Paper La Renta Básica Universal y el hombre olvidado



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- Análisis de la renta básica universal, a favor o en contra (megabolsa.com - 9/6/16)


(Por Ismael de la Cruz)

Para quienes no lo sepan, no es algo nuevo, de hecho existe desde el año 1986 una red europea, la Basic Income Earth Network (BIEN), cuyo objetivo principal consiste en avivar e impulsar el debate sobre su idoneidad.

Para tener claro el concepto, veamos algunas características de la renta básica universal:


  • Va dirigida a las personas y no a los hogares o familias.

  • El derecho a recibirla no exige ningún requisito, tan sólo el de ser ciudadano del país.

  • Son indiferentes las fuentes de rentas y de ingresos de cada persona. Por tanto, la renta la recibiría una persona que no tiene trabajo ni recursos, una persona con trabajo y sueldo, una persona millonaria.

  • No requiere una contraprestación laboral ni que la persona se encuentre en búsqueda activa de trabajo. Se paga por el mero hecho de ser persona y ciudadano.

Se especula mucho con el coste económico que ello supondría, se baraja alrededor del 21% del PIB anual, eso sí, siempre y cuando sólo se reparta a las personas mayores de edad, porque si no mejor ni hablamos del gasto que supondría. Claro, esa cantidad ingente de dinero ha de salir de las arcas públicas, de los propios ciudadanos, vía impuestos, por lo que la carga fiscal se incrementaría significativamente, en torno a un 55%.

También habría que tener en cuenta que supondría un efecto llamada en toda regla, los flujos migratorios jugarían un papel determinante en este tema. España pasaría a ser un destino preferente para los inmigrantes, sobre todo los de baja cualificación, que también tendrían derecho a la renta básica.

En este punto, incidir en que otra variante de la renta básica podría ser la de pagarse única y exclusivamente a las personas con nacionalidad española. Si bien es cierto que con ello se evitaría el efecto llamada de los inmigrantes y también el gasto económico sería más reducido, también lo es que la brecha de bienestar, calidad de vida y status social entre españoles y residentes no españoles se agrandaría más aún si cabe, produciéndose desigualdades de cierta índole.



Soy de la opinión de que si la renta es demasiado baja se convertiría en un subsidio gubernamental a las empresas, pero si es demasiada elevada creará una sociedad parásita y sin incentivos de ninguna clase. Por otra parte, si se reparte a todos conlleva un gasto enorme, pero si sólo se reparte a los necesitados se les estaría estigmatizando y marcando. Sí, un tema complejo y delicado.

Pero al principal efecto negativo que supondría (el enorme gasto económico que conllevaría), habría que añadirle un segundo efecto también muy preocupante: la falta de todo estímulo o incentivo para buscar empleo (por tanto para trabajar), para formarse (estudiando, realizando prácticas). Ello acabaría creando una sociedad zombi, en la que se fomentaría la vagancia, la desidia, la falta de realización completa como persona humana, el nivel cultural de la población se vería gravemente mermado, afectaría negativamente al crecimiento económico, a la creación de riqueza y al estado de bienestar, habría enfrentamientos entre las personas que trabajan (y pagan impuestos) y los que no trabajan y están en sus casas cobrando su sueldo sin hacer nada.

Los que están a favor esgrimen los siguientes argumentos:

  • Reduciría la pobreza.

  • Se reducirían los gastos sanitarios y ello favorecería la salud pública.

  • Bajaría la delincuencia, al menos la de pequeña escala.

  • Menos jóvenes se verían obligados a dejar los estudios al no tener que ponerse a trabajar.

Algunos expertos en la materia tan sólo verían razonable implantar una renta básica universal en el supuesto de que el avance de la tecnología y las máquinas destruyera buena parte de los empleos existentes, pero no es precisamente la situación actual, y en el caso de que fuese cierto, aún nos faltaría mucho tiempo para verlo.

Mi opinión es clara al respecto, estoy en contra, como bien decidieron más del 80% de los suizos. Es muy bonito, populista y demagogo decir que la financiación económica de la renta básica universal provendría de aumentar los impuestos a los ricos. Vamos a ver, seamos serios y no digamos tonterías. Los ricos jamás pagarían nada, son ricos, tienen medios, estructuras, los mejores asesoramientos profesionales, para evitar pagar más impuestos.

Como bien decía Thomas Sowell, “uno de los tristes signos de nuestros tiempos es que hemos demonizado a los que producen, subsidiado a los que rehúsan a producir y canonizado a los que se quejan”.

En Suiza celebraron hace pocos días un referéndum para ver si la población quería recibir una renta básica, trabajasen o no, de 2.250 euros mensuales. El resultado fue abrumador. Más del 80% se opusieron tajantemente. Recordemos que ya en el 2014 rechazaron también en referéndum poner salario mínimo de 4.000 euros mensuales, el más alto del mundo (el salario medio en Suiza en el 2015 ha sido de 84.545 euros al año, es decir 7.045 euros al mes, si hacemos el cálculo suponiendo 12 pagas anuales).

En Finlandia están estudiando la posibilidad de introducir una renta básica para sus ciudadanos mayores de edad, trabajen o no trabajen, sean pobres o millonarios, concretamente unos 800 euros al mes (el salario medio del país es de 3.300 euros, por lo que no daría para vivir).

Como no quieren jugársela, y me parece muy bien, comenzarían en el 2017 y con carácter temporal (duraría sólo dos años) y se aplicaría al 10% de la población. Luego evaluarían y analizarían para decidir si lo terminan implantando definitivamente para todos.

- ¿Puede una renta básica universal ayudar a los países pobres? (El País - 11/7/16)

(Por Pranab Bardhan)



La vieja idea de reestructurar el estado del bienestar con una renta básica universal incondicional últimamente ha despertado interés en todo el espectro político. Desde la izquierda se la considera como un antídoto simple y potencialmente integral para la pobreza. Desde la derecha se percibe como una forma de demoler complejas burocracias de asistencia social y reconocer simultáneamente la necesidad de ciertas transferencias sociales de una manera que no debilite significativamente los incentivos. También brinda cierta garantía ante el temido futuro en que los robots puedan reemplazar a los trabajadores en muchos sectores. Pero, ¿puede realmente llegar a funcionar?

Hasta el momento, la pregunta ha sido considerada principalmente en países avanzados y los números no parecen prometedores. Aunque -según se informa- Canadá, Finlandia y los Países Bajos están considerando actualmente la idea del ingreso básico, algunos economistas prominentes de países avanzados advierten que es algo ostensiblemente prohibitivo. En Estados Unidos, por ejemplo, entregar 10.000 dólares al año a cada adulto -una cifra inferior al umbral oficial de la pobreza para un hogar unipersonal- agotaría casi todos los ingresos fiscales federales del sistema actual. Tal vez haya sido ese tipo de aritmética el que llevó a los votantes suizos a rechazar abrumadoramente la idea en un referendo a principios de este mes.



¿Pero qué hay de los países con ingresos bajos o medios? De hecho, una renta básica bien puede ser fiscalmente posible -por no hablar de socialmente deseable- en lugares donde el umbral de la pobreza es bajo y las redes de seguridad social existentes son débiles y cuya administración representa una carga considerable.

Consideremos a la India, donde aproximadamente un quinto de la población vive por debajo de la línea oficial de la pobreza, que en sí es muy baja. Aunque los ciudadanos con tarjetas llamadas “bajo la línea de pobreza” son elegibles para recibir asistencia gubernamental, los estudios muestran que aproximadamente la mitad de los pobres no cuentan con ellas y que cerca de un tercio de quienes no son pobres sí las tienen.

Muchos otros países en desarrollo se enfrentan a problemas similares, donde los beneficios destinados a los pobres son asignados a personas en mejor situación y muchos de los destinatarios no los reciben debido a una combinación de connivencia política y administrativa y verdaderos desafíos estructurales. Evaluar los recursos económicos de la gente para saber si tienen derecho a las prestaciones puede ser muy difícil en un entorno donde el trabajo se concentra en el sector informal, principalmente en el autoempleo, sin contabilidad formal ni datos sobre los ingresos. En estas circunstancias, identificar a los pobres puede resultar costoso, corrupto, complicado y controvertido.

Una renta básica incondicional podría eliminar gran parte de este problema. La pregunta es si los Gobiernos pueden afrontarlo sin aumentar la carga sobre los contribuyentes ni socavar los incentivos económicos.

En la India, la respuesta puede ser afirmativa. Si cada uno de sus 1.250 millones de ciudadanos recibiera un ingreso básico anual de 10.000 rupias (149 dólares) -aproximadamente tres cuartos del umbral de pobreza oficial- el pago total representaría aproximadamente el 10 % del PIB. El Instituto Nacional de Finanzas y Políticas Públicas de Delhi estima que todos los años el Gobierno indio reparte mucho más que eso en subsidios implícitos o explícitos para mejorar a sectores de la población, sin mencionar las exenciones impositivas al sector corporativo. Si se descontinúan algunos o todos estos subsidios -que, por supuesto, no incluyen gastos en áreas como salud, educación, nutrición, programas de desarrollo rural y urbano, y protección ambiental- el gobierno podría obtener los fondos para ofrecer a todos, ricos y pobres, un ingreso básico razonable.

Si el Gobierno carece del coraje político para eliminar suficientes subsidios, quedan dos opciones. Podría tomar medidas para aumentar los ingresos fiscales, como mejorar la recaudación del impuesto inmobiliario (que actualmente es extremadamente baja), o reducir el nivel del ingreso básico que introduzca.



Lo que los Gobiernos no deben hacer es financiar un esquema de ingresos básicos con el dinero de otros programas clave de asistencia social. Aunque la renta básica pueda reemplazar algún gasto atrozmente disfuncional de la seguridad social, no puede sustituir, digamos, a los programas de educación pública, cuidado de la salud, nutrición preescolar o garantía de empleo en la obra pública. Después de todo, el ingreso básico aún estaría gravemente limitado y no hay forma de garantizar que las personas asignen una parte suficiente de él para lograr niveles socialmente deseables de educación, salud o nutrición.

Si se tienen en cuenta estas limitaciones, hay pocos motivos para creer que un programa de rentas básicas no funcionaría en los países en desarrollo. De hecho, los argumentos más frecuentes que se escuchan contra este tipo de esquemas distan de ser convincentes.

El principal inconveniente, según los críticos, es que el ingreso básico debilitaría la motivación para trabajar, especialmente entre los pobres. Dado que el valor del trabajo va más allá del ingreso, plantea esa lógica, esto podría presentar un problema grave. Los socialdemócratas europeos, por ejemplo, se preocupan porque una renta básica podría socavar la solidaridad entre los trabajadores que apuntala los actuales programas de seguro social.

Pero en los países desarrollados, los trabajadores del sector informal dominante ya están excluidos de los programas de seguridad social y ningún ingreso básico factible sería lo suficientemente significativo, al menos de momento, como para permitir que la gente simplemente dejara de trabajar.

De hecho, entre los grupos más pobres, las rentas básicas mejorarían la dignidad y los efectos del trabajo que fomentan la solidaridad al quitar cierta presión a quienes actualmente trabajan demasiado (especialmente a las mujeres). En vez de temer continuamente por su sustento, las personas autoempleadas, como los productores y vendedores de pequeña escala, podrían tomar decisiones más estratégicas y aprovechar su mayor poder de negociación frente a los comerciantes, intermediarios, acreedores y arrendatarios.

El argumento final contra el ingreso básico es que los pobres usarán el dinero para financiar actividades perjudiciales para ellos mismos o la sociedad, como el juego y el consumo de alcohol. Las experiencias con las transferencias directas de efectivo en diversos países, entre los que se cuentan Ecuador, India, México y Uganda, no ofrecen mucha evidencia de mal uso; por lo general, el efectivo se gasta en bienes y servicios que valen la pena.



Las propuestas de una renta básica universal imaginadas por los socialistas utópicos y libertarios pueden ser prematuras en los países avanzados, pero no se debe dejar de lado a esos esquemas en el mundo en desarrollo, donde las condiciones son tales que podrían ofrecer una alternativa asequible a los programas de asistencia social ineficaces y administrativamente difíciles de manejar. Los ingresos básicos no son una panacea, pero para los ciudadanos que trabajan en exceso y viven en la pobreza extrema en los países en desarrollo, ciertamente constituirían un alivio.

(Pranab Bardhan es profesor den la Escuela de Posgrado de la Universidad de California, Berkeley. Sus últimos dos libros son Awakening Giants, Feet of Clay: Assessing the Economic Rise of China and India y Globalization, Democracy and Corruption. Copyright: Project Syndicate, 2016)

- En vez de renta, capital básico (El País - 9/9/16)

(Por Reiner Eichenberger & Anna Maria Koukal)



La renta básica universal es una idea fascinante. Para sus partidarios es una especie de teología de la liberación. Sostienen que libera a las personas tanto de la dependencia de las rentas derivadas del trabajo como de la misma obligación de trabajar. Les permite emplear el tiempo que quieran en lo que quieran, y no hacer algo porque no les queda más remedio. Además, al menos a priori, la renta básica acaba con la trampa de los subsidios sociales: en el sistema tradicional de seguridad social europeo los beneficiarios de las ayudas sociales tienen pocos incentivos para trabajar. En cuanto encuentran un empleo, pierden la ayuda y pasan a generar unos ingresos por los que habrán de pagar impuestos. No es de extrañar que a mucha gente le cueste dejar las ayudas sociales. Desde esta perspectiva, la renta básica universal sería efectivamente algo bueno si funcionase. Pero ¿funciona?

La crítica más frecuente es que, si la cobrase, mucha gente dejaría de trabajar. Se trata de un temor infundado. La renta básica no alcanza ni de lejos para vivir como un rey. Por eso, los ingresos complementarios siguen siendo muy convenientes, y la motivación para trabajar, importante. Actualmente, una muestra de lo poco que influyen los ingresos “regalados” en la motivación para trabajar es que las personas que tienen rentas procedentes de su patrimonio comparables a la renta básica, o que son propietarias de una vivienda, y que, en consecuencia, tienen menos gastos por ese concepto, no trabajan menos que las personas sin patrimonio o sin vivienda.

El verdadero problema de la renta básica es otro: cuando es baja -por ejemplo, una décima parte de los ingresos medios-, ni da seguridad suficiente al receptor ni lo libra de la obligación de trabajar. Sin embargo, cuando es lo bastante alta, deja de ser financiable. Cuando no se financia mediante deuda y no es un simple ejercicio de redistribución desde los más ricos al resto de la población, para costearla, el ciudadano medio tiene que aportar más o menos la misma cantidad que recibe como renta básica. A primera vista esto no plantea ningún problema, ya que, aparentemente, para él no cambia nada. Sin embargo, las cosas no son así: al final, la renta básica se tiene que financiar a través de un impuesto sobre la renta o sobre el consumo. Para una renta básica equivalente más o menos al umbral de la pobreza, es decir, aproximadamente a la mitad de los ingresos medios actuales, se debería recaudar un impuesto complementario del 50% sobre cada euro ganado con el propio trabajo. A esto se añadirían los impuestos para las demás prestaciones públicas. Así, no se tardaría en llegar a tipos impositivos medios sobre las rentas del trabajo del 80% o más. O sea, que a los defensores de la renta básica no les salen las cuentas.

De esto se podría deducir que los que ganan más deberían soportar una cuota más alta. Pero tampoco esto funciona. Cuantas menos personas lleven la carga, más alto tendrá que ser su gravamen. Sin embargo, como es sabido, los aumentos de impuestos por encima de entre el 60% y el 70% no generan más ingresos. Los incentivos negativos contra el trabajo asalariado y a favor de la evasión fiscal legal e ilegal son demasiado fuertes.

Muchos partidarios de la renta básica reclaman que se financie mediante el IVA. Pero estas cuentas tampoco cuadran, ya que, entonces, las tasas del impuesto se disparan. Para tener suficiente financiación el IVA fácilmente tendría que llegar a un 50% o más solo para ese fin, así que la idea está muerta.

Por eso, algunos defensores de la renta básica universal sostienen que no tendrían que percibirla todos los ciudadanos y, al mismo tiempo, cobrarles un impuesto complementario, sino que la renta se debería ajustar a los ingresos procedentes del trabajo. Es decir, quien disponga de ellos no debería percibirla, o bien tener una renta reducida. Pero esto no es más que una falacia, ya que, al final, el ajuste viene a ser un gravamen, camuflado pero muy elevado, sobre los ingresos obtenidos por el propio trabajo. Además, la idea se devora a sí misma: la renta básica deja de ser incondicional porque solo reciben el dinero quienes ganan menos de lo que cobran por la renta, así que en este supuesto la idea está más que muerta.

Si la renta básica es incondicional, surge otro problema: ¿qué se debe hacer con los recién llegados, o con los que emigran al país precisamente debido a la renta básica? La única manera de responder es introducir condiciones. De este modo, lo que era una renta básica incondicional se convierte en discriminatoria.

A veces se alega que en países en desarrollo, e incluso en países de la UE, se han hecho experimentos con buenos resultados. No es verdad. Los experimentos solo ponen de relieve si los participantes quieren cobrar la renta básica y en qué medida siguen trabajando. El resultado es que los que colaboran están contentos de recibir el dinero, y que, en la mayoría de los casos, siguen trabajando como es debido. No resulta muy sorprendente. Sin embargo, se pasa por alto la cuestión fundamental: los participantes no tienen que asumir los costes de la renta básica, sino que los directores del experimento les pagan. Pero una renta básica realista la tienen que costear sus propios beneficiarios. Así pues, un experimento significativo no debería indagar si la gente quiere dinero gratis, sino si quiere financiarlo ella misma. Tras un intenso debate, cerca de un 68% de los suizos votó en contra de implementar este modelo en el referéndum de junio.

En definitiva, la renta básica no funciona. A pesar de ello, hay que encontrar medios contra la trampa de la ayuda social que sean eficaces, pero también financieramente viables. Podemos aprender mirando a las familias y la relación que los progenitores establecen con su descendencia. Prácticamente a nadie se le ocurre la descabellada idea de pagarles a sus hijos una renta vitalicia. En cambio, muchos padres les dan un capital inicial del que sus hijos pueden vivir si llegan malos tiempos, o con el que pueden pagar sus estudios. Esta fórmula se podría trasladar al Estado. Todos los jóvenes de 20 años, independientemente del tiempo que lleven en el país, deberían recibir del Estado un capital básico equivalente, por ejemplo, a dos veces el salario medio anual, que tendrían derecho a utilizar de acuerdo con una normativa estatal. Así, si fuese necesario, se podría cobrar durante cuatro años una renta básica equivalente a la mitad del salario medio para poder financiar así los estudios universitarios u otra clase de formación profesional, o independizarse. De este modo se generarían incentivos perfectos para quienes hasta entonces hubiesen recibido ayudas sociales, porque entonces podrían quedarse con todos los ingresos procedentes de su trabajo. Además, se podrían aumentar las tasas universitarias y fomentar la competencia entre universidades, puesto que la ciudadanía dispondría de dinero para dedicar realmente a los estudios. La inmigración tampoco pondría en peligro el capital básico, ya que la cuantía percibida se podría adecuar al tiempo que hubiese vivido en el país en cuestión durante la infancia. De este modo, el capital básico podría solventar en gran medida la trampa de los subsidios y otros problemas sociales. Al mismo tiempo, la educación daría como resultado una redistribución de los medios más justa, más eficaz, y todo esto proporcionaría más igualdad de oportunidades. Además, el capital básico solo supondría una quinta parte de los costes de la renta básica: un ciudadano no recibiría entre 60 y 80 pagos anuales, como ocurre con la renta básica, sino solo 4. Así, el capital básico se podría financiar sin problemas y liberaría verdaderamente a las personas.

(Reiner Eichenberger es profesor de Teoría Económica y de Finanzas de la Universidad de Friburgo y director de investigación de CREMA (Center for Research in Economics, Management and the Arts). Anna Maria Koukal es colaboradora científica de la cátedra de Ciencias Financieras de la Universidad de Friburgo)

- ¿Algo a cambio de nada? (El País - 11/9/16)

(Por Loek Groot)

Pasada la edad de oro del capitalismo que siguió a la II Guerra Mundial, caracterizada por el pleno empleo, los responsables de las políticas sociales en Europa intentan desde la década de los setenta solucionar de forma definitiva el problema del paro. Y, debido a una serie de novedades simultáneas, la renta básica vuelve a estar en la agenda. El elevado desempleo que se prolonga desde que empezó la crisis financiera en 2007, el aumento de la desigualdad y la distribución desproporcionada de los beneficios de la globalización es el contexto de este resurgir de la defensa de una renta garantizada como alternativa al sistema actual. ¿Por qué intentar empujar al paro retribuido a todas las personas en edad de trabajar cuando las tasas de desempleo están en dos dígitos?

Hasta ahora se partía de la premisa de que todos debemos realizar algún trabajo remunerado, y que solo quedan exentos los que reciben unas ayudas sociales que, de una manera u otra, están relacionadas con ese trabajo remunerado (prestaciones por enfermedad, incapacidad, desempleo, ayudas sociales, pensiones o becas para estudiantes). Una renta básica sin condiciones que proporcionase unos ingresos mínimos a todo el mundo rompería el vínculo entre prestaciones sociales y trabajo remunerado. Por eso este planteamiento va en contra de la base ética del Estado de bienestar. Tal y como lo conocemos, este sistema otorga beneficios sociales de manera condicional, temporal y selectiva. Eslóganes como “quien no trabaja, no come”, “no se puede esperar algo a cambio de nada” y “la comida gratis no existe” expresan claramente ese principio ético en el que se sustenta el Estado de bienestar.

Pero la polarización de los empleos -caracterizada por el declive gradual de la proporción de puestos de trabajo propios de unos empleados de clase media-, el proceso de flexibilización del mercado laboral y la automatización del trabajo estimula el movimiento a favor de la renta básica. Esta proporcionaría a los trabajadores con jornada flexible y a los autónomos una protección literalmente básica de los ingresos que necesitan para lidiar con su sumamente incierta situación en lo que respecta a los gastos elementales de subsistencia.

Una renta básica digna -digamos, equivalente al 25% del PIB por habitante- es redistributiva, y los trabajadores con salarios bajos son los más beneficiados: en el sistema actual, los trabajadores de este grupo son contribuyentes netos, ya que no reciben prestaciones sociales y sí pagan impuestos. En el sistema de renta básica los impuestos que pagarían serían inferiores a la renta que recibiesen. En el caso de los trabajadores con remuneraciones altas ocurriría lo contrario, de manera que uno de los probables efectos de la renta básica sería que reduciría la desigualdad entre los trabajadores.

Otro ejemplo. Como sostiene Philippe van Parijs (filósofo belga, uno de los grandes defensores de la renta básica), unos ingresos garantizados en forma de eurodividendo (repartir una cantidad determinada de euros a cada ciudadano de la zona euro que podrá ser financiado, por ejemplo, con una parte del IVA) podrían contribuir a fortalecer el tambaleante euro como divisa, ya que se estructurarían las transferencias no tanto de ricos a pobres como de las regiones prósperas a las que están en bancarrota de la zona euro, lo cual, junto con la movilidad laboral, daría como resultado una mayor estabilidad de la divisa, de forma similar a lo que sucede con el mecanismo que hay detrás de la solidez del dólar. Desde esta perspectiva, ¿no sería beneficioso que todos los ciudadanos adultos pudiesen contar con un pago mensual regular sin condiciones que se ajustase al mínimo predominante en la sociedad en cuestión, independientemente de los ingresos, la riqueza, la situación familiar o la disposición a trabajar de la persona?



Actualmente, la filosofía política debate si la renta básica es justa. El argumento ético de más peso en contra de dicha prestación es que consiente el parasitismo: permite que ciudadanos físicamente sanos vivan a costa de los esfuerzos productivos de los demás sin dar a cambio un servicio recíproco a la sociedad, por ejemplo, porque se entregan a actividades sin provecho. A mi modo de ver, en el sistema de la renta básica, no estar obligado a aceptar un empleo refuerza la posición de los trabajadores, aunque el precio a pagar sea el parasitismo. Es decir, precisamente por consentir el parasitismo, todo el mundo tendrá la capacidad de rechazar las malas ofertas de trabajo, lo cual, al final, resultará en mejores empleos y en salarios más altos para las tareas de menor cualificación.

Es cierto que una renta básica digna parece mucho más costosa que el actual sistema de prestaciones para las personas con bajos ingresos, dirigido exclusivamente a los pobres y que precisa que se comprueben la situación laboral y los recursos. Por lo tanto, es muy probable que una renta básica digna requiera unos tipos impositivos más altos para financiar el sistema. Sin embargo, los efectos globales en la economía en su conjunto todavía son sumamente inciertos. Por una parte, una mayor carga impositiva puede reducir la oferta de mano de obra. Por ejemplo, la renta básica podría animar a mucha gente a elegir una profesión que no se centrase en el trabajo remunerado, o quizá resultaría más atractivo trabajar a tiempo parcial en vez de a jornada completa, ya que acortar la jornada laboral no haría que disminuyesen proporcionalmente los ingresos netos, puesto que la parte de estos últimos correspondiente a la renta básica sería independiente del tiempo que se dedicase a trabajar.

Por otro lado, una renta básica permitiría que el mercado de trabajo fuese más flexible, sin salarios mínimos reglamentados que limiten ciertas oportunidades laborales para los menos cualificados porque se descartan los empleos en los que la productividad es inferior al salario mínimo. Asimismo, una renta básica decente acabaría con la trampa de la pobreza, el fenómeno por el cual quienes reciben prestaciones sociales no ven aumentar sus ingresos netos si aceptan un empleo. Acabar con esta trampa puede hacer que se intensifiquen los esfuerzos por buscar un trabajo remunerado, aunque sea temporal o a tiempo parcial, por parte de los receptores de las prestaciones.

Sería bueno que la ciencia económica pudiese generar respuestas inequívocas a qué clase de efectos produciría en la economía una renta básica, pero el hecho es que el margen de incertidumbre es demasiado amplio. Algunos estudios que intentan simular qué ocurriría en una economía con una renta básica se limitan a utilizar parámetros derivados del comportamiento observado en el sistema actual. También hay numerosos cálculos aproximados que muestran que, a determinado nivel, la renta básica puede ser viable o inviable, pero la limitación de este ejercicio es que no tiene en cuenta los comportamientos en respuesta a la renta básica. Por poner un ejemplo, es muy difícil decir qué efecto tendrá en los estudios superiores. Por un lado, recibir una renta básica en lugar de pedir un préstamo hace más atractivo ir a la universidad. Por otro, en cuanto alguien empiece a ganar dinero, el hecho de que para financiar la renta básica sean necesarios impuestos más altos hará que los ingresos netos de quienes tienen una educación superior sean menores. El efecto real no está claro.



También es muy difícil predecir qué repercusiones tendrá la renta básica en la innovación, el autoempleo, la división del trabajo remunerado y no remunerado en el hogar, etcétera. El filósofo político británico Brain Barry expuso esta incertidumbre con gran concisión: “No hay una simulación de impuestos y prestaciones, por muy concienzudamente que se lleve a cabo, capaz de dar cuenta de los cambios de comportamiento que se producirían en un régimen alterado. Un ingreso básico de subsistencia situaría a la gente ante un conjunto de oportunidades e incentivos totalmente diferentes de los que tiene ante sí en la actualidad. Podemos suponer la forma en que la gente reaccionaría, pero sería irresponsable fingir que manipulando un montón de números con un ordenador podemos convertir algo de lo que hacemos en ciencia rigurosa”.

Por esta razón, para reducir la incertidumbre que envuelve a la renta básica, soy partidario de los experimentos reales, preferiblemente en forma de los denominados experimentos de campo controlados y aleatorios. El experimento más prometedor, realizado a escala nacional y que incluirá tanto a receptores de prestaciones como a trabajadores, se pondrá en marcha en Finlandia en 2017. En otros países, como Holanda y Francia, hay iniciativas a escala local, la mayoría de las cuales solo afectan a perceptores de asistencia social. Los resultados de estas pruebas darán algunas pistas de las repercusiones económicas, y pueden contribuir a resolver parte del rompecabezas sobre la verdadera viabilidad económica de la renta básica.

(Loek Groot, profesor de la Escuela de Economía de la Universidad de Utrecht, colabora con el Ayuntamiento de la ciudad holandesa en el desarrollo de un modelo de fórmulas alternativas para proporcionar ayudas de asistencia social)

- Una idea que une a Friedman y Galbraith (El País -

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