Os he escrito a vosotros, jóvenes, porque sois fuertes y la palabra de Dios permanece en vosotros y habéis vencido al Maligno.”



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Exodo dentro del Exodo. El tiempo de la prueba.

Os he escrito a vosotros, jóvenes, porque sois fuertes y la palabra de Dios permanece en vosotros y habéis vencido al Maligno.” (1 Jn 2,14).

Es un fenómeno desconcertante presenciar a padres devotos cristianos que pierden a sus hijos adolescentes de su propia órbita espiritual y moral mientras trabajan codo con codo con fervientes educadores Católicos. No se puede atribuir esto a la sola voluntad de los hijos, que por supuesto tienen la libertad de escoger o rechazar los valores propuestos por sus padres y educadores.

¿Sería completamente erróneo decir que en la Europa contemporánea una de las causas de esta falta de piedad y práctica cristianas tiene que ver con el condicionamiento muy negativo que reciben de sus compañeros en el colegio, incluyendo colegios católicos? En otras palabras, que mandar a tus hijos a un colegio católico hoy en día es equivalente, paradójicamente, a que su vida espiritual y cristiana se vea en serio peligro.

¿Y si aceptamos que una gran mayoría de padres católicos se conforman como máximo con lo justo para cumplir con una aparente práctica como católicos, y que las familias bautizadas viven de una forma escasamente diferenciable del resto de las personas, en una sociedad cada vez menos de acuerdo con la Iglesia y su doctrina? ¿Es sorprendente, entonces, que el ambiente cultural juvenil en el que metemos a estos sinceros jóvenes católicos esté caracterizado por los contra-valores que prevalecen en la cultura actual de los jóvenes? Porque, incluso contando con el testimonio de profesores católicos y el ideario del colegio, la educación religiosa y moral de la juventud se puede considerar como “imposible” sin la participación activa de los padres, (Directorio curricular para Colegio Católicos, Introducción, Conferencia Episcopal de Inglaterra y Gales, 1996) y éstos no pueden dar lo que no tienen.

Así pues, esos hijos prácticamente “imposibles”-ibídem- de educar en la fe, empapados de la mentalidad mundana (ya que algo tiene que rellenar el vacío), son los jóvenes que constituyen la comunidad en la que nuestro adolescente, influenciable y maleable, todavía en proceso de formación, tiene que ser integrado. Y esto semana tras semana, mes tras mes, durante los posiblemente más importantes años de sus vidas.

No os dejéis seducir: las malas compañías corrompen las buenas costumbres” (1Co 15,33).

Los mejores colegios católicos, siendo conscientes de esto, trabajan por conseguir acercarse a sus alumnos más abiertos y fervientes, o alumnos claves y líderes, estableciendo una relación cercana con eficientes y devotos educadores, sean numerarios, consagrados o monjes. La idea consiste en conseguir que, mediante amistades, dirección espiritual, clubs extraescolares, participación en actividades, preparación para el apostolado, etc., los valores negativos y los malos efectos espirituales sean frenados y el fervor cristiano conservado, al menos en una pequeña minoría, gracias a este éxodo escolar. Es entonces cuando el espíritu evangélico del colegio católico puede filtrarse a través de estos pocos y generosos individuos, por medio del compañerismo y el testimonio sereno y natural, y llegar a otros.

Sin embargo, es una fina línea y un difícil equilibrio el que separa el tener que estar casi en connivencia con la cultura consumista y hedonista de sus compañeros, en el proceso de hacer amistades, con el peligro de acabar siendo parte o cómplices de ésta, del quedar demasiado aislados o marginados. Estos jóvenes deben tener un espíritu de confianza total y docilidad a sus directores espirituales, educadores y padres en su camino por este campo de minas que es la vida social colegial. Un espíritu de martirio y la aceptación de la Cruz son indispensables para que este plan salga bien. Y esto trae consigo, no solamente una juventud santa, sino también saber que otros han sido ayudados en el camino de la salvación.

Pero para que esto se cumpla, el colegio y su sistema de ayuda espiritual deberán haber ganado toda la confianza de los padres. Colegios bien intencionados pueden encontrarse, por diversas razones, con que son incapaces de contener la marea de mundanidad dentro de sus propios muros, incumpliendo así la tarea fundamental de crear un ambiente sano. Su método de apoyo puede considerarse demasiado acomodado, con el listón demasiado bajo. A lo mejor confían demasiado en planes humanos, realizando esfuerzos desproporcionados para conectar con los chicos y bajar a su nivel, haciéndolo a costa de la verdad y el poder de la gracia. Colegios católicos pueden caer fácilmente en colar mosquitos mientras tragan camellos. (Mt 23,23). Pero además de esto, un colegio debe ser accesible tanto geográficamente como económicamente. Si existen estos impedimentos, padres cristianos y fervientes tienen el derecho y deber de buscar formas alternativas para educar a sus hijos.



El ideal del homeschooling católico al que estamos llamados

En la comunidad homeschooler no tiene por qué existir el enorme peligro de absorber los contra-valores de la cultura, ni la necesidad de tomar tan extremas medidas de aportación formativa y apoyo. La formación recibida en casa es más progresiva, integrada y a un paso más natural. Para crecer en el colegio, hay que distribuir botellas de oxígeno continuamente entre los alumnos que quieren sinceramente seguir a Jesucristo para evitar el desmayo o el mareo. En el homeschooling nada tóxico debería penetrar en el ambiente. Los niños pueden respirar aire fresco. La comunidad en la que viven los niños está centrada en el Evangelio y no habrá nada espiritual, moral o culturalmente disonante que pase por las puertas. En este sentido, más que una zona protegida es un ambiente sano, humanamente ecológico y libre de contaminación, orientado hacia el verdadero crecimiento, a mirar hacia fuera y al servicio.



"¿Cómo podrá un joven mantener limpio su sendero? Guardando tus palabras” (Sal 119,9).

Los niños son educados así en una única conciencia: de fe, de verdad, en la palabra de Dios, en la oración y en la santidad. No les abruma “el árbol del conocimiento del bien y del mal”, (Gen 2,17). Por supuesto que son conscientes de lo que contradice la belleza y a la verdad, pero el mal no les está asediando continuamente por todos los lados, tirando de ellos y persuadiéndoles a “que coman” (Gen 2,17), que sean cómplices, que prueben y saboreen, como muchas veces ocurre en grupos de jóvenes dudosamente cristianos. Al ser alimentados por las Escrituras, la oración del Oficio Divino, la Misa y confesión frecuente, la lectura de libros y la cuidadosa elección de currículum y profesores, los homeschoolers católicos consideran la vanidad, el relativismo, la cultura de celebridades o pop, lo que sea patentemente falso, indecente o vulgar, cada vez más aborrecible, incluso contando con la natural inclinación hacia el mal que todos poseemos. Esto solo puede explicarse por el hecho de que la gracia y la sabiduría están realmente triunfando. La Iglesia indica lo que está siendo conseguido:

La síntesis de fe y cultura: necesaria para la madurez del creyente y para identificar y refutar críticamente las deformaciones culturales que atentan contra la persona y, por tanto, son contrarias al Evangelio” (Dimensión religiosa de la educación en la escuela católica, Congregación para la educación católica, abril 1988).

Los homeschoolers podrán conectar con otros jóvenes desde una posición fuerte, desprendida y libre. En una edad en la que son fácilmente influenciables, no están atados a las demandas y condiciones de integración social en el colegio, sino que están atados, aunque todavía incompletamente, a Cristo y a la misión de la Iglesia. Amistades de confianza tendrán lugar en Cristo, abiertas a ser guiadas por Dios, mientras que tratos sociales de menos confianza tienen lugar en un contexto de hacer el bien, de ser un instrumento para llevar a otros por el camino de la salvación, de ser testimonio feliz.

No améis al mundo ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él, porque nada de lo que hay en el mundo –los deseos de la carne, los deseos de los ojos y la vanagloria de la vida– proviene del Padre, sino del mundo. Y el mundo pasa, y sus deseos, pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre”. (1 Jn 2,15-17).

Dios llama a familias al homeschooling una por una, a través de las circunstancias de sus vidas, el razonamiento y el discernimiento detallado de “los signos de los tiempos” (Mt 16,3). Siendo una vocación dada en medio de una verdadera emergencia educativa, el homeschooling es realmente un éxodo dentro del Éxodo original. Es el don de Dios a la nueva Israel que no ha escuchado la advertencia de no apartarse de Él, “ni a la diestra ni a la siniestra”..., ni el aviso “para que no os mezcléis con esas naciones que han quedado con vosotros, ni hagáis mención, ni juréis por el nombre de sus dioses, ni los honréis, ni os inclinéis a ellos” (Jos 23,6-7). Es entonces un desierto en el desierto, tiempo de purificación y de prueba. Y debido a que Dios es dador de vida, que saca agua de la roca, hay vida en el homeschooling, a pesar de la aridez y, a veces, aparente desolación. El Señor Dios da vida.

Un rápido vistazo al extraordinario movimiento homeschooler en los Estados Unidos es suficiente para darnos cuenta de ello. Un ejemplo: Thomas Peter, ex-homeschooler, de 25 años, uno de los blogueros con más éxito, alias “El papista americano”, dos títulos en teología, trabajando ahora para Robert P. George, Profesor de Jurisprudencia en la Universidad de Princeton, siendo testigo de su fe en medios de comunicación mundiales, es un testimonio fresco, energético y vigoroso de Cristo y su Iglesia. Dios saca vida del desierto (http://americanpapist.com/blog.html).

Por último, la Iglesia siempre ha considerado la educación católica como una experiencia colectiva. El Éxodo no significa aislamiento, individualismo o distanciamiento. Sin diferenciarse del resto de cristianos bautizados, los homeschoolers católicos han recibido la llamada y tienen la obligación de trabajar por la salvación del mundo. El homeschooling no puede ser un club. La educación recibida está orientada a la total inserción en la misión de la Iglesia y la vida en el mundo, es decir, no a una vida del mundo, pero tampoco sacada del mundo. (Jn 17,14). Teniendo esto en mente, es más fácil apreciar la importancia de basar la experiencia comunal del homeschooling católico sobre nuestra vocación colectiva al Evangelio y a la misión de la Iglesia en el mundo. La unidad de los homeschoolers católicos está primariamente en Cristo y en su misión salvadora, no está en el homeschooling en sí.

Así, solo habrá una asociación fructífera y fértil de familias homeschoolers cuando entre ellos la conversión a Cristo se prioriza. Igualmente, esta conversión debe ser a la plenitud del Evangelio en toda su pureza y en todos los detalles de nuestras vidas. De esta forma, comunidades cristianas auténticas podrán ser formadas entre familias homeschoolers. Una vez más, invito a mirar un ejemplo muy edificante de la Academia de Sta. Filomena, parte de St. Joseph´s House, una cooperativa de familias homeschoolers (www.sjhouse.org/st-philomena-academy.html), que se unen en su fe para proporcionar apoyo y enseñanza a los hijos. Sin duda, un buen ejemplo de comunidad cristiana auténtica formada por familias homeschoolers.

Pero sabemos que ni emprender el éxodo dentro de la vida escolar ni el éxodo del homeschooling son garantía de éxito. La vida es prueba y el éxodo también. Por supuesto.

¡Que Dios bendiga la enseñanza católica en España! Tanto los esfuerzos por la educación católica en los colegios como al incipiente movimiento homeschooler católico.

Madrid, octubre 2010



Howard Lowe



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