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En dos ocasiones (1 Cor 6, 9-10, 1 Tim 1, 9-10), san Pablo nos da una lista de los pecados ordenados según un orden jerárquico, denotando una concepción del mal en la que se unen y combinan el judaísmo y el helenismo de su tiempo y en la que aparecen las tendencias generales de lo que será la moral cristiana que ya estaban presentes en la moral pagana. El lugar que en ella ocupa la sexualidad es muy importante.

Así, los pecados se distribuyen, en esos dos textos, en cinco grandes categorías: los pecados contra Dios, los pecados contra la vida del hombre, contra su cuerpo, contra los bienes y las cosas y, por último, los pecados de palabra. Contra Dios pecan, en primer lugar, los idólatras, como es obvio; después, los que se oponen a la Justitia, los insumisos, los que no obedecen los mandamientos y no respetan la Pietas (nosotros diríamos lo sagrado), los sacrílegos, los profanadores, los impíos. Contra el hombre pecan los criminales: los parricidas, los matricidas y los homicidas en general. A continuación aparecen quienes pecan contra su propio cuerpo, que san Pablo define como el Templo del Espíritu de Dios, pues es un lugar sagrado hágase lo que se haga: antes se llamaban pecados de la carne, nosotros los llamaríamos, hoy en día, ¡delitos sexuales! El grupo de los pecadores de la carne, a su vez, se subdivide en cuatro tipos, y en este punto es necesario prestar mucha atención al significado de las palabras, a pesar de que algunas son tomadas en un sentido general y vago (fornicación). Es muy posible, tam(66)bién, que se vaya incrementando la pecaminosidad de un grupo a otro. El primer tipo lo forman quienes se prostituyen: fornicarii (en griego: pornoī). El segundo tipo lo constituyen los adúlteros, o sea, quienes seducen a la mujer del prójimo —y las mujeres que se dejan seducir—. El origen etimológico (adulteratio) denota la idea de «alteración», más que la de acto sexual. El tercer tipo es el de los molles (malakoī): este tipo es particularmente interesante para nosotros, porque revela algo importante y nuevo (que concuerda con la opinión de Michel Foucault, como lo ha manifestado explícitamente en nuestro seminario). ¿Qué es la mollities? En este sentido, cabe señalar que ninguna de las expresiones utilizadas para designar los actos sexuales como la fornicación, el adulterio, se refiere ni a gestos ni a órgano alguno. A decir verdad, no es debido al pudor, pues ni griegos ni latinos tenían reparos en hablar claro —y, un poco más adelante, san Pablo se permite una especie de broma a propósito del prepucio de los circuncisos—. Más bien, vería en ese recato la supervivencia de una etapa del lenguaje en la que la sexualidad, como tal, no era objeto de análisis ni de reglamentación y donde, en consecuencia, las únicas categorías mantenidas en uso eran las de prostitución y matrimonio, en general, y no las que hacían referencia, precisamente, a lo que ocurría en el antro (fornix) de la prostituta o en el lecho conyugal —dando por sobreentendido que nunca se podía tener el derecho de acostarse con la mujer de «otro»—. En el momento en que nuestra cultura atribuye a los aspectos sexuales un importante lugar en el lenguaje, no podemos dejar de extrañarnos por la discreción aparente de los latinos; la elección de los términos obedecía a otros criterios que los de la biología, o, incluso, los del placer.

Con la aparición de la mollities, se opera un cambio. El término es peyorativo y se lo asocia al de la «pasividad», que para los romanos, según Dover y Paul Veyne, representaba el envilecimiento del hombre, el deshonor; una práctica indigna y condenable. Lo que importaba al hombre romano —y también al japonés, añade Paul Veyne— era no desempeñar un (67)


papel pasivo en el acto amoroso, ya se tratase de un acto homosexual o heterosexual. La reprobación afectaba a algunas actitudes sexuales porque eran pasivas. Por otra parte, Michel Foucault debe contribuir a aclarar las modificaciones de la mollities —que acabará por designar la masturbación en el mundo neolatino—. Bajo el término mollities, equívoco como los demás de naturaleza sexual (¡existe una laxitud que no sea sexual!), se ocultaba el erotismo, es decir, el conjunto de prácticas que retrasan el coito, cuando no tienen por objeto evitar con el fin de gozar más intensamente y durante más tiempo: la búsqueda exclusiva del placer. Por supuesto, san Pablo no lo admite y lo considera un pecado contra el cuerpo: in corpus suum peccat. Quizá la mollities sea el gran invento de la época estoico-cristiana. Después de los fornicarii, los adulteri, los molles, san Pablo aún menciona a los masculorum concubitores, los hombres que se acuestan con otros hombres. Llama la atención que san Pablo no haga referencia a las mujeres, mientras que, cuando trataba de los crímenes violentos, había citado a los matricidas al lado de los parricidas —¡aunque, verdaderamente, la mujer era aquí la víctima y no el autor del crimen!—. Cabe sospechar que los únicos pecadores son los hombres, porque tienen el poder y la responsabilidad. Esto parece entrar en contradicción con la opinión común, y a grandes rasgos válida, de que la Iglesia consideraba a la mujer el instrumento del diablo. Por otra parte, san Pablo deja bien claro que es la mujer y no el hombre quien ha introducido el pecado en el mundo. Sin embargo, cosa curiosa, el «machismo» del apóstol no aparece en este texto, más moral que teológico. Es posible que durante la Edad Media la desconfianza hacia la mujer haya aumentado entre los hombres y, particularmente, entre los clérigos, como una especie de reacción de defensa ante la importancia que había adquirido la mujer. En este sentido, existe una estrecha relación entre la castración de Abelardo y la notoriedad de Eloísa. De cualquier modo, es la homosexualidad masculina la que se denuncia.

(68)Todo lo anterior, por lo que se refiere a la sexualidad; pero a continuación, en la lista de pecados de san Pablo, vienen los que venden a los hombres libres como si fueran esclavos, los ladrones, los que desean con demasiada pasión las cosas de este mundo —los avari— o los que las adquieren por medio de la fuerza —los rapaces— o gozan de ellas en exceso —como los borrachos—. La lista se termina con los pecadores de palabra, que eran tenidos muy en cuenta en esas sociedades donde la cultura oral aún conservaba su importancia a pesar de los progresos de la escritura: eran los murmuradores o maledicentes, los mentirosos y los perjuros.


Como se ve, los pecados sexuales ocupan una posición destacada, después del homicidio y antes que los pecados contra la propiedad, si se está de acuerdo en que la enumeración de san Pablo es jerárquica, como parece probable. A partir de entonces, existiría una moral sexual, relativa a los pecados contra el cuerpo, debidos al uso, o al abuso, de las inclinaciones sexuales, que se denominará concupiscencia. Habría actos sexuales malos y prohibidos, casi tan malos como el homicidio, designados por términos extraños a la fisiología del sexo, pero la mollities introducirá una noción nueva. Además, la homosexualidad, muy extendida por el mundo helenístico, en el que se consideraba normal, se convertiría en un acto abominable y prohibido. Incluso es el único de los delitos sexuales cuya calificación evoca explícitamente una actitud física: masculorum concubitores.
Al tiempo que el código de los actos prohibidos se hace más preciso, un nuevo ideal se opone al uso de la sexualidad en el matrimonio, aunque fuese permitido y legítimo: es el ideal de la virginidad masculina elevada al mismo rango que la virginidad femenina: bonum est homini mulierem non tangere. La idea epicúrea según la cual es necesario rendirse a la concupiscencia como el vientre se rinde ante el hambre, es rechazada: es admitida la satisfacción del hambre; pero la concupiscencia es vista con recelo y estrictamente controlada. En adelante, las ideologías ocupan su lugar. No habrá más (69) que codificar y aplicar el código. Sin embargo, es necesario dejar claro que esta moral es anterior al cristianismo. Como dice Paul Veyne en su brillante artículo sobre la sexualidad en Roma, todas las transformaciones que se operan en torno a la sexualidad son anteriores al cristianismo. Las dos principales, añade, son las que consisten en pasar de una bisexualidad de penetración (o sea, donde el hombre reivindica un papel activo que es lo contrario de la mollities) a una heterosexualidad de reproducción, y de una sociedad en la que el matrimonio no es en absoluto una institución a una sociedad en la que es incuestionable el carácter del matrimonio como una institución fundamental de cualquier forma de sociedad. Sin duda, san Pablo no plantea la cuestión de la procreación. Estaba demasiado convencido de la proximidad del fin del mundo como para preocuparse por eso. El matrimonio es para él un medio legítimo —pero, incluso, prefiere que se evite cuando sea posible— de satisfacer una concupiscencia a la que no se llega a dominar: es mejor casarse que condenarse al fuego eterno. Ahora bien, el carácter institucional del matrimonio no impide que la procreación acabe por convertirse muy pronto en la sociedad cristiana en lo que era en la moral estoica: una de las dos razones de ser de la sexualidad. De este modo, Paul Veyne y, sin duda, Michel Foucault han llegado a definir los tres pilares sobre los que las sociedades occidentales, desde el siglo II, organizaran su nuevo sistema sexual: las actitudes ante la homosexualidad, el matrimonio y la mollities. El cambio había comenzado desde los primeros siglos de nuestra era, una de las épocas cruciales en la puesta en práctica de los rasgos fundamentales de nuestro fondo cultural.
Philippe ARIÈS
París, Escuela de Altos Estudios de Ciencias Sociales

Michael Pollak


LA HOMOSEXUALIDAD MASCULINA O: ¿LA FELICIDAD EN EL GHETTO?

(71)«Not all boys dream of being a marine!»

(¡No todos los muchachos sueñan con ser marinos!)

Pancarta llevada por un travestí en la manifestación «Gay Pride Parade» de Nueva York el 24 de junio de 1979.


Uno de los efectos más espectaculares de la liberalización sexual de las dos últimas décadas es que la homosexualidad ha salido del dominio oscuro de lo innombrable. Se está muy lejos del doctor Tardieu, quien escribía: «¡No escatimaré ensuciar mi pluma para denostar la vil infamia de los pederastas!»54 Sobre todo desde hace quince años, se asiste a una proliferación de los discursos sobre este tema y a una reformulación total de la imagen de la homosexualidad.

Cualquier planteamiento «científico» de la homosexualidad presenta problemas. La definición misma de la homosexualidad está en el origen de un conflicto que tiene como consecuencia la polarización de las hipótesis propuestas. A grandes rasgos, se podría distinguir entre unas teorías que erigen la heterosexualidad en norma absoluta de la normalidad sexual y otras que consideran a todas las manifestaciones sexuales equipa-(72)radas en un mismo nivel. Las primeras ven en los comportamientos no heterosexuales desviaciones y hasta perversiones; mientras que las últimas las consideran vías diferentes, pero no jerarquizadas, hacia la obtención del orgasmo.

Dentro de la visión psiquiátrica dominante, la clasificación de la homosexualidad entre las perversiones, establecida a finales del siglo pasado por R. von Krafft-Ebing y A. von Schrenck-Notzing, ha conservado toda su fuerza social hasta los años sesenta.55 La decisión adoptada en 1974 por la Asociación Psiquiátrica Norteamericana de no considerar la homosexualidad como una perturbación mental (mental disease) es un acto simbólico que marca la inversión de las relaciones de fuerza entre las diferentes teorías de la sexualidad. Pero, además, esa inversión se ha operado en favor de una visión que ha naturalizado el fenómeno homosexual. Encerrados en el círculo vicioso condena/justificación, los autores que se han opuesto a la clasificación de la homosexualidad entre las perversiones han dado muestras más de coraje político que de espíritu innovador. Así, la teoría de la «homosexualidad constitucional»56 de I. Bloch, elaborada hacia 1900, y los trabajos de H. M. Hirschfeld no se entienden sino como armas políticas en la lucha contra un código penal que prohibía la homosexualidad por considerarla un acto antinatural. Frente a la inclusión oficial de la homosexualidad entre las perversiones que era necesario reconocer y combatir, parecía que el único argumen-(73)to que se podía aducir contra su penalización era el del carácter constitucional de la homosexualidad.57

Cogidos en la trampa de su visión naturalista de la homosexualidad, aquellos autores no podían más que, o bien afirmar que el homosexual no difiere en nada del heterosexual, aparte la diferente elección del objeto sexual, o bien considerar la homosexualidad dotada de una naturaleza completamente diferente, como si fuese una especie de «tercer sexo» Después de los trabajos de I. Bloch, los de A. C. Kinsey y de H. Giese se inscriben en la misma línea de razonamiento. Políticamente, esta posición científica se traducía, la mayoría de las veces, en una posición «liberal» que reducía la discriminación social de los homosexuales en sus aspectos jurídicos. Por otro lado, los autores que ponían su acento en una naturaleza homosexual completamente diferente no hacían, a menudo, más que vestir con un ropaje científico la consideración más común del hecho homosexual. De este modo, C. H. Ulrich, abundantemente citado por Hirschfeld, escribía hacia 1860 que la naturaleza homosexual contenía rasgos femeninos, que se manifestaban en la atracción que los homosexuales experimentan por los hombres viriles. Sistematizaba su análisis en su concepción de un «tercer sexo». H. M. Hirschfeld va más allá en esa sistematización, asignando a los homosexuales rasgos fisiológicos específicos observables, que expresan la base biológica de una psicología diferente. Así, puesto que se trata de un fenómeno natural, afirma que el porcentaje de los homosexuales en relación a la población global es constante en el espacio y en el tiempo.58

Concebida como un medio de lucha contra el código penal alemán, la teoría de H. M. Hirschfeld contiene todos los elementos que la harían susceptible de ser utilizada en un sen-(74) tido precisamente opuesto a las intenciones del autor: conforme a esas categorías se podrían, de hecho, reconstruir casi todos los clichés, estereotipos y caricaturas que se pueden encontrar en los discursos sociales sobre la homosexualidad. Sin embargo, la novedad de la visión de la homosexualidad en las obras de los últimos quince años no radica en que den una nueva explicación, sino en el hecho de que abandonan el problema mismo de la clasificación y de la explicación y desplazan la problemática hacia la pregunta: «¿Cómo viven los homosexuales?»59 Muchos autores subrayan que su objetivo es contribuir a la mejora de la condición social de los homosexuales. Las dos mayores encuestas realizadas sobre la homosexualidad en Alemania y en los Estados Unidos de América han sido efectuadas, cada una de ellas, por dos autores de los cuales uno era homosexual declarado.60

(75) En este artículo, intentaré demostrar que este interés por los estilos de vida de los homosexuales y el cambio de perspectiva respecto a la homosexualidad pueden —al menos, en parte— explicarse por el carácter modelo que la vida homosexual tiende a adoptar en un momento de liberalización generalizada de las costumbres sexuales. Esa liberalización, por otra parte, se inscribe en un doble movimiento tendencioso de autonomización relativa y de racionalización de la sexualidad. Las condiciones de esa liberalización radican en la diferenciación precisa entre el interés sexual y la procreación y en el hecho de que las prácticas sexuales autonomizadas puedan ser cuantificadas; es decir, que puedan dar pie a cálculos «de finalidad racional», que reposan sobre una contabilidad del placer que tiene en el orgasmo la unidad de medida.61

La primera de esas condiciones, la separación entre el interés sexual y la procreación, es satisfecha por la definición misma de la homosexualidad. Además, la prohibición de la homosexualidad, sin duda, ha reforzado y acelerado la separación de la sexualidad respecto de las tendencias afectivas. Asimismo, la prohibición ha contribuido a que la vida homosexual se fuese sometiendo a un cálculo racional. Cualquier actividad clandestina se ve restringida a una organización en la que se minimizan los riesgos y se optimiza la eficacia. En el caso de la homosexualidad, se concreta en el aislamiento del acto sexual en el tiempo y en el espacio, la restricción al mínimo de los ritos de preparación del acto sexual, la disolución de la relación inmediatamente después del acto, el desarrollo de un sistema de comunicación que permite la minimización de los riesgos, al tiempo que maximiza los rendimientos orgásmicos. No es, pues, sorprendente que un mercado sexual li-(76) bre de restricciones «no sexuales» se haya desarrollado sobre todo en las sexualidades de las formas marginales, relegadas a la casi clandestinidad y, fundamentalmente, en la homosexualidad. Pero no es sólo este papel de «vanguardia» de la homosexualidad en el proceso de racionalización de la sexualidad lo que explica el creciente interés que se le concede en la actualidad. La «cultura homosexual» propone al mismo tiempo estructuras que permiten una gestión de la vida afectiva y social fuera de las restricciones propias de las relaciones estables y duraderas. Lo que más asombra en la observación del medio homosexual es la proliferación de estilos de vida muy diversificados en función de apetencias sexuales y afectivas cada vez más especializadas. Es precisamente porque parece dar respuestas prácticas a lo que sería un cuestionamiento más general por lo que el medio homosexual se encuentra tan asediado y solicitado en la actualidad por quienes crean y difunden las modas culturales: ¿cómo combinar la satisfacción de las necesidades afectivas y sexuales sin tener, por ello, que pagar el precio de las imposiciones a menudo inherentes a las relaciones de pareja? Un análisis del funcionamiento del medio homosexual tal como el que se puede desprender a partir de las encuestas sociológicas debería permitir abordar el estudio de este fenómeno de la homosexualidad erigida en moda cultural de un modo más preciso: ¿se trata de un deseo de imitación de nuevos estilos de vida, de una tolerancia hasta ahora desconocida o —simplemente— de un malentendido?


Carrera y mercado homosexuales
No se nace homosexual, se aprende a serlo. La carrera homosexual comienza con el reconocimiento de los deseos sexuales concretos y con el aprendizaje de los lugares y de las maneras de encontrar pareja. Ese coming out (echarse a la calle) se sitúa, a menudo, entre los dieciséis y los treinta años (véase cuadro 1 al final del artículo). La mayor parte de los (77) homosexuales están convencidos de sus preferencias sexuales mucho antes de pasar al acto. El proceso que va del primer sentimiento homosexual al primer contacto y al momento en el que el homosexual asume plenamente su orientación se extiende casi siempre a lo largo de varios años, y en numerosos casos dura hasta la edad de treinta años.62

Una vez que ha aceptado su diferencia sexual, el homosexual entra en el mercado de los intercambios sexuales. De todas las formas de la sexualidad, la homosexualidad masculina es, sin duda, la que tiene un funcionamiento que recuerda más la imagen de un mercado donde —en última instancia— no hay sino «trueques de orgasmo por orgasmo». Las instituciones clave de la vida homosexual son, fundamentalmente, los lugares de ligue: bares, saunas, cines y restaurantes especializados, parques. Con un promedio de varias decenas de parejas distintas por año (véase cuadro 2) y de algunas centenas a lo largo de la vida (véase cuadro 3), la vida sexual del «homosexual medio» es muy intensa entre los veinte y los treinta y ocho/cuarenta años y está caracterizada por una frecuencia de las relaciones sexuales muy elevada, una gran promiscuidad y diversificación de las prácticas sexuales, al tiempo que por una especialización de las mismas. La diversificación de las prácticas va pareja a la especialización: la organización de los lugares de ligue y la sutileza en la manifestación por la indumentaria de las apetencias de cada momento permiten anticipar lo que será el desarrollo del acto sexual; aunque siempre un mismo individuo puede cambiar de lugares y de atuendo.

El ligue homosexual traduce una búsqueda de eficacia y de economía que implica, a la vez, la maximización del «rendimiento» cuantitativamente expresado (en número de partenaires y orgasmos) y la minimización del «costo» (la pérdida de tiempo y el riesgo de rechazo a las proposiciones). Algunos lugares son propicios para una clientela concreta y para el con(78)sumo inmediato: como los bares de «cuero», que disponen a menudo de una habitación reservada para el consumo sexual in situ (back-room), los saunas, los parques. Tales lugares, a menudo, permiten la satisfacción simultánea de diferentes deseos: el exhibicionismo, el voyeurismo, a la vez que cualquier actividad sexual por parejas o en grupo. Pero incluso en lugares menos especializados que no permiten el consumo in situ, también se observa la búsqueda de la eficacia. Cuanto mayor es la afirmación sexual de un individuo, tanto menor es la posibilidad de que yerre en la elección. Por eso, evitará abordar a una persona que carezca de signos distintivos. Se comprende, así, la importancia de las claves de reconocimiento y de los escarceos. Sin embargo, la sutileza de la comunicación durante el ligue es menos indicativa de una búsqueda de la cantidad que de una actitud cualitativa por lo que se refiere a la selectividad de la elección y a la angustia ante el eventual rechazo.63 La falta de respuesta a una mirada furtiva o a una discreta sonrisa puede suponer, con frecuencia, el fin de una tentativa de acercamiento. Además, existen signos exteriores que indican los gustos sexuales de cada momento. Por ejemplo, el llavero; las llaves asomando por encima del bolsillo trasero de un pantalón tejano, si van en el bolsillo izquierdo indican una preferencia por un papel activo; si van en el derecho, un papel pasivo. Lo mismo ocurre con un pañuelo que asome en los bolsillos traseros de un pantalón. Pero además del papel activo o pasivo según el lado, el color del pañuelo simboliza la actividad buscada: el azul claro, prácticas orales; el azul marino, la sodomización; el rojo carmesí, la penetración manual, etc.64 En la medida en que la homosexualidad sale de la sombra y las técnicas de la indumentaria se difunden como modas fuera del medio homosexual, experimentan una (79) fuerte inflación y acaban por perder su significado inicial. Un ejemplo de lo que acabamos de decir es el pequeño aro dorado en la oreja izquierda, que se ha convertido en una joya corriente fuera del medio.

En última instancia, los sectores más liberados de cualquier imposición exterior al mercado sexual responden a dos esquemas de comportamiento. En primer lugar, la indicación exacta del deseo sexual por medio de objetos parciales (ano, boca, etc.) y por medio de la explicitación de la actividad buscada (activa, pasiva, SM, o sea, sado-masoquista, etc.). Es necesario señalar la elección sexual sin rodeos, ni titubeos, ni seducción. Sin ambigüedad. El juego es el acto sexual. En segundo lugar: el anonimato. El silencio es una regla de honor incluso en espacios por sí mismo anónimos (parques, saunas, servicios) y reservados, especializados en función de sus posibilidades de aislamiento (para dos o más) y de los menores riesgos (peligro de ser sorprendidos por los agentes de policía o por provocadores). Frecuentemente, el nombre cuchicheado después del acto es la única comunicación verbal antes de que los partenaires se separen.

Ahora bien, la indicación del deseo no quiere decir que el homosexual se especialice en su sexualidad. Más bien al contrario, se constata una relativa indiferenciación de los papeles activo y pasivo que puede jugar un individuo. En realidad, la lógica homosexual responde a un doble movimiento. De un lado, la especialización: se sabe cada vez mejor lo que se quiere en cada momento. De otro, la diferenciación: se buscan prácticas cada vez más diferenciadas. Se constata entre los homosexuales que quienes tienen relaciones sexuales en mayor número son también los que multiplican sus prácticas y los lugares de las mismas. Pero es evidente que el mercado homosexual es «impuro», es decir, se encuentra influido por imposiciones exógenas. Imposiciones estéticas, por ejemplo: el mito de la juventud supone la caída brutal de la actividad sexual a partir de los treinta y ocho/cuarenta años (véase cuadro 4). Además, criterios étnicos estructuran, igualmente, el (80) mercado sexual. Así, en los Estados Unidos, al lado de locales mixtos se encuentran otros frecuentados casi exclusivamente por blancos o negros. La jerga homosexual norteamericana llama snow queens (reinas nevadas) a quienes sólo hacen el amor con blancos, y chocolate queens (reinas de chocolate) a quienes sólo mantienen las relaciones con negros.65 En otro orden de cosas, intereses financieros (en la prostitución), intereses de seguridad afectiva (búsqueda de pareja) vienen a añadirse a las influencias exógenas que estructuran el mercado homosexual.

¡El grado de participación en el mercado sexual y las reacciones emocionales frente a sus normas, después de todo bastante restrictivas, dividen el medio homosexual en diversos subgrupos que viven su destino de homosexuales de muy diverso modo. Raros son los que consiguen desprenderse de la socialización padecida durante la infancia; socialización orientada en el sentido de la vida heterosexual: de ahí el complejo de culpabilidad y el desprecio de uno mismo. Pero incluso una vez liberados de los modelos de vida heterosexual interiorizados durante la infancia, pocos homosexuales aceptan de buen grado las imposiciones de productivismo sexual que imperan en el medio. En una palabra, las condiciones del coming out (echarse a la calle) no son sino raramente cumplidas: a saber, la integración en el medio homosexual y la afirmación sin angustia de la homosexualidad de cara al exterior. La mayor parte de los homosexuales se ven sometidos a una gestión esquizofrénica de su propia vida. El habitus homosexual que guía la manera de vivir es una resultante de la socialización anterior al coming out y del grado de interiorización de las normas del medio. Bell y Weinberg han establecido cuatro tipos de homosexuales que difieren según dos dimensiones (véase esquema 1). Esta clasificación permite acotar el medio homosexual como un universo muy diversificado en función de




(82) la relación que el individuo mantiene con todas las reglas que configuran las relaciones sociosexuales. Pero esta clasificación tiene todos los inconvenientes propios de la sexología behaviorista a la vez empírica y muy normativa. Este tipo de análisis, del que nunca se sabe si describe o prescribe, deja a un lado toda la fuerza de las imposiciones que imponen las reglas del medio homosexual. El equilibrio psíquico y sexual no es concebido más que en función de una «adaptación» a normas sociales, en concreto a las del medio (lo que nos lleva a términos del análisis tales como «functionals» y «dysfunctionals», normas cuyo origen y principios de legitimación nunca son cuestionados; de este modo, la profunda complicidad que liga el nuevo orden sexual a la antigua represión se subestima en el análisis. Nacido de la simple negación y de la afirmación de su contrario, el nuevo orden sexual está impregnado por el antiguo. Al encerrar la minoría que pretende liberar en el nuevo círculo vicioso de la «adaptación», en esta ocasión, a las reglas del medio, el empirismo sexológico refuerza las tendencias a la autosegregación social de una minoría que apenas acaba de salir a la luz y no viene sino a abrir las puertas que ya estaban abiertas.

Homosexualidad y condición de clase
Aunque el carácter colectivo del destino de los homosexuales atenúe la segregación social, el origen y la pertenencia de clase influyen en la facilidad que cada individuo tenga para integrarse en el medio y llevar una doble vida. La encuesta alemana ha demostrado que el origen de clase afecta de forma diferente al comportamiento sexual, por un lado, y a los sentimientos de culpabilidad ligados a la homosexualidad, por otro. Además, la frecuencia de los contactos sexuales disminuye a medida que se asciende en la jerarquía social; y aun disminuye de forma más acusada, a medida que se avanza en la edad, en las clases superiores que entre los obreros y los (83) empleados de baja cualificación.66 Por el contrario, parece que la diferenciación de las prácticas sexuales no sigue la misma lógica, pero el muestreo que ofrece la encuesta alemana no permite sacar conclusiones significativas al respecto. Sin embargo, los sentimientos de culpabilidad son mucho mayores entre los obreros, los empleados de baja cualificación y los funcionarios que entre los cuadros superiores y las profesiones liberales.67 Reiche y Dannecker explican esta paradoja por las diferencias existentes entre una clase y otra por lo que se refiere a las técnicas de socialización y a las actitudes ante la homosexualidad. La socialización en las clases populares es muy rígida y está definida en términos de prohibiciones y exigencias relativamente explícitas. Pero, a la vez, las técnicas de inculcación son menos sutiles en las clases populares que entre las clases superiores, y los niños están sometidos a una vigilancia menos rígida. De ahí que las estrictas normas que son propias de la socialización en las clases populares, a menudo se sigan sin que sean interiorizadas; lo que se manifiesta en la menor inhibición de los jóvenes provenientes de esas clases y en su acceso precoz a una vida sexual intensa. Además, esa menor interiorización se aplica, también, a las normas del medio homosexual: así, el mito de la juventud que provoca una caída de la actividad sexual hacia la edad de cuarenta años es mucho menos acusada entre los homosexuales de las clases populares, cuya vida sexual bastante intensa se prolonga claramente por encima de esa edad.

Según Reiche y Dannecker, la mayor persistencia de los sentimientos de culpabilidad —a pesar de llevar una vida sexual satisfactoria— entre los homosexuales de las clases populares se explica por la mayor hostilidad hacia la homosexualidad en esas clases, que obliga a los homosexuales a separar de una manera más estricta las diferentes esferas de su vida y a simular una vida heterosexual en su puesto de trabajo.

(84)Por lo demás, el estudio norteamericano de Bell y Weinberg no establece relaciones significativas entre los comportamientos sexuales y las clases sociales. Pero en cambio, ambos autores separan en su análisis la población blanca de la negra. Y las diferencias que se constatan entre estos dos grupos se corresponden con las diferencias según las clases sociales que pone de manifiesto el estudio sobre la homosexualidad en Alemania. Si además tenemos en cuenta la correlación que existe entre el origen racial y la condición de clase en la sociedad norteamericana, se puede decir que ambos estudios son homólogos. Según la encuesta norteamericana, los negros comienzan su vida sexual antes que los blancos; además, tienen una vida sexual más intensa y de mayor duración.68 La explicación que se da para el caso alemán (diferencias en la socialización) sirve, en parte, para el caso norteamericano. Pero es necesario que no olvidemos que existen diferencias culturales muy importantes. Así, la homosexualidad es tradicionalmente aceptada en los medios negros pobres, que son los menos afectados por los valores de la middle America. En ese medio, una relación homosexual se integra con bastante facilidad en la familia y la parentela, y los homosexuales tienen tendencia a no aceptar la separación entre sexualidad y afectividad y el anonimato que reinan en el mercado homosexual.69 Su sufrimiento proviene de la compartimentación del medio homosexual, que les prohíbe sacar todo el provecho que les ofrece la tolerancia de su medio de origen.

Las diferencias en la tolerancia respecto a la homosexualidad según los medios profesionales dan origen a estrategias específicas. Los homosexuales de origen popular intentan, a menudo, escapar de un medio que les resulta hostil mediante una inversión educativa por encima de la media. Por eso se observa una notable disparidad cuando se compara el origen social (categoría socioprofesional del padre) y la posición so(85)cial: mientras que el origen social de los homosexuales se corresponde, aproximadamente, con la distribución de la población global en clases, se observa una proporción superior a la media de los homosexuales entre la pequeña burguesía nueva, en algunas actividades de servicios (peluquería, gastronomía), y sobre todo en profesiones que exigen desplazamientos frecuentes (agencias de viajes, compañías aéreas, representantes de comercio). Se da, igualmente, una concentración de homosexuales en profesiones que exigen dominio de las relaciones sociales y de la capacidad diplomática que los homosexuales pueden adquirir desde su juventud, aunque les suponga tener que llevar una doble vida y cambiar de papel según los interlocutores y el momento: las relaciones públicas, la venta, la gestión del personal son algunas de esas profesiones. Por el contrario, los homosexuales se encuentran escasamente representados entre los obreros manuales y los agricultores.

Por lo que se refiere a la cúpula de la jerarquía social, se asiste al fenómeno inverso. La homosexualidad parece, más bien, ser un freno a las carreras profesionales. Obligados a reconciliar sus preferencias homosexuales con una vida social de gran extraversión que es difícilmente conciliable con la marginalidad sexual y, además, considerando el riesgo permanente de los chantajes o la necesidad de aceptar un matrimonio de conveniencia, los hijos de la alta burguesía prefieren a menudo orientarse hacia las carreras intelectuales y artísticas antes que hacia los negocios o la política. O sea, se contentan con algo menos de lo que habrían podido esperar dado su origen social.

En fin, la concentración de homosexuales en ciertas categorías socioprofesionales no tiene nada que ver con la mitología de la sensibilidad natural, los dones artísticos innatos o con un tipo de inteligencia o genialidad particulares. Son la lógica social y la lógica del medio las que orientan poco a poco la imbricación de las estrategias sexuales con la opción profesional. Y la sensibilidad específicamente homosexual refleja, ante todo, una especie de lucidez que deriva de la permanente representación de diversos papeles; del distanciamiento (86) respecto a sí mismo que el homosexual articula como respuesta a una segregación siempre percibida pero jamás explicitada. El criterio del sentimiento de segregación, muy a menudo, no es apreciado más que por el propio segregado, que, por falta de fuerza o de voluntad para rebelarse contra una discriminación implícita, aprende a acomodarse a la situación y a su juego.



La nostalgia de la pareja
El origen de la mayor parte de los sufrimientos y de los problemas vinculados a la condición homosexual radica en la ruptura relativamente profunda entre afectividad y sexualidad, ruptura que deriva de la falta del aglutinante social y material que tiende a hacer permanentes las relaciones heterosexuales. ¡Como a menudo descansa casi exclusivamente sobre la base del intercambio sexual, una relación de pareja es poco duradera (véase cuadro 5). Con una duración que, excepcionalmente, va más allá de los dos años, la relación se ve, a menudo, complicada desde el principio por dramas, angustias e infidelidades. La pareja, impuesta por la norma heterosexual dominante, pero carente de un modelo de vida propio, es asumida como el ideal sentimental, a pesar de los fracasos continuos y casi inevitables. Pero, ¿cómo conciliar las pulsiones sexuales estimuladas por un mercado de fácil acceso y casi inagotable con el ideal sentimental de una relación estable? Éste es el problema habitual que los homosexuales que acuden a los consejeros sexuales esperan resolver.70

Por otro lado, de la contradicción entre la idea fija de la pareja sentimental y la intensidad del mercado sexual emerge, a veces, una manera de vivirla muy dramatizada, casi histerizada. Las rupturas, incluso de las relaciones de corta duración (87) (algunos meses), a menudo vienen marcadas por explosiones pasionales, con exteriorizaciones de efectismo elaborado. Pero tales escenificaciones no llegan a ocultar la realidad del drama bajo la teatralidad desplegada.

Sobre todo, durante el período del coming out aparecen numerosos problemas psicológicos. Muchos homosexuales sufren, en ese período, depresiones, se declaran favorables a iniciar un tratamiento o, incluso, les tienta la idea del suicidio. En la encuesta alemana, el 13 % declara haber querido someterse, sin ninguna duda, a algún tipo de tratamiento, y el 22 %, hacerlo en el caso de que existiese un método de reorientación sexual con las suficientes garantías (véase cuadro 6); el 13 % declaraba haber tenido una o varias tentativas de suicidio. Así, el índice de intentos de suicidio es doble entre los homosexuales que entre el resto de la población. Casi la totalidad de las tentativas de suicidio de los homosexuales se sitúa entre los dieciséis y los dieciocho años; después de los veintiún años son casi nulas. Paradójicamente, las tentativas de suicidio entre el conjunto de la población se reparten de forma más regular entre los diecinueve y los cuarenta años; lo cual indicaría una mayor estabilidad psicológica y una también mayor capacidad para asumir sus propias contradicciones por parte de los homosexuales, una vez superado el hito del coming out. La encuesta de Bell y Weinberg para los Estados Unidos expresa las mismas tendencias: a pesar de los mayores índices en las tentativas de suicidio que aparecen en la población homosexual respecto al conjunto de la población, entre los homosexuales que asumen totalmente su orientación sexual esos índices disminuyen notablemente respecto al índice medio del conjunto de la población.71

En otro orden de cosas, la teatralización de los sufrimientos debidos a un ideal sentimental difícilmente realizable ha dado origen a un tipo de humor específico que caricaturiza con iro(88)nía el propio medio. Al igual que sucede con el tipo de humor de cualquier otro grupo minoritario, como el humor de los judíos o el de los negros norteamericanos, no es totalmente comprensible más que para los miembros del propio grupo. Es un tipo de humor que retoma numerosos recursos de las comedias sentimentales hollywoodenses. Por lo demás, las heroínas del medio son a menudo las estrellas que simbolizan a la mujer objeto: un ser apreciado y codiciado por sus cualidades sexuales que solicita ser atendido como ser humano frágil. Se comprende, pues, que Marylin Monroe continúe siendo una de las vedettes más queridas por los homosexuales. De ahí proviene, también, la admiración por las representaciones teatrales que explotan la intriga sexual y la afectación sentimental kitsch hasta sus últimas consecuencias.72 ¿Qué homosexual no sueña con hacer reír a su auditorio con sus caprichos y con una representación de sí mismo exageradamente pretenciosa?



Por otra parte, en el medio, las claves de ese humor parecen ser bien comprendidas por todos. Excepcionalmente, las rupturas entrañan hostilidad o total separación. En última instancia se podría interpretar la teatralidad de la ruptura entre los homosexuales como un rito iniciático, del paso del amor a la amistad que —-en el fondo— es indicativa de la estabilización de una relación. Tal estabilización, a menudo, comporta una exclusión de la relación sexual que se desplaza hacia un tipo de relación confidencial. De este modo, se teje un entramado de relaciones amistosas que da una seguridad afectiva casi imposible de realizar en la pareja. Los pequeños grupos de amigos, a menudo formados por antiguos amantes que en el pasado han mantenido relaciones sexuales entre sí, forman una especie de «familia homosexual extensa». Además, una especie de tabú del incesto prohíbe frecuentemente las relaciones sexuales ocasionales dentro de esos grupos vinculados por sentimientos fraternales: «hermano» o «hermanito» es, con fre-(89) cuencia, la manera de referirse a aquellos con los que, habiendo sido antiguos amantes, además de un destino común se comparten la complicidad y los altibajos de la vida íntima.
De la cultura al ghetto
La clandestinidad ha engendrado los rasgos más sobresalientes de la cultura homosexual: el lenguaje y el humor. Ambos están muy ligados entre sí. El diccionario de la jerga homosexual recopilado en los Estados Unidos73 aporta centenares de ejemplos de un vocabulario lleno de sutilezas y matizaciones sobre el amor, el ligue, pero también sobre, la timidez, la angustia, y su contrario, el cinismo agresivo. La utilización de nombres femeninos y de adjetivos y diminutivos «pretenciosos» son expresión tanto de una especie de juego al escondite social, como de la ironía que muchos homosexuales cultivan en su forma de presentarse. La imagen de la «loca» —que es a la vez el estereotipo de la representación que los heterosexuales se hacen de la homosexualidad y la realidad del estilo de algunos homosexuales —resume todos los elementos propios de los prejuicios antihomosexuales y del humor del ambiente. La «loca», esa imagen difundida en tantos dichos y obras de bulevar, representa el caso límite del homosexual que ha aceptado hacer lo que sea para ajustarse a la caricatura que los que le oprimen hacen de él. Mediante ese tipo de comportamiento, espera atenuar la agresión que le viene del entorno heterosexual, haciendo reír y dando satisfacción a todo aquello que es previsible según la visión heterosexual de la homosexualidad. Por otro lado, la relativa correspondencia entre la imagen que la mayoría heterosexual se hace de la homosexualidad y el comportamiento real de los homosexuales viene a ser expre(90)sión, también, de la necesidad que tienen los homosexuales de mantener una cierta identidad de grupo en una situación de opresión social. En los períodos de represión antihomosexual abierta, ante la imposibilidad de elaborar una visión específicamente homosexual de la homosexualidad, el sometimiento a la caricatura que la mayoría impone a la minoría parece que es el único medio de mantener la identidad de grupo. Ahora bien, en esa identidad de grupo que, en primer lugar, significa humillación, es donde se ha forjado la solidaridad como condición para la emancipación futura.

Se comprende, pues, que en un momento en el que la represión se atenúa, los militantes homosexuales hayan intentado, ante todo, redefinir la identidad homosexual liberándola de la imagen que hace del homosexual, en el mejor de los casos, un hombre afeminado y, en el peor, una mujer «fallada». Como reacción contra esa caricatura, el hombre «superviril», el «macho», se ha convertido en el tipo ideal en el medio homosexual: cabellos cortos, bigote o barba y cuerpo musculoso. Así, mientras la cuestión de la emancipación de los heterosexuales no se vincula, con frecuencia, a la diferenciación de los roles masculinos y femeninos, la emancipación de los homosexuales pasa actualmente por una fase de definición muy estricta de los términos de la identidad sexual. Las imágenes míticas frecuentemente presentes en la prensa homosexual y en las revistas pornográficas especializadas son el cow-boy, el camionero, el deportista. El estilo «macho» es el que domina.74 De ahí que haya, igualmente, una cierta indisposición hacia la pederastia y la bisexualidad, a menudo experimentada ésta como un intento de ocultar la homosexualidad. Esta evolución del medio homosexual hacia un estilo que centra su atención en la virilidad es con frecuencia tachada de sexista y tiende a mar(91)ginar, a su vez, a aquellos homosexuales que no se atienen a esta nueva definición de la identidad homosexual. Aun reconociendo esos fenómenos de exclusión, es necesario señalar que esa búsqueda de una identidad sexual estrictamente definida se lleva a cabo en un momento en el que, por primera vez, se les ofrece a los homosexuales la posibilidad de conformar su propia imagen social subrayando su masculinidad antes que sus rasgos femeninos. Si, en un próximo futuro, la sociedad llega a ser más tolerante con la homosexualidad, cabe esperar que se atenuará esa necesidad de elaborar una imagen «macho».

Durante los años sesenta, lo que la liberalización ha provocado ha sido, ante todo, una explosión en lo que a la comercialización del sexo se refiere. Junto a la multiplicación de bares, cines y saunas, se observa el desarrollo de la prensa homosexual, de la pornografía y de toda una industria de adminículos sexuales que va de los juguetes de cuero, los anillos para el pene y las cremas hasta los poppers (vasodilatadores utilizados como afrodisíacos). Como manifestaban los primeros militantes del Gay Lib: «¿Es que hemos hecho la revolución tan sólo para tener derecho a abrir setecientos bares de cuero más?»75

Por otra parte, la industria turística se ha apoderado rápidamente del mundo homosexual. La tendencia a la promiscuidad hace que el mercado sexual en las pequeñas y medianas ciudades se agote pronto; entonces se despliega toda una lógica del viaje y del fin de semana. Por eso, la geografía homosexual se ramifica hacia los grandes centros urbanos, de los cuales algunas ciudades tienen una bien ganada fama de ser particularmente gay. Así, en Europa: Amsterdam, Berlín, París, Hamburgo, Munich; y en los Estados Unidos: Nueva York, San Francisco. Durante las vacaciones, algunas playas son famosas por su concurrencia especializada: la isla de Sylt, en el mar del Norte; Mykonos, en Grecia; Le Touquet y L'Espiguet(92)te, en Francia; Key West y Cap Code, en los Estados Unidos, etc. Además, a estos centros de atracción de vacaciones se unen los «acontecimientos únicos» como, por ejemplo, el Carnaval de Río. La comercialización que va unida a la liberalización tiende a reforzar las divisiones sociales que se plasman en el medio homosexual y que —antes— permanecían relativamente ocultas por el hecho de tener un sentimiento mucho más fuerte de verse involucrados en un destino común. Aun hoy en día, la mayor parte de los homosexuales viven esta comercialización fundamentalmente como un factor de liberación, en la medida en que, en su opinión, parece alentar una mayor tolerancia respecto al mundo homosexual.

En otro sentido, la emergencia, en el seno del mundo homosexual, de una imagen viril en oposición a la imagen afeminada impuesta por la visión heterosexual es el fundamento de la formación de una comunidad homosexual que reclama derechos y se organiza para obtenerlos. Dentro de esta estrategia, el coming out del mayor número posible de homosexuales que proclaman públicamente su homosexualidad se considera un elemento indispensable. La proliferación de centros de reunión, la organización de actividades colectivas y la ayuda material y psicológica (servicios telefónicos SOS, emisoras de radio y televisión, servicios médicos para el tratamiento discreto de las enfermedades venéreas, las redes de terapeutas simpatizantes, servicios jurídicos para los casos de despido o de cancelación del contrato de alquiler, etc.) tienen la función primordial de apoyar a todos los homosexuales en su vida cotidiana y estimularlos a dar el paso hacia el coming out.

La afirmación pública de la identidad homosexual y de la existencia de una comunidad homosexual apenas surgida a la luz llega hasta la adopción de formas organizativas, económicas, políticas y territoriales. Esto es lo que ha llevado, en los grandes centros urbanos norteamericanos, a la formación de «ghettos»; o sea, según la definición clásica de este término, barrios habitados por grupos discriminados por el resto de la sociedad, que llevan una vida económica relativamente autóno(93)ma y desarrollan una cultura propia.76 Concretamente, esta «ghettización» es particularmente notable en el West Village, en Manhattan; el Castro District, en San Francisco; el South End, en Boston; en los alrededores del Dupont Cercle, en Washington, y en algunos barrios de Los Ángeles y Chicago. En esos barrios, los homosexuales suponen la mayoría de la población, controlan la mayor parte de los negocios, en particular los bares, el mercado inmobiliario y una buena parte del mercado del trabajo. Además, en ocasiones, han conseguido articular una fuerza electoral considerable. En Europa, esa tendencia a la «ghettización» se puede observar, también, aunque de una forma menos clara.

En fin, la organización del mundo homosexual como grupo combativo no se lleva a cabo sin que se planteen problemas con el medio social circundante. La constitución más o menos oficial de sistemas de ayuda mutua en el mercado de la fuerza de trabajo y en el inmobiliario presenta problemas de competencia que cualquier grupo social que se aglutina como minoría combativa por su promoción social ha de afrontar.

Y esos problemas ya se perciben en el caso de los «ghettos» norteamericanos, en donde los homosexuales que se quieren establecer entran a menudo en conflicto con las minorías étnicas económicamente más débiles.77 La ideología del frente común de todos los oprimidos, que intenta demostrar el interés de todas las minorías sociales por unirse, corre el riesgo de hacerse añicos bajo los efectos de la realidad de la competencia.

A todo ello hay que añadir que la solidaridad surgida en la clandestinidad será más difícil de mantener en un grupo con un mayor grado de aceptación social. En un primer momento, la comercialización en torno a la homosexualidad ha contribuido a aumentar su visibilidad social e indirectamente su co(94)hesión como grupo. Pero, a largo plazo, contribuirá a hacer que aparezcan las divisiones sociales interiorizadas en el medio homosexual, por ejemplo diferenciando los circuitos de ligue y de ocio según el status social y el nivel económico. De este modo, el sentimiento de sufrir un destino común, que aglutinaba a los homosexuales más allá de las barreras que separan las clases sociales, tenderá a desaparecer.

Identidad sexual y clasificación social
Existe un gran número de obras de reciente aparición sobre la sexualidad, y sobre todo las de inspiración sociográfica, que describen el coming out, o sea, el doble proceso de integración en la comunidad homosexual y de afirmación explícita de la homosexualidad, no sólo como el aprendizaje y la aceptación de la homosexualidad, sino como la búsqueda de un estilo de vida. Al presentar ese proceso como una solución a los sufrimientos de los homosexuales en un contexto social que les es hostil, esta literatura contribuye a la realización de lo que describe; la constitución de una comunidad y de una cultura homosexuales que se inscriben dentro de la liberalización generalizada de las costumbres. El consejo implícito que este tipo de literatura da y que no afecta solamente a los homosexuales es el siguiente: ¡cread espacios y estilos de vida en función de vuestros deseos sexuales!

La literatura sobre la homosexualidad a la vez se hace eco y contribuye a formular las definiciones sociales de la identidad homosexual. A finales del siglo xix y comienzos del xx, se trataba de justificar o de combatir científicamente los estigmas que se imponían a un grupo social al que se designaba «homosexual» por medio de la elaboración de una geografía sexual cuyo espacio se definía en función de su relación con la naturaleza. Por el contrario, los escritos actuales se inscriben dentro de los intentos por transformar el estigma en criterio de pertenencia a un grupo social en vías de emancipación. Así, (95) estimular el coming out, entendido como la aceptación individual de la identidad homosexual, pero también de pertenencia a un movimiento social que ofrece a un gran número de homosexuales la posibilidad de identificación de una manera positiva, contribuye a que el criterio de orientación sexual intervenga en la percepción y definición de toda relación social.78

Se ve, pues, cómo los discursos de la ciencia sexológica no son ajenos a los objetivos que se fijan en los discursos militantes, que tienden a reducir toda la interpretación de la realidad social al criterio de identidad sexual, como lo prueba el hallazgo de una sensibilidad literaria, de un arte y hasta de una historia específicamente homosexuales. En cierta medida, el discurso «científico» sobre la homosexualidad queda subordinado a funciones prácticas y está orientado hacia la obtención de resultados sociales. Pero no se puede reducir toda la efectividad del discurso científico sobre la homosexualidad al de un compañero de viaje del movimiento de emancipación homosexual. Dado que se inscribe en el universo de los discursos legítimos sobre la sexualidad, no influye solamente en la definición social de la homosexualidad, sino que incrementa aún más la importancia del factor «sexual» en la clasificación multidimensional de toda persona.

En las descripciones sociosexológicas, el mundo homosexual parece prefigurar una vida sexual en la que la sexualidad se va progresivamente autonomizando en relación a las restricciones tradicionales y se va insertando en el entramado de las interacciones sociales. Según esta interpretación, el medio homosexual es un modelo que demuestra que se pueden satisfacer deseos sexuales muy diversificados y, al mismo tiempo superar la soledad; es decir, que se pueden satisfacer las necesidades sexuales y afectivas de forma separada. Por lo demás, el número cada vez mayor de adultos que eligen vivir solos indica que una parte importante de la población quiere probar modos (96) de vida que combinen relaciones sexuales transitorias con una vida social y afectiva basada en una multitud de relaciones que no están necesariamente destinadas a perdurar.

El último libro de Masters y Johnson en el que se comparan los comportamientos homosexual y heterosexual ha venido a reforzar este punto de vista.79 La mayor parte de lo que manifiestan se dirige, sobre todo, a los heterosexuales. Aquéllos les reprochan que no dediquen suficiente tiempo al juego preparatorio, el desconocimiento de los centros del placer del partenaire y ser incapaces de comunicar sus requerimientos sexuales concretos. Según ese libro, hay menos problemas en una relación homosexual. ¿Estamos, pues, ante la homosexualidad elevada a la categoría de modelo? ¿Vivirán los homosexuales, muy pronto, en una sociedad que no sólo los tolerará, sino que les reconocerá cualidades dignas de ser imitadas?

Este mismo fenómeno se encuentra en otros terrenos en los que la imagen de la homosexualidad juega un papel dinamizador en un proceso de cambio de modo de vida. En este sentido, el fenómeno «disco» simboliza el efecto de moda que el mundo homosexual ejerce en algunos sectores de la sociedad. Cualquier discoteca que se precie intenta atraer a la clientela homosexual y crear un clima ambiguo en el que los diversos gustos se entremezclen. Y son muchas, si no la mayoría, las discotecas de moda con una programación musical proveniente de los Estados Unidos en la que son habituales numerosas alusiones a la homosexualidad. Así, uno de los grupos de mayor éxito, los Village People, con sus canciones se dirige exclusivamente a los homosexuales: Macho Man, In the Navy, YMCA están llenas de fantasmas homoeróticos y de imágenes que describen los lugares de la iniciación a la homosexualidad.

Sin embargo, esta aparente promoción de la homosexualidad no está dirigida ni siquiera prioritariamente a la mejora de la condición homosexual. Al tratar al mismo nivel todas las (97) manifestaciones sexuales teniendo sólo en cuenta su eficacia estrictamente sexual, el discurso sexológico de Masters y Johnson tiende a reunificar los campos de una geografía sexual que el discurso sobre las perversiones había separado anteriormente. Al hacer este tipo de discurso se tienden a borrar los estigmas que las clasificaciones anteriores imponían a algunas prácticas sexuales. En una primera etapa, que es la que realmente vivimos actualmente, el cambio en la representación científica de la sexualidad, más que a la abolición de los límites entre las diferentes expresiones de la sexualidad, ha contribuido a una mayor diferenciación de las mismas representándolas en términos de identidad sexual. Son, precisamente, estas formas de representación de la sexualidad las que dan pie al surgimiento de tantos «grupos» y «movimientos» que reivindican un espacio propio en la sociedad que les permita, aun al precio de la segregación, el despliegue de su sexualidad. Esta lógica de diferenciación y de segregación tiende a atenuar la oposición «fuerte» entre heterosexuales y homosexuales. Y podría producir un juego de alianzas múltiples y cambiantes en la lucha que se libra en torno a la clasificación de las prácticas sexuales aceptables e inaceptables.
Michael Pollak

París, Centro Nacional para la Investigación Científica


ANEXO ESTADÍSTICO
A continuación se reproducen algunos cuadros comparativos de la encuesta norteamericana de A. P. Bell y M. S. Weinberg (Homosexualities. A Study of Diversity among Men and Women, Nueva York, Simón and Schuster, 1978, anexo estadístico, págs. 269-475) y de la encuesta alemana de M. Dannecker y R. Reiche (Der gewöhnliche Homosexuelle, Francfort, Fischer, 1974) que sirven más para ilustrar el texto que para poner de manifiesto las diferencias de la vida homosexual en ambos países. Las probabilidades de error estadístico son altas en un campo de encuesta tan reciente, cambiante y de difícil acceso como es el de la homosexualidad. Ambas encuestas han utilizado la técnica de «la bola de nieve» (snow ball): se solicita a un pequeño número de homosexuales que distribuyan los cuestionarios entre sus amistades para que a su vez hagan lo mismo, y así sucesivamente. Pero las técnicas de muestreo, en ambas encuestas, eran muy distintas. En los Estados Unidos, la elección de un área geográfica bien definida, San Francisco y sus suburbios, estuvo explícitamente justificada por su carácter de vanguardia en cuanto a la tolerancia y a la liberalidad respecto a la homosexualidad: «La permisividad sexual en San Francisco prefigura lo que muy pronto podría ocurrir a lo largo y ancho de todo el país; y ésa es una razón importante para habernos inclinado por escoger San Francisco para la realización de nuestra encuesta» (pág. 28). Para obtener una representación de todas las formas de vida homosexual, Bell y Weinberg han ido al encuentro de los homosexuales en todos los lugares de cita, como bares, saunas, restaurantes, cafés, etc. Por el contrario, Dannecker y Reiche han intentado configurar la representación del mundo homosexual mediante un muestreo en función de la dimensión de las ciudades, el origen social y la edad de los entrevistados.








Philippe Ariès
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