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PROSTITUCIÓN, SEXUALIDAD Y SOCIEDAD

EN LAS CIUDADES FRANCESAS EN EL SIGLO XV

(123)Sabemos actualmente que, en las ciudades del siglo XV, la prostitución no era solamente tolerada o clandestina, sino que existían, incluso en las aglomeraciones urbanas menos importantes, prostibula publica, que pertenecían al municipio o bien dependían de la autoridad señorial cuando la villa no tenía corporación o colegio. A veces (en Aviñón o París, por ejemplo) la «casa pública» era sustituida por uno o varios lugares reservados a la prostitución pública. Ya fuera un edificio de grandes dimensiones, un patio rodeado de habitaciones, un «pasaje rojo» o un conjunto de calles plagadas de pensiones y tabernas, los diversos aspectos que podían adoptar esos lugares en nada cambiaban el hecho esencial de ser espacios protegidos donde se ejercía oficialmente la fornicación. Por el contrario, no está de más destacar que algunas ciudades con o mantenían un prostibulum materializado en un gran edificio, mientras que en las mismas ciudades la propiedad pública era casi nula y los consejeros municipales apenas si se preocupaban por el estado de los locales de las escuelas. Generalmente, el burdel estaba arrendado a una gobernanta (la alcahueta), que tenía teóricamente el monopolio de la prostitución y el deber de reclutar y vigilar a las muchachas, así como el de hacer respetar el orden en el burdel e informar a las autoridades acerca de los clientes que resultasen sospechosos. La alcahueta, por otra parte, además de ser re-(124)ceptora de unos ingresos municipales, resultaba ser una preciosa fuente de información.

Por lo demás, en cada aglomeración urbana de cierta importancia, además del burdel había un cierto número de saunas o baños que, salvo casos excepcionales, contaban con más habitaciones que bañeras. Cada barrio tenía sus baños, ya fueran más o menos modestos. Además, sus salas comunes daban cabida a reuniones festivas, sus cocinas estaban bien pertrecha das de patés y vinos, y las habitaciones contaban con un abundante servicio atendido por jóvenes sirvientas. A pesar de todas las disposiciones legales, las saunas hacían las veces de casas de citas y eran los centros de una prostitución continua y descarada: eran las verdaderas casas de tolerancia de su tiempo.

Sin embargo, aún se observaba fuera de estos lugares y, a decir verdad, desigualmente repartidos, el surgimiento de lo que los contemporáneos llamaban «burdeles privados», llevados por chulos, patronas o celestinas que tenían a su disposición —ya fuera en régimen de pupilaje o por tiempo convenido— una, dos o tres muchachas. En 1485 existían en Dijo dieciocho centros de este tipo, tolerados por el vecindario y plenamente integrados en la vida social, puesto que trece de ellos estaban bajo la «dirección» de viudas o de esposas de artesanos que ejercían con normalidad su oficio (eran labradores, panaderos, carpinteros, viticultores y toneleros) y no se puede decir que ocupasen, precisamente, los grados más bajos de la jerarquía social.

Esas mujeres utilizaban para su negocio a «muchachas de vida alegre» que, cuando no ofrecían sus servicios a las primeras, también trabajaban por su propia cuenta, yendo de hotel en hotel, haciendo sus clientes en las tabernas, en los mercados o en las calles. Todas ellas conformaban una caterva cambiante de prostitutas clandestinas u ocasionales que, periódicamente, se nutría con nuevas incorporaciones de vagabundas atraídas por las concentraciones de los períodos de las grandes ferias agrícolas, las ferias, las coronaciones de los príncipes o las fiestas.

(125)Sin embargo, lo chocante no es la omnipresencia de la prostituta, figura, por otra parte, familiar desde hacía mucho tiempo en las calles medievales, sino, sobre todo, la coexistencia de esos círculos concéntricos que conforman una prostitución ocasional, tolerada, después ya abiertamente manifiesta y, por último, pública, con el edificio del prostíbulo erigiéndose en una de las principales encrucijadas del espacio político urbano.

¿Habrán querido las autoridades moralizar la vida urbana recluyendo a las muchachas en un «ghetto» municipal y fueron incapaces de hacer respetar su ley? Los consejos municipales velaban para que fuesen respetadas algunas normas sanitarias: durante las epidemias de peste, se cerraban los prostibula o las saunas, del mismo modo en que se prohibían las concentraciones comerciales o los bailes colectivos. Además, por lo que se refiere a las anteriores prohibiciones durante ciertas celebraciones, casi habían desaparecido. En este sentido, es significativo que algunos alquileres de prostibula caducaban cuando comenzaba la Cuaresma, lo que quería decir que en tiempos anteriores la prohibición de la prostitución durante la Cuaresma se respetaba. Así, una vez que la vieja alcahueta había dejado su sitio a la nueva, ésta tenía tiempo de instalarse, reclutar sus pupilas antes de volver a abrir ‘la casa de lenocinio, después de pasadas las fiestas pascuales. Pero en el tiempo que aquí abordamos, ya no nos encontramos con esas prohibiciones: en Arles o Dijon, los únicos períodos durante los cuales las prostitutas se recogían y la gobernanta recibía indemnización en compensación por las pérdidas, eran Navidad y Semana Santa. El resto del año, la mancebía permanecía abierta, incluidos los domingos, sin otra restricción que el deber que tenía la gobernanta de velar para que no hubiese jolgorio alguno mientras duraban los oficios litúrgicos. Al menos, en Dijon no parece que la frecuentación del prostibulum el domingo de Pentecostés resultase escandaloso.

Igualmente, la observación de las prohibiciones sociales que pesaban sobre las prostitutas parece que era bastante relajada y, a menudo, olvidada. Los estigmas de infamia que conver(126)tían a la prostituta en una «intocable» a la que se debía detectar y de la que había que apartarse, apenas eran tenidos en cuenta en la práctica social. Por supuesto, en el estatuto de Aviñón de 1441 se hace constar que las «meretrices» están obligadas a comprar los comestibles que hayan podido tocar con sus manos en el mercado; pero ese estatuto retorna en su mayor parte el contenido de los estatutos del siglo XIII y caben ciertas dudas acerca de su aplicación cuando sabemos que en las ciudades de ‘la región del Languedoc, próximas todas ellas a Dijon (y Nimes en particular), las prostitutas, durante los ritos de la Caridad (el día de la Ascensión), amasaban con sus propias manos los pasteles que los gobernadores ciudadanos de la ciudad recibían públicamente para ofrecérselos a los pobres.

Asimismo, se pretendía obligar a que las prostitutas llevasen una «insignia» (un cordón trenzado), a salir a la calle con los cabellos sueltos, a que renunciasen a llevar abrigos de piel llamativos o cinturones lujosos; pero esas prescripciones sobre el atuendo se hacen en el contexto del cuadro de las ordenanzas generales que tendían a restringir las manifestaciones suntuarias, que por su carácter general limitaban particularmente su alcance y eficacia, como lo prueba la frecuente renovación de las mismas.

Por lo que se refiere a las limitaciones sobre el espacio de actividad de las prostitutas, parece que eran bastante amplias; los prostibula y «calles bajas» no eran lugares cerrados. Las prostitutas públicas «hacían su trabajo» en las calles, en las tabernas, en las plazas o a las puertas de las iglesias. Obvia mente, las autoridades no tienen ningún interés en encerrarlas y ponen de manifiesto una permisividad igual a ‘la que muestran hacia la prostitución tolerada (tanto en Saint-Fluor como en Dijon, Lyon o Aviñón). Tanto es así que, a veces, las pupilas del prostíbulo municipal, preocupadas por la competencia desleal, se quejan ante el procurador o al consejo municipal para que se prohíba la práctica de la prostitución privada...

Seguramente, de tiempo en tiempo, después de una gran (127) mortandad, de una mala cosecha o de la llegada de un brillante predicador, se manifiestan tendencias purificadoras: se ordena a las concubinas y a las prostitutas clandestinas que abandonen las ciudades y se hacen correr bulos sobre los crímenes de los chulos y sobre las ignominias que se perpetraban en las saunas. Pero entre 1440 y 1480-1490 estos arrebatos moralizadores son raros, y, cuando se producen, la denuncia de la lujuria no es más que una excusa entre otras para acometer una reforma de las costumbres. Así, ¿parece que ha sido un año de calamidades?: pues se expulsa sin orden ni con cierto a mendigos, vagabundos, chulos y prostitutas. Si, en otro sentido, de lo que se trata es de un sermón apocalíptico: entonces se pretende reprimir la fornicación, prohibir el juego, las blasfemias, los juramentos en falso, expulsar a los mercaderes de los cementerios, suprimir los mercados los días de fiesta, emplazar a los clérigos a que observen una conducta irreprochable y a los ciudadanos para que se consagren a una vida devota, todo a un tiempo. Pero la influencia de esas solemnes predicaciones era inversamente proporcional a sus ambiciones moralizadoras. Una vez que el santo predicador se había ido, la vida retomaba su curso anterior.

Por supuesto, existía una represión periódica de la prostitución clandestina o, incluso, de la tolerada, ya que, a veces, los habitantes de una calle «honesta» denunciaban los escándalos y los malos ejemplos, mientras el consejo municipal intervenía con condescendencia. Y cuando son incoados los procesos, después de varios años, contra el proxenetismo, éste no por ello deja de existir. Pues cuando las autoridades vecinales, de barrio o de la ciudad atacan a una alcahueta o a un proxeneta que desde tiempo atrás vienen ejerciendo su actividad sin ningún disimulo, es porque tienen contra ellos acusaciones más graves que las de la simple prostitución: porque han tenido lugar peleas sangrientas, o porque han sido proferidas amenazas contra los vecinos o contra algunas personas notables...

Por lo demás, la frecuentación de las saunas o del prostibulum no supone ningún deshonor. Nadie va allá a hurtadillas.(128) En esos lugares se puede encontrar a hombres de toda condición, aunque los más acomodados prefieran la sauna al burdel —que, por otra parte, no se puede decir que sea el consuelo de pobres y vagabundos, pues también allí es necesario pagar, aunque no sea más que la mujer y el vino—. Sin embargo, las tres cuartas partes de esos hombres residen en la ciudad misma. Sin duda, las autoridades vigilan a los desconocidos que se instalan en ellas, y se inquietan cuando un extranjero o un muchacho demasiado joven acude al burdel muy a menudo. Pero por lo que se refiere a los demás, jóvenes, aprendices o criados, tienen la costumbre de ir a «desfogarse» como «todo hijo de vecino» y las personas honorables reconocen que prefieren verlos allá antes que en un garito clandestino. En el burdel, el gasto es menor, y también el peligro. Además, las prostitutas son bien conocidas y no entrañan preocupación alguna.

Pero el mundo de las prostitutas no era, en realidad, el de las extranjeras o el de las vagabundas. Así, dos tercios de las prostitutas de Dijon habían nacido en la misma ciudad o provenían del campo borgoñón circundante. Tenían los mismos orígenes que el resto de los habitantes de la ciudad, y sólo el 15 % de las prostitutas eran transeúntes o compañeras de fatigas de algún aventurero. En una proporción de cuatro a cinco, eran hijas o viudas de artesanos o trabajadores. Era la miseria, la precariedad familiar lo que las había vuelto pronto vulnerables, y casi todas ellas habían empezado en el «oficio» a los diecisiete años, y casi la mitad se habían visto obligadas a la prostitución por fuerza de las circunstancias; sus comienzos en la prostitución habían sido ocasionales, unidos al trabajo eventual y al abandono de uno o varios compañeros de los que habían sido efímeras concubinas o criadas. Compradas o reclutadas por los chulos, pronto se convertían en camareras de los baños públicos, para, más pronto o más tarde, acabar en el prostíbulo municipal, ya fuera porque las alcahuetas de las saunas prescindían de sus servicios, ya porque fueran obligadas a entrar allí por sus chulos, por las autoridades municipales o lo hicieran por su propia iniciativa.



(129) Por otro lado, si bien los proxenetas no faltan (y en este caso el ejemplo lo podemos buscar en las jerarquías altas y en los oficiales municipales o de la corona, que eran los encargados de mantener el orden y que muy a menudo se convertían en descarados protectores de la prostitución), el proxenetismo es fundamentalmente un asunto femenino. Las acusaciones, las actas de los procesos incoados y el lenguaje utilizado así lo testimonian. Sin lugar a dudas, los pícaros, los vagabundos que las acompañan y los mendigos son ocasionalmente protectores de pícaras que viven de su «hombre» tanto como de sus propios cuerpos. En ocasiones, también se da la circunstancia de que pequeños grupos de lacayos protegen o explotan a las prostitutas de los arrabales, pero sin que aquéllos formen parte del mundo de la delicuencia o de los marginados. La mayor parte de las prostitutas clandestinas o públicas tienen un «amigo», un «novio», al que podían transferir parte de sus ganancias, pero éstos no eran gentes ociosas ni estaban organizados en bandas ni vivían exclusivamente del proxenetismo. Me parece que es muy significativo, en este sentido, que la jerga del hampa no haya incorporado ningún término que hiciese referencia a la prostitución o al proxenetismo, actividades hasta tal extremo públicas que no tenían necesidad alguna de la pantalla protectora de lenguajes o de sectas secretos. Así como lo ha señalado M.-Th. Lorcin, el vocabulario de las fábulas, a pesar de su crudeza, es en este aspecto de una gran imprecisión (la palabra «ruffian» designa igualmente al libertino y al pícaro, y tanto éstos como el pendenciero son sobre todo mendigos) y el único proxeneta que aparece en esos textos, hijo de una alcahueta y de escaso carácter, no interviene en la acción más que como correveidile de su madre... Pero todo esto es significativo, como acertadamente señala J. Favier, porque aclara, con precisión, las condiciones en que se desarrollaba la prostitución pública en París en los últimos años del siglo X Las prostitutas podían reprocharse unas a otras una actitud que consideraban escandalosa: la de «mantener» a un hombre. Así pues, emplazaban al hombre a contraer un leal matrimonio...(130) Con ello, era la mujer la que «mantenía» al hombre y no al revés, y la regla general en el medio de las prostitutas parisinas (similar, no lo olvidemos, al de las mujeres que en Dijon o en Lyon profesaban a la vez la prostitución pública y la privada) era el estado conyugal, sobre el cual ya no cabía duda alguna acerca de su «legalidad», pues en los sectores sociales que poblaban numerosos arrabales y barrios populares, era el vecindario —y sobre ello volveremos más adelante— quien reconocía la conyugalidad.

No hay duda de la existencia de proxenetas pero, si parece que jugaban un papel secundario, es quizá porque las muchachas que habían dado el paso hacia la prostitución pública tenían un «estatuto»; o sea, que estaban protegidas por la comunidad y, al menos entre los años 1440 y 1490, dada la relativa prosperidad de la ciudad, había más inconvenientes que ventajas en dedicarse con exclusividad a la prostitución. También es debido a que las prostitutas tenían un sentido de la solidaridad naturalmente fundado en sus intereses. Su desventura común, su vida colectiva, a veces las hacía fuertes a la hora de intervenir colectivamente o de ir, cuando el negocio no era muy boyante, a la caza de las prostitutas clandestinas. Tenían, además, respecto a las recién llegadas, una serie de ritos de camaradería, para darles la «bienvenida» bebiendo con ellas el «vino del oficio» y calificaban a la gobernanta del burdel de «madre», como lo hacían las compañeras itinerantes, que también llamaban «madre» a la patrona que las hospedaba. De cualquier modo, las dificultades materiales, las tradiciones recibidas de las más viejas, y las reglamentaciones que imponía a la ciudad desarrollaban entre las prostitutas una cierta mentalidad «corporativa». Así, las prostitutas prestaban juramento ante las autoridades, enviaban semanalmente una cantidad de dinero a la guardia nocturna encargada de su protección, hacían frente a los gastos de forma comunitaria, sus comidas también las hacían en común, bien en el mismo prostíbulo municipal, bien en las tabernas vecinas, y debían, en fin, observar ciertas normas profesionales que les eran inculcadas (131) por la alcahueta o bien eran el resultado de sus propios hábitos: no podían recibir conjuntamente a dos hombres emparentados, debían (teóricamente) rechazar el contacto con los hombres casados de la ciudad y con los muchachos demasiado jóvenes y, por lo demás, no debían aceptar poner su cuerpo al servicio de sus clientes más que para relaciones sexuales que no comportasen especiales filigranas. Parece, pues, que en el prostibulum o en las saunas más claramente prostibularias todo se desarrollaba de forma muy normal. Así, cuando los vecinos «escandalizados» denuncian las «ignominias» que tienen lugar cerca de su casa, ¿qué es lo que se descubre? Parejas desnudas retozando... y cuando esos mismos vecinos hacen de Jeanne Saignant, gobernanta de un prostíbulo de Dijon, la encarnación de la lujuria y de la perversidad, ¿qué es lo que describen de su comportamiento? Que se la había visto, un día, hacer el amor de pie, y, en otras ocasiones, que habían observado «posturas provocativas que se adoptaban en las habitaciones» de su mansión. Pero esas «posturas provocativas» no eran sino las que mantenían efímeras parejas en la relativa discreción que proporciona una habitación, que vivían su aventura «según los impulsos de su naturaleza». Parece, pues, que los lugares de prostitución pública no fueron centros de transgresiones importantes. En la literatura de las fábulas ya ocurría así, como en la realidad cotidiana de las pequeñas ciudades provenzales del siglo XIVestudiadas por R. Lavoye. Todas las actas judiciales de la ciudad de Dijon conducen a una misma impresión: la de una sexualidad apacible que se corresponde perfectamente con el erotismo contenido en las series de chistes obscenos recopilados a mediados del siglo XV en la Borgoña. Cabe decir que nada diferencia los comportamientos de los clientes llevados al prostibulum por la «naturaleza», de los comportamientos que tenían los esposos o concubinos en la intimidad de sus casas.

Las normas que regulaban las relaciones sexuales en el burdel o en las saunas no contravenían aparentemente en nada a las que regían en las relaciones conyugales. En este sentido, (132) la prostituta no se opone a la familia. Ni niega ni subvierte el orden conyugal. A veces, incluso, en las recreaciones literarias, la prostituta viene a ser una ayuda para una familia en desgracia. ¿Auxiliar de la familia? Es así como la consideraban las altas autoridades de la época.

En la ciudad del siglo XV, las representaciones familiares dominan los monumentos públicos, los lugares de devoción y las reuniones de vecinos. Los autómatas encaramados en las torres sobre el reloj dan cuenta a todo el que llega de las jerarquías familiares; los retablos de las capillas de las hermandades exponen la historia de una Sagrada Familia que los pintores representaban según los modelos de la época; todas las fiestas del barrio se organizan como si fueran fiestas familiares, y en el centro de la mesa colocaban dos figuras sedentes que representaban un rey y una reina, como si se tratase de un matrimonio, rodeados de sus hijos. La comunidad misma se considera una gran reunión de cabezas de familia. El hogar es la célula elemental social en torno a la cual todo se articula. El símbolo ideal urbano —los grandes desastres demográficos reforzarán aún más este carácter— es fundamentalmente un símbolo familiar.

Ahora bien, si la imagen de la familia aparece con tal insistencia, no es sólo porque sea en su seno donde se dan las expresiones de solidaridad más intensa, sino porque es, igualmente, el signo visible del arraigo humano y del éxito en la lucha por la supervivencia, a la vez modelo inquebrantable y realidad permanentemente amenazada por las pestes y las calamidades.

Como quiera que sea, el matrimonio es siempre, y a pesar de un relativo debilitamiento del que habría que medir su amplitud, una «victoria social» (P. Toubert). Según lo que podemos deducir a partir de algunos análisis puntuales (en Reims o Dijon), los hombres, incluso en los momentos en que la población alcanza las cotas más bajas (entre 1420 y 1450), se casaban a una edad relativamente tardía: hacia los veinticua(133)tro/veinticinco años en los estratos medios e inferiores de la sociedad urbana. En su primer matrimonio, ambos cónyuges parecen tener una edad aproximada, pues rara era la familia capaz de dar la dote a su hija a la edad que se consideraba ideal para el matrimonio, o sea, hacia los quince años. Por el contrario, como consecuencia de las epidemias y de la mayor mortalidad femenina, eran frecuentes las disgregaciones de los matrimonios, y las segundas y terceras nupcias eran muy numerosas. Ello contribuía a incrementar la diferencia de edad entre los cónyuges y no era infrecuente encontrarse con matrimonios con diferencias de edad de diez, quince o veinte años. En el complejo proceso de negociación que suponía el matrimonio, al margen incluso de la riqueza y del origen étnico o profesional, la juventud de la mujer constituía, sobre todo para el hombre acomodado, y por razones fáciles de comprender, un elemento fundamental a la hora de elegir esposa. Sin embargo, con las jóvenes viudas ocurría justamente lo contrario; aun suponiendo que ellas hubieran tenido una verdadera libertad de elección, de entre dos candidatos posibles podían optar por el mayor, puesto que a tal decisión asociaban una preferencia por la seguridad inmediata en vez de proyectos a más largo plazo.

Más concretamente, el 30 % de los hombres de Dijon de edad comprendida entre treinta y treinta y nueve años tenían una mujer de ocho a dieciséis años más joven, y el 15 % de los cuadragenarios y quincuagenarios, una compañera de veinte a treinta años más joven. Se ve, pues, que habían escogido a su esposa en un grupo de edad en el que entraban en competencia con los jóvenes y, en consecuencia, que más de un tercio de las muchachas en edad de casarse o de mujeres disponibles para contraer segundas nupcias estaban destinadas a los hombres acomodados o más viejos. Tal era, por lo demás, el modelo conyugal reproducido por las imágenes o los grupos escultóricos, y que son una buena muestra de las tradiciones del poder familiar, en la medida en que representan la obligada sumisión de la joven esposa hacia la autoridad del marido, las (134) necesidades de la procreación y las preocupaciones de un esposo que pensaba en asegurarse las atenciones de su esposa en la vejez.

Naturalmente, esa sociedad de hombres acomodados se enfrentaba con bastantes calamidades: en primer lugar, a las de los solteros, jóvenes que, quizás a continuación de una de las frecuentes epidemias de peste, tomaron conciencia clara de la vulnerabilidad de su estado. Cronistas y médicos coincidían en señalar que los adolescentes eran más sensibles que los demás a la enfermedad, y se sabía que eran los adultos acomodados quienes sacaban partido de la muerte. Sin duda, como lo ha puesto de relieve P. Desportes, sería temerario representar a la sociedad de ese tiempo con un componente predominantemente juvenil. Sin embargo, incluso en un momento en que las filas de los jóvenes habían sido particularmente castigadas por la mortalidad anterior, en Reims, en 1422, en la parroquia de Saint-Pierre (constituida por gente acomodada), los jóvenes varones de quince a veinticinco años representaban el 60 % de los adultos casados o en edad de contraer segundas nupcias (de veinticinco a cuarenta y cinco años), sin contar los sesenta y siete mozalbetes de doce a quince años cuyo comportamiento traía de cabeza a los gerentes de los prostíbulos. Sería erróneo hablar de una sola «juventud»: los hijos de las familias burguesas, o incluso mediocres, no se enfrentaban a los mismos problemas que los aprendices o los jóvenes asalariados. Aunque todos experimentasen con impaciencia el peso de la represión. El aprendizaje daba acceso a un medio familiar, pero no significaba la integración en la familia. Más bien significaba tener que soportar una estricta tutela; la sujeción a una disciplina, incluso fuera de las horas de trabajo, impuesta por el maestro —lo cual aún podía concederse—, pero a veces también por la mujer del maestro, a menudo de poca más edad que los aprendices o los oficiales sobre los que mandaba en su casa. Los jóvenes padecían la autoridad paterna, pero, como consecuencia del matrimonio relativamente tardío, el padre ya había pasado el umbral de la vejez cuando el hijo salía de la adoles(135)cencia, o bien debía obedecer a un padrastro o a una madrastra y habitar bajo el mismo techo que los vástagos de anteriores camadas.

Nadie podía, pues, quedar impasible —al menos temporalmente— ante las desigualdades de tipo conyugal, a su exclusión de la vida municipal, de los cargos y del poder. Muchos —trabajadores mecánicos— habían llegado recientemente a la ciudad (a la edad de aprendices o de buscar empleo) y esos jóvenes inmigrados buscaban el modo de juntarse a los muchachos de su origen y condición. Unos pretendían romper sus vínculos de dependencia yendo a la aventura: iban a «ponerse el país por montera» o bien a «ver mundo» deambulando de villa en villa; otros, en mayor proporción, buscaban la aventura en la ciudad misma. Cuando llegaba la noche, a la hora en que los titulares de los prostíbulos se atrincheraban en sus antros, las tabernas y los garitos debían cerrar sus puertas y se adueñaba de la calle la guardia nocturna, los jóvenes huían de la atmósfera asfixiante de una habitación sin luz en la que cohabitaban padres, hijos y sirvientes, rompían su aislamiento y su tedio para ir a encontrarse fuera de su casa con sus colegas. Así, en comandita, iban a beber, a jugar a los dados, a ajustar las cuentas pendientes con otra banda rival, a provocar a las autoridades, a ejercer su justicia, a asustar a los burgueses, reunirse con una joven cómplice o aterrorizar a otra.

Lo que pasaba era que la incursión nocturna acababa en bronca y, a menudo, en la agresión a una mujer. Se pueden estimar en una veintena las «violaciones públicas» (se llamaban así las violaciones cometidas fuera del recinto doméstico o de los compartimientos prostibularios) anualmente cometidas en Dijon. De éstas, las cuatro quintas partes eran agresiones colectivas. Los autores de esos ataques nos son bien conocidos: son hijos o lacayos de los ciudadanos que regularmente residen en la ciudad. Sólo una de cada diez de esas agresiones son imputables a matones o a marginados. Esos grupos de violadores, a veces, llegaban a aglutinar a diez o quince miem(136)bros; pero lo más normal es que estuvieran compuestos por cinco o seis: mozos casaderos de edades comprendidas entre dieciocho y veinticinco años, del mismo oficio o de profesiones relacionadas entre sí y que seguían a uno o dos individuos más experimentados. Aunque alguno de los intervinientes hubiese ya tenido problemas con la justicia, los otros no eran especialistas de la violencia sexual. La banda nocturna no tenía nada que ver con lo que pudiera ser una banda de malhechores, no se caracterizaba por la práctica de un tipo de delincuencia concreto; simplemente era el resultado de la prolongación de las relaciones de solidaridad propias de la vida cotidiana. Por lo que se refiere a sus víctimas, al igual que los agresores, aquéllas tampoco eran marginadas. Las víctimas eran escogidas entre las criadas, las hijas de los trabajadores o de los artesanos pobres, las viudas y las mujeres circunstancialmente solas: las primeras tenían de quince a veinte años; las otras, raramente superaban los veinticinco años.

Los ataques se desarrollaban casi siempre de la misma forma: casi nunca en la calle, a donde las mujeres, una vez que había anochecido, no se aventuraban a salir ni siquiera acompañadas. Normalmente, los jóvenes forzaban la puerta de una casa, mientras sus cómplices arrojaban piedras contra las verjas de los vecinos para evitar que intervinieran; irrumpían en la habitación y allí mismo, entre invitaciones procaces mezcladas con insultos y golpes, violaban a la muchacha o bien la secuestraban, presa de pánico, para llevarla a una casa en donde perpetrar la violación con mayor impunidad. A veces, en las noches precedentes, se había «repicado en la puerta» o armado una gran algarabía, con el pretexto de difamar a una muchacha o a una mujer para extender la sospecha sobre su recato entre los vecinos, lo que facilitaba la posterior agresión.

Algunas de esas violaciones parecían «legítimas» —la violación de una prostituta sin que mediase el secuestro— y está comprobado que algunas de las mujeres que fueron así forzadas en esa época en Dijon habían sido «ligeras de cascos», habían practicado de forma ocasional la prostitución o, durante (137) algún tiempo, fueron concubinas de curas. Por todo ello, la pandilla de aprendices consideraban que hacían uso de ellas, simplemente, sin pagar: deshonradas, se convertían en mujeres de uso común. Pero el «juego» era mucho más cruel cuando tenían como presa a una joven que, anteriormente y a causa de la pobreza, se había visto obligada a tener que comerciar con su cuerpo, y que posteriormente se hubiese esforzado por vivir de su trabajo y por «recuperar el honor». Idénticos actos de violencia se cometían contra mujeres sobre las que no cabía ninguna sospecha, salvo la derivada del hecho de su alejamiento del domicilio familiar: su único crimen era haber contravenido una regla que, entonces, era fundamental, la sedentariedad. Igualmente, estas agresiones se cebaban en las jóvenes cuya situación era considerada como irregular: unas porque habían huido del domicilio de un marido brutal o dilapidador de los bienes; otras porque estaban solas o bien compartían la habitación con una compañera... Esas «alegres cacería» eran, asimismo, contra las jóvenes que trabajaban de forma interina y que iban de posada en posada, tres días aquí, unas semanas allí, y constituían una presa fácil de todo tipo de sospechas.

La banda de agresores culpabiliza, por adelantado, a la víctima tildándola de puta; así obran en nombre de lo moral y se presentan como justicieros. Y ése es el rasgo dominante de este tipo de violencia: procede de una discriminación habitual y de una concepción muy superficial, según la cual una joven no puede ser más que pura o pública. Por otro lado, quizá la participación en un acto violento, en este terreno como en otros, sea una forma de afirmación del yo dentro de las bandas nocturnas, una especie de prueba. Pero entre las bandas compuestas por individuos pobres y los aprendices más míseros, la agresión expresaba pulsiones más profundas aún: el rechazo del orden establecido. Se decía de algunas jóvenes sirvientas que eran «mantenidas» por sus amos, de las amas de los curas, y, a veces, de las criadas de los magistrados que eran «pícaras» y, en fin, de las mujeres cuyo marido estaba ausente, (138) que debían «complacer a la pandilla». Mediante la violación, se marcaba a la joven viuda o a la muchacha en edad de casarse obligándola a rebajarse; mancillada, veía rebajado su precio en el mercado del matrimonio. Aunque víctima inocente, la mujer violada comprobaba cómo, peligrosamente, se acortaba la distancia que la separaba de las «mujeres descarriadas». Si después de violada permanecía en la ciudad, corría el riesgo continuo de caer otra vez en manos de las bandas juveniles y de acabar prestando sus servicios en los prostíbulos. Si iba a otra ciudad, entonces emprendía el igualmente arriesgado camino de la vida itinerante y de la aventura.

Pero, ¿representaban esas agresiones una amenaza para el orden conyugal? Se puede decir que, en su conjunto, esas agresiones quedaban circunscritas dentro de unos estrechos límites sociales. Muy raramente eran víctimas las esposas de artesanos acomodados o de comerciantes. De ahí que las autoridades municipales no se preocupasen particularmente por una violencia que azotaba sobre todo a los más humildes. En última instancia, esas agresiones eran útiles: alimentaban la discordia entre la gente. Sólo era necesario que no pasaran más allá de los límites habituales.

Frente a estas fechorías, los notables de los consejos de las ciudades adoptaron una triple política:

1. La justicia urbana no pretendía imponerse, oficiaba en términos de arbitraje y conciliación y no intervenía más que en caso de denuncia: así, la mayor parte de esos asuntos relativos a las costumbres nunca llegaban ante un tribunal y, sobre todo, cuando se incoaba un proceso, raramente acababan pronunciando una sentencia. Salvo que la víctima fuese una mujer de posición o una niña. Por lo demás, el procurador incitaba siempre a llegar a un acuerdo y dejaba en manos de los consejos parroquiales, de barrio o en los gremios mismos, la tarea de regular, con asesores o sin ellos, el monto de las indemnizaciones. Era a esas instituciones a las que correspondía castigar a los culpables, mantener la paz y velar por la pureza de costumbres. Se sabe además que, en todas las hermandades, los (139) adherentes se comprometían bajo la pena de expulsión a prestarse ayuda mutua y a observar los arbitrajes que hicieran los alguaciles y corregidores.

2. Es precisamente con el fin de contener los estallidos eventuales de violencia por lo que las autoridades urbanas favorecen y reglamentan esas hermandades festivas, aún llamadas «noviciado de jóvenes», que daban la posibilidad a los jóvenes de expresar sus impulsos y de dar rienda suelta a sus «locuras». Asociaciones solidarias aglutinaban a solteros y a quienes aspiraban a casarse otra vez, a los adolescentes y a los adultos, con la única excepción de los «niños, más jóvenes» y los adultos de mas edad Precisamente teman por misión controlar la conducta de los esposos o de las hijas y sus cabecillas tenían la prerrogativa de ir a aporrear la puerta de cualquier muchacha de dudoso pudor, determinar el modo de dar la murga, opinar en los casos de matrimonio y organizar las cabalgatas burlescas. Este tipo de manifestaciones se celebraban con el consentimiento de las autoridades territoriales y no solían acabar de forma violenta. De este modo, los noviciados orientaban las diversiones y los juegos de los jóvenes dejándolos expresarse alborozadamente y, sobre todo en su seno, las estructuras jerárquicas, patriarcales o ideológicas parecían poco restrictivas; las manifestaciones colectivas y su violencia atemperada daban rienda suelta a la alegría y a la espontaneidad. En cierto modo, socializaban, expresaban modelos de comportamiento y, sobre todo con el fin de evitar males mayores (como violencia o adulterio), la fornicación municipalizada en el burdel central encontraba así su plena justificación.

3. Es en este contexto en el que cabe ubicar el prostibulum publicum. No es por casualidad por lo que en las regiones en las que las cofradías festivas toman el nombre de noviciado o abadía, la gobernanta del prostíbulo sea calificada de abadesa. En Toulouse, la casa pública es llamada, incluso, habitualmente, la «gran abadía»; en todas partes, a los «tíos cachondos» correspondían las «tías cachondas» y el abad orientaba a sus «monjes» a la casa pública de las jóvenes «de clausu(140)ra». Por eso la actitud de las autoridades no puede considerarse como de simple tolerancia: sus relaciones con las gobernantas de los prostíbulos son completamente normales; en nada se diferenciaban de las relaciones que mantenían con los demás granjeros arrendatarios de las propiedades municipales. Incluso se las incitaba (como en Alès) a que buscasen «jóvenes prostitutas bellas y complacientes», «partenaires avezadas, bellas y complacientes» y las prostitutas son tildadas, en Romans, «de utilidad pública», mientras que el lupanar, en Saint-Flour, está «orientado al servicio público». De esta forma se justificaba el modo en el que se denomina el prostibulum: «casa pública», «casa común» o, incluso, «casa de la municipalidad». Y también se comprende, así, por qué la comunidad de las «niñas» se reunía el día de la Caridad para ver, en la plaza mayor, al primer cónsul de la ciudad abrazar a la abadesa que le entregaba el bizcocho que ellas habían amasado.

Eso explica también por qué el burdel municipal permanecía abierto en la noche, las vísperas de fiesta e, incluso, los domingos: era necesario que la casa pública cumpliera su misión, que las pandillas y los artesanos pudieran acudir a ella en los días y horas de asueto. Allí la fornicación era barata, accesible a los de pocos medios, a los jóvenes. Por su parte, los honorables de la ciudad reconocían que los buenos hijos, los que eran «sumisos a la autoridad», tenían la costumbre de frecuentar el prostíbulo. Y además, como todos sus defensores, insistían en decir que las mujeres públicas contribuían a defender el honor de las mujeres de posición; pues evitaban hechos aún más escandalosos que la simple fornicación, ya que las prostitutas de las saunas prestan sus servicios a hombres casados y a clérigos y prelados, sin que ello suponga un acto escandaloso.

En resumen: en la sociedad urbana de mediados del siglo XV, los dueños de las mancebías, velando por contener las turbulencias y brutalidades de los jóvenes, hicieron de la prostitución una institución de paz. Uno de los instrumentos de la «represión policial suave» era la «casa de relax». Además, las (141) autoridades policiales reprimen moderadamente la violencia sexual ejercida contra mujeres «indefensas», por tanto sospechosas de falta de honestidad, ya que no son eficazmente protegidas por las redes de solidaridad profesional o vecinal. Son las autoridades mismas las que incitan a las cofradías de jóvenes, en las que se persigue el placer carnal, a la cacería alegre de las «pájaras solitarias» y las que exaltan a la «madre naturaleza» satisfecha gracias a esas infelices.

Ese era el objetivo ideal. El buen funcionamiento del sistema moral requería ciertas condiciones sociales y culturales con el fin de que fuese más protector que corruptor. La prostitución pública y reconocida por la ciudad fue cosa de un período concreto: el que corresponde al «intervalo» efímeramente dorado (de los salarios) en el que se le agradecían sus servicios prestados.



Desde hacía mucho tiempo, los prostibula existían en las ciudades de la cuenca baja del Ródano o en las del Languedoc. Sin embargo, parece que el paso de la prostitución tolerada a la abiertamente asumida bajo la responsabilidad de las autoridades municipales era un hecho relativamente reciente en el siglo XV. Seguramente, este fenómeno habría que ponerlo en relación con la asunción de nuevas competencias por parte de la municipalidad, al menos en las ciudades cuya autonomía se vio reforzada durante las crisis de mediados del siglo XIV. Sin embargo, es en los últimos años del siglo XIV cuando una ciudad como Tarascón hizo construir, en los terrenos municipales que le quedaban, una gran casa pública. Y en los años en torno a 1440 es cuando el burdel de Saint-Flour fue comprado por la municipalidad; por su parte, los representantes electos de Bourg-en-Bresse, en 1439, dotaron a su ciudad con una mancebía. Igualmente., en 1440 las autoridades municipales de Villefranohe-sur-Sañne adquirieron el prostibulum que, catorce años más tarde, agrandarían, y en 1446-1447 los magistrados municipales de Dijon transformaron la «casa de citas» en un gran y confortable edificio. Parece que fue en los años 1440, cuando retornaba la paz, el momento de los años (142) decisivos en esa asunción, por parte de los consejos de la ciudad, de la prostitución a su cargo. Cabe señalar, igualmente, que las obras de expansión y mejoras del confort en la casa pública no respondían únicamente a necesidades de acondicionamiento o de búsqueda de una rentabilidad creciente; tales obras tenían un valor ejemplar. Recordemos, además, que los años 1440 son los del «nadir demográfico», con un relativo equilibrio entre los salarios rurales y urbanos y una menor competencia por la obtención del empleo. Fue a partir de 1440 cuando los salarios reales llegaron a un nivel hasta entonces nunca alcanzado; los incrementos nominales de los anteriores treinta años no fueron enjugados por la reactivación, mientras que los precios de los cereales alcanzaron las cotas más bajas. En Tours, hacia mediados del siglo, un maestro albañil ganaba el cincuenta por ciento más que su antepasado de los años 1380-1420 y los trabajadores de la ciudad aún fueron más favorecidos. En cuanto a los jornaleros de Lille, hacia 1460, aseguraban en veinte días de trabajo el equivalente en trigo necesario para hacer frente a la alimentación durante un año (los únicos indigentes eran entonces los padres de familia cargados de hijos). Para los trabajadores que tenían prioridad a la hora de concurrir a un empleo (los hombres de la ciudad), para los oficiales y aprendices hospedados en las casas de los maestros, esta nueva coyuntura favorable ofrecía aún la ventaja de la esperanza de la promoción social real (pues el aprendizaje era poco oneroso y las posibilidades de acceso al grado de maestro abundantes). Por supuesto, esa prosperidad no abarcaba a todos: los recién llegados a la ciudad, sin cualificación alguna, las viudas de los oficiales artesanos y las muchachas que no mantenían unos estrechos vínculos con su familia acababan siempre por engrosar las huestes de la miseria, que, a pesar de todo, eran socorridas por las instituciones de beneficencia y por las asociaciones de ayuda mutua. Ese tiempo de esplendor duró poco, pero fue lo suficientemente largo (durante una generación en París y Flandes, pero durante mucho más tiempo en Montpellier, Lyon o Tours) como para dar solidez (143) a las nuevas formas de vida que se habían lentamente propagado por el cuerpo social (primero entre los mediocres-mayores) desde hacía más de un siglo.

Estas mejoras, en cuanto a las costumbres, tuvieron efectos complementarios. En primer lugar, explican las intensas ganas de vivir que, en todos los ámbitos, se dejan sentir a partir del año 1450, con un renovado interés, ampliamente compartido, por la naturaleza, en lo que afectaba a la vida personal, por los placeres culinarios, de la carne y del campo; un amor al mundo que los predicadores denunciaban pero que, hasta entonces, había sido privilegio de los más afortunados, en el período que medió entre las dos epidemias de peste. En segundo lugar, puesto que los negocios eran florecientes y había trabajo para todos los ciudadanos y las redes de beneficencia funcionaban eficazmente, las viudas y las hijas de los artesanos no corrían el peligro de caer en la prostitución, y así, las mujeres públicas no entrañaban peligro alguno de corromper el cuerpo social. Algunas prostitutas ganaban más que las sirvientas y las lavanderas, pero muy pocas, algunas cortesanas de nobles o de hombres destacados, eran las que podían mostrar impunemente su palmito; en cuanto a las otras, las multas o los impuestos arbitrarios (como el estipendio que habían de pagar por la protección que les otorgaba la municipalidad) limitaban considerablemente sus posibilidades de promoción social, a menos que el matrimonio o el abandono del «oficio» no demostrasen su conversión y el abandono de sus descarríos.

De la sensualidad y licenciosidad, habitualmente desprovistas de toda preocupación, que se manifestaban incluso fuera de las saunas, tenemos varias muestras: no sólo en la tranquilidad con que los hombres de toda condición confiesan sus devaneos con las prostitutas, sino también en la decisión adopta da por las altas autoridades del consejo municipal para hacer del prostibulum publicum un apacible lugar de fornicación en el que se acogía a los clientes durante la noche y al que se tenía acceso incluidos los domingos. Pero este tipo de reglamentación municipal, que se hacía eco de los usos más corrien(144)tes, es doblemente significativo: determina el ritmo de actividad de las saunas, que reproduce las normativas que regían en el prostibulum, e impone para todos el único tiempo sagrado, la única prohibición rigurosa, con la suspensión de las actividades durante la misa dominical.

Ahora bien, esa moral social, esa cultura que entonces se afirmaba y que en cada ciudad, y a veces en cada barrio, adquiría matices diferentes, derivaba de las estructuras mismas de la sociedad urbana y de las tensiones que la animaban. En períodos de reconstrucción y repoblación, eran los superiores de las cofradías y los alcaldes de barrio quienes orientaban los comportamientos, exaltaban el trabajo, glorificaban las fuerzas vitales, pero sobre todo reconocían la conyugalidad de una pareja de recién llegados, condenaban a otra, determinaban los límites entre lo lícito y lo ilícito; en pocas palabras, eran quienes definían la moral. A los curas y a las órdenes mendicantes les correspondía lo fundamental, aunque en esos años en torno a 1450 no puede hablarse de una oposición entre la cultura popular y la cultura clerical: la cultura de los arrabales urbanos no era evidentemente la cultura campesina. y la actitud de los clérigos o de los religiosos mezclados en la vida social distaba mucho de las declamaciones apocalípticas de algunos de los grandes predicadores. Las órdenes mendicantes, en particular los franciscanos, predicaban una moral sexual que, desde hacía tiempo y de forma progresiva, había ido reduciendo los tabúes anteriores y modificando la jerarquía de los pecados carnales, atenuando su gravedad, primero en el marco del matrimonio y posteriormente en sus aledaños. Por otra parte, los franciscanos autorizaban a las «niñas» a asistir a sus procesiones y a tener sepultura en sus iglesias. De hecho, la libertad de las costumbres masculinas se basaba en un conjunto de comportamientos ampliamente compartidos por las diversas capas sociales. Sin duda, las diferencias culturales entre los oligarcas y los artesanos perduraban, pero a consecuencia de las diversas crisis, de las guerras y de la elevada mortalidad, nunca habían sido los consejos urbanos tan hete(145)rogéneos en su composición: los antiguos patricios tuvieron que ceder su lugar, y sus herederos se codeaban en el consejo con los nuevos ricos o con representantes del bajo pueblo; en todas las fiestas urbanas se exaltaba a la naturaleza, y los «reyes del amor» se representaban como gallos coronados. Tan sólo algunos círculos burgueses cultivaban un cierto refinamiento, pero sus adeptos, sin embargo, no desdeñaban los placeres compartidos con las cómplices, necesarias y despreciadas, de las orgías: las «alegres jovencitas».



Tales fueron las condiciones poco a poco acumuladas que permitieron la expansión del sistema que acabamos de describir. A partir de los años 1490-1500 algunos factores de equilibrio desaparecieron. Entonces, lentamente, los comportamientos colectivos se modificaron, lo que conduciría a la ruptura de los años 1560.

Desde mediados del siglo XV, las oleadas de inmigrantes habían sido cada vez más numerosas, pero entre 1450 y 1480 la ciudad había podido, sin muchas dificultades, acoger e instalar a todos los que habían llegado a sus puertas. Sin embargo, a finales de siglo la capacidad de absorción de la economía urbana disminuyó. Entre los salarios urbanos, mantenidos a un nivel relativamente alto, y los salarios rurales, afectados por el crecimiento demográfico, se había abierto una profunda brecha, y ese desequilibrio empujaba hacia las ciudades a los campesinos empobrecidos: a lo largo de las dos últimas décadas del siglo XV, las corrientes migratorias se nutrieron, sobre todo, de los pobres. De ahí que las autoridades municipales reaccionaran exigiendo el pago de arbitrios o de cánones de entrada, con lo que incrementaron el pago de los derechos de residencia en la ciudad. Aunque las ciudades continuaron admitiendo a los depauperados, declinaron cualquier obligación hacia ellos, reservando la posibilidad de acogerse a la asistencia de las organizaciones de beneficencia para los antiguos residentes, y no dudaban en expulsar a los advenedizos en caso de que fuera necesario. (146) Por lo que se refiere a los salarios urbanos, pronto sufrieron los efectos de esos acontecimientos. Aunque nominalmente estables, se vieron realmente disminuidos por las subidas —desiguales, dependiendo de los lugares— de los artículos de primera necesidad. Así, en Ruán, perdieron un cuarto de su valor a lo largo del último tercio del siglo, mientras que el poder adquisitivo, en cereales, de los trabajadores parisinos se había reducido a la mitad. Los asalariados urbanos, a cuya cabeza estaban los ganapanes, fueron los más perjudicados en el proceso de recomposición social que se estaba llevando a cabo. En el año 1500, el bracero de Tours o de Lyon tenía que destinar del 70 al 80 % de sus ingresos para alimentar a su familia, y deficientemente. Apenas podía colocar a un hijo en el mundo del trabajo cualificado, mientras que los asalariados artesanos encontraban cada vez más dificultades en su camino de acceso al grado de maestro. En consecuencia, las diferencias sociales se incrementaron entre los beneficiarios y las víctimas de la prosperidad económica: entre la élite y el pueblo llano. Desde entonces, las tensiones internas se multiplicaron: en el propio seno del mundo de las artes mecánicas, por la proliferación de cofradías profesionales y gremios, entre los líderes de los trabajadores cualificados y los oligarcas hostiles a los «monopolios», y entre los gremios de comerciantes que no habían tenido acceso a los pingües beneficios de los negocios y algunos «grandes comerciantes», que acaparaban las granjas y los cargos municipales. Ahora bien, todos ellos, por poco acomodados que fueran y por pequeña que fuese su integración en los circuitos de la solidaridad territorial o profesional, tenían un denominador común: una creciente desconfianza hacia el forastero, hacia el competidor peligroso, y una abierta hostilidad mezclada con miedo contra los pobres y los vagabundos.

Por todas partes, los efectivos de la prostitución se hicieron más numerosos. No era la primera vez que eso ocurría; sin embargo, en varias ocasiones la sociedad urbana había conocido ciclos negros que atraían hacia sus puertas y hacia sus lugares de trabajo a turbas de indigentes o grupos de mujeres (147) que se veían obligadas a venderse. Pero en aquella ocasión, la proliferación de mujeres vagabundas, «ociosas» y desarraigadas parecía incontrolable. Además, era cada vez más evidente que la gangrena de la miseria no se cebaba solamente en las huestes de obreros forasteros, sino también en las familias de reciente instalación en la ciudad, e incluso a veces algunos autóctonos se hundían, igualmente, en la miseria. En Aviñón, Lyon y en todas las ciudades del valle del Ródano, la penuria de los años 1520-1530 fue terrible, y centenares de familias conocidas se vieron reducidas a la mendicidad.

En París, ciudad profética, cuando el cordelero Jean Tisserand fundó hacia el año 1490 el Refugio de las jóvenes de París, después denominado Refugio de las jóvenes penitentes, las muchachas pobres se prostituían para tener el derecho de acogerse allí; otras, inducidas por sus padres, acudían a él confesando que habían mantenido amores venales. En 1500 se obligaba a prestar juramento a las jóvenes candidatas, que habían sido previamente reconocidas por matronas, de que no se habían prostituido con el fin de ser admitidas y, hecho paradójico, no se les pedía en absoluto a aquellas pobres muchachas que diesen pruebas de arrepentimiento, sino todo lo contrario, que demostrasen sus malos pasos del pasado. Se les pedía testimonios de inmoralidad...

A partir de entonces, por todas partes, se elevan a los consejos urbanos denuncias indignadas contra los vagabundos y las mujeres errantes y contra el cáncer que corroe el cuerpo de la sociedad: así, en Dijon (1540) «la mayor parte de los llamados niños hijos del arroyo [de las familias pobres] se dedican a la mendicidad, y, al carecer de oficio, se entregan al hurto y a la mala vida, de forma que, a menudo, cae sobre ellos la justicia, y son azotados, encarcelados, desterrados o colgados y numerosas mujeres desgraciadas se entregan al chalaneo putesco, a ir de burdel en burdel y a vivir en la ociosidad...». Es, pues, una época en la que se adoptan medidas represivas contra la prostitución. No se trata sólo de que las «mujeres vagabundas», antes toleradas, en adelante son consi(148)deradas como criminales, sino que incluso las prostitutas mu nicipales aparecen, después del año 1500, frecuentemente catalogadas como delicuentes. Sobre todo, las prostitutas, en adelante, estarán siempre acompañadas de hampones con los que se «buscan la vida». Las escaramuzas entre los aprendices de los esquiladores, carniceros o tejedores son cada vez más numerosas en los accesos de la mancebía de Dijon; en aquellas riñas sangrientas se enfrentaban grupos de hombres organiza dos de las profesiones más afectadas por las dificultades o por la especie de malthusianismo que aplicaban los maestros de los oficios. El alcahueteo ya no puede ser por más tiempo una actividad complementaria del oficio; en razón de la creciente competencia, es inevitable caer en el mundo de la delincuencia, y los arrendadores de la casa de lenocinio citan, desde antes de 1530, a los gamberros como uno de los males que afligen al oficio.

Mancebías públicas y saunas confinuaban abiertas, pero eran cada vez más peligrosas, mientras que en otros sitios, la fornicación con prostitutas clandestinas privadas u ocasionales adquiría unas dimensiones desconocidas en otras épocas. En 1518, por primera vez, dos tejedores de la ciudad de Dijon fueron desterrados y sus bienes confiscados «por un vil y enorme vicio que se llama sodomía» perpetrado en la persona de un aprendiz de trece años. Lo habían estado forzando durante varias semanas, «y le decían cómo había de montar a las muchachas». Nueve años más tarde, sería el padre de una superiora de un convento el que fuera desterrado por las mismas causas: había cometido el crimen de la sodomía sobre una joven sirvienta.

Sin duda, aún había más motivos que en el siglo xv para los actos de violencia perpetrados por los hombres solteros; por eso las salvajadas nocturnas eran constantes, aunque entrañaban un gran riesgo para sus autores. La legislación represiva se había vuelto más rigurosa, los deberes disciplinarios de los criados y de los aprendices se fueron haciendo más estrictos y la justicia empezaba a aplicarse no sólo sobre los (149) vagabundos sino también sobre los residentes habituales de las ciudades. Se hacía cada vez más difícil escapar a la acción de la justicia, porque los guardias eran más numerosos, y también porque los antiguos lazos de solidaridad territorial o profesional, que en otro tiempo se encargaban de castigar o proteger, ya no contaban con la pujanza que hasta hacía poco los había animado. Las autoridades desconfiaban de cualquier forma de «justicia», «privada» o «popular» (podían encubrir intenciones delictivas), los clérigos empezaron a acusar a las cofradías y a las abadías de propiciar la vida descarriada, y los diversos vínculos de solidaridad se fueron debilitando por las tensiones surgidas en el propio seno de las asociaciones. Además, los valores que difundían en sus fiestas las cofradías «alegres» resultaban perniciosos para todos los que deseaban una «vuelta al orden» de la sociedad.

Ya que el fundamento de ese orden social era la familia, dirijamos nuestra atención hacia el matrimonio. Si consideramos que la diferencia de edad entre los cónyuges puede ser reveladora del «orden conyugal», la ligera disminución de esa disparidad en las primeras nupcias (la media de cuatro años, de 1440 a 1490, se reduce a tres, entre 1490 y 1550, en Dijon) puede ser indicativa de una cierta modificación en la concepción jerárquica de la pareja, en beneficio de la mujer. Las cada vez más frecuentes menciones de «matrimonios mal avenidos», casamientos consumados a pesar de la oposición de los padres, y sobre todo al margen de los consejos de los hermanos o de la madre, pueden entenderse como una expresión de ese nuevo papel de la mujer. Así, en Lyon, en los años que van de 1520 a 1530, parece que la posibilidad de libre elección del esposo por parte de la hija se consideraba normal en algunos estratos medios de la sociedad. Inconcebible cincuenta años atrás, el matrimonio planteado de ese modo, si bien implicaba una relativa sanción por parte del padre (la reducción a la mitad de la dote), no suponía el desheredamiento de la hija. Por otra parte, los herederos varones salían ganando con el hecho de que la hija se casara con quien quisiera, pues (150) les quedaba una mayor parte de la herencia para ellos... En Aviñón, el 16 de junio de 1546 (veinte años antes del célebre edicto de Enrique II sobre el matrimonio de Los hijos de las fa milias acomodadas), se expuso ante el consejo de la ciudad que «de un tiempo a esta parte las muchachas de Aviñón se han tomado la libertad de casarse sin el expreso consentimiento de sus padres, madres y parientes, lo que constituye algo asombrosamente escandaloso y una injuria a toda la causa pública...».

¿No podría verse en ello el resultado, en apariencia paradójico, de la acción de todas las cofradías alegres, que, poco a poco, habían ido fijando los viejos ritos del control social, multiplicando las ocasiones de encuentro entre jóvenes de uno u otro sexo, admitiendo a veces a las mujeres en sus bandas (en las abadías mayores o burguesas, ellas eran las encargadas de elegir al prior encargado, en otro tiempo, de velar por la pureza de sus costumbres...) y que había establecido un verdadero arbitraje entre los pretendientes y favorecido uniones antes imposibles? Las manifestaciones de esas abadías eran siempre expresión de una moral de la diversión, pero que, al menos en algunos sectores sociales, concedía un valor más alto a los placeres libremente compartidos que al regodeo comprado a las prostitutas.

Tales manifestaciones habían de resultar tan escandalosas que las corrientes católicas de la contrarreforma, así como los propagandistas protestantes, manifestaban su desconfianza respecto a las fiestas y a las reuniones juveniles, y hacían de la familia el lugar privilegiado para la educación de los hijos.

Tanto la Iglesia como las autoridades, los notables, los protestantes y algunos grupos femeninos, tenían sus motivos para denunciar la licenciosidad de las costumbres. En un primer momento, no hubo un ataque generalizado contra la prostitución pública o privada. Los contrarreformadores católicos dirigían sus esfuerzos sobre todo en la lucha contra el concubinato de los clérigos; los consejos municipales combatían a los alborotadores; las mujeres casadas intentaban preservar la inocencia de sus hijos y rechazar las ergástulas a los arraba (151)les; los paladines de la reforma, en fin, se proponían erradicar los vicios que hacían pesar sobre el porvenir de la comunidad terribles amenazas. Poco a poco, al hilo de las sucesivas calamidades, todas esas fuerzas convergieron, y de ese modo, entre los años 1490 y 1550, las actitudes colectivas se fueron modificando. Así, por primera vez, en Dijon, poco después del año 1500, un menestral confesaba que no se acudía al prostibulum «sin sentir cierta vergüenza». Durante la década de 1530, la represión de los «lupanares privados» se volvió más eficaz, luego se cerraron las saunas más escandalosas y se desplazaron los burdeles municipales a las afueras de la ciudad, como previo paso antes de su supresión. El Edicto de Amboise no vino sino a sancionar la evolución de un estado de cosas que se venía arrastrando desde hacía tiempo. De este modo, en 1573, en Dijon, la casa «antaño llamada de las mujeres públicas... » pasó a manos del encargado de las obras públicas. La libertad de costumbres —masculinas— había pasado a mejor vida, aunque una cierta forma de esclavitud pública había desaparecido con ella.84

Jacques ROSSIAUD

Universidad de Clermont-Ferrand

Jean-Louis Flandrin

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