Pedro antonio castro y gonzalez



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PEDRO ANTONIO CASTRO Y GONZALEZ — mi tatarabuelo — nació en Salta por el año 1790. En 1811 sentó plaza de Sargento en la “Tercera compañía del Segundo Escuadrón de Patricios”, cuyo regimiento, como es sabido, integró la expedición a las provincias norteñas, bajo el mando militar, entonces, del General Antonio González Balcarce, y la orientación ideológica de Juan José Castelli.

Hacia el año 1812 el muchacho se casó con Matilde de Sancetenea y Morel de la Cámara, quinceañera niña de notoria relevancia social; bautizada, “de un día”, el 3-III-1797 (hija de José Calixto de Sancetenea, nativo del país vasco, y de la salteña María Manuela Morel de la Cámara). Poco después, impulsado por su hermano Saturnino, Pedro Antonio se pasó al ejército realista, y en clase de oficial subalterno participó en la batalla de Salta. Así consta en el documento “Estado que manifiesta los jefes, oficiales, sargentos, cabos y soldados del ejército de Lima que, a consecuencia del tratado de 20 del corriente, prestaron juramento de no tomar las armas contra las Provincias Unidas del Río de la Plata'; documento que firmó el Mayor patriota Eustoquio Díaz Vélez, el 27-II-18133, y donde figura el Teniente “don Pedro de Castro”.

Vencido y capitulado en dicha jornada, el prisionero, al recobrar su libertad, trasladose con su joven esposa a Charcas, donde el Arzobispo Moxó y Francolí absolvió colectivamente de su juramento inhibitorio a los derrotados por Belgrano. Ello descargó de escrúpulos la conciencia de mi tatarabuelo, que incorporado a las tropas de Pezuela asistirá a los triunfos de Vilcapujio y Ayohuma, lo cual le valió el ascenso a Capitán.

El año siguiente, Pedro Antonio toma parte en la sublevación de su hermano Saturno, destinada a sacarle los efectivos a Pezuela a fin de apoyar y decidir con ellos la causa revolucionaria americana. Pero — como sabemos — fracasa la intentona. Al Coronel responsable “lo pasaron por las armas el día primero de éste en Moraya a las diez del día; su hermano está preso y otros varios oficiales en Suipacha y en la cárcel de “Tupiza” — según información recogida, días más tarde de un desertor realista, por el Comandante patriota Alejandro Heredia.



Al poco tiempo, sin embargo, Pedro Antonio Castro fue indultado; y como lo consigna su camarada García Camba, “continuó sirviendo con honra en el ejército real, hasta la funesta disidencia del General Olañeta"; aunque José María Paz, en sus difundidas Memorias, apenas lo aluda a mi tatarabuelo — que alcanzó el grado de Coronel —, y diga que los españoles “jamás le confiaron puestos ni mando de importancia”.
Las sucesivas invasiones realistas
A partir de 1810 las invasiones militares “godas” sobre el actual territorio argentino del noroeste, siempre rechazadas por los guerrilleros de Salta y Jujuy — solos o en cooperación con los ejércitos regulares de la patria — fueron 9, a saber:
1ª.- La que comandó el General Vicente Nieto, desbaratada por las tropas de Buenos Aires al mando de Balcarce en Suipacha el 7-XI-1810, en cuya acción Güemes participó decisivamente al frente de las milicias de Tarija y Salta, las cuales sufrieron el mayor porcentaje de bajas. Es de notar que en el parte de batalla redactado por Castelli, se omite el nombre de Güemes, lo que se presta a todo género de suspicacias.

2ª.- La que trajo el General Pío Tristán y resultó derrotada por Belgrano en las memorables batallas de Tucumán y Salta (24-IX-1812 y 20-II-1813). En la última acción peleó por el Rey, con el grado de Teniente, Pedro Antonio Castro.

3ª.- La de los Generales Pezuela, Ramírez y Tacón, después de Vilcapujio y Ayohuma, rechazada en 1814 por los gauchos de Güemes. Aquí no me consta la participación de mi tatarabuelo en la vanguardia que operó en Salta a las órdenes de su hermano Saturnino.

4ª.- La del General Pezuela, cuya avanzada quedó deshecha en Yavi, el 14-IV-1815, en el “Puesto del Marqués” (del Valle del Tojo) por una columna patriota subordinada al General Fernández de la Cruz. Güemes resultó el campeón en dicha sorpresa; con una carga fulminante de sus gauchos arrolló completamente a los realistas. Creo que en este combate no intervino Pedro Antonio Castro, detenido, como estaría, después del abortado golpe insurreccional de su hermano Saturno, en septiembre de 1814.

5ª.- El último intento de Pezuela, luego de sus éxitos de Venta y Media y Sipe Sipe, antes de entregarle el mando a La Serna. Esta ofensiva fué contenida en los límites de Jujuy el año 1816 por los guerrilleros de Güemes. Ignoro si mi antepasado Pedro Antonio combatió en esas circunstancias, pero se me ocurre que no.

6ª.- La gran entrada de La Serna, con 4 ó 5 mil hombres hostilizados día por día, desde enero hasta julio de 1817, y repelidos finalmente gracias a las montoneras salteñas y jujeñas que comandaba Güemes. En dicha invasión sí tomó parte, ya como Coronel, Pedro Antonio Castro, y en ella lo hirieron y quedó mutilado para toda la vida. Tal contratiempo y otros lances bélicos de mi tatarabuelo realista, se detallarán como es debido, más adelante.

7ª.- Los ataques conjuntos del Brigadier Pedro Antonio Olañeta y del Coronel Jerónimo Valdés (futuro Conde de Torata), quienes ocuparon la ciudad de Jujuy el 14-I-1818, pero mediante cruentas refriegas resultaron rechazados por las milicias gauchas el año 1819. En estas guerrillas no estuvo Pedro Antonio Castro, convaleciente de su grave herida en la garganta recibida en la campaña anterior.

8ª.- La invasión del ejército de Ramírez de Orozco, de Canterac y del mismo Olañeta el año 1820, fuerte en 5.000 hombres, de cuyas resultas aquellos jefes se apoderaron de la ciudad de Jujuy el 24 de mayo, y seguidamente de la de Salta, el 31 de dicho mes. Los invasores, luego de soportar duros encuentros, evacuaron a Salta el 5 de julio, y se retiraron hostigados sin cesar hasta Tupiza. En esta campaña actuó el Coronel Pedro Antonio Castro, pues, en febrero 1820, con su regimiento de “Dragones Americanos”, capturó en Chocoite — hoy departamento de Yavi, entonces feudo del célebre Marqués — a una partida de 23 guerrilleros con su jefezuelo, un coya llamado Chuichuy, vástago del cacique Cochinoca. (García Camba recuerda en sus Memorias esta acción, y por error dice “Chucuity” en vez de “Chocoite”, y así lo repite también Yaben en sus importantes Biografías).

9ª.- La entrada de Olañeta en 1821, cuyas fuerzas invasoras enfilaron por la Quebrada de Humahuaca en continuas luchas con el gauchaje nativo. El Coronel Guillermo Marquiegui, cuñado de aquel jefe, avanzó con una columna hacia Jujuy, pero en el paraje de “León” fué rodeado, derrotado y rendido (24 de abril; “Día Grande de Jujuy") por el Gobernador José Ignacio Gorriti, sustituto de Güemes. Guillermo Marquiegui había perdido un brazo en Sipe Sipe, y perdió en León el sano que le quedaba, y manco del todo cayó prisionero, juntamente con su hermano Felipe, mal herido también en la pelea. Olañeta entonces replegose hacia Tilcara; y poco después, desde la frontera del Alto Perú, despachó una división de 600 infantes a órdenes del Coronel José María Valdés, alias “el Barbarucho”, quien avanzó por Purmamarca, costeó la serranía de las Tres Cruces y del Chañi, dejó atrás el cerro Negro y el de las Nieves, y por las quebradas de Lesser y de los Yacones se descolgó sigilosamente hacia la ciudad de Salta. En una verdadera “operación de comandos — que diríamos hogaño — penetró “el Barbarucho”, agazapado de noche al recinto urbano el 7-VI-1821; y sus hombres se tirotearon con el propio Gobernador Güemes, alcanzándolo con el balazo de cuyas resultas, diez días más tarde, moriría el Caudillo salteño. Es de advertir que el nombre de mi antepasado Castro no figura en ninguno de estos ataques dirigidos por Olañeta y rematados en aquel audaz golpe de mano.
Algo más sobre los Generales Pezuela y La Serna
Como es sabido, para suceder al Marqués de la Concordia José Fernando de Abascal, la Corona designó Virrey del Perú al General Joaquín de la Pezuela Sánchez de Aragón. (Poco antes de su muerte, el 8-II-1830, don Joaquín fué agraciado con el título de Marqués de Viluma, nombre con que el vencedor recordaba a la batalla de Sipe Sipe; siendo, por tanto, 2º Marqués, su hijo Juan Manuel de la Pezuela y Ceballos, futuro Conde de Cheste, militar, político, traductor, poeta y comediógrafo de conocida figuración).

Instalado Pezuela en Lima al frente del Virreinato, y, por otra parte, habiendo sido nombrado el segundo jefe del ejército altoperuano, Juan Ramírez de Orozco, Presidente de la Real Audiencia de Quito, tomaron a su cargo aquellos respectivos comandos vacantes, el General La Serna y su segundo el Coronel Jerónimo Valdés; a quienes vinieron a quedar subordinados los aguerridos cuerpos americanos que — bajo al inmediata responsabilidad del Brigadier Olañeta — condujera Pezuela repetidas veces a la victoria: los “Partidarios del Rey”, los “Cazadores de Castro” (1) y el batallón “Cuzco”, todos de infantería; constituyendo la tropa montada los escuadrones “San Carlos”, “Cazadores a Caballo”, “Chichas” y “Dragones Americanos” — estos últimos mandados por el Coronel Pedro Antonio Castro. Todas esas unidades recibieron el refuerzo de cuatro contingentes españoles, fogueados en la guerra napoleónica, y que acababan de triunfar en Venezuela a las órdenes del General Pablo Morillo (futuro Conde de Cartagena y Marqués de la Puerta), a saber; “Húsares de Fernando 7º”, “Dragones de la Unión”, “Gerona” y “Extremadura"; amén de los “Granaderos de la Guardia”, la disciplinada escolta de La Serna.

En su totalidad, dicho ejército en operaciones se aproximaba a los 7.000 hombres, con 12 ó 16 piezas de artillería, maestranza e impedimenta — caballos de pelea y mulas de marcha —, cuya fuerza debía abrirse paso hasta Córdoba, donde esperaba reunirse con otro ejército igual, que vendría de Chile, por Mendoza, para caer ambos conjuntos armados sobre Buenos Aires, y sofocar allí definitivamente la revolución.

A tal propósito el Virrey Pezuela había despachado para Chile el famoso regimiento “Talavera” mandado por el no menos célebre Brigadier Rafael Maroto, quien sería derrotado por San Martín, el 12-II-1817, en la batalla de Chacabuco, que le abrió al General argentino las puertas del país transcordillerano.

El nuevo Comandante General José de La Serna y Martínez de Hinojosa (futuro Virrey del Perú y, tras ello, Conde de los Andes) era un artillero distinguido, cuyo valor habíase probado en el sitio de Zaragoza, a las órdenes de Palafox, contra las tropas francesas de Napoleón. En la ciudad heroica, él hizo volar personalmente un puente en defensa de los conventos de San José y de Capuchinos, y se sostuvo también aferrado a los torreones de la gloriosa “Puerta Quemada”, hasta que cayó prisionero. Cuando la guerra allí hubo concluído, el Rey lo ascendió a General, con encargo preciso de aplastar, en estos dominios americanos, la insurrección separatista que se impulsaba desde Buenos Aires. Según descripción hecha al historiador Bernardo Frías por algunos viejos allegados a la familia de los Valdés Hoyos, en cuya casa La Serna se hospedó en Salta, éste era “un militar como de 45 años, bastante cano, de regular estatura, un poco grueso, moreno, bizarro y buen mozo”. Y Dámaso Uriburu Hoyos recuerda en sus Memorias que La Serna “era un hombre alto, de majestuosa presencia y de una fisonomía de las más nobles que haya visto jamás el autor”.
Pónese en movimiento la invasión de los “maturrangos”
El 24 de diciembre de aquel año 16, el Brigadier Olañeta — con su vanguardia fuerte en 2.000 hombres, incluído el regimiento “Dragones Americanos” a cargo del Coronel Pedro Antonio Castro, y 6 cañones — avanzó decididamente sobre Humahuaca, derrotando a su guarnición y apoderándose de la villa al día siguiente.

Luego de este éxito inicial, Olañeta, a fin de despejar el flanco izquierdo de su tropa, despachó para Orán un destacamento a las órdenes de su cuñado el Coronel Guillermo Marquiegui, en tanto él proseguía su arrolladora marcha, dispersando a las distintas partidas de gauchos que trataban de detenerlo, para entrar en la ciudad de Jujuy el 6 de enero.

La Serna, a todo esto, se hallaba en Yavi con el grueso de su ejército. Confió al General Tacón la defensa de las provincias de Charcas y Potosí, y al Brigadier O'Reilly el mando de las subdelegaciones de Chichas y Cinti, y con el resto de sus fuerzas penetró por el áspero desfiladero humahuaqueño rumbo a Jujuy, detrás de la división de Olañeta que acababa de allanarle el camino.

El ejército realista estableció entonces su Cuartel General en San Salvador, constantemente hostilizado por los comandantes de Güemes; Francisco Pérez de Uriondo, desde el norte por Tarija; Manuel Eduardo Arias — quien detuvo el avance de Marquiegui en Orán, y, reforzado por Juan Antonio Rojas, logró desbaratar a Olañeta que había acudido en socorro de su cuñado, y, más tarde, Arias tuvo la fortuna de apoderarse de Humahuaca, a retaguardia del enemigo. Por el lado de Jujuy, guerrilleaban José María Pérez de Urdininea, Bartolomé de la Corte, José Gabino Quintana, Angel María Zerda, Vicente y Jorge Torino; alcanzando triunfos parciales en “El Molino”, “Los Alisos”, “Perico” y “San Pedrito"; mientras Francisco “Pachi” Gorriti y Apolinario “Chocolate” Saravia desplazábanse, de acá para allá, al frente de las reservas patriotas.

No obstante esa seguidilla de contrastes, La Serna — aunque convencido de que por la inesperada victoria de San Martín en Chile ya no le sería posible llegar con sus legiones a Córdoba, y mucho menos plantar sus banderas en Buenos Aires —, decidió avanzar el 13 de abril sobre la ciudad y valle de Salta, a fin de darle a Güemes el golpe de gracia.

Las partidas gauchas, por su parte, hostigaron sin tregua la embestida de los “godos” — o “maturrangos” como se les decía —, redoblando su resistencia hasta “La Caldera”, en cuya localidad pernoctaron los invasores el día 14, para reanudar la marcha el 15, fecha en que todas las tropas de La Serna desembocaron “en la gran llanura o pampa de Castañares”, extendida frente a la ciudad de Salta.


Las tácticas de Güemes y una equivocación sangrienta de Castro y de García Camba
En ese punto el Gobernador Güemes había desplegado en línea su caballería — cerca de 2.000 jinetes, sin contar a las guerrillas dispersas —, aparentemente decidido a defender a la población; cuyos edificios altos, sus torres, azoteas, tejados y miradores, estaban atestados de curiosos — viejos, mujeres y niños — dispuestos a “balconear” la inminente pelea; mas cuando los realistas se lanzaron a la batalla, Güemes deshizo su formación, y sus hombres se internaron por las calles de la ciudad, atravesándola de parte a parte, mientras los soldados de La Serna trataban de dar alcance a esos gauchos que se les iban de las manos.

Cuenta García Camba en sus Memorias, que los primeros que atravesaron en la forma dicha la traza urbana y salieron al campo llamado de las Carreras, por cuyo extremo corre el río Arias, fueron el Coronel Pedro Antonio Castro, el Capitán de “Dragones de la Unión” José Auxeró, y el propio Andrés García Camba — entonces Capitán de los “Húsares de Fernando 7º” — con algunos soldados a caballo.

Entre los grupos enemigos que por diferentes calles también desembocaban al campo citado, notose a un jinete que llevaba poncho color de rosa y sombrero redondo de felpa, y el Coronel Castro dijo; “Ese es Güemes”. El Capitán Camba que montaba un raudo bridón regalo del Virrey Abascal, contestó inmediatamente; “Si ustedes me sostienen, le alcanzo”. Recibida la respuesta afirmativa todos dieron rienda suelta a sus corceles. Poco tardó Camba en ponerse al costado del presunto Güemes, mandándole detener y que ser rindiese; mas el hombre, sin contestar, si bien disminuyó la velocidad de su cabalgadura, echó mano a una pistola en ademán de servirse de ella. Recibió entonces un sablazo en la mano, que lo obligó a soltar dicha arma, en tanto un húsar que seguía a su Capitán disparó la tercerola y derribó al enemigo que ofrecía rendirse ya herido de muerte. “Castro — prosigue García Camba — en lugar de Güemes, como había creído, reconoció a su paisano Senarrusa (Pablo), oficial de caballería enemiga, que fué seguidamente conducido a su propia casa y asistido con esmero por los facultativos españoles, aunque inutilmente, porque aquella misma noche expiró en los brazos de sus inconsolables madre y hermanas, quienes informadas por el Coronel Castro de las circunstancias de la desgracia que lloraban, hacían justicia a los vencedores”.

Así cayó Salta en manos de La Serna, perdiendo — según García Camba — entre muertos, heridos y prisioneros, más de 100 hombres los patriotas y poco más de 30 los del ejército real. En seguida con el doble propósito de surtir a las tropas de ganado vacuno y de dar con los hombres de Güemes en campo abierto, a fin de inflingirles, a sablazo limpio, un escarmiento definitivo, el mando español despachó una serie de expediciones escalonadas. La primera de ellas salió de la ciudad el 17 de abril, bajo la responsabilidad del Coronel Antonio Vigil. Incursionó 5 leguas sobre los cerros del suroeste, hacia el paraje “del Encón”, sin hallar oposición ninguna, regresando al punto de partida con algunas reses de consumo y unas pocas mulas mansas.

La segunda columna expedicionaria realista púsose en marcha el día 18, a las órdenes de mi tatarabuelo, el Coronel Pedro Antonio Castro, quien, luego de un merodeo por el camino de la Pedrera, hacia la Isla, y por la “Hacienda de Burgos”, entre el río Arias y las serranías del naciente, tornó a Salta sin novedad.

Otra columna subordinada al Coronel José Carratalá intentó desplazarse hacia la “Hacienda de Martiarena” el día 19 de abril, más al vadear el río Arias resultó tiroteada por los gauchos del Comandante Burela, que obligaron a Carratalá a replegarse después de sufrir serias bajas entres su gente.

En la tarde del mismo 19, salió la cuarta expedición compuesta por el batallón “Gerona” y 180 hombres a caballo, al mando del Coronel Vicente Sardina, rumbo a la estancia “El Bañado”, a 10 leguas de Salta, donde Güemes había establecido su cuartel general. Sardina marchaba con la idea de sorprenderlo a Güemes, pero éste fué quien lo sorprendió a él. Escondidos en un bosque, los montoneros de poncho y tacuara cargaron repentinamente sobre los españoles a lanzasos. Persistió Sardina en avanzar hasta la quebrada de Escoipe, que da acceso al valle Calchaquí. En los “Cerrillos” sufrió otro cruento entrevero, a consecuencia del cuál el Coronel resultó alcanzado por un balazo mortal. Otra sorpresa les estaba reservada a los invasores en “El Bañado"; y otra en Chicoana; y otra en el cerro de Pulares; y otra en la Viña, con cinco emboscadas seguidas en Rosario de Lerma, desde cuyo punto se volvieron los expedicionarios maltrechos a Salta; agonizante Sardina en una camilla, para morir a las pocas horas de llegar a la ciudad.
Se retira el ejército del Rey. Castro es herido de gravedad
Constantemente hostigado por las partidas gauchas, La Serna comprendió cuán ineficaz había sido esa invasión al territorio salteño, y lo imposible que le resultaría adelantarse a Tucumán. Por lo demás, el 2 de mayo se supo concretamente en Salta la noticia de la ocupación de Chile por San Martín. En tal circunstancia la campaña dispuesta por La Serna ya no tenía razón de ser. Así pues, el referido Jefe, dispuso la retirada total de sus fuerzas hacia las posiciones de Mojo y Talina; y el 4-V-1817, por la noche, los soldados del Rey partían más o menos subrepticiamente del valle de Lerma.

Con su retaguardia picada sin cesar por enjambres de enemigos, los españoles llegaron dos días después a Jujuy, y como aquí tampoco podían conservarse, el 13 de mayo, la otrora arrogante hueste ofensiva rompió la marcha hacia el Alto Perú.

Durante 18 días interminables, penosamente hubieron de recorrer dichas formaciones la quebrada de Humahuaca. El 1º de junio todo aquel ejército — sus distintos cuerpos, hospital, parque y bagajes — quedó reunido en Tilcara. Pero como las subsistencias escaseaban, al otro día (2 de junio) el Coronel Pedro Antonio Castro salió de Tilcara al frente de 220 hombres, hacia la “Quebrada del Durazno” en busca de ganado para racionar a la tropa; “operación — comenta Frías — a la que se ofrecía con señales de ventaja por ser salteño y, por lo mismo, gaucho, sin duda algo práctico en tales correrías”. (“Durazno” queda en la falda Este de los cerros atrás de Tilcara, a unos 60 kilómetros de este pueblo, y era, a la sazón, estancia del Capitán jujeño Manuel Alvarez Prado, oficial de milicias del Comandante Arias). La susodicha hacienda resultó saqueada por Castro, mas este solo logró apropiarse de 20 vacunos.

Entretanto el Capitán Alvarez Prado y sus “payucas” en armas, reforzados por la partida del Teniente José Ximénez, acechaban detrás de las montañas. Y el 6 de junio, no bien tuvieron a tiro al piquete depredador con su escaso arreo, “en un punto algo favorable — según el parte de dicho Capitán a Güemes — tuvimos una guerrilla fuerte con las pocas municiones que nos acompañaban, y estas, en los primeros tiros, dieron fin, y empezamos a hacerles rodar piedras en las faldas, y de este modo conseguí tomarles 4 prisioneros con sus fusiles, 10 muertos, y de igual modo abandonaron todas las cargas de víveres que llevaban”.

Consecuencia de esta sorpresa fué que Pedro Antonio Castro, “hombre iracundo, de palabra áspera y agresiva — al decir de Bernardo Frías —, saliera gravemente herido, y que llevara por todo lo que le restaba de vida el recuerdo de esta jornada, como que una bala de la Patria le entró por el cuello, y atravesándole la lengua, se la dejó para siempre torpe para hablar”.

Ello resultó así, en efecto; y ahora me explico yo porque, siendo niño, en ocasión de atorarme con la comida, o cuando debido a una papa caliente que bailaba sobre mi lengua profería algún sonido gutural, mi abuela Margarita me decía por broma; “es la bala del abuelo Castro m' hijito”.


La ruptura de Olañeta con La Serna
Tras de aquella cruenta y desastrosa campaña de La Serna, Pedro Antonio Castro siguió incorporado a las filas realistas, tomando parte en acciones militares, menos intensas y más breves que la de 1817, hasta que la insubordinación de Olañeta, ocurrida en 1824, lo indujo a abandonar las anarquizadas legiones del Rey para abrazar, por fin, la causa de la independencia argentina.

La Serna gobernaba al Perú como Virrey desde el 28-I-1821, fecha en que un “planteo” — para decirlo a la moderna — de los jefes del ejército real, acantonado en Aznapuquio, provocó el reemplazo de Pezuela por aquel General que le seguía en orden jerárquico. Dicha exaltación revolucionaria de La Serna al supremo mando virreinal, fué luego confirmada por Fernando VII, y resultaba, en esa jurisdicción americana, una consecuencia directa del famoso pronunciamiento sucedido en la villa andaluza de “Las Cabezas de San Juan”.

En efecto; el 1-I-1820, el Coronel Rafael Riego — integrante de la expedición militar que en Sevilla se estaba organizando a las órdenes del General O' Donell, Conde de La Bisbal, para aplastar la insurrección separatista en el Río de la Plata — se amotinó en el referido municipio, y logró restaurar el régimen de las Cortes y Constitución de 1812. Tal triunfo liberal tuvo en el Perú aquel coletazo que dijimos: la sustitución del “apostólico” Pezuela por el “masónico” La Serna. Empero, apenas un trienio después (1823), con el auspicio de la mayoría de las grandes potencias reunidas en “Santa Alianza”, prodújose en España la reacción absolutista; las tropas francesas — “Los cien mil hijos de San Luis” — cruzaron la frontera española para derrocar a los constitucionalistas y dejar entronizado allá, de nuevo, el poder absoluto.

En el Alto Perú, mientras tanto, Olañeta permanecía vigilante en su cuartel general de Oruro, al frente de 4.000 hombres que cubrían las provincias del otro lado del río Desaguadero. A principios de 1824, dicho Comandante en Jefe, por sorpresa, despoja violentamente de sus cargos a los Gobernadores de Potosí y de Charcas, nombrados por el Virrey, Generales La Hera y Maroto; reemplazándolo, a este último, por su cuñado Guillermo Marquiegui. Como si no existiera la autoridad en Lima, Olañeta prodiga empleos y grados entre sus partidarios y parentela. A otro cuñado suyo, Felipe Marquiegui, y al concuñado Masias, los asciende a Tenientes Coroneles; al sobrino Casimiro Olañeta lo hace su secretario, cuando ya Gaspar, el hermano de éste, gobernaba Tarija. Se confirma entonces la noticia del restablecimiento de la monarquía absoluta en la Península; y Olañeta, por sí y ante sí, declara abolido el régimen constitucional, y decide proclamarse “único defensor del altar y el trono”, contra “liberales, judíos y masones”. Es célebre su manifiesto del 4-II-1824, A los pueblos del Perú. Expresaba ahí: “¡Viva la Religión! Os hablo por primera vez y no dudo que escuchareis mi voz ... consecuente a los principios de la Religión en que desde mi infancia he sido educado, y fiel al Soberano por inclinación y convencimiento, no me es posible disimular ya por más tiempo la escandalosa corrupción en que algunos novadores querían sumergirnos. Ellos han derramado todo el veneno de la falsa filosofía que abrazan en su corazón ... La Religión y el Rey, objetos los más sagrados, han sido profanados con desvergüenza. Mis soldados y yo trabajamos con heroico entusiasmo por la Religión, por el Rey y la Nación española a que tenemos el honor de pertenecer”. Y “a los soldados del ejército constitucional” — vale decir a los de La Serna — en otro documento les decía; “Sois mis compañeros antiguos, y todos juntos hemos llenado de glorias a la Nación española ... Yo he proclamado la causa de la Religión ..., si sordos al clamor de la razón, vuestros jefes quieren sostener ese papel titulado Constitución, estad seguros que mis tropas en su fidelidad han resuelto morir, y espero que vosotros no manchareis vuestra manos con sangre de amigos ...; os aguardamos con los brazos abiertos, estrechaos en ellos, seamos felices”.

Tales actitudes de Olañeta implicaban su determinación de quedarse con el mando absoluto en las provincias que militarmente controlaba; Potosí, Charcas, Santa Cruz de la Sierra, Cochabamba y La Paz, separándolas de la autoridad del Virrey, a quien retaba a guerra con 4.000 hombres bien armados. La Serna, a su vez, luego de agotar los modos conciliatorios, le ordenó a su segundo Valdés marchar al Alto Perú con una fuerza equivalente a la del rebelde, a fin de someterlo a obediencia. Así la lucha de “masones” contra “serviles” se entabló en el país altoperuano, entre los soldados de Fernando VII divididos en dos bandos, en beneficio de los insurrectos criollos, los cuales viéronse libres de más de 7.000 enemigos.

Abiertas las hostilidades en el campo realista, las acciones de mayor importancia libradas por aquellos rivales ideológicos fueron las de Tarabuquillo y La Lava, donde ambos chocaron sangrientamente, sin definir el problema de fondo. Pero como ya los contingentes americanos de Bolívar amenazaban por el norte, el Virrey le ordenó a Valdés replegarse hacia el Cuzco, lo cual significó dejar el Alto Perú en manos de Olañeta.

A raíz de estos sucesos políticos y militares, el Coronel

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