Paren las rotativas Una historia de grandes diarios, revistas y periodistas argentinos Ulanovsky, Carlos



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Paren las rotativas

Una historia de grandes diarios, revistas

y periodistas argentinos
Ulanovsky, Carlos

Colaboraron en la investigación periodística, las entrevistas y la cronología:

Ana Laura Pérez y Fernando Cáceres

Asistencia periodística: Ricardo Dios Zaid y Ligia López

ESPASA

A Rodolfo Terragno y a los siete números de la revista Orbe. A mis hermanitos-colegas del 23 de octubre, Norma Osnajanski, Rubén Cácamo y Cristina Meliante. A Fernando González T. y Natasha Niebeskikwiat,

que tienen un camino por delante. A Marta, a mis nenas Julieta e Inés.
Mi especial agradecimiento a la editora del libro, Alejandra Procupet.

Prólogo

Noticias de la Gran Aldea

Noticias de la Década Infame

La prensa deportiva

Noticias de los años 40

Noticias de los años 50

El diario de las mujeres

Noticias de los años 60

Los primeros

Noticias de los años de fuego

Noticias de los años de plomo

El fenómeno de los libros periodísticos

Noticias de los años 80

¿Quién está detrás de las noticias?

Noticias de los años 90

Noticias del 2000

Cronología

PROLOGO

¿Dónde empezó todo? ¿Cómo habrá sido en realidad? A lo mejor fue en el secundario Mariano Moreno, cuando mi compañero Rodolfo Terragno me invitó a compartir su aventura en la revista estudiantil Orbe, de la que entre 1959 y 1961 salieron siete números. Yo, que hasta ese momento era “Tito” (mi apodo desde niño), por primera vez me convertí en Carlos y jugué al periodismo. ¿0 fue antes todavía, cuando organizaba torneos de fútbol con figuritas sobre la alfombra del living de mi casa en Floresta y los relataba, y manipulaba los cartoncitos de manera que el campeón fuera, casi siempre, Racing? Ya en esa época, en mi casa, aseguraban que todo el tiempo contaba -y exageraba- historias que sólo yo veía: “Vi a Fulano... ¿Adiviná quién estaba?... ¿A que no sabés a quién le di la mano?”. De esto podía deducirse: “Está loco, fantasea en exceso, es un mentirosito sin remedio”. O lo que prefiero pensar desde hace tiempo: no mentía, ya era un periodista en busca de noticias que interesaran a mis lectores.

No mentía: sencillamente, mi mundo interior peleaba por diferenciarse del exterior. No mentía: quería ser periodista.

Cuesta ubicar en dónde (o en quién) estuvo el verdadero impulso inicial. Vivía en una casa de clase media lectora, más revistera y diariera que librera, y recuerdo con cuánta ansiedad esperaba el diario El Mundo o revistas como Mundo Deportivo, Goles, Radiolandia o el diario La Razón, del que no me perdía la sección “La Galera del Mago”. En la revista Racing, que yo leía como si fuera un texto sagrado, firmaba sus crónicas un tal Truz de Piedra” -tiempo más tarde me enteré de que era Bernardo Neustadt-, cuyas notas me fascinaban igualmente en la contratapa de El Mundo (en donde también leía a Horacio de Dios), Ahora leo aquellas notas de Orbe y me río: a pesar de su candor, algunas eran crónicas respetablemente construidas. Nadie me lo había enseñado: todo lo había aprendido copiando, leyendo a los que me gustaban. El estilo era el de la revista Usted y un poco de Platea. O vaya a saber uno de dónde lo había sacado, aunque seguro fue de una lectura.

Hoy, con emoción, puedo afirmar que la vida me recompensó haciéndome un privilegiado, integrando el grupo de aquellos que pudieron trabajar en lo que realmente era su vocación. Vaya mi agradecimiento a los que me recibieron y ayudaron en los primerísimos tiempos: Francisco Valle de Juan, Pablo Alonso, Paco Vera, Aníbal Walfisch, Roberto Hosne, Martín Campos, Enrique Raab, Osvaldo Seiguerman, Carlos Aguirre, Pancho Loiácono, Bernardo Neustadt, Jorge Aráoz Badí, Mabel Itzcovich, Horacio Verbítsky y especialmente Osvaldo Cíézar, que en la redacción de Confinado me enseñó de todo, hasta a tachar con la “x”, la “w” y la “y” en las Remington y Olivetti previas a la computación.

Pero no es este un libro de memorias personales. Fue concebido como un manual en el que tienen registro, exaltación y análisis los grandes momentos, productos y personajes del periodismo escrito, desde aquellos años de finales del siglo pasado en que aparecieron La Capital, de Rosario; La Prensa v La Nación hasta los diarios prediseñados por computadora. En estas páginas está la trayectoria de los principales diarios v revistas, v la tarea que en ellos tuvieron los grandes periodistas. Y se cuenta como lo que es: una historia apasionante que a modo de arteria vital atraviesa y riega el cuerpo social argentino. Nada más cierto que afirmar que la historia de los grandes diarios, revistas y periodistas es también la historia de cada momento de la vida social, política, económica y cotidiana del país. Hasta hoy esta trayectoria estaba dispersa en libros valiosos, en archivos de medios y en distintas bases de datos. Me consta que éste es el primer intento de agrupar toda esa información, darle un marco, un propósito de explicación, de interpretación y, también, de reconocimiento histórico. La investigación en todas esas fuentes, las conversaciones con casi un centenar de colegas de primerísima línea, distintas generaciones y variadas tendencias y pensamientos, y los documentos manejados fueron de un valor superlativo. Y pasaron ante mis ojos, que cumplieron treinta y tres años dentro del oficio y tienen unos cuantos años -como más como lector. Aunque evidencia la cronología- en esta orilla del Río de la Plata hay imprentas y periodistas desde el año 1700, Y más formalmente desde 1867, el haber sido ocupante de redacciones desde 1963 v atento lector desde 1955 me ayudó a acercarme a la memoria.

A esta altura puede afirmarse que en cada época todo gran medio encierra un mensaje. En la presente investigación se encontrarán varios de esos mensajes, salvo uno: el registro de las muchas heridas y enemistades que ha generado esta actividad realizada por hombres y mujeres tan profesionales, queridos e identificables como imperfectos. El libro de las miserias del alma periodística -vasto en episodios será obra futura de algún otro autor. Personalmente, elegí plantear un trabajo de investigación que busca una exposición detallada y documentada de lo mucho que se hizo, y de exaltación de la tarea. De este acercamiento histórico, estoy seguro, podrían partir nuevas investigaciones que lo continuaran y perfeccionaran. Ojalá sea así.

Haber tenido la oportunidad de hacer este libro es algo que agradezco a la editorial y que vivo como una recompensa especial a tantos buenos anos de, actividad Y participación.

Carlos Ulanovsky


NOTICIAS DE LA GRAN ALDEA

El jueves 7 de junio de 1810 inició su circulación La Gazeta de Buenos Ayres, a la que, como secretario de la Primera Junta patria, Mariano Moreno pensó como órgano de difusión y defensa de los ideales revolucionarios e independentistas de Mayo. El, y muchos junto con él, creían que los ciudadanos debían estar al tanto de los hechos, pensamientos y conductas de sus representantes y conocerlos periódicamente, revisarlos con profundidad, comentarlos y hasta criticarlos con libertad. Pero antes de que la Gazeta moremana comenzara a hacerse entender desde su lema (”Rara felicidad de los tiempos en los que se puede sentir lo que se quiere y decir lo que se siente”), ocurrieron muchas cosas que hicieron posible su salida.

Las gacetas (o “gazetas”) manuscritas comenzaron a circular por el puerto de Buenos Aires por primera vez a partir del martes 19 de junio de 1764. Esas hojas de 25 por 15 centímetros aún se conservan en la Biblioteca Nacional. En 1801 aparece El Telégrafo Mercantil, Rural, Político, Económico e Historiográfico del Río de la Plata, editado por el abogado español Francisco Antonio Cabello y Mesa, considerado uno de los primeros periodistas rioplatenses. La nueva publicación traía ocho páginas, salía dos veces por semana y se facturaba en la Imprenta de Los Niños Expósitos.

Cuando se inicia la etapa posrevolucionaria, diarios como La Gazeta, impulsada por Moreno, resultaron fundamentales para difundir las ideas jurídicas y legales alrededor de la nueva organización de poderes, así como en la instalación de otros asuntos de interés para la flamante nación: necesidad de distanciarse de España; difundir conceptos como soberanía, igualdad y libertad; consolidar la apertura del comercio y arraigar costumbres cotidianas. Todo estaba por hacerse y muchos se habían cerciorado de que los diarios podían ser un excelente vehículo. A partir de 1810 comenzó a gestarse una forma de opinión pública “expresada -dice Félix Luna- en los diarios mediante artículos editoriales, críticos o con desarrollo de tipo conceptual, como los de Mariano Moreno. Por primera vez los diarios ponían sobre el tapete ideas revolucionarias, estimulantes”.


Los primeros años

La agencia de noticias que en 1815 el pionero Charles Havas había instalado en París para servir al mundo prefería las palomas mensajeras para trasladar la información porque eran diez o doce veces más rápidas y eficaces que el sistema de telégrafo óptico, frecuentemente obstaculizado por lluvias, nieblas y otros fenómenos naturales. De ese modo, las noticias viajaban por el mundo sobre las alas de palomas mensajeras, y entre un continente y otro en ocasiones pasaban meses hasta que un episodio se hacía público. Pero no era el único retraso. Los 350 periódicos que habían aparecido en Europa para dar cuenta de la ebullición de la Revolución Francesa se elaboraban con una técnica tipográfica manual que hacía posible la impresión de 400 ejemplares por hora. Recién en 1814 las maquinarias mejoraron hasta posibilitar 1.100 impresos, pero sólo tres décadas más tarde la llegada de la rotativa originaria un avance sustancial, posibilitando la impresión de 96.000 hojas por hora.

Mientras tanto, en el Río de la Plata nacen y mueren entre 1810 y 1820 más de cien diarios: son hojas libertarias, órganos de opinión política, libelos, pasquines, pero dejan huella en la transformación de la sociedad de ese momento y permiten el crecimiento público de figuras desconocidas hasta entonces. De 1810 a 1870 se desarrolló un periodismo absolutamente entregado a lo político o faccioso: los diarios eran tribunas partidistas y los periodistas eran mirados como políticos o tribunos.

Hasta 1867, cuando aparece La Capital, de Rosario, el primer diario noticioso y de interés general, los diarios no se voceaban. La gran novedad la introduce el chileno exiliado Manuel Bilbao, cuando funda su diario La República con el que da algunos pasos en el sistema de distribución y venta considerados revolucionarios para la época. El precio comente de la suscripción mensual era de 40 pesos moneda nacional y el del número suelto, 3 pesos. Bilbao largó a la calle unos muchachos, claro antecedente de los canillitas, con la consigna de vocear el diario y venderlo a 1 peso. Los dueños de otros periódicos, en cambio, seguían sugiriendo a los lectores que los recibieran por suscripción o que fueran a retirarlos directamente en las imprentas, pero no eran partidarios de vocearlos porque consideraban que andar a los gritos por las calles era una costumbre más para vendedores de pastelitos que de papeles impresos.

Félix Luna señala un fenómeno de ese tiempo al que denomina “diarismo”. Existía ya una Constitución que garantizaba el trabajo, la educación, la vida en libertad, la creación de industrias, y que abría las fronteras a todos los hombres y mujeres de buena voluntad. Todos eran temas para pensar, discutir, aprender, y los diarios, cuya lectura estaba favorecida por las modernas lámparas a gas, eran una manera práctica de enterarse. El progreso traía consigo modos más agradables de enfrentar la vida y la posibilidad de conocer asuntos como el lugar social de los indios, la instalación de los ferrocarriles o la polémica sobre la futura ubicación de la capital institucional de la República.

Es este último tema el que impulsa a Ovidio Lagos el 15 de noviembre de 1867 a lanzar el diario vespertino La Capital, cuya idea central era promover a la ciudad de Rosario como capital del país.

Lagos, rosarino por adopción, creía que la única forma de federalismo posible era establecer la sede institucional en una ciudad del interior (y él proponía que fuera Rosario), también como un modo de oponerse al centralismo del puerto de Buenos Aires. En octubre de 1867 el político santafecino Mariano Cabal le pidió a Justo José de Urquiza que le diera una mano a un joven al que recomendó como pobre y honrado padre de familia”. Esa ayuda de Urquiza resultó fundamental para que, finalmente, el 15 de noviembre de 1867 Ovidio Lagos sacara su diario. La frase que sintetizaba su filosofía (”Las columnas de La Capital pertenecen al pueblo”) no le impidió abrazar diversas causas: el diario y su mentor fueron mitristas y antimitristas, antialsinistas y urquicistas. Pero hubo una lucha que jamás

Lagos se había iniciado en 1846 como tipógrafo en una de las más prestigiosas imprentas porteñas, la de Pedro de Angelis. Vivió la batalla de Caseros, fue amigo personal de Justo José de Urquiza y siguió con interés el final de la presidencia de Bartolomé Mitre, que en 1868 le dejaría el cargo a Domingo Faustino Sarmiento. “En algunas épocas la Argentina fue gobernada por periodistas: Moreno, Dorrego, Mitre, Sarmiento y otros como Alberdi y Hernández han plasmado buena parte de la fisonomía espiritual del país -escribió el periodista Osiris Troiani en 1984-. Hoy (...) cualquiera de ellos tendría dificultad de encontrar un lugar en la prensa comercial porque el jefe de publicidad les ordenaría que se callaran la boca.” Desde los tipos de imprenta Lagos se acercó al periodismo para interpretar los cambios de los tiempos. Casi cien años después un editorial que celebraba el aniversario de La Capital evocaba el momento de la fundación: El telégrafo traía las informaciones con la rapidez del rayo y los lectores de U Capital recibían en horas apenas, noticias de lugares tan alejados de la tierra que otrora demoraban meses en conocerse. El ferrocarril y otros medios de transporte habían proyectado al diario mucho más allá de los límites locales”. En las ediciones iniciales de La Capital se observa que muchas eran las palabras que se escribían de otro modo: “vejetación”, “expontáneo”, la preposición “a” con acento. En 1867 se decía que la guerra del Paraguay era “tan inútil como impopular”. Como dato curioso, leemos que ya por entonces había epidemias de cólera.

En ese momento los diarios eran vehículos de ideas, instrumentos de militancia y hasta puestos de combate. Los pioneros del periodismo veían en la actividad una herramienta notable para, como decía Sarmiento, “educar al soberano”. Cuando en

1868 Sarmiento llegó a la presidencia de la Nación no sólo era un periodista activo sino que reverenciaba a la comunicación escrita por numerosos motivos: sabía que el periodismo registraba la historia, posibilitaba una forma del ejercicio del poder, era idóneo para mostrar las necesidades de los ciudadanos y eficaz para vigilar y controlar a los poderes. “El diario -pensaba Sarmiento- es para los pueblos modernos lo que era el foro para los romanos. La prensa ha sustituido a la tribuna y al púlpito; la escritura a la palabra y la oración que el orador ateniense acompañaba con la magia de la gesticulación, para mover las pasiones de algunos millares de auditores que la miran escrita, ya que por las distancias no pueden escucharla.”

Quien busque explicaciones acerca de nuestra forma de ser en la instalación, desarrollo y afianzamiento de nuestras instituciones (políticas, religiosas, culturales, militares, económicas) podrá recurrir a la historia del periodismo, que como si fuera poco, funciona como registro del cambio de ideas, vidas y costumbres. En un artículo publicado en 1992, Emilio J. Corbiére sostiene: Cuando se estudia y analiza nuestro pasado, la formación de la conciencia nacional y aun nuestro presente, no puede prescindirse del periodismo, actividad a la que recurrieron nuestros próceres, militares, políticos, jefes religiosos, intelectuales y científicos”.

Entre octubre de 1869 y enero de 1870 aparecieron La Prensa y La Nación, cuando acababan de conocerse los datos del primer Censo Nacional de Población, una de las primeras iniciativas de Sarmiento como presidente: 1.877.000 habitantes. Del censo se desprende que más de 60 mil habitantes del puerto de Buenos Aires (una tercera parte) saben leer y escribir.

A las 3 de la tarde del 18 de octubre de 1869 José Clemente Paz saca una hoja inmensa, de 50 por 56 centímetros, impresa en ambas caras por la imprenta Buenos Aires, de la calle Moreno 73. Tenía cinco columnas prácticamente sin ilustraciones. No era ésta la primera experiencia periodística de Paz, quien cuatro años antes había creado el diario El Inválido Argentino, órgano de la Sociedad Protectora de los Inválidos, institución que aglutinaba y amparaba a los lisiados de la guerra del Paraguay.

Una leyenda informaba que La Prensa, diario “noticioso, político y comercial”, aparecería todos los días a las 3 de la tarde. Sin embargo, dos años después se convirtió en matutino. “Saludamos afectuosamente a toda la prensa argentina, de la que nosotros también entramos a formar parte. Les deseamos todo el bien y acierto que para nosotros ambicionamos. La independencia, el respeto al hombre privado, el ataque razonado al hombre público y no a la personalidad individual formarán nuestro credo. Pensando de este modo creemos llenar el fin santo que se propone el periodismo (...) Verdad, honradez: he aquí nuestro punto de partida. Libertad, progreso, civilización. He aquí el fin único que perseguimos”, consignaba la edición inicial, que incluía unos pocos avisos comerciales.


Cómo conseguir clientes

Las noticias del diario cuya redacción dirigía el doctor Cosme Mariño, amigo de Paz, eran escuetas aunque en algunos casos sobrecogedores. “A 31 millones de pesos fuertes ascienden los gastos de la guerra del Paraguay, en cuatro años y cinco meses de duración”, una cifra última que arroja el censo en la ciudad de Buenos Aires asciende a 190 mil almas”.

A pesar de que sus detractores vieron a La Prensa como “periodiquín y diarejo sin importancia ni mérito”, el escritor Arturo Capdevila acierta en 1939 cuando afirma que esa aparición “es un jalón que divide en dos épocas la vida argentina”.

Para el abogado Gerardo Ancarola, director del matutino en 1996, “el diario nace en 1869 con el propósito superador de evitar la fuerte politización que caracterizaba a los periódicos de entonces. Se mete en el panorama de los casi veinte diarios que aparecían tratando de diferenciarse de la prensa partidista o facciosa. En poco tiempo llega a los 25 mil ejemplares de venta y toma una tendencia ascendente que no se detiene durante décadas”. Cuando el siglo XIX termina, el diario está en 77 mil ejemplares de venta y en los primeros años del siglo XX supera los 100 mil. Consciente de que había lectores interesados pero sin capacidad económica, el nuevo diario decidió tentarlos regalándoles los ejemplares de los primeros tiempos. No se equivocaron con la estrategia, porque si en la edición inaugural tenían apenas cinco avisos, en 1899, cuando inauguran sus nuevas rotativas, los reclames sumaban 1.581 en una edición. “El periodismo argentino nace como expresión intelectual de las elites políticas, en los tiempos en que se luchaba por la emancipación nacional”, opina en 1987 Félix Laiño, famoso periodista iniciado en La Razón en 1931 y que desde 1939 hasta casi cincuenta años después estuvo al frente de su redacción.

En 1874, por ejemplo, el pionero Paz, sin dejar ni por un momento la dirección del diario, había participado de una asonada en contra del presidente Avellaneda, a cuyo servicio colocó el diario, que en esos tiempos apareció con una frase al lado de su logotipo: “La Prensa en campaña”. Tan habitual era esa forma de intervención que aunque el movimiento terminó en derrota el diario siguió saliendo sin haber perdido nada de su influencia y prestigio.
Nace La Nación

El 4 de enero de 1870, con una tirada de 1.000 ejemplares y un capital de 800.000 pesos de la época reunidos por él y nueve amigos (José María Gutiérrez, Rufino y Francisco de Elizalde, Juan Agustín García, Delfín B. Huergo, Cándido Galván, Anacarsis Lanús, Adriano Rossi y Ambrosio Lezica) el ex presidente, general y abogado Bartolomé Mitre sacó La Nación, un diario al que difícilmente pueda desvinculárselo de uno de los constructores de nuestro país. Hacía treinta y cuatro años que Mitre era un reconocido periodista de barricadas propias y ajenas y ocho que publicaba con el imprentero Gutiérrez La Nación Argentina. Mitre pensó en su nueva obra como otro aporte a la organización nacional iniciada por Urquiza y a la que él mismo contribuyera. “La Nación Argentina fue una lucha. La Nación será una propaganda”, admitió, y cuando le solicitaron que explicara la frase añadió que se refería a la difusión de los principios de la nacionalidad y de las garantías institucionales.

Se publicaban también infinidad de hojas satíricas de tiradas insignificantes: El Brujo, El Gringo, La Jeringa, La Viuda.... y materiales partidarios herederos de un título antológico de mediados del siglo XIX: El Despertador Teofilantrópico Misticopolítico, un pasquín que editaba el padre Castañeda.

La Nación tuvo que hacerse un lugar entre El Nacional, de Dalmacio Vélez Sarsfield, y La Tribuna, y para ello fue fiel a un concepto: “La Nación será tribuna de doctrina”. [*error]Tanto El Nacional, fundado en 1852, antes de la caída de Rosas, como La Tribuna, luego de la batalla de Caseros, fueron baluartes en el enfrentamiento que la ilustración de la época (grandes cabezas como Bartolomé Mitre, Nicolás Avellaneda o Vicente López) descalificaba como la tiranía de Juan Manuel de Rosas, el rosismo y sus secuelas. En El Nacional, dirigido por Cayetano Casanova, Juan Bautista Alberdi consiguió publicar un adelanto de Las bases mientras que la pluma estelar de La Tribuna, dirigido por los hermanos Héctor y Mariano Varela y Juan Ramón Muñoz, era Domingo Faustino Sarmiento. Pero no sólo se destacaban por hacer política. El Nacional, por ejemplo, fue el primer medio en tener dos ediciones diarias, una al mediodía y otra a las dos de la tarde. Un poco antes, La Prensa se había comprometido a “expresar y a representar a la verdadera opinión pública y no sujetarla a la nuestra, ni menos formarla o dirigirla”. Sin embargo, más temprano que tarde, ambos diarios se convirtieron en voceros confiables y serios del pensamiento liberal y conservador, que hasta ese momento se había nutrido de diarios franceses o ingleses, los que tardaban meses en llegar al Río de la Plata desde sus lugares de origen.

Cuando funda La Nación, lo que Mitre pretende es tener un diario que contribuyera a consolidar la organización nacional. Para cumplir en los papeles aquello que ya había expresado como jefe militar y como presidente. Y aunque no siempre dirigió el diario, su influencia fue considerable, en especial, acerca de los sentimientos e intereses bonaerenses”, dice en 1996 el secretario general de redacción de La Nación, José Claudio Escribano, quien además asegura que son numerosos los vestigios de la doctrina del fundador que aún permanecen en la institución y en el periódico. “La presencia de Mitre perdura en lo que concierne al uso de la libertad, la defensa de las garantías individuales, la independencia de los poderes públicos y el ejercicio de un criterio pluralista en todos los órdenes. Si alguien nos dijera: ‘Ustedes hacen un diario conservador y liberal’, contestaríamos: ‘Está bien; no hay nada que corregir en su afirmación’. Ahora, si en cambio, la expresión fuera: ‘Ustedes hacen un diario elitista’, nosotros diríamos: “Qué mal nos ha entendido usted o qué mal hacemos nosotros las cosas para que usted nos entienda de ese modo”, opina Escribano. Acerca de la cuestión de si todavía en 1996 hay “mitrismo” en La Nación, Hugo Caligaris -en el diario desde 1978 y actual editor de la revista de los domingos- responde: “El espíritu de Mitre persiste, en especial en los editoriales, en donde siempre trató de mantener principios del liberalismo bien entendido, polifacético”.

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