Pensamientos…14 el reino de dios… reino de los cielos indice nùmeros



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PENSAMIENTOS…14

EL REINO DE DIOS… REINO DE LOS CIELOS
INDICE nùmeros

El Reino de Dios ……………………………………………………………………….. 1-26

El Reino de Dios en mi vida……………………………………………………….. 27-43

El Reino de Dios y la cultura………………………………………………………. 44-59

El Reino de Dios y el mundo……………………………………………………….. 60-77

El Reino de Dios y la ciencia………………………………………………………… 78-87

El Reino de Dios y la política……………………………………………………….. 88-103

El Reino de Dios y la Iglesia………………………………………………………….104-115

Trabajadores para el Reino de Dios……………………………………………..116-137

Conclusiòn

Apèndice: La potencia de la gracia es más fuerte que el mal.

INTRODUCCIÒN

Al abordar el tema del Reino de Dios, soy consciente de que me quedaré corto en el intento de agotar el argumento, porque es muy amplio y abarca toda la problemática teológica y antropológica. Me limitarè entonces a reflexionar sobre algunos aspectos que nos involucran como ciudadanos del Reino que somos por el bautismo. Iremos aclarando el concepto del reinado de Dios, que no es una entidad puramente temporal o espiritual, sino histórica y trascendente a la vez, que “ya està entre nosotros” y tendrá su cumplimiento en la parusía, al fin de los tiempos. Contemplaremos al “Rey de reyes” que nos interpela en nuestra vida personal, nos llama a dar testimonio de los valores del Reino y a trabajar para la gloria de Dios y la salvación de las almas. Confrontaremos los valores del Reino con los valores del mundo, de la cultura, de la política y de la ciencia, en sus encuentros y desencuentros. Veremos cual es el lugar y el rol de la Iglesia en la difusiòn del Reino de Dios. Màs allà de las figuras y los simbolismos, trataremos de captar la esencia del Reino, que no es otra cosa que el mismo Dios, quien “està todo en todos” y quiere hacernos partìcipes de su vida en plenitud. En la Confirmaciòn fuimos ungidos por el Espìritu , para ser testigos y soldados del Reino, y luchar para que “venga a nosotros tu Reino asì en la tierra como en el Cielo”. Las citas bíblicas nos daràn certeza en lo que afirmamos, porque son Palabra de Dios, y Dios no falla.

Mons. Roberto Bordi ofm



EL REINO DE DIOS


  1. El Reino de Dios es el tema principal de la predicación de Jesús. El pueblo de Israel esperaba con ansia la venida del Reino, confiando en las profecías. Los zelotes eran partidarios de la lucha armada para reconquistar el Reino perdido. Juan Bautista señala a Jesús como Mesías, restaurador del Reino. Las autoridades religiosas le preguntan con que autoridad anunciaba el Reino y le piden signos. El pueblo lo saludó como “hijo de David” (Mc 11,10) y “Rey de Israel” (Jn !2,13) en su entrada triunfal en Jerusalén. Pilatos le preguntó si era rey de los judíos. Jesús tuvo que aclarar a todos cual era el Reino que él anunciaba, para evitar malentendidos e interpretaciones políticas. Solamente los Apóstoles entendieron al fin de qué Reino hablaba Jesús, pero sólo con la luz del Espíritu Santo en Pentecostés, porque hasta después de la resurrección le preguntaron todavía cuando instauraría el Reino de Israel. Y eso que Jesùs resucitado “durante cuarenta días estuvo hablándoles del Reino de Dios” (Hch 1,3).




  1. Dice Leonardo Boff: “El proyecto fundamental de Jesùs es proclamar y llevar a cabo, como instrumento, la realización del sentido absoluto del mundo, que es la liberación de todo lo que lo estigmatiza (dolor, división, pecado, muerte) y liberación para la vida, la comunicación abierta del amor, la gracia y la plenitud de Dios”.




  1. Cuando Jesús habla del “Reino de Dios”, o del “Reino de los Cielos”, o “Reino del Padre” , o de “mi Reino” (cfr Ef 5,5; 2Pdr 1,11) no entiende una estructura jurídica, política, estatal; ni se refiere a un territorio y a una población delimitada; no es como los reinos y repúblicas del mundo: “mi Reino no es de este mundo” (Jn 18,36). El Reino de Dios se configura con todas las almas que conocen y aman a Dios, más allá de las fronteras del espacio y del tiempo. Es una espléndida realidad donde se vive en la plenitud del ser y del amor, de la paz, la justicia y la felicidad. Es participación de la vida divina, de su gloria y perfección. Es la realización plena de la historia de la Salvación. Sin embargo no debemos pensar que el Reino de Dios no tenga que ver con las realidades terrenales, sociales, económicas, históricas. Al contrario, como ha demostrado la teología de la liberación, implica toda la actividad humana, individual y social, como cumplimiento de la voluntad de Dios en la realización del bien, la verdad, la justicia, el amor y la ética social.



  1. La expresión “Reino de Dios” es una figura que representa la relación de Dios con la humanidad. Se puede hacer un paralelismo con los reinos antiguos del medio oriente. En el Reino de Dios hay una Autoridad Suprema, Dios, que detenta todos los poderes (ejecutivo, legislativo y judicial). Tiene una carta magna, que es la Sagrada Escritura. Tiene un código de leyes: los diez mandamientos, que se resumen en al amor a Dios y al prójimo. Tiene ministros (sacerdotes) que representan a Dios, hablan en su nombre, ejecutan sus órdenes y administran sus bienes (la gracia, los sacramentos). Tiene jurisdicción sobre un pueblo: Israel, pueblo de la antigua Alianza, y la Iglesia, pueblo de la nueva Alianza, abierto a la humanidad entera.



  1. Para entrar en el Reino de Dios hay que nacer de nuevo por el agua y el Espìritu Santo (cfr Jn 3,1-8). Para ser buenos ciudadanos del Reino hay que cumplir los mandamientos y vivir conforme al Evangelio de Cristo. El Reino de Dios abarca el cielo y la tierra, por eso se llama también Reino de los Cielos. Y tiene un ejército de ángeles y santos, para defender y agrandar su dominio sobre todas las criaturas. El Reino de Los Cielos es el Reino de la felicidad porque se goza en plenitud de todos los bienes: el amor, la belleza, la justicia, la paz…



  1. La segunda petición del Padre Nuestro, “venga a nosotros tu Reino”, traduce el máximo mandamiento de Jesús, el que “resume toda la Ley y los Profetas”, es decir el amor a Dios y al prójimo. Ahí tenemos el programa de acción de Cristo, de la Iglesia y de cada bautizado: procurar la “gloria a Dios en el cielo y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad”; la glorificación de Dios y la santificación y salvación de los hombres.



  1. Jesús sabía que por el Reino de Dios debía sacrificar su vida. Los profetas lo anunciaron. Juan Bautista lo llamó “cordero de Dios” (Jn 1,29), aludiendo a su sacrificio. Los Reyes Magos le ofrecieron la mirra, significando su muerte y sepultura. Los conflictos con las autoridades religiosas, las amenazas y los intentos de matarlo, le hicieron tomar conciencia de que le esperaba la muerte. A sus apóstoles se lo dijo varias veces. A los discípulos de Emaús les recordó: “No sabíais que el Hijo del Hombre tenía que padecer y morir para entrar en su gloria?” (Lc 24,26). Al final Jesús se encontró con una grave alternativa: o demostrar un amor absoluto dando su vida para la salvación de la humanidad; o huir de la muerte para conservar su vida, demostrando un egoísmo absoluto, abandonando la humanidad a su suerte. Ya sabemos lo que decidió. Gracias a su amor infinito, podemos salvarnos.



  1. Cuando habremos sufrido intensamente y gozado intensamente, comprenderemos el significado y la importancia de la redención obrada por Cristo. Entonces sabremos agradecerle con todo el corazón por los bienes infinitos que nos ha conseguido (el Paraíso) y por los males infinitos de que nos ha liberado (Infierno), reconciliándonos con Dios y abriéndonos las puertas del Reino de los Cielos




  1. Jesús vino al mundo para establecer el Reino de Dios. Desde el comienzo de su misión anuncia su programa: “E tiempo se ha cumplido; el Reino de Dios está cerca, conviértanse y crean en la Buena Noticia” (Mc 1,14-15). En el discurso de la montaña el Señor nos asegura que los pobres de espíritu, los limpios de corazón, los pacíficos, los mansos, los que tienen sed de perfección, los que sufren y lloran por ser fieles al Señor, los perseguidos por causa del evangelio, todos ellos entrarán en el Reino de Dios. (Mt 5,3-12)




  1. Con las parábolas del Reino, Jesús explica su origen (como de una semilla de mostaza), su naturaleza (“en espíritu y verdad”), su crecimiento (como la masa levantada por la levadura), sus exigencias (cfr las bienaventuranzas), su ley más importante (amor a Dios y al prójimo) su aceptación o rechazo (cfr la parábola del sembrador y de la cizaña), la necesidad de trabajadores (cfr parábola del viñador; parábola de los talentos).



  1. Para Jesús el Reino ya está presente con su persona, y cobra fuerza con la acción del Espíritu, que animará a los Apóstoles y a la Iglesia desde Pentecostés. Como señal de la llegada del Reino, Jesús cura a los enfermos, limpia a los leprosos, resucita a los muertos, evangeliza a los pobres… cumpliendo con la profecía de Isaías (cfr. Mt 11,2-11). Pero el signo más grande es la expulsión de los demonios: “Si yo echo a los demonios por el dedo de Dios, significa que el Reino de Dios ha llegado a vosotros” (Lc 11,20).



  1. El Reino de Cristo abarca el tiempo y la eternidad, a los hombres y a los ángeles (cfr Ef 1,21). El es el “Rey de reyes, Señor de señores” (Apoc 19,16). Eso se debe a su divinidad. No fue simplemente un hombre con poderes limitados. El es el hijo de Dios (Mt 4,3; Mc 9,2-10)), el “Hijo del Hombre” (Dan 7,13) que bajó del cielo con poderes divinos: “Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra” (Mt 18,28).



  1. Jesús vivió, predicó, luchó y murió por el Reino de Dios, que es también su Reino, porque El participa de la naturaleza divina y es “una sola cosa con el Padre”. A Felipe le dice: “Quien me ve a mí, ve a Padre” (Jn 14,9). En el Jordán y el Tabor se escuchó la voz del Padre que dijo: “Este es mi Hijo amado, en quien he puesto mi complacencia” (Mt 3,17). Los fariseos y sacerdotes querían matarlo porque “siendo hombre, te haces igual a Dios” (Jn 10,33; cfr Jn 5,18);.. Jesús les decía: “Si no creen en mis palabras, crean por lo menos en las obras que yo hago” (Jn 10,38), aludiendo a los milagros. San Juan dice que “el Verbo estaba junto a Dios, el Verbo era Dios” (Jn 1,1). San Pablo habla de Jesús como “nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo” (Tito 2,13)



  1. El Reino de Dios está vinculado con la persona de Jesús, porque Dios actúa en El para la salvación de la humanidad. Por eso se habla también del Reino de Cristo (Mt 16,28; Lc 22,29; Jn 18,36; Ef 5,5; Hb 1,8; 2Pdr 1,11). Este está al servicio del Reino del Padre y terminará cuando Dios sea todo en todas las cosas (1Cor 15,28). Jesús dijo: “Nadie va al Padre sino por mí” (Jn 14,6). “Quien no siembra conmigo, desparrama” (Mt 12,30). Y el libro de los Hechos de los Apòstoles afirma: “No hay otro nombre bajo el cielo en quien podamos hallar la salvación” (Hech 4,12;). Todas la oraciones litúrgicas terminan con las palabras: “por Cristo nuestro Señor”.




  1. En el discurso del juicio (cfr Mt 25,31-46) nos asegura que establecerá definitivamente el Reino de Dios con los buenos, los “elegidos”, haciéndolos partícipes del gozo eterno; los malos en cambio quedarán afuera (cfr Mt 25,46) donde “habrá llanto y rechinar del dientes” (Mt 25.30). Hay que estar atentos y vigilantes para cuando venga el Reino de Dios (cfr la parábola de las doncellas): “velad porque no sabéis el día ni la hora…” (Mt 5,13).



  1. En el A.T. Dios era considerado el Rey de Israel. Después de Moisés y los Jueces, los reyes representarán a Dios. El Mesías prometido será Rey eterno: el ángel Gabriel le dirá a María que de ella nacerá el “Hijo del Altísimo” y “heredará el trono de David su padre, y su reino no tendrá fin (Lc 1,32-33). Los Reyes Magos lo reconocieron como rey mesiánico ofreciéndole oro, junto al incienso y a la mirra. A Pilato, Jesús le contestó: “Yo soy Rey, pero mi Reino no es de este mundo” (Jn 18,36) . Los romanos le pusieron una corona de espinas en la cabeza y lo clavaron en la cruz como “Jesús Nazareno Rey de los Judíos” (Jn 19,19).



  1. Jesús ofreció gratuitamente el ingreso en el Reino, especialmente a los “pobres”, es decir a todos aquellos que no tenían bienes y derechos. Como la riqueza y el reconocimiento civil, jurídico y religioso eran considerados una bendición de Dios, entonces los que carecían de ellos, eran gente no bendecidos por Dios, gente de segunda categoría, marginados e incluso despreciados. Así los pobres económicamente, los enfermos, los leprosos, los pecadores, los publicanos, las prostitutas, los samaritanos, los paganos, y también las viudas y los niños menores de doce años. Jesús barre con todas estas discriminaciones y los invita a todos al banquete celestial. En la parábola del banquete los invitados que tenían derecho no quisieron acudir; entonces el rey hace pasar a todo el mundo (cfr Lc 14,15-24; Mt 22,2-10). Jesús reprochó a los sacerdotes y fariseos asegurándoles que los publicanos y las prostitutas los precederían en el Reino de los Cielos. En el discurso de la montaña dijo expresamente: “Bienaventurados los pobres, porque de ellos es el Reino de los cielos”. La Virgen María frente a Isabel se atrevió a cantar: “El Señor derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos” (Lc 1,52,53). A los discípulos de Juan Jesús les responde: “Vayan y digan a Juan lo que han visto y oído: los ciegos, ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los pobres son evangelizados…” (Lc 7,22-23). A todo el pueblo dijo: “venid a mi todos los que estáis afligidos y agobiados, y yo os aliviaré” (Mt 11,28).




  1. Jesús exhorta a sus oyentes a dar prioridad al Reino de Dios: “Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, lo demás se os dará por añadidura” (Mt 6,33). Y deben considerarlo como el “tesoro escondido en el campo” y la “perla preciosa” que para conseguirlos, hay que venderlo todo. Hay que tener siempre el corazón puesto en Dios: “donde está tu tesoro, allí está tu corazón” (Mt 6,19-23). Y hay que esforzarse, hacerse violencia para conquistar el Reino de los cielos” (Mt 11,12).



  1. El Señor advierte a los ricos y satisfechos que la vida no está asegurada por las muchas riquezas (cfr la parábola del rico insensato: Lc 12,13-21). Y a los egoístas los amenaza con el infierno (cfr la parábola del rico Epulón: Lc 16,19-31), mientras promete la entrada en su Reino a los que habrán practicado las obras de caridad (“tuve hambre y me disteis de comer… venid benditos a la casa de mi Padre”. cfr Mt 25, 31-46).



  1. Nuestra vida se define con respecto a tres relaciones fundamentales: con Dios, con los demás, con nosotros mismos. Con Dios hay plenitud, felicidad, paraíso, porque es el Bien Absoluto. Con los demás, solo hay satisfacción relativa, felicidad parcial, purgatorio, porque sólo pueden ofrecerme un bien limitado, dejándome insatisfecho. Conmigo mismo, soledad, vacío, infierno, porque soy un ser necesitado de amor y plenitud que no puedo darme a mi mismo. En el Reino de Dios donde nos introduce Cristo, podemos hallar la felicidad total junto a los demás redimidos, porque entramos en comunión con Dios. Entonces ¿por qué nos empecinamos en buscar la felicidad en nosotros mismos y en los demás, y peor todavía en las cosas materiales? “Solo Dios basta” decía sabiamente Santa Teresa de Ávila.



  1. Muchas veces somos incoherentes con nuestra fe. Nos afligimos y deprimimos porque no recibimos amor, reconocimiento, el aprecios de los demás... Algunos incluso llegan a abandonar la religión cuando las cosas no se dan como lo habían deseado. Otros se desesperan y piensan en el suicidio, cuando pierden una fortuna, o el amor de su vida, o no consiguen la fama y el poder que esperaban. Todo eso significa que Dios no es percibido por aquellas personas, como el Bien Infinito que reemplaza toda pérdida: su corazón está polarizado en otros bienes que se absolutizan, pero que de por sí no tienen garantía de eternidad y seguridad, por estar sujetos a la precariedad y caducidad propia de lo que no es Dios. Todos deberíamos decir con el salmista: “¿No te tengo a ti en el cielo? Y contigo, ¿qué me importa la tierra? Se consumen mi corazón y mi carne por Dios, mi lote perpetuo” (Sal 73,24-25).



  1. El Reino de Dios no es solo para el futuro, sino también para el presente, para el tiempo y para la eternidad. Jesús afirma que “ha llegado a vosotros el Reino de Dios” (Mt 12,28); y enseñando el Padre nuestro, hace pedir que “venga a nosotros tu Reino” (Mt 6,10). Y este se conquista aquí en la tierra aceptando a Cristo, su Evangelio y sus exigencias morales y espirituales.



  1. El Reino de Dios se va haciendo realidad viviendo la fe y la caridad concretamente. Desde la caricia a un niño, la sonrisa a un anciano, la limosna a un pobre, la visita a un enfermo o encarcelado, el consuelo a un afligido, el sufrimiento ofrecido, la alegría, la evangelización, el compromiso social, el testimonio, hasta la ternura total en el matrimonio, todo puede y debe ser cauce de salvación y mediación para construir el Reino de Dios.



  1. Hubo ideologías y utopías que quisieron remplazar el Reino de Dios por el Reino del Hombre, el reino celestial por el reino terrenal, el cristianismo por el ateísmo. Así la revolución francesa, el marxismo, el nazismo, y en nuestros tiempos el positivismo y el laicismo. Pero fracasaron, y siempre fracasarán aquellos que quieren ahogar el espíritu humano en lo material y temporal, porque el hombre necesita de lo absoluto, lo infinito y lo eterno, es decir necesita a Dios. No se puede remplazar a Dios sin sufrir desengaño, perjuicio y frustración. El nihilismo es el resultado de la negación de Dios, porque no hay otro absoluto que Dios, en quien se puede fundamentar el ser, el hacer, la escala de valores y la esperanza de vida plena.



  1. Jesús prometió volver al fin de los tiempos “con poder y gloria” (Mc 13,26) como Rey universal, para juzgar a todos los pueblos, sentado en un trono y rodeado de sus ángeles. En el día de la Ascensión subió al cielo y se sentó a la derecha del Padre. San Pablo afirma que a Cristo se le debe todo honor y gloria…. El vidente del Apocalipsis lo contempla en su trono del cielo, el trono del Cordero. Ya en el A.T. el profeta Daniel anunció la venida de uno como “Hijo del Hombre” que bajará de los cielos con todos los poderes divinos: “A él se le dio el imperio, el honor y el reino, y todos los pueblos y naciones le servirán. Su imperio será eterno, y nunca pasará, y su reino no será destruido jamás” (Dn 7,13-14)



  1. Es más necesario que nunca que los cristianos recuperemos eso que Metz llamó “reserva escatológica”. Porque sabemos distinguir entre las “pequeñas esperanzas” y la “gran esperana” (como decía Barth), o entre lo “penúltimo” y lo “último” (como decía Boneffer) , nos parece ridículo que millares de anabaptistas creyeran seriamente que la Nueva Jerusalén estaba a punto de revelarse en Munster en el siglo XVI; o que se pueda haber dicho que el Estado prusiano era la meta de la dialéctica de la filosofía de la historia de Hegel; o que Ernest Bloch proclamara su famoso “Ubi Lenin, ibi Jerusalem”; o que el comunismo haya prometido el adviento del paraíso proletario; y que el laicismo pragmatista actual espere en el paraíso consumísta. Hayamos llegado dondequiera que sea, sabemos que “eso” no es todavía el Reino de Dios. Nosotros tenemos “promesas mejores” (Heb 8,6), y pensamos que cualquier descanso o conquista anterior al eterno, será siempre prematuro (cfr L.Gonzalo Carvajal).


EL REINO DE DIOS EN MI VIDA

  1. Jesús dijo: “Buscad primero el Reino de Dios, lo demás se os dará por añadidura”. Ahí tenemos la prioridad absoluta de nuestra vida, que corresponde al primer y más grande de los mandamientos: “amar a Dios sobre todas las cosas”.




  1. Ya en la tierra puedo ser “ciudadano del cielo”, “hijo de la luz (Ef 5,8). Si hago opción por Dios, por su Reino, por el triunfo de su voluntad (cfr. el Padre nuestro). Si viviré conforme a esa opción, entonces seré “hijo de Dios” y “heredero del cielo” (Gal 4,7). Por el bautismo ya entro a hacer parte de la “comunión de los santos” en la familia o Reino de Dios.




  1. Nuestra vida es una mezcla de gracia y pecado, de luces y sombras, de vicios y virtudes… Debemos luchar para lograr la santidad que nos pide el Señor, hasta conformarnos a Cristo, nuestro Maestro y modelo; porque en el Reino de los Cielos sólo pueden entrar los que tienen el “traje de fiesta” (Mt 22,12), los “limpios de corazón”( Mt 5,8), “las lámparas encendidas” (cf Mt 25,1-13), es decir la gracia de Dios.



  1. Con el ejercicio de las virtudes teologales y morales, con el poder de Dios y la gracia de los sacramentos, podemos santificarnos, complacer a Dios y participar de la vida trinitaria. Seguramente tenemos algunos defectos que vamos arrastrando desde la niñez, o ciertas virtudes que no podemos conquistar del todo. Cuando nos sentimos débiles e impotentes, pidamos al Señor el espíritu de fortaleza y triunfaremos.



  1. El Reino de Dios en mi vida no se limita solo a mis intereses personales, sino que me compromete a ser pregonero de sus valores y testigo del Evangelio, para la gloria de Dios y la salvación del prójimo. No me salvaré solo, porque no hay lugar en el Cielo para los egoístas. Si no me preocupo por el bien de mis hermanos, estoy fallándole a Dios, que es Padre de todos. El amor a Dios incluye el amor al prójimo.



  1. Debo reorientar mi vida hacia el Reino, hacia Dios. Si rezo con fervor y convicción las primeras tres peticiones del “Padre nuestro”, llegaré a mentalizarme de que debe ser la prioridad de mi vida, y lo tomaré como programa de acción. Dar prioridad a los bienes temporales y materiales, es desviarme del camino del bien y falsear toda mi vida, porque Dios es el único Bien Absoluto. Todos los demás bienes se miden y se ordenan con referencia al Absoluto, que es Dios. “Buscad primero el Reino de Dios…” (Mt 6,33).



  1. Jesús es el modelo o ejemplo del hombre frente a Dios, y de Dios frente al hombre. Siempre buscaba al Padre, haciendo oración, cumpliendo con su voluntad, realizando su plan de salvación, obedeciendo hasta la muerte de cruz. “Mi alimento es hacer la voluntad del Padre” (Jn 4,34), dijo a los Apóstoles. Tenía una total confianza en El, aún en el momento del abandono y la muerte: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23.45). Por otro lado el Padre lo presentó en el bautismo del Jordán y en el monte Tabor como el “Hijo amado en quien me complazco”. Jesús se sentía amado y escuchado: “El Padre me ama, porque yo hago siempre su voluntad” (Jn 8,29). “Te doy gracias Padre porque siempre me escuchas” (Jn 11,41). El Padre lo acredita como Hijo y Mesìas frente a toda la humanidad, resucitandolo de entre los muertos y haciéndolo sentar a su derecha en el trono eterno (cfr Ef 1,20-21). Y “le dio un nombre sobre todo nombre” (Flp 2,9).



  1. Cristo con su Reino será siempre el mejor proyecto de vida individual y social. Juan Pablo II afirmó: <el camino, la verdad y la vida” (Jn 14,6). Es la via cristiana para el encuentro con Dios, para la oración, la ascesis, el descubrimiento del sentido de la vida>>.



  1. El Reino de Dios plantea unas exigencias: “Son los que se hacen violencia a sí mismos, los que lo conquistan” (Mt 11,12). Hay que hacer oración, ayuno y penitencia; cumplir los Mandamientos; atender a los pobres y necesitados; permanecer unidos a Cristo; amar a Dios sobre todas las cosas y con todas las fuerzas; trabajar en su viña y poner a fruto los talentos recibidos; volverse inocentes como niños; perseverar hasta el fin… San Pablo dice que “¿No sabéis acaso que los injustos no heredarán el Reino de Dios? ¡No os engañéis! Ni los impuros, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los homosexuales, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los ultrajadores, ni los rapaces heredarán el Reino de Dios” (1Cor 6,9-10; 15,50).



  1. La opción por el Reino de Dios no permite términos medios ni excusas (Mt 6,24); 8,21; Lc 9,59). Quien ha puesto mano al arado y vuelve atrás, no es apto para el Reino de Dios (Mt 6,34). Por amor al Reino de Dios debemos estar dispuestos a dejarlo todo, si se nos exige (Mt 13,44-46; Mc 834.38). Solo quien sabe tomar decisiones radicales podrá participar de la gloria y el señorío de Dios (Mc 9,43-47; Mt 633; 1Tes 2, 12). Quien no se somete al Reino de Dios permanece bajo el imperio del pecado y de los demonios, de las tinieblas y de la mentira (Apoc 12,10; 1Cor 4,20).



  1. El Reino de Dios es una realidad de la cual soy partícipe por ser bautizado. Participo de la vida trinitaria, de la “comunión de los santos”, de la vida eclesial. Eso significa que no estoy solo. Se trata de percibir con la fe y el corazón que “vivimos, nos movemos y existimos en Dios” (Hech 17,28). Hay que buscar la soledad para experimentar la comunión. El ruido y el activismo nos impide sentir y vivir la presencia de Dios. Es en la oración y la contemplación donde podemos sumergirnos en la vida divina.



  1. Dios es nuestro Padre, no solo como Creador, sino por habernos adoptado como hijos. Ya en el A.T., a pesar de la distancia entre Creador y creatura, por lo cual los judíos no se atrevían ni a pronunciar su nombre, Dios era considerado Padre del pueblo de Israel, por “elección” y por “alianza”. En el N.T. la filiación divina se hace realidad profunda e íntima por la unión con Cristo; nos volvemos “hijos en el Hijo”. Cristo es el “Primogénito entre muchos hermanos” (Rom 8,29). San Juan dice que “a cuantos lo recibieron (a Jesús) les dio poder para convertirse en hijos de Dios” (Jn 1,12; cf. Jn 15,1-8)). El mismo Apóstol nos dice: “Miren qué amor nos ha tenido el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios” (1Jn 3,1). San Pablo dice explícitamente que Dios “nos ha elegido de antemano para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo” (Ef 1,5). Por eso Jesús enseñó a los apóstoles a rezar el “Padre nuestro” (Lc 11,1-4; Mt 6,9-13).



  1. Imaginémonos que nuestro padre biológico fuera Dios. Estaríamos tranquilos y felices, porque estaríamos seguros de que nos cuidaría, nos tendría amor y no nos haría faltar nada; y sobre todo no permitiría que el mal y la muerte nos haga daño y nos quite a vida. Y nosotros confiaríamos plenamente en El, sin ninguna duda o temor. Jesús nos revela que Dios es verdadero Padre, y tiene un amor y un poder infinitos para cuidarnos y hacernos felices. Jesús vino al mundo esencialmente para hacernos conocer al Padre y para que lo amemos y tngamos vida terna en El. “Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero yo te he conocido, y éstos han conocido que Tú me has enviado. Yo les he dado a conocer tu Nombre… para que el amor con que Tú me has amado esté en ellos y yo en ellos” (Jn 17,25-26; cfr Jn 17,3).



  1. “El Reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia y paz y gozo en el Espíritu Santo” (Rom 14,17). Mucha gente le reza a Dios y le hace promesas para conseguir un buen pasar en esta tierra, y no piden a Dios la ayuda y la fortaleza para vivir en gracia. “No de solo pan vive el hombre - dijo Jesús a Satanás - sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt 4,4). Deberíamos ahondar nuestra hambre de Dios. “Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió” (Jn 4,34), dijo también Jesús. Lo mismo debe ser para nosotros, si queremos ser cristianos, como Cristo.



  1. En un power point encontré un bello pensamiento que dice: “No sueñes tu vida; vive tu sueño”, El sueño de todo hombre es la felicidad. Esta se consigue día a día alimentándonos con bienes y valores que nos van haciendo crecer, hasta alcanzar la plenitud y saciedad en Dios. “Yo soy el pan de vida; el que viene a mí, nunca tendrá hambre; y el que cree en mi nunca tendrá sed jamás” (Jn 6,35). En una de las bienaventuranza el Señor dice: “Felices los que tienen hambre y sed de justicia (=perfección) porque serán saciados” (Mt 5,6)



  1. Por el bautismo entramos a hacer parte del Reino de Dios. Nos convertimos en ciudadanos del cielo. Pero el pecado puede borrar nuestra cèdula de identidad y convertirnos en ciudadanos del infierno. Por eso Jesùs, además del bautismo instituyò el sacramento de la penitencia, o confesiòn, para que podamos recuperar la gracia de Dios. El pecado es el peor de los males, porque nos hace perder el mayor de los bienes, que es Dios. El pecado màs grave es el pecado contra la caridad, porque el mandamiento màs grande es el amor a Dios y al prójimo. El pecado màs odioso es el orgullo, porque nos enfrenta directamente contra Dios, como los demonios, que se fueron al abismo gritando: “no servirè a Dios”. El pecado màs perjudicial tal vez sea la desidia o pereza, porque nos deja caìdos en el pecado, sin voluntad de levantarnos. Hay un pecado imperdonable, contra el Espìritu Santo, segùn nos dice Jesùs, porque se rechaza la inspiración y el impulso del Espiritu a pedir perdón. Pero gracias a la Redenciòn obrada por Cristo, podemos hallar el remedio contra el pecado en el sacramento de la Confesiôn: “A quien perdonen los pecados, les serán perdonados” (Jn 20,23), y recuperar nuestra ciudadanía del Reino de los Cielos.




  1. El cèlebre obispo norteamericano Fulton Sheen afirmó, en una de sus charlas radiales, que nunca hay que perder la esperanza de salvarse, a menos que uno llegue a ser infinitamente malo, y Dios deje de ser infinitamente bueno. San Juan dice que hay pecados que llevan a la muerte, y otros que no (cfr 1Jn 5,16). Y en su Apocalipsis habla de la “muerte segunda” Apc 20,14) para los condenados. San Pablo afirma que “el salario del pecado es la muerte” (Rom 6,23). Pero agrega que en Cristo Jesùs Señor nuestro podemos recuperar gratuitamente la vida eterna (cfr Rom 6,23). Y eso porque E es el “Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1,29).

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