Práctica de Investigación: La Psicología en el ámbito jurídico. Reflexiones ético-clínicas a través de un estudio cualitativo de casos



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Práctica de Investigación:

La Psicología en el ámbito jurídico. Reflexiones ético-clínicas a través de un estudio cualitativo de casos.

Facultad de Psicología, Universidad de Buenos Aires




CAPÍTULO II La restitución
una respuesta identificante*


por Laura J. de Conte

Las Abuelas de Plaza de Mayo, sus hijos y los hijos de sus hijos tres generaciones víctimas de la más atroz de las violencias, la del terror de Estado. Hoy sabemos que si no se da cuenta de este horror siniestro, sus efectos inscriptos en el psiquismo actúan también sobre la descendencia, involucrando a las generaciones siguientes. Violencia que instrumentó el aberrante intento de aniquilamiento de las personas y de las relaciones de parentesco que las une.

Un Estado criminalmente conducido dispone el destino final de la madre, a quien despoja de su hijo y de su vida y, en un mismo acto dispone la entrega del niño como cosa, enajenando su identidad. Es ese mismo Estado, «dueño absoluto», el que lo otorga como propiedad privada mediante una adopción. Por lo tanto, todas las adopciones de niños desaparecidos apropiados que se discuten son fraudulentas, todas las que ustedes conocen, TODAS, todas se asientan sobre el asesinato de los padres desaparecidos y el robo del niño a sus familiares. Poder encamado en el torturador, en la enfermera, en el médico. Nadie a quien recurrir o apelar. Violencia desestructurante pensada para inducir a las víctimas (abuelos, hijos, nietos, familias) a ocupar una posición que paraliza y enloquece: sentirse la causa de la violencia padecida. (Esto es válido tanto para los adultos como para los niños.)

Restituir, en el sentido común del diccionario, sin connotaciones psicoanalíticas, en el sentido común de las abuelas... devolver a su lugar... Ésta fue la significación de las abuelas, en relación al objetivo de su búsqueda y a su compromiso existencial.

Restituir: devolver los niños a sus abuelas, a sus familias, más que eso, devolverles a los niños sus abuelas, sus familias y todos sus derechos, centrando así, más precisamente, la restitución y sus fundamentos en los niños.

Y, por otro lado, devolver la causa de la violencia al lugar que la produjo, violencia del genocidio militar, o sea, de la realidad extrema, masiva, golpeando sobre los cuerpos y el aparato psíquico.

La institución de las Abuelas se convirtió, sin proponérselo, en espacio terapéutico, porque significó, para los nietos y sus familias, poder pensar la violencia sufrida, poder ubicar su causalidad en los victimarios, no en las víctimas y desalojar esa causalidad del espacio subjetivo.

Las Abuelas buscan vida. «Restituir a la vida», dicen. Afirmación de la vida contra toda esperanza. Muchas veces pensábamos: tienen la pujanza de las mujeres embarazadas y, sobre todo, esa capacidad de cuidado, de maternaje, de transformar la angustia de muerte en historia y proyectos de vida.

La casa de las Abuelas como nido ecológico, como ámbito natural. De allí partíamos, con la institución como sostén y contención de las dolorosas situaciones que nos convocaban. Hay fundamentados motivos conceptuales, técnicos y también históricos y políticos para que el abordaje de la restitución fuera institucional. Quiero referirme a uno de los criterios que da especial sentido a la perspectiva institucional y socio-familiar de nuestro trabajo: considerar que estos chicos en primer lugar son víctimas sociales y que su trauma psíquico es el resultado de la incidencia de la catástrofe social en la subjetividad. Son trágico testimonio del entretejado de la historia colectiva y la historia individual.

Tomamos las palabras de Alicia Stolkiner refiriéndose a la represión y los niños para subrayar nuestro enfoque: «Estos niños portan de modo dramático la respuesta de cómo se articula lo social con lo subjetivo. No son casos especiales sino actores de situaciones extremas. No son portadores de una patología especial o de un síndrome definido, son sujetos particularmente vulnerables atravesados por los determinantes de un momento histórico donde se escenificó el conflicto más profundo de una sociedad.»

Desde el equipo de abuelas dijimos: «La restitución de los niños como reparación posible, social y familiar, constituye una ética que se sustenta en la verdad y en la justicia, en el derecho a la vida en dignidad y libertad. Es en la intersección de esta ética con la salud, entendida como salud social, que se da la posibilidad del develamiento de la verdad, de la recuperación del pensamiento, la palabra y la memoria social, del conocimiento de la historia y de la construcción de la justicia».

Desde nuestra experiencia podemos dar cuenta que la prolongación de la situación de apropiación en que se encuentran cientos de niños, ya adolescentes, no restituidos aún, es causa de alto riesgo psíquico individual, familiar y social. El tiempo agudiza la gravedad de la problemática, ya que para todo niño y adolescente es condición de salud y de equilibrio integral entrar en un orden de legalidad, fundamento del psiquismo y del ser social; no tener prohibido el acceso a la verdad de su origen y de su historia, poder insertarse en su cadena generacional; poder integrar su verdadera identidad.

El abordaje de la restitución fue un trabajo interdisciplinario. No se trató de la determinación aislada de criterios teóricos o técnicos, sino de instrumentar las estrategias y los pasos de mayor eficacia para el reencuentro de los niños y sus familias, abuelas. Realizábamos un constante trabajo coordinado para conocer el estado de las causas, fundamentar psicológicamente la restitución en los escritos jurídicos, preparar las metodologías adecuadas a cada situación de restitución y acompañar a los familiares, cuando podíamos, en el desarrollo de las pruebas genéticas.

Los psicólogos y psicoanalistas miembros del equipo integramos el trabajo clínico con el trabajo institucional. Para el equipo fue una preocupación constante; y un aprendizaje, evitar psicologizar la problemática. El acento estaba puesto en una respuesta integradora.

Sin embargo, la ineludible especificidad del quehacer psicológico nos hizo repensar aspectos conceptuales y prácticos para lo que contamos con el aporte de profesionales de mucha experiencia.

Iniciábamos el trabajo específico de preparación a la posible restitución, en el momento de la localización del niño o niña, integrando las redes materna y paterna lo más ampliamente posible. La tarea era de información, intercambio, contención y elaboración, centrándonos en la comunicación familiar y reconstruyendo el sentido de la historia personal, familiar y social, desde lo que cada uno vivió y cómo lo vivió.

Si bien todas las situaciones eran diferentes, las unificaba la experiencia del horror del acontecimiento sufrido. En todas, la desaparición y el secuestro habían dejado huecos que eran el núcleo de la problemática a elaborar. Poner palabras a loa hechos traumáticos posibilitaba también poder pensar la situación familiar del presente y la futura, imaginar la presencia concreta de la niña o niño en la familia. A partir de una intensa dinámica vincular, las dos familias (esto variaba, podían ser tres, podía ser una) definían en conjunto el lugar y las mejores condiciones para el recibimiento.

Pienso importante hacer una referencia a las diversas situaciones con los apropiadores según sus características y comportamiento y a nuestra posición respecto a los mismos.

Llamamos apropiadores a quienes mediante adopciones o inscripciones fraudulentas, mienten acerca de la filiación de los niños, negándoles su identidad, haciendo necesaria la intervención de la justicia, sean represores o no.

Obviamente, nunca nos planteamos tratar a los represores apropiadores en vías a preparar la situación de restitución (ni siquiera en algún caso, ante la sugerencia o propuesta del juez y en sede judicial). Pensamos que, de hecho, es imposible. En esto disentíamos radicalmente con los operadores del Patronato de Justicia. Las largas intervenciones que hicieron en este sentido, mostraron que sólo conseguían prolongar las situaciones de captura de los niños, potenciando el riesgo límite en que se encontraban. En todos los casos en que realizaron dichas intervenciones, se rigidizó aún más la conducta perversa del apropiador.

Si bien cada situación guardaba su peculiaridad, frente a la restitución, los represores-apropiadores actuaban desde su modalidad perversa básicamente de dos maneras: o negociaban al niño (el tiempo variaba), es decir, «soltaban su presa» a cambio de quedar en libertad, o bien, agudizaban la renegación, aferrándose al niño como valuarte. Que el victimario se imponga como figura identificatoria, muestra el extremo de su patología sádica.

Como tan bien lo expresa Marie Pascale Chevance Bertin, la presencia del niño para el secuestrador, perpetúa y relanza su goce y dominio absoluto, su renegación de la castración y la completud que le otorga el niño, como objeto fetiche.

En cuanto a los apropiadores no represores, reconocieran o no el origen del niño, en todos los casos actuaban con una tenaz resistencia a restituirlos, lo que corresponde a lo que Ulloa señala como la necesidad de tapar una realidad cruel y dolorosa, tapar la esterilidad, la soledad, la complicidad, operando el niño como verdadero tapón de la falta. Y siguiendo con el pensamiento de Femando Ulloa, el vínculo que establece el apropiador es el apoderamiento adicto, «su resistencia a entregar los niños no tiene nada de epopeya de amor, se enmascara dentro del amor, es un amor adicto».

Dadas estas características y modalidades (la adicción como dominancia estructural y los rígidos rasgos de carácter, cuando no la fuerza de la desmentida), nuestra posibilidad de intervención en la etapa previa a la restitución fue una vía muerta, aun en los casos en que contamos con tiempo para hacerla. Sin duda, también podemos criticamos no haber sabido crear, en todos los casos, la posibilidad de ese tiempo previo de trabajo.

Quisiera avanzar ahora con el momento y las circunstancias de la recuperación de la verdad y referirme a la metodología de la restitución.

Antes querría mencionar que, ante la proximidad de las decisiones judiciales, la fundamentación más efectiva y de mayor incidencia en el criterio de los jueces era el diagnóstico y el pronóstico de alto riesgo de la situación de apropiación y, en consecuencia, el carácter de urgencia que tenía el acto restitutivo. Una vez que la Justicia conocía esta situación se encontraba frente a la necesidad de decidir. Definíamos a dicha situación como prolongación del secuestro y de constante desidentificación y agresión sobre el aparato psíquico en desarrollo. La apropiación no puede incluir ningún proyecto sano. El niño tiene registro de algo horrible e inquietante y padece el haber sido colocado en la situación de ser otro.

Alertábamos a los jueces sobre la responsabilidad de mantener juntos a los victimarios y la víctima y la necesidad de sacar a los niños del andamiaje de mentira y vínculos perversos que perpetúa una situación de captura y de enajenación de su deseo.

Sobre este punto del deseo el criterio de los jueces tomaba otros rumbos: no se trataba del deseo sino de la voluntad del niño y si era conveniente o no consultarlo. Para nosotros el niño no debe ser colocado frente a la responsabilidad de elegir, puesto que desde su lugar de captura no tiene posibilidad de elegir.

La metodología se adecuaba a las circunstancias y singularidades de cada caso. Se diseñaba una estrategia en diferentes pasos que comenzaba con un diagnóstico situacional a partir de datos tales como si los apropiadores eran represores o no, si quedarían detenidos o no, si había habido un secuestro o no, cuál había sido la situación de cautiverio, si el niño/niña conocía o no la situación y en qué grado y con qué contenido, etc. Esto permitiría poder recomendar una estrategia precisa pero no rígida (por ej. la forma de la separación) teniendo en cuenta la mayor cantidad de variables posible.

Pienso que sería útil describir contenidos concretos de los criterios que propusimos para el primer acto de restitución. Por ejemplo los referidos al juez:

1. La necesidad de que el juez explicara al niño la vigencia de la ley. Hacerle comprender con sencillez lo que simboliza la figura del juez, la idea de justicia y la verdad.

2. La necesidad del establecimiento de un vínculo confiable entre el niño y el juez y facilitarle al niño que pueda expresarse con toda libertad.

3. La explicitación de las posibles palabras, forma y momento del develamiento de la verdad.

Respecto a los criterios referidos al niño:

1. En el caso de la detención de los apropiadores, que la restitución se realice de forma totalmente independiente, el niño no debe presenciar el acto del arresto de sus guardadores ilegítimos.

2. Que en esta separación se opere como en una situación de duelo súbito, con un corte radical con los apropiadores, donde el juez y los adultos asuman la prohibición de lo que hace daño frente al niño.

3. Que el niño esté contenido en su nueva situación, pudiéndose contar con la presencia de personas conocidas que le inspiren afecto y confianza, por ej. la maestra.

4. Que el niño reciba la información de la verdad histórica y del carácter del vínculo con sus apropiadores directamente por boca del juez, en el ámbito del juzgado y con el apoyo del terapeuta designado por la abuela.

5. Que sea también el juez quien anuncie a la abuela legitimando expresamente su vínculo.

6. Que los apropiadores queden detenidos, a disposición del juez, para el caso en que fuera necesaria su intervención a criterio de los peritos terapeutas de Abuelas.

7. Que no haya despliegue de fuerzas de seguridad ni de uniformados en los traslados, ni en contacto con la niña en sede judicial.

Esta metodología abrió un camino y me tomada por los jueces, a pesar de sus peritos oficiales, para ser adecuada a otras situaciones de restitución.

Voy a leer el relato de una restitución que escribí en aquel momento.

«Llegamos a Tribunales temprano en la mañana, se nos invitó a ocupar el despacho contiguo al del Juez, desde allí, el equipo coordinó las estrategias a seguir, acompañando paso a paso el desarrollo de los hechos. Recuerdo ese despacho como lugar de reflexión en el cual la asistente social y el licenciado del Patronato, alteradamente, comunicaban y aportaban los datos de cómo transcurría la información, el ánimo y las actitudes de la niña.

Recuerdo que, desde allí, apoyamos al Juez en el cómo y el qué decirle. Hablamos de la importancia que tenía que fuese legitimada, a través de su palabra, la verdadera identidad de la niña y el vínculo con la abuela. Vimos juntos la conveniencia de que explicara a la niña que por ser él Juez debía protegerla y decirle la verdad. Que tenía cosas importantes para que ella pudiera ser ella: que los apropiadores no eran sus padres; que ella vivió con sus verdaderos papá y mamá hasta tal edad, hasta que fueron llevados de la casa en que vivían con ella y fueron separados de ella y que, desde entonces, no se había vuelo a saber de ellos. También incluimos como dato a darle que ella era chiquita cuando pasó todo esto pero que siempre quiso que la llamaran por su nombre, y la conveniencia de que él presentara a la abuela como «la mamá de su mamita» ya que la palabra «abuela» había sido usada amenazadoramente por los apropiadores, unida a «una vieja que roba chicos»; que la niña pudiera saber que desde que sus padres y ella desaparecieron, su abuela los estuvo buscando sin descansar un solo día, buscándolos por todas partes.

Sabíamos que la niña había llegado al Tribunal con los apropiadores y un hermano de él. Alrededor de las 9 y 30 a.m. se produjo la separación, en la que no hubo una despedida explícita. El Juez se quedó comunicando a los apropiadores que iba a actuar el cambio de guarda, mientras la niña, acompañada por quien se decía su «tío», era atendida por el personal del patronato. Los juegos en los que fue interesándose, permitieron que un rato después, se retirara el tío.

Inmediatamente durante sus juegos, representa la historia de dos casas, dos muñecas, dos nombres. A medida que transcurre la mañana y en relación a lo que iba mostrando en sus juegos va elaborando y procesando la separación de horas antes.

Hacia el mediodía el Juez habló con la niña y le explicó con ternura y firmeza el cambio de guarda y los motivos por los cuales ésta se hacía. (El Psicólogo del Equipo de abuelas designado para la niña, presente allí, da testimonio en su informe al Juez).

Las reacciones puestas de manifiesto por la niña durante ese día, fueron las esperables frente a esta situación de crisis: en el despacho de la Cámara, la niña lloró, gritó, pataleó, se negó a comer y esto fue percibido en su profundo dramatismo por todos los participantes en el acto, resultando audible para nosotros y para quienes estaban en los despachos contiguos. Todo esto comenzó a cambiar de signo a partir del re-encuentro con la verdad, con la legitimidad y con su historia.

Después de haber sido informada «se pudo observar un alivio de la tensión interna de la niña, un aumento de confianza que le permitió entredormirse aproximadamente media hora, cobijada por uno de los miembros del equipo de la Cámara».

«En sus manifestaciones espontáneas, la niña expresó: «Ellos no me robaron», lo que fue rotando al interrogativo: «pero ellos no me robaron, no?», lo cual estaría marcando el comienzo de la aceptación de una realidad altamente dolorosa contenida en su experiencia». (Del informe del terapeuta de Abuelas).

Los abuelos, también en dependencias de la Cámara, estaban a la espera del llamado del Juez para el re-encuentro con su nieta. Su espera iba a ser larga. Recién hacia media tarde el Juez anticipó a la niña su encuentro con su abuela invitando a la abuela primero y luego a su esposo, a pasar a su despacho. Según el informe del Patronato, en un primer momento, la niña marcó oposición y distanciamiento con la abuela. Frente al respeto, la seguridad y el aplomo que la abuela mantuvo frente a la nieta, ésta fue aceptando su presencia.

La entrada de la abuela despertó en la niña todos los acondicionamientos de terror que había recibido de los apropiadores. La niña repite lo que decían éstos acerca de la abuela en términos de una «señora vieja, mala, que los está buscando para hacerles daño».

El terapeuta de Abuelas relata que «esto duró hasta que la abuela, en su primera intervención, con cálida serenidad, pronuncia el sobrenombre del papá de la niña, con el que ella lo llamaba. Fue como si ese nombre propio del infante que aún no domina el lenguaje para llamar a su papá, comenzara a resonar en ella y, simultáneamente, se empezara a derrumbar el discurso de los apropiadores».

«Después de unos instantes de silencio, la niña acepta mirar las fotografías provistas por la abuela y, con mayor o menor dificultad, con mayor o menor aceptación, con ayuda de un espejo, comienza a reconocerse en las mismas». (Mirándose al espejo le pregunta a la Asistente Social, el color de los ojos de su madre).

Frente a la indecisión sobre el momento del traslado de la niña a su casa, el Equipo de Abuelas evaluó la conveniencia de que no se siguiera prolongando más la estadía en Tribunales para que se pudiera volver a la luz del día y dada la evolución favorable de la niña. Finalmente, el Juez resolvió que había llegado el momento de hacer el corte.

Es imborrable para mí la imagen del Juez caminando con la niña de la mano por los pasillos de Tribunales y bajando las escalinatas hasta el auto. Iba con ellos también la Asistente Social del Patronato, la seguían los abuelos y todos nosotros. La niña había aceptado marcharse. El Juez hablaba con ella acerca de un «Billiken» que él mismo le llevaría a su casa al día siguiente. (El Juez cumplió con su promesa, pero se volvió con la revista porque la niña ya no la reclamó.)

Desde el instante de la llegada a su casa, sus actitudes corporales y sus gestos se transformaron, sus movimientos se volvieron familiares dentro de su casa. Fue a su cuarto y «sabía» que era el suyo. Decididamente dijo: «Éste es mi cuarto». En la mesa elige espontáneamente el lugar en que lo hacía su madre. Su abuela le dice que había elegido el lugar de su mamá en la mesa.

Recuerdo que comió muy poco, que miraba largamente el retrato de su madre que colgaba en la pared junto con el de sus tíos.

Daba muestras de mucho sueño y le propuse ir a la cama. Espontáneamente se levantó, se acercó muy confiadamente, me dio la mano y fuimos a su cuarto. El cuarto le gustó mucho. Comentó la diferencia de disposición de los muebles con el otro cuarto. En un primer momento quiso cambiarlos de lugar, pero cuando yo me disponía a hacerlo, me dijo que no, que así estaba bien. Se puso el pijama con mucha confianza, me pidió que la arropara y comenzó a preguntarme si yo conocía a su mamá, si la mamá tenía algún otro nombre, si conocía a su papá, si sabía en qué trabajaba. Yo le contestaba lo que sabía, pero buscando la participación de la abuela, diciéndole que era ella quien sabía esas cosas. Que seguramente las dos sabían cosas que a la otra le gustaría conocer. La llamábamos a la abuela, que venía al cuarto y contestaba con mucha precisión y muchos detalles. Así se fue durmiendo entre respuesta y respuesta.

Durmió muy tranquilamente. No se despertó durante toda la noche que pasé junto a ella. El abuelo, a la madrugada, la oyó y la acompañó al baño. Al despertar, a la mañana siguiente, buscó para sentarse las rodillas del abuelo, como lo hacía habitualmente en sus primeros meses. Sin duda recuperaba allí largos momentos de afecto.

La abuela, con asombro, reconoce la misma pirueta que hacía, y que repite ahora cada vez, al bajar el escalón del baño. Días después descubre en un libro sus garabatos y dice: «Estos mamarrachitos los hice yo?».

El ánimo de los adultos era sereno y confiado. El abuelo bromeaba diciendo que la nieta lo iba a preferir más que a nadie. La abuela respetaba el tiempo de la niña que todavía se mostraba prevenida con ella. Era notable cómo la abuela, esperándola, ya la contenía.

Acá terminó el acto de la restitución, pero la restitución es un largo proceso y son los niños los que se restituyen a sí mismos. La niña dejó de llamar mamá y papá a los apropiadores desde entonces, y «mamá y papá» quedaron reservados, también desde entonces, para los padres. Unos meses después, comentando las vicisitudes del procedimiento legal que quería obligarla a inscribir a su nieta con el nombre de los apropiadores en el colegio, la abuela le dice a la niña: «Si me obligan a ponerte otro nombre, buscamos una maestra y rendís libre mientras está encaminada la filiación. Vos qué pensás?».

La abuela me transmite toda la fuerza de la respuesta de la niña: «Si pasa eso, busca la maestra».

Luego la nieta pregunta:» ¿Qué es la filiación?».

La abuela: «La confirmación de que alguien es hijo de tal y tal persona».

La nieta: «Yo ya sé de quién soy hija». Y luego pregunta: «¿Quién se ocupa de hacer la filiación?».

La abuela: «En tu caso en el juzgado civil y se ocupan las abogadas».

«¿Y lo están haciendo?».

«Sí».

«¿Y entonces, Abu, para cuándo?».



Nuestros niños son sobrevivientes, han resistido a la desidentificación y al desconocimiento de su propio fundamento, de todo lo propio, han resistido en sus cuerpos y vidas incipientes. Pienso que el reconocimiento y el reencuentro que opera la restitución simboliza una expectativa unida al cuerpo muy primitiva, constitutiva. La restitución es una vivencia de renacimiento, decíamos, con todo el dolor del parto, pero también con la calidad y el amor del alumbramiento. A los chicos se los ve y percibe en estado de conmoción expectante. La restitución es una respuesta identificante que realza en el niño un movimiento de redescubrimiento también expectante. «Ya sabían», decíamos nosotros, «parecen detectives», decían las abuelas, «encontré», decían los chicos.

Los niños en sus juegos elaborativos representan situaciones de «encuentro» de personas, de cosas, de lugares y también de percepciones. Repiten «encontré», «ya encontré», «acá está», «acá lo tenía» y también ocultan las cosas para descubrirlas y hasta se esconden para ser buscados y encontrados.

No hay derrumbe ni demolición de su mundo interno, lo que observamos en la práctica es el desmoronamiento de las figuras identificatorias fraudulentas de sus apropiadores. (Como reflexionamos desde el equipo de Abuelas frente a Doltó).

El niño deja una carga muy pesada de mentira desidentificante que sobrelleva en el trabajo de construcción de su identidad. Emprende esta reconstrucción a una velocidad que asombra, desde un proceso activo de reapropiación (valga la palabra), «¿éstas son mis fotos?», «¿éstos son mis mamarrachitos?», «mi tía», «las cosas de mi mamá», «de mi papá», «son para mí».

Más que de una afirmación de propiedad se trata del proceso de integración de la subjetividad: la reapropiación de la historia y de la memoria, pero también, y fundamentalmente, de su lugar en lo cotidiano. De su lugar en el deseo de los padres pero, también, en la mesa y en el barrio.

La identidad de una persona no está dada por la sumatoria de hechos acontecidos, ni es juntando los pedazos de una historia fragmentada que se logra la unidad de una historia identificatoria. La historia de nuestros niños es la historia de las fracturas que provocó el horror en el psiquismo. El trauma de la desaparición de sus padres, de su propia desaparición y secuestro. Para construir una identidad integrada el niño tendrá que «encontrar, simbolizar el horror padecido, es decir, transformarlo en sentido, en ideas, en creatividad y en valores propios. En un espacio terapéutico o no, pero, sin duda, la experiencia demuestra, como decíamos en Abuelas, que el «rápido cambio en los niños se produce cuando su familia llena el vacío da la historia que, como agujero, inscribieron en cada uno de ellos».



Es así que vemos a los niños al poco tiempo incluirse en una realidad más amplia. A partir de conocer la existencia de otras situaciones como la suya, desde su propia experiencia también desean participar en la restitución de otros niños. Desde Abuelas decíamos:... «La restitución es poder historizarse, saber el yo acerca del yo, poder reinscribir su historia de amor. Es hacer propio su lugar intransferible de transmisor en la cadena generacional». ...Los abuelos... sus hijos... y los hijos de sus hijos...

* Abuelas de Plaza de Mayo: (1997) Restitución de niños. Editorial Eudeba, Buenos Aires. Tercera parte: Apropiación-Restitución. Algunos casos. Capítulo II. La Restitución, una respuesta identificante, por Laura Conte.





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