Partidos y sistemas de partidos



Descargar 1.23 Mb.
Página1/38
Fecha de conversión24.03.2017
Tamaño1.23 Mb.
  1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   38
PARTIDOS Y SISTEMAS DE PARTIDOS

SARTORI


Llevo tanto tiempo trabajando en este libro que me desagradR reconocerlo, ni siquiera ante mí mismo. Al mirar hacia atrás me doy

de que empecé a dar clases sobre los partidos y los sistemas artidos a comienzos del decenio de 1960. El impulso inicial se

a que no estaba contento con el volumen pionero de Duverger,

había aparecido en 1951. El motivo por el que Duverger mere á eterna gratitud fue que se ocupó de un tema que carecía de una

‘a general. Sin embargo, ya en 1963 David Apter afirmaba, con

i, al estudiar el mismo tema, que «lo que falta es una teoría

los partidos políticos». En mi combate con este manuscrito he

scubierto después que no se ha puesto remedio a esta carencia

y que de hecho ésta se ha ido hacíendo notar cada vez m

‘EJ primer borrador lo terminé en YaIe en 1967 y se distribuyó

ese mismo año. Varios amigos citaron el borrador en 1967 por creer,

1 igual que creía yo mismo en aquella época, que estaba a punto de

: el libro. Les debo mis más humildes excusas. El borrador era

más difícil manejo teórico que el libro de hoy y su proyecto se ocupaba muchísimo de la teoría de los sistemas y de fomentar el aná lisis estructuralfuncional. Esto no significa d que desde entonces haya renunciado a mis ambiciones teóricas diferencia estriba en que en 1967 lo que yo tenía que decir quedaba contenido en un volu men, mientras que ahora publico el primero de dos volúmenes. Y mi tumbo teórico sé va marcando sobre la marcha, esto es, especialmente el segundo volumen.

EFAC1 O

9

Giovanni Sar



Partidos y sistemas de partidos

11

Como todavía queda por venir el resto, quizá deba menci ahora cuál es mi actitud respecto de la teoría de los sistemas.LCe dicen acertadamente quienes la denuncian, por una parte el anális de sistemas completos, y por otra parte la investigación y las concli siones empíricas, quedan muy separados. Sin embargo, es de supon que una de las formas de colmar esta laguna consista en desarro” el nivel intermedio, es decir, el análisis de subsistemas o de sistem parciales. Asimismo entiendo que para ello es clave el sistema c partidos y más e el subsistema de partídos. s la ç central mtermedia e intermediaria e



:biernd Además, en la medida en que constituyen un sisi los partidos interactúan, y esas interacciones pueden entenderse c propensiones mecánicas, como estructuras de compensaciones y c

-— oportunidades que ayudan mucho a explicar los diferentes rendimie tos de distintos tipos de comunidtíde de partidosj Por ( mo, entiendo que la política constituye una variable independiente, cual implica que los partidos y los sistemas de partidos moldean (r allá del punto en el que reflejan) la sociedad política. Esto es, a de tratar la política, como una variable dependiente, lo que al politólogo es estudiar cuánto kilometraje permite su autonomía

Estas y otras ambiciones teóricas surgen en el segundo volumen Pero ¿por qué no se publicó nunca el texto de 1967 y en qué medic afectó el aplazamiento al proyecto inicial? En 1968 también 1] a mi puerta la llamada revolución estudiantil y pasaron cuatro a en lo que los estudiosos califican asépticamente de gestión de flictos. Hasta fines de 1971, durante un curso que pasé en su t lidad en el Centro de Ciencias del Comportamiento de Stanford, pude volver a ocuparme del manuscrito. Entre tanto se había pul cado tanto material nuevo que el manuscrito sencillamente me e:

en las manos. Esta obra única tenía que dividirse, o, mejor dich multiplicarse por dos.

En el decenio de 1970 de nada valía aducir —como tenía derecho a h’a Duverger— que no podía surgir una teoría general de l( - partidos mientras no hubiera datos. Desde entonces se había pasac a disponer de una enormidad de datos, pero ¿qué uso teórico se pod hacer de ellos? Traté con todas mis fuerzas de sustanciar la tL. con datos y, a la inversa, los datos con pertinencia teórica; . tropecé con masas de material empírico que no eran acumulativas n comparables y que, de hecho, daban una suma cero, Una vez tras o mis esfuerzqs se vieron sumidos en una ciénaga o en una conceptual repres expresion coaccion estr tura, función, sistema, ideología, cultura, participación, movilizaci son todos ellos conceptos que sin duda ocupan un lugar central

cuestión de los partidos. Al ir tropezando con cada uno de ellos, en cada encuentro, la mayor parte de mi tiempo y mi energía se consa oraban a comprender cómo se utilizaba el concepto (de forma extra agante o confusa), a comentarlo y a tener que justificar mi propia elección de significado. Así, me encontré sumido en in lío inacabable de preliminares y a kilómetros de distancia del fondo de mi tema. Por último hubo que tirarlo todo al cesto de los papeles y me encon tré otra vez donde había comenzado, sintiéndome un Sísifo.

Estas vicisitudes frustrantes no representan en absoluto una coar tada ante la lentitud de mi ritmo ni una excusa por todo lo que he dejado de hacer. Sin embargo, ayudan a explicar por qué han trans- currido veinticinco años sin sustituir al clásico de Duverger; si dfec tivamente es así, pueden servir para advertirnos sobre el predica mento actual de la ciencia política qua teoría empírica. Parecería que cuanto más avanzamos técnicamente, más ineptos nos hacemos con ceptualmente.

También he tenido constantes problemas por meros motivos de comparación. Todos nosotros exageramos nuestras propias experien cias y minimizamos las de otras personas en otros países. Los seres humanos son tolemaicos. Sin embargo, algo cte fundamentalmente equivocado tiene que haber en una disciplina que logra meter en la misma categoría, por ejemplo, a varios Estados de los Estados Unidos, la Unión Soviética y una serie de Estados africanos embrionarios. En todo caso, el problema de aplicar raseros comunes y constantes a unos cien países constituye un problema; cada especialista en un solo país tiene por fuerza que sentirse descontento con el carácter general (co mo mínimo) de mis análisis. Es el precio que se ha de pagar por tratar de realizar estudios comparados a nivel mundial.

Si pasamos al contenido, ste volumen comprende dos partes. La Parte 1 onsiste en gran medida en una racionalización de c,ómo y por qué surgieron los partidos, de para qué existen y del peligro de con fiar una comunidad política a sus partes. Pese al actual rechazo de abstracciones como «partes» y «todos», de hecho estas abstracciones han sido históricamente la clave del debate acerca de los partidos y efectivamente nos ayudan de forma analítica a recuperar un sentido de la perspectiva. De hecho, toda la cuestión del faccionalismo —con la que empieza y termina la Parte 1— ha estado terriblemente con fusa, debido ami juicio, precisamente a una falta de perspectiva.

La Parte JItrata de los «sistemas» de partidos y en ella se inten tan clasificarlos conforme a sus tendencias o predisposiciones mecá nicas y conforme a la capacidad explicativa y predicativa que es resul tado de ellas. Esta clasificación puede dejarme, en muchos puntos, con clasificaciones anticuadas. Sin embargo, si bien las clases y los tipos

(dovanni S_.

no constituyen sino una puerta de entrada —como se puede recorr cer fácilmente—, sigue siendo cierto que, si no se entra en una cia con un vocabulario analítico sistematizado, todos los pasos s’ guientes tienen por fuerza que adolecer de errores. Además, no parece que se pueda sustituir a las clases y los tipos con ÍL. y algoritmos, la actitud más sensata parecería ser la de que las ‘ nominales y matemáticas pueden mejorar mucho si suman sus fuer y dejan por fin de lado una enemistad venerable. A primera v. atribuyo gran importancia al número de partidos, es decir, al critt

numérico de clasificación de los sistemas de partidos. Sin embar basta con echar un vistazo al índice para advertir que mi constan

principal es la competencia. No es una casualidad que este voli’ termine con un comentario del modelo downsiano y de la orientació de la competencia.

En el segundo volumen se investigarán, en la Parte III, los t de partidos su organizacion sus funciones El motivo para ocupars en primer lugar del sistema y no tratar hasta después de varíeda& concretas de partidos, como el partido de masas, es la razón sistem rica que se mencionó al principio. Por último, en la Parte IV, el t de los partidos se sitúa en contexto y se relaciona con un juego variables cruciales: la cultura y la ideología políticas, las fisuras y sistema social (la sociología de los partidos bien entendida), la influer cia de ios sistemas electorales y los métodos de la ingeniería polítH La obra terminará mediante la relación del sistema de partidos cor

> sistema político como un todo, con especial referencia a los -

-de çoalición y la teoría de las coaliciones.

Al final, pues, se verá que he tratado de explorar la comunida4 polttica de partidos, que no es lo mismo que la comunidad política democráticaJ Esta obra está basada en la hipótesis de que si la p - tica moderna tiene algo que sea peculiarmente «moderno», la nove se deriva de una sociedad políticamente activa, o políticamente r. lizada, que constituye un nuevo recurso y también una nueva fuent de complejidades. Si es así, la política moderna requiere la canalizr

¡ ción por partidos; o el partido único, cuando o donde no existe/ partidos en plural.

Durante todos los años de laborioso parto de este libro me servido de mucho los consejos y las críticas de muchos colegas. los diversos capítulos reconozco la gratitud que les debo. Sin e” go, como en diferentes momentos han formulado comentarios partes importantes de] manuscrito Leonard Binder, Val Lorwin, -. Daalder y G. Bingham Powell, debo mencionar ahora mi eno deuda con ellos por su ayuda. También me han resultado más ber ciosas de lo que pueda expresar las charlas tan estimulantes en .

PartidoS 5’ sIStefllas dc partidos

Comité de Sociología Política de la Asociación Internacional de Socio logía durante el decenio en que Sevmour M. Lipsct e Stcin Rokkan promoVieroli el estudio de los partidos en el programa de actividades del Comité. El Concilio de Estudios Internacionales Y por Zonas de la Universidad de Yale y, más adelante, ei Centro de Estudios Avanzados en Ciencias del Comportamiento de Stanford, me brinda ron conteXtOs y facilidades ideales para que pudiera ir arreglándo melas- La mayor parte del manuscrito definitivo se redació, de ‘hecho, en Stanford, «en la montaña», y Miriam Gallaher preparó la edición en el Centro. Debo agradecerle su paciente (y a veces disconforme ayuda, así como debo agradecer a los directores de la Cambridgc University Press que se hayan ocupado de los últimos prol de estilo y de la corrcccion de pruebas.

U. 5.

San Giuliano,



septiembre de 1975

12

NOTA DE INTROI) A LA EDICION



ESPAÑOLA

La base de datos para la edición en inglés del presente libro lle gaba hasta 1975 P r i est 1 cdicion he puesto al dia los datos (4UL guardin relacion con m argumento hasta diciembre de b*1 Siem pre que ha sido necesario, también se ha revisado el texto para que concuerde con esta puesta al día, pero los argumentos nuevos figuran a final de página Con un asterisco, para distinguir lo que es previsión de lo que es visión a posteriori. He recurrido a este mecanismo espe cialmente en relación con España. Cuando terminé el manuscrito en inglés del libro todavía vivía Franco y mi argumento terminaba con la pregunta, primero, de si el regreso de la democracia a España ocu rriria de forma pacífica, y segundo, hasta qué punto las pautas del sistema de p irtidos que surgiria se parecerian las de la Republica espanola del decenio de 1930. En esta edición, las elecciones de 1977 y 1979 me induccn 1 comparar a Espana mas bien cori la Itali i de fines del decenio de 1940 que con la propia España anterior a la guerra civil, Como con mi marco conceptual se trata de visualizar las tendencias ‘a largo plazo, en mi perspectiva todavía resulta demasiado Pronto para decir si es probable o no que España se convierta en una comunidad política polarizada al estilo italiano. No contemplo esa posibilidad sino como un preaviso. Como dice el refrán italiano, Uomo avvlsato rnezzo sa/cato: el advertido va está medio salvado.

15

Parte 1


EL MOTIVO: ¿POR QUE HAY PARTIDOS?

CapítulO 1

j PARTTD° COMo P

1.1. De la facción al partido

término tj empezó a utilizarse, sustituvendogradual mente al término derogatorio de «f al ¡rse aceptando la i de que un partido no es forzosamente una facción, que no es forzo ,— samente un mal y que no perturba forzosamente el bonum commune) (el bien común). De hecho, la transición de la facción al partido fue’ lenta y tortuosa tanto en la esfera de las ideas como en la de los hechos de ¡niciarse la segunda mitad del siglo xviii cuando Voltaire afirmó concisamente en la Encyclopédie: «El término par tido no es, en sí mismo, odioso; el término facción siempre lo es» Con su polifacético genio para la síntesis, Voltaire epitomizó en esta frase un debate iniciado por Bolingbroke en 1732 y que a partir de entonces continuó durante un siglo, aproximadamente •

Que el término de facción fuera odioso no era, desde la época

romana hasta el siglo xix, cosa que hiciera falta demostrar. En toda

El artículo de Voltaire figura bajo el epígrafe «Facción» (edición de Gine bra, 1778, de la Encvclopédi(-, volumen XIII, p 765). Sin embargo, el artículo

- relativo al «Partido» dice: «Vn partido es una facción, un interés o una fuerza

[ que se considera opuesta a otra», y uno de ¡os ejemplos que se cita es que «Italia lleva desde hace siglos desgarrada entre los partidos de los güelfos y los gibelinos.,> O sea, que da m ¡a vuelta al círculo. También se pueden hallar estas citas en el Dictzonnajre Philosophique de Voltaire.

Vease en general, Sergio Corta, «La Nascita dell’ Idea di Partito nel Se-

coto xviii» En Alti Facolté di Giurisprudenza (Jniversitá Perugia, LXI, Cedam,

( I() iI1n

Partid0 y sisteflias du partidos

21

la tradición del pensamiento político occidental apenas si hay un que no haya adoptado el mismo punto de vista. Por tanto, la , interesante de la frase es que Voltaire conceda que los partidos dan ser diferentes, que el término partido no tenga forzosamente asociación negativa. Sin embargo, difícilmente se puede dar a VoL el crédito de haber sostenido esta diferencia. Una vez escribió que i facción es un parlé séditicux duns un état (un partido sedicioso tro de un E Así, parece que el término partido sería aplical a las facciones que no son sediciosas. Pero Voltaire explicaba adelante, en cambio, que tina facción es «un partido sedicioso cu todavía es débil, cuando no comparte [ todo el Esta Así, «la facción de César se convirtió en breve en un partido nante que se tragó a la República». Y esta distinción se ve aún debilitada, por no decir anulada, por la observación de Voltair que «el jefe de un partido es siempre el jefe de una facción».



¿Se trata, pues, de una distinción sin diferenciación? No s justo hacer esta crítica a Voltaire, pues éste se limita a reflejar ambigüedades y las perplejidades de todo el siglo xviii. Por tanto que procede es plantear la cuestión con respecto a todos los a interesados: Bolingbroke, Hume. Burke y los protagonistas d revoluciones francesa y estadounidense. Pero, en primer lugar, c mos comprender su terminología.

En términos etimológicos y semánticos, «facción?> y «partido- tienen el misni si t que es con mucho el tér’ más antiguo y más establecidó é de iva del y (hacer, actuar).. y Ja palabra factio pronto ega indicar, p autores que escriben en latín, un grupo político dedicado a un perturbadsir. y. nocivo,,,a «actos siniestios». Así, e significado pri rio que expresa la raíz latina es una idea de bubris, de compu miento excesivo, implacable y, en consecuencia, nocivo.

La pal’abra se deriva también deHatí

que sigpifk dL STñ no entra en i , significativa en el vocabulario de la política hasta el siglo XVII, lo

1960; Erwin Faul, «Verfemung, Duldung und Anerkennung des Parteiwe in der Geschichte des Politischen Denkens», en Pol!tische Vzertel;ahressc/ marzo de 1964, págs. 60 a 80; Mario A. Cattaneo, 11 Partito Po/juco nel Pe ro del! Illuminismo e della Rivoluzione Francese, Giuffr 1964; Harve Mansfield, Jr., Statesmanship and Pariy Governrnenl: A Studv of Burke Bolingbroke, University of Chicago Press, 1965. Cotta tiene especial Impon respecto de Maquiavelo, Montesquieu y Bolingbroke; Cattaneo se centra e protagonistas de la Revolución Francesa; Mansfield se concentra, pese a su en Burke. También he encontrado muy útil, respecto del contexto constiti general del debate sobre los partidos, Mario Galizia, Carcatere (le! Regime mentare Inglesi-’ del Setiec.oto, Giufr/, 1969

implica que no ingresó en el discurso político directamente a partir d 1 latín. Su predecesor de larga data, con una c etimolo mu” p es la palabra «secta», término derivado_del iatín

ec ue significa pa cQrtaL,y, por tanto, dividir. Como ya se disponía de la palabra «secta», que se había establ para expre sar el significado estricto de partire, se prestaba

‘i una utilización más flexible_y más aviz O sea, que la palabra « expresaba básicamente.1 dç la palabra no es.)

n y por sí misma, un término derogatorio: es una imagen analítica. Es cierto que la sociedad erudita de tiempos antiguos —hablase en italiano, español, francés, alemán o inglés— comprendía su termino logía por conducto del latín (y del griego). Por ende, la derivación etimológica de la palabra, partido desde partire, esto es, desde parti ción, no esc’apó en absoluto a los autores de los siglos xvIi y xvi n embargo, el término «parte» había perdido hacía mucho tiempo

connotación inicial, Interviene en el francés partager, que significa compartir, al igual que en el inglés partaking (o partuership y par ticipation)

Cuando la palabra «parte» se convierte en «partido», disponemós pues, de un término que está sometido a dos atracciones semánticas “ por una parte la derivación de partire, dividir, y por la tra, la asoci con partici. y, en consecuen compartir. De hecho, esta última asociación es más fuerte que la primera deú vación. Sin embargo, debe señalarse una complicación. i.uan el término «partido» iba ingresando en el vocabulario de la política, el érfniño «secta» iba salien é.l. Durante el siglo xvii, el término secta pasó a ir unido a la religición, y especialmente al sectarismo protestante. Por estas vías, el término partido también adoptó, al menos en parte, el significado que anteriormente, expresaba —en el terreno político— el término secta. Y esto Leforzó la Vinculación ini ‘ de la palabra «partido» cp. la idea.de división y partición.

Lo que antecede ayuda mucho a explicar por qué el término «par ido» tuvo desde un principio una connotación menos negativa que ‘ de «facción» y, sin embargo, siguió siendo un sinónimo muy cer :ano de facció. Poca duda cabe de que, aparte de urke, ningún -ator del siglo XVIII deslindó verdaderamente los dos conceptos. Sin embargo, todos nuestros autores —y sobre todo Bolingbroke y Hu trataban, en algún momento, de formular una distinción que

comportase una diferencia. Si al leer las diversas obras al respecto prestamos atención a lo que dicen exactamente, cuando quiera que

* También en castellano, evidentemente: compartir, repartir, participación, 1 (N del T.)

G iov’anni Sarto

Partidos y sistemas de partidos

23

los dos términos no se utilizan en forma intercambiable, la difet consiste en que c de «facción» se aplica a un grupo coñcreto>ú tras cjue el de «partido» constituye en medida mucho mayor qp tición analítica, unajjiw.geo men en lugar de una identidad creta. Y ello explica por qué la distinción se ve rápidamente d.c nada y no se sostiene. Si la facción es el grupo concreto y el p es la agrupación abstracta, ia referencia al inundo real hace que a scan indistinguibles.



Lo que antecede también nos alerta al hecho de que los aut que hablaban de «partes», pero utilizaban la palabra «partido» no enfrentaban eii realidad con el problema. Así ocurre en partH con M o Montesquieu, a quienes muchas veces se cita cor l precursores en cuanto a visualizar la idea de partido en un sentk f Pero no utilizaron esa palabra. El pasaje pertinente c Maquiavelo ‘a estos efectos dice que los «motines entre Nobles y beyos... fueron una causa primera de que se mantuviera la liber de Roma», a lo cual se añade el comentario de que en - sellan «dos temperamgnw [ diferentes, uno el del y otro & los pod [ de forma que «todas las l E se promulgan en pro de la libertad son resultado de l [ esos temperamentos]. Pero Maquiavelo aclaraba, inmediata” después, que no estaba dispuesto a aplicar es propia época iii,de hecho, en sus propios términos, a los <

tk los cuales nacen las partes de la ciudad», pues esas árte 1

a la ciudad a su «ruina» ‘. De hecho, cuando Maquiavelo se r

a un grupo concreto, hacía suya de todo corazón la condena de

sectas y del faccionalismo.

A primera vista, Montesquieu fue algo más allá que Maquiavelo En las Considérations sobre las causas de la grandeza y la decaden cia de los romanos decía Montesquieu:

Lo que se califica de Linión del cuerpo político es algo muy ambiguo; la verdadera es una unión de la armonía, a raíz de la cual todas las p” [ les puches], aunque parezcan opuestas, concurren en bien g de la sociedad, igual que en la música algunas disonancias concurren e. la armtnía general...; ocurre como con las partes de este universo eternamente vinculadas por sus acciones y reacciones .

Ahora bien, este argumento es muy abstracto y las imágene

Maquiavelo, DÍSCOrSi sopra la Prima Deca di ‘lito Livio, 1, 4 y 7, La

refleja estriba en que los romanos manejaban «temperamentos» por «>medios .

narios», mientras que las facciones y las sectas son testimonio del recurso a «

extraordinarias».

Considérations sur le> Causes de la Grandeur des Romain> el tic icor ‘adence. cap. Y

=armonía musical y cosmológica— son muy antiguas. Si bien aparen- remen te Montesquieu fue un paso más ‘allá que Maquiavelo, ello se debió a que estaba dispuesto a arnpJi.a lo que decía Maquiavelo de los romanos a los ingleses de su oca ‘. Sin embargo, ha leer a todo Monte para encontrar algunas indicaciones alusivas de una comprensión favorable de las «partes» de una república, mientras qUe en el capítulo crucial de L’Esprit des Lois en que esboza la cons rirLición inglesa no hay ninguna referencia a ios partidos 6, Y, por otra parte, no cabe duda de que Montesquieu coincidía plenamente con la condenación general de las «facciones»

O séa, que Maquiavelo y Montesquieu no entraron realmente en el problema, porque el paso cruCL —en la transición de «partes» a «partidos»— consi concebir el partido como un término oh esto es, ¿orno un nombre concreto que señalaba una entidad o una ageilcia concT de una facción). Este gran paso adelante no se dio hasta Burke, casi medio siglo después de Montes quieu. Y para percibir la distancia que se debía de recorrer antes de llegar a Burke hay que empezar por Bolingbroke, el contemporáneo de Montesquieu, que de hecho fue el primer autor importante que escribió extensamente acerca de los partidos 8

La actitud de ‘ e es la siguiente: «El gobierno de ui parti o debe siempre terminar en el gobierno de una facción.., Los partidos son un mal político y las facciones son los peores de todos lo partidos» Podría parecer que, en este caso, Bolingbroke esta blece sólo una diferencia de grado: mientras que la facción es peor poe el partido, ambos problemas pertenecen a la misma familia. Pero Jeja bien claro que la diferencia también es de especie, pues los

Véase L’Espril des Loja, XIX, 27 (en edición Garnier, 1949, tomo 1. pági os 16). El pasaje más importante a estos efectos se encuentra, no obstante, en as Leltres Persanes, CXXXVI, cuando Montesquieu observa que en Inglaterra «se ve cómo la libertad surge incesantemente de las llamas del disenso y la sedi ción», Pero no se hace ninguna mención de los partidos.

  1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   38


La base de datos está protegida por derechos de autor ©bazica.org 2016
enviar mensaje

    Página principal