Nuestras "miradas" nos construyen



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Nuestras “miradas” nos construyen
Cada uno tiene una imagen de sí mismo que, por lo tanto, se llama AUTOIMAGEN. Esta imagen de nosotros mismos la vamos construyendo a partir de aquello que los demás perciben de nosotros y lo que luego nos “devuelven” sobre nosotros.
Esta autoimagen nos despierta diferentes sentimientos acerca de nosotros mismos. Esos sentimientos pueden ser de valoración, de fuerza, de optimismo, o bien pueden ser de pesimismo, amargura, tristeza, auto-desprecio… A esos sentimientos que nos genera nuestra autoimagen los llamamos AUTOESTIMA.
Integrando los dos conceptos podemos decir que según el modo en que nos miramos a nosotros mismos, así, entonces, será la forma en nos querremos a nosotros mismos.

Vamos a suponer que yo reconozco en mí ciertas cualidades que los demás (familia, amigos, escuela) no me reconocen. Dado que esas personas (importantes para mí) me miran “en negativo”, yo de a poco voy empezando a mirarme “en negativo”. Me miro desde lo que no puedo hacer, desde lo que no me sale bien, en vez de mirarme desde todas esas cosas que soy capaz de hacer.


Esa AUTOIMAGEN negativa (que no es del todo completa) me va quitando la confianza en mí mismo, la alegría de vivir y la satisfacción por ser quien soy; y, así, se me va generando una autoestima negativa. Y es aquí donde muchas veces, porque queremos “encajar” o caerle bien a otro, o resultar agradable a toda costa, nos mostramos con una actitud y una manera de ser que no es la nuestra. Todo esto provoca que, junto con la mirada de los demás, y con la experiencia que tuvimos en la vida, se vaya formando una autoimagen y generando una autoestima positiva o negativa.
Como sucedió en el juego de los retratos, donde cada uno recibió un dibujo en el que todos habían agregado lo que consideraban que le faltaba al otro; asimismo en la construcción de la propia imagen también colaboran los demás.

De la misma manera, cada uno de nosotros construye al otro; le vamos poniendo características o cualidades que muchas veces no corresponden a esa persona. Si alguna vez esa persona dijo o hizo algo que no nos gustó, o nos pareció incorrecto, ya le ponemos un rótulo, y muchas veces insistimos en ese “cartel” que le pusimos en la frente, sin darle la oportunidad de conocerlo realmente.


Cuando insistimos en que “éste no puede”, “éste no sabe”, “éste no sirve para esto o aquello”, “es el cargoso”, “es el haragán”lo que estamos haciendo es desfigurar al otro.

De cada uno de nosotros dependerá tratar de no rotular a nadie, y hacer el intento por conocerlo realmente. Cada uno de nosotros debemos decidir si queremos construir o destruir.

Nuestras “miradas” nos construyen
Cada uno tiene una imagen de sí mismo que, por lo tanto, se llama AUTOIMAGEN. Esta imagen de nosotros mismos la vamos construyendo a partir de aquello que los demás perciben de nosotros y lo que luego nos “devuelven” sobre nosotros.
Esta autoimagen nos despierta diferentes sentimientos acerca de nosotros mismos. Esos sentimientos pueden ser de valoración, de fuerza, de optimismo, o bien pueden ser de pesimismo, amargura, tristeza, auto-desprecio… A esos sentimientos que nos genera nuestra autoimagen los llamamos AUTOESTIMA.
Integrando los dos conceptos podemos decir que según el modo en que nos miramos a nosotros mismos, así, entonces, será la forma en nos querremos a nosotros mismos.

Vamos a suponer que yo reconozco en mí ciertas cualidades que los demás (familia, amigos, escuela) no me reconocen. Dado que esas personas (importantes para mí) me miran “en negativo”, yo de a poco voy empezando a mirarme “en negativo”. Me miro desde lo que no puedo hacer, desde lo que no me sale bien, en vez de mirarme desde todas esas cosas que soy capaz de hacer.


Esa AUTOIMAGEN negativa (que no es del todo completa) me va quitando la confianza en mí mismo, la alegría de vivir y la satisfacción por ser quien soy; y, así, se me va generando una autoestima negativa. Y es aquí donde muchas veces, porque queremos “encajar” o caerle bien a otro, o resultar agradable a toda costa, nos mostramos con una actitud y una manera de ser que no es la nuestra. Todo esto provoca que, junto con la mirada de los demás, y con la experiencia que tuvimos en la vida, se vaya formando una autoimagen y generando una autoestima positiva o negativa.
Como sucedió en el juego de los retratos, donde cada uno recibió un dibujo en el que todos habían agregado lo que consideraban que le faltaba al otro; asimismo en la construcción de la propia imagen también colaboran los demás.

De la misma manera, cada uno de nosotros construye al otro; le vamos poniendo características o cualidades que muchas veces no corresponden a esa persona. Si alguna vez esa persona dijo o hizo algo que no nos gustó, o nos pareció incorrecto, ya le ponemos un rótulo, y muchas veces insistimos en ese “cartel” que le pusimos en la frente, sin darle la oportunidad de conocerlo realmente.


Cuando insistimos en que “éste no puede”, “éste no sabe”, “éste no sirve para esto o aquello”, “es el cargoso”, “es el haragán”… lo que estamos haciendo es desfigurar al otro.

De cada uno de nosotros dependerá tratar de no rotular a nadie, y hacer el intento por conocerlo realmente. Cada uno de nosotros debemos decidir si queremos construir o destruir.


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