PÓker de ases en malvinas presencia naval en malvinas



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Esta obra, producto de una exhaustiva investigación, está destinada a exaltar la epopeya de cuatro barcos auxiliares que durante la guerra de Malvinas estuvieron tripulados por hombres de nuestra Armada y cumplieron las más difíciles misiones. Se trató de tres barcos isleños incautados: Forrest, Monsunen y Penélope, y un barco provisto por una empresa argentina, el Yehuín.

Los sesenta tripulantes bajo conducción naval militar no sólo efectuaron todo tipo de tareas de alije, transporte, búsqueda, rescate de náufragos y aprovisionamientos varios sino que además de tener que enfrentarse a violentos ataques navales sostuvieron, con el barco Forrest, el primer encuentro aeronaval en las islas y en el caso del Monsunen se sumaron al contingente de Ejército para participar activamente combatiendo, pie a tierra, en la batalla de Pradera del Ganso.

El detallado relato de las acciones que protagonizaron estos barcos rescata sin lugar a duda el valeroso empeño de los hombres de la Armada en las complicadas misiones que se les encomendaron con el empleo de frágiles naves en una geografía difícil y desconocida. Es dable destacar la empeñosa tarea del escritor Jorge Muñoz, quien se ha dedicado a través de una prolífica labor de investigación a bucear en temas poco conocidos referidos a la actividad naval durante la batalla por Malvinas, y en tal sentido ha logrado llenar un importante vacío de nuestra Historia.

PÓKER DE ASES EN MALVINAS

PRESENCIA NAVAL EN MALVINAS

Siempre que deba hablarse de Malvinas, insoslayablemente tendremos que referirnos a la actividad naval. Se trata de un archipiélago de complicado diseño ubicado en nuestro mar Atlántico y rodeado por aguas habitualmente inhóspitas, justamente donde los elementos navales se encuentran en su medio natural. Por ello, la integridad de su historia siempre estuvo ligada a los marinos, quienes participaron activamente desde su descubrimiento, colonización y posterior desarrollo.

A partir del momento en que el Gobierno de las Provincias Unidas del Río de la Plata dispuso el envío en 1820 del coronel de marina D. David Jewett a bordo de la fragata Heroína (buque de guerra del Estado) para que legitimara la propiedad argentina de las islas y produjera con su presencia y acción el cese de las actividades ilegítimas de cazadores y depredadores extranjeros, quedó iniciada una serie de actos que a través de varios años y con distintos gobiernos iban a demostrar, con firme decisión, nuestra irrevocable vocación de justicia y soberanía.

Asimismo, y ya refiriéndonos a los archipiélagos dependientes de Malvinas: las islas Georgias y Sandwich del Sur, también fueron el permanente desvelo de nuestras autoridades navales quienes, en cuanta ocasión se presentó, hicieron valer con su actitud y presencia el derecho de propiedad que estas islas guardaban para nuestro sentido soberano de esa porción del mar austral. No debemos olvidar que en 1904, al instalarse la Compañía Argentina de Pesca en la isla San Pedro, donde se erigió por vez primera la enseña patria en la bahía Cumberland (Grytviken), la Armada Argentina dio su pleno apoyo logístico y de comunicaciones al emprendimiento. Allí, donde también funcionó oficialmente una oficina meteorológica, se hicieron presentes, en forma constante, el transporte de la Armada Guardia Nacional y la corbeta Uruguay que, además de trabajos que les eran propios, efectuaron relevamientos cartográficos e hidrográficos sobre Georgias.

Fue así como la actividad de nuestra fuerza naval sobre las islas Sandwich del Sur se hizo sentir con la primera expedición por parte de efectivos de la Armada durante la Campaña Antártica 1951/52. En esa misma línea de trabajo, ya en el transcurso de la Campaña 1954/55, se efectuó el primer desembarco del guardiamarina Ricardo Hermelo y dos radiooperadores en la isla Morell con la misión de poner en condiciones y habilitar el refugio Teniente Esquivel. Fue la primera vez que en nuestras Sandwich vivieron seres humanos durante tanto tiempo.

Durante la Campaña 1956/57, además de rescatar al personal de las islas, se erigió una nueva baliza argentina denominada Guardiamarina Lamas. A partir del año 1976 se encaró decididamente el propósito de instalar la Estación Científica Corbeta Uruguay que, luego de grandes dificultades pero con mucho entusiasmo y férrea voluntad por parte del personal de la Armada, logró inaugurarse el 18 de marzo de 1977. Esta estación quedó establecida para recoger información meteorológica, geológica, de fauna y flora, magnetismo, estado de los hielos, etcétera.

Volviendo a nuestras Malvinas, debemos recordar que la Aviación Naval fue la primera en sobrevolar parte de las islas. Ello se concretó el 22 de enero de 1940 con tres hidroaviones Consolidated P2Y-3 que integraban a fines de la década del 30 la Escuadrilla Patrulleros. El cruce, iniciado en Bahía Uruguay –próximo a Puerto Deseado-, provincia de Santa Cruz, encontró su cúlmine en las Islas Salvajes (Grupo Sebaldes), al noroeste del archipiélago malvinense, para luego finalizar en la base Puerto Belgrano. El histórico vuelo, que por muchos años se mantuvo como secreto militar, contó como jefe de escuadrilla al teniente de navío Salustiano Mediavilla.

El 15 de septiembre de 1961, una escuadrilla de tres Neptune de nuestra aviación naval, en una misión aerofotográfica al mando del capitán de corbeta Siro de Martini, sobrevoló íntegramente las islas Malvinas, incluyendo su capital, y regresó sin escalas a su punto de partida, la base Comandante Espora.

A raíz del acuerdo firmado entre Gran Bretaña y nuestro país, formalizado en 1971, se iniciaron de nuestra parte viajes a Malvinas para lograr una mayor relación por medio del establecimiento de plantas proveedoras de gas, combustibles líquidos (YPF) y el servicio de Líneas Aéreas del Estado LADE. Ello incrementó la llegada de cargas y turismo que se concretó por medio de una línea regular provista por el Servicio de Transportes Navales a través de los buques ARA Bahía Buen Suceso, ARA San Gonzalo, ARA San Pío y ARA Isla de los Estados. Para ese tiempo arribó a Malvinas el yate ARA Fortuna al mando del capitán de fragata Máximo Rivero Kelly que, como embajador de buena voluntad, dejó una impresión positiva de los mejor de nuestro ser nacional.

Los acontecimientos históricos que se sucedieron en esas latitudes, específicamente en Malvinas, Georgias y Sandwich, a partir de marzo de 1982, contaron también con la participación protagónica de la Armada. Quienes aducen una falta de mayor presencia de los elementos de nuestra Armada en el conflicto de 1982 y un supuesto retaceo de lanzar sus barcos a la mar para concretar una acción ofensiva contra la armada británica no tienen un acabado conocimiento de las reglas básicas del correcto empleo de los medios de combate o quizá tienen mala memoria. Si nuestra flota de mar estuvo bien preparada en términos generales como para soportar una embestida de una fuerza igual y contraria y también se encontraba dispuesta a encarar una defensa de nuestras aguas territoriales en términos defensivos normales y proporcionales, no podía exigírsele que a riesgo de perder todos sus elementos se lanzara a una acción temeraria en medio de un mar dominado por medios navales y aéreos incontrastablemente superiores, algunos de ellos propulsados por energía nuclear, que estaban asistidos con nutridos abastecimientos logísticos e información satelital. Una acción desatinada hubiera llevado a nuestros hombres y sus barcos, sin dudarlo, a un verdadero desastre sin ganancia. Sólo la prudencia y el buen tino permitieron que se encararan únicamente aquellas acciones posibles, y a pesar de ello el costo de vidas y elementos no resultó reducido.

Respecto de los poco memoriosos, bastaría solamente con recordarles una cifra: 404 muertos en acciones de combate. El doble de bajas mortales que la suma de las otras dos fuerzas. Pero ello solamente sería un dato estadístico si no fuera acompañado de la enunciación circunstanciada de las acciones que cumplieron los hombres de la institución naval.

El preludio del conflicto de Malvinas abarcó a trabajadores argentinos quienes, de acuerdo con un contrato comercial formal, el 17 de marzo de 1982, fueron trasladados por el transporte naval ARA Bahía Buen Suceso a Puerto Leith, Georgias. Ello derivó en un incidente no deseado por la Argentina y a raíz del cual el gobierno británico presentó una protesta centrada en el desembarco de personal civil y militar (esto último no era cierto), en el izado de una bandera argentina y por no haberse presentado en Grytviken a efectuar migración. A raíz de esto, los británicos advirtieron que desalojarían por la fuerza a los operarios si no se cumplimentaban ciertas exigencias. Con el objeto de protegerlos, el 24 de marzo, nuestra Armada se hizo presente con el buque polar ARA Bahía Paraíso, del cual desembarcó personal naval bajo la denominación Grupo Alfa. Esta dotación compuesta básicamente por buzos tácticos y cinco infantes de marina, al mando de un teniente de navío, respaldó con su presencia la integridad y libertad de trabajo de los operarios argentinos que actuaban con total legalidad.

La exitosa Operación Rosario de reconquista de las islas Malvinas, acaecida el 2 de abril de 1982, fue una acción básicamente encarada por elementos anfibios que involucró a gran parte de la Armada congregada alrededor de lo que se denominó Fuerza de Tareas 40, la que incluyó, además del Batallón de Infantería de Marina Nº2, comandos y buzos tácticos, la participación de una diecisiete unidades navales, más un grupo aeronaval de exploración y una sección de infantería de Ejército. En esa primera acción ofreció generosamente su vida el capitán de corbeta IM Pedro Giachino, el primer caído en esa dura guerra.

La recuperación de Georgias, el 3 de abril, contó con el empeño de fuerzas navales que incluyeron la corbeta ARA Guerrico, el buque polar ARA Bahía Paraíso, una fracción de Infantería de Marina (cuarenta hombres del Batallón Nº1); dos helicópteros (uno de Ejército y otro de la Armada), componentes de la Agrupación Naval Antártica, y un grupo de buzos tácticos y comandos anfibios. El violento pero exitoso enfrentamiento con las fuerzas británicas no dejó de incluir bajas mortales, puesto que también allí nuestros marinos regaron con su sangre esas islas. Ellos fueron los marineros conscriptos de Infantería de Marina Jorge Néstor Águila y Mario Almonacid y el cabo de mar Patricio Guanca.

Cuando a partir del 1º de mayo se desataron las acciones de agresión armada por parte de las fuerzas británicas, éstas encontraron la debida respuesta. Además de las victoriosas incursiones sobre la flota enemiga de nuestra Fuerza Aérea, se destacaron por su efectividad los pilotos de la Aviación Naval, quienes lograron averiar gravemente varias naves de guerra enemigas y hundir otras como el destructor Sheffield, la fragata Ardent y el transportador de aeronaves Atlantic Conveyor. Otros enfrentamientos aeronavales dan cuenta de lo duro de la lucha en que estaban empeñados, como el ocurrido al aviso ARA Sobral donde perdieron la vida su comandante, el capitán de corbeta Sergio Gómez Roca, y siete de sus hombres al repeler un ataque de helicópteros.

El 2 de mayo, un submarino nuclear británico atacó al crucero ARA General Belgrano cuando éste se encontraba fuera de la zona de exclusión. Los 323 hombres que allí perdieron la vida resultaron la mayor ofrenda que una institución puede ofrecer a la Patria. Los transportes navales de la Armada que operaban en Malvinas tampoco se salvaron de los ataques. El buque ARA Bahía Buen Suceso, tras resultar averiado, fue posteriormente hundido. Y el transporte ARA Isla de los Estados, al zozobrar víctima del cañoneo de una fragata británica, se llevó la vida de veintrés argentinos: tres suboficiales de la Armada, tres hombres de Ejército, uno de Fuerza Aérea, otro de Prefectura Naval y quince marinos mercantes; algunos de estos últimos, oficiales retirados de la Armada.

La caída de Georgias ocurrida el 25 de abril, que constituyó el principio de la ofensiva enemiga, contó, pese a la reducida dotación que la protegía sólo provista de armas livianas, con la firme resistencia de los efectivos de la Armada. En esa oportunidad, además de un muerto y varios heridos, se perdió, tras cruento combate, el submarino ARA Santa Fe.

En los últimos tramos del conflicto, los hombres de la Armada no decayeron en su entusiasmo y, por el contrario, buscaron formas novedosas de revertir su resultado. El 12 de junio, un equipo de técnicos navales al mando del capitán de fragata Julio Pérez logró poner a punto, en Puerto Argentino, un sistema que les permitió lanzar un misil Exocet MM-38 desde tierra. Ese lanzamiento exitoso dejó fuera de combate al destructor Glamorgan, que hasta ese momento se acercaba todas las noches para hostigar con su fuego nuestras posiciones.

Ya en la batalla final por Puerto Argentino se distinguió -entre otras unidades tales como los Regimientos 3 y 7 de Ejército- el Batallón de Infantería de Marina Nº5, que ocupaba la extensa zona que incluía los montes Tumbledown, William, Pony’ Pass y Sapper Hill. Su comandante, el capitán de fragata Carlos Hugo Robacio, ofreció la máxima resistencia a la ofensiva británica en las cumbres del monte Sapper Hill, rechazando reiterados ataques enemigos.

En los últimos tramos del conflicto, la presencia en Malvinas de los buques hospital ARA Almirante Irízar y ARA Bahía Paraíso coronó la actividad de nuestra Armada en la guerra, ya que a costo de un alto riesgo se hicieron presentes con sus eficientes componentes navales y sanitarios para brindar asistencia humanitaria y científica a nuestros heridos.

La defensa de Malvinas, en cuanto le correspondió a los efectivos de la Armada, además de contar con una Escuadrilla Aeronaval de Ataque, tropas especializadas de comandos, buzos tácticos y una sección de perros de combate, no pudo dejar de estar presente en sus aguas. Para ello, a falta de naves de su flota, incorporó un barco auxiliar menor argentino y requisó tres pequeños barcos logísticos malvinenses. Estas cuatro naves fueron dotadas de tripulaciones propias y nucleadas junto con otros grandes barcos auxiliares que se encontraban en esa jurisdicción con el fin de integrarlas específicamente a la Subárea Naval dentro de la Agrupación Naval Malvinas.

El presente relato se refiere a los barcos auxiliares menores Yehuín, Forrest, Monsunen y Penélope, unidades que no contaron con ninguna protección, ni de superficie ni aérea, para el desempeño de sus misiones, como tampoco dispusieron de armamento adecuado para su autodefensa. La táctica adoptada para llevar adelante las tareas de abastecimiento, traslados, rescates, patrullaje, etc., fue la única factible en función de los medios contrapuestos. De acuerdo con las directivas emanadas por el Grupo Naval Malvinas, para eludir la acción enemiga debían navegar muy próximos a la costa, minimizar el uso del radar y, si hubiera peligro de hundimiento, tratar de embicar la nave.

En cuanto al personal destinado a tripular dichas naves, cabría aclarar que éste fue designado, mayoritariamente, de entre los efectivos que se encontraban disponibles en las islas, quienes a pesar de no contar con el tiempo suficiente para la adaptación a esos buques no conocidos y sin haber integrado entre sí tripulaciones anteriores, se hicieron cargo de estos barcos con plena eficiencia.

Más allá de la precariedad de los medios disponibles, los inconvenientes propios de la falta de planeamiento previo y las dificultades que presentó el conocimiento inicial de los Factores Fijos del Teatro de Operaciones, el resultado obtenido resultó excelente, consecuencia de la buena conducción y la adecuada formación del personal. Las misiones ordenadas se cumplieron integralmente, las naves no pudieron ser abatidas y sus dotaciones resultaron felizmente ilesas.



FORREST

Si bien resulta difícil parangonar lo épico con lo lúdico, en nuestro afán de buscar alguna figura análoga de estos relatos marinos con un juego de naipes, no hemos visto mejor ejemplo que encontrarnos con un “comodín”. Como sabemos, esta es la carta que puede tomar el valor y hacer las veces de cualquier otra carta según la conveniencia del jugador que la tiene. “Necesitaba un rey pero he tomado un comodín y me sirve igual”. Exactamente dentro del juego de los barcos auxiliares menores, uno de ellos actuó de “comodín” y ese fue el caso del Forrest. Esta nave colaboró en el sembrado de minas acuáticas, incursionó audazmente en el intrincado laberinto del archipiélago, remolcó a buques averiados, fue alijador de los grandes cargueros, abasteció las posiciones más alejadas, rescató náufragos, buscó sobrevivientes y sostuvo el primer enfrentamiento aeronaval de la batalla. Allí donde fue necesaria la presencia y la acción eficazmente profesional de los marinos de nuestra Armada, estuvo el Forrest.

Cuando las Fuerzas Armadas argentinas recuperaron Malvinas y se hicieron cargo de la administración del gobierno, dentro de los bienes británicos requisados se encontraba un pequeño barco amarrado en el muelle de la gobernación. Se trataba del Forrest, una nave para servicios auxiliares de puerto y tráfico interisleño.

Para comandar el Forrest, el jefe de la Subárea Naval Malvinas, capitán de navío Antonio Mozzarelli, designó al entonces teniente de navío Rafael Gustavo Molini. Este oficial, quien antes del 2 de abril se desempeñaba como jefe de segundo año en la Escuela Naval Militar, había sido trasladado a Malvinas el lunes 12 para pasar a cumplir servicio en el Apostadero Naval. Allí, sus primeras tareas tuvieron que ver con la conflictiva descarga de los buques que llegaban a Puerto Argentino y también con el traslado de cargas que vía aérea arribaban al aeropuerto.

El 14 de abril, Molini se hizo cargo del Forrest. Junto al muelle de la gobernación fue recibido por su capitán original, el señor Jack Sollis, quien le hizo entrega de la nave, que se encontraba en buenas condiciones generales aunque varios de sus sistemas auxiliares estaban fuera de servicio. Ante una invitación de Molini, el capitán Sollis, si bien aceptó dar todas las explicaciones necesarias para el funcionamiento de la nave, declinó de continuar con sus tareas a bordo aduciendo que no deseaba dejar sola a su familia en esas circunstancias.

Para secundar a Molini, el capitán Mozzarelli le asignó una tripulación de dieciséis hombres provenientes del Apostadero Naval y de unidades de la Armada surtas en el lugar. Sus oficiales adjuntos fueron el teniente de corbeta Juan Carlos Vernetti, en calidad de Segundo Comandante, y el teniente de corbeta Hugo Oscar Guilisasti, como Jefe de Máquinas. El resto de la tripulación se conformó con el cabo primero Jorge Elías, como contramaestre; el cabo segundo Enrique Piedrabuena, timonel; los suboficiales Federico Lares, Alberto Amedeo y Carlos Guerrero, en Máquinas; como electricista, el cabo primero Reinaldo Zurita; en Sanidad, el cabo segundo enfermero Alberto Nieto; a cargo del Refuerzo de Fuego, el cabo segundo de Infantería de Marina Carlos Medina con los conscriptos Nicolás Pinto y Vargas. La dotación se completó con los conscriptos de marinería Oscar Damonte, Alberto Moltrasio, Mario Luchetti y Carlos Olcese.

Si bien en un principio, dada la diversidad de extracciones de la bisoña tripulación, Molini tuvo dudas acerca de su asimilación y comportamiento en situaciones conflictivas, muy pronto, sobre la base de una consecuente labor de adoctrinamiento que buscó reafirmar sus ideales y principios patrióticos, todos se integraron para formar un equipo homogéneo, cumplidor hasta el sacrificio y de excelente rendimiento. Fue así como, gracias a la férrea voluntad de sus oficiales y el nivel moral y profesional del personal asignado, pudieron en muy corto tiempo navegar con total normalidad.

Sólo tuvieron un leve problema, producto del desconocimiento pleno en el funcionamiento de los servicios auxiliares del barco, y ello ocurrió poco antes de la primera salida. Efectivamente, una noche, al olvidar que la energía de iluminación a bordo provenía de dos baterías que servían también para arrancar el motor y no de una toma de tierra, como suele hacerse, dejaron algunas luminarias encendidas. Por supuesto, al disponerse a zarpar al día siguiente, se encontraron con los acumuladores debilitados y sin fuerza para el arranque. Pero rápidamente alguien con lógico acierto logró poner en marcha el generador accionado a manija y así pudieron dar inicio a la carga de baterías. Salvo este primer incidente, luego que el personal le tomó el ritmo al manejo de los elementos a su cargo, las tareas a bordo transcurrieron sin mayores problemas. Es justo mencionar que la tripulación se destacó por su aplomo, espíritu de sacrificio y acendrada dedicación a los trabajos impuestos, especialmente cuando todos sin excepción, a falta de personal de estiba, tenían que participar activamente en la carga y descarga.

Además siempre predominó el buen sentido del humor y una gran camaradería. La totalidad de la dotación, con tremenda voluntad, supo sortear las difíciles contingencias que las situaciones de guerra los obligó a vivir. Fue dable destacar que no se dieron espacio para dubitaciones ni afloraron conflictos que no fueran superables y, si bien los oficiales que ejercían el comando apuntalaron sabiamente a sus hombres, éstos facilitaron también el ejercicio del comando gracias a su alto sentido de la responsabilidad y el deber.

La primera misión que cumplió el Forrest tuvo que ver con el sembrado de minas acuáticas en la boca de entrada de Puerto Argentino. Dicha maniobra, iniciada a las once de la noche del día 14, si bien se realizó desde el transporte naval Isla de los Estados con un equipo de hombres de la Armada, dependió en parte de la ayuda que brindó el Forrest, con el fin de situar la posición de los artefactos y también para tratar de que esta operación no fuera detectada por algún submarino británico.

En tanto el Isla de los Estados navegaba sobre la línea de profundidad de 60m en total silencio, el Forrest lo hacía en forma paralela, dos o tres millas mar adentro, sobre la profundidad de más de 120m, donde quedaba expuesto a la probable acción de los submarinos. Con el objeto de atraer sobre sí la atención y desviarla del verdadero objetivo que era el buque minador, los tripulantes del buque auxiliar produjeron toda clase de ruidos hasta convertirse en un verdadero cortinador acústico antitorpedos. A tal efecto, mientras gruesas cadenas que colgaban a los costados del barco producían, con el movimiento del mar, un fuerte sonido al golpear contra el casco, en la bodega algunos hombres martillaban con todo tipo de herramientas metálicas el interior de la nave. Sin perjuicio de ello, se encendieron todos los generadores y bombas y se pusieron en marcha ambas sondas con objeto de producir interferencias electrónicas.

En este tramo de la maniobra fueron incorporados a la tripulación del Forrest los tenientes de corbeta Oscar Vázquez y Héctor Rodolfo Lehmann, quienes luego de cumplir su trabajo fueron trasladados al Monsunen.

Ningún hombre de la tripulación del Forrest ignoró que esta atrevida operación los convertía en un fácil blanco para cualquier ataque que pudiera provenir de los submarinos que ya estaban operando en la zona. La verdad es que –y esto se supo más tarde- el día 12 el submarino británico Spartan se había estacionado frente a Puerto Argentino y desde su posición pudo observar no sólo el trasbordo de las minas desde el Bahía Buen Suceso, sino luego el sembrado de aquéllas. Según una versión británica, esta noticia fue transmitida por el comandante del sumergible, capitán J. B. Taylor, a sus mandos en Northwood, Inglaterra. ¿Se debería atacar? La respuesta del gabinete de guerra británico, según la misma versión confirmada luego –ya que no se produjo ningún ataque-, habría sido negativa en razón de que se trataba de naves mercantes que se encontraban dentro de la zona de exclusión antes de la fecha de declararla cerrada.

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