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EL MATRIMONIO EXTRACONYUGAL DE HOY

(215) En la sociedad occidental contemporánea, el número de jóvenes que viven en pareja heterosexual sin estar casados no deja de crecer. Louis Roussel, que ha dedicado a este tema trabajos esclarecedores,103 considera que tal modelo de relaciones no se podría definir con términos como «noviazgo», «experiencia prematrimonial», «concubinato», «unión libre», y que convendría elaborar un nuevo concepto para calificarlo, como el —relativamente neutro (por el momento)— de «cohabitación juvenil».

En Francia, este fenómeno ya es, en la actualidad, cuantitativamente significativo. Una encuesta llevada a cabo por el INED en mayo de 1977 entre jóvenes de 18 a 29 años, ha puesto de relieve que alrededor del 10 % de los miembros de este grupo de edad vivían, en esa fecha, en cohabitación. En ese grupo de edad, tres de cada diez de los que han contraído matrimonio habían cohabitado con anterioridad al mismo, a menudo con su futuro cónyuge (en Suecia, al 99 % de los matrimonios los precede un tiempo de cohabitación). La frecuencia de este tipo de unión era, en 1977, máxima hacia los (216) 20-2 1 años para las mujeres y 22-23 años para los hombres y entre las clases acomodadas. Por término medio, la antigüedad de la cohabitación era superior a dos años. A menudo es el deseo o la espera de un hijo lo que lleva a «regularizar» los vínculos.

Las dudas que existen acerca de cómo designar este fenómeno son suficientes para poner de manifiesto las dificultades que se tienen para ubicarlo con referencia a las categorías tradicionales de la conyugalidad. ¿Se trata de un cuasi-matrimonio? ¿Hay que considerarlo solamente como una forma de vinculación prematrimonial? En mi opinión, las dificultades provienen de que los jóvenes que optan por ese modo de vida intentan, generalmente de forma inconsciente, conciliar comportamientos tradicionalmente considerados incompatibles en la antigua sociedad de Occidente y en la mayor parte de las otras culturas. Philippe Ariés y Jean-Louis Flandrin han insistido en señalar la importancia de la separación entre el amor dentro del matrimonio y fuera de él, viendo en ello uno de los puntos estratégicos de la regulación de los comportamientos sexuales hasta el siglo XVIII y, en algunos sectores sociales, hasta nuestros días. Mi intención es mostrar que la cohabitación juvenil contemporánea puede aparecer como un intento (problemático) de síntesis de los rasgos, difícilmente conciliables, de la vida conyugal y de las uniones extraconyugales. Abordaré sucesivamente nueve criterios que permiten diferenciar con bastante claridad ambas formas de sociabilidad. Me veo obligado a ser un poco esquemático, evitando los matices, inflexiones temporales y diferencias culturales que son la savia de la historia. De hecho, son tres «tipos ideales» los que pretendo confrontar: el de un amor conyugal comedido y tendente a la larga duración y a la fecundidad; el de un amor extraconyugal apasionado que aspira a la intensidad y evita la fecundidad; y, por último, el de la cohabitación de los jóvenes a quienes anima la moderna obsesión de ganar en todas las jugadas sin sacrificar ninguna de sus posibilidades.

(217) Primer criterio: la duración potencial de la vida en común

Mientras que, al principio, sólo la muerte de uno de los cónyuges deshacía la vida conyugal, la unión extraconyugal, en el pasado, no podía consistir a menudo más que en meros escarceos furtivos, placeres fugitivos en los que no cabía posibilidad alguna de cohabitación a largo plazo. Era necesario pertenecer a la élite o a ciertos medios marginales para poder llevar una vida extraconyugal continuada y de forma ostensible. La cohabitación juvenil actual ocupa una posición intermedia: no es tan efímera como las relaciones ilícitas de antaño, pero tampoco tiene, en principio, un carácter definitivo. Todo se desarrolla como si la duración dependiese de la renegociación cotidiana de la pareja.



Segundo criterio: la consagración social de la unión

Ya fuese establecido ante una autoridad civil o religiosa o ya, simplemente, fuese ratificado por la comunidad, el matrimonio constituía un rito de cambio de estado en la propia comunidad que se controlaba socialmente; mientras que la vinculación extraconyugal era generalmente condenada, y a veces tolerada como mal menor, escapaba ampliamente a las formas ceremoniales. Sin embargo, la cohabitación juvenil goza actualmente de una semiconsagración social. No se la asimila a la prostitución o a la promiscuidad sexual. Aunque no tiene el carácter oficial, ritual del matrimonio. Constituye una especie de rito preliminar que anunciaría el verdadero paso social que sería el matrimonio y, por otra parte, no adquiriría sentido más que en relación a su ulterior ratificación.



Tercer criterio: los fines esenciales de la unión

Se sabe que en los países industriales, en la época de la revolución industrial, el acceso al mercado matrimonial era (218) bastante restringido: el celibato definitivo era más frecuente que hoy, y la edad del matrimonio, tardía. Situación, por lo demás, difícilmente comprensible para quien supusiera que la gente se casaba, en aquel tiempo, por amor y por los placeres de éste. En realidad, aunque el amor pudiese nacer entre los cónyuges y hasta preexistir al matrimonio, generalmente no era el amor la única consideración sobre la que se fundaba el compromiso matrimonial. Se contraía matrimonio principalmente por razones económicas (para incrementar los bienes y asegurarse, al menos mediante los hijos, la protección para la vejez), así como para reforzar su sistema de alianzas. Se trataba, fundamentalmente, de protegerse contra la desgracia: contra la miseria, contra la enfermedad, pero también, entre los creyentes, contra la desazón que acarrea el pecado de la carne, la concupiscencia (casarse para no «quemarse»). La ausencia de amor y a fortiori la ausencia de armonía sexual no constituían condiciones que impidiesen la conclusión del matrimonio. Por el contrario, la relación extraconyugal se buscaba, en primer lugar, por el goce y satisfacción sexuales que pudiese procurar. Podía transgredir con mayor facilidad las barreras sociales e ignorar las consideraciones de rango y de fortuna.

La cohabitación juvenil contemporánea ofrece una curiosa mezcla de características, sin embargo muy heterogéneas. Las consideraciones económicas cuentan poco a la hora de la elección de partenaire: los cohabitantes son, a menudo, asalariados, o reciben respaldo económico de sus padres. Sin embargo, la homogamia relativa se respeta: homogamia que es más cultural que económica. Se está lejos, pues, de una promiscuidad que algunos considerarían como ideal. Por otra parte, se encuentra entre los fundamentos de la cohabitación juvenil una búsqueda de protección contra las calamidades actuales que son la soledad y el tedio. Pero también una búsqueda imperiosa del placer: la armonía sexual es para los cohabitantes absolutamente necesaria, si no suficiente, para que se mantengan los vínculos.

(219) Cuarto criterio: la diferenciación de las funciones en la vida en común

El matrimonio, que marcaba el nacimiento de una unidad de producción y de reproducción, suponía una diferenciación bastante clara de las funciones de cada cónyuge, que era la condición requerida para que se estableciese una complementariedad entre las aportaciones de cada uno. En cambio, la unión extraconyugal, generalmente más efímera y destinada exclusivamente a la satisfacción de los deseos sexuales de la pareja, no requería esa diferenciación.

La cohabitación juvenil oscila entre ambos polos: por un lado, establece una cierta complementariedad que favorece una vida en común prolongada, pero que lleva a cada uno a especializarse en ciertas tareas y a renunciar a ciertas posibilidades personales, y, por otro, hay una búsqueda de la «igualdad», de la simetría perfecta que parece a veces ilusoriamente darse en el clímax del abrazo voluptuoso de los cuerpos. La oscilación entre ambos polos se traduce en un continuo tira y afloja en torno a la división de atribuciones: ineluctables disensiones entre «iguales».



Quinto criterio: el grado de fidelidad requerido

Los amantes podían escoger ser fieles el uno al otro. Pero no se esperaba que lo fueran por principio. Se trataba, en cada caso, de una libre decisión, no de la sumisión a una regla de la moral religiosa o social. Por el contrario, los esposos se debían mutua fidelidad. Claro que cabía la posibilidad de numerosas componendas en torno a esta regla absoluta, al menos para el marido. Es lo que se ha denominado la «doble moral», la exigencia de una estricta fidelidad por parte de la mujer, y la aceptación de una fidelidad relativa para el hombre. Esa doble moral, tan vilipendiada en la actualidad, se ajustaba perfectamente a la cultura y a las técnicas de la socie(220)dad anterior a la era industrial. En última instancia, se afirmaba que la maternidad era una certeza y la paternidad una creencia. Para convertir ese acto de fe en una presunción verosímil, ya que no en certeza absoluta, era necesario crear toda una serie de protecciones: procedimientos de eliminación de una posible competencia a las atribuciones del marido, vigilancia estricta de las mujeres (por medio de eunucos, amas de compañía, cinturones de castidad, etc.), desarrollo de la ideología del autocontrol (privilegiando el ideal de virginidad, fidelidad, etc.). Pero los tiempos han cambiado, por razones técnicas indiscutibles (el desarrollo de los conocimientos médicos), pero también porque el marido ha aceptado verse desprovisto de algunas de sus anteriores funciones maritales y paternales por la acción de una competencia más peligrosa: la del Estado del bienestar. En la actualidad, la mujer puede, mucho más fácilmente, practicar una doble moral o dejarse llevar por las pasiones. Sabe que el tercer miembro del trío que forma junto con su marido, el Estado, está dispuesto a hacerse cargo de las consecuencias psicológicas y materiales de su comportamiento.

La cohabitación juvenil contemporánea ocupa, igualmente desde este punto de vista, una posición intermedia. No se acepta ninguna norma universal de fidelidad absoluta, aunque se observa. Sin embargo, no se acepta la anomia, el vacío normativo. Los cohabitantes se tienen a menudo fidelidad, tanto para respetar sus compromisos como porque están convencidos de que redunda en su propio interés: la situación relativamente simétrica, «igualitaria» que representa su vinculación, tiende a incrementar el riesgo de «represalias» por parte del «engañado» y, por tanto, el riesgo de destrucción de la relación. Aunque la cohabitación revista la apariencia de un contrato matrimonial cuyos términos están continuamente sometidos a revisión, contando además con la posibilidad reconocida a cada partenaire de poder poner fin a la relación en cualquier momento, lo que la hace particularmente frágil, ha sido necesario atenuar la exigencia de fidelidad y encontrar sub(221)terfugios que no dejan de recordar a la «doble moral». Así, los cohabitantes recurren, de hecho, a lo que podría llarnarse una «moral dual», una moral que, en todo caso, parece descansar en el dualismo del cuerpo y el espíritu. Por un lado, habría una sexualidad estrictamente «física», la mera satisfacción del deseo corporal sin la ambición de mantener la relación más allá del encuentro ocasional, y por otro, un amor inextricablemente carnal y espiritual. La mujer, como aún se cree (aunque esa situación puede cambiar), tiene mayores dificultades para disociar lo corporal y lo espiritual. Pues es ése, precisamente, el amor total, el amor que se supone mas autentico. Lo que se traduce en una primera consecuencia: la infidelidad de la mujer amenaza en mayor medida la cohabitación que la del hombre. Este tipo de argumentos lleva al establecimiento de una nueva repartición, si no de los derechos y deberes de cada uno de los sexos, al menos en el tipo de comportamiento. En el ámbito de la sexualidad llamada «física», las faltas no acarrearían consecuencias importantes, mientras que en el ámbito del amor, en donde se entremezclan sexualidad y sentimientos, las infracciones serían mucho más graves. Ya no se trata de la antigua contraposición jerárquica entre lo espritual y lo carnal, sino de una compartimentación tan clara de ambas esferas que no puede dejar de evocar la antigua antinomia

Sexto criterio: la forma de expresar los sentimientos

La relación extraconyugal —porque podía escapar con mayor facilidad al control de la comunidad, porque a menudo era efímera, y porque su finalidad esencial consistía en satisfacer el ansia de placer en los amantes— constituía un espacio en el que era bastante fácil obviar la razón y dejarse arrastrar por la pasión. Era el espacio del flechazo y de las pasiones ardientes. Un puerto donde el ardor podía manifestarse sin reparos. Por el contrario, en el matrimonio, destinado a hacerse (222) permanente, a aportar sus frutos, a influir sobre el patrimonio, las actividades sociales y las alianzas, era mucho más difícil manifestar el abandono al único dictado del corazón. El amor podía existir, pero debía adoptar otras formas. Era preciso que mantuviera siempre una cierta reserva, que fuese púdico, decente, al menos en sus manifestaciones públicas. Manifestar con poco recato ante los demás la atracción hacia la propia esposa era rebajarla a la categoría de amante, y hasta incluso el nivel de prostituta, lo que significaba un menoscabo de su honor, de su dignidad. El deseo, el amor y esa expresión peculiar difusa y contenida de amor y deseo que es la ternura no podían exteriorizarse más que en privado, en los escasos momentos de intimidad que los cónyuges pudiesen tener.

Entre los jóvenes cohabitantes de la actualidad parece como si se buscase, también, una síntesis entre los rasgos opuestos, como si aspirasen a un «amor loco» dentro de un orden. En la expresión de sus sentimientos hay exceso y comedimiento. El «comedimiento» se pone de manifiesto, sobre todo, por el deseo de no (parecer) implicarse demasiado en la relación. El «exceso» consiste en que su pasión, habitualmente, se manifiesta con entera libertad: no ocultan su amor ni sus mutuos deseos. Pero ese «exceso» se manifiesta, también, en la exigencia recíproca de lealtad, de sinceridad absoluta, que muy probablemente habría resultado insensata e impúdica a nuestros antepasados. En la actualidad, entre los amantes, al menos teóricamente, no tendría que ocultarse nada; habría, por tanto, que decirlo todo, revelarse mutuamente las infidelidades, sacar a la luz los fantasmas y confesar hasta las masturbaciones. O sea, llevar la pesada carga de ser, a la vez, para la persona con quien se comparte la vida, el amante, el cónyuge, el amigo, el padre o la madre, el hermano o la hermana, el confidente, el confesor... Se entiende, pues, por qué algunos contemporáneos nuestros consideran una proeza una relación que se atenga a este ideal y que, además, sea duradera.

(223) Séptimo criterio: el fundamento normativo de la relación sexual

En la sociedad occidental del pasado, es tradicionalmente la idea del «débito conyugal» el punto de referencia que legitima la unión carnal de los esposos. A cada uno de los cónyuges se lo consideraba dueño del otro, y podía, en virtud de esa propiedad, exigir el pago de su deuda dentro de los convencionalismos sociales y de las prescripciones rituales y religiosas (que podían ser muy restrictivas). Ese derecho era concreto, limitado a una relación particular exclusivamente entre dos seres.

Sin embargo, la relación extraconyugal no descansaba, en modo alguno, sobre esa idea. En tal relación no se trataba ya de apropiación mutua, reconocida por la sociedad, de los cuerpos y corazones, sino solamente de una prestación unilateral o recíproca, frecuentemente clandestina, Pero cada cual conservaba la entera propiedad de lo que temporariamente ponía a disposición de su partenaire, por amor, por dinero o por cualquier otra razón.

Los cohabitantes actuales intentan conciliar ambas ideas. Por un lado, consideran que al tomar la decisión de vivir juntos no han alienado, sin embargo, la entera propiedad y gozo de su anatomía («nuestros cuerpos nos pertenecen»). Por otro lado, se consideran naturalmente investidos de un derecho (abstracto y vago) a explayar libremente su sexualidad: derecho que no se reduce a un acto (como, por ejemplo, el coito) sino derecho al goce; es decir, al resultado psicológico y fisiológico de todo tipo de actos puestos en pie de igualdad. No se trata, pues, de reclamar el débito al cónyuge, sino de «gozar sin trabas» con la ayuda del partenaire o sin ella. Sin embargo, como sería difícil esperar una armonía duradera de los intereses sexuales sobre esos presupuestos, los cohabitantes intentan introducir correctivos basados en unos supuestos deberes que no serían concretos y particulares como el débito conyugal, sino tan abstractos como el derecho a la libre expansión (224) sexual («se debe amor, fidelidad, sinceridad, etc., a las personas x, y o z con las que se lleva una experiencia de vida en común»). Esta ardua tentativa de conciliación conduce, a veces, a una oscilación o a una mezcla entre actitudes de laxitud egoísta y de moralismo intransigente.

Octavo criterio: actitud frente a la fecundidad

En la unión extraconyugal, los partenaires podían expresar sin ambages, en principio más libremente que en el matrimonio, sus deseos. Pero había un acto capital que constituía una excepción a esta relativa libertad: el acto sexual mismo y, sobre todo, el acto susceptible de fecundación. Era necesario tomar precauciones antes de las relaciones sexuales para evitar las enfermedades venéreas y, cabe suponer que por lo menos en unos primeros momentos, el uso de preservativos tenía fundamentalmente esa función. Pero sobre todo era necesario que la relación sexual no acarrease un embarazo. Lo que tuvo por efecto el favorecimiento de la sexualidad no coital y, al mismo tiempo, la obligación de los amantes durante el coito de mantener un estricto control sobre sus sensaciones.

Por el contrario, en el matrimonio no había tanta necesidad (incluso para muchos, según Philippe Ariés, era «impensable») de recurrir a esa clase de «fraudes», al menos antes del siglo X. El fenómeno, cargado de consecuencias, que ha constituido la difusión en Occidente del coitus interruptus (y primero en Francia, a finales del Antiguo Régimen) ha venido a significar una especie de impregnación de la sociabilidad conyugal por los hábitos extraconyugales: se introdujo en el matrimonio una mayor libertad de expresión de los sentimientos al tiempo que una mayor precaución en el momento del coito, como era el caso en las relaciones extraconyugales.

Desde el punto de vista de la actitud frente a la fecundidad, la cohabitación juvenil actual no mantiene sólo una de esas formas de relación, sino que intenta conciliar ambas. La (225) cohabitación no se parece a los vínculos extramatrimoniales del pasado por el hecho de que la posibilidad de tener hijos no está descartada completamente y porque, si se llegan a tener, no supondría para la pareja, y para la mujer más concretamente, las consecuencias que los hijos ilegítimos tenían en el pasado. Pero la actitud respecto a la fecundidad que se perfila en la cohabitación no representa una simple persistencia de la que prevalecía en el matrimonio tradicional. Ya que si el hijo no es rechazado a priori, los cohabitantes acuerdan concederse una «moratoria», posponiendo su eventual nacimiento. De ahí provienen las tergiversaciones entre el deseo y el temor de la paternidad y de la maternidad. Es por eso por lo que el nacimiento de un hijo puede verse indefinidamente aplazado sin que ninguno de los dos partenaires haya manifestado un rechazo absoluto a tener descendencia. Sin embargo, lo más corriente es que el dilema se traduzca en un período de indecisión seguido por un período de búsqueda intensa de la concepción. Entonces, se continúan controlando las menstruaciones, no ya por temor al embarazo sino por deseo deliberado del hijo. Y se suscita la inquietud ante una eventual esterilidad natural después del largo período de esterilidad voluntaria...



Noveno criterio; el espacio afectivo

La afectividad de los amantes de antaño no podía desbordar, en general, los límites de la pareja que formaban, ya que no les era posible tener hijos o hacer que la sociedad les reconociera sus lazos de unión. En el caso del matrimonio, lo que llamaré el espacio afectivo podía ser más extenso y más abierto. Les resultaba difícil a los esposos confinarse en el «egoísmo de dos». Los parientes, los hijos, los sirvientes, los amigos, los vecinos, etc., constituían toda una red, que limitaba pero protegía, de relaciones afectivas fuertemente establecidas.

La situación de los cohabitantes actuales es intermedia. Su (226) área afectiva no queda reducida a la pareja como en el caso de la unión ilícita condenada a la clandestinidad. Así, a menudo incluye a sus padres, que, con frecuencia, aceptan la situación y ayudan a la pareja. También comprende a los amigos. Y, si se diera el caso, los «anexos» temporales de la pareja que son —a veces, casi sobre un plano de igualdad— el hijo y el animal doméstico. Sin embargo, está claro que es la pareja la que ocupa el centro de gravedad del área afectiva, y no la familia o el hijo. Este último no constituye tanto la justificación de la pareja, aquello para lo que ha sido constituida, como garantía y coadyuvante de la unión. Aunque, por otra parte, esta configuración afectiva puede suscitar con el paso del tiempo algunos problemas. Todos conocemos los dramas de los niños cuyos padres cortan su relación y se separan. Pero quizá también habría que preocuparse por las secretas dificultades de los niños cuyos padres se aman «demasiado» (o más bien, con demasiada exteriorización de sus sentimientos), y que se sienten excluidos de ese amor.

Ahora bien, que la pareja ocupe el centro de gravedad del área afectiva no es algo privativo de la cohabitación juvenil. Es algo que se da, cada vez en mayor medida, entre las pare jas casadas. Y además, la pareja aparece como un tipo de relación ideal para algunos homosexuales. Así, ese tipo de relación, sin cortapisas a la sinceridad, que parece provocar, según desde qué perspectiva se mire, una limitación artificial a la sociabilidad, conserva un cierto prestigio y atractivo. ¿Qué otras formas de «sociabilidad sexual» ofrecen, de hecho, las sociedades burocratizadas de masas? La prostitución racionalizada, el ligue profesionalizado... Formas, todas ellas, nacidas de la nivelación y que no desprenden más que indiferencia. Formas, en fin, que pueden reducirse a dos paradigmas: la multitud (consigna: ¡circulen!) y la espera en la cola (consigna: ¡el siguiente!). Es fácilmente comprensible que haya quien se resista a ese nomadismo obligatorio favorecido por los poderes tutelares cada vez más aplastantes y sedentarios. La pareja que resiste el paso del tiempo representa un desafío (227) a las mortíferas maniobras que imponen el desarraigo y la mixtificación impuestas.

La cohabitación juvenil representa, pues, una síntesis de los rasgos tradicionalmente opuestos de la vida conyugal y de la unión extraconyugal. Por otra parte, este modo de vida manifiesta, en la actualidad, una gran capacidad de contagio. Los recién casados adoptan una conducta que recuerda, cada vez más, a la de los cohabitantes. Aplazan la concepción del primer hijo, se conceden mutuas libertades: toleran algunas infidelidades pasajeras o se entregan a formas fuertemente ritualizadas de infidelidad dentro de la fidelidad, como son los intercambios de pareja. Otros piensan en su retirada después de un período de relaciones múltiples, pero preparando vías de escape que se asemejan a la cohabitación: por ejemplo, una relación preferente continuada, sin residencia común permanente. La forma de vida de las parejas de jóvenes homosexuales se parece bastante a la de los cohabitantes de su generación. ¿Qué diferencias existen entre ambas formas? ¿El hijo? Sin embargo, hemos visto cómo la cohabitación juvenil se establece, al menos inicialmente, sobre el afecto recíproco de los partenaires más bien en función del hijo o del deseo del mismo. ¿Quizá la diferencia pudiera estribar en la diferencia de los sexos, por un lado, y en la identidad, por otro? Sin embargo, desde el momento en que los cohabitantes heterosexuales deciden que su vinculación ya no se base en la complementariedad de los roles a desempeñar y las mujeres adoptan una actitud tan «activa» (profesional y sexualmente) como los hombres, pasando a ser asalariadas fuera de casa y amantes de sus partenaires antes que amas de casa y madres, ¿podemos asegurar que esa divergencia sea determinante?

De cualquier modo, las concordancias entre la pareja homosexual y la pareja de cohabitantes heterosexual quizá dejen entrever aspiraciones más profundas. Parece como si los cohabitantes, en esa especie de adolescencia prolongada, que aspiran a una relación «de igual a igual» con sus partenaires del otro sexo, quisieran, a un tiempo, encontrar al otro y reencon(228)trarse en el otro. Se reflejan cada uno en un mismo plano de igualdad en su alter ego, y con ello se descubren mágicamente dotados de la pequeña diferencia que les hace falta para constituir la figura perfecta, autárquica, estable, liberada de la necesidad de perpetuarse, tal y como se representa en la figura del andrógino.

André BÉJIN

París, Centro Nacional para la Investigación Científica

Hubert Lafont

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