Palabras del excmo. Sr. Don manuel lobo cabrera, rector magnífico de la universidad de las palmas de gran canaria en el acto académico de investidura de nuevos doctores



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PALABRAS DEL EXCMO. SR. DON MANUEL LOBO CABRERA, RECTOR MAGNÍFICO DE LA UNIVERSIDAD DE LAS PALMAS DE GRAN CANARIA EN EL ACTO ACADÉMICO DE INVESTIDURA DE NUEVOS DOCTORES (FESTIVIDAD DE SANTO TOMÁS DE AQUINO).
SÁBADO, 27 DE ENERO DE 2007.

Dignísimas autoridades,

Miembros de la comunidad universitaria,

Señoras y señores:



Hace hoy 11 años que se instauró en esta Casa de Estudios este acto académico, precisamente a iniciativa de quien les habla, siendo Vicerrector de Investigación, cuando se cumplían 6 años de la creación de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria. Desde entonces, de forma sencilla y entrañable, pero a la vez solemne y ritual, la conmemoración de Santo Tomás de Aquino se ha convertido en una de las tradiciones académicas más arraigadas en nuestra comunidad universitaria, en una fiesta recuperada para el reconocimiento y la gratitud a cientos de universitarios que, desde el ejercicio de sus responsabilidades investigadoras y sintiéndose eslabón de una cadena institucional, han puesto al servicio de la Universidad lo mejor de sí mismos para engrandecerla y prestigiarla.
Festividades como éstas –como he repetido en otras ocasiones— son más para ser vividas que para ser glosadas. De ahí que mi intervención quiera estar despojada de mensajes profundos y altisonantes, más propios de otras ocasiones, para acercarse más al ámbito de las emociones y de la convivencia entre los universitarios y la sociedad. Y hablando de emociones, vaya por delante, como es de justicia, mi agradecimiento a todos ustedes, que con su presencia hoy aquí han querido testimoniar el aprecio personal e institucional que la Universidad les merece.
Algunos pudieran pensar que hoy, al ser quizá el último acto en que me presento ante ustedes vestido con los distintivos de rector, pudiera caer en la tentación de hacer autobombo, algo que parece estar tan de moda en nuestros tiempos. Pero aquí hemos venido sobre todo a festejar los logros de los nuevos doctores y de los premiados por sus recientes investigaciones o su trayectoria investigadora, que son los protagonistas principales de esta fiesta; y también a tributarles el reconocimiento público que se merecen por su dedicación y esfuerzo, en compañía de sus familiares y amigos, de los compañeros de la comunidad universitaria y de los representantes sociales.
Procuraré, pues, no salirme del guión previsto, porque como diría Voltaire “El secreto para aburrir a la gente es contarlo todo”, y les aseguro que no pretendo aburrirles. Mis palabras no van a ser muchas; solo las suficientes para transmitirles una reflexión, a modo de apunte, sobre el importante avance que se ha producido en nuestra contribución al conocimiento científico, precisamente en este año dedicado a la ciencia, coincidiendo con el primer centenario de la creación de la Junta de Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, una “institución que fue la gran dinamizadora de la ciencia española durante las primeras décadas del siglo XX”.
Debemos de estar de enhorabuena por esta acertada nominación de 2007 como “Año de la Ciencia”. El objetivo que se pretende con ello es sensibilizar a toda la sociedad, y muy especialmente a los jóvenes, de la importancia de apoyar y participar en los avances de cualquier rama del saber. El “Año de la Ciencia” será el marco para el desarrollo conjunto de iniciativas y actividades orientadas a transmitir a todos los agentes sociales, y sobre todo a los universitarios, que la ciencia, en todos sus aspectos, constituye un componente esencial e imprescindible en nuestra vida cotidiana, y que todos tenemos el compromiso y la obligación de promover cuantos avances científicos y técnicos contribuyan a satisfacer las necesidades, el bienestar y la calidad de vida de los ciudadanos.
Este planteamiento tan de actualidad viene al pelo en la celebración de nuestro patrono, Tomás de Aquino, ejemplo de pensador consecuente en los tiempos difíciles de una tradición que en Italia evolucionaba hacia actitudes y paradigmas precursores del Renacimiento. Aglutinador, como pocos, en pretendida síntesis, de realidades aparentemente opuestas: la razón y la creencia, las ideas y las cosas materiales, lo viejo del espíritu medieval y lo nuevo de los humanistas; buscador, en una palabra, de la verdad, mediante la generación y transmisión rigurosas del saber y del conocimiento, su figura se nos ofrece a los universitarios de cualquier tiempo y latitud como paradigma de una actitud comprometida y responsable ante la ciencia y, por ende, ante la vida misma. Permítanme que resuma en tres palabras la magnitud de la obra del santo de Aquino: “Contemplata aliis trajere” (es decir: transmitir a los demás la verdad adquirida por la investigación). Los que nos dedicamos a la Universidad bien sabemos que el conocimiento es tradición e innovación, es continuidad y cambio al mismo tiempo, pues no es posible generar nuevo conocimiento sin partir del ya adquirido. Lo actual y lo tradicional es, pues, tan propio de la universidad como de la vida misma, tal como recogiera el escritor Carlos Fuentes cuando dice:
continuar la tradición dentro del cambio y ejecutar el cambio sin violentar la tradición”.
Esto es lo que hacen nuestros investigadores a diario en sus despachos y laboratorios, contribuyendo al avance científico, y afortunadamente en nuestra Casa se produce cada vez más y mejor ciencia. El Vicerrector de Investigación, al presentar la Memoria del año pasado, ya nos ha ofrecido unos datos que nos permiten calibrar la aportación real que hace nuestra Universidad en todas las áreas de conocimiento. Por la inmensa satisfacción que me produce, no puedo dejar de comentar, aunque sea brevemente, unos pocos resultados, reveladores del espectacular crecimiento que ha conocido la investigación hecha en la ULPGC durante este último período.
Se han leído en estos 9 años casi 700 tesis doctorales, una media de 76 nuevos doctores por año. Se ha dado la vuelta a la relación entre doctores y no doctores en nuestro profesorado, de forma que ahora el 60% de nuestra plantilla docente la constituyen doctores. Se ha creado una estructura estable y flexible para la investigación, integrada por casi 150 grupos a los que están adscritos cerca de 1.000 investigadores, y además, esa estructura se ha dotado de un sistema de incentivos presupuestarios que estimula la producción científica. Se ha incrementado notablemente la captación de recursos externos para proyectos de investigación competitivos, que ha pasado de 1,8 a 6,3 millones de euros, así como la colaboración con empresas e instituciones a través de la Fundación Universitaria y los proyectos que permiten incorporar cada año nueva infraestructura científica. Se ha pasado de conceder 170 becas de investigación a casi 500 entre todas las modalidades existentes, y se ha triplicado la financiación destinada al plan propio de Formación del Personal Investigador. Se ha convertido en realidad el Parque Científico Tecnológico, al haberse construido 5 nuevos edificios y dejarse proyectados, para su inmediata construcción, otros 3 más. Y sobre estos sólidos cimientos, se ha multiplicado la producción científica de nuestros investigadores, que ya presentan unas 1.400 contribuciones a congresos y lanzan unos 1.100 nuevos títulos de publicaciones al mercado editorial cada año.
Con estos datos en la mano es para sentirse orgullosos. Y yo hoy no puedo menos que sentirme orgulloso, orgulloso de haber contribuido a hacer posible esta realidad desde una labor de gobierno, y orgulloso también de la aportación que hacen nuestros investigadores, mis queridos colegas, al quehacer científico. Porque detrás de cada acción o decisión de gobierno y detrás de cada ponencia presentada o artículo publicado hay tal cúmulo de esfuerzos y empeños, de costes y sacrificios personales, que, aunque por momentos parezcan imposibles de afrontar, luego compruebas que realmente han merecido la pena, cuando al cabo del tiempo puedes ver los frutos alcanzados tras la ardua brega del día a día. Así es la Ciencia, y así es la gestión de la Universidad, como la propia vida, en la que solo el tiempo acaba dando la medida real de nuestros esfuerzos personales y colectivos.
El objeto de este día es festejar esta fecunda y enriquecedora realidad que está ya sólidamente asentada en nuestra Universidad. Y ustedes, los nuevos doctores y los premiados, son la expresión más nítida de todo ello. Por eso la Universidad quiere hacerles patente su reconocimiento. Se lo hace a los estudiantes de Tercer Ciclo que han concluido sus estudios con la defensa y lectura de su tesis doctoral, momento crucial donde los haya en la vida de un universitario. Se lo hace también a aquellos a quienes se les ha reconocido, con la entrega de los premios a las mejores tesis, la obtención de unos resultados de la máxima calidad, demostrando un nivel de aprovechamiento excepcional. Estos premiados han sido los mejores doctorandos y la Universidad y la sociedad han de saberlo y reconocerlo. Y junto al reconocimiento personal, se constata la apuesta decidida de la institución, tal como se nos reconoció en la reciente evaluación europea, por consolidar sus plantillas docentes, pues el título de doctor es una necesidad que requiere tanto del esfuerzo individual como del colectivo. El acceso al doctorado y la consecución del título de Doctor capacita para ser profesor universitario con pleno reconocimiento académico y posibilita continuar la ardua pero gratificante labor de la investigación en todos los campos del saber, que han de ser exigidos como un deber de cuyo cumplimiento hay que dar cuenta sin ningún tipo de excusas a la sociedad.
Responsabilidad, esfuerzo y compromiso es, a fin de cuentas, lo que se reconoce en la entrega de distinciones a estos nuevos doctores, a quienes felicito de corazón, con el deseo de que encuentren en la sociedad un lugar adecuado a su esfuerzo. Y también felicito a sus directores y a sus familiares, que se sienten hoy orgullosos de la imposición que la Universidad les ha hecho, percatándose de que todo lo sufrido a lo largo del camino –las estrecheces, las angustias, los disgustos, los malhumores (ustedes lo saben bien)— han merecido la pena.
También hemos asistido al reconocimiento que la Universidad le hace al profesor Doctor Ginés de Rús Mendoza por su dilatada trayectoria universitaria y específicamente investigadora. Todos sabemos que las grandes empresas (y la Universidad lo es) se han llevado a cabo con el esfuerzo solidario de muchos anónimos participantes (y lo digo no porque se desconozcan sus nombres, sino porque no son propensos a la exhibición pública), a quienes la institución, con generosidad, ha de mostrar su público agradecimiento. Al fin y al cabo, esta entrega es un ejercicio de agradecimiento a un universitario con reconocimiento internacional en su campo de estudio que en la plenitud de su vida sigue dando lo mejor de sí mismo al servicio de los universitarios y de la sociedad. Una universidad como ésta, que siendo joven está ya madura, necesita de personas como el profesor De Rús, que más allá de las aulas y de los despachos, se distingue por su forma de ser y de estar, de vivir y de actuar sin estridencias ni alharacas, con humildad y eficacia.
También es este un día para aprender. Por costumbre solemos invitar a este acto a una persona ajena a nuestra Casa, pero de gran valía dentro del mundo científico, para que comparta con nosotros nuestras alegrías por Santo Tomás y nos infunda a todos un nuevo aire en este Paraninfo. En esta ocasión nos acompaña la Doctora Doña Victoria Camps, catedrática de Filosofía Moral y Política de la Universidad Autónoma de Barcelona, a quien agradecemos su grata presencia y sus doctas palabras, que son un excelente epílogo para aquellos que seguimos creyendo que el pensamiento es una poderosa arma –un arma nada destructiva, sino creadora— para el debate franco e integrador en estos tiempos tan inciertos que nos toca vivir.
Sí, la vida en nuestros días ha ido adquiriendo cada vez mayor complejidad. Y la Universidad no iba a ser menos. Ahora estamos inmersos, con la convergencia europea tocando a nuestras puertas, en un profundo proyecto de reforma y cambio, del cual a veces no atisbamos a ver el final. Pero ese proyecto no es unidireccional: hay factores importantes que lo impulsan y problemas (siempre aparecen problemas) que lo agostan. El acelerado cambio tecnológico, la internacionalización de la cultura, la compatibilidad entre la exigencia de la calidad y la generalización de las enseñanzas, la flexibilización del sistema universitario, la mejora de la docencia y de los procedimientos de gestión, la eficacia y eficiencia en la asignación de recursos, y otras muchas cuestiones más están condicionando ese proceso crucial que condicionará nuestro futuro.
Tenemos, queridos compañeros de la comunidad universitaria, un doble peligro que vencer ante todo esto. De una parte, el de quienes, abrumados por la magnitud del empeño, encerrados en un conservadurismo obsoleto y acomodados en posturas fatalistas, prefieren que no cambie nada y se abandonan al pasotismo pesimista y la fácil dejadez. De la otra, el de quienes, quizá deseosos de alcanzar una rápida notoriedad o contagiados por la demagogia fácil que todo lo reduce a diagnósticos severos, tienen en sus manos las soluciones para todo y todo lo pretenden resolver con cómodas recetarios del tipo “la culpa es de esto…” o “la solución está en lo otro…”.
En este día de Santo Tomás, en el que cultivamos la faceta más creativa del conocimiento, que es la que parte de lo ya sabido para saber más, me gustaría hacer un llamamiento a la responsabilidad, para acabar con esos peligros que nos acechan. Aunque inmersos en un mar grande y extenso, cada uno desde su oficio y desde nuestra Universidad puede hacer mucho para que las cosas se encaucen bien, si de verdad se quieren cambiar, y apostar decididamente por Europa, por la Europa del conocimiento, que es apostar por lo universal. Porque posibilidades hay muchas, pero hay que calibrarlas bien, pues tal como señalara Fernando de los Ríos:
Una Universidad es una conducta, una inspiración,

una manera de situarse colectiva

e individualmente ante la vida.

La cultura es, sobre todo, como dice uno de nuestros intelectuales, comportamiento cotidiano, que refleja la forma de ser de cada cual, el resultado de sus percepciones y reflexiones, la elección íntima entre las distintas opciones que la mente elabora, la respuesta personal a las cuestiones esenciales, el fruto en cada uno del conocimiento adquirido. La cultura es un mar de recuerdos, significados e ilusiones futuras en el que nadamos durante toda la vida. Nademos, pues, hacia la cultura, pero no a contracorriente, que es una manera muy difícil de nadar.


Concluyo ya, casi al tiempo que concluye mi mandato. En breve, cuando se cierre el proceso electoral que se ha abierto en nuestra universidad, acabarán mis responsabilidades al frente del gobierno de esta Institución. Por ello quiero aprovechar este acto de hoy para transmitirles mis sensaciones en estos últimos momentos como Rector.
Sosiego, sí, tal es la tranquila sensación que me embarga ahora mismo. Ha sido un honor servirles y contar con todo el apoyo que he recibido; ha sido hermoso poder hacer cosas para mejorar la Universidad; ha sido enriquecedor aprender todo lo que he aprendido, y ha sido más enriquecedor todavía hacer amigos para toda la vida. Y junto a todo eso, que no es poco, me invade el sentimiento del deber cumplido. Es una frase demasiado manoseada –ya lo sé—, pero es así, porque creo que hice todo lo que pude, y di de mí lo máximo que tenía, y además, estoy muy satisfecho con los resultados globales alcanzados, y lo digo sin ambages de ningún tipo, porque tengo la conciencia del trabajo bien hecho. Y a partir de ahí hemos de pedir disculpas, ya sea por lo que no hemos podido hacer o por los errores que hayamos podido cometer, que es de humanos tenerlos. Pues en este tiempo como Rector he aprendido a “repartir la razón” y a “compartir la verdad”, porque, como diría la poetisa Gioconda Belli:
Nadie puede evadir su responsabilidad.

Nadie puede taparse los ojos, los oídos, enmudecer y cortarse las manos.

Todos tenemos un deber de amor que cumplir.
Y les aseguro que he procurado cumplir con mi deber de amor a esta Universidad en todo momento.

Muchas gracias por su atención.








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