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LAS BANDAS JUVENILES

(229) El continuo esfuerzo de colonización que la sociedad lleva a cabo sobre sí misma ha acabado por imponer, en lugar de los usos y costumbres indígenas, modelos sociales artificiales nacidos no de prácticas que se configuran en formas culturales, sino de la reflexión de filántropos y de ingenieros sociales.104 En consecuencia, ese esfuerzo ha reducido notablemente la capacidad popular para reproducir y generar una cultura propia. Sin embargo algunos grupos sociales, analizados generalmente como sujetos marginales, expresiones desviadas o patológicas del comportamiento social, y que por ello fueron considerados durante bastante tiempo el objetivo privilegiado de las intervenciones del trabajo social, han puesto de manifiesto una asombrosa capacidad para desviar los esfuerzos y los planes, escapando en gran medida a los modelos de síntesis que se les pretendía imponer.

En algunos sectores tradicionalmente populares de París subsiste una socialidad indígena vital y creativa particularmente bien protegida. Los grupos sociales que pertenecen a ella resisten gracias a que cuentan con un medio social y urbano denso que les ofrece, especialmente a los jóvenes que (230) juegan un papel determinante en esa vitalidad cultural, la posibilidad de ocupar un espacio y de desarrollar unas formas de vivir aún ampliamente colectivas.

Desde finales del siglo XVIII, la vida social y los modelos culturales de tales grupos, obviamente, han experimentado numerosas transformaciones. La sorprendente continuidad que parece manifestarse hasta hoy, es tanto más sorprendente por cuanto da a entender como si, detrás de cambios a veces considerables, se tratase de hecho del mismo patrimonio de costumbres que se reproduce y se transmite de generación en generación, adaptándose a la modernidad sin renunciar a sus rasgos propios, a su vitalidad y a su abundancia tan particulares.

Así, para comprender las formas de socialidad, podemos ayudarnos tanto del cuadro que describe A. Farge de la vida del París popular en el siglo XVIII, como de las descripciones realistas de los novelistas y de los folletines por entregas del siglo XIX, los escrupulosos informes de los filántropos, maestros y médicos de la III República o, incluso, de los recuerdos de los artistas de la Butte, de donde extraían parte de su inspiración. Todo ello constituye una fuente de información tanto o más verosímil y eficaz que los indicadores sociales y demás criterios de marginalidad social que utilizamos actualmente.

Ahora bien, es bastante difícil captar todos los contenidos y las formas de una cultura popular en el momento en el que se vive inmerso en ella y se reproduce. Por esencia superficial y difícil de clasificar, puesta a prueba e inventada cada día con enorme fluidez, sólo una vez muerta y embalsamada por el folclore, o suficientemente lejana como para haber solidificado sus características, puede llegar a convertirse en un objeto de interés, digno de reflexión. El esfuerzo por formalizar la multitud de observaciones triviales y puntuales nos ha parecido la mejor manera de centrar nuestra atención en lo que pasa actualmente en los grupos sociales.

Pero parece que, a partir de los años sesenta, se hubiera pro-(231)ducido una ruptura relativamente radical en la continuidad cultural de la que hablábamos antes. Sobre todo los adolescentes apenas parecen tomar de los medios populares en los que han nacido los elementos necesarios para su paso a la edad adulta. A su vez, en la construcción de la socialidad de sus grupos de origen, parecen jugar un papel cada vez menos relevante, contra lo que era habitual hasta entonces.

Durante los años sesenta, en los barrios populares era aún posible encontrar un modelo de comportamiento «tradicional» destinado a los jóvenes de trece a veinticinco años que descansaba, fundamentalmente, sobre un doble esfuerzo de diferen ciación social y sexual. Particularmente ostensible en las pandillas de muchachos, pero también notable entre las jóvenes al mismo nivel que en el resto del grupo, la cultura de la diferencia social representa el medio principal de identificación con un medio bien determinado.

Ante todo, globalmente, la identidad se afirma como urbana; es decir, como civilizada, inteligente, fina, por oposición a los «rústicos» del campo, a los provincianos en general e, incluso, a los de la periferia de París. La naturaleza o el campo, contrariamente a lo que ocurre hoy en día, no evocan más que brutalidad, y sus habitantes, considerados primitivos, nunca podrían bajo ningún concepto ofrecer una referencia de socialidad para los grupos urbanos.

Sin embargo, sí que se establecen comparaciones con el resto de la juventud urbana, que es el campo privilegiado dentro del cual se pueden establecer las comparaciones. Los jóvenes callejeros, sobre todo, tienen a mucha honra marcar sus diferencias y las distancias con los otros grupos de jóvenes, no sólo con los camorristas, vanguardistas o marginales, sino también con los jóvenes «burgueses» y sin extracción popular, como la juventud dorada o estudiantil de la que se burlan y a la que desprecian con ostentación. Una juventud, por otra parte, con la que no se podrían relacionar sin verse excluidos del grupo bajo la acusación de traición.

Ya sea por medio de la música, el alcohol o, en términos (232) más generales, por la aspiración común a una liberalización de las costumbres, los loubards de los años sesenta participan, de una manera o de otra, en las mismas modas que los demás jóvenes a los que llaman «pijos», insulto, a sus ojos, totalmente descalificador; pero procuran hacerlo de forma diferente y, por ejemplo, no frecuentan ni los mismos barrios, ni los mismos bares, ni los mismos clubes o salas de fiestas. Ni se visten igual, ni emplean el mismo vocabulario, ni siquiera consumen el mismo tipo de bebidas alcohólicas o cigarrillos.

Ahora bien, esta afirmación de la diferencia con la que se reproduce y se preserva la identidad del grupo es, en muchos aspectos, de corte tradicional. Por ejemplo, se podrían encontrar oposiciones sociales similares a principios del siglo con los «apaches» y los «leones», o en los años 1830-1840 en la rivalidad entre los jóvenes golfos y los dandies o los estudiantes.105 Por otra parte, dentro del mismo grupo, de un barrio a otro, y más sutilmente aún de un bloque al bloque vecino, la diferenciación se afirma y se desarrolla hasta poner de manifiesto diferencias marginales que permiten definir con precisión la referencia a un medio y el grado de pertenencia al mismo.106 Además, la búsqueda de la propia identidad pone en juego una serie de escalas de valores cualitativos, como lo bueno, la verdad, lo fuerte, lo duro, lo astuto, que se distinguen de lo bello, lo sofisticado, lo cultivado, lo sabio, que son valores «pijos». Son esos grados de cualidad los que determinan y confieren sentido a las modas en el vestir, en la elección de las bebidas alcohólicas que se han de consumir o en los locales frecuentados, pero también, más profundamente, los que influyen en los comportamientos y actitudes cotidianas. La definición y las formas de utilización de esas cualidades revelan (233) mecanismos que superan ampliamente a los grupos populares, pero esa manera de utilizarlos privilegiando unos valores y menoscabando otros es algo característico de esos medios.

Esta primera oposición entre lo «popular» y lo «burgués» está atravesada por la diferenciación de los roles y de las actitudes sexuales, que se establece en torno a una antinomia interior/exterior articulando una distribución de comportamientos y espacios entre los jóvenes de uno y otro sexo.

A los «tíos» les corresponde, seguramente, todo lo que es exterior. A partir de los doce-trece años, salvo la escuela, las comidas y las horas del sueño (y cada vez más frecuentemente a medida que crecen: con sus propios medios), los jóvenes se ven obligados, por las buenas o por las malas, a vivir en la calle. En los años sesenta, la pandilla propiamente dicha, estructurada al modo americano por medio de reglas, jerarquías y sistemas de alianza rígidamente codificados, no existía en los barrios. Entonces, la base social del aprendizaje de los jóvenes era, más bien, una especie de red de fuerte solidaridad masculina, una horda de compañeros relativamente informal que mataban el tiempo juntos, evolucionaban en un mismo universo social y geográfico de referencia y se regían según formas consuetudinarias no codificadas.

El proceso de aprendizaje se realiza en el barrio mismo, en la «calle», donde se pasa la mayor parte del tiempo y donde los adultos que la frecuentan son, en su mayor parte, hombres: bares y cafés con sus dependientes y parroquianos, la «zona» con sus gitanos y vagabundos, las barracas de feria, los «rastros», las chatarrerías, Pigalle o cualquier otro lugar privilegiado frecuentado por quienes no están «pringados» o que, aun estando casados, continúan siendo «legales».

El universo de la «calle», mediante la diversificación de los recorridos o de los lugares de cita, se fue definiendo como el reverso de la familia, de su autoridad, sin duda; pero también de los espacios que organiza y de los modelos que aporta. Cerrada sobre sí misma, sentimentalizada y confortable hasta cierto punto, la familia no era un lugar adecuado para un jo-(234)ven; no era buena más que para los «ñoños» y las muchachas. Además, cuando pasan a formar parte de la pandilla, la mayor parte de los jóvenes pierden los apellidos y el nombre familiar y se les atribuye un apodo107 seguido no del patronímico sino del nombre del lugar de donde son originarios y que servirá de nombre genérico de la pandilla. En adelante, se evitará toda alusión a la familia y se darán todos los rodeos que hagan falta con tal de evitar encontrarse con los padres, las hermanas, o los hermanos menores cuando se está en la calle con los compañeros. Por otro lado, la red de solidaridad de la pandilla puede permitir que, en ocasiones, se pueda abandonar realmente, durante períodos más o menos largos, la familia: acogido por los compañeros o «buscándose la vida» en el mismo barrio, durmiendo y comiendo aquí y allá, aun con el riesgo de pasar algunas noches al raso y de tener que prescindir de algunas comidas.108

Al contrario de la vida familiar, la vida en la calle carece de calor afectivo y de confort. Ni está reglamentada ni es regular, se compone de largos períodos de inactividad y de aburrimiento, de ausencia de todo esfuerzo y de cualquier obligación, interrumpida por las aventuras y los excesos. Se anda en pandilla, se cuentan historias, se mata el tiempo y se está pendiente de acontecimientos imprevistos que se espera y se desea que acontezcan hasta tal punto que, a menudo, la propia pandilla los provoca. Así, montan verdaderas expediciones ansiosas de aventuras, buscando las ocasiones propicias hasta cosechar un historial de golpes y de hazañas a través de los cuales, incitado y rodeado por sus compañeros, cada uno apren(235)derá a utilizar su fuerza, su valor y su astucia corriendo sus propios riesgos.

A la vuelta de las expediciones, los rasguños, los golpes, los destrozos, los riesgos corridos y los miedos pasados, las cualidades que cada cual mostró, serán revisados y comentados hasta sus últimos pormenores durante meses, forjando una memoria común que será la historia de la pandilla.109 Es esa historia la que permite dar un contenido al sentimiento de particularidad del grupo, y es a través de ella, sobre todo, como el conjunto deI barrio puede evolucionar y adaptarse a la modernidad sin perder su identidad. Los valores del grupo siguen siendo, en realidad, esencialmente los valores de la calle tal como los viven los jóvenes en sus excesos. El orden familiar o su corolario, el que impone el trabajo regular y disciplinado, no es aceptado más que como un mal necesario, un handicap ligado a la edad y, desgraciadamente, inevitable. De este modo, los padres, a través de sus hijos, o las hermanas a través de sus hermanos, y a pesar de las contradicciones y los conflictos que supone con los valores familiares que han de defender, a menudo utilizan esas aventuras para revivir y prolongar un universo cultural del cual, por la fuerza de las cosas de la vida, se sienten en cierta medida excluidos. No deja de haber una cierta complacencia en la manga ancha de los padres ante algunos comportamientos de sus hijos, echándoles incluso una mano o simplemente dejando que les cuenten las hazañas, que ellos propalan a su vez.

Por otra parte, la vida en la calle supone para los jóvenes el aprendizaje del trabajo. Expulsados de hecho (aunque no oficialmente) o desertando de la escuela bastante antes de la (236) edad legal110, los adolescentes aprenden muy pronto a valerse por sí mismos; primero, ingeniándoselas para buscarse el dinero para sus gastos, después, para su ropa, su ocio (viajes, copas, revistas, discos, vehículos...) y hasta para contribuir a una parte de su alimentación. Al principio no se trata más que de hacer pequeños recados aprovechando las ocasiones que se presenten y sin abandonar la vida callejera: recoger botellas, vaciar una bodega, ayudar a descargar un camión, distribuir hojas publicitarias, limpiar cristales. Pero, incluso después, cuando de manera irregular y progresiva comience la búsqueda de un verdadero trabajo, la inmensa mayoría de los empleos que desempeñen esos jóvenes estarán aún relacionados con las actividades y oficios más tradicionales y menos disciplinados, en donde también es más fácil volver a encontrar o reconstruir el tipo de solidaridad y de ambiente propios de los «colegas».

Al huir del empleo en oficinas y de la gran fábrica, esos jóvenes acaban por convertirse en mozos de carga, chóferes, empleados de ambulancias, camioneros, transportistas, vendedores ambulantes o, con un poco de suerte, entrarán como aprendices en un pequeño taller artesanal de cerrajería, fontanería, tipografía o tapicería...

Dejarán la pandilla cuando sean adultos, pero siempre esforzándose por mantenerse cerca de la calle: por el tipo de trabajo del que hablábamos antes, por ejemplo, o manteniendo paralelamente a la vida familiar (y a menudo contra ella) una vida de parroquianos de café con sus rondas de invitación, sus discusiones y su ritual de hombres o, incluso, en contrándose cada tarde con los amigos en una explanada para jugar a la petanca. Entre ellos, seguirán alardeando de un (237) absoluto desprecio por sus vidas familiares, rememorando con nostalgia sus proezas pasadas y tomándose, en cierta manera, la revancha sobré sus mujeres que, al «cortarles las alas», rigen la mayor parte de sus vidas.

La vida familiar, el hogar, los quehaceres domésticos, el interior, constituyen el universo inalienable de la mujer y de sus hijos; al hombre ya le vale con que le sirvan la mesa y callar. Por otra parte, la mujer que reina en su casa no es del mismo cariz que la que pudo haber conocido en la calle, cuando era joven. No es ni la «niña bien», por ejemplo, que arrebatan a los «pijos» a la puerta del instituto, ni la que se liga en el cine, en los bailes o en el café. Tampco es la «tía fácil», puro y simple objeto sexual hallado en los bailes de los pueblos o de los barrios periféricos, ni una de las escasas «chicas callejeras» que se hayan podido encontrar en el curso de las correrías por el barrio. La mujer honesta, la verdadera «tía», vive cuida dosamente apartada de la calle y sus rollos, lo que no impide, en absoluto, que pueda ganar en el interior del hogar una importancia y un respeto tan grandes como los que adquieren los colegas fuera.

Por lo demás, es en ese universo familiar en donde las muchachas del barrio aprenden a convertirse en mujeres, expertas en todo lo que se refiere a la organización, gestión y buen gobierno del hogar. Mientras que muy pronto se envía, si hay necesidad de ello, a los chicos a jugar a la calle, aunque no sea más que al pie del inmueble en donde se les puede ver y en donde están a disposición del cualquier llamada materna, a las chicas no se las deja bajar a la calle. Las muchachas ayudan a sus madres en las labores domésticas, hacen las compras y se ocupan de sus hermanos y hermanas. Su asistencia escolar está mucho más controlada y no se las deja salir si no es vigiladas, generalmente para visitas de carácter familiar o para ir a casa de alguna amiga de una familia vecina.

Para no ser consideradas «ñoñas» y conocer algo más que el estrecho marco familiar y de sus allegados, en el cual, en principio, están condenadas a permanecer, las jóvenes no tie(238)nen, salvo la huida (acto reservado a los caracteres más fuertes, dado los riesgos que entraña), más que tres soluciones: tener un trabajo, contactar con un grupo de amigas o buscarse un «novio».

Muchas de ellas se las arreglan para encontrar, una vez que tienen edad para ello, un empleo fijo. De este modo, se convierten en asistentas domésticas, dependientas, cuidadoras de niños o empleadas de una entidad administrativa, pública o parapública preferentemente. Su escolaridad, generalmente, más seria y regular que la de sus hermanos, unida a la importancia que conceden a su trabajo salvador, les permite a menudo, superando oposiciones internas o siguiendo cursos de formación complementarios fuera de la empresa, experimentar un proceso de promoción rápido. El salario que ingresan en el hogar familiar, pues hay pocas posibilidades de que se independicen, así como la seriedad que manifiestan en el desempeño de empleos honestos, a veces incluso con cierto prestigio, les ofrecen la posibilidad de reivindicar una mayor autonomía.

Pero sólo se les concederá una cierta autonomía con muchas cortapisas, y será utilizando a sus amigas, diciendo, por ejemplo, que las esperan o pidiéndoles a las mismas amigas que vayan a buscarlas, como las jóvenes conseguirán la autorización para salir. En realidad, ¿cómo se va a rechazar el permiso sin ofender a una familia vecina y sin dar a entender que las amigas escogidas por la propia hija no merecen toda la confianza que cabría esperar de su formalidad y honestidad?

De este modo, a medida que se van haciendo mayores, las muchachas se buscan la forma de «salir». Van en grupos de dos o tres vigilándose unas a otras. A diferencia de los muchachos, no deambulan, salen para ir a algún sitio concreto, lo que significa un punto de partida, un trayecto, y una meta legítima de los que en todo momento pueden dar cuenta. Van, por ejemplo, a dar un paseo por el barrio, al cine, a la pista de patinaje, o a las barracas de la feria, etc. Aprovechan (239) esas salidas y paseos para observar a los «tíos», analizarlos, compararlos y comentar sus conclusiones entre ellas.

Pero se cuidan bien de hacer la más mínima insinuación. Ahora bien, aunque sueñen con atraer la atención de un verdadero «tío», con participar en sus valores y dejar, de ese modo, con altivez la tutela paterna, saben que la única posibilidad inmediata de poder salir y, a largo plazo, de dejar decentemente sus familias está directamente ligada a su reputación como muchachas honestas y, sobre todo, sin pasado, Por otro lado, y por esa razón, la solución del «compromiso», aunque pueda parecer la más eficaz, en realidad presenta los mayores inconvenientes.

El término de «prometido» se utiliza sólo a falta de otro mejor, ya que, propiamente dicha, no hay ceremonia alguna de compromiso. Se trata, más bien, de un lento proceso, de un contacto público cada vez más frecuente y exclusivo que acaba por ser reconocido y aceptado por todo el entorno sin que se pueda fijar su origen en un momento ni distinguirlo de su culminación normal, el matrimonio, que se produce, generalmente, después de un embarazo; en todo caso, bastante después de que el asunto haya sido de dominio público en el barrio.

Pero antes de aceptar públicamente la convivencia con un joven sin estar casada con él, la muchacha «honesta» debe conseguir que abandone su vida callejera, sus amistades y sus aventuras y que busque, si no lo tiene, un empleo estable. Y es sólo a cambio de esta especie de domesticación como el joven podrá ser aceptado oficialmente por el medio social sin que nadie vea dañada su reputación. Ambos podrán vivir, entonces, juntos, instalándose incluso con la familia de ella sin que nadie encuentre objeción alguna.

Ahora bien, está claro que la joven que comienza demasiado pronto a frecuentar «tíos» muy jóvenes corre el riesgo de verse, con el tiempo, abandonada por su amigo, que volvería a liarse con sus compinches y a la vida en la calle sin que ella pudiera retenerlo en el hogar, como exigen los cánones y (240) su propia reputación. En ese caso perdería toda respetabilidad, del mismo modo en que el muchacho perdería su reputación de «tío» si se dejase cazar demasiado pronto por una mujer. Aunque su medio social no los rechazaría inapelablemente, tampoco las cosas continuarían siendo igual para ellos.

Obligadas a ser prudentes, las jóvenes son desconfiadas y discretas, a veces hasta la mojigatería, si no en su lenguaje y en sus conversaciones, sí, al menos, en sus salidas, sus ropas111 y en sus relaciones con los jóvenes del otro sexo. Se vigilan unas a otras y defienden su propia reputación con estudiada artificiosidad.

Por su parte, los jóvenes no se dejan domesticar fácilmente. No echan de menos la vida familiar, de ahí que sobrelleven bastante bien la segregación impuesta por el medio social y la falta de ocasiones para establecer contacto formal con mujeres. En este sentido, prefieren la vida en pandilla y el aprendizaje colectivo de la sexualidad.

En la calle, y más concretamente en la pandilla, se mantiene un contacto viril entre unos y otros: se chocan las manos, se intercambian golpes y empellones, se dan empujones y montan gresca... Todos los comportamientos están fuertemente sexualizados, y el vocabulario en general y la mayor parte de las conversaciones se refieren a partes o a prácticas sexuales.

De esta manera, los jóvenes, físicamente inmersos en un universo colectivo y con un afán permanente de virilidad, desarrollan una especie de «machismo» característico de ese medio. Entre la homosexualidad, que no podría expresarse más que como una traición, como un insulto a los valores «tíos», y un donjuanismo que acabaría muy pronto con la banda y le impediría la vida en la calle, su sexualidad descansa sobre el (241) reconocimiento por el grupo del vigor masculino de cada uno. En cuanto a la ambigüedad inevitable que genera una sexualidad como ésa, limitada al exclusivo ámbito de los hombres, la pandilla se esfuerza en desviarla o expulsarla del grupo. La forma de hacerlo es mediante bromas y exageraciones de todo tipo que no sólo suponen uno de los componentes principales de los intercambios verbales, sino que son también parte integrante de los comportamientos y los juegos: por ejemplo, las imitaciones ridiculizadas de actitudes amorosas, o incluso gesticulaciones, destinadas a provocar la risa, de comportamientos homosexuales estereotipados.

Pero muy pronto se pasa de esa fase de bromas de uso interno a otra fase de injuria y agresiones que expelen fuera de la pandilla para conjurar mejor la homosexualidad que, inevitablemente, se engendra en ella y que a sus componentes les resulta insoportable. De esta manera, se pone en duda la virilidad de los advenedizos, retándolos al combate y emplazándolos a probar que no son ni «pijos» ni maricas, lo que hasta cierto punto viene a ser lo mismo para ellos; o sea, han de verse confrontados a la escala de valores machos de la banda. A veces, incluso, la banda se adentra en los locales donde se dan cita los homosexuales; en su propio terreno de ligue. Tales expediciones hacen gala de una crueldad totalmente ajena a cualquier atisbo de mala conciencia. Más bien, al contrario, jamás suponen reprobación alguna por parte del medio social y, en escasas ocasiones, tienen consecuencias lamentables para la banda.

Propiamente dicha, no existe actividad sexual alguna en todo ello, sino de un conjunto de comportamientos y de juegos fuertemente sexualizados en sus referencias y significados. La presencia constante del grupo, por lo demás, establece un estrecho control, y, si es necesaria, una represión bastante estricta de cualquier intención de pasar a los hechos. En este sentido, los actos son siempre excepcionales y siempre tienen lugar en grupo: por ejemplo, mediante parodias del acto sexual que calientan a toda la banda y acaban rematadas por un (242) acto de masturbación colectivo. Ahora bien, en la medida en que tales actos no pasan de ser meramente lúdicos, no suponen ni reprobación ni perturbación alguna; es decir, mientras los jóvenes (como el medio social en su conjunto), aparte los ratos de expansión, sigan siendo esencialmente púdicos en todo lo que se refiera a su sexualidad, su cuerpo o su desnudez.

Por otra parte, la misma presencia del grupo y la misma dificultad para pasar a los hechos se reproducen en las relaciones heterosexuales. El ligue de las «niñas bien» es una tarea que da mucho que hablar, pero que se verá fuertemente limitada en sus posibilidades a causa de la total ausencia de intimidad que supone la presencia constante del grupo.

Se aborda a las muchachas que se encuentran en la calle o en la plaza, o se organiza un «guateque» o una salida al cine. Pero lo único que se puede esperar es el intercambio de algunas caricias o besos bajo la mirada irónica o envidiosa de los compinches, que cortarían por lo sano cualquier posibilidad de una mayor intimidad, revistiendo ese tipo de relación con un aire de juego o de reto, con sus reglas, fases, puntuación, vencedores, récords y campeones. A veces, también se encuentra en el mismo barrio una mujer, mayor que los componentes de la banda, que será la que los inicie en el sexo a uno tras otro. Y no podrá ser de otro modo, ya que la concesión, en ese terreno, que hubiera hecho a uno será puesta de inmediato en conocimiento de los demás. Así, negar sus favores al resto de la banda no sería posible sin plantarle cara a la banda, lo que le acarrearía dramáticas consecuencias. Ese tipo de mujeres acaban por ser consideradas por todo el barrio como «públicas»; generalmente, son menospreciadas y hasta se pueden ver sometidas a vejaciones y todo tipo de chantajes.

A veces, de forma excepcional, sucede que a una chica considerada «fácil», porque corren chismes acerca de ella o por que adopta actitudes que se tienen por provocativas o, simplemente, porque se haya dejado abrazar y acariciar por uno (243) de los miembros de la banda resistiéndose a hacer lo mismo con los otros, se le cuelga el sambenito de «guarra». Entonces corre serio peligro de que la rapten y la conduzcan a un lugar apartado, por las buenas o las malas, donde, uno tras otro, cada miembro de la banda la violará.

En los diferentes comportamientos, el acto mismo importa menos que el arbitraje y el reconocimiento que comporta de una adscripción sexual de la cual sólo la banda puede dar testimonio, definir y garantizar. En ese sentido, las mujeres no representan más que el papel de meros objetos provisionales o medios de demostrar la sexualidad masculina, y la banda, con sus bromas y juegos, se encarga de que sea así. Al margen de la casa y de las funciones específicamente femeninas que desempeña en ella, la mujer no deja de ser una «pipiola», un objeto de la misma naturaleza que la ropa, las motocicletas o los discos que se roban, se cambian, se prestan y de los que cada cual hace uso a su antojo.

Resumido de este modo, el modelo tradicional presenta todos los inconvenientes de una caricatura poco preocupada por los matices y la diversidad de situaciones reales. Pero presenta también ventajas, que permiten acotar mejor las características fundamentales de esa cultura popular: arraigo en un medio geográfica y socialmente definido con precisión, en oposición a otros medios sociales o geográficos; rígida compartimentación del universo masculino de la calle y el universo doméstico femenino; reproducción de los modelos generación tras generación y preponderancia de los mayores sobre los más jóvenes y de hábitos tradicionales. Por último, también es reseñable un desinterés y/o una fuerte represión de la actividad sexual, propiamente dicha, compensada por una importante sexualización de los juegos, comportamientos, actitudes y lenguaje.

Pero las características tradicionales se van disolviendo progresivamente para dejar su sitio a comportamientos nuevos que se definen por referencia a un modelo genérico, el de «joven». Entonces, el único criterio de pertenencia es la edad, la (244) única oposición manifiesta, la que contrapone a los diferentes grupos de edad, y las nociones de diferencia sexual, social o geográfica que denotaban un origen y una condición, en adelante, son abolidas.

En esos mismos barrios, las muchachas salen hoy a la calle desde los doce-trece años; se mezclan con los jóvenes de su edad y salen y entran en casa bien tarde. Todos visten igual, utilizan las mismas alhajas y llevan el mismo corte de pelo. Las bandas del pasado se disgregan en una nebulosa cambiante de amigos y, cada vez más frecuentemente, de amigas que se dan cita en cafés o clubes, a menudo muy lejos de su domicilio, para compartir, estudiantes y jóvenes de origen popular, los mismos gustos musicales y de atuendo, la misma pasión por la mobylette o la motocicleta, los mismos empleos como recaderos o limpiadores de escaparates.

Tales comportamientos habrían sido intolerables bajo la perspectiva de las normas anteriores, y, además, la presión del grupo habría puesto pronto las cosas en su sitio. Pero lo que se hace y se deja de hacer ya no está en función de las normas del medio social tradicional. A través de toda una red tentacular112 que no se inscribe sobre ningún territorio particular, los jóvenes viven en una inmediatez cambiante, sin pasado ni futuro, y fuertemente dislocada de la sociedad de los mayores y de su historía. Adoptar el modelo «joven» no sígnifica manifestar hasta la provocación, si hiciera falta, una pertenencia social o una identidad propia, sino seguir y reproducir los signos efímeros que denotan una pertenencia cuya mutación vertiginosa marca el paso del presente al pasado, el envejecimiento y la renovación de los grupos de edad.

Dentro de este modelo, los jóvenes de uno y otro sexo se definen, precisamente, como «jóvenes» y se afirman individualmente liberados de cualquier otra cortapisa, ética o fide(245)lidad. Aboliendo toda referencia a un origen, a un medio o a un territorio queda eliminada, igualmente, toda referencia a su pasado o a su porvenir, instalándose en el vértice de un presente que se renueva sin cesar, como en una especie de viaje inmóvil sin principio, dirección ni destino.113

Por lo mismo, el modelo actual elimina cualquier noción de pertenencia a uno u otro sexo, y mientras hay un proceso de des-sexualización de las actitudes, la vestimenta y la apariencia, la actividad sexual se desvaroliza, se «libera» y se desarrolla en todas las direcciones: masturbación, relación homosexual, cambio continuo de partenaires, y relación heterosexual no obedecen, al menos en principio, a otras normas que no sea la satisfacción inmediata de los deseos o la intensidad de un placer instantáneo. Con ello, una sexualidad tradicional, genital y socializada porque se refería inevitablemente a la pareja y a la procreación, a la familia y al medio social, en general, se ve sustituida por un erotismo liberador de los sentidos y de la sensualidad que no tiene otras limitaciones que las de los deseos y el. placer individual. Ser joven ya no es un modo de vida pasajero, ni un estado social, ni un aprendizaje; en realidad, se experimenta como un estado natural que se debe a uno mismo y que es necesario liberar y dejar que se exprese en una especie de candor asocial, amoral y asexuado.

La generalización de la indumentaria T-shirts/blue-jean/ basket «deportiva» con todos los adornos de moda, como de terminados cortes de pelo y las diferentes coloraciones de los mismos, las alhajas y las chapas, dejan bien claro este candor sexual y social. Por otro lado, la evolución de la música rock y sus formas de baile es sumamente significativa: los cantan(246)tes adoptados por el barrio en los años sesenta cultivaban la idolatría personal y cantaban a personajes profundamente arraigados e identificados en el medio popular del que se proclaman originarios.114 Se expresaba en sus melodías, en sus discos y en sus manifestaciones en plan «macho», actitudes que no tienen nada que ver con las cancioncillas de sus colegas «horteras», y aún menos con las de las cantantes. Además, el rock requiere partenaires de uno y otro sexo que durante el baile adopten papeles diferenciados. Actualmente, la presencia de chicas entre los músicos de un grupo o la existencia de grupos totalmente femeninos no choca a nadie. La música disco y sus antiídolos se presentan explícitamente como homosexuales y la new-wave triunfa gracias a una música salvaje que no es melódica ni discursiva. Por otra parte, ya no hace falta para bailar y participar en la fiesta que haya partenaires de sexo diferente: el gozo es individual y se describe en términos de vibraciones, de pulsaciones, de intensidad, de fuerza, valores que no encierran ningún simbolismo sino que son eminentemente sensuales, explosivos, inmediatos.

Con el cambio hacia este nuevo modelo, la homosexualidad, que aún estaba condenada a principios de los años se tenta a la más estricta clandestinidad, conoce en el barrio un desarrollo inusitado. En lo que queda de las antiguas bandas es un comportamiento totalmente admitido, cuando no prestigiado. A partir de ahora orienta la elección de los lugares de cita, de la indumentaria o de las actividades y, por ejemplo, los mozalbetes que andaban por las plazas o esperaban a la salida de los locales gay para «canear a un marica», actualmente ejercen allí mismo de «chaperos» con la misma falta de mala conciencia o de escrúpulos que antes.

De todos modos, la introducción del nuevo modelo no ha dejado de suscitar resistencias y de generar dramas. Las primeras bandas en adoptarlo, que eran las bandas menos carac(247)terizadas con relación a un hábitat o medio social concreto, chocaron con una reprobación y un desprecio unánimes, Trazar la historia de la introducción del nuevo modelo sería sin lugar a dudas una tarea que arrojaría ricas aportaciones de todo tipo. Para hacerlo, no habría más que seguir en las diferentes bandas la progresiva sustitución de la práctica tradicional del tatuaje por la arracada en la oreja. Incompatibles hasta el extremo de que algunos se han quemado la piel con ácido al incorporar el pendiente, ambos atributos reproducen con toda fidelidad la evolución sobre el barrio de los sistemas de comportamiento. Y, por otra parte, expresan muy bien su alcance y su significado.

El tatuaje, cuya práctica, como se sabe, es antigua, marca de manera indeleble una pertenencia y una fidelidad. Sella una condena tanto como una consagración; es muy curioso, además, que el tatuaje esté asociado al mundo de las prisiones o al de los ejércitos profesionales como la marina y la legión, que sometían durante largos períodos a un hombre a una sociedad de hombres. Es, sobre todo, un atributo viril; en primer lugar, por el valor que hay que demostrar para sufrir durante horas, y hasta durante días, las punzadas que inoculan la tinta bajo la piel, pero también porque es un ornamento muscular, que atrae la atención sobre la fuerza, dándole un trato privilegiado en la escala de valores. El tatuaje, además, supone la presencia de uno o dos tatuadores y de toda una ceremonia en donde se escogen los temas, se le da de beber al paciente hasta aturdirlo, se lo anima...

Por su parte, el aro en la oreja es, también, de honda raigambre en la marina o en el ejército, pero su significado es radicalmente distinto. Simboliza la libertad del que ha dejado su medio de origen, del fugitivo, del iniciado o del compañero de fatigas; la libertad del gitano, del corsario, del soldado licenciado. Es un adminículo que, como tal, ha de ser fácil de quitar: los primitivos aros, que se soldaban una vez que estaban puestos en la oreja, y de los que eran portadores los primeros hippies que venían de la India y del Nepal, no han tardado (248) en ser sustituidos por sistemas más elaborados consistentes en un pequeño engaste que atraviesa el lóbulo de la oreja y que no es perceptible más que si se lo engarza al aro-pendiente o a un remache decorativo.115 Engarzado en la oreja, el aro llama la atención no sobre la fuerza, sino sobre uno de los sentidos y, a través de él, es la sensualidad la que se ostenta y se valoriza.

La anterior oposición entre feminidad sensible/vigor masculino se sustituye por una «juventud natural», libre y universal, que no se vive socialmente, sino sensualmente. Como se puede apreciar, la ruptura es radical, y si puede parecer aún prematuro aventurar el alcance de la misma, fundamentalmente en lo que se refiere a la reproducción de los rasgos culturales propios de los medios populares, vale la pena para mientes en ellos y ponerse en guardia.

Hubert LAFONT

André Béjin

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