratificadas tras su salida final, como el esfuerzo, en definitiva, que acomete el arte entre la muerte y la nada.

Oportuna esta segunda edición, enrique­cida con un material gráfico tan singular como el que nos ofrece el arquitecto J. Luis García Fernández, no por acos­tumbrados a su pericia y calidad menos elocuente, complemento valioso que hace del libro un documento singular, aunque lamentablemente dirigido a un público que, por su costo, tal vez sólo pueda ser apreciado como objeto de regalo.



HACIA UNA VISION DE CONJUNTO DE NUESTRO PASADO HISTÓRICO

OCTAVIO RUIZ-MANJON-CABEZA



Parece un hecho claro que, desde fina­les de la década de los setenta, hemos asistido a varios empeños editoriales para ofrecernos visiones globales de nuestra historia de España. La desigualdad de los resultados no obsta para que poda­mos afirmar que las diversas historias ge­nerales que han aparecido en el mercado editorial demuestran, entre otras cosas, el grado de relativa madurez alcanzado por la investigación histórica en nuestro país.

Son enormes, desde luego, los campos de nuestro pasado que nos quedan por transitar, pero tampoco cabe desdeñar los logros de tantos investigadores que, desde la universidad y otros centros de investi­gación, se han lanzado al conocimiento de nuestro pasado en unas condiciones profesionales y con unos medios materia­les nada envidiables.

El profesor Seco hacía referencia re­cientemente en estas páginas a la brillan-

tí sima reaparición que, de la mano del profesor Jover, había hecho la Historia de España, que se inició bajo la dirección de Menéndez Pidal. Suponía la confirma­ción de la tendencia a las síntesis histó­ricas, antes apuntadas, por lo que tiene de recuperación de una de las más gran­des empresas editoriales jamás intentada en España, y por otra parte, la incorpo­ración a esa empresa de algunos de los mejores valores de nuestro panorama his-toriogr arico.

Más recientemente acabamos de asistir a la presentación de dos tomos l de una nueva historia general de España y Amé­rica, proyectada en veinticuatro volúme­nes, que intenta también recoger, a base de la conjunción de numerosos colabora­dores en cada volumen, una adecuada muestra de la calidad de la investigación histórica sobre nuestro pasado histórico. Uno de ellos, referente a nuestro período bajomedieval, ha sido coordinado por el profesor Suárez Fernández, y cuenta con la colaboración de otros seis especialistas, entre los que cabe señalar la presencia del profesor Ladero Quesada; el otro vo­lumen, que aborda los aspectos políticos y de historia externa que van desde la revolución de 1868 hasta la proclamación de la Segunda República en 1931, ha sido coordinado por el profesor Andrés-Gallego, y en él participan otros siete colaboradores. Es sobre este segundo, afín a nuestros intereses profesionales, sobre el que quiero brindar algunas reflexiones a modo de reseña de una obra que, por su extensión y multiplicidad de facetas, va a resultar difícil de caracterizar cumpli­damente en estas apresuradas líneas.

Andrés-Gallego nos advierte en la nota previa que los aspectos sociales, cultura­les y económicos del período que aborda en su estudio aparecerán en otro volu­men separado, lo que, aparte de un siste­ma expeditivo para resolver el problema del exceso de material, constituye una for­ma de, organización del trabajo historio-gráfico perfectamente acorde con nuestra

1 Historia general de España y América. Tomo V: Los Trastámara y la unidad espa­ñola (1369-1517); tomo XVI-2: Revolución y Restauración (1868-1931), Ediciones Rialp, Madrid, 1981; 699 y 631 págs.

forma actual de articular los diferentes en­foques de la investigación histórica. Por ejemplo: en el trabajo de Jover citado an­teriormente se ha recurrido a una divi­sión temática análoga, y aun los aspectos culturales se ofrecerán en un volumen dis­tinto al de los aspectos sociales y econó­micos.

Otro aspecto que conviene advertir, con relación al trabajo que nos ofrece Andrés-Gallego, es que forma parte de una his­toria general en la que deliberadamente se ha pretendido el tono de la alta divul­gación, con lo que tiene de necesidad de hacer compatible la calidad científica con la calidad o, por lo menos, la claridad de exposición literaria.

Andrés-Gallego ha resuelto esta doble exigencia a base de trazar una organiza­ción temática clara y eficaz y a base, por supuesto, de la reconocida solvencia de los profesionales que ha llamado a colaborar en su realización. Para lo primero ha dis­tinguido entre el sistema político y la historia externa del período, acumulando en el primero una referencia a los secto­res marginados del sistema político y una exposición de la mecánica del caciquismo, como realidad clave para la comprensión de la vida política de aquellos años. A este último aspecto se ha dedicado la colaboración —quizá excesivamente bre­ve— de un Joaquín Romero Maura, que demuestra su autoridad sobre el tema, pero también, lamentablemente, su cre­ciente distanciamiento de la actividad his-toriográfica. En cuanto a los grupos mar­ginados del sistema político, tratados tam­bién con una relativa brevedad, el estudio de éstos se debe a las plumas de Stan­ley G. Payne (Los nacionalismos), Ignacio Olábarri (Socialismo, comunismo y anar­quismo) y Carlos Dardé (Los republica­nos), que cumplen sus objetivos con efica­cia y claridad.

Una tercera parte de las páginas dedi­cadas a la descripción del sistema político son ocupadas por Andrés-Gallego para la descripción de éste durante el sexenio revolucionario, así como para una carac­terización del Estado durante la Restau­ración. En un texto también apretado —por la envergadura del objeto a estu­diar— el autor hace una elaboración muy personal, en la que la referencia directa

a los textos fundamentales proporcionan el armazón para una visión muy completa del sistema político en aquel período. También corresponde al coordinador del volumen una breve colaboración sobre tradicionalismo, corporativismo j democra­cia cristiana, que se relaciona muy directa­mente con otros trabajos de investigación que nos ha venido ofreciendo en los últi­mos años.

La mayor parte del volumen se dedica de todos modos a lo que se denomina «historia externa» del período 1868-1931. La abren las páginas que el doctor Espa­das Burgos dedica a los acontecimientos del sexenio revolucionario, con la garantía de su prestigio profesional de investigador y la experiencia de sus trabajos en rela­ción con este período. Situaciones como la de la crisis del «Virginius», por ejem­plo, salen así de los ámbitos de las publi­caciones especializadas para ofrecerse, lle­nas de vivacidad y de riqueza de matices, al conocimiento del gran público. Tam­bién son fruto directo de investigaciones anteriores las páginas que Espadas ha de­dicado a los momentos del desastre y a la política exterior española durante la crisis de la Restauración.

Hay, finalmente, un par de colabora­ciones que suponen una brillante aporta­ción de algunos de los historiadores que, desde el St. Anthony's College, de Oxford, se han venido dedicando desde hace años al estudio de la España contemporánea. Junto con el ya citado Romero Maura, la personalidad más relevante de ese grupo es la de Raymond G. Carr, que aquí nos ofrece, en colaboración con Stephen Carr, una visión de la crisis del parlamentaris­mo español centrada en el período 1913-1923, que matiza alguna de las afirmacio­nes más provocativas contenidas en su clásico estudio sobre la España contem­poránea.

Shlomo Ben-Ami, profesor en Tel-Aviy, pero que también ha trabajado y trabaja actualmente en St. Anthony's, cierra el vo­lumen con un capítulo sobre la dictadura de Primo de Rivera, que es un anticipo de un estudio más amplio que está a punto de terminar sobre el mismo perío­do y que se apoya en los brillantes resul­tados alcanzados por su conocido trabajo

en torno a los orígenes de la Segunda Re­pública.

Lo que el volumen nos ofrece es, por tanto, una imagen sugerente y variada del período histórico acotado, al que acompa­ñan unas sugerencias bibliográficas en las que, dentro del tono divulgativo que se ha procurado, se ha hecho renuncia a la biliografía no escrita en catalán o caste­llano. De todos modos, la muy diferente atención concedida por los colaboradores a este apartado nos eximen de señalar al­gunas ausencias, cosa muy fácil de hacer en algunos capítulos habida cuenta la con­cisión de las sugerencias bibliográficas que los acompañan. Una cierta homogeneidad en estos apartados hubiera sido de agra­decer.

Por lo demás, un empeño editorial de esta envergadura es también el fruto del trabajo —junto con los especialistas— de los equipos técnicos que atienden a las ilustraciones gráficas y a la presentación material del volumen. Todos ellos han rayado a gran altura en este volumen que se ha presentado al mercado, y desde la selección de grabados —muchos de ellos en color— hasta la misma calidad del papel utilizado han conseguido presentar un producto que puede satisfacer tanto a los bibliográficos como a los simplemente bibliómanos.

En cuanto al precio de venta, que con ser alto no es descabellado para los usos de nuestro mercado bibliográfico, los que escribimos desde centros universitarios no podemos ocultar nuestra idea de que los estudiantes universitarios —uno de los sectores que mayor beneficio podría sacar de estas grandes obras de divulgación— no podrán acceder fácilmente a estos tra­bajos, y que se hace necesario que las editoriales que lanzan estas grandes colec­ciones de nuestra historia hagan lo posible para que, en un plazo no muy lejano, al­gunos de estos estudios puedan llegar al mercado en ediciones rústicas y, por tan­to, asequibles a más amplios sectores de nuestra sociedad.

Todo ello en cualquier caso no impide que nos alegremos por la aparición de una obra que, por su calidad y por las ambi­ciones que apunta, enriquecerá indudable­mente nuestro panorama historiográfico.

RAZONES PARA LA ENERGÍA NUCLEAR

CARLOS SÁNCHEZ DEL RIO



Fred Hoyle s ¿Energía a extinción? El dilema de la energía. ENE Edicio­nes, S. A., 1978. Alianza Editorial, 1981.

El librito que comentamos (se trata de una obra de 90 págs.) es un alegato ve­hemente en favor de la energía nuclear. El impacto que pueda causar en la opi­nión pública depende de muchos factores, que trataré de analizan: a lo largo de esta recensión.

En primer lugar conviene referirse al autor. Sir Fred Hoyle es un distinguido científico. Es un astrofísico muy notable, bastante conocido por el público culto en las Islas Británicas, donde el prestigio de su autoridad puede sin duda arrastrar a un cierto número de lectores a aceptar su tesis. El efecto de su nombre en otras partes es probablemente inferior y, entre nosotros, casi nulo. Por eso el lector es­pañol se limitará a evaluar el contenido del libro sin ningún prejuicio de auto­ridad.

La obra se estructura en cinco partes, cuyos encabezamientos son harto expre­sivos: los ambientalistas antinucleares, es­trellas y átomos, energía, fuentes no nu­cleares de energía, fuentes nucleares de energía y la seguridad de la energía nu­clear.

Comienza el autor, ya en el primer ca­pítulo, afirmando que los movimientos antinucleares en Occidente son debidos a una manipulación de la Unión Soviética con objeto de detener el desarrollo de la energía nuclear, principal obstáculo (se­gún Hoyle) para su intento de dominio mundial. Sin ignorar ingenuamente el pa­pel de los militantes comunistas en la con­troversia nuclear, el tema es demasiado complejo para que pueda reducirse sim-plísticamente a una causa única.

Otra postura intransigente del autor se relaciona con la necesidad mundial de energía en el futuro. Establece como prin­cipio que la estabilidad política del pla­neta requiere que el consumo de energía per capita sea en todos los países igual al que actualmente existe en los Estados Unidos. Afirmación sumamente discutible

porque presupone aceptar los principios del desarrollismo de las últimas décadas, que claramente nos han conducido a una situación no satisfactoria. Parece probable (o por lo menos deseable) que la socie­dad futura evolucione en un sentido me­nos consumista y menos despilfarrador de energía y materias primas; el costo social de la actual sociedad de consumo es excesivo y puede ya percibirse el re­chazo de las nuevas generaciones, que son las que, en definitiva, configurarán el futuro. El propio título de la obra es apocalíptico y demuestra un perjuicio ini­cial en el sentido de negar por principio cualquier posibilidad social y económica distinta de la actualmente vigente en un número reducido de naciones (las indus­trializadas).

También muestra el autor apasiona­miento al rechazar con argumentos bur­dos (reducciones a situaciones extremas) la posible significación futura de las fuen­tes alternativas de energía (solar, cólica, geotérmica, etc.). Ciertamente, la posición de los ecologistas confiando sin sentido crítico en tales alternativas es insosteni­ble. Pero el desprecio del autor hacia cualquier fuente de energía que no sea nuclear no favorece la aceptación de la tesis del autor por parte de los lectores que sin prejuicios se inclinen por la obje­tividad.

El capítulo dedicado a la seguridad nu­clear es sin duda el mejor. A pesar del entusiasmo del autor (que resta eficacia a sus razonamientos), es indudable que, para cualquier lector objetivo, sus argu­mentos son mucho más poderosos que los que esgrimen los grupos antinucleares. La energía nuclear no es más peligrosa que otras industrias que aceptamos normal­mente, y los objetores a las centrales nu­cleares no tienen razón. Lo más impor­tante, sin embargo, no es la sinrazón de los antinucleares, sino la forma de con­trarrestar sus campañas, indudablemente



eficaces. En este sentido no creo que el libro sea particularmente útil. Decía el doctor Goebbels que la propaganda es el

arte de llegar a la voluntad sin pasar por la inteligencia. Los antinucleares dominan este arte. Sir Fred Hoyle, no.



«LA GUERRA DEL FIN DEL MUNDO», DE MARIO VARGAS LLOSA

JORGE CAMPOS



Ofrece esta novela los atractivos de la densidad de acción, la multiplicidad de los episodios, la existencia de personali­dades extraordinarias, carismáticas y hasta monstruosas, la vida colectiva de una re­gión y el estallido de unos hechos histó­ricos que parecen inverosímiles. Se aña­de, en cuanto a la expresión, el estar tra­zada con vivacidad de pluma, con un man­tenido interés que no decae, con la atrac­ción de algo- más que la apasionante vi­sión de hechos y figuras; es decir, con un algo mágico, por usar una palabra que tiene ya sentido en la narrativa hispano­americana. Esta superación de lo real nace del manejo de los hechos reflejados de tal modo que no es posible separar lo fantás­tico e irracional de lo transmitido veraz­mente por el documento. Los hechos rea­les, tal como se han conservado, son lo bastante alucinantes como para admitir interpolaciones imaginarias dignas de la más endiablada ficción surrealista.

Los hechos fantásticos, los que han na­cido de la pluma de Vargas Llosa, se in­sertan de tal modo en lo que pudiéramos llamar lo inverosímil de lo verosímil en la zona de Canudos que nos obliga a aceptarlos. La crónica revive sin. caer en la reconstrucción al modo como se insti­tuyó en la novela a partir del Romanti­cismo o se transformó en interpretaciones desde puntos de vista contemporáneos, aplicando principios filosóficos o psicoló­gicos en tiempos más próximos a nosotros. La historia estaba ahí. En crónicas de testigos, e incluso en las columnas de los periódicos contemporáneos, aquellos suce­sos habían inspirado ya un libro funda­mental en la literatura brasileña, Os Ser-toes, del escritor Euclides da Cunha.

Viene a cuento citar esta obra porque de ella ha nacido la novela de Vargas Llosa. Decirlo no es hacer ningún descu­brimiento, porque él no lo oculta y le dedica su libro. Os Sertoes es una obra un tanto informe de acuerdo con los cá­nones trazados en su tiempo para los géneros. Algo parecido diríamos, salvando fronteras y personalidades, al Facundo de Sarmiento. Libros en que la geografía, la descripción de la naturaleza y de los hom­bres y los hechos históricos y sociales desbordan la mirada científica y el pru­rito descriptivo para asumir el carácter de grandes obras literarias. A Euclides da Cunha le atrajo especialmente una zona de su país. Una zona donde apenas entra la civilización que va cristalizando en la costa. Tierra ignota, sueño de geólogo, va­rio en sus regiones naturales, terrible en sus caantingas y sus sequías. Adorable como un paraíso que reúne a los «ligerísi-mos ñandús», los aterradores pumas o «los jabalíes de patas rubias».

A Euclides da Cunha le sorprendía y admiraba la condición geográfica de una zona que obligaba a realizar una verda­dera epopeya al hombre que trataba de dominarla y colonizarla. Le preocupaba cómo aquella zona en que alternaban los desiertos con la exuberancia vegetal ha­bía escapado a la clasificación hegeliana de valles, estepas y litorales.

Un escenario tal exige también un hombre diferente, luchador contra el des­arraigo, al que le empujan una tras otra la esterilidad de la sequía o el arrasa­miento de las inundaciones.

Con el positivismo propio de su tiem­po (1866-1909) explica la formación de tipos especiales de hombre en la delimita-



da zona del Ser ton. De ahí deduce tam­bién su especial tipo de religiosidad, in­grediente indispensable para entender o simplemente enumerar lo que va a ser tema principal de su libro, y no mero protagonismo colectivo en la obra de Ma­rio Vargas Llosa. Cuenta el escritor bra-sileiro con una minuciosidad que no des­truye el atractivo, la extraña rebelión de esta zona del Brasil en los finales del pa­sado siglo, dirigida o inspirada por un original personaje, el Conselheiro (Anto­nio Vicente Mendes Maciel). Sus predi­caciones dan cuerpo a varios motivos de rebeldía, que confluyen en la creencia de un próximo fin del mundo y la feliz lle­gada del reino de los desheredados, los humildes y los que sufren. De verdadero «heresiarca del siglo n» en plena edad moderna le califica Da Cunha, y con tales características, acentuadas por una más nueva expresión literaria, pasa a las pági­nas de la novela de Vargas Llosa.

Señalada ya esta toma de un fondo de paisaje, gentes y hechos por parte de Var­gas Llosa como superponiendo ambos tex­tos, queda evidente el valor novelístico de su obra. Su originalidad no está sólo en el modo de narrar, sino en el de crear figuras y situaciones que tienen valor por sí mismas y que, entremezcladas al relato histórico, le cargan de una coloración que, por el camino de lo fantástico, viene a hacer más interesante la realidad.

Del libro de Euclides da Cunha —y de una historia que se acerca a lo invero­símil— viene el propio Conselheiro, los viejos bandidos o cangaceiros Pajeú, Joao Grande, Joáo Abade, el Beatito, el Fogue-teiro, los Vilanova, el viejo Macambira... A estos personajes se unirán otros naci­dos de la imaginación del novelista. Di­fícil es separar a unos de otros, aunque se exageren los rasgos de los recién lle­gados. Se mueven unos y otros con la misma facilidad en los episodios y los combates. Un doble carácter entre lo real y lo monstruoso va a contribuir a hacer­les más verosímiles, aun en el caso extre­mo del León de Natuba, verdadero mons-

truo físico que encuentra su razón de vida en las predicaciones del Conselhei­ro. Es como un símbolo de lo que los yagunzos fueron y representaron.

Como se acaba de decir, este fondo, aceptado de un texto anterior como otras veces se aceptan los hechos cotidianos que contempla el novelista, sirve de soporte a una trama propia que acentúa sus ca­racteres humanos en una más profunda expresión y en un contexto social e his­tórico más amplio: la rebelión de los ya­gunzos no estuvo despegada de la histo­ria mundial de su tiempo. Por este lado es por donde Vargas Llosa liga al lector con problemas y actitudes universales. Hay un personaje que cumple esta mi­sión: el ideólogo anarquista, viejo com-munard, expulsado del mundo europeo, que cree encontrar en la demencial rebe­lión las mismas raíces de sus utopías. Su vida acabará absurdamente subrayando lo irracional de sus actos, que nos le mues­tran complicado en episodios en los que el amor y la muerte han desempeñado una parte importante. Otro personaje, el periodista miope, arrastrado también al vértice de la demencial epopeya, contri­buye a mostrar la relación entre el mundo fantástico y brumoso que rodea a sus ojos sin gafas y a la vida cotidiana de la costa con sus periódicos, sus intrigas políticas y, al fin y al cabo, con el impacto que la fantástica rebelión ha causado en los hombres.

Esta repercusión de los hechos en las conductas, este retomar la vida sin poder borrar las huellas de lo pasado es lo que da la dimensión humana a la novela. También es la fuente de donde procede la aceptación de lo inverosímil y el con­ducir al lector a un escenario de mara­villosos sucesos que nunca se desarraigan del todo de la realidad.

La aventura, como vehículo de la acción novelesca, ha obligado al autor a algún cambio de enfoque y estilo con respecto a sus obras anteriores, aunque no desapa­rezca del todo su técnica, bien conocida por sus lectores.

CANUDOS, ÁRBOL DE HISTORIAS

GILBERTO DE MELLO KUJAWSKI

En La guerra del fin del mundo, Var­gas Llosa redescubre el tema de la campa­ña de Canudos, movimiento revolucionario producido al final del siglo pasado en el interior de Bahía. Canudos sirvió de argu­mento estructural al gran clásico de la literatura brasileira Los seríaos. El autor de este libro monumental, híbrido de lite­ratura y sociología, fue el ingeniero Eucli-des da Cunha (1866-1909), estrechamente ligado al grupo de militares positivistas responsables de la proclamación de la Re­pública en 1889. Enviado por el diario O Es fado de Sao Paulo, como corresponsal, a la región de Canudos, interpretó aquella sedición como obra de monárquicos in-conformistas y envió todos sus artículos al periódico acompañados de la exclama­ción «¡Viva la República!». El gran efecto que produjo el libro, al ser publicado en 1902, tenía su razón de ser: a través de sus candentes páginas revelaba vivamente a los lectores la existencia de otro Brasil hasta entonces ignorado o reprimido por la cultura nacional, acostumbrada a refle­jar los valores cosmopolitas de la cultura europea, sobre todo francesa. Euclides da Cunha mostraba las tierras y los hombres del interior profundo, del sertao, expues­tos en toda su crudeza y brutalidad a los ojos estupefactos de un público hasta en­tonces mecido dulcemente por la imagen idílica del país litoral, culto, cortés y «ci­vilizado». El análisis geográfico, etnoló­gico y sociológico llevado a cabo por Euclides da Cunha al nivel del positivis­mo, que era el horizonte epistemológico dominante en la época, se expresa en un estilo grandioso, henchido de efectos lite­rarios, dominado por el juego de antítesis fulgurantes, con lo cual la obra resulta ser un exponente de lo que alguien ha califi­cado, con bastante propiedad, como «ba­rroco científico».

Para hacerse una idea de la manera en que el fenómeno Canudos fue visto por la cultura oficial brasileira, que aún sub­siste, he aquí un fragmento del Dicionáño de Historia do Brasil, editado en 1969, voz «Campaña de Canudos»;

«Movimiento místico-religioso y antirre­publicano desarrollado en 1896 y 1897 en el sertao de Bahía, región del río Vasa Barris, comarca de Monte Santo. Canudos era una vieja hacienda ganadera, a la ori­lla de ese río. En 1890 estaba formada por unas cincuenta casuchas y algunas chozas de barro con paredes de tablas entrecruzadas. En 1893, aquel lugar, don­de apenas había una casa de vaqueros y media docena de edificaciones medio de­rruidas, transformóse rápidamente en un centro de misticismo y haraganería, que obligó a la República a enviar cuatro ex­pediciones para mantener una lucha tre­menda contra la ignorancia y el bandi­daje. El reducto central de la llamada 'Troya de paja' no se rindió hasta el com­pleto exterminio. Encabezó el movimiento Antonio Vicente Mendes Macíel, llamado Antonio el Consejero.»

Misticismo, haraganería, ignorancia, ban­didaje: éstos son los sustantivos preferi­dos por los medios oficiales para calificar el episodio de Canudos. Antonio el Con­sejero, el profeta de la rebelión, figura impresionante de anacoreta sertanero, no tuvo mejor suerte. Hasta hoy ha sido con­siderado como un «loco», «fanático», «de­pravado» que indoctrinaba a las multitu­des contra la República, explotando la superstición y con la compañía permanen­te de secuaces que cometían excesos de todo tipo.

Contribuyó, sin duda, a la fijación de esta imagen negativa de Canudos y del Consejero la retórica inhumanamente ilu-minista de Euclides da Cunha, al honrar a la bandera de la República, en la cual se inscribe el lema positivista «Orden y progreso». Aunque su libro desvelase la existencia de un inmenso territorio cultu­ral desconocido, enraizado en lo más pro­fundo de la condición brasileira, Euclides da Cunha no comprendió a Canudos, al estar limitado por los prejuicios culturales y científicos de su tiempo. Hay frases re­veladoras. Al describir el crecimiento des­ordenado y vertiginoso del viejo poblado cuando se instaló en él el Consejero,

Euclides da Cunha estremece al lector con el acento terrible de estas palabras: «Una urbs monstruosa, de barro, delimi­taba una civitas siniestra de error.» Canu­dos sería una encarnación del error, del fanatismo, del oscurantismo, y nada más: imagen de un Brasil arcaico, primitivo, salvaje, el envés de la patria risueña del litoral, acariciada por la ciencia y por las letras de la Atenas francesa. «Canudos era el estereotipo del rostro dudoso de las primeras agrupaciones bárbaras.» ¿Y qué hay del Consejero, cómo encarnaba la fi­gura del anacoreta habituado a la vida ascética, durmiendo siempre en el duro suelo, alimentándose de cereales y vivien­do de limosna? Para este personaje reser­va el autor de Los seriaos duras palabras en la última página de su libro:

«Devolviéronle a la cueva. Pensaron, no obstante, después guardar su cabeza tantas veces maldita, y como sería malgas­tar el tiempo exhumarlo de nuevo, un cuchillo diestramente blandido, en esa misma actitud, la cortó; y el rostro ho­rrendo, lleno de costras, apareció una vez más ante aquellos triunfadores...

»Llevaron después el cráneo al litoral, donde deliraban muchedumbres de fiesta. Que la ciencia dijese la última palabra. Allí estaban, en el relieve de las expresi­vas circunvoluciones, las líneas esenciales del crimen y de la locura...»

Euclides da Cunha, republicano entu­siasta, adepto al orden y al progreso, re­presentaba al hombre del litoral, de la porción más desarrollada del país, frente a Canudos y al Consejero, horrorizado y avergonzado del país del interior, arcaico, religioso, analfabeto, sin nada en común con el ufanismo ilimitado de la patria re­publicana. Los dos Brasiles, en palabras de Jacques Lambert, que dedicó al tema un libro con este título: el Brasil moder­no contrapuesto al Brasil arcaico, cultu-ralmente incomunicables entre sí. Euclides da Cunha descubrió la otra cara de la realidad brasileira y, no obstante su in­tensa visión y su grandioso estilo, no supo dar cuenta de lo que descubría; es­taba ciego para aquella nueva realidad que le parecía monstruosamente atrasada, como una regresión del estado positivo al estado religioso, empleando el lenguaje de Comte.

Mario Vargas Llosa fue durante años un lector obsesivo de Los seríaos, lo cual no es de admirar, ya que el lenguaje de Euclides es envolvente y arrebatador. Lo que resulta admirable, eso sí, es que un libro tan acentuadamente brasileiro por el tema y por la lengua pudiera galvanizar tan intensamente a un gran autor de otro país, de otra lengua y de tan distinta tra­dición cultural como el peruano Vargas Llosa. Apreciar, admirar un texto extran­jero es muy común, pero Llosa ha ido más allá: se ha identificado en cuerpo y alma con el asunto, se ha dejado poseer mediuminicamente por Canudos, constru­yendo una obra maestra de la literatura peruana con material de la historia y la cultura brasileñas. El episodio de Canu­dos, hasta ahora de carácter estrictamente nacional, se ha transformado en una saga latinoamericana de alcance universal.

Segundo motivo de admiración: con todo su entusiasmo por Los seríaos, Var­gas Llosa no repite en absoluto a Eucli­des da Cunha. Construye una obra total­mente original en el espíritu y en la for­ma, situada en los antípodas de Los seríaos.

Canudos fue desde el comienzo un tema explosivamente polémico, perturbado por distintas y contrarias interpretaciones po­líticas, históricas, científicas, religiosas y culturales. Ya hemos visto cómo Euclides da Cunha imprimía a su obra el sentido de un libelo mesiánico contra lo que juz­gaba como una peligrosa subversión anti­republicana y anticultural de fondo oscu­rantista. En la lectura de La guerra del fin del mundo desfilan otras interpreta­ciones igualmente parciales y tendencio­sas. Tan reductora como la de Euclides da Cunha, y relacionada con ella, es la interpretación nacionalista-militar defendi­da por el coronel Moreira César, figura histórica, el jefe de la tercera expedición malograda contra Canudos, transformado en personaje literario en la novela de Vargas Llosa. He aquí una muestra de su lenguaje:

«Ahora hay un Presidente civil, un ré­gimen de partidos que divide y paraliza el país, un Parlamento donde todo esfuer­zo para cambiar las cosas puede ser de­morado y desnaturalizado con las artima­ñas en las que ustedes son diestros. Can-

taban victoria ya, ¿no es cierto? Se habla incluso de reducir a la mitad los efectivos del Ejército, ¿no? ¡Qué triunfo! Pues bien, se equivocan, Brasil no seguirá sien­do el feudo que explotan hace siglos. Para eso está el Ejército. Para imponer la unidad nacional, para traer el progreso, para establecer la igualdad entre los bra-sileiros y hacer al país moderno y fuerte. Vamos a remover los obstáculos, sí: Ca­nudos, usted, los mercaderes ingleses, quienes se crucen en nuestro camino.»

En el curso de la novela, Vargas Llosa renueva incesantemente la pregunta por lo que fue Canudos, por su esencia, por el núcleo de aquella tragedia sertanera. Hemos visto las respuestas de Euclides da Cunha y de Moreira César. Hay otras in­terpretaciones posibles.

Como un ejemplar exótico en medio de la población nativa de Bahía irrumpe en el texto de Vargas Llosa la figura fan­tástica de Galileo Gall, frenólogo escocés, anarquista y revolucionario; personaje pa­tético, procura desesperadamente unirse a los matones del Consejero, muriendo sin realizar su proyecto. Canudos quedaba de­masiado lejos para él. Para sus ojos visio­narios, Canudos era una utopía de la so­ciedad revolucionaria convertida en rea­lidad, según el modelo del socialismo europeo; una comunidad libre, sin clases, sin estado, sin leyes, donde todos eran iguales y en la que no circulaba el peca­minoso dinero de la República.

«Las casas, los sembríos, los animales pertenecen a la comunidad, son de todos y de nadie. El Consejero los ha conven­cido que mientras más cosas posea una persona menos posibilidades tiene de es­tar entre los favorecidos el día del Juicio Final. Es como si estuviera poniendo en práctica nuestras ideas, recubriéndolas de pretextos religiosos por una razón táctica, debido al nivel cultural de los humildes que lo siguen. ¿No es notable que en el fondo del Brasil un grupo de insurrectos forme una sociedad en la que se ha abo­lido el matrimonio, el dinero, y donde la propiedad colectiva ha reemplazado a la privada?»

La motivación religiosa, vista como pre­texto y táctica engañadora por el materia­lismo de Galileo Gall, es para muchos, por el contrario, la propia esencia del fe-

nómeno Canudos: «Pero la lógica de los elegidos del Buen Jesús no era la de esta tierra. La guerra que ellos libraban era sólo en apariencia la del mundo exterior, la de uniformados contra andrajosos, la del litoral contra el interior, la del nuevo Brasil contra el Brasil tradicional. Todos los yagunzos eran conscientes de ser sólo fantoches de una guerra profunda, intem­poral y eterna, la del bien y del mal, que se venía librando desde el principio del tiempo.»

En suma, la pregunta es siempre la misma: ¿Qué es Canudos? Esta es la in­terrogación que recorre toda la novela, de cabo a cabo, la perplejidad latente que alimenta el libro y que de vez en cuando se vuelve explícita, como en este pasaje: «¿Puede explicarse Canudos de acuerdo a los conceptos familiares de conjura, rebel­día, subversión, intrigas de los políticos que quieren la restauración monárquica? Hoy, oyendo al empavorecido curita, he tenido la certidumbre que no. Se trata de algo más difuso, inactual, desacostum­brado, algo que su escepticismo le impide llamar divino o diabólico o simplemente espiritual. ¿Qué, entonces?»

Canudos suele ser reducido, incluso, a tema simplemente «sociológico», lo cual es perfectamente explicable por factores como los hombres, el medio, la cultura, la tradicional carencia de recursos del nordeste brasileiro. Creo que, después de tanta degradación del tema, por obra de tantas y tan erróneas interpretaciones, la degradación sociológica sería la última que faltaba.

La genialidad del libro de Vargas Llosa está precisamente en descartar, una a una, todas las interpretaciones parciales y en­gañosas a que ha estado sujeto el tema Canudos, librándolo del peso de todas ellas con el fin de restituirle la ligereza fluctuante, alada, el frescor auroral de una epopeya. La verdad íntima de Canu­dos no la explica Vargas Llosa mediante conceptos, sino que la demuestra ejecuti­vamente, en la hechura de su propia obra: Canudos fue poesía en acción, aquello •para lo cual sólo existe una palabra: mito. Vargas Llosa transporta a Canudos de la historia al mito. Canudos fue una explo­sión sangrienta de ingenuidad popular,

por tanto, de poesía popular, personifica­da en la legión de tipos grotescos y de alma honrada que integran el cortejo per­manente del Consejero: el León de Na tu­ba, el Beatito, Jurema, el Enano, el ex comerciante Antonio Vilanova, los ban­didos convertidos Joao Grande y Pajeú, Mario Quadrado, monstruos, anormales, inválidos, los desgraciados del mundo, de los que forman parte también el frenólogo idealista Galileo Gall, y aquel personaje central, curiosamente innominado, el «pe­riodista miope», todos ellos integrantes de un círculo escatológico que se mueve alrededor del taumaturgo que promete salvación eterna a quienes se acerquen a él. La fuerza y la delicadeza del lenguaje poético predomina sobre el aspecto reli­gioso, o político, o social, o cualquier otro con que se quiera revestir el asunto. Vargas Llosa transmuta la insurrección de Antonio el Consejero en materia mitoló­gica pura, «materia de Canudos», del mis­mo modo que se habla de «materia de Bretaña». Fue este «interior» de Canu­dos, su vivencia originaria, lo que Eucli-

des da Cunha no supo captar, limitado por los prejuicios científicos y políticos de la época, ni Moreira César advertir, bloqueado por su nacionalismo jacobino, como tampoco Galileo Gall, cegado por su utopismo socialista; y lo que ni el mis­ticismo ni la sociología profesoral podrían deducir. La verdad de Canudos es irreduc­tible a ciencia, a política, a religión, a so­ciología, y se sitúa en el nivel anterior al tiempo histórico y a la dimensión empí­rica. Una floración fantástica de esa ma­ravilla tropical construida no sólo de pro­digios que es Bahía.

«Canudos no es una historia, sino un árbol de historias», una clave del enigma entrevista por el periodista que desmiente su miopía con este atisbo de clarividen­cia. El árbol de Canudos es fuente inago­table de muchas y diferentes historias, pero no es en sí historia. Es una entidad quimérica plantada en el fin, o en el co­mienzo, del tiempo, un árbol mitológico que hoy hace sombra no sólo sobre Bra­sil, sino también sobre América Latina y sobre el reino universal de las letras.


HISTORIADORES ANGLOSAJONES Y EJERCITO ESPAÑOL

JUAN AVILES PARRE



Daniel U. Headrick: Ejército y política en España (1866-1898). Tecnos, Madrid, 1981; 294 págs.

El papel político desempeñado por el Ejército en la historia contemporánea de España es uno de los factores que dife­rencian a ésta respecto al modelo eu­ropeo y, en cambio, la acercan a los casos de Latinoamérica y de los nuevos Estados del Tercer Mundo. Como por otra parte España sí es por la mayoría de sus ras­gos históricos, y no sólo por su situación geográfica, un Estado europeo, es lógico que el tema haya llamado la atención de los historiadores extranjeros, y muy espe­cialmente de británicos y norteamericanos, que son los grandes especialistas no es­pañoles en nuestra historia contemporá­nea. Resultado de ello ha sido que, a pe-

sar de que ya existen autores españoles, ya sean militares, como Julio Busquéis, historiadores, como F. Fernández Basterre-che, o periodistas, como José Ramón Alonso, que han empezado a abordar el tema, las principales síntesis hayan sido hasta ahora obra de anglosajones.

Prescindiendo de la obra de C. Boyd, Praetorian Politics in Liberal Spain (1979), no traducida al castellano, se dispone de tres obras que cubren enteramente el pe­ríodo de 1800 a 1939. Las dos primeras aparecieron en 1967: fueron, The Origins of Military Power in Spain, 1800-1854, de Eric Christiansen, publicada en Ox­ford, y Politics and the Military in Mo-

dern Spain, de Stanley G. Payne, publi­cada en Stanford, California, obra más lograda que la anterior y que, salvo los capítulos introductorios, se centra en el primer tercio del siglo xx. Ambas han sido traducidas al castellano, y la de Pay­ne en dos ocasiones: en versión original en París, en Ruedo Ibérico, y en versión modificada en Madrid el año 1977 con el título Ejército y sociedad en la España liberal (1808-1936). El período que hasta entonces había recibido menos atención es el que cubre la obra de Headrick, cuya aparición ahora comentamos.

Relativamente breve, mérito que siem­pre es de agradecer dado el esfuerzo que la actual abundancia de publicaciones obli­ga a todo el que quiera estar al día en estos temas, este libro de un investigador de la Universidad de Princeton tiene otras varias virtudes. Enmarca la cuestión estu­diada en el problema general del milita­rismo, proporcionando en su primer capí­tulo un corto estado de la cuestión, pero útil sobre el militarismo en el mundo contemporáneo. Enmarca también su estu­dio en la historia española del siglo xix, facilitando así su comprensión por el lec­tor no especialista. Y sobre todo hace preceder al análisis de la evolución polí­tica del Ejército cuatro capítulos en los que estudia su organización y su base humana. Dicho de otra manera, es un libro que está a caballo entre la historia social y la historia política, y es sabido que en todas las ciencias es frecuente que las líneas más fructíferas de investigación se encuentren en la confluencia de dos de sus ramas.

En los capítulos sobre organización y

base humana se explican bastantes cuestio­nes poco conocida por los profanos en te­mas militares y que son, sin embargo, muy útiles para entender aspectos importantes de nuestra historia. Lo que dice, por ejem­plo, del reclutamiento de los soldados, uti­lizando los resultados de las interesantes investigaciones de Nuria Sales, facilita mu­cho la comprensión de la política militar auspiciada por los revolucionarios en el sexenio. Su análisis del cuerpo de artille­ría, que utiliza las poco difundidas obras del general Vigón, permite comprender el significado y la importancia del enfrenta-miento que años después tendría el dicta­dor Primo de Rivera con este cuerpo.

Los capítulos estrictamente políticos es­tudian cómo se transformó el papel que jugaba el Ejército en la política española en esa bisagra decisiva del siglo xix que fue el sexenio revolucionario, y muy espe­cialmente el año 1873, en el que Ejército y Estado parecieron estar a punto de des­integrarse al unísono. Se pasó así de la era de los pronunciamientos a la Restau­ración, período en el cual el Ejército des­apareció del primer plano político al tiem­po que reforzaba su cohesión interna. Por último, el libro concluye con la descrip­ción de cómo en la última década del xix fue abriéndose un foso de incomprensión entre los militares y ciertos sectores de la sociedad civil, que iba a tener grandes repercusiones en el siglo xx. Incidental-mente, si es cierto que del conocimiento nace la comprensión, la aparición de li­bros como éste debe ser saludada no sólo por su valor historiográfico, sino por su contribución a que ese foso nunca vuelva a abrirse.


UN EPISTOLARIO SINGULAR

JOSÉ MARÍA MARTÍNEZ CACHERO



Lo es por diversos motivos —número de cartas remitidas (257), escritas a lo largo de medio siglo (de 1904 a 1956), enviadas desde lugares muy distintos (Oviedo, Madrid, Londres, Allentown, Buenos Aires, entre otros); cartas de un escritor a un amigo entrañable que no lo

era, en las que salen a relucir, sin ocul-tamiento interesado y con desgarrada fran­queza a veces, la vida, la obra y el tiem­po literario e histórico de quien las es­cribe— la edición, a cargo de Andrés Amorós, de las cartas de Ramón Pérez de Ayala al banquero granadino Miguel



Rodríguez-Acosta *. Interesante contribu­ción documental con motivo del centena­rio del primero (Oviedo-, 1880), no mal celebrado por medio de artículos y certá­menes, conferencias y publicaciones de li­bros, descubrimiento de lápidas y monu­mentos y hasta con un simposio interna­cional en la Universidad norteamericana de Albuquerque (Nuevo México), sin que, según piensa, nada de esto jiaya repercu­tido decisivamente en una más amplia aceptación y lectura de la obra de quien, como Pérez de Ayala, continúa siendo es­critor para minorías.

El profesor Amorós, nombre cimero- de la investigación y la crítica ayalinas, tuvo la fortuna de encontrar en la casa de la familia Rodríguez-Acosta este conjunto epistolar, y con la aquiescencia de las par­tes interesadas (herederos del destinatario y del remitente de las cartas) y el patro­cinio de la Caja de Ahorros de Asturias lo dispuso para su publicación en volu­men. Abre el mismo una introducción ex­plicativa del editor que describe externa­mente el epistolario, señala su relevante interés, historia esa buena y larga rela­ción amistosa, pone de manifiesto las no­vedades que para el mejor conocimiento del escritor aporta esta correspondencia, y se refiere, por último, a la ordenación cronológico-temática de ella que se ha per­mitido hacer. A la introducción siguen las cartas en número de 185 sobre el total de 257 antes mencionado, diferencia cuan­titativa que se explica, de una parte, para «evitar repeticiones que se producen fre­cuentemente en una correspondencia ínti­ma como ésta o pormenores que hoy ca­recen de interés», y de otra, por obedien­cia «al criterio de la familia Pérez de Ayala [que considera] que ciertos porme­nores deben quedar en el círculo íntimo para el que fueron escritos»; cartas una a una doctamente anotadas por Amorós al objeto de esclarecer hechos, alusiones, títulos de libros, periódicos, nombres de personas, etc. Dibujos de Pérez de Ayala



1 Ramón Pérez de Ayala, 50 años de car­tas íntimas (1904-1956) a su amigo Miguel Rodríguez-Acosta. Edición de Andrés Amo­rós (Caja de Ahorros de Asturias. M., Casta­lia, 1980. Un vol. de 408 págs. con autógra­fos y dibujos de Pérez de Ayala y fotogra­fías.)

con muy variado asunto, autógrafos ex­traídos de las cartas, fotografías persona­les, familiares y amicales ilustran oportu­namente las páginas del libro.

En diez capítulos cronológico-temáticos distribuye Amorós este epistolario, a sa­ber: 1. «Troteras y danzaderas» (dieciocho cartas, fechadas entre 1904 y 1907, que informan de sus correrías eróticas madri­leñas, de una estancia en Oviedo «en ple­nas fiestas [de San Mateo], que quiere decir en plena cursilería», o de su llega­da a Londres, donde es corresponsal de] diario bonaerense La Nación); 2. «Muer­te del padre» (doce cartas, entre 1908 y 1911, que refieren las circunstancias del fallecimiento- voluntario del honrado co­merciante don Cirilo Pérez [febrero de 1908] y las consecuencias personales y familiares que de tal suceso se deriva­ron); 3. «Noviazgo y boda» (dieciséis car­tas, entre 1912 y 1914, que tienen como hecho culminante la boda del escritor con la señorita norteamericana Mabel D. Rick el día 1 de noviembre de 1913 en una iglesia pro-testante de Allentown, ciudad con más de 52.000 habitantes y «alrede­dores muy pintorescos [que] me recuer­dan los paisajes de Asturias»); 4. «La Bi­blioteca Corona» (veinte cartas, entre 1914 y 1918, llenas de noticias literarias sólo atañantes a la empresa editorial que Pé­rez Ayala funda con la colaboración de Enrique de Mesa, poeta, crítico de teatro y dilecto amigo, y la ayuda económica de Rodríguez-Acosta); 5. «Los años veinte» (dieciocho cartas, entre 1919 y 1929, con sucesos y lugares diversos: visita a los suegros en Allentown para que conozcan a los dos nietecillos; premio «Mariano de Cavia» 1921 por un artículo sobre el pintor Ignacio Zuloaga y salida en este mismo año de la novela Belarmino y Apo-lonio; estancias en La Granja y en Riaza, donde en septiembre de 1928 se recupe­ra Pérez de Ayala de una enfermedad no de cuidado, al tiempo que trabaja «recio y a mi satisfacción»); 6. «Los años trein­ta» (nueve cartas, entre 1930 y 1934, co­rrespondientes a años muy movidos de la vida española y de la biografía del escri­tor metido en la política: directivo de la Asociación al Servicio de la República, diputado a Cortes por Asturias, embaja­dor de España en Londres y, por otra

parte, aspirante al Nobel de Literatura); 7. «El exilio: Francia» (once cartas, entre 1938 y 1940, de quien está muy atento a lo que pasaba en España, donde sus hijos combatían en el ejército nacional; después, ya en plena guerra mundial, a Pérez de Ayala le confortaría el que «Dios ha querido dejarnos al margen de esta prueba, que hubiese sido tal vez más atroz aún [que la guerra civil espa­ñola]»); 8. «Argentina» (treinta y dos cartas, entre 1940 y 1950, conjunto nu­meroso donde hay lugar [los años no pa­san en balde] para el recuerdo y el des­engaño. Se sostiene ahora casi exclusiva­mente de sus colaboraciones periodísticas, convertido en obligación perentoria «aque­llo [el escribir] que es el primer placer y consuelo de mi vida». Continúa en el exilio porque, aun cuando ha recibido «frecuentes e insistentes, si bien discretas, indicaciones» para que regrese a España, donde viven su primogénito y sus nietos, y aunque mucho le gustaría hacerlo, «no me gustan ciertas gentes que manejan ligeramente y con demasía ese régimen [el de Franco]», estimado no obstante como «insustituible» y «necesario»); 9. «Los hijos» (treinta y tres cartas, entre 1950 y 1954, precedidas por el telegrama que da cuenta del accidente motorista sufrido por «el Peque» [Eduardo]. Pérez de Aya­la vive ahora preferentemente para sí y los suyos recluido en el piso de Buenos Aires, visitado asiduamente por algunos fieles amigos y en conversación gustosa asimismo con otros amigos no menos que­ridos —los libros—, complacido en la preparación de sus artículos para el dia­rio ABC: «una labor que me interesa y me distrae»); 10. «En Madrid, otra vez» (trece cartas, entre 1955 y 1956, escritas

por una persona ya vieja y envejecida, situada «en este laberinto oscuro que es mi vuelta a España», para el que no acierta a vislumbrar salida, a disgusto con un clima intelectual y moral que no le va porque le repugnan las «retóricas di-tirámbicas, estupideces y cochinerías» que parecían privar en aquel momento). Ra­món Pérez de Ayala falleció en Madrid el día 5 de agosto de 1962).

El repaso que precede, de forzosa bre­vedad y al hilo de la ordenación dispuesta por el editor de este epistolario, creo que muestra la variedad e interés del mismo no sólo para conocer de primera mano al autor de las cartas por fuera y por den­tro —como, por ejemplo, si confiesa ser, distintamente a lo que pudiera creerse, «rico de sentimientos, aun cuando no me guste hacer alarde de ello»—, sino tam­bién para informarnos acerca de la vida literaria y política de la España contem­poránea. Plácemes, pues, muy merecidos para esta nueva contribución ayalina del profesor Andrés Amorós, a cuyo excelente trabajo haré para terminar las dos ad­vertencias siguientes: primera, debe ser corregida en la línea veintisiete de la pá­gina 38 la lectura «evitado» por costado, tal como lo prueba en su línea décima el autógrafo ofrecido frente a la página 384, y segunda, la identificación de Val (nota 1 a la carta 13) con el marqués de Valero de Urría que propone Amorós no me pa­rece acertada, pues Val, a mi parecer, es el ateneísta Mariano Miguel de Val, fun­dador de la Academia de la Poesía Espa­ñola (véase el membrete de la carta 184), militante en el Modernismo (autor del libro de poemas Edad dorada, 1905) y es­tudioso del teatro de Pardo Bazán (1906), entre otras cosas.

UNA VALIOSA APROXIMACIÓN AL TEMA INQUISITORIAL

JOAQUÍN PÉREZ VILLANUEVA



Jaime Contreras: El Santo Oficio de la Inquisición de Galicia (poder., so­ciedad y cultura). Akal Universidad, 1982.

Acaso no deje de sorprender a muchos el interés que en nuestros días suscita el estudio de la Inquisición española. Ciertamente, no basta para justificarlo el que estemos ahora cumpliendo los qui­nientos años de la creación por los Reyes Católicos, tras la experiencia medieval, del organismo que, con rasgos tan pecu­liares, de tal modo había de influir en la vida española desde fines del siglo xv hasta bien entrado el xix. Ni nos falta la convicción de que el Santo Oficio marcó una huella muy profunda en nuestro vivir colectivo.

Sectores muy cualificados de investiga­dores, españoles y no españoles, se vuel­ven ahora, acuciosos, sobre el tema y pro­curan indagar la esencia de institución tan discutida desde planteamientos metodoló­gicos modernos y con postulados más in­dependientes y menos condicionados por previas actitudes. Superada, en parte, la vieja polémica, el historiador actual for­mula a los papeles inquisitoriales pregun­tas antes no planteadas, y obtiene de sus respuestas una imagen más rica de con­tenido sociológico y más ajustada a la realidad histórica. Quiere decirse que, de ¿as nuevas investigaciones, está saliendo una Inquisición nueva, que no importa saber si, con arreglo al modelo usual, es mejor o peor, porque, en todo caso, esta­mos seguros de que es distinta. Por va­rias razones: porque han cambiado, para enriquecerse, la técnica, los enfoques y el sistema de trabajo, y porque, en fórmula acuñada hace poco por el profesor Do­mínguez Ortiz, podemos, y debemos, acer­carnos hoy a la Inquisición «sin ira y sin nostalgia». Que es tanto como reconocer, sin discusiones ya ociosas, que el Santo Oficio es, en la vida de los españoles, un fenómeno irreversible y hay que desear que irrepetible.

No es extraño, en todo caso, que el tema haya producido y produzca una co-

piosa bibliografía, que no cesa. Está im­plicada en ella la vieja cuestión de la tolerancia y de la intransigencia, tan esen­ciales para el vivir humano; pero también la preocupante, la penosa convicción que acucia al hombre de hoy de que no han desaparecido de amplias zonas del univer­so político visible el ejercicio del poder como imposición de una doctrina y de unas creencias y la aplicación impositiva, por el poder dominante, de la vieja iden­tificación de la discrepancia con el delito. El poder político —se piensa y se prac­tica— posee la verdad, y quien discrepa de ella se sitúa —hereje— fuera de la co­munidad social y de la convivencia colec­tiva.

La Inquisición sirve, pues, como tema de reflexión vigente y, en el caso nuestro de españoles, como cala profunda en la realidad histórica de nuestra esencia na­cional.

En este nuevo clima, de rigor intelec­tual y de acercamiento objetivo a tema tan esencial, trabajan nuestros investiga­dores actuales, muy notables en número y calidad. Destaca entre ellos un prome­tedor equipo de jóvenes historiadores, que ya comienza a dar sus frutos valiosos. Jaime Contreras figura entre ellos, con méritos muy destacados, y acaba de con­sagrarse con este libro excelente que aquí se comenta.

El tribunal inquisitorial de Galicia, el último de los creados en la Península, respondía a una preocupación atlántica, que mueve a Felipe II, en guerra abierta en el mar, a instituirlo, al mismo tiempo que creaba en México el primero de los tres —con Lima y Cartagena de Indias— que habían de Operar —¿con débil efica­cia?— en el vasto espacio, casi inaprehen-sible, de las Américas. Momentos conflic-tivos, «días recios», los que marcan la decisión filipina de crear, con no pocas resistencias, el Tribunal de Santiago. Con-

treras señala las alternativas que retrasan la implantación de la red inquisitorial en tierras de Galicia y también los muy pe­culiares rasgos que había de imprimirle el carácter mismo de la también muy compleja sociedad gallega: de sus fuerzas sociales, de sus predominancias político-feudales, de sus acusadas convicciones y creencias.

El libro que se comenta no es sólo un estudio sobre la Inquisición, que ya sería bastante. Es, además, una indagación pro­funda sobre el ser histórico de Galicia y una aportación con la que habrá que con­tar, desde ahora, para la cabal compren­sión del proceso histórico del reino. Es también el primer intento serio de anali­zar la acción inquisitorial en las viejas tierras gallegas. Tras los tanteos, más bien intencionados que valederos, de ilustres precursores como Murguía, Barreiros y Ló­pez Ferreiro, la historia de la Inquisición gallega esperaba el esfuerzo que Contreras resume ahora en este libro importante. Sus densas páginas testimonian un trabajo serio y responsable, lleno de rigor y no­vedad, que sitúa la exploración inquisito­rial en un terreno metodológicamente re­novador. Ningún otro de los veintiún tri­bunales que en España, Italia y América articularon la acción inquisitorial española dispone hasta ahora de un estudio de tan­ta novedad y riqueza de enfoques y pers­pectivas como el que, desde ahora, se nos brinda para Galicia. Nada en este serio intento se elude para darnos un cuadro tan complejo, en el que la acción inquisi­torial sirve para revelarnos la trama so­cial, la resistencia al cambio, los conteni­dos religiosos, la trayectoria profunda de la «cultura popular», de sus desviaciones, prácticas y creencias. El choque, también, entre las viejas estructuras eclesiásticas y señoriales, tan pegadas a la tierra, y la red de inquisidores, familiares, comisarios y oficiales que pretendían uniformidad y respondían a principios y tendencias igua­ladoras.

La actividad procesal del Tribunal ga­llego durante sus tres siglos largos de vida, las prácticas jurídicas habituales y el resultado de su acción, producen reos y testifican delitos, que Contreras analiza en un intento de clasificación, cuantifica-ción y alternativas del mayor interés so-

cial. Los reos producen confesiones, más ricas cuanto más sinceras. Su análisis de­para datos para una aproximación cultural a la sociedad gallega difícil de lograr por otra vía que no sean los ricos papeles inquisitoriales.

El lector de este libro aún no iniciado en la materia encontrará novedad de enfo­que, variada perspectiva, riqueza de con­tenido. La importancia, también en esto, de la clientela, la vinculación familiar y la venta de cargos. Quien lo quiera, podrá saber mucho, también, sobre un tema de absoluta novedad: la hacienda inquisito­rial, sus fuentes de aprovisionamiento, partidas de ingresos y de gastos. Las in­cautaciones de bienes y su importancia decreciente. La mayor cuantía de las muy saneadas canongías de catedrales, colegia­tas y cabildos.

Por los nuevos cauces en los que dis­curren los estudios inquisitoriales, se tie­ne aquí un nuevo modelo de tratamiento, aplicable a estudios sucesivos sobre el tema. La Inquisición se beneficia de los nuevos enfoques que operan en el queha­cer histórico de nuestros días. En la me­dida en que la biografía perdió, al menos temporalmente, su vigencia, y que interesa menos hoy un destino personal que la vida menos visible del común de los que hacen la «intrahistoria», se queda atrás el estudio preferente de los procesos a gran­des figuras relevantes, que fue atracción, casi exclusiva, de la investigación de mu­chos años, para dar paso a los estudios colectivos, conceder la palabra al hombre oscuro, que nos habla, sin trabas, de sí y de sus creencias, de su actitud ante la vida, a través de los papeles inquisitoria­les, tan elocuentes para recomponer y sa­ber de los modos de sentir, pensar y creer de una sociedad entera.

Este libro y otros próximos a punto de aparecer van a cambiar la perspectiva vigente y van a brindarnos una Inquisi­ción más rica, más ajustada a las realida­des históricas, menos convencional y más verdadera. Lo que no disminuirá la gra­vedad de su peso histórico en la vida es­pañola, pero nos permitirá movernos en tema tan complejo con más rigor y menos carga de convicciones heredadas y de opi­niones revisables.

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