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CONSEJO PONTIFICIO
PARA LA PROMOCIÓN DE LA UNIDAD DE LOS CRISTIANOS

Para tener en cuenta

El presente texto, traducido por la Comisión para las relaciones interconfesionales de la Conferencia Episcopal Española, es la versión castellana del folleto para la Semana de oración por la unidad de los cristianos 2010. Este material, preparado para su difusión internacional, ha sido elaborado por una comisión mixta entre el Pontificio Consejo para la promoción de la unidad de los cristianos y la Comisión Fe y Constitución del Consejo Mundial de Iglesias. Las Comisiones ecuménicas de las Conferencias Episcopales y de los Sínodos de las Iglesias Orientales han sido invitadas a adaptarlo a propio juicio, teniendo en cuenta la propia situación ecuménica y las distintas tradiciones litúrgicas locales. Para obtener la versión local adaptada del texto, sírvase contactar la Comisión ecuménica episcopal de su país de residencia.

 


Materiales para la

SEMANA DE ORACIÓN POR LA UNIDAD DE LOS CRISTIANOS
y para el resto del año 2010


Vosotros sois testigos de todas estas cosas (Lc 24,48)

Pontificio Consejo para la promoción de la unidad de los cristianos
Comisión Fe y Constitución
del Consejo Mundial de Iglesias

A todos los que organizan
la Semana de oración por la unidad de los cristianos


Buscar la unidad durante todo el año

Tradicionalmente, la Semana de oración por la unidad de los cristianos se celebra del 18 al 25 de enero. Estas fechas fueron propuestas en 1908 por Paul Watson para cubrir el periodo entre la fiesta de san Pedro y la de san Pablo. Esta elección tiene un significado simbólico. En el hemisferio Sur, donde el mes de enero es tiempo de vacaciones de verano, se prefiere adoptar igualmente otra fecha, por ejemplo en torno a Pentecostés (sugerido por el movimiento Fe y Constitución en 1926) que representa también otra fecha simbólica para la unidad de la Iglesia.

Guardando esta flexibilidad de espíritu, os animamos a considerar estos textos como una invitación para encontrar otras ocasiones, a lo largo del año, y expresar el grado de comunión que las Iglesias ya han alcanzado, y orar juntas para llegar a la plena unidad querida por Cristo.

Adaptar los textos

Estos textos que han sido propuestos, cada vez que sea posible, se procurará adaptarles a las realidades de los diferentes lugares y países. Al hacerlo, se deberá tener en cuenta las prácticas litúrgicas y devocionales locales así como el contexto social-cultural. Tal adaptación deberá comportar normalmente una colaboración ecuménica. En muchos países, las estructuras ecuménicas existen y permiten este género de colaboración. Esperamos que la necesidad de adaptar la Semana de oración a la realidad local pueda animar la creación de esas mismas estructuras allí donde éstas no existen todavía.



Utilizar los textos de la Semana de oración por la unidad de los cristianos

Para las Iglesias y las Comunidades cristianas que celebran juntas la Semana de oración en una sola ceremonia, este folleto propone un modelo de Celebración ecuménica de la Palabra de Dios.

Las Iglesias y las Comunidades cristianas pueden igualmente servirse para sus celebraciones de las oraciones y de otros textos de la Celebración ecuménica de la Palabra de Dios, de los textos propuestos por el Octavario y de las oraciones presentes en el apéndice de este folleto.

Las Iglesias y Comunidades cristianas que celebran la Semana de oración por la unidad de los cristianos cada día de la semana, pueden encontrar sugerencias en los textos propuestos para el Octavario.

Las personas que desean realizar estudios bíblicos sobre el tema del año 2009, pueden servir de apoyo igualmente los textos y las reflexiones bíblicas propuestas para el Octavario. Los comentarios de cada día pueden concluir con una oración de intercesión.

Para las personas que desean orar en privado, los textos de este folleto pueden animar sus oraciones y su llamada a la comunión con todos aquellos que oran en todo el mundo por una mayor unidad visible de la Iglesia de Cristo.



Texto bíblico

Lc 24

El primer día de la semana, al amanecer, las mujeres fueron al sepulcro con los perfumes que habían preparado. Al llegar, se encontraron con que la piedra que cerraba el sepulcro había sido removida. Entraron, pero no encontraron el cuerpo de Jesús, el Señor. Estaban aún desconcertadas ante el caso, cuando se les presentaron dos hombres vestidos con ropas resplandecientes que, al ver cómo las mujeres se postraban rostro en tierra llenas de miedo, les dijeron: ¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? No está aquí; ha resucitado. Recordad que él os habló de esto cuando aún estaba en Galilea. Ya os dijo entonces que el Hijo del hombre tenía que ser entregado en manos de pecadores y que iban a crucificarlo, pero que resucitaría al tercer día.

Ellas recordaron, en efecto, las palabras de Jesús y, regresando del sepulcro, llevaron la noticia a los Once y a todos los demás. Así pues, fueron María Magdalena, Juana, María la madre de Santiago, y las otras que estaban con ellas, quienes comunicaron a los apóstoles lo que había pasado. Pero a los apóstoles les pareció todo esto una locura y no las creyeron.

Pedro, sin embargo, se decidió, y echó a correr hacia el sepulcro. Al inclinarse a mirar, sólo vio los lienzos; así que regresó a casa lleno de asombro por lo que había sucedido.

Ese mismo día, dos de los discípulos se dirigían a una aldea llamada Emaús, distante unos once kilómetros de Jerusalén. Mientras iban hablando de los recientes acontecimientos, conversando y discutiendo entre ellos, Jesús mismo se les acercó y se puso a caminar a su lado. Pero tenían los ojos tan ofuscados, que no lo reconocieron. Entonces Jesús les preguntó: ¿Qué es eso que discutís mientras vais de camino? Se detuvieron con el semblante ensombrecido, y uno de ellos, llamado Cleofás, le contestó: Seguramente tú eres el único en toda Jerusalén que no se ha enterado de lo que ha pasado allí estos días. Él preguntó: ¿Pues qué ha pasado? Le dijeron: Lo de Jesús de Nazaret, que era un profeta poderoso en hechos y palabras delante de Dios y de todo el pueblo. Los jefes de nuestros sacerdotes y nuestras autoridades lo entregaron para que lo condenaran a muerte y lo crucificaran. Nosotros teníamos la esperanza de que él iba a ser el libertador de Israel, pero ya han pasado tres días desde que sucedió todo esto. Verdad es que algunas mujeres de nuestro grupo nos han desconcertado, pues fueron de madrugada al sepulcro y, al no encontrar su cuerpo, volvieron diciendo que también se les habían aparecido unos ángeles y les habían dicho que él está vivo. Algunos de los nuestros acudieron después al sepulcro y lo encontraron todo tal y como las mujeres habían dicho. Pero a él no lo vieron.

Jesús, entonces, les dijo: ¡Qué lentos sois para comprender y cuánto os cuesta creer lo dicho por los profetas! ¿No tenía que sufrir el Mesías todo esto antes de ser glorificado? Y, empezando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó cada uno de los pasajes de las Escrituras que se referían a él mismo. Cuando llegaron a la aldea adonde se dirigían, Jesús hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le dijeron, insistiendo mucho: Quédate con nosotros, porque atardece ya y la noche se echa encima. Él entró y se quedó con ellos. Luego, cuando se sentaron juntos a la mesa, Jesús tomó el pan, dio gracias a Dios, lo partió y se lo dio. En aquel momento se les abrieron los ojos y lo reconocieron; pero él desapareció de su vista.

Entonces se dijeron el uno al otro: ¿No nos ardía ya el corazón cuando conversábamos con él por el camino y nos explicaba las Escrituras? En el mismo instante emprendieron el camino de regreso a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once y a todos los demás, que les dijeron: Es cierto que el Señor ha resucitado y que se ha aparecido a Simón. Ellos, por su parte, contaron también lo que les había sucedido en el camino y cómo habían reconocido a Jesús cuando partía el pan.

Todavía estaban hablando de estas cosas, cuando Jesús se puso en medio de ellos y les dijo: ¡La paz sea con vosotros! Sorprendidos y muy asustados, creían estar viendo un fantasma. Pero Jesús les dijo: ¿Por qué os asustáis y por qué dudáis tanto en vuestro interior? Mirad mis manos y mis pies: soy yo mismo. Tocadme y miradme. Los fantasmas no tienen carne ni huesos, como veis que yo tengo.

Al decir esto, les mostró las manos y los pies. Pero, aunque estaban llenos de alegría, no se lo acababan de creer a causa del asombro. Así que Jesús les preguntó: ¿Tenéis aquí algo que comer? Le ofrecieron un trozo de pescado asado, que él tomó y comió en presencia de todos. Luego les dijo: Cuando aún estaba con vosotros, ya os advertí que tenía que cumplirse todo lo que está escrito acerca de mí en la ley de Moisés, en los libros de los profetas y en los salmos.

Entonces abrió su mente para que comprendieran el sentido de las Escrituras. Y añadió: Estaba escrito que el Mesías tenía que morir y que resucitaría al tercer día; y también que en su nombre se ha de proclamar a todas las naciones, comenzando desde Jerusalén, un mensaje de conversión y de perdón de los pecados. Vosotros sois testigos de todas estas cosas. Mirad, yo voy a enviaros el don prometido por mi Padre. Quedaos aquí, en Jerusalén, hasta que recibáis la fuerza que viene de Dios.

Más tarde, Jesús los llevó fuera de la ciudad, hasta las cercanías de Betania. Allí, levantando las manos, los bendijo. Y, mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo. Ellos, después de adorarlo, regresaron a Jerusalén llenos de alegría. Y estaban constantemente en el Templo bendiciendo a Dios.

(BTI, Biblia Traducción Interconfesional)



Introducción al tema del Octavario 2010

Durante el siglo pasado, la reconciliación de los cristianos ha tomado formas muy diversas. El ecumenismo espiritual manifestó la importancia de la oración por la unidad cristiana. La investigación teológica movilizó muchas energías y permitió descubrir numerosos acuerdos doctrinales. La cooperación práctica de las Iglesias en el campo social suscitó fecundas iniciativas. Además de estas realizaciones importantes, la cuestión de la misión ocupó un lugar particular. Se considera generalmente que la Conferencia misionera que tuvo lugar en Edimburgo en 1910 señala los principios del movimiento ecuménico moderno.



Misión y unidad

De suyo no todos asocian el planteamiento misionero y la preocupación de la unidad de los cristianos. ¿Y con todo no van juntos el compromiso misionero de la Iglesia y su compromiso ecuménico? Por nuestro bautismo, ya formamos un único cuerpo y estamos llamados a vivir en comunión. Dios nos ha hecho hermanos y hermanas en Jesucristo. ¿No es éste el testimonio fundamental que debemos presentar?

Históricamente, la cuestión de la unidad de los cristianos se ha planteado a los misioneros por razones prácticas. Se trataba simplemente de evitar una competencia inútil, mientras que las necesidades humanas y materiales eran inmensas. Se distribuían entonces los territorios a evangelizar. A veces se pretendía superar asuntos yuxtapuestos o paralelos para favorecer algunas obras comunes. Los misioneros de diferentes Iglesias podían, por ejemplo, combinar sus esfuerzos para realizar nuevas traducciones de la Biblia y esta cooperación al servicio de la Palabra de Dios no podía suscitar una reflexión sobre la división de los cristianos.

Sin negar las rivalidades entre misioneros enviados por diferentes Iglesias, hay que reconocer que los que estuvieron en la avanzadilla de la misión fueron quizá los primeros en tomar conciencia de la tragedia que representaba la división de los cristianos. Si en Europa eran habituales las separaciones eclesiales, el escándalo de la desunión aparecía de manera obvia a los misioneros encargados de anunciar el evangelio en poblaciones que no conocían nada de Cristo. Ciertas rupturas eclesiales que habían señalado la historia del cristianismo no estaban sin fundamento teológico. Pero también se caracterizaban por el contexto (histórico, político, intelectual…) que las habían hecho nacer. Por lo tanto, ¿podía permitirse exportar estas divisiones a los pueblos que desconocen a Cristo?

En la frescura de los comienzos, las nuevas Iglesias locales no podían ser tachadas por el desfase entre el mensaje de amor que querían vivir, y la separación efectiva de los discípulos de Cristo. ¿Cómo hacer comprender la reconciliación ofrecida en Jesucristo si los mismos bautizados podían ignorarse o combatirse? ¿Cómo los grupos cristianos que viven en la hostilidad mutua pueden -de manera creíble- predicar a un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo?

Estas cuestiones ecuménicas no podían faltar en los participantes de la Conferencia de Edimburgo en 1910.



La Conferencia misionera de Edimburgo en 1910

Durante el verano de 1910 se reunieron en la capital escocesa los delegados oficiales de las sociedades misioneras protestantes de las distintas ramas del protestantismo, y del anglicanismo, a las que se unía un invitado ortodoxo. No teniendo capacidad de decisión alguna, la Conferencia no tenía otro objetivo que el ayudar a los misioneros a forjarse en un espíritu común y a coordinar sus actividades.

Sólo estaban presentes las sociedades misioneras que trabajaban en la predicación del evangelio en los nuevos territorios donde Cristo no había sido anunciado. No se habían invitado a las sociedades que trabajaban en América Latina o en Oriente Próximo donde estaban implantadas desde hacía tiempo la Iglesia católica o las Iglesias de Oriente.

En 1910, el paisaje eclesial en Escocia comienza a diversificarse, y la Iglesia católica y la Iglesia episcopal gozaban nuevamente de un puesto más importante. Debido a su vitalidad intelectual y cultural, fue escogido Edimburgo como lugar de este encuentro. La fama de sus teólogos y de sus responsables de las Iglesias también favorecía esta elección. Por otro lado, las Iglesias protestantes escocesas eran particularmente activas en la misión, y eran famosas por la atención llevada en las culturas locales.



Las Iglesias cristianas en Escocia hoy

Para hacer memoria de este importante paso en la historia del movimiento ecuménico, pareció natural a los promotores de la Semana de oración por la unidad cristiana -la Comisión Fe y Constitución del Consejo Ecuménico de las Iglesias y el Consejo Pontificio para la promoción de la unidad de los cristianos- confiar la preparación de esta Semana 2010 a las Iglesias cristianas de Escocia, porque activamente se disponen a celebrar el centenario de la Conferencia de 1910 sobre el tema: "Testimoniar a Cristo hoy". De hecho, estas Iglesias propusieron como tema de la Semana de la unidad: "Vosotros sois testigos de todas estas cosas" (Lc 24, 48).



El tema bíblico

Los protagonistas del movimiento ecuménico han meditado a menudo el discurso de Jesús antes de su muerte. Este último testamento destaca la importancia de la unidad de los discípulos de Cristo para la misión: “Que todos sean uno… para que el mundo crea” (Jn17, 21).

De manera original, las Iglesias de Escocia han querido este año hacernos comprender el último discurso de Cristo resucitado antes de su Ascensión, que termina con estas palabras: “Estaba escrito que el Mesías tenía que morir y que resucitaría al tercer día; y también que en su nombre se ha de proclamar a todas las naciones, comenzando desde Jerusalén, un mensaje de conversión y de perdón de los pecados. Vosotros sois testigos de todas estas cosas” (Lc 24, 46-48). Son, pues, las últimas palabras de Cristo que meditaremos.

Estamos invitados a recorrer a lo largo de la Semana de oración por la unidad cristiana 2010 todo el conjunto del capítulo 24 del Evangelio de Lucas. Las mujeres asustadas junto a la tumba, los dos discípulos desalentados camino de Emaús, o también los once apóstoles que han vivido el temor y la duda, todos los que se encuentran con Cristo resucitado son enviados en misión: “Vosotros sois testigos de todas estas cosas”. Esta misión eclesial confiada por Cristo no se la pueda apropiar nadie. Es la comunidad de los que han sido reconciliados con Dios, y Dios puede testimoniar la verdad del poder salvador ofrecido en Jesucristo.

Se deduce que la manera de testimoniar de María Magdalena, de Pedro o de los dos discípulos de Emaús no será idéntica. Y por eso, es la victoria de Jesús sobre la muerte en la que todos sitúan el centro de su testimonio. En lo que tiene de único para cada uno de ellos, el encuentro personal con el Resucitado cambió radicalmente su vida y una misma evidencia se impone para ellos: por todo eso, debemos ser testigos. Su relato tendrá acentos diferentes, y a veces las disensiones mismas pueden nacer entre ellos, lo que requiere la fidelidad a Cristo, y por ello todos trabajarán por el anuncio de la Buena Noticia.

El octavario

Durante la Semana de la oración por la unidad cristiana 2010, vamos a meditar día a día el capítulo 24 del Evangelio de Lucas, deteniéndonos en las cuestiones que se plantean: preguntas de Jesús a sus discípulos, y preguntas de los apóstoles a Cristo.

Cada una de estas preguntas permite, en efecto, destacar de manera específica el testimonio del Resucitado. Para cada una de ellas, estamos invitados a reflexionar sobre nuestra situación de divisiones eclesiales y los remedios que, concretamente, podemos aportar. Testigos ya lo somos, y debemos ser siempre mejores. ¿Cómo?

— celebrando al que nos ofrece el don de la vida y de la resurrección (primer día);

— sabiendo compartir con los otros la historia de nuestra fe (segundo día);

— tomando conciencia de que Dios está trabajando en nuestras vidas (tercero día);

— agradeciendo la herencia de la fe recibida (cuarto día);

— confesando a Cristo como vencedor de todo sufrimiento (cada día);

— pretendiendo ser siempre más fieles a la Palabra de Dios (sexto día);

— creciendo en la fe, en la esperanza y en la caridad (séptimo día);

— ofreciendo la hospitalidad, y sabiendo acogerla cuando se nos ofrece (octavo día).

En cada uno de estos ocho aspectos, nuestro testimonio ¿no sería más fiel al evangelio de Cristo si lo hacemos juntos?



Edimburgo 2010

En junio de 2010 se celebrará en Edimburgo el centenario de la Conferencia misionera que se había desarrollado en esta ciudad hace un siglo (www.edinburgh2010.org). Los organizadores han deseado que este acontecimiento sea un tiempo de acción de gracias por todos los progresos que Dios permitió en la misión. Dedican también un lugar importante a la oración para confiar a Cristo el testimonio que las Iglesias tendrán que dar juntas durante el siglo XXI.

Este acontecimiento también debe permitir a los que trabajan desde hace tiempo en el campo misionero y a los representantes de hechos más recientes intercambiar sus perspectivas. Será también ocasión de intercambiar sus prácticas misioneras a los miembros de distintas tradiciones eclesiales.

El mundo ha cambiado mucho desde 1910 y la misión debe ser objeto de reflexión con nuevos ojos. Secularización y descristianización, nuevos medios de comunicación, relaciones interconfesionales, diálogo interreligioso… son numerosas cuestiones que deben discutirse. Si todos se ponen de acuerdo sobre la necesidad para los discípulos de Cristo de dar testimonio, es difícil lograr una comprensión común de lo que debe ser hoy la misión. En el interior de las Iglesias, los debates no faltan. ¿No ganarían si fueran llevados conjuntamente por todas las Iglesias?

1910... 2010: un mismo sentimiento de urgencia vive en el corazón de los cristianos: el evangelio no es un lujo en nuestra humanidad herida por las divisiones; el evangelio no puede ser anunciado por voces discordantes.

Con Cristo, los que vivían en el odio pueden encontrar un camino de reconciliación. Con Cristo, los que estaban separados pueden encontrar la alegría de vivir como hermanos…. vosotros sois testigos de todas estas cosas.



Preparación de la Semana de oración por la unidad
de los cristianos 2010

El proyecto inicial por el que este cuaderno pudo realizarse fue preparado por un grupo ecuménico de Escocia constituido por la asociación “Action of Churches Together en Scotland” (ACTS) a invitación de la Conferencia de los Obispos católicos. Deseamos agradecer muy sinceramente a todas las personas que han contribuido en este proyecto:

Sr. Andrew Barr (Iglesia Episcopal Escocesa)
Comandante Alan Dixon (Ejército de Salvación)
Reverendo Carol Ford (Iglesia de Escocia)
Reverendo Willie McFadden (Iglesia Católica)
Reverendo Lindsay Sanderson (ACTS, Iglesia Reformada Unida)

Los textos presentados en este opúsculo han sido aceptados de manera definitiva en el encuentro del grupo preparatorio internacional nombrado por la Comisión de Fe y Constitución del Consejo Ecuménico de las Iglesias y el Consejo Pontificio para la promoción de la unidad de los cristianos. El grupo se reunió en el Colegio Scotus, Gran seminario de Escocia, en Glasgow. Estamos especialmente agradecidos al Rev. McFadden, Rector del seminario, a los seminaristas y a todo el personal por su calurosa acogida, la disponibilidad y la oración que acompañaron nuestro trabajo. Finalmente, agradecemos muy especialmente al Rev. Lindsay Sanderson por su participación con el Rev. McFadden en las sesiones de revisión del proyecto, el tiempo de rezo común e intercambio organizado con representantes de distintas comunidades cristianas de Escocia y la preparación global del encuentro.

 

Celebración ecuménica

Introducción

Vosotros sois testigos de todas estas cosas” (Lc 24,48)

El tema de la oración por la unidad de los cristianos en este año 2010 es “Vosotros sois testigos de todas estas cosas”. Se ha sacado del capítulo 24 del Evangelio de Lucas, elemento principal de la celebración. Los cristianos de Escocia eligieron este tema para la celebración del centenario de la Conferencia de Edimburgo.

En 1910 los miembros de la asamblea de Edimburgo proponían testimoniar proféticamente que la división de los cristianos no solamente debilita la eficacia misionera, sino la naturaleza misma de la Iglesia, cuerpo de Cristo, y su misión.

En este año 2010 los cristianos de Escocia proponen proclamar este capítulo evangélico en su totalidad en las asambleas ecuménicas. Será ocasión de realzar nuestro envío como testigos del Evangelio en la predicación, en la acción de gracias, en la intercesión y en la celebración, revalorizar bien la resurrección de Cristo como fuente de la comunión eclesial, del envío en misión, del vínculo fundamental entre misión y unidad y, por lo tanto, de renovar siempre el compromiso por la unidad de los cristianos.

Es precisamente esta exigencia recíproca de la evangelización y del ecumenismo lo que estos pioneros del movimiento ecuménico en el siglo XX subrayaron en Edimburgo con tanta fe, fuerza y clarividencia.

El desarrollo de la celebración es intencionadamente simple. Se quiere facilitar su adaptación a las situaciones locales y permitir a los cristianos de todas las pertenencias reunirse sin dificultad en una oración común en el respeto a su diversidad. Es posible dar más amplitud a una parte o a otra. La estructura simple —reunión (I), proclamación de la Palabra de Dios (II), oración de acción de gracias vinculada a las intercesiones (III) y envío (IV)—, permite también a las asambleas dar formas más libres de culto y a la oración espontánea.

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