Paper La Renta Básica Universal y el hombre olvidado



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(Por Ignacio Fariza)



La renta básica empezó en forma de utopía defendida, en tres siglos diferentes, por pensadores como Thomas Paine, Bertrand Russell o James Meade. Hoy, sin embargo, ha calado en ámbitos académicos, se asoma a algunos programas políticos de ideologías diversas -en algunos casos opuestas- y se perfila, si no como una realidad a corto plazo, sí como una opción posible en un horizonte temporal más amplio. De idea de nicho, en muy pocos años ha pasado a ser ampliamente conocida por sectores crecientes de la población. Y, si la voluntad política acompaña, podríamos verla pronto como una realidad en países de nuestro entorno. Si es capaz de unir, aunque con motivaciones bien distintas, a economistas ideológicamente dispares como Milton Friedman y John Kenneth Galbraith, ¿qué podría frenarla?

Entre los intelectuales progresistas, tres razones empujan a la puesta en marcha de una asignación económica a cada ciudadano, por el mero hecho de serlo y sin distinción alguna, suficiente para cubrir sus necesidades básicas: la justicia social -“la riqueza de una sociedad es resultado del esfuerzo de las generaciones pasadas, no solo de la actual, y repartirla es una cuestión de justicia”, en palabras de Guy Standing, profesor de la Universidad de Londres-; la erradicación de la pobreza -John Kenneth Galbraith: “Un país rico como EEUU bien puede permitirse sacar a todos sus ciudadanos de la pobreza”- y la redistribución de las ganancias derivadas de la automatización -ya en 1995 Jeremy Rifkin se refería a la renta básica como la herramienta más efectiva para proteger a los trabajadores desplazados por las máquinas-.

En el ámbito puramente político, el exministro griego de Finanzas Yanis Varoufakis se ha referido recientemente a la renta básica como una aproximación “absolutamente esencial” para el futuro de la socialdemocracia; los laboristas británicos estudian “de cerca” la idea como antídoto contra la robotización y, en España, pese a haber pasado de proponer una renta básica universal a una renta garantizada con menos fondos, Podemos sigue incluyéndola en sus programas electorales con una cuantía de 600 euros por persona hasta un máximo de 1.290 euros por unidad familiar.

Como efectos colaterales positivos, sus defensores en la izquierda aseguran que presionaría al alza los salarios más bajos -ya que nadie se vería forzado a llevar a cabo los trabajos más duros y los empleadores se verían obligados a aumentar su retribución- y contribuiría al desarrollo del voluntariado y del trabajo comunitario. Se trata, dicen sus más fervientes valedores, de una reformulación de un Estado de Bienestar 2.0 acechado por los efectos de la globalización; de una suerte de “vacuna contra los problemas sociales del siglo XXI”, en palabras de Scott Santens, uno de sus más férreos defensores. Todo, claro está, sin tocar los dos pilares básicos de la socialdemocracia: la educación y la sanidad pública, universal y de calidad.

Aunque tradicionalmente la renta básica ha sido asociada a las ideologías progresistas y en los sectores conservadores ha gozado de mucho menos predicamento, dos de sus popes clásicos como Friederich Hayek o Milton Friedman no han dudado en respaldar la idea como parte de su ideal social. Hayek, nobel de Economía en 1974, se limitó a apoyar una suerte de “suelo del que nadie tenga que caer incluso cuando no es capaz de mantenerse a sí mismo” (Derecho, legislación y libertad, 1981). Friedman, en cambio, defendió la puesta en marcha de un impuesto negativo sobre la renta como un suelo “para todas aquellas personas en situación de necesidad, sin importar las razones, que dañe lo menos posible su independencia”.

Más recientemente, intelectuales conservadores de cabecera en EEUU como Charles Murray han defendido el concepto como una alternativa a un Estado de Bienestar que detestan y que, a su juicio, está en pleno proceso de “autodestrucción”. Murray propone una asignación anual de 10.000 dólares (algo menos de 9.000 euros) al año a cada adulto mayor de 25 años que sustituya a todas las transferencias sociales y al programa de atención médica Medicare. “Bajo los criterios conservadores”, escribía recientemente el politólogo del think tank American Enterprise Institute, esta renta básica “es claramente superior al sistema actual para terminar con la pobreza involuntaria”. Se trata, argumentan, de unificar el complejo sistema de ayudas sociales vigente en muchos países, simplificar la burocracia, eliminar ineficiencias y reestablecer la libertad individual.

Las reticencias en ambos lados del espectro ideológico también son notables, especialmente en el caso conservador. Si en la izquierda el sector crítico considera que la renta básica laminaría el poder de negociación de los sindicatos y daría alas a quienes piden mayor flexibilidad del mercado de trabajo, sus pares en la derecha elevan el tono por la inflación que generaría, la imposibilidad de ponerla en marcha con el esquema fiscal actual y, sobre todo, por su efecto desincentivador del trabajo.

Sin embargo, la idea sigue abriéndose camino. Suiza la sometió en junio a referéndum (perdió, eso sí, por amplia mayoría); la cuarta ciudad más poblada de Países Bajos, Utrecht, probará desde enero una asignación 960 euros al mes durante dos años a 250 de sus ciudadanos para analizar los pros y los contras de la medida; en Finlandia, la coalición de Gobierno de centroderecha en la que están los populistas ultraconservadores de Verdaderos Finlandeses, también pondrá en marcha un proyecto piloto en 2017 de entre 500 y 700 euros mensuales para entre 5.000 y 10.000 mayores de edad. Quizá el caso más llamativo es el de la aceleradora de start-ups Y Combinator, que ensaya un pago de entre 1.000 y 2.000 dólares mensuales a 100 familias de Oakland (California): la principal cuna de emprendedores del planeta, de la que parte la llamada cuarta revolución industrial, empieza a vislumbrar en la renta básica la panacea para un mundo cada vez más rico y eficiente, pero también desigual.

Esas dos ideas, una economía cada vez más digitalizada y desarrollada y una inequidad galopante, empujan a la renta básica. Nunca antes en la historia de la humanidad ha habido un momento mejor para nacer que el actual: según los cálculos más conservadores, el bienestar material global se ha triplicado en los últimos 65 años, tal y como destacaba recientemente en un artículo de Bradford Delong publicado por este diario. La irrupción de Internet ha abierto un abanico inédito de posibilidades. Pero la automatización y robotización que ha contribuido a abaratar un sinfín de procesos productivos también ha traído consigo crecientes bolsas de paro.

La predicción, hace casi un siglo, de John Maynard Keynes en su ensayo Posibilidades económicas para nuestros nietos (1930) es hoy más real que nunca: “Estamos siendo afligidos por una nueva enfermedad (...): el desempleo tecnológico (...)”. Contra esta realidad y a la luz de los últimos estudios que calculan que entre el 35% y el 50% de los puestos de trabajo están en riesgo de automatización, la renta básica merece, al menos, un estudio concienzudo de sus muchas ventajas y algunos inconvenientes.

- Diez puntos a favor y en contra de la renta básica: ¿clave para una sociedad equitativa? (forumlibertas.com - 22/9/16)

Esta nueva forma de remuneración subsidiaria gana adeptos y algunos países han empezado a estudiar la posibilidad, pero, ¿querríamos seguir trabajando con un sueldo por hacer nada? Os analizamos sus pros y contras

(Por Francesc García Mestres)

La renta básica cada vez tiene un mayor impacto mediático. Incluso ya hay países, como, por ejemplo, Suiza, que se están planteando seriamente su implementación. En el ámbito político personajes de relevancia en la opinión pública como el exministro de Economía griego Yanis Varoufakis o el líder de Podemos Pablo Iglesias ven en este ingreso la solución a la desigualdad social.

Pero, ¿qué es la renta básica? La renta básica universal o renta básica incondicional es una forma de sistema de seguridad social en la que todos los ciudadanos o residentes de un país reciben regularmente una suma de dinero sin condiciones, ya sea desde un gobierno o alguna otra institución pública. Se trata de un sistema sin precedentes y profundamente revolucionario que enfrenta a detractores y defensores, pero, ¿cuáles son las virtudes y los riesgos de este sistema? A continuación los analizamos.

Los 5 puntos a favor de la renta básica



  • Los ciudadanos tendrían una mayor sensación de autorrealización al no verse forzados a trabajar en sectores que no les interesan. Gracias a esta renta, podrían dedicarse a crear un negocio que siempre habrían deseado llevar a cabo, tener más aficiones o incluso más tiempo para realizar obras sociales en ONGs.

  • Es una clara apuesta para frenar la desigualdad económica que se está produciendo en la Zona Euro. El grado de endeudamiento de las familias disminuiría, aumentado así el consumo.

  • Crecería el número de estudiantes que quieran acceder a la educación superior.

  • Uno de los efectos colaterales positivos sería un aumento de la natalidad. Actualmente las mujeres que quieren ser madres se encuentran con que el sistema no se les facilita ejercer el derecho a la maternidad. La renta básica les facilitaría tener trabajos con horarios más flexibles sin temer por la economía familiar.

  • Las personas con menos recursos no tendrían miedo de perder este ingreso universal al encontrar trabajo, ya que la renta básica es independiente a la situación laboral del individuo. De esta manera se acabaría con la trampa de la pobreza, que es la encrucijada en la que se encuentran las personas que, de ser aceptadas en un empleo, pierden las prestaciones sociales.

Los 5 puntos en contra de la renta básica

  • El hecho de romper el vínculo entre trabajo y remuneración puede desincentivar a los más jóvenes para que adquieran una educación superior, puesto que con empleos menos cualificados, les podría parecer a muchos suficiente.

  • La renta básica tendría que sostenerse mediante unos tipos impositivos más altos. La propia renta básica pasaría ser de incondicional a totalmente condicional, los más beneficiados serían los que ganan menos, pero reduciendo a la mitad de los ingresos de los contribuyentes con rentas más altas.

  • Si la cantidad percibida a cada ciudadano es baja, no le protegería de los gastos y tampoco le libraría de seguir trabajando como antes.

  • Se crearía un gran vacío en los puestos de baja remuneración, afectando gravemente a la economía.

  • La aplicación de esta renta universal generaría una tendencia inflacionista en la economía. El empleado al no tener la necesidad de trabajar podría abandonar su puesto. Las empresas tendrían la posibilidad de mejorar las condiciones laborales, pero aumentando los precios de los productos, para seguir manteniendo el margen de beneficio. Dicho fenómeno generaría una subida generalizada de precios y una menor capacidad de adquisición por parte de los ciudadanos.

- La mutación del mercado laboral sacará a debate la renta básica universal (La Vanguardia - 20/11/16)

(Por Laura Piedehierro)



Los cambios que se producirán a largo plazo en el mercado laboral hacen que cada vez más economistas y sociólogos consideren necesaria la implantación de la renta básica universal en España, con lo que es previsible que esta medida vuelva a estar presente en el debate público durante los próximos años.

Aunque ningún partido político la defiende sin reservas, en el mundo académico hay algunos expertos que dicen que la renta básica universal ya es imprescindible para terminar con la desigualdad social en el país y que lo será más en el futuro, debido a la destrucción de empleo que se producirá como consecuencia de la robotización de los procesos productivos.



Unos opinan que esta medida podría financiarse a través de una reforma del impuesto sobre la renta de las personas físicas (IRPF), además de con el ahorro que supondría la desaparición de todas las prestaciones públicas monetarias inferiores a la nueva figura, aunque otros consideran que su elevado coste pone en duda su viabilidad.

El catedrático de la UNED Juan Antonio Gimeno Ullastres explica que la renta básica universal -una asignación monetaria incondicional para todo ciudadano o residente acreditado-, o alguna fórmula semejante, “es absolutamente necesaria para mejorar el sistema, abaratar sus costes y ser más eficiente”, más todavía cuando “no se crean puestos de trabajo para toda la población”.

El profesor de la Universidad de Barcelona y autor de varios estudios sobre la renta básica universal, Daniel Raventós, coincide con este planteamiento y advierte de que la robotización del mercado laboral hará más necesaria la renta básica en el futuro, debido a la destrucción de empleo que se producirá.

En este sentido, Raventós señala que millones de puestos de trabajo a nivel mundial, y cientos de ellos si se habla de un país, pueden quedar suprimidos en la próxima década por ser mecanizados o robotizados, “y lo que es más importante, que estos puestos de trabajo no van a quedar compensados por los que se van a crear con los nuevos modelos productivos”.

Por el contrario, el profesor del IESE Antonio Argandoña señala que “medidas como la renta básica podrían ser una solución a corto plazo”, además de que no sería del todo necesaria si se consigue que la población se adapte a las nuevas condiciones del mercado laboral mediante la formación.

Sobre cómo podría financiarse, Gimeno destaca que solo con las prestaciones que serían “absorbidas” por la nueva medida ya se podría garantizar una renta básica mínima para el 50 % de la población, aunque fuera en una cifra no muy elevada.

Según Gimeno, “podría financiarse a coste cero totalmente para el tercio más necesitado de la población e ir descendiendo en la cuantía neta percibida para el resto, hasta anularse en los niveles más altos de renta”, ya que se devolvería de forma progresiva en el IRFP.

Por el contrario, Argandoña considera que implantar una renta básica universal en España “es posible aunque no fácil” porque, en su opinión, esta medida se pondría en marcha “a costa de una subida de impuestos que sería muy difícil de conseguir sin que tenga un resultado económico adverso en el país”, o mediante la reducción de otros gastos.

En la misma línea, el catedrático de Economía de la Universidad de Zaragoza e investigador de Funcas Eduardo Bandrés señala que el principal problema de un programa de estas características “es el coste y, por tanto, su viabilidad”.

Bandrés destaca que estimaciones realizadas por algunos economistas calculan que el coste superaría los 300.000 millones de euros, si bien al sustituir otras prestaciones existentes, el coste neto estaría por encima de los 200.000 millones, cifra que corresponde aproximadamente con el 20 % del PIB.

En su opinión, esto “exigiría un aumento de la presión fiscal de tal calado, o un déficit de tales dimensiones, que harían que la renta básica fuera políticamente inviable”.



Según Argandoña, el reto a la hora de diseñar la renta básica es “que no sea una motivación para dejar de trabajar”, algo que se produciría si la cuantía es demasiado elevada, porque podría caerse en “pagarle a alguien la sopa boba”, lo que “no es sostenible” y sí “una utopía”.

Por el contrario, Raventós cree que este planteamiento “es pura ignorancia” y añade que la implantación de la renta básica universal supondría “sin ninguna duda” un cambio en el mercado laboral porque “los trabajadores ganarían en poder de negociación”, además de que “habría muchos empleos en los que se ofrecerían salarios más elevados”.

- Finlandia, laboratorio mundial de la renta básica universal (El País - 29/12/16)

(Por Belén Domínguez Cebrián)



La automatización de la fuerza laboral crece a toda velocidad en el siglo XXI. Y la primera consecuencia es dramática: pérdida de empleos tradicionales que ahora, por un coste laboral cero, son desempeñados por máquinas, como por ejemplo los lavacoches o los camareros que toman la orden en un restaurante. Finlandia ha decidido empezar a prepararse para el futuro, experimentando con nuevas redes de seguridad. El país nórdico será en 2017 el laboratorio mundial de lo que se ha bautizado como la renta básica universal. Es decir, recibir una cantidad de dinero al mes porque sí. Se tenga empleo o no. En un programa piloto que durará dos años, 2.000 ciudadanos recibirán a partir de enero 560 euros al mes solo por existir.

“Para revolucionar algo tan grande, tan tradicional y tan fundamental como son las retribuciones hay que experimentar primero”, señala Roope Mokka, cofundador de Demos Helsinki, el primer think tank independiente de los países nórdicos. En un país calvinista en el que la cultura de la responsabilidad se respira en cada esquina, esta remuneración adicional es vista por expertos, políticos y ciudadanos no como un regalo, sino como una oportunidad para engrasar la economía y animar a la población a iniciar negocios, explica este joven finlandés durante una mesa redonda en Slush, un evento que congrega cada año a centenares de start-ups, compañías e inversores mundiales y que se ha convertido en un acontecimiento clave para la economía finlandesa que hoy por hoy continúa luchando por salir de una profunda recesión.

Pero aún con un horizonte difícil -la Comisión Europea le augura un crecimiento del 0,9% del PIB para el año que viene-, el Gobierno conservador finlandés es pionero mundial en implantar la renta básica. Una selección de 2.000 ciudadanos recibirán a partir del próximo enero, y durante dos años, 560 euros al mes. “Los análisis más fiables tardarán en llegar al menos seis años más”, predice el experto. En Oakland (EEUU) serán mil familias las que recibirán 500 euros mensuales y Utretcht, en Países Bajos, experimentará también ésta fórmula en 2017. Eso sí, Finlandia es de los pocos países en la Unión Europea (UE) que no goza de un salario mínimo interprofesional, al igual que los países escandinavos. Su PIB per cápita, en cambio, es de los más altos de la Unión incluso en tiempos convulsos: 38.200 euros en 2015 (año en el que el déficit alcanzó el 2,8% del PIB) frente a los 23.200 de España, según la página web datos macro.

Empleos más caros

Para que la idea de renta básica que a muchos les puede parecer utópica se convierta en realidad lo que se necesita es financiación. El experto sostiene que lo primero que las empresas y los Gobiernos deberían hacer es asegurar que “los trabajos se paguen caro”, además de llevar a cabo una reforma en el sistema impositivo que grave aún más a las rentas altas. “La propiedad inutilizada, bienes, deficiencia energética, edificios... hay muchas cosas a las que se le pueden aplicar más impuestos”, enumera Mokka de forma improvisada aunque con un gran conocimiento de lo que habla.

De lo contrario, y como ocurre por ejemplo en España -donde el Gobierno de Mariano Rajoy (PP) acaba de subir el salario mínimo a 707,6 euros, la mitad que en Francia, según Eurostat-, seguir trabajando y recibir este complemento salarial “no compensaría” y fomentaría la desocupación, un argumento que a Mokka no le convence. Sí cree, sin embargo, que ahí se sitúa una de las claves para el buen funcionamiento de la renta básica universal: “Hay que empezar a asumir que no todo el mundo puede tener un trabajo porque estamos compitiendo contra las máquinas, y ellas siempre ganarán”. El director de Tekes, la agencia pública que invierte en innovación en este país de poco más de cinco millones de personas, Jukka Häyrynen, sostiene que la seguridad en el trabajo es algo que se está perdiendo a nivel global, lo que él ve con cierto positivismo: “Esto es un ingrediente para emprender”, señala.



Un estudio que la Universidad de Oxford elaboró en enero de 2016, el 47% de la fuerza de trabajo humana en los países de la OCDE está en riesgo de desaparecer por la automatización y los avances tecnológicos. “Tenemos la necesidad de integrar a toda la gente desocupada en nuestra sociedad y en lugar de subsidios por desempleo, la renta básica suena como una buena idea”, defiende Juhana Aunesluoma, director de investigación de estudios europeos en la Universidad de Helsinki desde una sala en el Ministerio de Exteriores. Algo que no le pareció a Suiza el pasado junio cuando rechazó mediante referéndum esta iniciativa.

Pero los Gobiernos -especialmente los del sur de Europa- están hasta cierto punto “obsesionados”, dice Mokka, con llegar al pleno empleo en detrimento de la búsqueda de alternativas para que el dinero entre en los hogares (y en el sistema) y para que los desempleados por la automatización del trabajo se mantengan ocupados y reinviertan su tiempo.

- 560 euros al mes: Finlandia inicia su experimento con la renta básica universal (El Confidencial - 3/1/17)

(Por Antonio Martínez)

2.000 parados. 2 años. 560 euros al mes. Por cabeza. Libres de impuestos. Sin condiciones. Finlandia se ha convertido este enero en el primer país del mundo que experimenta, a pequeña escala, con la Renta Básica Universal (RBU). El objetivo es ver si este concepto revolucionario podría llegar a ser viable en un mundo en el que el trabajo -sobre todo el estable y a jornada completa- es cada vez un bien más escaso debido a la mecanización y la digitalización. Muchos ojos desde todo el mundo siguen con atención el proyecto piloto finlandés. Porque la idea polariza. Hay una avanzadilla que lo aplaude por liberalizador. Y un cerrado sector de opositores que lo tacha de socializante, inaplicable y ruinoso.

Hace apenas unos días 2.000 personas de toda Finlandia recibieron sendas cartas del Kela, el Instituto de la Seguridad Social nacional. Ellos habían sido seleccionados por sorteo para participar, de forma obligatoria, en una prueba inédita, para la que sólo se tuvieron en cuenta dos criterios: encontrarse desempleados en noviembre de 2016 y tener entre 25 y 58 años. Los elegidos van a recibir entre enero de 2017 y diciembre de 2018 un ingreso básico de 560 euros no condicionado. A nada. Ni a su situación laboral o familiar ni a los ingresos que pudiesen tener. Por elevados que sean. Y esa RBU está absolutamente libre de impuestos.

Marjukka Turunen, jefa del departamento Legal del Kela, explica en una entrevista en el diario finés Uusi Suomi que el experimento, que cuenta con la bendición del primer ministro, Juha Sipilä, persigue dos objetivos: dar la vuelta al sistema de incentivos económicos para que los desempleados busquen trabajo y simplificar la mastodóntica maquinaria burocrática que se ha ido creando para gestionar la maraña de ayudas y subvenciones públicas de este Estado del Bienestar nórdico.

El sistema más habitual de prestaciones por desempleo es el que entrega al parado una cantidad mensual ligada a lo que cotizó cuando trabajaba, durante un período de tiempo determinado. Los gobiernos establecen además una serie de requisitos previos para poder acceder a ese dinero y unas condiciones que se han de cumplir para seguir percibiéndolo. La teoría señala que el incentivo que lleva a volver al mercado laboral al trabajador es la certeza de que esa ayuda es limitada.

Lo que quiere estudiar el Kela ahora, explica Turunen, es si resultaría efectivo invertir totalmente la estructura de incentivos. Entregar de forma incondicional una cantidad de dinero a esos desempleados. Una cantidad mucho menor que el suelo medio de Finlandia -donde el suelo anual neto ronda los 36.500 euros-, pero que al no tributar supondría una ayuda financiera significativa. Y ver cómo reaccionan los seleccionados. El Kela quiere acabar así con el círculo vicioso en el que caen muchos desempleados, que rechazan los trabajos a los que pueden optar con mayor facilidad -en su mayoría, con malas condiciones- porque tras los impuestos les queda menos que la prestación por desempleo. Consideran desde la Seguridad Social finlandesa que con la RBU va a ser mucho más fácil para los parados dar el salto a un nuevo primer empleo, sea a tiempo parcial o de baja remuneración.

Menor burocracia, menor gasto



Además, la administración espera poderse ahorrar una cantidad significativa simplificando la administración. Desde el Kela no aportan cifras concretas. Los receptores de ayudas por desempleo deben rellenar constantemente formularios y reunirse con funcionarios. Eso, un trabajo tedioso y rutinario, requiere de gran cantidad de personal y tiempo. Con el ingreso básico, este aparato burocrático sería cosa del pasado.

Un tercer punto es de carácter psicológico. La RBU aporta una gran seguridad financiera, explica Turunen en una entrevista publicada por el diario alemán Frankfurter Allgemeine Zeitung. “Da a las personas seguridad financiera. Pueden estar seguros de que el dinero llegará puntualmente. Lo que hagan con él es asunto suyo”, asegura. Además, este ingreso elimina de los desempleados el estigma de las visitas regulares a las oficinas de desempleo.

Finlandia es el primer país que juguetea a esta escala con la RBU. Pero no es el único con el debate abierto sobre su conveniencia. En el norte de Europa principalmente hay colectivos que están poniendo esta opción sobre la mesa. El eco que están teniendo sus propuestas llevó hace meses al filósofo alemán Philip Kovce a decir que, salgan o no adelante estos primeros planes, la relevancia que se está dando a la iniciativa ya es un éxito para ellos.

En junio Suiza votó en referéndum la introducción de la RBU. Una contundente mayoría, más de tres cuartas partes de los participantes, rechazaron la propuesta -lanzada por una iniciativa popular-, que abogaba por que el estado ingresase a todos los ciudadanos, de forma automática e incondicionada, 2.260 euros libres de impuestos al mes. Holanda ha puesto en marcha un proyecto piloto en Utrecht y otros 19 municipios para estudiar la viabilidad del ingreso básico. Y en Alemania un colectivo presentó a mediados de 2016 más de 90.000 firmas en el Bundestag para pedir un referendo al respecto.

Los académicos y analistas no han quedado fuera de este debate. El ex ministro de Finanzas griego Yanis Varoufakis y el filósofo esloveno Slavoj Zizek, desde la izquierda, defienden la implantación del ingreso ciudadano. Pero también el presidente ejecutivo del Foro Económico Mundial de Davos, Klaus Schwab, lo percibe con buenos ojos. No obstante, la RBU está lejos de poder amalgamar algún tipo de consenso. La idea, por su radicalidad, polariza. Genera atracción y curiosidad. Pero también rechazo. Además, la idea teórica sigue resultando ambigua en puntos clave, como la cuantía del ingreso, y se ha consolidado en torno a distintas modalidades concretas que, en ocasiones, son casi contrapuestas.

Cargados de argumentos



El principal argumento a favor de la renta básica es que la digitalización y la mecanización están acabando con cada vez más puestos de trabajo. En unos años, argumentan los defensores de la RBU, no sólo será difícil encontrar empleo para una nutrida mayoría, sino que además esos puestos de trabajo no serán necesarios para satisfacer la demanda de bienes y servicios. Según un estudio, el 47 por ciento de los trabajos en Estados Unidos son altamente susceptibles de ser automatizados en las próximas dos décadas.

Además, con una sola medida, se acabaría con la pobreza. Un progreso fenomenal, para los adalides de la RBU. La cuestión no es baladí en un momento en el que, tras el colapso financiero de 2008 y la subsiguiente crisis del euro, la clase media se encuentra amenazada por la precariedad y la desigualdad. Según Eurostat, unos 120 millones de europeos, cerca del 25 por ciento, viven en situación de riesgo de pobreza y exclusión social.

Renta Básica Suiza, la organización que recogió las firmas para el referéndum suizo, peleaba asimismo por “desacoplar los conceptos de trabajo y valor personal”. Las personas, proseguía su argumento, podrían elegir con libertad a qué dedicar su tiempo. Muchos seguirían trabajando. Otros alargarían la formación o se tomarían mayores pausas para criar a sus hijos. Además, los riesgos derivados de emprender e innovar se reducirían sensiblemente.



Los críticos y escépticos, por su parte, también vienen cargados de argumentos. El primero y esencial es el coste. Pocos estados, más allá de los nórdicos, podrían poner en marcha iniciativas de este tipo. Según la OCDE, Luxemburgo y Dinamarca podrían en la actualidad pagar al año a cada uno de sus ciudadanos 17.800 y 10.900 dólares, respectivamente, si se eliminasen todas las ayudas no sanitarias y se repartiesen ese dinero de manera equitativa entre la población. En ambos casos esas cantidades suponen en torno a una quinta parte de la renta per cápita nacional. Los europeos del sur no podrían, como tampoco las economías de corte liberal anglosajón como Estados Unidos y Reino Unido. Y para la mayoría de países emergentes o pobres resultaría absolutamente impensable.

Además, critican algunos, eliminar ayudas e introducir la RBU supondría una redistribución de la riqueza hacia arriba. Al entregar un ingreso a todos los ciudadanos, parte del dinero que antes se destinaba a personas de clase baja o con dificultades iría a parar a manos de gente de clase alta. Esto, si no se prevé, podría acabar generando más desigualdad. Asimismo, algunos escépticos consideran que desincentivaría el empleo, sobre todo el de baja remuneración, lo que erosionaría los ingresos fiscales. Y que podría generar efectos llamada inasumibles en una era de migraciones masivas transfronterizas por motivos económicos.

Por último, algunos críticos temen el daño psicológico. Argumentan que desaparecería el pilar laboral como elemento estructurador de la personalidad. Que se fomentaría el no trabajar, algo que perciben como “moral hazard”. Y que la distribución incondicionada de dinero podría perjudicar además el tejido social y acabar con la solidaridad.

- La renta básica universal, cada vez menos una utopía, empieza a testarse en Europa (El Economista - 7/1/17)

(Por Jaime Llinares Taboada)

Una renta básica que no desincentive la propensión a trabajar...

... pero que sea suficientemente alta para asegurar un nivel de vida

Ya no es un concepto desconocido. El debate sobre la renta básica universal está ahora más vivo que nunca. Sus defensores la contemplan como un nuevo derecho para todos los ciudadanos, independientemente de cuál sea su situación o ingresos, una prestación pública incondicional y libre de impuestos. Cobrar por existir ha dejado de ser una utopía.



La generalización de la idea de que la revolución digital hará desaparecer una gran cantidad de puestos de trabajo, sustituyendo la mano de obra humana por máquinas o robots, explica la propagación de los defensores del ingreso básico. Hay una importante corriente de opinión que sostiene que los cambios estructurales que la tecnología provocará en la economía dejarán sin oportunidades laborales a una parte de la población. Esta nueva situación sólo podría ser subsanada con un nuevo contrato social en el que, mediante nuevas medidas de redistribución de la riqueza, se alcance una nueva cota de Estado de Bienestar.

Manuel Muñiz, director del Programa de Relaciones Transatlánticas de la Universidad de Harvard, asegura que esa alteración estructural ya ha comenzado a generar una “distribución desigual y una estancación de rentas en determinadas clases sociales”. Este incremento en la desigualdad también explica el auge del populismo y los movimientos antiglobalización.

¿Puede pagarse?



Europa es el continente en el que el ingreso mínimo universal está dando sus primeros pasos. Finlandia y Holanda están empezando a experimentar con la medida, mientras que Suiza sometió a referéndum su inclusión (el 77% votó en contra). La primera pregunta es lógica: ¿Cuantos países tienen la suficiente capacidad financiera como para ser capaces de costear un gasto tan grande?

El coste para las arcas estatales derivado de la aplicación de esta medida, con su consiguiente efecto en el déficit público y en las políticas fiscales, es precisamente uno de los principales argumentos en los que se basan los detractores de esta prestación “para todos”. Sin embargo, los defensores de la renta básica señalan que ésta “absorbería” las ayudas ya vigentes, como las de desempleo o jubilación. Es decir, los ciudadanos que ya reciben una prestación superior a la renta básica no obtendrían ninguna bonificación, mientras que los demás dejarían de cobrar sus actuales ayudas -si las tienen- y empezarían a percibir la cuantía universal fijada.

Hacia un nuevo modelo social



Más allá de la viabilidad financiera de la implantación, el verdadero debate viene después. Proporcionar dinero a la gente de forma incondicional, sin pedir nada a cambio, es algo que revoluciona el actual modelo de sociedad. Uno de las aspectos más importantes (y, al mismo tiempo, una de las dudas) es el de cómo afectaría la prestación a la actitud de los ciudadanos hacia el mercado laboral. Los analistas más pesimistas auguran un cambio de mentalidad que destruiría el mercado laboral.

Como explicaba a este periódico Jennifer Blanke, economista jefe del World Economic Forum, la clave es “establecer un ingreso lo suficientemente alto para llevar a todo el mundo hasta cierto nivel de renta, pero suficientemente bajo para que no afecte a las decisiones sobre trabajar o invertir. Y no está claro si es posible”.

Por el contrario, los defensores de la renta básica universal reivindican la seguridad financiera que aportaría, un factor que, además de ayudar a mantener la paz social, favorecería el crecimiento económico al incentivar el emprendimiento y la formación.

Otros beneficios

Entre las ventajas de la prestación, hay quien señala que serviría para romper el círculo vicioso de la pobreza en el que algunas familias están instaladas. Al no requerirse ningún tipo de condición para su recepción, aquellas personas que antes no intentaban mejorar su situación por miedo a perder las ayudas que percibían dejarán de estar condicionadas. También se evitaría el impacto psicológico que para algunas personas supone el solicitar subsidios públicos.

Por último, aunque menos importante, hay que señalar el ahorro en términos de burocracia que esta medida “unificadora” le supondría al Estado. En países como Finlandia, la cantidad de distintas ayudas disponible es enorme, por lo que la implantación de la renta básica universal facilitaría el proceso administrativo.

El caso de Finlandia

El Gobierno de Finlandia ha aprobado que 2.000 de sus ciudadanos desempleados de entre 25 y 58 años empiecen a percibir, de forma incondicional y obligatoria, 560 euros libres de impuestos durante los próximos dos años, independientemente de si encuentren trabajo o no. En Finlandia, donde gobierna el Partido del Centro (liberales), el paro afecta al 8,8% de los trabajadores y el sueldo medio es de 3.628 euros al mes.

De esta forma, el Kela (Instituto de la Seguridad Social del país escandinavo) quiere hacer un experimento para comprobar cuáles son los efectos de la renta básica universal en los ciudadanos, antes de tomar una decisión definitiva sobre su aplicación a toda la población. La complejidad de su Seguridad Social es una de las razones por las que Finlandia va a experimentar con una prestación que ayudaría a simplificar el sistema de ayudas y subsidios.

No serán pocos los ojos que estén pendientes de lo que suceda tanto en Finlandia como en Holanda, dónde este año también se ha empezado a testar la medida. No en vano, estos proyectos podrían ser la avanzadilla de una nueva versión del Estado de Bienestar.

- El experimento finlandés (ABC - 30/1/17)

(Por Carmen Calvo)

Desde enero de este año, dos mil finlandeses de entre 25 y 58 años reciben 560 euros al mes como parte de un experimento social que trata de analizar si una renta básica puede servir como incentivo para aumentar el empleo. Solo alcanza a una pequeña parte de la población, seleccionada al azar entre los 207.000 desempleados del país, y tiene un límite de tiempo, hasta diciembre de 2019, aunque, según los resultados obtenidos, se estudia ampliarla en el futuro a otros colectivos como estudiantes o autónomos.

La prueba piloto ha sido puesta en práctica por el Instituto de Seguridad Social de Finlandia, Kela, a instancias del Gobierno de centro derecha de Juha Sipilä, decidido a reducir la tasa de paro del país, cercana al 8%. La intención, a largo plazo, sería una reforma profunda del sistema de seguridad social que los políticos empiezan a considerar anticuado y poco eficaz para atajar los problemas reales que se plantean hoy en el mundo laboral.

Para Marjukka Turunen, directora del departamento legal de Kela, la renta básica podría convertirse en un estímulo para la búsqueda activa de empleo. En la actualidad, algunas personas desempleadas deciden no incorporarse al mercado laboral por miedo a perder algunos de los subsidios que reciben del Estado. Sin embargo, con la renta básica, pueden trabajar a tiempo parcial, montar su propio negocio, o aceptar un empleo a tiempo completo sin perder los 560 euros que, además, son libres de impuestos.

El estado de bienestar



Este es el caso de Juha Jarvinen que, con 38 años y seis hijos, ha sido uno de los agraciados con esta especie de lotería del Gobierno finlandés. Desde que perdió su negocio hace cinco años, la familia ha subsistido gracias al salario de su mujer, enfermera, y las diferentes ayudas económicas que reciben del Estado. Juha, que se describe como “creativo e idealista” y que ha trabajado en el sector de la publicidad, cree que el dinero le ayudará a empezar de nuevo. “Ahora tengo dos años para empezar y probar lo que funciona y lo que no funciona. Incluso si monto un negocio y no va bien, tengo dinero para comida y para pagar algunas facturas. No corro tantos riesgos”, explica a ABC.

Para la izquierda, la renta básica resulta una propuesta atractiva como una forma de combatir la exclusión social, mientras que, para los partidos de derecha, es un método interesante para reducir la burocracia y simplificar los servicios y ayudas proporcionados por el Estado. “Podemos asumir que tal vez todo el mundo está a favor de la igualdad, pero las opiniones son diferentes cuando se trata de buscar maneras prácticas de promoverla” explica Oli Kangas, director de investigación de Kela. Aunque el 69% de los finlandeses está a favor de la renta básica universal según una encuesta llevada a cabo por el Instituto de la Seguridad Social, algunos temen que sea el principio del fin del estado del bienestar y de los generosos subsidios con los que están protegidos. Temen que la renta básica termine abriendo la puerta a la privatización de algunos servicios proporcionados por el Estado de forma gratuita, como la sanidad o la educación, o a una subida de impuestos.

El estado del bienestar lleva décadas de funcionamiento, pero, para los dirigentes finlandeses, el mundo laboral ha cambiado y es necesario encontrar un nuevo modelo de seguridad social. Problemas como la burocracia, el sistema de subsidios que perpetúa la exclusión social, los salarios a la baja, el “mileurismo”, la automatización de los puestos de trabajo con la consiguiente pérdida de empleo son algunos de los retos que necesitan soluciones innovadoras. Ideas que nacieron en el siglo XVIII y que han encontrado grandes defensores en sociólogos, filósofos o economistas como Milton Friedman que, en 1962, ya proponía el Impuesto sobre la Renta Negativo, un subsidio garantizado para todos los ciudadanos sin ingresos o por debajo de un nivel mínimo. La utopía parece que empieza a hacerse realidad, al menos a pequeña escala, como lo demuestran las experiencias de Finlandia y otras que se llevarán a cabo en Ontario (Canadá) y Utrecht (Países Bajos).
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