Palabras a mi patria 1 mi ciudad esta triste



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PALABRAS A MI PATRIA

1

MI CIUDAD ESTA TRISTE


El día en que conocimos la muerte y la traición,

se hizo atrás la marea,

las ventanas del cielo se cerraron,

y la ciudad contuvo sus alientos.

El día del repliegue de las olas; el día

en que la pasión abominable se destapara el rostro,

se redujo a cenizas la esperanza,

y mi triste ciudad se asfixió

al tragarse la pena.
* * *
Sin ecos y sin rastros,

los niños, las canciones, se perdieron.

Desnuda, con los pies ensangrentados,

la tristeza se arrastra en mi ciudad;

el silencio domina mi ciudad,

un silencio plantado como monte,

oscuro como noche;

un terrible silencio, que transporta

el peso de la muerte y la derrota.

¡Ay, mi triste ciudad enmudecida!

* * *
¿Pueden así quemarse los frutos y las mieses,

en tiempo de cosecha?

¡Doloroso final del recorrido!


2

LA PESTE


El día en que se extendió la peste en mi ciudad,

me eché al campo desnudo.

Abierto el pecho al cielo,

gritando desde lo hondo de las penas:

¡Arreadnos las nubes!

¡Soplad, vientos, soplad!,

y bajadnos las lluvias.

Que depuren el aire de mi ciudad,

que laven las montañas, las casas y los árboles.

¡Soplad vientos!... ¡Arread los nubarrones!

¡Y que caigan las lluvias!

¡Y que caigan las lluvias!

¡Y que caigan las lluvias!




3

A G. H. EN NUESTRA CITA


Extraño amigo mío...

Si pudiera llegarte como ayer.

Si asesinas serpientes

no hubieran alborotado todos los caminos,

cavando tumbas para mis gentes y mi pueblo,

sembrando muerte y fuego.

Si no hubiera regado la derrota la tierra de mi patria

con piedras vergonzosas, injuriantes.

Si este corazón que tú conoces

fuera el mismo que ayer,

y no sangrase por la puñalada.

Si hoy, amigo mío, como ayer,

pudiera envanecerme de mi gente,

de mi casa y mi fuerza,

ya mismo me tendrías a tu lado.

Amarrando a las playas de tu amor el barco de mi vida.

Y seríamos igual que dos pichones.

4

EL DILUVIO Y EL ARBOL


El día en que el diabólico ciclón se propagó tiránico.

El día en que costas salvajes arrojaron

el oscuro diluvio

contra la tierra buena y verde,

gritaron (y a través de los aires, sus “albricias”

resonaron por todas las agencias):

Ha caído el árbol.

El poderoso tronco está aplastado.

Ya, ni un asomo de vida para el árbol

dejó la tempestad.
* * *
El árbol ha caído...

¡Perdón, rojos arroyos!

¡Perdón, raíces regadas

con el vino que sangran los cadáveres!

¡Perdón, raíces árabes,

hundidas como rocas en la entraña,

y que cada vez más os entrañáis!

* * *
El árbol se alzará.

El árbol se alzará, y sus ramas,

al sol, irán creciendo;

en risas verdeciendo, y en hojas,

cara al sol.

Y el pájaro vendrá,

no tiene más remedio que venir.

El pájaro vendrá.

El pájaro vendrá.



5

SIEMPRE VIVO


Querida patria, no.

A pesar de todo lo que gire, en la estepa sombría,

sobre ti, la piedra del dolor.

No podrán, amor nuestro,

arrancarte los ojos.

No podrán.
* * *
¡Qué estrangules los sueños, la esperanza!

¡Que claven en la cruz

la libertad de construir y trabajar!

¡Que nos roben las risas de los niños!

¡Que quemen!

¡Que destruyan!...

De la propia miseria.

De nuestra gran tristeza.

De la sangre pegada en nuestros muros.

Del temblor de la vida y de la muerte,

surgirá en ti la Vida nuevamente.

¡Tú, vieja herida nuestra!

¡Dolor nuestro!

¡Nuestro único amor!







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