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XXX CONGRESO ALAS

COSTA RICA

PONENCIA PRESENTADA POR

Jaime Zuluaga Nieto

UNIVERSIDAD: Externado de Colombia

CORREO: jzuluagan@yahoo.es

GRUPO DE TRABAJO 13, Geopolítica, hegemonías y Políticas Públicas

PAIS: Colombia

TEMA: Nuevos espacios de integración política

LOS NUEVOS ESPACIOS DE INTEGRACIÓN POLÍTICA Y LA ESTRATEGIA DE LOS ESTADOS UNIDOS
JAIME ZULUAGA NIETO

Docente Investigador

UNIVERSIDAD EXTERNADO DE COLOMBIA
INTRODUCCIÓN
En el siglo XIX europeo el desarrollo de las ciencias y los avances técnicos articulados a la dinámica de la acumulación del capital alimentaron la ilusión de la predictibilidad de los procesos sociales y de la posibilidad de controlar tanto los procesos naturales como los sociales. Incluso Marx, de quien es conocida la fascinación que le produjeron la capacidad de innovación del capital, contribuyó a alimentar esa ilusión con su conocida tesis de la misión histórica del proletariado: servir de sepulturero de la burguesía, de la que afirmó, en El Manifiesto Comunista: “ha desempeñado en la historia un papel altamente revolucionario.” Los triunfos de las revoluciones en Rusia y en China mantuvieron viva, durante décadas, la tesis de la inevitable derrota del capitalismo y el triunfo del socialismo. Pero a lo largo del siglo XX el desarrollo de algunas corrientes del pensamiento pusieron de presente que los procesos sociales no son predectibles. La revolución tecno-científica, los cambios en el sistema mundo en la segunda mitad del siglo XX –entre ellos el derrumbe del “socialismo realmente existente”-, evidenciaron que la incertidumbre era lo único cierto en lo que tiene que ver con los procesos históricos sociales. “Lo que más llama la atención en la historia de los últimos cien años es su absoluta impredecibilidad -escribió Howard a comienzos de este siglo-. La revolución que derrocó al zar de Rusia, un imperio semifeudal e inmovilista como ninguno, cogió por sorpresa a las potencias imperiales más avanzadas e incluso al propio Lenin, que tuvo que saltar a un tren para dirigirse a toda prisa hacia Petrogrado. ¿Quién pudiera haber predicho los extraños giros que dio la Segunda Guerra Mundial, el pacto nazi-soviético (esas embarazosas fotografías de Von Ribbentrop y Molotov dándose la mano), el avance del ejército alemán, aparentemente invencible, sobre Rusia, dejando a su paso colosales cifras de víctimas, su estancamiento a las puertas de Leningrado, en el límite occidental de Moscú, en las calles de Stalingrado, y la derrota final del ejército alemán, con Hitler arrinconado en su búnker de Berlín, esperando la muerte?

“Y luego el mundo de la posguerra, que tomó una forma que nadie habría sido capaz de anticipar: la revolución comunista en China, la violenta y tumultuosa Revolución Cultural, para luego experimentar otro giro radical, la renuncia de la China posmaoísta a las ideas y las instituciones que más celosamente había defendido hasta entonces, para abrirse a Occidente y abrazar la iniciativa capitalista, ante la perplejidad del mundo entero.” (ZINN, 2007, 13-14)


Carácter impredecible de los procesos sociales que no debe conducirnos a renunciar a la lucha por una civilización distinta a la capitalista y a la ilusión realizable de lograr un tipo de organización de la sociedad que garantice una vida digna; lucha que se libra en medio de la terca supervivencia del capitalismo y de su renovada capacidad para salir de las crisis a través de reconfiguraciones del sistema mundo. Sin embargo lo que pudiéramos llamar la sostenibilidad de este sistema es impredecible. Su centenaria existencia puede estar llegando a su fin. No lo sabemos y menos aún tenemos certezas sobre el tipo de sociedad que le sucedería.
Es en este escenario mutante e impredecible de reacomodamientos de los bloques de poder, potencias emergentes que retan su poder económico y, en el caso de América Latina, inéditos procesos políticos que plantean desafíos al ejercicio de su dominación que se redefinen las políticas exterior y de seguridad de los Estados Unidos. El acercamiento a Cuba y la asimilación de los cambios en la geografía política del continente no implican que renuncien a fortalecer su presencia en la región y consolidar su dominación, revelan un cambio de estrategias cuya eficacia para alcanzar sus objetivos son difíciles de establecer. En esta ponencia me propongo analizar algunos de los cambios en política exterior y de seguridad de los Estados Unidos en el incierto contexto político de América Latina.
EL COMPLEJO EJERCICIO DE LA HEGEMONÍA ESTADOUNIDENSE
Los Estados Unidos emergieron de la Segunda Guerra Mundial como el gran hegemón. La guerra no afectó su territorio ni destruyó su economía, todo lo contrario, la favoreció y elevó sus tasas de crecimiento al 10% en promedio. Su hegemonía política, económica, militar y cultural no fue global: la Unión Soviética le disputó esa hegemonía sobre los territorios euroasiáticos en los que se consolidó el campo socialista. El resultado fue un orden bipolar, caracterizado como Guerra Fría, que se tradujo en un enfrentamiento ideológico político entre los dos sistemas y en el recurso a la guerra a través de terceros países, como quiera que el armamentismo nuclear hizo inviable la confrontación militar directa entre las dos superpotencias.
Guerra Fría y dominación
En estas condiciones las políticas Exterior y de Defensa y Seguridad estadounidenses se orientaron a contener el avance del comunismo ideológica, política y militarmente. Si bien las fronteras geográficas entre los dos campos quedaron claramente delimitadas, la confrontación ideológica y política no conoció fronteras: esta se adelantó a través de múltiples modalidades y, en particular, mediante la acción de partidos comunistas y movimientos revolucionarios y/o independentistas inspirados en el pensamiento marxista, presentes en casi en casi todos los países y, a través de la política de Defensa y Seguridad estadounidense que buscó incidir en todo el globo promoviendo guerras contrainsurgentes, invadiendo territorios cuando fue necesario o recurriendo a intervenciones de la CIA y múltiples mecanismos de control político e ideológico y, en el caso de Latinoamérica, mediante el desarrollo y promoción de la Doctrina de Seguridad Nacional.
Con el pretexto de la defensa de la llamada civilización occidental y en ejercicio de su hegemonía política, ideológica y militar los Estados Unidos violaron/desconocieron las soberanías nacionales y se reivindicaron como los gendarmes de la democracia en su pretensión de imponer la Pax americana. Sus fuerzas militares operaron en algunos casos como fuerza supranacional o aprovecharon la arquitectura institucional de la posguerra, como en el caso de la guerra de Corea, para bajo la bandera de las Naciones Unidas adelantar su política de contención al comunismo; o como en el caso de América Latina se sirvieron de la OEA para la expulsión de Cuba del sistema interamericano. Institucionalizaron, en el ejercicio de la función represiva estatal, la articulación entre la legalidad e ilegalidad a través de las llamadas guerras sucias en la lucha contra los otros a quienes homogeneizaron bajo la categoría de subversivos. (CALVEIRO, 2012: 42) Mediante la Escuela de las Américas, que operó en el enclave colonialista de la Zona del Canal de Panamá, difundieron entre los gobiernos y los ejércitos del continente la doctrina de la seguridad nacional y el uso de prácticas represivas ilegales como la tortura y la desaparición forzada, entre otras.
Agudamente escribió Hobsbawm que luego del triunfo bolchevique en Rusia “la intervención de los Estados Unidos en la política doméstica de otros estados cuyas decisiones no compartían se convirtió en moneda corriente, cuando menos en aquellas situaciones en la que los riesgos para el agresor eran prácticamente nulos. Y sigue siendo así […] también dejó de ser clara la frontera entre guerra y paz.” (HOBSBAWM, 2007: 7)

Invocando la defensa de la libertad y la democracia expandieron mediante el recurso a prácticas legales e ilegales, las redes de su dominación. (ZULUAGA, 2008) Durante casi toda esta época la economía norteamericana se fortaleció, al menos hasta la década del setenta, cuando la economía-mundo entró en una dinámica de desaceleración.


En América Latina el triunfo insurgente en Cuba -enero de 1959- que dio origen a la Revolución Cubana y su opción por el socialismo extendieron las fronteras geográficas del campo socialista hasta el Caribe y sirvieron de catalizador para el surgimiento de movimientos guerrilleros con vocación socialista; a su vez, el carácter anti capitalista de las luchas revolucionarias en muchos países del continente constituyeron el leitmotiv para la formulación de la Doctrina de la Seguridad Nacional, en virtud de la cual los conflictos sociales y políticos se leyeron en la gramática de la confrontación entre el comunismo y el capitalismo. El tratamiento dado a los opositores a los gobiernos o a los proyectos críticos de los Estados Unidos y del capitalismo fue el de enemigos internos. Ala sombra de esta Doctrina los Estados Unidos interrumpieron procesos democratizadores, promovieron sangrientas dictaduras militares e intentaron liquidar las luchas revolucionarias en el continente.
En los años sesenta y setenta del siglo XX se inició lo que podemos considerar la declinación de su hegemonía. Tres procesos la marcaron: en lo cultural, la gran conmoción planetaria de 1968; en lo político y militar, la derrota en la guerra de Viet Nam y, en lo económico, el desafío planteado por los países de la OPEP al elevar sensiblemente los precios del petróleo. En los años siguientes la hegemonía política y militar fue desafiada en varias oportunidades en diferentes sitios, en particular en el Oriente: la toma de rehenes en la embajada americana en Irán (noviembre de 1979), que precedió a la revolución islámica liderada por el Ayatollah Jomeini en los años ochenta; la retirada del Líbano en 1982 ante la imposibilidad de enfrentar exitosamente los ataques terroristas contra los Marines, entre otras. Tendencialmente se ha mantenido la declinación hasta hoy, aunque con variaciones, pero no es del caso detenernos a analizar en detalle esas variaciones. Baste con señalar que los frutos de la reconstrucción europea se tradujeron en el fortalecimiento de sus economías, en particular de la alemana, que empezó a jugar un papel determinante en la naciente Comunidad Económica Europea (CEE), antecedente de la Unión Europea (UE), que dio origen a un nuevo polo de poder económico; a su vez el fortalecimiento de la Cuenca del Pacífico, inicialmente jalonado por el crecimiento de la economía japonesa y de los llamados “dragones asiáticos” creó otro polo de poder económico, en el que hoy se desenvuelve la nueva potencia emergente: la República Popular de China.
En este contexto se produjo el triunfo de los neo-conservadores, liderados por los gobiernos de Ronald Reagan en los Estados Unidos y de Margaret Tatcher en la Gran Bretaña. Sus concepciones se expresaron en las políticas Exterior, Económica y de Seguridad y Defensa y fueron determinantes para el auge político y académico del neoliberalismo desde los años ochenta. La liberalización de las economías fue acompañada, en lo que a Estados Unidos respecta, con la persistencia de su actitud belicista. En su condición de gran hegemón amparado en el pretexto de la sobrevalorada amenaza comunista, aplicó una política “dura”, fundada en su incuestionable poderío económico y militar.
Estas posiciones condujeron, en una América Latina convulsionada por la irrupción de la revolución Cubana y la emergencia de guerrillas de izquierda, a la afirmación de su hegemonía con políticas contrainsurgentes que negaban en la práctica los valores democráticos que decían defender. El resultado fue el recrudecimiento de la Guerra Fría, en particular en Centro América, como quiera que se comprometieron en evitar, mediante una abierta intervención militar, que los movimientos insurgentes en El Salvador y Guatemala conquistaran el poder del Estado como ya lo había hecho en 1979 el Frente Sandinista para la Liberación Nacional en Nicaragua. La liberalización de las economías o, más rigurosamente, la “dictadura” del mercado apoyada en la institucionalidad financiera multilateral del Fondo Monetario Internacional (FMI) y del Banco Mundial (BM), se articuló con los proyectos belicistas de control y reestructuración de los territorios.
Cuando su dominación comenzó a experimentar los efectos de la desaceleración de la economía en los años setenta y, además, desde los territorios occidentales empezaron a ser fuertemente competidos, el neoconservadurismo sostuvo prácticas extremas en una especie de compensación a la progresiva pérdida de poder económico a nivel mundial. A lo largo de los años ochenta los proyectos belicistas se manifestaron en el Caribe en la invasión a Granada (1983), en Centro América en la invasión a Panamá (1989) y en el oriente en la primera guerra del Golfo (1991).
El fin de la Guerra Fría y la construcción de los nuevos enemigos
Terminada la Guerra Fría tras el derrumbe de la Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas (URSS) y la desaparición del llamado campo socialista, la guerra interna desarticuló a Yugoeslavia en Europa y surgieron nuevas confrontaciones en el continente africano. El nuevo contexto internacional se caracterizó por la emergencia expresiones de violencia hasta entonces desconocidas y la supervivencia de antiguas. Los Estados Unidos no lograron consolidar un orden unipolar, aunque su despliegue militar los reafirmó como la primera potencia militar, libre ahora del contrapeso que en el pasado inmediato representó el poderío militar soviético. Para fines del siglo XX, durante los años de la administración Demócrata de Bill Clinton fueron cada vez más visibles las relaciones entre la economía y la política de Defensa y Seguridad Nacional. La industria se desaceleró, se incrementó el déficit en la balanza comercial y el elevado gasto militar comprometido con la escalada belicista desde los años ochenta agravó la situación, en particular aumentó el déficit fiscal. (CALVEIRO, 2012, 48-49) La economía comenzó a pasarle la factura al intervencionismo militar desatado en el afán de preservar el liderazgo estadounidense.
Este conjunto de procesos aceleraron lo que desde algunas perspectivas analíticas se dio en llamar globalización, entendiendo por tal la creciente interdependencia multidimensional de las naciones que tiene expresiones en la economía, la política, la cultura, lo militar y en materia de seguridad, entre otras, y ha provocado cambios en el papel de los Estados, replanteado las soberanías nacionales y favorecido la importancia de las corporaciones transnacionales.
El neoliberalismo avanzó derrumbando barreras, abriendo mercados, debilitando regulaciones estatales en una coyuntura de desaceleración de la economía-mundo. Por los intersticios del libre mercado se fortalecieron formas ilegales de acumulación de capital: tráfico de seres humanos, de órganos, de armas y de sustancias psicoactivas, entre otros. A estas formas de acumulación ilegal corresponden organizaciones empresariales que responden a la lógica última del capital: buscar altas tasas de ganancia para garantizar la reproducción del capital.1 Entre estas organizaciones se cuenta el narcotráfico que hay que entenderlo en la complejidad de sus redes criminales transnacionales como una empresa capitalista altamente rentable que se constituye en una alternativa a la caída de las tasas de ganancia en las actividades legales.
Con el fin de la Guerra Fría y la desaparición de la amenaza comunista los Estados Unidos definieron el narcotráfico como la principal amenaza a su seguridad. Pero ésta no tuvo el poder cohesionador que ideológica y políticamente tuvo la amenaza comunista. Ello porque, además de constituir un problema de salud pública que no amenaza al sistema, es una actividad altamente rentable que, a pesar de su carácter ilegal, tiene fuertes articulaciones con la economía legal, por ejemplo con el sector financiero receptor privilegiado de los excedentes de las economías ilegales e instrumento, en muchos casos, del lavado de activos, tal como ocurre con los llamados paraísos fiscales; y con el comercio, como quiera que estos excedentes incrementan la demanda agregada, aceleran la circulación del capital y por esta vía pueden, eventualmente, incidir en la reactivación de la producción, etc., etc. Tampoco en este campo los Estados Unidos lograron fortalecer su hegemonía y, aunque han sido acompañados en algunas de sus políticas antinarcóticos por otros países, lo cierto es que el prohibicionismo y el tratamiento militar y policivo dado al problema de las drogas ha sido criticado y no siempre aplicado por muchos de sus aliados.
El contraste en su “patio trasero” la incidencia de la nueva amenaza ha sido significativa. La región andina es el epicentro de la producción mundial de hoja de coca y del procesamiento de cocaína. La presencia de las redes criminales transnacionales del narcotráfico ha servido de justificación de la militarización de estos territorios, de la criminalización de las actividades productivas de campesinos e indígenas. En el caso específico de Colombia, único país de la región cuyos gobiernos han consentido la fumigación de sus territorios como instrumento para la erradicación de cultivos de coca, además de la criminalización mencionada, las fumigaciones han provocado un irrecuperable daño ambiental en vastas zonas del territorio nacional; como somos el único país con un conflicto armado vigente, Colombia es hoy el epicentro del intervencionismo militar estadounidense.
Al final del siglo XX los Estados Unidos encaran dificultades asociadas a la pérdida relativa de su poder económico y al creciente gasto militar por sus compromisos belicistas en un contexto en el que, como hemos dicho, son seriamente competidos en lo económico. A pesar de sus dificultades persisten en comportarse como el “gendarme mundial” de acuerdo a su “destino manifiesto”. Pero no pueden ocultar su debilitamiento y la erosión de su hegemonía. Los neoconservadores, desplazados del gobierno temporalmente, se plantean la necesidad de recuperar el liderazgo y fortalecer su hegemonía. En un documento conocido como “Proyecto para el nuevo siglo Americano: La reconstrucción de las defensas de América. (Estrategia, Fuerzas y Recursos para el Nuevo Siglo)” afirman que la declinación de la defensa americana pone en peligro su hegemonía y liderazgo en un momento en el que otros estados pueden pretender rivalizar con ellos y amenazar la democracia y la paz. De allí que sostengan que “al final del siglo XX, Estados Unidos se instituye como el poder mundial mas preeminente. Tras la victoria de la Guerra Fría, América afronta una oportunidad y un reto: ¿tiene Estados Unidos un enfoque claro para seguir construyendo sobre los logros alcanzados en las décadas pasadas, tiene Estados Unidos el valor para establecer y defender los principios favorables a los intereses americanos? Solicitamos una fuerza militar fuerte y preparada para afrontar los desafíos presentes y futuros; una política exterior que promueva los principios americanos de manera atrevida y decidida; y un liderazgo nacional que acepte las responsabilidades globales de Estados Unidos. […] América tiene un papel vital en el mantenimiento de la paz y la seguridad en Europa, Asia y Oriente Medio. Si eludimos nuestras responsabilidades podríamos poner en peligro nuestros intereses fundamentales.” (ALARCÓN y SORIANO, 2004: 121)
Es claro para los neoconservadores que los intereses estratégicos de los Estados Unidos se encuentran en Eurasia y en el Oriente y que la posibilidad de preservar su hegemonía, cuestión que plantean con el eufemismo de cumplir con sus “responsabilidades globales”, tiene que ver con la disposición de una “fuerza militar fuerte”. Para ellos la escalada belicista desplegada desde los ochenta ha sido insuficiente y debe ser relanzada aún a pesar de los constreñimientos económicos, para garantizar la primacía de sus intereses. Como lo señala Badiou, esta posición está en la base de la prolongada historia guerrera y del aislacionismo estadounidense que apoyado siempre en su superioridad militar desconoce el derecho a la existencia de los otros. (BADIOU, 2005) “América para los Americanos” la clásica expresión de la doctrina Monroe deviene en la fórmula de “muchas zonas del mundo para los americanos”. Y para legitimar esta dominación es necesario satanizar al adversario o al potencial rival. La “amenaza comunista” durante la Guerra Fría era la encarnación del mal: la antidemocracia, la negación de la libertad, la barbarie del “Gulag” como símbolo del orden social “comunista”. Hoy, en la pos Guerra Fría, son otros los “inferiores” a los que se les niega el derecho a la existencia porque son representantes de la encarnación del mal, “el eje del mal”.
Parábola del eterno retorno”: neoconservadores y cruzada mundial contra el terrorismo
Los neoconservadores vuelven al poder con George W. Bush y les toca afrontar los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 que provocaron una nueva redefinición de las políticas Exterior y de Seguridad Nacional de los Estados Unidos: el terrorismo es ahora la principal amenaza contra su seguridad y el narcotráfico pasó al segundo lugar.
La nueva amenaza logró ganar un apoyo casi universal. La reivindicación del islamismo contra el cristianismo por parte de Al Qaeda pareció darle validez a la tesis de Huntington según la cual, desaparecido el campo socialista, las relaciones internacionales quedarían signadas por el “choque de civilizaciones”. Los atentados terroristas del 11 de marzo de 2004 en Madrid contribuyeron a fortalecer la idea de un occidente cristiano amenazado por el ascenso del fundamentalismo islamita. La “cruzada” contra el terrorismo adquirió algunos de los rasgos de las guerras religiosas que se dieron en el pasado. En lo interno, la administración Bush llevó al límite la militarización de la sociedad, fortaleció en extremo el poder presidencial en asuntos tales como la competencia para declarar guerras, se limitó el derecho a la intimidad mediante la autorización para interferir comunicaciones, se suspendieron instituciones de vigencia universal como el Habeas Corpus, y se crearon las condiciones para desarrollar conductas violatorias de los derechos humanos, tal como se ha puesto de presente en Guantánamo y en Abu Graib. El Patriot Act es un catálogo de recortes de derechos y libertades fundamentales para los ciudadanos estadounidenses.
Según el entonces Secretario de Estado, Colin Powell, se produjo el tránsito a un nuevo período: “No solamente la guerra fría ha terminado, igualmente el período de la posguerra fría ha terminado”. Stanley Hoffman va más allá y sostiene que “todo el mundo comprendió que los hechos del 11 de septiembre eran el inicio de una nueva era. Pero qué significa este quiebre? En una visión convencional de las relaciones internacionales, la guerra ocurre entre Estados. Pero, en septiembre, individuos pobremente armados de repente retaron, sorprendieron e hirieron a la superpotencia dominante en el mundo. Los ataques mostraron también que, para todos los efectos, la globalización permite que terribles formas de violencia sean fácilmente accesibles para fanáticos desesperados.” (HOFFMAN, 2002: 104)
En esta dinámica los Estados Unidos adoptaron su nueva Estrategia de Seguridad en la que afirman que “se ven amenazados ahora no tanto por estados conquistadores como por estados fallidos. Nos amenazan menos las flotas y los ejércitos que las tecnologías catastróficas en manos de unos pocos amargados. Debemos eliminar estas amenazas a nuestra nación, a nuestros aliados y amigos... El enemigo no es un régimen político, persona, religión o ideología aislados. El enemigo es el terrorismo premeditado, la violencia por motivos políticos perpetrada contra seres inocentes.” (HOFFMAN, 2002: 104)
En una renovada versión del “destino manifiesto” asumen que tienen “responsabilidades y obligaciones” en virtud de las cuales se autoproclaman paladines de la dignidad humana, se comprometen a fortalecer las alianzas para derrotar el terrorismo mundial, a desarrollar acciones preventivas de eventuales ataques contra su seguridad o la de sus amigos, a colaborar para resolver los conflictos regionales, a promover “el crecimiento económico mundial por medio de los mercados libres y el libre comercio” y a expandir el “círculo del desarrollo al abrir las sociedades y crear la infraestructura de la democracia”. Se trata entonces de una política de seguridad integral en la que se articulan dimensiones militares, económicas y políticas. En otros términos, la lucha antiterrorista se articula al fortalecimiento de mercados libres y de la democracia… bajo la tutela estadounidense.
En el nuevo contexto de la globalización estamos ante un proyecto hegemónico integral que se orienta a consolidar un centro único de poder militar, económico, político, ideológico y cultural. Es, parafraseando la consigna de la utopía socialista de los siglos XIX y XX, la nueva internacional del capital bajo la dirección hegemónica de los Estados Unidos. Así lo expresa la Estrategia de Seguridad: “Este es también un momento de oportunidad para Estados Unidos. Actuaremos para convertir este momento de influencia en décadas de paz, prosperidad y libertad. La estrategia de seguridad nacional de Estados Unidos se basará en un internacionalismo inconfundiblemente norteamericano (el énfasis es nuestro) que refleje la unión de nuestros valores y nuestros intereses nacionales. La meta de esta estrategia es ayudar a que el mundo no sea solamente más seguro sino también mejor. Nuestras metas en el camino hacia el progreso son claras: libertad política y económica, relaciones pacíficas con otros países y respeto a la dignidad humana”.2
En síntesis podemos afirmar que los atentados terroristas del 11 de septiembre sirvieron para hacer prevalecer los intereses estadounidenses sobre los del resto del mundo y legitimaron el derecho a la venganza y a las agresiones a otros Estados. Incluso las Naciones Unidas reconocieron que los Estados Unidos se encontraban en “estado de legítima defensa”. Y como en los versos de Hugo, la administración Bush considera que “Como los Otomanos estaban fuera de la ley vulgar, Podemos atacarlos sin declararles la guerra.”3
Detener la declinación de la hegemonía: “Es la economía, estúpido!”
Ni el auge neoliberal, ni la cruzada contra el terrorismo impidieron la salida de los neoconservadores de la Casa Blanca y la continuación del declive de la hegemonía estadounidense. La crisis financiera del 2008 y las dificultades económicas domésticas despejaron el camino para el retorno de los Demócratas a la Casa Blanca. Según el presidente Obama los Estados Unidos se comprometieron a distanciarse de las políticas Exterior y de Defensa y Seguridad adoptadas por la administración Bush que terminaron por debilitar algunas de sus alianzas.
La administración Demócrata adoptó una nueva Estrategia de Seguridad Nacional, Paz, Prosperidad y Dignidad Humana (2010) en la que se fortalece la relación economía y seguridad. Adquirió de nuevo relevancia la conocida frase que marcó la campaña presidencial de Clinton: “Es la economía, estúpido!”. Se trata de un retorno coherente a sus orígenes: el poderío de los Estados Unidos deriva de la fortaleza de su economía y no solamente de sus armas. O expresado coloquialmente, de poner la casa en orden, de ahí el énfasis en la educación, la salud, la capacidad de innovación mediante el desarrollo de la ciencia y la tecnología, y el afán por romper la dependencia energética. Estos son, según el nuevo discurso, los soportes de su compromiso con la recuperación de la democracia, los derechos humanos y el imperio de la ley como fundamento de la proyeccción de su influencia en el mundo, por lo que resulta “falsa la elección entre nuestra seguridad y nuestros ideales. Nuestros padres fundadores […] redactaron una carta para garantizar el imperio de la ley y los derechos humanos […] Esos ideales aún alumbran el mundo y no renunciaremos a ellos por conveniencia.” (OBAMA, 2009) El recurso a la violencia en aras de la seguridad no puede vulnerar las libertades democráticas, desconocer el estado de derecho ni atentar contra los derechos humanos. Y, no pueden aislarse en un ejercicio unilateral de la política, de ahí el retorno al multilateralismo.
Las amenazas que deben enfrentar, según el discurso de Obama, son el terrorismo, por lo cual se compromete a darle continuidad a la guerra “global contra el terrorismo”; la proliferación de armas nucleares, lo que exige evitar el desarrollo de programas de armamentismo nuclear por parte de Corea e Irán; por último, el calentamiento del planeta que exige renovar los compromisos internacionales para el control de las emisiones, promover programas para la generación de energías alternativas y reducir la dependencia del petróleo. A estos peligros, se agregan los derivados de la inestabilidad y desigualdad económicas, la seguridad alimentaria y las “pandemias” que amenazan la salud pública y se plantea integrar como un todo la “defensa, la diplomacia y el desarrollo” en palabras de Hillary Clinton (CLINTON, 2010)
Estos replanteamientos se dan en un contexto caracterizado por las dificultades internas y el debilitamiento de la economía, acentuadas por la más grave crisis económica desde los años treinta del siglo XX, las severas fracturas internas y las crecientes dificultades para salir del pantano de las guerras en Irak y Afganistán. Los Estados Unidos no solamente afrontan la decadencia de su hegemonía en un mundo caótico, como sostiene Immanuel Wallerstein, (WALLERSTEIN, 2006), encaran también el creciente desafío a su liderazgo por el ascenso de potencias emergentes.
Con este cambio de enfasis en las políticas se orientaron a recuperar el terreno perdido: liderazgo erosionado por el extremo belicismo de la administración Bush y la declinación de su hegemonía. Plantearon la necesidad de superar las dificultades para convertir en acción conjunta la comunidad de intereses y partieron de la convicción de que ningún país, por poderoso que sea, puede afrontar solo los desafíos. Por ello tratan de convertir un “mundo multipolar en un mundo de socios múltiples [como una manera] de ganar socios para seguir los intereses estadounidenses.” (CLINTON, 2010) sin renunciar al unilateralismo cuando lo consideren necesario y sin olvidar que las fuerzas armadas son el pilar de su seguridad. (OBAMA, 2010) En términos de Maquiavelo podríamos decir que en la permanente convivencia entre el León y el Zorro predomina el Zorro sin que se renuncie a actuar como León cuando sea necesario: persuasión que permita el ejercicio del liderazgo, recurso a la fuerza cuando resulte indispensable para conservarlo.
De la bipolaridad de la guerra fría hemos pasado a una polaridad compleja en la que se están dando reacomodamientos, cambios en la correlación de fuerzas a nivel mundial y se consolida una tríada de acumulación capitalista y de poder militar compuesta por Estados Unidos, Europa y el Este de Asia. La polaridad compleja no es per se una garantía de paz. En el pasado los cambios en la correlación de fuerzas desembocaron muchas veces en guerras por el reparto territorial del planeta. El cómo se afrontarán estos cambios en el inmediato futuro no es posible saberlo. Como afirmó Hobsbawm hace más de una década “resulta imposible hablar del futuro político del planeta a menos que tengamos presente que vivimos una época en la que la historia, y por historia entiendo el proceso de cambio en la vida humana y en la sociedad y el impacto de las personas en el entorno global, se ha acelerado a un ritmo vertiginoso. La historia avanza hoy a una velocidad que amenaza el futuro de la raza humana y del medio natural. […] Y no sabemos hacia dónde nos dirigimos.” (HOBSBAWM, 2006: 19)
Un renovado contexto de incertidumbres rodea los reacomodamientos en los centros de poder mundial, reacomodamientos que entrañan nuevas amenazas y, en consecuencia, nuevas posibles alianzas ante lo cual los Estados Unidos introducen variaciones en sus estrategias. Como recordaba Howard Zinn en la extensa cita con la que inicio este texto, sorprende la impredecibilidad de estos procesos: por primera vez desde el llamado Sur la dinámica económica supera la del Norte y amenaza su predominio; la potencia “comunista”, la República Popular China, amenaza con desplazar en pocas décadas a la economía estadounidense como la mayor del mundo y, lejos de entrar en conflicto con ella, le lanza “salvavidas” en medio de la crisis financiera que marcó la primera década del nuevo siglo: rivalidad y cooperación, inimaginable dos décadas atrás; en tanto que con Rusia, que trata de recuperar parte de su perdida influencia en Eurasia, política de contención, en fin...
Los cambios de énfasis en la estrategia estadounidense relievan la relación entre economía y seguridad y centran su objetivo en el fortalecimiento de la presencia multimodal en Asia y el Pacífico. Los Estados Unidos entienden que la fortaleza de su defensa y seguridad reposa, al mismo tiempo que en su poder militar en la solidez y magnitud de su economía y que es ello lo que les permitirá el ejercicio de su liderazgo. En la “Política de Defensa para el Hemisferio Occidental” de octubre de 2012, el presidente Barak Obama y su secretario de Defensa, Leon Panetta, anunciaron la decisión de su gobierno de “fortalecer la presencia” estadounidense en la gran región de Asia y el océano Pacífico, en una nueva estrategia de defensa destinada a asegurar la hegemonía norteamericana en el mundo a pesar de la crisis económica, de la decadencia de su dominio en el planeta, de la reducción del presupuesto militar debido a la crisis fiscal, y, en general, del debilitamiento de su hegemonía global. Sin duda las crisis económicas incidieron en la fortaleza militar en mayor o menor grado. La recesión económica de los setentas y la crisis de comienzos de este siglo debilitaron el liderazgo y pusieron límites al gasto y a la acción militar. EEUU es hoy prisionero de esa relación entre seguridad y economía. Cualquiera que sea el camino que tome para salir de esa prisión tiene que ver con el futuro de la humanidad.

Sostiene Wallerstein que Estados Unidos tenía que dejar de pensarse como el país más grande del mundo y empezar a pensarse como un país maduro entre muchos, aceptar que nos encontramos en un mundo multipolar, lo que se ha dado en llamar polaridad compleja, y entender que eso más que una desventaja es una ventaja. Por lo tanto lo que debería hacer es buscar el diálogo con el resto del mundo, beneficiar a los otros con lo mucho que tiene para ofrecer y, a su vez, beneficiarse de lo mucho que tiene por recibir de los otros. (WALLERSTEIN, 2005:127) Posición realista que permite asumir que ha perdido le hegemonía en lo económico y encara la competencia de la Unión Europea, –especialmente la de Alemania-, Japón, y de las economías emergentes de Brasil e India; igualmente enfrenta el surgimiento de potencias regionales como es el caso de Rusia, China e Irán. Y eso están haciendo en parte, juegan, invoco de nuevo a Maquiavelo, como Leones y/o Zorros dependiendo de sus intereses estratégicos, de la región del planeta y de la naturaleza de los desafíos y/o amenazas combinando apertura al diálogo y fortalecimiento militar, dentro de los límites que le impone su situación fiscal.


Algunos analistas militares destacan que el recorte presupuestal es el cambio estratégico más importante desde 1945 con consecuencias como la reducción de efectivos militares, el uso de aviones drones y la mayor atención al ciberespacio. Y el giro estratégico orientado hacia el Pacífico tiene como objetivo central a China que es, de lejos, uno de los factores más incidentes, sino el que más, en la reconfiguración del sistema mundo y de la economía-mundo. A pesar de que la República Popular China es gobernada por el Partido Comunista su economía es una de las economías de mercado más grandes del planeta, orientada por la política de “Una nación, dos sistemas”. Aunque se la llama economía socialista de mercado, es en realidad una especie de neocapitalismo de Estado, vigoroso hasta hace poco y que hoy comienza a experimentar las dificultades inherentes a las crisis del capitalismo. Los chinos han hecho de la economía el factor relacional fundamental, lo que les permite rivalizar con los Estados Unidos y Europa al tiempo que articularse a la reproducción del capital como quiera que su política no es anticapitalista. Con sentido pragmático se han convertido en un factor “estabilizador” como una de las condiciones para poder continuar su ascenso en la economía mundo. Hasta ahora su estrategia militar es defensiva. Este pragmatismo hace posible el tipo de relaciones que mantiene con los Estados Unidos. Estos por supuesto tienen a la China en la mira, se trata de frenar su ascenso como potencia emergente y para ello construyen las condiciones de alianzas posibles, entre ellas con la India. No descartan retroceder en el Medio Oriente pero mantenerse en el Golfo Pérsico para contener a Irán a pesar del reciente acuerdo para impedir la producción de armas nucleares por parte de este país y fortalecerse en el Asia-Pacífico para cercar a China. Es evidente que éste es el siglo Océano Pacífico, y allí los Estados Unidos están colocando sus cartas para tratar de preservar su declinante hegemonía y conservar el liderazgo militar. Europa pasó a un segundo plano como actor geopolítico, aunque en la geoestrategia es una punta de lanza sobre la masa Euroasiática.

En esta reorganización de hegemonías y recomposiciones territoriales los Estados Unidos son el país con más bases militares en todo el planeta, organizadas en los Comandos Norte, Sur, Centro, Europeo y del Pacífico dependientes de sus fuerzas militares y disponen de las más extensas y eficaces redes de inteligencia. Esta sigue siendo su mayor ventaja relativa.



Los cambios en la geografía política de América Latina

El giro estratégico hacia el Pacífico coloca en un plano secundario su “patio trasero” lo cual, por supuesto no implica que se desentienda de él. Este ha estado sujeto desde el siglo XIX a las veleidades imperialistas de los Estados Unidos, ha sido el escenario de múltiples modalidades de dominación, de intervenciones militares directas y de promoción de gobiernos dictatoriales. También ha sido laboratorio de instituciones multilaterales como la OEA, instrumento al servicio del panamericanismo, y de alianza militar continental mediante el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca – TIAR-. Pero desde fines del siglo XX experimenta una serie de procesos sociales y políticos que han cambiado la geografía política del continente en medio de las incidencias que sobre América Latina y el Caribe tienen los cambios en el modelo de acumulación de capital y la economía mundo.


De manera sintética podemos señalar cambios en la reinserción de algunas economías nacionales a la economía mundo, asociadas a las variaciones de ésta, a la demanda de materias primas producidas en la región y a la bonanza de precios de algunos de los llamados commodities. De otra parte se vivieron, para llamarlos de alguna manera, revoluciones sociales por la emergencia de nuevos movimientos sociales, algunos de los cuales fundados en viejas identidades como es el caso de los movimientos indígenas, que, en un contexto de fuerte inestabilidad política condujeron al triunfo del Movimiento al Socialismo, MAS, en Bolivia y a la revolución Ciudadana en el Ecuador. En Venezuela la Revolución Bolivariana se consolidó y proyectó una fuerte influencia a comienzos de este siglo con su proyecto del Socialismo del Siglo XXI y de integración Latinoamericana, aunque enfrenta complejos problemas derivados del manejo de la política económica y la fuerte caída de los precios del petróleo, y problemas políticos internos que plantean serios interrogantes sobre su futuro inmediato.

En otra dinámica diferente, la coalición liderada por el Partido de los Trabajadores, PT, en el Brasil, el Frente Amplio en Uruguay y el Farabundo Martí en El Salvador, lograron triunfos electorales en la lucha por la presidencia, configurando gobiernos de izquierda. También en la Argentina, los gobiernos de los Kirchner asumieron posturas que los distanciaron de los dictados de los organismos multilaterales y de la influencia de los Estados Unidos. En Nicaragua una corriente del sandinismo retornó al control de la presidencia. Por primera vez en la historia de América Latina coinciden en el tiempo un apreciable número de gobiernos, algunos de izquierda, que toman distancia de las políticas de Estados Unidos. Paradójicamente América Latina, el “patio trasero”, es probablemente la zona del mundo en la que se cuestiona más a fondo la hegemonía estadounidense. Al lado de estos gobiernos existen otros fieles aliados de los Estados Unidos, entre los que se destacan los de Colombia y México, entre otros.

En medio de las trasformaciones de la geografía política continental han cobrado renovada fuerza proyectos de integración de muy diversa naturaleza. Algunos de éstos se han convertido en instrumentos relativamente eficaces en el fortalecimiento de lo que se ha dado en llamar identidad latinoamericana y caribeña.

Carácter multidimensional de los nuevos espacios de integración y las relaciones con Estados Unidos

América Latina y el Caribe tienen una larga experiencia de procesos de integración, de los cuales destacaría dos rasgos: son generalmente unidimensionales, orientados a la economía y, están inscritos en las estructuras de poder dominantes en el llamado sistema interamericano, sin pretender modificarlas. Ejemplo de estos espacios han sido la Comunidad Andina de Naciones (CAN) creada en l969, la Asociación Latinoamericana de Integración (ALADI) conformada en l980 y la Asociación Latinoamericana Libre Comercio (ALALC), entre otras. A partir de los cambios que se han dado en las últimas décadas, han tomado fuerza nuevos proyectos de integración, unidimensionales y multidimensionales. Entre estos últimos destaco la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR) y la Comunidad Latinoamericana de Estados Caribeños (CELAC) que han replanteado las relaciones entre los estados latinoamericanos y caribeños, fortalecido espacios políticos, de seguridad, de defensa, culturales, ambientales y favorecido la reafirmación de la búsqueda de una identidad latinoamericana, así como promovido una institucionalidad alternativa a la construida en torno a la Organización de los Estados Americanos (OEA), todo lo cual implica redefiniciones con los Estados Unidos.

Además de UNASUR y CELAC, se ha fortalecido el MERCOSUR que dejó de ser solamente del Cono Sur al ampliarse a los países andinos. La Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA-TCP), promueve la unidad en Latinoamérica y el desarrollo de una nueva institucionalidad alternativa a los tradicionales organismos multilaterales. Todos estos espacios expresan diferentes tensiones: de un lado con los Estados Unidos, el panamericanismo y la institucionalidad desarrollada para la gobernanza regional, como la OEA y el TIAR; de otro lado entre los gobiernos latinoamericanos. Este no es el espacio para ocuparme de ellas. Lo que quiero destacar es que, en medio de la heterogeneidad estos espacios han avanzado y enfrentan desafíos y vulnerabilidades propios de su proceso consolidación.

El fortalecimiento y/o nacimiento de estos espacios se explica, en parte, por la oposición a la política estadounidense de hacer del continente una zona de libre comercio desde Alaska a la Patagonia a través del ALCA. La resistencia a esta propuesta resolvió coyunturalmente, a favor de Brasil, el ejercicio de un liderazgo regional que condujo a la creación de UNASUR con un amplio espectro que abrió las posibilidades integración en el campo político y de seguridad y defensa con lo que se ha ido edificando una nueva política desde el Sur que, sin entrar en confrontación abierta con las políticas de los Estados Unidos pero diferenciándose claramente de ellas, logró que en el subcontinente, a pesar de la heterogeneidad de sus gobiernos, se avanzara en la creación del Consejo de Defensa Suramericano, definido como una instancia intergubernamental de consulta, así como de cooperación y defensa. Los objetivos del Consejo son los de consolidar a Suramérica como zona de paz, entendiendo que ésta es fundamental para garantizar la sostenibilidad de la democracia y propiciar un desarrollo integral, además de ser una forma específica de contribución a la paz mundial. Si bien UNASUR nació en un contexto en el que los conflictos internacionales en el subcontinente no amenazan derivar en confrontaciones bélicas, no es menos cierto que existen tensiones por diferendos no resueltos, como los que se dan entre Chile y Bolivia, así como entre Colombia y Venezuela para citar dos casos. Y si, en general, los gobiernos han gozado de estabilidad y se han desarrollado procesos electorales acorde con la institucionalidad democrática para los relevos de gobierno, no hay que olvidar las vulnerabilidades que existen como las que han afectado a Paraguay y las tentativas de golpe en Ecuador.

Igualmente se pretende avanzar en la construcción de lo que se dio en llamar una “identidad suramericana en materia de defensa” que remite a su carácter multiétnico, pluricultural, a su diversidad lingüística y al importante papel que en su configuración han jugado y juegan los pueblos originarios, las comunidades afrodescendientes y las migrantes, con el propósito, entre otros, de fortalecer la unidad latinoamericana y caribeña. Es claro que se trata de ir más allá del Tratado de Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR), y afianzar un espacio de encuentro entre los estados suramericanos con el objeto de ensayar definir políticas de defensa y seguridad y mecanismos de cooperación sin la presencia dominante y determinante de los Estados Unidos. Es la primera vez que se está avanzando en esa dirección que, de consolidarse, implicará sin duda, una reconfiguración de las relaciones con los Estados Unidos.

En el heterogéneo mosaico político del subcontinente hay un compromiso colectivo por la defensa de la democracia, el Estado de Derecho, la solidaridad y la cooperación para la integración. Estas son algunas de sus fortalezas. Sus vulnerabilidades tienen que ver con el incipiente desarrollo de la institucionalidad que puede comprometer su sostenibilidad si en los procesos electorales se producen cambios significativos en la orientación de los gobiernos, especialmente si son derrotados algunos de los considerados de izquierda que se han convertido en pilares de estos espacios.

Como se expresa en un documento relevante sobre el sentido de UNASUR, producido por la Comisión Estratégica de Reflexión, se trata de un proceso que permite responder desde el subcontinente a los cambios en el sistema mundo, crear condiciones para una presencia más sólida y, aprovechar las ventajas que ofrecen los procesos de integración sin entrar en una lógica de antagonismo con los procesos de otras regiones. Construcción de identidad propia, de “ciudadanía suramericana” que haga valer lo que representamos en el planeta cultural, social, política, económica y ambientalmente. No en vano somos el mayor reservorio hídrico, disponemos de tierras para producir alimentos en gran escala, de recursos energéticos renovables y no renovables, de enorme biodiversidad y estamos obligados a relacionarnos con toda esta potencialidad en una relación amistosa con la naturaleza y al servicio de la erradicación de los factores generadores de pobreza e inequidad.

A su vez el CELAC es otro espacio de integración multidimensional que, además de fortalecer los regionales, trata de superar fracturas creadas desde la invasión y dominación europeas, reproducidas y profundizadas por la prolongada presencia de las relaciones de dominación estadounidenses. En esa dirección, y de acuerdo con la Carta de las Naciones Unidas y los principios que inspiran el Derecho Internacional, ha ratificado su compromiso con la cultura de paz, la no resolución violenta de los conflictos, el rechazo a la producción de armas de destrucción masiva y, en particular de las nucleares, ha definido a Latinoamérica y el Caribe como territorio de paz. Sin duda es una manera de contribuir a la construcción de la paz mundial, pero también es una forma positiva de enfrentar la creación de condiciones para avanzar, como lo dice su estatuto fundacional, hacia la consolidación de sociedades justas, en paz y democráticas.



Estas dinámicas fortalecen efectivamente a Latinoamérica y el Caribe en sus relaciones con los bloques de poder y, en particular con los Estados Unidos. Aunque no somos una prioridad en la política exterior de los Estados Unidos, éstos no se van a desentender de la región. Les importamos por muchos factores, entre otros, como lo he dicho, por la biodiversidad, la riqueza hídrica, las reservas forestales, la abundancia de minerales y petróleo y por la proximidad geográfica; no se van a desentender de ella y a renunciar a la dominación que han ejercido y ejercen sobre algunos países y que aspira a recobrar en otros. Pero no es tiempo de propiciar dictaduras, intervenciones directas y abrir, eventualmente, un frente conflictivo política y militarmente en la región. Al menos no mientras tenga que seguir encarando los desafíos del Medio Oriente y la necesidad de ejercer liderazgo en el Pacífico.
Por lo pronto, así su hegemonía política sea cuestionada y la zona se haya convertido en polo de atracción para potencias emergentes como China, pretende desarrollar una “política inteligente” que evite la confrontación directa. La Iniciativa Mérida, el Plan Colombia, la Iniciativa Regional Andina, así como los programas de seguridad regionales en Centro América y el Caribe constituyen una fuerte red de presencia e intervención que no ha sido tocada y, por el contrario, en alguna medida se ha fortalecido con la reactivación de la IV Flota. La conflictiva situación en su frontera sur, por la fortaleza del crimen organizado internacional en México y la consolidación de las redes internacionales del narcotráfico en Centro América son factores que se convierten en pretexto legitimador de su presencia en la zona en materia de seguridad y defensa, apoyado en gran medida por la experiencia colombiana y la infraestructura institucional desarrollada en nuestro país en la lucha antinarcóticos y contra insurgente. Además no hay que olvidar que la región está cubierta por la extensa red de bases militares estadounidenses.
La tesis de John Kerry según la cual la Doctrina Monroe es cosa del pasado, y la posición del presidente Obama en las Cumbres Iberoamericanas en las que se presentó como uno más en el nuevo tiempo que no es el de las imposiciones del pasado, revela la estrategia del Zorro, de nuevo recordando a Maquiavelo, de recuperar lo perdido sin recurrir a confrontaciones. No se opone activamente a los procesos de integración económica regional, pero hay Tratados de Libre Comercio -TLC- con casi todos los países de la región; aunque no ve con buenos ojos MERCOSUR ampliado, está en la Alianza del Pacífico y en la Alianza Transpacífico como una de sus más importantes estrategias económicas para América Latina y el Caribe; puede fracturar en la práctica los procesos de integración económica… sin oponerse a ellos.
Ante los avances de UNASUR, que se ha revelado como un espacio eficiente para la resolución de conflictos entre sus integrantes y avanzado en propuestas de construir “una identidad suramericana en materia de defensa” los Estados Unidos sostienen su presencia militar en la región e inciden en políticas sectoriales como la lucha contra las redes internacionales del narcotráfico y otras expresiones del crimen organizado, el control de las migraciones, entre otras.
En esta perspectiva hay que ubicar la nueva posición de los Estados Unidos frente a Cuba. Los gobiernos de Latinoamérica y el Caribe, en todos los espacios, así como las Naciones Unidas, han demandado el fin del bloqueo y la reincorporación de la isla al sistema interamericano. La decisión de excluir al gobierno cubano de la lista de los que apoyan al terrorismo y el restablecimiento de relaciones diplomáticas es una muestra más del recurso a la política inteligente, “blanda”, para tratar de obtener por esta vía lo que no logró con la política “dura”. Aquí también parece cobrar vigencia, en parte, la frase de “es la economía, estúpido!” Tratar de erosionar el modelo económico y político mediante flujos de capital, forma parte de la estrategia pero, por supuesto, no hay que olvidar que se trata de relaciones bilaterales y el gobierno cubano no es un actor pasivo e ingenuo ante las variaciones de la estrategia estadounidense.
Son otros tiempos, nuevas estrategias en defensa de los mismos intereses. No advertirlo es dejar el terreno abonado para nuevas sorpresas y acentuar los riesgos que la incertidumbre, siempre presente, entraña.

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Profesor Emérito de las universidades Nacional de Colombia y Externado de Colombia; integrante del Grupo de Trabajo CLACSO de Estudios sobre Estados Unidos y Docente Investigador de la Universidad Externado de Colombia

1 Es esto lo que algunas estudiosos de las formas de acumulación capitalista llaman capitalismo criminal. Lo criminal no es una alusión peyorativa, es una caracterización de la acumulación de capital que, en aras de sus necesidades, no vacila en el recurso a la ilegalidad. A este respecto conviene recordar la tesis de Marx sobre la acumulación originaria en el capítulo XXIV del Tomo I de El Capital: “Sabido es que en la historia real [se refiere la acumulación originaria del capital y a los mitos sobre su origen ] desempeñan un gran papel la conquista, la esclavización, el robo y el asesinato; la violencia, en una palabra. En la dulce economía política, por el contrario, ha reinado siempre el idilio.” (Marx, 1966, 607)

2 Estrategia de Seguridad Nacional de los Estados Unidos, una nueva era, disponible en http://www.usembassy-mexico.gov/bbf/ej/EJ%201202sp_estrategia.pdf

3Estos versos forman parte del primer movimiento -“Los consejeros probos y libres”- del Poema Ratbert de Hugo.,


Catálogo: acta -> 2015 -> GT-13
2015 -> Metodología de aproximación a los conocimientos culturales de los pueblos Fernando Limón Aguirre, México El Colegio de la Frontera Sur Resumen
2015 -> "Construcción y crisis hegemónica a la luz de producciones culturales de la transición chilena. Guachaquismo y neo guachaquismo como claves de lectura"
2015 -> Título: La appo: articulación de sectores populares y proceso de subjetivación. Ponente: Mtro. Joel Ortega Erreguerena País: México Institución: Programa de Posgrado de Ciencias Políticas y Sociales, unam. Resumen
2015 -> País: México gt-03: Producción, consumos culturales y medios de comunicación Título de la Ponencia
2015 -> Efran daniel lugo murcia colombia freddy santiago meza martinez colombia universidad del tolima
GT-13 -> Hegemonía selectiva en América Latina: puntos neoliberales de encuentro entre México y Colombia
GT-13 -> Centroamérica acorralada: la presencia de Estados Unidos y China en el istmo Nery Chaves García- costa Rica


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