Occidente y el resto: discurso y poder



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Occidente y el resto: discurso y poder1
Stuart Hall
Contenido


  1. Introducción

1.l ¿Dónde y qué es “Occidente”?


  1. El Surgimiento de Europa

    1. ¿Cuándo y cómo empezó la expansión?

    2. Las cinco fases principales

    3. La era de la exploración

    4. Rompiendo el encuadre

    5. Las consecuencias de la expansión para la idea de “Occidente”




  1. Discurso y poder

    1. ¿Qué es un “discurso”?

    2. Discurso e ideología

    3. ¿Puede un discurso ser “inocente”?




  1. Representando al “Otro”

    1. Orientalismo

    2. El “archivo”

    3. Un “régimen de verdad”

    4. Idealización

    5. Fantasía sexual

    6. Des-conociendo la diferencia

    7. Rituales de degradación

    8. Resumen: estereotipos, dualismo y “escisión”




  1. “En el comienzo todo el mundo era América”

    1. ¿Son ellos “verdaderos hombres”?

    2. “Nobles” vs. “innobles salvajes”

    3. La historia de las naciones “primitivas” y las naciones” civilizadas




  1. De “Occidente y el Resto” a la sociología moderna




  1. Conclusión


  1. Introducción

Los primeros cinco capítulos de este libro examinan los largos procesos históricos a través de los cuales emergió un nuevo tipo de sociedad- avanzada, desarrollada e industrial-. En ellos se trazan, en términos generales, los recorridos mediante los cuales esta sociedad alcanzó lo que ahora es denominado como “modernidad”. Este capítulo explora el papel que jugaron las sociedades externas a Europa en este proceso. Examina cómo la idea de “el Occidente y el Resto” fue constituida; cómo las relaciones entre Occidente y las sociedades no occidentales fueron representadas. Nos referimos a esto como la formación del “discurso” de “Occidente y el Resto”.




    1. ¿Dónde y qué es “Occidente”?

Esta pregunta desconcertó a Cristóbal Colón y continúa desconcertando hoy. En la actualidad, muchas sociedades aspiran a volverse “occidentales”- al menos en términos de lograr los estándares de vida occidentales. Pero en los días de Colón (hacia finales del siglo quince), ir a Occidente era importante principalmente porque se creía que era la ruta más rápida hacia la fabulosa riqueza de Oriente. De hecho, a pesar de que debería haber sido claro para Colón que el Nuevo Mundo que encontró no era Oriente, nunca dejó de creer que lo era, y hasta adornó sus reportes con declaraciones extravagantes: en su cuarto viaje, aún insistía en que estaba cerca de Quinsay (la ciudad china actualmente llamada Hangchow), donde vivía el Gran Khan, ¡y donde probablemente estaría aproximándose a la fuente de los Cuatro Ríos del Paraíso! Nuestras ideas de “Oriente” y “Occidente” nunca han estado libres de mito y fantasía, y aún hoy en día no son ideas básicas de lugar y geografía.


Si bien tenemos que usar generalizaciones escuetas como “Occidente” y “occidental”, necesitamos recordar que ellas representan ideas muy complejas y que no tienen significados planos o únicos. A primera vista, estas palabras podrían relacionarse con asuntos de geografía y ubicación; pero al ser examinadas detenidamente, son más que esto, ya que también usamos las mismas palabras para referirnos a un tipo de sociedad, a un nivel de desarrollo, etc. Es cierto que aquello a lo que denominamos “Occidente”, en este segundo sentido, emergió en Europa occidental. Pero “Occidente” ya no está solamente en Europa, y no toda Europa está en “Occidente”. El historiador John Roberts ha observado que “los europeos han estado por mucho tiempo inseguros acerca de dónde ‘termina’ Europa en el Oriente. En el Occidente y en el Sur, el mar provee un espléndido indicador....pero en el Oriente el plano es continuo y el horizonte es terriblemente remoto” (Roberts, 1985. p.149). Europa oriental no propiamente pertenece a (aun no pertenece, ¿nunca ha pertenecido?) “Occidente”, mientras que Estados Unidos, que no queda en Europa, definitivamente sí pertenece a Occidente. Actualmente, técnicamente hablando, Japón es “Occidente”, aunque en nuestro mapa mental está tan al “Oriente” como es posible estarlo. En comparación, gran parte de América Latina, que está ubicada en el hemisferio occidental, pertenece económicamente al Tercer Mundo que lucha – sin mucho éxito- por ponerse al día con “Occidente”. ¿Qué son estas diferentes sociedades “Oriente” y “Occidente” exactamente? Claramente, “Occidente” es tanto una idea como un hecho geográfico.
La premisa subyacente a este capítulo es que “Occidente” es un constructo histórico, no geográfico. Por “Occidente” nos referimos al tipo de sociedad discutida en este libro: una sociedad desarrollada, industrializada, urbanizada, capitalista, secular y moderna. Tales sociedades emergieron en un período histórico particular - aproximadamente durante el siglo dieciséis después de la Edad Media y la caída del feudalismo. Ellas fueron el resultado de una serie de procesos históricos específicos - económicos, políticos, sociales y culturales. Hoy en día, cualquier sociedad que comparta estos rasgos, donde sea que ésta exista en el mapa geográfico, puede ser tildada de pertenecer a “Occidente”. El significado de este término es, por lo tanto, virtualmente idéntico al de la palabra “moderno”. Sus “formaciones” son lo que hemos estado rastreando en capítulos anteriores en este libro; este capítulo se basa en esa historia anterior.
“Occidente” es por lo tanto, una idea, un concepto- y esto es lo que más nos interesa en este capítulo. ‘¿Cómo emergió la idea, el lenguaje, de “Occidente” y cuáles han sido sus efectos?’ ¿Qué queremos decir al llamarlo concepto?
El concepto o la idea de “Occidente” pueden ser vistos operando de las siguientes maneras:
En primer lugar, nos permite caracterizar y clasificar sociedades en diferentes categorías- por ejemplo, “Occidental” y “no occidental”. Es una herramienta con la cual pensar. Pone a disposición una cierta estructura de pensamiento y el conocimiento en movimiento.
En segundo lugar, es una imagen, o una serie de imágenes. Condensa un número de rasgos diferentes en un mismo cuadro. Esto llama la atención del ojo de nuestra mente- esta idea representa en lenguaje verbal y visual- una imagen compuesta de cómo son diferentes sociedades, culturas, gentes y lugares. Funciona como parte de un lenguaje, un “sistema de representación”; (digo sistema porque no se sostiene por sí mismo, pero funciona en conjunto con otras imágenes e ideas con los que forma una serie; por ejemplo, “occidente” = urbano = desarrollado; o “no occidental”= “no industrializado”= rural = agrícola = subdesarrollado).
En tercer lugar, provee un estándar o modelo de comparación. Nos permite comparar hasta qué punto diferentes sociedades se parecen o se diferencian entre ellas. Las sociedades no occidentales pueden, por consiguiente, ser tildadas de estar “cerca de” o “lejos de” o “alcanzando a” Occidente. Ayuda a explicar la diferencia.
En cuarto lugar, provee criterios de evaluación con los que otras sociedades están clasificadas y alrededor de los cuales poderosos sentimientos positivos y negativos se agrupan. (Por ejemplo, “Occidente” = desarrollado = bueno = deseable o “no Occidental” = subdesarrollado = malo = indeseable.). Produce un cierto tipo de conocimiento acerca de un asunto y ciertas actitudes hacia él. En resumen, funciona como una ideología.
Este capítulo discutirá todos estos aspectos de la idea de “Occidente”. Sabemos que Occidente se creó mediante ciertos procesos históricos operando en un lugar particular, en circunstancias históricas únicas (y probablemente irrepetibles). Claramente, debemos pensar también acerca de la idea de “Occidente” como una que ha sido producida de manera similar. Estos dos aspectos están de hecho profundamente conectados, a pesar de que el cómo, es uno de los grandes misterios en sociología. No podemos intentar resolver aquí el viejo debate sociológico sobre qué fue primero: la idea de “Occidente” o las sociedades occidentales. Lo que podemos decir es que a medida que estas sociedades emergían, asimismo, también un concepto y un lenguaje de “Occidente” se cristalizaban. Y aun así, podemos tener la certeza de que la idea de “Occidente” no solo simplemente reflejó una ya establecida sociedad Occidental: sino que, esta idea fue esencial a la formación de esa sociedad.
Es más, la idea de “Occidente”, una vez generada, se hizo fructífera en su momento produciendo efectos reales: le permitió a la gente saber o hablar de ciertas cosas en determinadas maneras, produjo conocimiento, se convirtió tanto en el factor organizador de un sistema de relaciones de poder globales como en un concepto o término organizador de una manera completa de pensar y de hablar.
La preocupación central de este capítulo es analizar la formación de un modelo de conocimiento particular y de lenguaje, un “sistema de representación”, que tiene en su centro los conceptos de “Occidente” y “el Resto”.
La emergencia de una idea de “Occidente” fue central a la Ilustración, lo cual fue discutido ampliamente en el capítulo 1. La Ilustración fue un asunto muy europeo. La sociedad europea asumió que era el tipo de sociedad más avanzado sobre la Tierra. El hombre europeo (sic), ubicado como el pináculo del logro humano. Trató a Occidente como el resultado de fuerzas profundamente inherentes a la historia y la formación de Europa.
Sin embargo, en este capítulo argumentamos que la emergencia de Occidente es también una historia global. Tal y como Roberts observa: “La historia moderna puede ser definida como la avanzada marcial hacia la era dominada por Occidente”. [Roberts, 1985. p.41]. Occidente y el Resto se convirtieron en dos caras de la misma moneda; lo que es cada una hoy, y lo que significan los términos que usamos para describirlas, dependen de las relaciones que fueron establecidas entre ellas desde mucho tiempo atrás. Lo que ha sido llamado la singularidad de Occidente, fue en parte, producido por el contacto y la comparación de Europa de sí misma con otras sociedades “no occidentales” (el Resto), muy diferentes en sus historias, ecologías, modelos de desarrollo y culturas a las del modelo europeo. La diferencia entre estas otras sociedades y las culturas de Occidente, fue el estándar con el que el logro de Occidente fue medido. Es en el contexto de estas relaciones, que la idea de “Occidente” cobró forma y significado.
La importancia de tal diferencia percibida, necesariamente debe ser entendida en sí misma. Algunos teóricos modernos del lenguaje han argumentado que el significado siempre depende de las relaciones existentes entre diferentes términos o palabras dentro de un mismo sistema de significado. En consecuencia, sabemos que la palabra “noche” tiene significado porque es diferente –de hecho opuesta - al término “día”. El lingüista francés que más influyó en esta aproximación al significado, Fernand de Saussure (1857-1912), discutió que las palabras “noche” y “día” en sí mismas no pueden significar nada; es la diferencia entre “noche” y “día” lo que posibilita que estas palabras lleven significado (que signifiquen).
Asimismo, muchos sicólogos y sicoanalistas argumentan que un infante aprende a pensarse como un ser separado y singular al reconocer su escisión –su diferencia- de otros (obviamente, principalmente de su madre). De la misma manera, las culturas nacionales adquieren un fuerte sentido de identidad al contrastarse con otras culturas. Por consiguiente, argumentamos que el sentido de sí mismo de Occidente- su identidad- fue formado, no solo por los procesos internos que gradualmente moldearon los países europeos occidentales como un tipo distintivo de sociedad, sino también a través del sentido de diferencia respecto a otros mundos- de cómo llegó a representarse a sí mismo en relación a estos “otros”. En realidad, las diferencias se sombrean imperceptiblemente entre sí. (¿Cuándo exactamente se convierte la “noche” en “día”? ¿Dónde exactamente empieza “el ser inglés” y termina “el ser escocés”?). Pero con el fin de ser prácticos, tenemos que distinguir conceptos positivos, muchos de los cuales son tremendamente (agudamente) polares entre ellos. Como argumenta el capítulo 5, tales “oposiciones binarias” parecen ser fundamentales a todos los sistemas lingüísticos y simbólicos y a la propia producción de significado.
Este capítulo, entonces, es acerca del papel que “el Resto” juega en la formación de la idea de “Occidente” y en la de un sentido de identidad “occidental”. En cierto momento, los destinos de lo que han sido, por muchos siglos, mundos separados y distintos se convirtieron – fatalmente dirían algunos- en elementos relacionados en el (dentro del) mismo discurso, o en la forma de hablar. Ellos se convirtieron en partes diferentes de un solo sistema social, económico y cultural global, de un mundo interdependiente, de un lenguaje.
Una alerta tiene que ser dada en este punto. Con el fin de resaltar lo distintivo de este discurso de “Occidente y el Resto”, he sido obligado a ser selectivo y a simplificar mi presentación de Occidente, y ustedes deben tener esto en mente mientras leen. Términos como “Occidente” y “el Resto” son constructos históricos y lingüísticos cuyos significados cambian con el tiempo. Lo que es más importante, hay muchos discursos diferentes, o maneras en las que Occidente habla de y representa a otras culturas. Algunos, como “Occidente y el Resto”, fueron muy eurocentrados o eurocéntricos. Otros, sin embargo, para los que (acá) no tengo espacio suficiente para discutir ahora, fueron mucho más relativistas culturalmente. He elegido enfocarme en lo que llamo el discurso de “Occidente y el Resto” porque se convirtió en un discurso muy común e influyente, ayudando a dar forma a percepciones públicas y actitudes hasta el presente.
Otra salvedad (matiz) le concierne al término mismo de “Occidente”, que hace parecer a Occidente como unificado y homogéneo- esencialmente un lugar, con una visión acerca de otras culturas y una forma de hablar de ellas. Por supuesto, este no es el caso. Occidente siempre ha contenido muchas diferencias internas-entre diferentes naciones, entre Europa oriental y occidental, entre las culturas nórdico germánicas y las sur latinoamericanas, entre las gentes nórdicas, ibéricas y mediterráneas, etc. Las actitudes hacia otras culturas dentro de Occidente varían ampliamente, así como lo hacen entre, por ejemplo, los británicos, los españoles, los franceses y los alemanes.
También es importante recordar que, de la misma forma en que las culturas no europeas fueron tratadas como diferentes e inferiores, Occidente tuvo sus propios “otros” internos. Los judíos, en particular, que aunque fueron cera de las tradiciones religiosas occidentales, fueron frecuentemente excluidos y aislados. Los europeos occidentales a menudo consideraron a los europeos orientales como “bárbaros” y a través de Occidente, las mujeres occidentales fueron representadas como inferiores a los hombres occidentales.
La misma simplificación necesaria es verdadera en lo que respecta a mis referencias a “el Resto”. Este último término también cubre enormes distinciones históricas, culturales y económicas –por ejemplo, entre Oriente Medio, Oriente lejano, África, América Latina, Norteamérica indígena y Australasia. Puede igualmente englobar las sociedades simples de algunos indígenas norteamericanos y las civilizaciones desarrolladas de China, Egipto e Islam.
Estas amplias diferencias deben ser tenidas en mente a medida que vayan estudiando el análisis de discurso de “Occidente y el Resto” en este capítulo. No obstante, podemos usar esta simplificación para hacer hincapié en el discurso. Ya que simplificar es precisamente lo que hace este discurso. Representa elementos que son bien diferenciados (por ejemplo las diferentes culturas europeas) como si fueran homogéneos (“Occidente”). Y asegura que estas diferentes culturas están unidas por un solo asunto: que todas son diferentes del Resto. Del mismo modo, el Resto, a pesar de estar compuesto de elementos diferentes entre sí, es representado como uno solo en el sentido de que todos son diferentes de Occidente. De manera breve, el discurso, como un “sistema de representación” representa el mundo como dividido de acuerdo a una dicotomía simple- Occidente/ el Resto. Eso es lo que hace del discurso de “Occidente y el Resto” sea tan destructivo – dibuja distinciones crudas y simples y construye una concepción de la diferencia sobresimplificada.

2 El Surgimiento de Europa
A continuación, tengan en mente la evolución del sistema de estados-nación europeos discutido en el capítulo 2. “Los viajes del descubrimiento fueron el inicio de una nueva era, una de expansión mundial de los europeos, conducida en un momento adecuado hacia una absoluta, si bien temporal, dominación europea del globo." (Roberts, 1985).p.175). En esta sección ofrecemos un esquema general de los primeros estados de este proceso de expansión. ¿Cuándo empezó? ¿Cuáles fueron sus fases principales? ¿De dónde brota? ¿Por qué ocurrió?
2.1 ¿Cuándo y cómo empezó la expansión?
Los procesos históricos prolongados no tienen un inicio o un final, y son difíciles de datar con precisión. Ustedes recordarán el argumento del capítulo 2, según el cual, un patrón histórico particular es el resultado de la interacción entre un número de procesos causales diferentes. Con el fin de describirlos, estamos obligados a trabajar desde cronologías muy vastas y ya dispuestas, y a usar generalizaciones históricas que cubren periodos prolongados y que recogen los modelos generales, pero que dejan mucho detalle de lado. Esto no tiene nada de malo –la sociología histórica sería imposible sin lo anterior- una vez advertido, ya sabemos a qué nivel de generalidad está actuando nuestro argumento. Por ejemplo, si estamos respondiendo a la pregunta “¿Cuándo empezó Europa occidental su industrialización?, podría ser suficiente decir: “durante la segunda mitad del siglo dieciocho”. Sin embargo, un estudio juicioso de los orígenes de la industrialización, en por ejemplo Lancashire, requeriría una tabla de tiempo más refinada. (Para más información sobre esta discusión, remítase a la introducción hasta la parte I).
Podemos fechar el comienzo del proceso de expansión a grandes rasgos basándonos en dos eventos claves:


  1. Las exploraciones portuguesas tempranas de la costa africana (1492-1502):

y,

  1. Los viajes de Colón al Nuevo Mundo (1492-1502).

De manera general podríamos decir que la expansión europea coincide con el final de lo que llamamos la “Edad Media” y el comienzo de la “Era Moderna”. El feudalismo ya estaba en decadencia en la Europa Occidental, mientras que el intercambio, el comercio y el mercado estaban expandiéndose; las monarquías centralizadas de Francia, Inglaterra y España estaban emergiendo (ver capítulo 2); Europa estaba en el umbral de un prolongado boom secular en la producción, mejorando los estándares de vida, creciendo demográficamente de manera rápida y dando lugar a la explosión del arte, del conocimiento, de la ciencia, de la erudición y del saber que conocemos como Renacimiento. (Leonardo da Vinci había diseñado máquinas de vuelo y submarinos antes de 1519; Miguel Ángel empezó a trabajar en la Capilla Sixtina en 1508;“Utopía” de Tomás Moro fue publicada en 1516.) En lo correspondiente a gran parte de la Edad Media, las artes de la civilización fueron más desarrolladas en China y en el mundo islámico que en Europa. Muchos historiadores estarían de acuerdo con Michael Mann en que “...el punto en el que Europa ‘sobrepasó’ a Asia, debió ser cerca del año 1450: el periodo de la expansión naval Europea y de la revolución científica galilea”, no obstante, como también argumenta Mann, muchos de los procesos, que hicieron esto posible, tenían orígenes más tempranos (Mann, 1988: 7). Volveremos a esta pregunta al final de la sección.



2.2 Cinco fases principales
El proceso de expansión puede ser dividido, a grosso modo, en cinco fases:


  1. El periodo de exploración, que fue cuando Europa por sí misma “descubrió” muchos de los “nuevos mundos” por primera vez (estos, por supuesto, ya existían).

2 El periodo de contacto temprano, conquista, asentamiento y colonización, cuando grandes partes de estos “nuevos mundos” fueron anexados a Europa por primera vez como posesiones, o sujetados a través del comercio.

3 El tiempo durante el que la forma de asentamiento permanente europeo, colonización o explotación fue establecida (p. Ej.: las sociedades de las plantaciones en Norte América y el Caribe; la minería y la hacienda en América Latina; las plantaciones de caucho y de té en India, Ceilán y las Indias Orientales). El capitalismo ahora emergía como un mercado global.

4 La fase en la que la disputa por las colonias, los mercados y las materias primas llegaron a su clímax. Este fue “el momento más candente” del imperialismo,” y el que condujo a la Primera Guerra Mundial y al siglo XX.

5 El presente, cuando gran parte del mundo es económicamente dependiente de Occidente, aunque formalmente independiente y descolonizado.


No existen divisiones nítidas entre estas fases y están frecuentemente traslapadas. Por ejemplo, aunque las principales exploraciones en Australia ocurrieron en la primera fase, la forma del continente no fue definitivamente conocida hasta después de los viajes de Cook en el siglo dieciocho. De manera similar, aunque el África fue circunnavegada por primera vez por los portugueses en el siglo quince, la exploración del África subsahariana interior y el caos de las colonias africanas, es en realidad una historia del siglo diecinueve.
Como nos estamos enfocando en las “formaciones”, este capítulo se concentra en las primeras dos fases – aquellas que comprometen la exploración tempana, el encuentro, el contacto, y la conquista – con el fin de trazar la manera en que “Occidente y el Resto” como “sistema de representación” fue formado.

2.3 La era de la exploración
Esta era comienza con Portugal, después de que los moros (las gentes islámicas que conquistaron España) fueron finalmente expulsados de la Península Ibérica. El príncipe Enrique “el navegante”, pionero de la exploración portuguesa, fue, él mismo, un cruzado que combatió a lo moros en la batalla de Ceuta (África del Norte; 1415) y ayudó a dispersar a los piratas moros que rodeaban la entrada del Mediterráneo. Como explica Eric Newby:
Con los piratas bajo control, existía una posibilidad real de que los portugueses hubieran estado en capacidad de tomarse el comercio de caravanas (intercambio que en gran parte se llevaba a cabo en polvo de oro) del que Ceuta y el África interior gozaban. El intento por capturar este comercio fracasó... y surgió otro propósito: descubrir de qué partes de África provenía la mercancía, particularmente de dónde procedía el polvo de oro; una vez hecho esto, maquinar la forma de desviar la mercancía.......hacia estaciones en la Costa Atlántica cuyos habitantes ya hubieran sido convertidos al cristianismo y cuyo mandatario fuera el rey de Portugal. (Newby, 1975:62)
Este comentario establece con exactitud los complejos factores- económicos, políticos y espirituales – que motivaron la expansión portuguesa. Entonces, ¿por qué no simplemente navegaron hacia el Sur antes? Una respuesta, es que pensaron que sus naves no eran lo suficientemente robustas para soportar las violentas corrientes y los vientos contrarios que podían ser encontrados alrededor de la curva de la costa norteafricana. Otro factor, igualmente importante, era la denominada “Gran Barrera del Miedo” – manifiesta, por ejemplo, en la creencia de que más allá del Cabo Bojador yacía la boca del infierno, donde los mares bullían y la gente se volvía negra por la intensidad del calor. La concepción medieval europea tardía del mundo, constituía tanto una barrera a la expansión como a los factores tecnológicos y navigacionales.

Figura 1. La expansión Portuguesa


En 1430, los portugueses navegaron debajo de la costa occidental africana con la esperanza de encontrar no solo las fuentes de oro africano, marfil, especias y esclavos, sino también, al legendario gobernante cristiano negro, “Preste Juan”. Por etapas, (cada una consolidada por decreto papal dando a Portugal un monopolio que “en la mar océano.... yacía en dirección al Sur y al Oriente”), los portugueses avanzaron hacia abajo de la costa africana, y pasaron la “Barrera del Miedo”. En 1441, la primera carga de esclavos africanos capturada por europeos atracó en Portugal – por consiguiente, se dio inicio a una nueva era en el comercio de esclavos.

En 1487-88 Bartolomeo Días, rodeando el Cabo Buena Esperanza y Pedro da Covilhão, tomando la ruta de caravanas por tierra, alcanzaron el Sudán, lugar desde el cual navegaron a la India (1488). Más tarde, Vasco da Gama navegó alrededor del África y luego, con la ayuda de un navegante musulmán, cruzó el Océano Índico hasta la ciudad de Calicut (1497-98). En un lapso de diez años, Portugal había establecido los fundamentos del imperio naval y comercial. Desplazando a los comerciantes árabes, quienes por mucho tiempo habían navegado el Mar Rojo y el Océano Índico, los portugueses establecieron una cadena de puertos, a Goa, a las Indias Orientales, a las islas Molucas y a Timor. En 1514, una misión portuguesa llegó a Cantón (China) y en 1542 tuvo el primer contacto con Japón.


De manera similar, la exploración del Nuevo Mundo (América) fue en gran y primera medida un asunto español. Luego de un largo alegato, Colón, el navegante genovés, finalmente persuadió al rey Fernando y a la reina Isabel de España de apoyar su “empresa occidental” cuyo fin era encontrar una ruta occidental hacia los tesoros de Oriente. Deliberadamente, subestimando la distancia entre Europa y Asia (tomó el menor de los cálculos ofrecidos por las fuentes medievales y clásicas), navegó el “verde Mar de las Tinieblas” en 1492. En cuatro notables viajes, se convirtió en el primer europeo en atracar en la mayoría de islas del Caribe y de América Central continental. Nunca renunció a su creencia de que “estoy ante Zaiton (Japón) y Quinsay (China), a cien leguas, un poco más o menos” (Colón, 1969:26). Las mal llamadas “Indias Occidentales” son un recordatorio permanente de que el Viejo Mundo “descubrió” el Nuevo por accidente. Pero Colón abrió el acceso de todo un continente a la expansión española, fundada en la ambición por el oro y en el sueño católico de convertir el mundo a la fe cristiana. Poco después, Américo Vespucio (a quien los continentes americanos deben su nombre) navegó al norte hacia Carolina y al sur a lo largo de la costa de Brasil hacia Río, la Patagonia y las Islas Malvinas.
Figura 2 Los viajes de Cristóbal Colón
En 1500 un portugués llamado Pedro Cabral, navegando hacia la India, fue empujado por el viento al Océano Atlántico y de manera fortuita atracó en la costa de Brasil lo que permitió a Portugal plantar pie por primera vez en lo que luego sería América Latina. La amenazante rivalidad entre españoles y portugueses fue intensificada por los decretos papales que favorecían a los españoles, pero fue en realidad finalmente establecida por el Tratado de Tordesillas (1494), el cuál dividió el “mundo desconocido” entre españoles y portugueses a lo largo de una línea de longitud que iba unas 1500 millas al occidente de las Islas Azores. Esta línea fue sometida a revisión de manera subsecuente en varias ocasiones y otras naciones, como la archienemiga y rival protestante de España, Inglaterra, en medio de su codicia por ser partícipe de las riquezas del Nuevo Mundo, hizo pronto caso omiso de esta mediante el pillaje de los piratas y los constantes asaltos que se dieron en Hispanoamérica. “Sin embargo,” como señala John Roberts acerca del tratado,
....es un hito de gran importancia sicológica y política: los europeos, quienes para ese entonces ni siquiera se habían desplazado alrededor del globo, habían decidido dividirse entre ellos todas las tierras y gentes que estaban por ser descubiertas y que no habían sido aún apropiadas. Las implicaciones potenciales eran vastas....La conquista de los altos mares era el primer y más grande de todos los triunfos sobre las fuerzas naturales, lo que conduciría a la dominación de la civilización occidental en todo el globo. El conocimiento es poder, y el conocimiento ganado por los primeros exploradores sistemáticos....había abierto el camino a la edad de la hegemonía del mundo occidental. (Roberts, 1985:194).
En 1519-22 una expedición portuguesa liderada por Magallanes circunnavegó el globo, y Sir Francis Drake repitió esta hazaña en 1577-80.
Los primeros exploradores españoles del Nuevo Mundo abrieron el camino a los conquistadores, la bandada de despiadados soldados aventureros, quienes completaron la conquista de América Central y América del Sur, efectuando así la transición de la era de exploración a la de conquista y colonización.
En 1513, Balboa, habiendo explorado la costa norte de Suramérica, cruzó el Istmo del Darién hacia el Pacífico. Y en 1519, Cortés atracó en México y llevó a cabo la destrucción del Imperio Azteca. Pizarro avanzó al sur a través del Ecuador hacia los Andes y el Perú, y destruyó el imperio Inca (1531-34), después de lo cual, Orellana cruzó el continente pasando por el Amazonas (1541-44). Los conquistadores fueron impulsados por el augurio de vastas e ilimitadas fortunas. “Nosotros los españoles”, confiesa Cortés, “sufrimos de un mal que solo el oro puede curar” (citado en Hale, 1966:105).
Los españoles procedieron a avanzar hacia arriba en lo que hoy conocemos como Nuevo México, Arizona, Florida y Arkansas (1528-42). Entretanto, más al norte, otras naciones también se encontraban ocupadas explorando. John Cabot, un veneciano navegando bajo el patrocinio inglés, atracó en Nueva Escocia, Terranova y Nueva Inglaterra (1497-98). En 1500-01, el portugués Corte Real y en 1524, el italiano Verrazano, exploraron el Litoral Atlántico de Norteamérica. Fueron seguidos, en 1585-87, por Sir Walter Raleigh, y un número de colonias británicas fueron pronto establecidas: Terranova (1583), Roanoke (1585) y Jamestown (1607).
Sin embargo, más al norte, exploradores británicos como Gilbert, Frobisher, Davis, Hudson y Baffin (1576-1616), trataron en vano de encontrar una ruta alternativa hacia el Oriente por un pasaje noroccidental a través de los mares árticos. Esta exploración fue en parte responsable de posibilitar el acceso a Norteamérica, y del nacimiento de colonias holandesas, francesas e inglesas a lo largo del Litoral Atlántico. No obstante, la seria exploración de Canadá y Norteamérica fue conducida largamente por los franceses: Cartier, Champlain, y sus seguidores, explorando el Río San Lorenzo, los Grandes Lagos y el bajo Río Misisipi hacia el Golfo de México (1534-1682).
Los españoles y portugueses establecieron una presencia temprana en el lejano Oriente y pronto los españoles estaban explorando el Pacífico, colonizando islas y hasta viajando constantemente desde Manila en las Filipinas hasta la costa oeste de América (1565-1605). Pero los holandeses y los ingleses emprendieron la burla a los monopolios comerciales españoles y portugueses. La Compañía Británica de las Indias Orientales fue fundada en 1599, la Compañía de las Indias Orientales Neerlandesas en 1602. Luego de su independencia de España, en 1584, los holandeses se convirtieron en una de las naciones comerciales más poderosas, sentando mediante su comercio de las Indias Orientales las bases de la floreciente cultura burguesa (Schama, 1977). Basándose en el viejo imperio de las especias, los holandeses llegaron a Fiji, las Indias Orientales, Polinesia, Tasmania, Nueva Zelanda y en 1606 fueron los primeros europeos en divisar Australia. A lo largo de los siguientes treinta años fueron armando gradualmente el rompecabezas australiano, aunque la costa australiana no fue completamente mapeada sino hasta después de los famosos viajes del capitán Cook (1768-69) a Tahití, el Pacífico Sur y el Antártico.
Para el siglo dieciocho, ya estaban definidos los principales jugadores europeos de talla mundial - Portugal, España, Inglaterra, Francia y Holanda. El serio negocio de traer a la órbita del intercambio y comercio occidental a aquellas civilizaciones distantes que habían sido descubiertas, y el explotar sus riquezas, tierras, mano de obra, y recursos naturales en beneficio del desarrollo europeo, se había convertido en la más grande empresa (China e India permanecieron cerradas por más tiempo, excepto por el comercio a lo largo de sus costas y los esfuerzos de los misionarios jesuitas). Europa empezó a imprimir su cultura y costumbres en los Nuevos Mundos. Las rivalidades europeas fueron constantemente combatidas y plasmadas en los escenarios coloniales, las colonias se convirtieron en las “joyas de la corona” de los imperios europeos. A través de monopolios comerciales y del sistema comercial mercantilista, cada uno de estos imperios trató de asegurar el control exclusivo de la circulación comercial para el propio enriquecimiento. La riqueza empezó a fluir: en 1554 América producía el 11 por ciento del ingreso de la corona española; en 1590, el 50 por ciento.

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