Poema de mio cid anónimo cantar primero destierro del cid



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POEMA DE MIO CID

Anónimo
CANTAR PRIMERO - DESTIERRO DEL CID


El rey Alfonso envía al Cid para cobrar las parias del rey moro de Sevilla. Éste es atacado por el conde castellano García Ordóñez. El Cid, amparando al moro vasallo del rey de Castilla, vence a García Ordóñez en Cabra y le prende afrentosamente. El Cid torna a Castilla con las parias, pero sus enemigos le indisponen con el rey. Éste destierra al Cid.

1 El Cid convoca a sus vasallos. Éstos se destierran con él. Adiós del Cid a Vivar.
Por sus ojos mío Cid va tristemente llorando;

volvía atrás la cabeza y se quedaba mirándolos.

Miró las puertas abiertas, los postigos sin candados,

las alcándaras vacías, sin pellizones ni mantos,

sin los halcones de caza ni los azores mudados.

Suspiró entonces mío Cid, de pesadumbre cargado,

y comenzó a hablar así, justamente mesurado:

«¡Loado seas, Señor, Padre que estás en lo alto!

Todo esto me han urdido mis enemigos malvados.»

2 Agüeros en el camino de Burgos.
Ya aguijaban los caballos, ya les soltaban las riendas.

Cuando de Vivar salieron, vieron la corneja diestra,

y cuando entraron en Burgos, la vieron a la siniestra.

Movió mío Cid los hombros y sacudió la cabeza:

«¡Albricias, dijo Álvar Fáñez, que de Castilla nos echan

mas a gran honra algún día tornaremos a esta tierra!»



3 El Cid entra en Burgos.
Mío Cid Rodrigo Díaz en Burgos, la villa, entró;

hasta sesenta pendones llevaba el Campeador;

salían a verle todos, la mujer como el varón;

a las ventanas la gente burgalesa se asomó

con lágrimas en los ojos, ¡que tal era su dolor!

Todas las bocas honradas decían esta razón:

«¡Oh Dios, y qué buen vasallo, si tuviese buen señor!»

4 Nadie hospeda al Cid. -Sólo una niña le dirige la palabra para mandarle alejarse. El Cid se ve obligado a acampar fuera de la población, en la galera.
De grado le albergarían, mas ninguno se arriesgaba:

que el rey don Alfonso al Cid le tenía grande saña.

La noche anterior, a Burgos la real carta llegaba

con severas prevenciones y fuertemente sellada:

que a mío Cid Ruy Díaz nadie le diese posada,

y si alguno se la diese supiera qué le esperaba:

que perdería sus bienes y los ojos de la cara,

y que además perdería salvación de cuerpo y alma.

Gran dolor tenían todas aquellas gentes cristianas;

se escondían de mío Cid, no osaban decirle nada.

El Campeador, entonces, se dirigió a su posada;

así que llegó a la puerta, encontrósela cerrada;

por temor al rey Alfonso acordaron el cerrarla,

tal que si no la rompiesen, no se abriría por nada.

Los que van con mío Cid con grandes voces llamaban,

mas los que dentro vivían no respondían palabra.

Aguijó, entonces, mío Cid, hasta la puerta llegaba;

sacó el pie de la estribera y en la puerta golpeaba,

mas no se abría la puerta, que estaba muy bien cerrada.

Una niña de nueve años frente a mío Cid se para:

«Cid Campeador, que en buena hora ceñisteis la espada,

sabed que el rey lo ha vedado, anoche llegó su carta

con severas prevenciones y fuertemente sellada.

No nos atrevemos a daros asilo por nada,

porque si no, perderíamos nuestras haciendas y casas,

y hasta podía costarnos los ojos de nuestras caras.

¡Oh buen Cid!, en nuestro mal no habíais de ganar nada;

que el Creador os proteja, Cid, con sus virtudes santas.»

Esto la niña le dijo y se volvió hacia su casa.

Ya vio el Cid que de su rey no podía esperar gracia.

Partió de la puerta, entonces, por la ciudad aguijaba;

llega hasta Santa María, y a su puerta descabalga;

las rodillas hincó en tierra y de corazón rezaba.

Cuando acaba su oración, de nuevo mío Cid cabalga;

salió luego por la puerta y el río Arlanzón cruzaba.

Junto a Burgos, esa villa, en el arenal acampa;

manda colocar la tienda y luego allí descabalga.

Mío Cid Rodrigo Díaz, que en buen hora ciñó espada,

en el arenal posó, nadie le acogió en su casa;

pero en torno de él hay mucha gente que le acompañaba.

Así acampó mío Cid, como si fuese en montaña.

También ha vedado el rey que en Burgos le vendan nada

de todas aquellas cosas que puedan ser de vianda:

nadie osaría venderle ni aun una dinerada.



5 Martín Antolínez viene de Burgos a proveer de víveres al Cid.
El buen Martín Antolínez, el burgalés más cumplido,

a mío Cid y a los suyos les provee de pan y vino:

no lo compró, porque era de cuanto llevó consigo;

así de todo condumio bien los hubo abastecido.

Agradeciólo mío Cid, el Campeador cumplido,

y todos los otros que van del Cid a su servicio.

Habló Martín Antolínez, oiréis lo que hubo dicho:

«¡Oh mío Cid Campeador, en buena hora nacido!

Esta noche reposemos para emprender el camino,

porque acusado seré de lo que a vos he servido,

y en la cólera del rey Alfonso estaré incluido.

Si con vos logro escapar de esta tierra sano y vivo,

el rey, más pronto o más tarde, me ha de querer por amigo;

si no, cuanto dejé aquí no me ha de importar ni un higo.»


6 El Cid, empobrecido, acude a la astucia de Martín Antolínez. Las arcas de arena.
Habló entonces mío Cid, el que en buena ciñó espada:

«¡Martín Antolínez, vos que tenéis ardida lanza,

si yo vivo, he de doblaros, mientras pueda, la soldada!

Gastado ya tengo ahora todo mi oro y mi plata;

bien lo veis, buen caballero, que ya no me queda nada;

necesidad de ello tengo para quienes me acompañan;

a la fuerza he de buscarlo si a buenas no logro nada.

Con vuestro consejo, pues, quiero construir dos arcas;

las llenaremos de arena para que sean pesadas,

de guadalmecí cubiertas y muy bien claveteadas.»



7 Las arcas destinadas para obtener dinero de dos judíos burgaleses.
«Los guadalmecíes rojos y los clavos bien dorados.

Buscad a Raquel y Vidas, decidles que me han privado

el poder comprar en Burgos, y que el rey me ha desterrado,

y que llevarme mis bienes no puedo, pues son pesados;

y empeñárselos quisiera por lo que fuese acordado;

que se los lleven de noche y no los vean cristianos.

Que me juzgue el Creador, junto con todos sus santos,

que otra cosa hacer no puedo, y esto por fuerza lo hago.»



8 Martín Antolínez vuelve a Burgos en busca de los judíos.
En cumplirlo así, Martín Antolínez no se tarda;

atravesó toda Burgos y en la judería entraba,

y por Raquel y por Vidas con gran prisa preguntaba.
9 Trato de Martín Antolínez con los judíos. Éstos van a la tienda del Cid. Cargan con las arcas de arena.

Raquel y Vidas, los dos juntos estaban entrambos,

ocupados en contar cuanto llevaban ganado.

Llegó Martín Antolínez y así les dijo, taimado:

«¿Cómo estáis, Raquel y Vidas, mis buenos amigos caros?

En secreto ahora quisiera a los dos juntos hablaros.»

No le hicieron esperar, los tres juntos se apartaron.

«Raquel y Vidas, amigos buenos, dadme vuestras manos,

no me descubráis jamás, ni a nadie habéis de contarlo.

Para siempre os haré ricos, y nada habrá de faltaros.

El Campeador, mío Cid, por las parias fue enviado

y trajo tantas riquezas para sí, que le han sobrado,

y sólo quiso quedarse con lo que valía algo;

por esto es por lo que ahora algunos le han acusado.

Tiene dos arcas repletas del oro más esmerado.

Ya sabéis que el rey Alfonso del reino le ha desterrado.

Deja aquí sus heredades, sus casas y sus palacios.

Las arcas llevar no puede, pues sería denunciado,

y quiere el Campeador dejarlas en vuestras manos

para que le deis por ellas algún dinero prestado.

Tomad las arcas, y luego llevadlas a buen recaudo;

mas antes de ello, sabed que habéis de jurar entrambos

que no las habéis de abrir durante todo este año.»

Entre sí, Raquel y Vidas de esta manera se hablaron:

«Necesidades tenemos en todo de ganar algo.

Bien sabemos que mío Cid por las parias fue enviado

y que de tierra de moros grande riqueza se trajo,

y no duerme sin sospecha quien caudal tiene acuñado.

Estas arcas de mío Cid las tomaremos para ambos,

y el tesoro meteremos donde nadie pueda hallarlo.

Pero, decidnos: ¿el Cid - con qué se verá pagado

o qué interés nos dará durante todo este año?»

Así Martín Antolínez les repuso, muy taimado:

«Mío Cid ha de querer lo que aquí sea ajustado,

poco os ha de pedir por dejar sus bienes a salvo.

Muchos hombres se le juntan, y todos necesitados,

y para ellos precisa ahora seiscientos marcos.»

Dijeron Raquel y Vidas: «Se los daremos de grado.»

«Ya veis que llega la noche, el Cid está ya esperando,

y necesidad tenemos que nos entreguéis los marcos.»

Dijeron Raquel y Vidas: «Así no se hacen los tratos,

sino primero cogiendo las prendas, y luego, dando.»

Dijo Martín Antolínez: «Por mi parte acepto el trato.

Venid, pues, y a mío Cid se lo podréis contar ambos,

y luego os ayudaremos, tal como hemos acordado,

para acarrear las arcas hasta ponerlas a salvo,

y que de ello no se enteren los moros ni los cristianos.»

Dijeron Raquel y Vidas: «Conforme los dos estamos,

y una vez aquí las arcas, tendréis los seiscientos marcos.»

Martín Antolínez va cabalgando apresurado,

con él van Raquel y Vidas, y los dos van de buen grado.

No quieren pasar el puente y por el agua pasaron,

para que no les descubra en Burgos ningún cristiano.

He aquí que a la tienda llegan del Campeador honrado;

así como en ella entran, al Cid le besan las manos.

Sonrióles mío Cid y así comenzaba a hablarlos:

«¡Ay, don Raquel y don Vidas, ya me habíais olvidado!

Yo me marcho de esta tierra, porque el rey me ha desterrado.

De todo cuanto ganare habrá de tocaros algo;

mientras viváis, si yo puedo, no estaréis necesitados.»

Raquel y Vidas, al Cid vuelven a besar las manos.

Martín Antolínez ya tiene el negocio ajustado

de que sobre aquellas arcas le darán seiscientos marcos

y que ellos las guardarán hasta que se acabe el año;

así ellos lo prometieron y así habíanlo jurado,

y si antes las abriesen perjuros fueran, malvados,

y no les diese mío Cid de interés ni un ochavo.

Dijo Martín Antolínez: «Las arcas pronto llevaos.

Llevadlas, Raquel y Vidas, ponedlas a buen recaudo;

yo con vosotros iré para traerme los marcos,

porque ha de partir el Cid antes de que cante el gallo.»

Al cargar las arcas, ¡vierais cómo los dos se alegraron!,

aunque muy forzudos eran, con esfuerzo las cargaron.

Se gozan Raquel y Vidas en las ganancias pensando,

ya que en tanto que viviesen por ricos se tienen ambos.

10 Despedida de los judíos y el Cid. –Martín Antolínez se va con los judíos a Burgos.
Raquel a mío Cid toma la mano para besarla.

«¡Oh Campeador, tú que ceñiste en buen hora espada!

De Castilla ya os marcháis hacia donde hay gente extraña.

Cual grande es vuestra ventura, sean grandes las ganancias;

una pelliza bermeja os pido, de mora traza;

¡oh Cid, os beso la mano que en don ha de regalármela!»

«Pláceme, dijo mío Cid, la pelliza os será dada.

Si desde allá no os la envío, descontadla de las arcas.»

Entonces, Raquel y Vidas las dos arcas se llevaban,

Martín Antolínez va con ellos, y a Burgos marchan.

Así con todo secreto, llegaron a su morada;

extendieron una alfombra en el suelo de la cámara

y sobre ella una sábana de tela de hilo muy blanca.

Por primera vez contó trescientos marcos de plata;

contábalos don Martín, sin pesarlos los tomaba;

los otros trescientos marcos en oro se los pagaban.

Cinco escuderos llevó y a todos ellos cargaba.

Cuando esto estuvo hecho, oiréis lo que les hablaba:

«Ya en vuestras manos, Raquel y Vidas, están las arcas;

yo, que esto os hice ganar, bien me merezco unas calzas.»



11 El Cid provisto de dinero por Martín Antolínez, se dispone a marchar.
Entonces Raquel y Vidas entre sí los dos se hablaron:

«Debemos darle algún don, que el negocio él ha buscado.

Martín Antolínez, dicen, burgalés bien afamado,

en verdad lo merecéis y nos place el obsequiaros

para que os hagáis las calzas, rica pelliza y buen manto.

Os damos en donación para ello treinta marcos;

merecido lo tenéis porque habéis hecho este trato:

porque sois el fiador de cuanto aquí hemos pactado.»

Lo agradeció don Martín así, y recibió los marcos;

de su casa va a salir y se despide de ambos.

Una vez salió de Burgos, el Arlanzón ha pasado,

y se dirige a la tienda de su señor bienhadado.

Recibióle mío Cid abiertos entrambos brazos:

«¿Venís, Martín Antolínez, mi fiel amigo y vasallo?

¡Pueda ver el día en que pueda pagarte con algo!»

«Vengo, Cid Campeador, y buenas noticias traigo:

para vos seiscientos marcos, y yo treinta me he ganado.

Mandad recoger la tienda y con toda prisa vámonos,

que en San Pedro de Cardeña oigamos cantar el gallo

veremos a vuestra esposa, digna y prudente hijadalgo.

Acortemos vuestra estancia y de este reino salgamos;

ello necesario es, porque va a expirar el plazo.»



12 El Cid monta a caballo y se despide de la catedral de Burgos, prometiendo mil misas al altar de la Virgen.
Y dichas estas palabras, la tienda fue recogida.

Mío Cid y sus vasallos cabalgan a toda prisa.

La cara de su caballo vuelve hacia Santa María,

alza su mano derecha y la cara se santigua:

«¡A Ti lo agradezco, Dios, que el cielo y la tierra guías;

que me valgan tus auxilios, gloriosa Santa María!

Aquí, a Castilla abandono, puesto que el rey me expatría;

¡Quién sabe si volveré en los días de mi vida!

¡Que vuestro favor me valga, oh Gloriosa, en mi salida

y que me ayude y socorra en la noche y en el día!

Si así lo hicieseis, oh Virgen, y la ventura me auxilia,

a vuestro altar mandaré mis donaciones más ricas;

en deuda quedo con Vos de haceros cantar mil misas.»

13 Martín Antolínez se vuelve a la ciudad.
Se despidió aquel varón cumplido, de voluntad.

Sueltan las riendas y empiezan los caballos a aguijar.

Dijo Martín Antolínez, aquel burgalés leal:

«Para ver a mi mujer, me volveré a la ciudad,

y advertir cómo en el tiempo de mi ausencia habrán de obrar.

Si el rey me quita mis bienes, poco ello me ha de importar.

Con vosotros estaré cuando el sol quiera rayar.»

14 El Cid va a Cardeña a despedirse de su familia.
Don Martín retorna a Burgos, y mío Cid se marchó

a San Pedro de Cardeña, apretando el espolón,

con los demás caballeros que sírvenle a su favor.

Aprisa cantan los gallos, quieren quebrar el albor;

cuando Regó al monasterio el buen Cid Campeador,

estaba el abad don Sancho, cristiano del Creador,

rezando ya los maitines mientras apunta el albor.

Y estaba doña Jimena con cinco damas de pro,

rogando a San Pedro Apóstol y al divino Creador:

«¡Tú, que eres de todos guía, ampara al Campeador!»



15 Los monjes de Cardeña reciben al Cid. Jimena y sus hijas llegan ante el desterrado.
Cuando a la puerta llamaran, de la nueva se enteraron;

¡Dios, y qué alegre se puso aquel buen abad don Sancho!

Con luces y con candelas salieron todos al patio,

y con gran gozo reciben a mío Cid bienhadado:

«Gracias a Dios, mío Cid, dijo así el abad don Sancho;

pues que al fin os veo bajo de mi custodia hospedado.»

Dijo entonces mío Cid Campeador, el bienhadado:

«Gracias a vos; satisfecho estoy de veros, don Sancho;

yo prepararé el condumio para mí y mis vasallos;

al marcharme de esta tierra os daré cincuenta marcos,

y si aún vivo más tiempo, os los he de dar doblados.

No quiero que el monasterio por los míos haga gasto;

para mi esposa Jimena hoy os entrego cien marcos;

a ella como a sus hijas y damas servid hogaño.

Dos hijas os dejo niñas, tomadlas en vuestros brazos;

a vos os las encomiendo desde ahora, abad don Sancho;

de ellas y de mi mujer habréis de tener cuidado.

Si se acabara el dinero o necesitaren algo,

entregadles cuanto pidan, buen abad, así os lo mando;

por un marco que gastéis, daré al monasterio cuatro.»

Así lo promete hacer el abad de muy buen grado.

He aquí que doña Jimena con sus hijas va llegando;

sendas damas las traían recostadas en sus brazos.

Ante el Cid doña Jimena hincó sus hinojos ambos,

con lágrimas en los ojos, le quiso besar las manos:

«¡Merced os pido, le dice, Campeador bienhadado!

Por calumnias de malsines de esta tierra sois echado.»

16 Jimena lamenta el desamparo en que queda la niñez de sus hijas. El Cid espera llegar a casarlas honradamente.
«¡Merced os pedimos, Cid, el de la barba crecida!

Heme ahora ante vos, y conmigo vuestras hijas,

de tan poca edad las dos y tan niñas todavía,

y con nosotras las damas por las que somos servidas.

Ya veo, Campeador, que vais a emprender la ida

y habremos de separarnos los dos aun estando en vida.

¡Dadnos ya vuestro consejo, oh Cid, por Santa María!»

Las dos manos alargó el de la barba bellida

y cogió con sus dos brazos con amor a sus dos hijas:

las acercó al corazón, porque mucho las quería.

Con lágrimas en los ojos muy fuertemente suspira:

«¡Oh doña Jimena, esposa tan honrada y tan cumplida,

a vos os quise, mujer, igual como al alma mía!

Ya veis que preciso es el separarnos en vida;

yo he de partir, mientras vos os quedaréis en Castilla.

¡Plegue a Dios, y así también le plegue a Santa María,

que yo case por mis manos, algún día, a nuestras hijas,

y que para tal ventura gozar se alarguen mis días,

y vos, mi mujer honrada, por mí habéis de ser servida!»

17 Un centenar de castellanos se juntan en Burgos para irse con el Cid.
Grande comida le hacen al buen Cid Campeador.

Tañen todas las campanas en San Pedro a gran clamor.

Por toda Castilla va extendiéndose el pregón:

cómo se va de la tierra mío Cid Campeador;

unos dejaban sus casas, los otros su posesión.

En aquel día en el puente que hay sobre el río Arlanzón,

ciento quince caballeros todos reunidos son,

preguntando dónde está mío Cid Campeador;

Martín Antolínez, que vuelve, a ellos se juntó,

y vanse a San Pedro, donde está el que en buena nació.


18 Los cien castellanos llegan a Cardeña y se hacen vasallos del Cid. Éste dispone seguir su camino por la mañana. Los maitines en Cardeña. Oración de Jimena. Adiós del Cid a su familia. Últimos encargos al abad de Cardeña. El Cid camina al destierro; hace noche después de pasar el Duero.

Cuando supo mío Cid Campeador el de Vivar

cuál crece su compañía de guerreros más y más,

cabalgando muy de prisa, a recibirlos se va;

volvió a sonreír el Cid cuando ante su vista están;

todos llegan, y las manos del Cid se van a besar.

Hablé entonces mío Cid con su mejor voluntad:

«Yo ruego a nuestro Señor y Padre espiritual,

que a los que por mí dejáis las casas y la heredad,

antes que yo muera, un día os pueda recompensar;

y cuanto hoy perdéis, doblado un día podáis cobrar.»

Plugo a mío Cid el ver sus mesnadas aumentar,

y plugo a todos los otros que al destierro con él van.

Del plazo acordado, seis días han pasado ya,

tres días sólo les quedan para el plazo terminar.

Mandó el rey a mío Cid Campeador vigilar:

ni por oro ni por plata le dejasen escapar.

El día ya va saliendo, la noche quería entrar,

y a sus buenos caballeros el Cid los mandó juntar:

«Oíd, les dice, varones, esto no os cause pesar;

poco tengo, pero quiero a todos su parte dar.

Tened muy presente, pues, lo que ahora os voy a mandar:

tan pronto como amanezca y el gallo quiera cantar,

no os retraséis y mandad los caballos ensillar;

en San Pedro a los maitines el buen abad tocará,

y la misa dirá luego de la Santa Trinidad,

y una vez la misa dicha, habremos de cabalgar,

porque el plazo ya se acerca y mucho hay que caminar.»

Como lo mandó mío Cid, sus vasallos cumplirán.

Ya va pasando la noche, viene la mañana ya;

cuando los segundos gallos cantan, pónense a ensillar.

Tañe apresuradamente a maitines el abad;

mío Cid y su mujer hacia la iglesia se van.

Echóse doña Jimena en las gradas del altar,

rogándole al Creador lo mejor que sabe y más,

para que al Campeador le guarde el Señor de mal:

«A Ti, mi Señor glorioso, Padre que en el cielo estás,

que hiciste el cielo y la tierra y el día tercero el mar;

las estrellas y la luna y el sol para calentar,

y te encarnaste en el seno de una Madre virginal,

y que naciste en Belén, según fue tu voluntad,

donde te glorificaron pastores en su cantar,

y tres reyes de la Arabia te vinieron a adorar,

que se llamaron Melchor y Gaspar y Baltasar,

para ofrecerte oro y mirra con toda su voluntad;

Tú que a Jonás lo salvaste cuando se cayó en el mar,

y a Daniel de los leones también quisiste salvar,

como salvaste, allá en Roma, lo mismo a San Sebastián,

salvaste a Santa Susana del falsario criminal,

y por la tierra quisiste treinta y dos años andar

mostrándonos tus milagros que tanto dieron que hablar:

hiciste vino del agua y de piedra hiciste pan,

y resucitaste a Lázaro porque fue tu voluntad

y por los judíos malos te dejaste allí apresar

en el monte, y en el Gólgota te hicieron crucificar,

y dos ladrones contigo en sendas partes están,

el uno fue al Paraíso, mas el otro no fue allá;

y estando en la cruz hiciste un portento sin igual:

Longinos, que estaba ciego, que no vio la luz jamás,

dio con su lanza en tu pecho, del que sangre hizo brotar,

que por el asta hacía abajo llegó sus manos a untar

y alzándolas hacia arriba, con ella tocó su faz,

abrió sus ojos y a todas partes se puso a mirar;

y en Ti creyó desde entonces quedando salvo de mal.

Del sepulcro, a los tres días, pudiste resucitar;

descendiste a los infiernos, como fue tu voluntad,

y quebrantaste las puertas para los santos sacar.

Tú, que eres Rey de los reyes y eres Padre universal,

a Ti adoro y en Ti creo con toda mi voluntad,

y ruego a San Pedro Apóstol que a mí me ayude a implorar

para que al Cid Campeador Dios le preserve de mal.

Y como hoy nos separamos, nos volvamos a juntar.»

La oración, una vez hecha, la misa acabada está;

salieron todos del templo; prepáranse a cabalgar.

El Cid a doña Jimena un abrazo le fue a dar

y doña Jimena al Cid la mano le va a besar,

con lágrimas en los ojos, que sólo saben llorar.

Y él a las niñas, con pena, tornábalas a mirar:

«Al Señor os encomiendo, al Padre espiritual;

nos separamos, ¡quién sabe si nos podremos juntar!»

Lloraban todos los ojos, nunca se vio llanto igual;

como la uña de la carne separándose así van.

Mío Cid con sus vasallos se dispuso a cabalgar;

cuando a caminar comienza, la cabeza vuelve atrás.

A esta sazón, Minaya Álvar Fáñez quiso hablar:

«Cid, en buen hora nacido, ¿vuestro arrojo dónde está?

Pensemos en nuestra marcha, esto dejémoslo estar.

Que todos los duelos de hoy en gozos se tornarán:

y Dios, que nos dio las almas, su remedio nos dará.»

Al abad don Sancho torna de nuevo a recomendar

que sirva a doña Jimena y a sus hijas que allí están,

como también a las damas que acompañándolas van;

y que sepa que por ello buen galardón obtendrá.

Cuando tornaba don Sancho, Álvar Fáñez le fue a hablar:

«Si veis venir a más gentes buscándonos, buen abad,

decid que el rastro nos sigan y emprendan el caminar,

porque en yermo o en poblado bien nos podrán alcanzar.»

Sueltan entonces las riendas, empezando a cabalgar,

que el plazo para salir del reino se acaba ya.

Mío Cid llegó a la noche hasta Espinazo de Can.

Muchas gentes, esa noche, se le fueron a juntar.

Otro día, de mañana, comienzan a cabalgar,

Saliendo ya de su tierra el Campeador leal;

San Esteban deja a un lado, aquella buena ciudad,

y pasa por Alcubilla, que de Castilla es fin ya;

la calzada de Quinea íbala ya a traspasar;

por Navapalos, el río Duero van a atravesar,

hasta Figueruela donde mío Cid mandó posar.

Y de todas partes, gentes acogiéndosele van.

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