Paper La Renta Básica Universal y el hombre olvidado



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Australia

Aunque parece que se está perdiendo el apoyo público para que se dediquen más fondos a los beneficios sociales, el 40% de los australianos están interesados en que se gaste más en el sistema de seguridad social. Teniendo en cuenta que se proyecta que el 40% de los empleos en Australia desaparecerán debido a la automatización, parece haber un vínculo entre el respaldo a la seguridad social y la pérdida de empleos predicha.


¿Sueño utópico o plan fascinante?

El concepto de renta básica universal se aleja poco a poco de planteamientos utópicos y cobra fuerza en los círculos de discusión económicos, impulsado por un mayor conocimiento desde la ciudadanía.


La idea de una renta básica cuenta con dos grandes variables, que cabe diferenciar para no caer en equívocos. La primera es la universal, en la que todos los ciudadanos, sean pobres o ricos, reciben una misma cantidad de dinero por el simple hecho de ser residentes del país. Trabajen o no trabajen.
La segunda es condicionada. Tiene como objetivo garantizar unos ingresos mínimos para toda la población. 10.000 euros, por ejemplo. Si un trabajador gana más de esa cantidad, no recibe la renta. Si gana menos, recibe un complemento hasta el mínimo.
¿Es factible?
En términos generales, como en cualquier tema, hay voces a favor y en contra de la renta básica universal. El economista Miquel Puig directamente la ve irrealizable y plantea dos grandes obstáculos. El primero, el presupuesto necesario. “Es un importe muy elevado que tendría que pagar la clase media”. Además, afirma que no se puede implementar en países con gran heterogeneidad cultural o étnica. “Al final, de manera subconsciente se cree que los que pagan son unos y los que se benefician son otros”. En Estados Unidos la clase media-alta blanca piensa, en ciertos casos, que mantiene con subsidios a los afroamericanos y latinos, ejemplifica. Un planteamiento que, según entiende, se reviviría con una renta básica universal. (La Vanguardia - 19/9/16)
El segundo problema que cita es saber quién se beneficiaría. Para Puig, si España, Francia o Alemania tirasen adelante la propuesta, verían cómo llegan ciudadanos de países con menores ingresos como Rumanía, Bulgaria o Hungría para beneficiarse. “En un país de la Unión Europea no se puede discriminar, va contra las reglas comunitarias, por lo que establecer una renta básica universal generaría una inmigración muy grande entre los países miembro”.
Daniel Raventós, presidente de Red Renta Básica, asociación que plantea y difunde su viabilidad, desmonta esos argumentos. Respecto al coste, ha sido partícipe de un estudio en el que se demuestra la posibilidad de una renta básica universal en España gracias a una reforma del IRPF y del ahorro en otras prestaciones. La intención es que sirva para vivir por encima del umbral de la pobreza, lo que permitiría erradicarla.
El umbral de la pobreza sería el baremo para calcular una renta básica universal en España. Para un hogar con una persona, la barrera son los 8.011 euros. Para una familia de cuatro miembros, es de 16.823 euros. (INE)
el umbral de la pobreza sería el baremo para calcular una renta básica universal en españa. para un hogar con una persona, la barrera son los 8.011 euros. para una familia de cuatro miembros, es de 16.823 euros.

En cuanto al “efecto llamada” de personas del exterior, lo rebate con el ejemplo de Euskadi. “Cuando se discutió por primera vez implantar una renta para los más desfavorecidos en Euskadi, la primera comunidad del estado que lo implantó, los críticos decían que vendrían a la comunidad todos los pobres del resto del Estado. Se implantó… y no vino nadie”. Moverse cuesta dinero, argumenta. Para evitar movimientos internos a nivel europeo, se pregunta: “¿No sería un buen motivo para implantar la renta básica universal en toda la Unión Europea?” Por encima de todo, defiende su necesidad: “Estamos en una situación en la que cada vez más se están degradando las condiciones de vida y trabajo de una parte importante de la población. Es una medida que daría una respuesta más o menos inmediata a esto”.


Fábrica de desempleados
Los críticos de la renta básica universal plantean que la gente, al tener asegurados unos ingresos que garanticen una vida digna, dejaría de trabajar. Las fuentes consultadas coinciden en que no sería así. “No hay una evidencia clara de que fomente la desocupación”, indica Sergi Jiménez-Martín, del departamento de Economía de la Universitat Pompeu Fabra (UPF), que se apoya en implementaciones a escala local.
Seguir trabajando

Para mayor demostración, datos. La consultora alemana Dalia llevó a cabo una encuesta sobre la renta básica universal a 10.000 personas en 28 países de la Unión Europea. El 64% de los europeos votarían a favor de una renta básica y solo un 4% dejaría de trabajar si se instaurara.


Aun así, Jiménez-Martín es conservador y expone que “está por ver qué consecuencias tiene recibir esta renta sobre el comportamiento de las personas, qué le ayuda, qué no le ayuda”. “Puedes plantear si recibir el cheque y ya está -que se lo gasten como quieran- o incentivar programas de inclusión. Pero se debe aceptar que siempre habrá un pequeño porcentaje que no quiera saber nada de inclusión”, prosigue.

Para Raventós, con la renta básica universal no solo no se fomentaría el desempleo, sino que se terminaría con la denominada ‘trampa de la pobreza’ que encierran los subsidios. “El subsidio de desempleo lo recibes si no tienes trabajo. Esto genera la ‘trampa de la pobreza’: recibir un subsidio condicionado a no recibir otra fuente de rentas”, dice. Así, pueden convertirse en un condicionante que lleve a rechazar trabajos, ya que si se los acepta se pierde el subsidio. Es algo así como un más vale pájaro en mano que ciento volando. El desempleado que recibe un subsidio puede rechazar un trabajo ante la premisa de que lo despidan a los dos meses y tenga que volver a hacer todo el trámite para recibir la percepción por desempleo, lo que puede hacer que esté un mes sin ingresos y sin poder pagar las facturas, razona Raventós.


Los robots, ¿el mejor aliado?
Más que el deseo de los gobiernos de implementar una renta básica universal, el detonante que permita que se haga realidad puede ser el empuje de la digitalización. En un futuro, es posible que la robotización del trabajo deje a millones de personas sin empleo e ingresos. Una sociedad sin consumidores. Ahí tendrán que actuar los gobiernos, lanzando algo similar a la renta básica universal para garantizar la vida digna de la población.
Los informes que alertan de la futura destrucción de empleos por la robotización son cientos. El más citado, elaborado por Carl Frey y Michael Osborne en la Universidad de Oxford, afirma que el 47% de los empleos de Estados Unidos se perderán por la automatización en un máximo de dos décadas, algo extensible al resto del mundo occidental. La OCDE rebaja el riesgo al 9%. Argumenta que el proceso será lento y costoso.
La robotización creciente

Según un estudio de la Universidad de Oxford, el 47% de los empleos en Estados Unidos están en riesgo de ser automatizados en un periodo relativamente cercano

En cualquier caso, la humanidad podría ver cómo se cumple una amenaza que ya enarbolaron los ludistas en el siglo XIX. “Las máquinas nos dejarán sin empleo”, decían. La historia demuestra que no fue así, como tampoco fue así con sucesivas etapas de innovación tecnológica aplicada a la empresa, dice Puig.
Esta vez parece ser diferente. “Por primera vez en la historia se destruirán más trabajos de los que se crearán. En esta salida de la crisis la recuperación del nivel de producción no se traduce en una recuperación de la ocupación”, analiza Xavier Ferràs, decano de la Universitat de Vic (UVIC). “La pérdida de empleos será muy superior a los empleos que se puedan crear con la industria robotizada”, avanza. “Hasta ahora los robots eran una herramienta, ahora son sustitutos. Ya no se trata solo de suplir al operario, sino que toman decisiones, incluso a nivel de dirección, definiendo inversiones”, agrega.
Ese balance neto de pérdidas de trabajo lo apoya Raventós. Pero no lo secundan ni Puig, que mantiene que la robotización “hace perder muchos empleos a corto plazo, pero a largo plazo la capacidad de inventar nuevos trabajos es ilimitada”, ni Jiménez-Martín, que considera que “desaparecen trabajos y aparecen nuevos”. Incluso no lo ve “como un elemento clave para acelerar la renta básica universal”.

¿A qué se espera?


Si la amenaza de la pérdida masiva de empleos es real, su asimilación presupuestaria es mínimamente factible y se erradicaría la pobreza, ¿a qué se espera para imponer la renta básica universal? Es tan sencillo como que no todos pueden hacerlo, al menos de momento. Vuelve a asomar el coste para las arcas públicas.
Para Ferràs, de la UVIC, “sólo una economía extremadamente competitiva puede permitírselo”. “Lo primero que hay que hacer es crear una economía rica, intensiva en gasto en I+D o en digitalización”. Pocas naciones responden a ese perfil. Una de ellas es Suiza. Allí, hace apenas unos meses los ciudadanos rechazaron una renta básica universal de 2.260 euros mensuales. Los impulsores valoraron más que un 23% se mostrara a favor que el hecho de que el 77% votara en contra. En su opinión, se puso el tema en el centro del debate público y ganó notoriedad. Uno de los argumentos de peso de la campaña del “no” fue el elevado coste de la medida.
A nivel español, “los que tienen la capacidad de financiar una renta básica universal son el Gobierno de España, Navarra y el País Vasco”, las dos últimas por su régimen fiscal diferenciado, dice Raventós. A niveles locales, es inviable por la limitación presupuestaria: “un ayuntamiento, por potente que sea, no puede hacerlo”. Ferràs recuerda que con el actual sistema económico tampoco se va en buen camino: “si vamos derivando en un modelo de “economía low cost” con salarios bajos el camino es el contrario”. Por eso, no ve factible una renta básica universal hasta dentro de veinte o treinta años.
El economista Miquel Puig insiste en su posición. “La renta básica universal puede parecer algo bonito, algo atractivo, pero es incompatible con la sociedad en la que vivimos”. Se muestra más cercano a un modelo de Estado del bienestar como el actual.
Lo único cierto e innegable es que el debate sigue abierto. Con argumentos a favor y en contra, la renta básica universal es cada vez menos utópica, pero no por ello está más cerca de producirse.

En el fondo, todo depende de la voluntad política. Pero los políticos “son los últimos en enterarse de los cambios importantes”, concluye Raventós. Hasta entonces, la idea de tener ingresos sin trabajar seguirá aparcada.


Invitación al debate (dirigido al lector): “por la suerte que nos trae”…

¿El Estado debía desechar beneficios y pagarle a cada ciudadano una renta básica universal? ¿Sería una buena manera de replantear el futuro?

¿En un nuevo mundo donde los robots harían un montón de trabajo, la RBU podría tener sentido?

Si va a haber menos empleos por la automatización en todo el mundo, ¿podrá la RBU evitar los estragos de ese futuro cercano?


¿La RBU podría beneficiar a la sociedad, ofreciendo más libertad de elección y tornado al sistema de bienestar social que conocemos en una reliquia del pasado?

¿Tiene la RBU el potencial de reducir la desigualdad?

¿La RBU destruiría el incentivo para trabajar? ¿Podría desmotivar a la sociedad?

¿La RBU es sostenible a largo plazo desde el punto de vista financiero?



- Alegaciones (decíamos ayer…)

En el Paper - “De la “histeria” del desempleo a la “histéresis” del fin del trabajo (¿too “insignificant” to fail?)” (Parte I), publicado el 15/8/16, sostenía:



- “Koyaanisqatsi”: el fin de toda razón (¿habrá llegado el momento de retrasar el reloj tecnológico?)

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En relación a este asunto, solo puedo hacer conjeturas. Y la conjetura es, que se hará cierto (lamentablemente) el pronóstico de “La sociedad 20:80 y el Tittytainment” (*), o qué debería hacerse con el 50% (o más) de la población de los “países avanzados” (ahora, “en vías de subdesarrollo”), que se quedará sin trabajo, en la era del avance tecnológico. Si no se tiene “memoria” (dignidad), al menos, que se tenga “capacidad de adaptación” (justicia).



La sociedad “20 a 80” y “tittytainment” (*)

En el libro: La trampa de la globalización. El ataque contra la democracia y el bienestar de Hans-Peter Martin y Harald Schumann 1998, realizan un alegato acerca de las paradojas que comporta el mundo global. La obra se abre con una atrevida predicción, la de que, en el próximo siglo, un veinte por cien de la población activa será suficiente para poder mantener en funcionamiento la economía mundial: la “sociedad 20:80”.

A partir de esta afirmación, la cuestión de peso que se plantea es averiguar cuál ha de ser el destino del ochenta por cien de la población activa restante. El entretenimiento, y la alimentación suficiente -dibujados tras el concepto de “tittytainment”- parecen ser los trazos esenciales del panorama que aguarda al grueso de la sociedad mundial del Siglo XXI.

¿Y el resto? “Sin duda, el 80% tendrá grandes problema” responde Jeremy Rifkin, autor del libro “El Fin del Trabajo”.

(*) (Zbigniew Brzezinski, quien fuera consejero del Presidente Jimmy Carter fusionó dos palabras inglesas para dar la solución: “tits”, que significa pecho, teta o mama, según nos suene mejor; pero no para resaltar el aspecto sexual, sino orientado hacia la alimentación, y “entertaiment”, entretenimiento: “tittytainment”)

La presión de la competencia global conduce a las empresas a desentenderse de la suerte de la población desocupada. Desestructurada la sociedad del bienestar, el voluntariado social toma el relevo en la responsabilidad de sostener un sistema que, generado por la era industrial y la sociedad de masas, ha hecho errar al hombre contemporáneo en su creencia de que por fin los logros esenciales de la condición humana están a su alcance.

Sin embargo, Martin y Schumann se revelan ante la idea de que la competencia que impone el sistema global sea interpretada y vendida a los medios como un acontecimiento natural, fruto de un progreso técnico y económico imparable. Son los gobiernos y los parlamentos los que han desarrollado políticas específicas que dejan las decisiones en manos del tráfico internacional de capital y mercancías.

Esta cesión, al amparo de la doctrina neoliberal, se vuelve irreversible y provoca la erosión de las viejas unidades sociales y de las formas de poder. La presión de la economía transnacional transforma la política en un juego impotente y deslegitima al Estado democrático. Los desempleados, superfluos para el sistema, gozan, no obstante, de una soberanía que, traducida al voto, se convertirá en un futuro no muy lejano en instrumento de cambios sociales imprevisibles.

El internacionalismo es, en esta sociedad de final de milenio, un concepto a revisar. Tradicional baluarte de la socialdemocracia, su principal abanderado es hoy el capital. La ciudadanía, hostigada por la carencia del empleo, observa con recelo la transformación de las fronteras, bajo el prisma de la inseguridad y de la identidad. En definitiva, la globalidad frente a la descomposición, al desorden, al conflicto y a la incertidumbre es la viva expresión de la naturaleza de la trampa global.

El tono pesimista queda roto en las breves páginas que cierran la obra, diez sugerentes ideas para superar, desde un resquicio dejado a la esperanza, la sociedad 20:80: una Unión Europea democratizada, cuya sociedad civil se fortalezca, bien podría ser el motor que diese aliento a una futura solidaridad internacional…



Nunca antes tan pocos habían engañado a tantos durante tanto tiempo -jamás

Se le exigió al mundo entero que cambiara su modo de vida en base a la fantástica invención de un grupo de políticos con ansias de “salvar” a la humanidad de una imaginaria catástrofe económica. Decían tener la Verdad en sus manos (en general, aconsejo a mis amigos que confíen siempre en quienes están buscando la verdad, pero desconfíen siempre de aquellos que dicen haberla encontrado).

Aseguraban que la desregulación, la privatización y el libre movimiento de capitales, servicios y mercancías (el de personas, nunca llegó, ni se lo espera) harían entrar a la humanidad en una era de progreso exponencial y continuado, como nunca se había vivido. Y además, desaparecerían los ciclos económicos (¿verdad, grandes bonetes del FMI?). Algunos profetas, hasta llegaron a proclamar el “fin de la Historia” (¿verdad, Profesor Fukuyama?).

“La globalización igualará el terreno de juego… la Tierra es plana… los Gobiernos y sus normas para el mundo laboral han perdido importancia… en marcha hacia una nueva civilización… contratamos a nuestra gente por ordenador, trabajan en el ordenador y son despedidas también por el ordenador”… Para los creadores de estas “genialidades” (dogmas, mantras), la visión de un ejército de parados, inimaginable hasta entonces, era una obviedad.

Ninguno de los altamente remunerados creadores de estos paradigmas (de los sectores de futuro y países de futuro) creía en la existencia de suficientes puestos de trabajo, decentemente pagados, en los tecnológicamente costosos mercados en crecimiento de los que hasta entonces fueron países del bienestar… no importa en qué sector.

Esa es la sociedad que hoy se está construyendo por encargo. Se les proporciona Ritalin, se les da una X-box con juegos de violencia e insinuaciones sexuales, mientras Facebook, You Tube, Twitter y los “sms” hacen el resto (a veces con la “inapreciable” colaboración del alcohol y las drogas). Zombis felices… Todos en la “nube”…

¿Por qué quiere alguien deliberadamente una sociedad idiotizada? Por una parte es mucho más fácil de controlar a alguien que no tiene conciencia de lo que sucede a su alrededor. Se ofrece futbol (u otros deportes) cinco noches a la semana para mantener a todos ocupados mientras que el saqueo de su riqueza continúa convenciéndoles que hacer hamburguesas en McDonald’s cobrando el salario mínimo es “empleo”.

Hay quien busca explicaciones más rocambolescas que aseguran que un movimiento sin precedentes como éste en tiempos sin precedentes como éstos puede llevar a una conclusión sin precedentes.

La Gran Recesión aceleró una tendencia que comenzó hacía tres décadas: deslocalización al extranjero, automatización del trabajo, conversión de empleos a jornada completa en temporales y contratas, debilitamiento de los sindicatos y obtención de reducciones de salarios y prestaciones de los trabajadores actuales. Internet y la informática lo han hecho más fácil.

La economía de EEUU es el doble de lo que era en 1980 mientras que el salario medio real apenas se ha movido. La mayor parte de los beneficios del crecimiento ha ido a parar a los niveles altos. A finales de los 70, el 1 por ciento de los estadounidenses más ricos cobraba el 9 por ciento de los ingresos totales. A principios de la Gran Recesión, esa cifra sobrepasaba el 23 por ciento. La riqueza está más concentrada.

Ése es el meollo del problema. La mayoría de estadounidenses ya no tiene el poder de compra suficiente como para que la economía vuelva a andar. Cuando estalló la burbuja de la deuda, se quedaron encallados.

Los beneficios empresariales están en alza, pero los empleos y salarios siguen estancados.

Las personas con activos financieros o cuyo talento es tenido en cuenta por las grandes corporaciones están disfrutando de una fuerte recuperación. Mientras tanto, la mayoría de los estadounidenses se esfuerza por ir tirando.

Las empresas no tienen la culpa, pues su objetivo es obtener beneficios. Ni tampoco es culpa de los ricos, que sólo han jugado según las reglas. El problema es que hay que cambiarlas.

Un futuro sin trabajo o con contratos basura para la mayoría de los estadounidenses es insostenible, también para las propias empresas del país, cuya rentabilidad a largo plazo depende del resurgimiento de la demanda nacional.

La solución es ofrecer al americano medio un trato económico mejor. Por lo tanto, deberíamos aceptar que los países puedan propugnar reglas nacionales -políticas fiscales, regulaciones financieras, normas laborales o leyes de salud y seguridad de los consumidores- y que puedan hacerlo levantando barreras en la frontera si fuera necesario, cuando el comercio ostensiblemente amenaza las prácticas domésticas que cuentan con un amplio respaldo popular. Si los impulsores de la globalización tienen razón, el clamor por protección no cundirá por falta de evidencia o apoyo. Si están equivocados, habrá una válvula de seguridad destinada a asegurar que los valores en pugna -los beneficios de economías abiertas frente a los réditos derivados de implementar regulaciones domésticas- sean escuchados de manera apropiada en los debates públicos.

Si el lector desea cambiar el término EEUU por el de Unión Europea, todo parecido con la realidad no será mera coincidencia…

¿Por qué falla la máquina de empleos?

Las empresas producen y ganan más, pero no aumentan su personal

He aquí algunos números del desempeño de las empresas y el mercado laboral en Estados Unidos que sirven de barómetros clave de la economía del país. En los últimos 10 años:

- La producción de bienes y servicios se ha expandido 19%.

- Las ganancias de las empresas que no pertenecen al sector financiero han aumentado 85%.

- La fuerza laboral ha crecido en 10,1 millones de empleos.

- El número de puestos de trabajo del sector privado, sin embargo, se ha reducido en casi dos millones.

- Y el porcentaje de adultos estadounidenses con trabajo se ha reducido a 58,2%, un nivel que no se había visto desde 1983.

En gran parte, eso ocurre porque la economía crece demasiado despacio o como para absorber la fuerza laboral disponible, y los sectores que suelen contratar en las primeras etapas de la recuperación -como la construcción y la pequeña empresa- se vieron paralizados por el descalabro del crédito.

También hay que considerar el factor de la confianza. Si los empleadores estuvieran seguros de que podrían vender más, contratarían a más personas. Si estuvieran menos inseguros de la durabilidad de la recuperación y otros factores, estarían más inclinados a incrementar sus niveles de contratación.

Hay, además, un fenómeno que precede a la recesión y que ha persistido a lo largo de ella. Se trata de los cambios en la forma en que funciona el mercado y cómo los empleadores ven a su fuerza laboral.

Los ejecutivos lo llaman “reducción estructural de costos” o “flexibilidad”. El economista Robert Gordon, de la Universidad de Northwestern, lo llama el surgimiento de “los trabajadores desechables”, una abreviación de una estrategia de las empresas para reducir costos laborales dondequiera que puedan, a un nivel sin precedentes.

El economista Alan Krueger, de la Universidad de Princeton, calcula que 70% de la escasez de trabajo actual es simplemente cíclica, el resultado de una decepcionante recuperación de una profunda recesión. Sin embargo, atribuye 30% a cambios en el mercado laboral que comenzaron una década atrás o más.

Consideremos lo siguiente:

En la recesión más reciente y en las dos anteriores -1990-91 y 2001- los empleadores han sido más rápidos a la hora de despedir empleados y recortar sus horas de trabajo que en las recesiones que las habían precedido. Muchos de ellos también fueron más lentos para volver a contratar. Como resultado, la “recuperación sin empleo” se ha convertido en la norma.

En el pasado, cuando los negocios se desplomaban, las empresas reducían personal y aceptaban menos trabajo por empleado. Durante la profunda recesión de principios de la década del 70, la producción estadounidense de bienes y servicios se redujo en 5% y el empleo en 2,5%. Los economistas trataban de comprender el “acaparamiento laboral”, la tendencia de las empresas a retener a los empleados que no necesitaban.

Pero ya nadie piensa así. Entre finales de 2007 (cuando el empleo estadounidense alcanzó su mayor pico) y finales de 2009 (cuando tocó fondo), la producción estadounidense de bienes y servicios disminuyó 4,5%, pero el número de trabajadores se redujo mucho más: 8,3%. El rompecabezas de hoy es entonces: ¿cómo y por qué los empleadores lograron aumentar la productividad, o la producción por hora de trabajo, como nunca antes durante la peor recesión en décadas?

En una época anterior, cuando más estadounidenses trabajaban en líneas de ensamblaje, muchos despidos eran temporales. Cuando el negocio se recuperaba, los trabajadores volvían a ser convocados, a menudo debido a garantías sindicales.

En el peor momento de la recesión de 1980-82, uno de cada cinco desempleados correspondía a un “despido temporal”. En la reciente recesión, la proporción de despidos temporales nunca fue superior a uno de cada 10. Eso se debe en parte a que menos estadounidenses trabajan en fábricas. Hoy, en cambio, si un restaurante no tiene suficientes clientes, quiebra.

“Cuando los despidos son temporales, las recontrataciones pueden realizarse muy rápido”, comentan los economistas Erica Groshen y Simon Potter, de la Reserva Federal de Nueva York. Cuando los despidos son permanentes, la recuperación del empleo es lenta, añaden. Si el empleador quiere contratar, debe embarcarse en la tarea de revisar currículos, lo que consume mucho tiempo.

Las empresas, con sus ojos fijos en el precio de las acciones y en las ganancias, valoran más que nunca la flexibilidad encima de la estabilidad. La recesión les demostró que podían hacer más con menos trabajadores de lo que muchos de ellos creían.

En una encuesta reciente a 2.000 empresas, McKinsey Global Institute, el centro de estudios de la enorme empresa de consultoría, encontró que 58% de los empleadores esperaba tener más trabajadores a tiempo parcial, temporales o subcontratados en los próximos cinco años y más de 21,5% trabajadores “tercerizados o externos”.

“La tecnología”, señala McKinsey, “permite a las empresas gestionar el empleo como un aporte variable. Con el uso de nuevos sistemas de programación de recursos, se pueden proveer de personal sólo cuando lo necesitan, ya sea por un día completo o unas pocas horas”.

Las agencias de ayuda temporal juegan un papel cada vez más importante, desde la provisión de personal fabril y administrativo hasta enfermeras e ingenieros.

También facilitan volver a recortar en tiempos difíciles. Los trabajadores, en pocas palabras, ahora pueden ser contratados “en el momento preciso”. Y aparentemente, muchos empleadores no creen que todavía sea el momento. Debido a que “pueden contratar personal temporal casi al instante, hay poca necesidad de contratar a la espera de una recuperación en los negocios”.

Cuando sí reclutan personal, las grandes empresas multinacionales con sede en EEUU están en mejor condición de y más dispuestas a contratar en el exterior, en parte porque los salarios son a menudo más baratos, pero también porque es allí donde están sus clientes.

En la década de los 90, las multinacionales incorporaron en EEUU casi dos puestos de trabajo por cada nuevo empleo fuera del país; en tanto que en la década siguiente, recortaron 2,9 millones de empleos estadounidenses, mientras que aumentaron 2,4 millones en el extranjero, de acuerdo con el Departamento de Comercio de EEUU.

Hal Sirkin, de Boston Consulting Group (BCG), afirma que el aumento de los salarios en China resta un poco de atractivo al país. En 2000, los salarios de los trabajadores chinos promediaron el 3% de los de sus contrapartes estadounidenses y la firma de consultoría espera que la cifra llegue a 15% en 2015. Sirkin predice que ello impulsará a muchos fabricantes a devolver el trabajo a EEUU. ¿Cuántos? Sirkin todavía trabaja en un cálculo.

Aun cuando el gobierno cuenta 4,68 trabajadores desempleados por cada puesto que se abre, algunos empleadores insisten en que no pueden encontrar empleados con las habilidades que necesitan a los salarios que pueden pagar.

Realidad o ficción

En toda Europa, Asia y América, las corporaciones nadan en efectivo, mientras su implacable búsqueda de eficiencia sigue generando enormes ganancias. Sin embargo, la porción de la torta que les corresponde a los trabajadores se está reduciendo, gracias al alto desempleo, a las jornadas reducidas de trabajo y a los salarios estancados.

Estados Unidos en los años 70, tenían 20 millones de empleos manufactureros, con una población total de unos 220 millones. A principios del año 2011, sólo se mantienen 12 millones de empleos en las fábricas norteamericanas, pero con una población total de 320 millones de habitantes. En los años 70, Estados Unidos controlaba el 28% de la fabricación mundial de bienes y China sólo el 4%. En enero de 2011 Estados Unidos produce el 20% mundial y China el 19%.

Paradójicamente, la realidad es que las mediciones de desigualdad de ingresos y riqueza entre países están cayendo, gracias a un crecimiento robusto constante en los mercados emergentes. Pero a la mayoría de la gente le importa más lo bien que le va en relación a sus vecinos que a ciudadanos de tierras lejanas.

Las causas de la creciente desigualdad en el interior de los países son bien entendibles, y ya han sido señaladas anteriormente. Vivimos en una época en la que la globalización expande el mercado para los individuos ultra talentosos, pero hace que la competencia deje afuera a los empleados comunes. La competencia entre países por individuos calificados e industrias rentables, a su vez, limita la capacidad de los gobiernos de mantener impuestos elevados a los ricos. La movilidad social está aún más afectada porque los ricos les brindan a sus hijos una educación privada y ayuda post-escolar, mientras que los más pobres en muchos países no pueden permitirse ni siquiera que sus hijos sigan yendo a la escuela.

En el siglo XIX, Karl Marx observó inteligentemente las tendencias de desigualdad en sus días y concluyó que el capitalismo no podía sustentarse políticamente de manera indefinida. Llegado el caso, los trabajadores se levantarían y derrocarían el sistema. Transcurrida la primera década del siglo XXI, aún se espera que llegue el caso…

Sin embargo, en un momento en que la desigualdad alcanza niveles similares a los de hace 100 años, el statu quo tiene que ser vulnerable. La inestabilidad puede expresarse en cualquier parte. Fue apenas hace poco más de cuatro décadas que los disturbios urbanos y las manifestaciones masivas sacudieron al mundo desarrollado, catalizando en definitiva reformas sociales y políticas de amplio alcance.

Sin embargo, sería un grave error suponer que la enorme desigualdad es estable siempre que surja a través de la innovación y el crecimiento. Lo que resulta evidente es que la desigualdad no es sólo una cuestión de largo plazo. Las preocupaciones sobre el impacto de la desigualdad de ingresos ya están constriñendo la política fiscal y monetaria en países desarrollados y en desarrollo por igual, a la vez que intentan abandonar las políticas de híper estimulación adoptadas durante la crisis financiera…

La desigualdad económica es un fenómeno que está ganando fuerza en todo el mundo, pero quizá donde tiene mayor repercusión mediática es en los países avanzados. Sin embargo, estos países son los que presentan una mayor distribución de los ingresos en sus sociedades. La función del sector público como distribuidor secundario de la renta parece fundamental para lograr esta mayor igualdad en los países desarrollados.

Así lo evidencia el World Economic Forum en un informe titulado “Inclusive Growth and Development Report 2015”. Los expertos que han realizado este informe, que aglutina 110 países, dividen estas naciones en “economías desarrolladas”, “ingresos medio-altos”, “ingresos medio-bajos” y “bajos ingresos”.

Para analizar las diferencias entre países se usa el coeficiente de Gini antes de impuestos y transferencias y después de impuestos y transferencias. En este índice, el cero significa que existe una igualdad perfecta (todos ingresan lo mismo), mientras que 100 representa lo opuesto (un ciudadano se lleva toda la renta del país).

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Como se puede ver en el gráfico anterior, en todas las economías avanzadas, salvo en Corea del Sur y Singapur, la desigualdad de ingresos después de impuestos y transferencias es reducida en comparación con el resto de esta muestra. Salvo Singapur, ningún país supera el número 40 en el coeficiente de Gini. Singapur, EEUU e Israel son los países con mayor desigualdad de ingresos después de impuestos y transferencias. Mientras que Islandia, Suecia y la República Checa con un índice de Gini inferior a 25, son los países con menor desigualdad de ingresos después de impuestos y transferencias. También se puede observar como Irlanda y Suecia tienen los sistemas fiscales que mejor redistribuyen la renta primaria.

Se puede observar una cierta correlación entre menor desigualdad (después de impuestos y transferencias) y mayor gasto público, como es el caso de Suecia, Noruega o Dinamarca. Sin embargo, países como la República Checa (42% de gasto público sobre el PIB) y, sobre todo, Australia (39% sobre el PIB) demuestran que con un gasto público menor pero más eficiente se puede luchar mejor contra la desigualdad. España con un gasto público de casi el 44% sobre el PIB es el ejemplo opuesto a los países anteriores, y es que reduce en menor cantidad de puntos el coeficiente de Gini a pesar de gastar más.

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Dentro de las economías consideradas de “ingresos medio-altos” hay países que parecen estar haciendo un buen trabajo para redistribuir los ingresos, como es el caso de Hungría, Polonia, Letonia y Lituania. Por otro lado, se puede observar algo muy llamativo, y es que dentro de este grupo hay tres países (China, Perú y Bulgaria) que presentan una mayor desigualdad de ingresos después de aplicar las transferencias y los impuestos. “Esto sugiere que esas naciones tienen un sistema fiscal con efectos regresivos”, señala el informe. Es decir, sus impuestos tienen un tipo impositivo que disminuye o se mantiene según aumenta la base imponible, las transferencias aumentan a medida que los ingresos son mayores o una mezcla de ambas.



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Por otro lado, las economías que corresponden a la categoría de “ingresos medio-bajos” presentan una desigualdad pre y post impuestos y transferencias, muy parecida. Son países que tienen sistemas fiscales muy poco desarrollados y por tanto no existe una redistribución secundaria de los ingresos sustancial. Ucrania destaca por ser el más igualitario con un coeficiente de Gini pre y post impuestos y transferencias, inferior a 30. En el lado opuesto aparecen Zambia o la India con coeficientes de Gini superiores al 50.



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Por último, las economía de “bajos ingresos” muestran una elevada desigualdad que en ningún caso es compensada por los sistemas fiscales de estos países, que son casi inexistentes al igual que en la anterior categoría. Kenia es el país que presenta una mayor redistribución, con un coeficiente de Gini de casi 50 respecto a la distribución primaria de los ingresos y un coeficiente que de 42 en la distribución secundaria. Tayikistán es el país menos desigual de este grupo mientras que Ruanda es el más igualitario.

Para concluir, en el apartado de desigualdad los economistas destacan que “la eficiencia en el gasto es muy importante. Más transferencias no resulta necesariamente algo bueno, los recursos pueden no estar orientados y canalizados de forma eficiente hacia donde más se necesitan. Con un sistema fiscal progresivo y programas con objetivos concretos, Australia y Nueva Zelanda demuestran que es posible lograr más con menos”.

La bomba de tiempo del desempleo juvenil

El mundo, dicen, está “sentado sobre una bomba de tiempo, social y económica”. El mundo está plagado de desempleo juvenil.

Los números son duros. En algunos países del mundo árabe hasta el 90% de los jóvenes en edades comprendidas entre los 16 y 24 años está desempleado. En EEUU el desempleo juvenil llega a 23%, en España al casi 50% y en el Reino Unido al 22%.

En todo el mundo hay 200 millones de desempleados. 75 millones tienen edades entre los 16 y 24 años, y cada año cerca de 40 millones de jóvenes están listos para entrar al mercado laboral.

Los líderes empresariales reunidos en el Foro Económico Mundial saben que las cifras son importantes: los jóvenes que estuvieron desempleados por mucho tiempo ganaran menos dinero durante toda su vida. Tendrán menos probabilidades de ser empleados. No tendrán las habilidades que las empresas necesitan. Es más probable que tengan problemas de salud a largo plazo. Y la situación puede degenerar en descontento social.

Hay un término para eso: la generación perdida. O como dice un profesor de una escuela de negocios “El desempleo es una porquería. El desempleo juvenil es peor aún. Los jóvenes perdieron la línea de visión hacia el futuro”.

Cifras duras

•200 millones de desempleados a nivel mundial

•75 millones con edades entre 16 y 24 años.

•90% de los jóvenes en países árabes no tienen trabajo.

•23% desempleo juvenil en EEUU.

•22% en Reino Unido

•50% en España

•Cada año 40 millones de jóvenes ingresan al mercado laboral.

A los jefes les preocupan estas cosas, hasta a los de corazón más frío, porque todo lo mencionado arriba cuesta dinero. Indirectamente, porque hay un menor demanda para sus productos y servicios; directamente, en costos de entrenamiento y de salud, e impuestos más altos.

Los organizadores del Foro Económico Mundial de Davos intentaron demostrar que su inmensa red -una combinación única de grandes empresas, gobiernos, activistas sociales y organizaciones no gubernamentales- puede hacer un esfuerzo para identificar qué causa el desempleo juvenil y si puede existir alguna solución rápida para atacar el problema, pero quienes hablaron señalaron que el problema desafía las soluciones simples.

Claro que todo desempleo tiene una cosa en común: la falta de demanda de trabajadores. Pero cada país, cada región tiene problemas diferentes. La automatización reemplaza muchos trabajos rutinarios, no sólo en los países desarrollados. Hay problemas estructurales, por ejemplo cuando es muy burocratizado contratar a alguien. También puede achacársele alguna culpa al sistema educativo, que falla en darles a los jóvenes las destrezas que se necesitan para trabajos en economías avanzadas.

Además están las destrezas vitales o la falta de ellas. Algunos jóvenes no conocen lo básico, desde vincularse con compañeros de trabajo hasta tener las habilidades empresariales fundamentales. También hay problemas culturales. Algunos países gradúan grandes cantidades de mujeres en la educación universitaria, sólo para negarles las oportunidades de trabajo, con lo que desperdician sus talentos.

¿Qué hacer?

Es un tema que se presenta una y otra vez: negocios, universidades y escuelas, gobiernos y organizaciones no gubernamentales, no logran comunicarse sobre qué es lo que necesitan y qué es lo que pueden lograr.

“El sector privado podría ser un elemento de cambio”, afirmó un participante, un activista de izquierda que trabaja en una campaña educativa. “Las universidades son simplemente muy lentas”, dice un industrial, “Si les digo que necesito graduados con diferentes destrezas, les toma dos o más años cambiar sus cursos. Para ese entonces la tecnología estará cambiando de nuevo”. Pero de todos modos, otro empresario advirtió que “una buena educación ya no te garantiza una buena vida”.

Sean del mundo árabe, de América del Norte o de América Latina o Asia, muchos ejecutivos lamentaron la falta de impulso empresarial y de destrezas básicas de negocios y la necesidad de una cultura donde el fracaso no sea celebrado. Un hombre que está a cargo de una empresa con varios cientos de miles de empleados en todo el mundo se quejaba de que “vivimos en un mundo en el que la creación de la riqueza no va paralela a la creación de trabajo. Esa otrora cercana conexión está rota”.

Mientras algunos sugieren la creación de grandes programas, con una inversión de US$ 50.000 millones en los próximos diez años para adiestrar gente en todo el mundo, otros proponen pasos más pequeños con mayor garantía de éxito…

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