Primera parte



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EL AMOR
DE LOS
AMORES
RICARDO LEÓN
LEÍDO POR YESHUA SANYASSI LÓPEZ.
RE ESCRITO POR JORGE GARCÍA LEAL.


ÍNDICE.

Aclaración (página 4)


Introducción (página 4)
Prólogo (página 8)

PRIMERA PARTE.
Capítulo 1 (página 22)
Capítulo 2 (página 32)
Capítulo 3 (página 37)
Capítulo 4 (página 42)
Capítulo 5 (página 45)
Capítulo 6 (página 49)

SEGUNDA PARTE.
Capítulo 1 (página 54)
Capítulo 2 (página 58)
Capítulo 3 (página 62)
Capítulo 4 (página 66)

TERCERA PARTE.
Capítulo 1 (página 72)
Capítulo 2 (página 79)
Capítulo 3 (página 85)
Capítulo 4 (página 88)
Capítulo 5 (página 91)
Capítulo 6 (página 98)
Capítulo 7 (página 105)
Capítulo 8 (página 110)
Capítulo 9 (página 114)
Capitulo 10 (página 118)

CUARTA PARTE.
Capítulo 1 (página 125)
Capítulo 2 (página 131)
Capítulo 3 (página 138)
Capítulo 4 (página 146)
Capítulo 5 (página 152)

Epílogo (página 155)



ACLARACIÓN.
Como no soy poeta ni escritor, ciego y medio sordo, me parece pertinente incluir de mi propia cosecha algunas palabras, antes de entrar en cuestión y pedir las consabidas disculpas por tal atrevimiento.


INTRODUCCIÓN.
Se narra la razón de esta transcripción. La obra de Ricardo León que se re escribe a partir de su lectura espontánea, no artística, para acceso y goce del colectivo de personas con discapacidad visual.”
¿Por qué hacer una introducción en esta transcripción? ¿No bastaba solamente re escribir el texto del libro, que pacientemente me leía por capítulos y grababa simultáneamente, para luego enviarlos como archivos adjuntos, en el correo electrónico, mi amigo Yeshua Sanyassi? No… no bastaba. Era necesario explicar lo que me llevó a esta tarea, sino titánica, si harto difícil.
Todo comenzó una tarde del 28 de septiembre de 2012, con una llamada telefónica. Mi equipo celular me notificó de una entrante, parlando el número del que provenía. Al contestar se identificó, del otro lado de la línea, el Sr. Yeshua Sanyassi López.
 ¿Quién? Pregunté, al no conocer al interlocutor.

 Soy…  y repitió su nombre agregando: Soy el ayudante del Diputado Federal René Fujiwara Montelongo de la fracción parlamentaria del Partido Nueva Alianza (PANAL).  ¿El doctor Jorge García Leal?

 Si, el habla. ¿En qué puedo servirle?

 Le estoy llamando para hacerle una atenta invitación de parte del Diputado, para que nos acompañe el día primero de octubre a un desayuno con la finalidad de solicitarle su participación y discusión en la elaboración de una Iniciativa de Ley, para las personas con discapacidad visual. Esta será llevada al H. Congreso de la Unión y presentada en El Pleno de la asamblea de la Cámara Baja con motivo del día mundial de la visión, el próximo día 11 de octubre.


Perplejo y sorprendido quedé por lo insólito de la invitación y como no atinara a dar una respuesta inmediata, la voz del otro lado me dijo:
 He intentado localizar a la maestra Aurora Cruz Hurtado para invitarle, pero mis esfuerzos han sido vanos y fallidos. ¿Podría usted contactarla y hacerle extensiva esta invitación?

 Si, por supuesto le contesté. ¿Para cuando dice que es el desayuno?

 Para el día primero de octubre…

 ¿Dentro de dos días, le interrumpí? Eso es muy pronto y nosotros, como ciegos necesitamos…

 No se preocupe, me dijo antes de que terminase de hablar. Nosotros hemos dispuesto de viáticos y hospedaje para la maestra y usted.

 Si, contesté. Pero nosotros requerimos de una persona vidente para que nos traslade… y no es fácil, en tan poco tiempo disponer de ella.

 Es menester que ambos vengan. Para el partido es importantísimo, dijo la voz del otro lado. ¿Contamos con ustedes?

 No lo se, tengo que ponerme de acuerdo con la maestra y buscar a la persona que podría llevarnos a la ciudad. Déjeme intentarlo y me comunico con usted una vez elaborado el plan. ¿Le parece?

 De acuerdo, haga usted hasta lo imposible para estar… ¿OK? Que tenga muy buenas tardes y colgó.
Después de contactar con la maestra Aurora y con Mario  el cual nos apoyaría en el traslado hasta la ciudad de México, D. F.  Le devolví la llamada al señor Yeshua, para confirmar nuestra puntual asistencia a San Lázaro.

Es así como el día primero de octubre, tuve como felicísimo día el de conocer a Yeshua Sanyassi. Su voz relajada y afable daba confianza, con tonada joven que me permitió ubicarle a la sazón de los 30 años y que pude confirmar de manera directa al preguntarle su edad:


 Tengo 29 años doctor, me respondió.
En el Palacio de San Lázaro llegamos al salón en donde se había dispuesto el desayuno. Allí se presentaron los diputados de la fracción parlamentaria del PANAL los cuales estaban estrenando la LXII (SEXAGÉSIMA SEGUNDA) LEGISLATURA, apenas hacía un mes. Nos dio la bienvenida el Diputado Federal René Fujiwara Montelongo en términos de mucha simpatía y agradeció a todos nuestra presencia que, a pesar de la discapacidad, hacíamos por asistir.

Pasó el día entre el desayuno, las discusiones con las ONGs involucradas con las personas con discapacidad y que también fueron invitadas, con diálogos múltiples. A todos se nos permitió expresar nuestra opinión, con tolerancia y tiempo suficiente para dar a conocer las diversas propuestas. Algunas, debo reconocerlo, muy interesantes y propositivas otras, en cambio, solo eran quejas añejas de las promesas incumplidas por las Legislaturas pasadas. No obstante la reunión transcurrió sin mayores sobresaltos y el tiempo se fue rápidamente.

Cuando nos dimos cuenta ya pasaba de las cuatro de la tarde. Al salir de San Lázaro, mientras caminábamos hacia el estacionamiento, me ofreció Yeshua su hombro derecho, para guiarme. Yo lo cogí con mi mano izquierda, en la derecha traía plegado el bastón blanco. Hicimos una pausa en el trayecto en uno de los patios, para esperar a la maestra Aurora que, según dice ella, al ser reumática, camina muy despacito. En la espera se ofreció fumarse un cigarrillo que acepté de mil amores, pues en todo el día no hubo oportunidad de saciar la adicción al tabaco. Con eso de que ahora por ley hay espacios libres del humo del cigarro, no se permite fumar en los espacios cerrados y menos en las oficinas del gobierno federal.
 ¿Ha leído usted El Amor de Los Amores, de Ricardo León? Preguntó sorpresivamente Yeshua, al tiempo que, con un encendedor me prendía el cigarro.

 No, le respondí. Ni siquiera conozco la obra.

 Es una novela que leí cuando niño. Fue un “Best Seller” que se publicó a principios del Siglo XX. Usted me recuerda al personaje protagónico del libro… Don Fernando Villalaz.

 ¿Y por qué…? Pregunté, después de exhalar el humo de la bocanada.

 Bueno… primero porque él es ciego. Pero además muchas de las opiniones que usted y la maestra Aurora han vertido el día de hoy en la reunión, están muy ligadas a la filosofía de vida y forma de pensamiento que nos presenta el autor en este personaje, que ciego a las dichas externas, se muestra complacido y feliz en el mundo interior. Ese mundo tan ajeno a los ojos del cuerpo y tan amplio y basto para los ojos del alma.

 Interesante comentario el que haces y con el cual comparto tu singular punto de vista, agregué.

Yeshua, después de una BREVE pausa en lo que prendía su cigarrillo, comentó:

 A la maestra Aurora así como a usted, no les he oído quejarse por su condición y lejos de usarla como pretexto para obtener un beneficio, ponderan las capacidades que conservan. Veo que tienen muy bien puestos los pies en la tierra. Y dado que encuentro mucho parecido con el personaje, pensé que quizá había leído el libro.

 No, lo lamento, no conozco la novela.

 Pues yo se la voy a regalar doctor, prometió Yeshua.

 Muchas gracias, le dije. Pero por favor para que la pueda leer, en mi ORDENADOR CON el lector de pantalla, requiero que sea en formato digital en archivo Word o PDF. De la manera normal, como tú comprenderás, no me es posible leer ahora. Por otro lado, encontrar una persona que te lea en voz alta y en tiempo real, va a estar cañón. Y tampoco creo que exista en sistema braille. Así las cosas… como dicen en las noticias.
Percibí, aunque ciego, una sonrisa en su rostro y amablemente añadió:
 Se lo voy a BUSCAR, DÉME un chancecito para localizárselo.
La conversación se cortó al escuchar las palabras de la maestra Aurora que platicando con la persona que la guiaba, venía en derechura hacia nosotros. Terminado el cigarrillo y la espera, continuamos la ruta dentro de las instalaciones del Palacio Legislativo hasta llegar al auto.
Días después, la noticia no me cayó de sorpresa. Yo sabía que conseguir un libro publicado hace un centenario, iba a ser garbanzo de a libra y mas… en formato digital.

A través de un contacto, la encargada de la sala de tiflotecnia Licenciada Gema Pérez Hermosillo de la biblioteca de la Universidad Autónoma de Guadalajara, ubicó la obra en la biblioteca de una escuela preparatoria de aquella ciudad. Pero tendría que desplazarme hasta ella y ver si podía conseguir el libro para que se me permitiese fotocopiar y luego… “vuelve la burra al trigo…”

 ¿Quién me lo va a leer?
Es de esta manera que Yeshua Sanyassi me ofreció leer el libro. Como estamos viviendo en ciudades distintas, la tecnología vino a solucionar el problema de la distancia. De él salió ir grabando las lecturas y archivarlas en formato MP3, mismas que más tarde me hacía llegar por internet a mi correo electrónico. Poco a poco se fueron completando los capítulos y entonces la inspiración apareció en mi mente. Si tomaba como dictado las grabaciones que Yeshua me iba proporcionando, podría escribir en formato Word y posteriormente tener el texto fiel del original. Ello permitiría que otros de nuestro colectivo (ciegos y débiles visuales), tuvieran acceso a este libro a través de la tiflotecnología.
Empecé a escribir en mi ordenador las grabaciones hechas por Yeshua, con cierta dificultad, la lengua castellana era cien años atrás. Muchas palabras no me eran familiares por el lenguaje y modismos de la localidad, algunas otras ya en desuso y otras mas, ni siquiera las conocía. Hubo que revisar constantemente algún diccionario en línea para poder conocer no solo el significado de la palabra, sino también que la ortografía fuera la correcta. Otro problema, por así decirlo, fue la colocación de los signos de puntuación. Como estos no se me dictaban (no se mencionan coma, punto seguido, punto y coma, punto y aparte, signo de admiración o de interrogación, etc.), los coloqué de acuerdo con las pausas, las inflexiones de la voz, las exclamaciones y demás actuaciones, que por la misma voz, identificaba de Yeshua Sanyassi. Es aquí donde probablemente no sea tan fiel el texto re escrito con el original, sin embargo debo felicitar a mi ESTIMADÍSIMO lector, pues gracias a la expresión espontánea y relajada y, por qué no decirlo, artística de su voz también, se fue configurando el texto tal y como se presenta. Debo recordar que el lector de pantalla al leer los signos marcados dará hasta donde es posible, los efectos que seguramente el autor de este maravilloso libro quiso dejarnos en el paladar.
Otra ganancia obtenida en este proyecto es el cultivo de la amistad que floreció entre Yeshua y yo. A pesar de la diferencia de edades, como menciona en el libro el poeta y escritor, tuvimos muchas y muy sabrosas pláticas. Estamos como suele decirse, en sintonía.

Espero sinceramente que disfrutes este libro tal y como yo lo disfruté.

Y ahora si, lo que a continuación se re escribe es el texto original que escuché de mi amigo y lector… ¡Buen provecho!
Dr. Jorge García Leal.

PRÓLOGO.
Que hace relación de los principios de esta novela y da breve noticia de los personajes. Y es muy de notar, como aviso y declaración, de lo que luego se refiere”.
Lector… ¿Si eres esclavo y amigo de las cosas de la tierra y hallas placer en tu propia esclavitud? Aparta los ojos de este libro, pues nada nuevo ha de decirte de cuanto sabes. Y aún, podría ponerte en ocasión, de torpe enojo y estéril remordimiento.

Más si por merced, no vives a gusto en tus prisiones y ensayaste en horas de angustia, quebrantar sus hierros. Si dejaste allí pedazos de la carne y del espíritu y te fue otorgado, por premio el don de las lágrimas, entonces… Hermano mío, pon tus ojos en lo que aquí se sigue y tal vez encuentres en ello, deleite y consolación.

Humildes comienzos suelen tener los grandes fines y no sería extraño, si Dios quisiera, que en este humilde libro, huérfano de las galas, y agudezas, y don aires con que otros afortunados ingenios visten sus obras y embelezan a sus lectores lograse algún provecho y placer en el ánimo, de las personas discretas.

Cuanto mas, que la poesía es cosa de tan limpio linaje y tan subido precio, que basta un grano de esta sal, por menudo que fuere, para redimir de sus pecados al poeta más pecador. Y, aunque no se ajuste la humildad, mi propósito llevado ya muy adelante, de salir con un libro de esta jaez, fuera de los gustos modernos, contraria a las ideas y hábitos en uso, enemigo cordial de lo que llaman ahora vida y arte, soy servido de acogerme a los fueros y pragmática de las musas, tomando por luz, y autoridad, y sabrosa compañía, las de aquellos altísimos poetas del siglo de oro que en oro puro acuñaron sus medallas, en este noble metal de la lengua de Castilla, tan duro y tan rebelde a pensamientos viles, tan armonioso y blando por el troquel divino de los castos pensamientos.


Voy a contarte lector, la historia de un hombre a quien fue concedido, después de amargas desventuras, conocer las más sutiles y secretas cosas, que entendimiento humano pueda alcanzar. Y mejor que la vida de un hombre con ser pródigo en sucesos peregrinos, he de referir la vida de un alma… La epopeya de un alma heroica y rudamente convertida en su tránsito por la tierra.

Bien querría yo, si posible fuese, arrancar esa historia de la imaginación donde la tengo escrita, muchos años ha… Y brindártela con luces y colores de maravillosa invención poniéndola delante de tus ojos tan viva y tan gallarda, que no hubiese mas que pedir. Pero tal empresa excede a la voluntad y pide alas y brios de superior entendimiento.

A Dios sin duda, le plugo conocer un alma de esta condición cerca de la mía, para probarme que nuestro Siglo donde tantos hombres, unos con sus menguados ingenios y otros, con sus torcidas costumbres, siembran la cizaña y cosechan la cicuta. Crecen también, y regala a los aires con su aroma, la Azucena de la Santidad.

Pluguiera le a Dios así mismo, que del conocimiento que doy en este libro de un alma tan noble y tan señora, que dancen, como suspenso otras almas. Con el deseo vehementísimo de ver y alcanzar las maravillas y mercedes, que solo con el precio del dolor se consiguen. Recibiendo, aunque fuese de mis manos indignas, la luz de amor que enciende y revela los grandes Misterios del Espíritu, que al rasgar la sombra de este mundo, tan diferente del mundo en que vivimos, iluminara mis sienes la lumbre de otros soles remotos. Lumbre intelectual y serena, bien distinta de este sol lleno de manchas, y rallos, y ardores, y que el deleite de gozar cosas tan calladas y recónditas nunca descubiertas por los sentidos mortales, dibujaran, tus labios lector, un asombro dulcísimo.


Holgaba yo en una Villa Castellana, ilustre por sus antiguos hechos e insigne además, por el trato hospitalario y cortés de sus modernos habitantes.

Con el propósito de obsequiar a una dama, hermosa y muy discreta y como tal, amiga de las flores, me encaminé un día a cierto escondido jardín, no lejos de la Villa y en la rivera de un famoso río, que presume arrastrar con aguas, arenas finísimas de oro.

Pareciome aquel rincón tan deleitoso y apacible como el Prado de las Mirandazas, en que el divino Fray Luis cantó la “Vida Serena” y el no Rompido “Sueño del Alma Sin Pecado”.

Medio huerto, medio jardín, cabe las aguas tranquilas y envestido y engalanado de corpulentos árboles y gran muchedumbre de flores, pregonaron el cuidado y placer, de manos sabias y primorosas.

Una calle de robustos álamos conducía desde el portillo, abierto en la rivera, hasta la casa del jardinero graciosamente recatada en el follaje.

Una copiosa fuente, que nacía no lejos de ahí, sacaba el pecho fuera del angosto cauce y concertaba su lengua cristalina con el manso ruido de los álamos al oreo del viento y el silbo alegre de los malvices.

Llegado, el que hubo, al frente de la casa, vino a mi encuentro un hombre que había soltado, al verme, la hoz con que segaba las hiervas ociosas del jardín.

Era la traza de aquel hombre más de hidalgo viejo que de rudo cultivador. Vestía como campesino pero sorprendía en su talle y rostro algo de enseñoreada figura. El cuerpo vigoroso y cenceño pero de elegantes actitudes. El rostro curtido por el sol pero afeitado y limpio. El cabello escaso y gris. La fisonomía inteligente. El habla pulida y urbana. Toda su persona mezcla de autoridad y llaneza, moderación y señorío, me trajo a las mientes la memoria y la imagen de aquellos antiguos barones, que después de ceñir la toga con su largo, y bien orgullosos a gobernar el Arad.

Me ofreció rústico asiento en la puerta de su casa a la sombra de unos parrales y luego de coger las flores que le pedí, aderezando con ellas un ramo gentilísimo, habló discretamente; respondiendo a ciertas preguntas que yo le hice. Y como advirtiese la curiosidad con que le miraba, le satisfizo, no sin cierto dejo de altivez y complacencia.
 Tal vez le sorprendan mis razones, -declaró Y confesémoslo también, el haber tropezado con tan culto jardinero donde esperó encontrar un hombre de más dura corteza y menos alcances. ¿Cuántos señores vienen aquí de la Villa, y no son pocos, para merced de la industria, hallan extraño el contraste de mi persona y de mi oficio?

 ¡No tal…! Le dije, murmurando algunas palabras corteses. Ni es usted el único señor a quien vi cultivando sus tierras. Pues tuve la fortuna de conocer aquel insigne campurriano que, junto a la pluma y el dalle… En amorosa compañía. Y ni en esta noble tierra castellana, es raro ver a un caballero con hábitos de campesino; ni, a un campesino, con alma de caballero.

 Caballero soy. Repuso afable. Si el serlo consiste en la calidad de la cuna y en los refinamientos de la educación. Cuna de rico me recibe al nacer y educado fui para brillar en aulas y foros. Más quiso la fortuna apartarse de mi para que mejor pudiera valerme de los brazos. Título tengo de, ¡honra facultad! Gasté la juventud en ocios alegres y estudios inútiles. Casé ya fuera de sazón. Sufrí recias desventuras y al cabo renuncié a todos los fueros de mi linaje. Volví a la tierra generosa y sepulté mi tristeza en este rincón, donde pienso acabar la vida ganando el pan con el sudor de mi

rostro.


 Noble resolución, le dije, y digna de un hombre de cabal entendimiento que no se paga de vanidades. Y arguye mas valor en este siglo y en esta patria, de donde tan olvidados están los hábitos y virtudes de las antiguas repúblicas. ¿No es maravilla ver, cómo en el imperio de las vocingleras democracias, pierde el trabajo de la tierra sus altas ejecutorias?

 Menguados tiempos los que corren, añadió el filósofo del jardín, y torpes democracias las que ahora se estilan y manifiestan con tan grande boato de discurso y de leyes. Pocos son los hombres que hoy aman de veras al pueblo, y menos todavía los que prefieren una pobreza honrada al brillo y al son del oro aunque lograrlo, sea con vilipendio y pesadumbre. Si hasta los pegujaleros de Castilla sueñan con ver a sus hijos en la corte y maldicen de la tierra, de esta tierra maternal y generosa que les mantiene y les regala, que les sustenta con frutos y les deleita con flores, que rellena la necesidad y estimula el placer, que da el agua y el pan, la lumbre y el vestido, vuelca los haces con las ceras, colma las trojes, hincha los pajares, alimenta los hornos, abastece la despensa, nutre las arcas y acrecienta el caudal.


Estando en este discurso, entró en el huerto una moza de hasta 15 abriles, guiando un borriquillo. Era la muchacha rubia como los capullos de la seda pero, el sol y el aire campesino, le habían puesto el semblante de un precioso color de avellana. Tenía los ojos claros y el ademán resuelto, y el talle delgadito y gracioso. Y aunque vestía humildes percales, estaba tan fresca, tan limpia, tan re guapa, que al pasar junto a mi se me antojó que olía a un prado lleno de flores en el mes de mayo. Y era verdad que así olía, pues vi puestos en sus cabellos unos claveles y hasta el asno, traía cargado el aparejo de las copiosas galas del jardín.

En suspenso quedé, al llegar la moza ,y comenzó bullirme el deseo de contemplarla mas despacio, al ver que se escondía en lo umbroso de los árboles…

 Es mi hija, manifestó el jardinero, adivinando la intención. ¡Isabelita…! Añadió, llamándola.

Vino corriendo con el delantal lleno de flores. Sacudió los cabellos que, como sortijas de oro puro, le caían de la cabeza resbalando por las sienes. Limpiose el rostro, que tenía lleno de sudor y descubrió al mirarme, los ojos más azules, la boca más encarnada y los dientes mas lindos que vi jamás, en la cara de una moza de quince años.

Hízome una gentil reverencia y, sin soltar, una mano del delantal que traía recogido, puso la otra en la cadera y se quedó parada delante de mi en una postura, tan naturalísima y graciosa. Respondió a preguntas que le hice con tal viveza y penetración, que me dejó pasmado. No eran sus palabras diferentes de las que podían esperarse de una muchacha campesina, pero las decía, con tal soltura, con esa gracia de puro sabor castizo, de la lengua popular en esta tierra.

Fuese, a poco Isabel, por donde había venido y volvió luego con el asno cargado de hortalizas y de flores. Detrás, llegó un hortelano, mozo también y muy limpio, con la boina hacia la oreja y en la oreja un clavel.

 Es Baltazar, Tazarín como nosotros le decimos, contó el jardinero,  nuestro pariente y camarada.

Montó Isabel, de un salto en la grupa del pollino, que era bien robusto para carga tan preciosa y leve. Cogió Tazarín una vara de fresno y la terció en su faja. Nos saludó cortésmente y asiendo el cabo del ronzal, emprendió el camino de la rivera. Siguiole el humilde jumento y, antes de atravesar el portillo alzó Isabel una mano, irguió el busto donoso en la paciente cabalgadura y nos dijo adiós, con mucho desenfado.


 Esa niña, dijo su padre conmovido, es la luz de mis ojos. Grande fortuna ya, en la santa conformidad que tuvo acompañándome a este huerto y aceptando con alegría tan plebeya posición, pues de no aceptarla, gustoso habría yo sacrificado cuanto me pidiese. El color moreno con que el sol y el aire bañaron su tez, promete más entera salud que la quebrada blancura que en otro tiempo tenía. Es buena, es guapa, es lista como un lince y sin embargo, inocente como una paloma. Le gustan las flores y las cultiva mejor que nadie. Y las ama como hermanitas suyas que son. Madruga con los pájaros y se duerme con las primeras estrellas. Va con Tazarín a los mercados, como acaba usted de verlo. Y es en suma la alegría y el apoyo de mi vejez. Ese mozo, Tazarín, pariente nuestro y protegido, la acompaña a todas partes y con él va tan segura como si conmigo fuese.
Las juiciosas palabras de aquel hombre me iban ganando la voluntad de tal manera que, tuve por hora felicísima, la de mi entrada en tan maravilloso jardín. Conforme charlábamos y merced a la mutua simpatía que, desde un principio, se despertó en nosotros, declarábanse con mayor franqueza la noble condición del jardinero.
 A pesar de mi oficio, decía, no abandono los placeres de las letras. Tengo en mi casa un centenar de libros. Algunos de agricultura, pero los más… Antiguos, y filósofos poetas de nuestra edad de oro. De los modernos, apenas si guardo una docena, pues son pocos los que escriben ahora, que deleitan sin dañar. Con esos libros recreo el ánimo en mis ocios y educo, sin mas estudios, el corazón y el entendimiento de mi hija. Salgo poco de mi retiro y, menos saliera, si no fuese por darle gusto a Isabel. Oímos misa todas las mañanas en la capilla próxima y solemos pasar los días de fiesta en la ciudad. Yo soy cristiano viejo y tan frugal en mis costumbres, que aún me sobra de lo que pueda llegar, para guardarle algunos dineros a mi hija y socorrer a los pobres. Gozamos de buena salud y de tranquila conciencia. Y tengo por dicha, el haberme recogido en estos lugares para vivir, ni envidiado ni envidioso hasta la muerte.
Admirado de las virtudes de aquel jardinero insigne, le pregunté si no tenía mas hijos y al oír tal, suspiró con pesadumbre.
 Un hijo tengo, varón. Pero al no tenerlo, me juzgaría de todo punto dichoso. Casi le dobla la edad a su hermana y ahora, si vive, contará 30 años. Hízose bachiller, mas cuando quise que estudiara una facultad, aún a costa de muchos sacrificios, me abandonó por seguir sus trencillas inclinaciones. ¡En mal hora…! Se le metieron en el meollo, no se que fantasías de arte peregrino y bohemio! Se fue a París con otros tales y hoy, ¡ni siquiera sabemos donde para…! ¡Por muerto le lloramos ya…!
Calló él, diciendo estas palabras lastimado por el recuerdo de sus desdichas.
 ¿Quién no tiene, le dije por consolarle, una de esas cruces en el corazón? Pocos son los hogares que no esconden el secreto de una torpe ingratitud.
Inclinó el viejo, al oírme, la noble frente llena de sagradas arrugas, cicatrices de trabajo y de dolor.

Callé también conmovido y sonó límpidamente en el silencio del jardín, la pura voz de la fontana.


Tanto me aficioné a la compañía y conversación de aquel buen caballero, que fui con frecuencia a verle, tomando pretexto de comprarle flores. Recibiome siempre con el mismo agrado y juntos tuvimos muy sabrosas pláticas.

Supe que se llamaba Pelayo Crespo, que nació de labradores salmantinos y estudió Leyes, que ejerció la profesión con escaso fruto, que perdió a sus padres muy mozo y disipó su hacienda por ignorancia y desprecio de la noble agricultura.

Que, orgulloso y pobre, casó también, ya maduro con mujer pobre y orgullosa. Fue desventurado en su hogar, trabajó en humildes menesteres, padeció calamidades y

Al fin, débil y cansado, viejo y triste, sin mas arrimo que su hija enferma, estuvo a dos pasos de la desesperación y de la muerte.


 En aquel duro trance, afirmaba Crespo enternecido, me valió la caridad de un hombre a quien debo la vida y la honra, pues sin él, Dios sabe donde hubiese yo parado. Mi bienhechor se llama don Fernando Villalaz y vive en esa torre solariega que desde aquí se divisa. Fuimos, don Fernando y yo, amigos y camaradas en ocios y estudios juveniles y aunque, le llevo algunos años en edad, él me aventaja siempre por la madurez del juicio y la viveza del ingenio. Acertando a saber la situación en que me hallaba, partió conmigo el pan de la mesa y la alegría del hogar, que son pan del Espíritu. Como yo le comunicara mi propósito de retirarme al campo y redimir las pasadas culpas, tornando a labrar la tierra quiso hacerme donación de esta finca poniéndola, para mejor obligarme, a nombre de Isabel. Rechacé la dádiva. Insistió él. Arguyendo que no tenía hijos y que el huerto valía poco y ¡al fin! Tras vivas instancias, acepté. No el dominio, pero si el aprovechamiento de la finca. Me acomodé en esta casa con Isabel. Conocí en la experiencia y en los libros el arte de cultivar la tierra y hallé descanso y felicidad en mi nuevo estado.
Habló Crespo del Señor de la Torre con tan suave ternura, que me movió a preguntar si me sería fácil conocerlo.

Respondiome el jardinero que si era fácil pues, por desdicha don Fernando estaba ciego y apenas salía de los términos de su heredad.


 Suele venir al huerto muchas tardes, apoyado en el brazo de su esposa, doña Juana. Otras veces lo guía Isabel… ¡Qué gran tristeza…! Señor. ¡Perdió, don Fernando la vista, poco ha…! En la sazón de sus años cuando todo florecía, suspiró el buen Crespo.

Y como notase el interés con que yo le escuchaba, me dio puntual noticia del Señor de la Torre, haciendo muy discreta la relación de los sucesos de su vida.

Era, don Fernando Villalaz Y Samaniego hijo único varón de opulenta, y prócer, familia castellana. Adornó su edad moza común, gentiles prendas y bizarrías. Juntando las letras con las armas, y los blasones, con el oro. Sediento de saber asistió, aunque ya vestía el uniforme de alférez, a las aulas de la Universidad Salamantina y acreditó en sus Facultades, un agudo entendimiento y un amor vehementísimo a las letras.

Nunca se dio juventud mas robusta ni generosa. El ímpetu, el entusiasmo, la energía, el ansia de vivir, le relampagueaban en los ojos y le encendían el corazón. Tenía el alma abierta, como la rosa de los vientos. Su mano pródiga no conocía el valor del oro. Todas las cosas bellas del mundo le cautivaban, le seducían colmando el ancho caudal de sus limpias y honradas pasiones. Jamás el lodo de la tierra salpicó su frente pues, con ser tan mozo, se gobernaba con tal luz y prudencia como un hombre maduro.

Parecía en fin, el prototipo de aquellos mancebos de antaño, Mayorazgos de espada y de blasón, que derrochaban la vida y el ingenio en la gran plaza del mundo. Casta de Ercilla y Garcilaso, águilas de otros siglos que nunca hallaron bastante cielo para el volar ambicioso de sus almas españolas.

Muertos sus padres y sintiéndose joven todavía aunque pasaba en edad, a Cristo, corrió por diversas partes de Italia, Francia y Alemania, gastando pródigamente la hacienda hasta que vino a dar en Madrid donde encontró sobrados motivos de reposo.

Tocó don Fernando con una doncella de condición humilde, pero tan cabal hermosura, que en su alabanza se movían las lenguas mas envidiosas. Era Villalaz artista y le asaltó el amor con un sobrado deseo de belleza. Noble y encendido deseo que no acertó a satisfacer con las aventuras de la juventud.
 Si don Fernando vio cumplidos todos sus ideales en el matrimonio, dijo en este punto Crespo, es cosa que yo no se. Y que aún sabiéndola, no había de juzgar… Indiscretamente. Sólo advertiré que, para un hombre de tal Espíritu, la mujer de más entendimiento, debe ser muy poquita cosa.
Enamorada también Juanita Flores que así se llamaba la novia, de su galán, aunque él, tuviese muchos más años que ella, nació en ambos una pasión dulcísima que la llevó, muy pronto a los altares. Pareciendo de perlas a todo el mundo, que un tan rico y noble caballero, diera su nombre a una muchacha humilde, sin más caudal que la hermosura.

Pasaron la luna de miel en Sevilla, donde tiene Villalaz cuantiosas heredades y se acomodaron, luego, en Madrid con gran lujo de hotel y servidumbre, sin olvidar la torre solariega en la que holgaban durante los estíos.

Dos años más les acompañó la dicha. Cayó, Don Fernando, desde la cumbre de su fortuna al abismo de las más apretadas tinieblas. Hallándose de caza en los “Cotos de Río Frío” con el Rey y otros caballeros de la corte, se quedó ciego de repente. Lo llevaron a la ciudad y los médicos declararon que padecía una amaurosis, imputando el terrible accidente a una viva emoción y trayendo a cuento, ciertos achaques de traidora neurastenia. Lo cierto fue que don Fernando, a pesar de las opiniones de los médicos, no recobró la vista. Desde entonces fue su voluntad vivir en el campo.
 No he conocido, aseguró Pelayo Crespo, una más alta resignación. Bien se declara con su altísimo ejemplo, que cuando está el hombre atribulado, la misma aflicción y pesadumbre que padece, lo fuerzan a penetrar en las moradas del Espíritu, donde hay suavísimos óleos y delicadas consolaciones. Muchas veces me ha jurado, que tiene por grande favor y milagro de los Cielos, el haber perdido la vista de unos ojos que solo engaños y apariencias falsas conocen, para meterse dentro de si mismo y medir la anchura de ese mundo interior que no tiene término. Senda obscura para los ojos mortales, horizonte llenísimo, donde ven tan claro los ojos del alma. No es que hable en mi la gratitud, añadió el buen Crespo con religiosa unción. Si hay santos en la tierra, y yo así lo creo firmemente, uno de ellos, el más grande tal vez… Es don ¿Fernando Villalaz.
Las cordialísimas ponderaciones que el jardinero hacía de su amigo y Señor, me acrecentaron el deseo de conocerlo.

Esto de hallar un santo y escuchar las palabras de su boca y recibir la comunión de su espíritu no es prodigio de todos los días. Pensando de esta suerte, con la menguada Fe, patrimonio y señal de nuestro Siglo, hubo de cumplirse mi deseo.


Hallábame en el jardín una tarde apacible de otoño, cuando me fue anunciada la presencia de don Fernando Villalaz.

Venía el ciego, del brazo de Isabel, muy despacito por la senda, con toda la faz bañada de la claridad del moribundo sol. Nunca semblante vi tan hermoso y dulce.

Imaginar un rostro moreno, enjuto, de suavísimo y delicada palidez, un rostro de Santo español, no retratado por el pincel sombrío y la nerviosa gubia de Rivera o de Juno, pero puesto en efigie por el castizo numen de Alonso Cano o de Gregorio Hernández.

La frente serena y espaciosa. Los ojos entre negros y pardos que aún estando ciegos, no habría quien dijese que ni miran ni ven. La nariz un poquito aguileña. La boca fina y triste. Pálidas mejillas y acentuados pómulos. Bigote escaso y caído. Barba negra y aguda con sutiles hebras de plata.

La expresión, a un tiempo, mansa y ardiente, sosegada y viril. Muy humana y a la vez divina.

Tenía el cuerpo con mucha gracia y autoridad. La estatura más que mediana. El pecho fuerte y erguido. El talle esbelto. La mano aristocrática. Y un reposo y una paz. Y una pulcritud en toda la persona que movían a devoción.

Tal rió don Fernando Villalaz y lo que mas me sorprendió de su rostro, fue la sonrisa. Una sonrisa tan dulce, tan suave, tan del cielo que parecía luz de crepúsculo en un remanso.

Vestía Don Fernando, con extremada sencillez, pero en la proporción y compostura de sus miembros, en la suelta elegancia de sus ropas flotaba un aire y bizarría de caballero, con tanta gracia y majestad que no habría quien le mirase que, aún sin conocerle, no le tuviera por gran Señor.

Guiaba le Isabel, por el sendero y era cosa admirable, de mucho relieve y fuerza el contraste que formaban ambos. Él, derecho, un poco rígido. La cabeza inclinada hacia atrás, recibiendo en el semblante el resplandor del cielo. Ella, alegre, encarnada, inquieta doblando el talle y en un gentil escorzo. Eran como una Espiga y una Amapola juntas en un surco.

Llegaron hasta nosotros y Crespo recibió a su amigo con grande agasajo. Y anunció, después mi presencia, en términos de mucha simpatía.

Al escuchar, don Fernando, que yo era poeta, me tendió las dos manos:
 ¡Dichoso! Dijo, quién recibió del Cielo la gracia de la poesía y tiene para la voz del alma, a tan dulce lengua. ¡Feliz! el que al cerrar los párpados, no se rinda a torpe sueño y abre su corazón, a peregrinas revelaciones. Ningún poeta verdadero podrá decirse nunca desventurado.
Habló así, reteniendo mis manos en las suyas con amorosa confianza, comunicándome el suave temblor de su Espíritu.
 Forjarse un mundo, siguió diciendo, en las tinieblas de este mundo, cabe mayor ventura cantar en vez de llorar, lo mismo que los ruiseñores. ¡Qué gran cosa es ser poeta…!

“¡Señor…! Si tus enojos haces caer sobre mi miseria tanta,

Como aflige a cualquiera de tus hijos,

Ponle llanto en los ojos,

Ponle abrojos debajo de la planta,

Ponle arrugas y canas en la frente…

Pero Déjale voz en la garganta,

Porque bien sabes Tú Dios Prominente,

Que no puede vivir el que no canta…”
La voz melodiosa y varonil de puro y blando metal con que hablaba el Señor de la Torre, me entró por las puertas del alma, despertando mis ternuras. Pregunté el nombre del autor de los versos y supe que se llamaba José María Gabriel y Galán, que era maestro de aldea, un poco labrador y mucho artista. Español hasta la médula de los huesos y poeta de los pocos que en Castilla, escriben todavía en castellano.

Sacó Isabel unas sillas del zaguán y nos acomodamos debajo de la parra. Quiso Don Fernando escuchar algunos versos míos, pero yo me defendí como pude, cargando la culpa a la flaqueza de mi memoria, pues comprendí honradamente de que huerto como aquel y auditorio semejante eran dignos de un plectro más sabiamente pulsado. Y recordé el punto bebiendo la fragancia de las flores y regalándome con la caricia de los delgados céfiros, la inolvidable estrofa…


 ”El aire, el huerto orea…

Y ofrece mil olores el sentido…

Los árboles menea con un manso ruido…

Que del cetro y del oro pone olvido…”


Villalaz, que estaba sentado junto a mi, recibía con gozo la frescura y aroma del huerto, manifestando el semblante la noble serenidad del alma.

Oíale yo, hablar con la debida reverencia, maravillándome la pureza de su pensamiento, la elegancia de su estilo, la gallardía de su conversación. Todo lo trataba con arte y claro conocimiento, mezclando sentencia y don aires, altas veras y discretas burlas, haciendo gala de un gentil desembarazo, como el hombre más dichoso del mundo.


 Es opinión vulgar, decía, que la pérdida de la visión aflige como una de las mayores pesadumbres de la tierra, siendo por el contrario, la que mejor se sufre. Los sordos y los mudos… Sí padecen, de humor desapacible y quebradizo. Pero los ciegos llevamos la carga de nuestra pena con más resignación y alegría y ello prueba, a mi juicio, la calidad y alteza de la palabra como instrumento moral. Los ciegos solemos tener algo de músicos, poetas y trovadores y aún, los que son pobres e incultos, distraen el ánimo propio y el ajeno cantando romances, diciendo chistes o pulsando la vihuela.
Sonrió delicadamente y añadió luego con expresión mas honda:
 Cuando perdí la luz de mis ojos corporales, pensé que Dios me desamparaba y que jamás hallaría en el mundo consolación. Pero vine pronto a disfrutar de grande quietud y silencio, me familiaricé con esas tinieblas y comencé a ver con los ojos del alma. Y comprendí cosas que no entendí de muchos años de meditaciones. Imaginé, al cabo, que el sol había muerto y que yo vivía en una noche serena, propicia al sueño y al descanso. ¿Por qué envidiar? Me dije ¿Esa luz engañadora que nos impide ver claro en nosotros mismos? Aquel que cierra los ojos y busca sombra y soledad para gozar de sí, ¿No se regala con altísimo placer?
Cual no sería mi sorpresa al escuchar al ciego. Solo un hombre tan cabal, de naturaleza tan rica y profunda, podía bastarse a si mismo sin pedirle nada a las dichas exteriores y conservar tan vivo el ingenio, tan lozano el humor, tan delicado el gusto, tan ágil la fantasía dentro de las tinieblas de sus ojos.
 Andamos distraídos, siguió diciendo, en los negocios mundanos, ajenos y triviales, sin parar… mientras, en los eficaces y propios. Nos posee la vanidad de saber un poquito de lo que sucede afuera, sin entender cosa alguna de las muchas que dentro de nosotros acaecen… Ciegos somos cuando no acertamos a ver tales prodigios, y la mayor parte de los hombres tenemos ante las retinas del Espíritu, telas y cataratas. La luz, las formas, los colores, y demás regalos y juguetes de los ojos, suelen divertirnos y apartarnos de la serena contemplación del alma. Y viniendo a lo puramente humano, la costumbre de ejercitar, en primer término el sentido de la vista, nos conduce al desdén de los otros sentidos mas humildes, a los cuales dejamos en ocio y en desuso, con olvido y ausencia de muchos y finos deleites. Quien disipa un bien de esta vida, sabe estimar con más reverencia y amor los bienes que le queden. Hay un coeficiente de placer y dolor en el mundo. El hombre que pierde un motivo de tristeza o de contento no por ende se priva del gusto o evita la pesadumbre, si no que los traslada de lugar o los cambia de nombre. Unos gozan o sufren la vida con ansia, como el sediento que bebe el agua de un trago y otros la van pasando a sorbitos, gota de hiel y gota de miel. Pero todos han de apurar la copa hasta las heces, que es Ley de Dios.
Dijo así Don Fernando con valentía, poniendo en la frase el alma entera. Sus ojos muertos miraban al cielo y jurara yo que veía. La voz, robusta y blanda encendida en la lumbre de los pensamientos me causaba un dulcísimo estupor. Tazarín, que había llegado un poco antes, miraba absorto al ciego y la niña, medrosa no acertaba a pestañar.
 Cuanto más padece el hombre, añadió el Hidalgo de la Torre, más se le aviva el seso, y más se le endereza la fantasía, y más se le mueve la voluntad, y si la sombra cae sobre su frente, ya nada le distrae, ni le engaña, ni le sujeta, y vive en su objeto y fin, como si dormido para las cosas de la tierra, despertase en los brazos de su divino sueño…

“Gusanos de seda somos y esta imagen de la Santa de Ávila,

Gusanillos que hilamos la seda de nuestras vidas y en el capullito de la seda nos encerramos,

Para que el gusano muera y del capullo salga volando la mariposa…

Demos prisa a esta labor,

Y a tejer el capuchillo, y a labrar la casa donde hemos de morir,

Que en acabando de cerrar los ojos,

Saldrá de nuestra boca el alma volando al cielo como una mariposa…!”

¿No es maravilla ver como a un gusano le nacen alas?
Calló el señor de la torre y un silencio armonioso reinó en el jardín. No parecía, sino que la fuente, y los malvices, y las hojas de los árboles, y las aguas del río habían callado también. Miré al ciego y vi que el rostro se le encendía en un fuerte resplandor y se le ponía hermosísimo, como el rostro de un Santo. Más como él advirtiese por nuestro silencio, la turbación que todos sentíamos, cambió el rumbo de sus palabras y nos entretuvo y alegró maravillosamente con chanzas y agudezas de finísima calidad.

Pasado algún tiempo y entrando ya la noche, se levantó don Fernando de la silla y al despedirse de nosotros, me ofreció su casa y me pidió con mucho encarecimiento, promesa de visitarlo. Y cuando se fue del brazo de Isabelita, se me acercó Pelayo Crespo y tocándome en el hombro… Dijo con una sonrisa:


 ¿Cree usted que hay Santos en la tierra…?
Estaba la casa de Villalaz en lo mas eminente de la rivera, mirando al espacioso llano y volviéndoles la espalda al río y a la villa. En el centro del palacio, descollaba una torre de picudas almenas y graciosos antepechos que descubrían cuanto pudiera alcanzar la vista a la redonda. Y guarnecían la frontera de la torre, umbríos, huertos y deleitosas, usadas con mucha variedad de arboledas, estanques y flores. Los muros traseros del palacio, cubiertos de hiedras, daban al río y en sus aguas tranquilas se retrataban. Dos hileras de frondosos castaños hacían calle y centinela hasta llegar a la maciza portalada y dentro de ella, había un patio con pozo antiguo y árboles centenarios. La fachada principal del edificio era de gran fortaleza y hermosura. Con adornos de sabor plateresco, anchos balcones, elegante piedra de armas, grande zaguán y gentil oratorio, cerca del Blasón de la cruz, pero más alta y señera, cielo arriba.

Impaciente por cumplir la promesa que a don Fernando hice de visitarle, me adentré un día por las umbrosas alamedas de su heredad y llegué al palacio con la sorpresa y deleite que me causaba, cuanto ahí descubría. Más era cierto también, que nadie podría imaginar a un caballero de tal linaje, sino aposentado en casa tan opulenta y señorial.

Propicia era la ocasión de verle y vehemente el afán que yo sentía de oír sus palabras y confortar con ellas mis desmayados pensamientos. Andaba yo entonces, con el ánimo turbio, re-hervido y amargo con la tuera por la ponzoña de unos amores que en ansias mortales se habían trocado. Y era la causa de mi mal aquella Dama a quién regalar solía, con las flores de Pelayo Crespo. Herido mi corazón y lastimado profundamente con las púas de semejantes flores y no hallando quietud en ninguna cosa, vine al palacio de Villalaz para tomar ejemplo y castigo, en la Santa resignación del ciego.

Me recibió con extremada fineza y cortesía. Presentándome a su esposa y halagándome con discretísimos elogios. vi en aquella casa, objetos de riqueza y ornato, lienzos antiguos, tapices, y armas de los abuelos de Villalaz. Aposentos que parecían de príncipe, todo con gran aseo y limpieza y como penetrado del buen gusto y pulcritud de su dueño. Pero lo que más admiré, por ser yo, mozo y poeta, fue la maravillosa hermosura de Doña Juana, la esposa de don Fernando.

Tenía esta Señora el rostro ovalado, moreno, con radiante brillo de juventud y sanidad. Aparentaba hallarse en la sazón de los 30 años y poseer un genio muy vivo y ardiente.

Eran sus ojos pardos, enérgicos y rutilantes. Magníficos los cabellos cuyos rizos caían sobre las sienes, menudos y copiosos como racimos de uvas negras. La nariz recta y en la misma línea de la frente, como el perfil de las figuras clásicas. Los labios gruesos y encendidos. Las mejillas bañadas de rosada luz. La barbilla redonda y con graciosos hoyuelos. La voz de timbre caliente y grave, un poco velada al hablar con vehemencia, acariciadora y liviana al seguir el vuelo de la conversación familiar. Arrogantísimo el cuerpo y expresivos, algo plebeyos, los modales.

Trataba a su marido con delicada solicitud y señales de quererle mucho. Ambos formaban una gentilísima pareja, por ser los dos, de tanta hermosura y agrado. No hallé más diferencia en su aspecto exterior, que el aderezo de sus vestidos. Pues mientras Villalaz los usaba negros y de austera sencillez, su esposa hacía alarde, a mi entender indiscreto, de presumida elegancia. Como don Fernando, por tener los ojos tan grandes y vivos, no parecía ciego y era tan guapo y buen mozo, componía muy buena traza al lado de la Señora y aún le ganaba en majestad. Todas esas cosas se me quedaron grabadas, entonces, con singular relieve.

Salimos al jardín para tomar la merienda y luego de conversar un rato, me fui del brazo de Villalaz por el parque arriba, hasta mediar los términos de la hacienda. Con ser la segunda vez que yo hablaba con el Señor de la Torre, me inspiraba tal devoción y reverencia, como si a él me uniesen más antiguos lazos.

Hay hombres que al cruzarse en nuestro camino vienen a dar la divina impresión, de un afecto sin principio ni fin, eterno como el alma. Y yo imagino que, al estrechar la mano de estos Seres, sentimos la reminiscencia de unos cariños muertos en otras vidas.

¿No parece el amor, cuando el amor es verdadero, el hallazgo de dos almas que, en otros mundos se han poseído?

Lleno de ternura de estos pensamientos, hablé con Don Fernando sin la reserva que imponen las pragmáticas sociales. Le hablé como si fuera mi confesor, sin que abriera penas el alto silencio del parque. Le relaté mis cuitas. Achacándoselas, a esta mi condición de poeta, enemigo, de mi felicidad.
 ¡Parece que es destino de poetas ir por la vida derrochando el corazón!

 ¡Nunca se arrepienta usted de ello! Replicó don Fernando con viveza. Lo malo no es poner el corazón en todas las cosas, sino hacerlo esclavo de una sola, tan pequeña, por ejemplo, como la hermosura de una mujer. El toque está en amarlo todo, pero no con amor egoísta, sino con deseo entrañable de sacrificio y humildad. Es menester que el alma erguida enfrente del mundo sensible y de las criaturas mortales, se recoja primero en si misma, para tomar fuerzas y bríos. Pero se extienda después, anchamente sobre todas las cosas y las penetre, las haga suyas y esclavas del Espíritu y dándose a ellas, las posea, las vivifique y convierta en instrumentos de amor. Hace falta un corazón activo y apasionado, fervoroso y militante, alma de poeta, pródiga fantasía, creencia impetuosa, virtud agresiva y alegre, pocas ideas abstractas y muchos sentimientos vivos. Lo que llamamos ideal, no debe ser una entelequia. Es preciso que lo ideal esté en nosotros y palpite, y se mueva como una criatura en las entrañas de su madre. Hay que amar a la vida presente porque, en sus trabajos y dolores, se templan las almas para las dichas y glorias futuras. La vida tiene un sentido casto, profundo y religioso, que solo se revela a las almas grandes y fuertes, abrazadas de amores eternos. No hay destino, por humilde que sea, donde no logre el buen ánimo fundar, escuela de heroísmo y santidad. Y siendo en esta vida donde se hacen los Santos y los Héroes, amarla debemos, y ejercitarnos en ella sin reposo, y cultivar también todas las facultades humanas, que procuran gloria más allá de la muerte. Cuentan de Santa Teresa, uno de mis grandes amores, que hablaba con mucho don aire y llaneza a toda clase de gentes, mostrando una perspicacia y una libertad en los negocios humanos, de tal manera que, algunos simples se extrañaban de ver, quién tan alta oración tenía tratase familiarmente a las personas y cosas del Siglo. Pues de San Pedro Alcántara, gran sufridor de penas y mortificaciones, dicen que estuvo muchos años sin alzar del suelo los ojos y aseguraban sus amigos, que lo mismo le daba ver que no ver. Era muy viejo y de extremada flaqueza y parecía, según la frase valiente de la Virgen de Ávila, hecho de raíces de árboles. Mas con toda esta Santidad, se mostraba alegre y sabroso en sus palabras y tenía muy lindo entendimiento. ¿Quién pudiera acabar las asperezas de la jornada con tanta gloria?


Este discurso acabó por manifestárseme la condición de Villalaz. Yo le juzgaba, al principio un hombre todo tristeza, austeridad y desengaño de la vida, consagrado exclusivamente a los placeres del mundo interior. Más a flor de buen castellano, tenía muy bien puestos los pies sobre la tierra. Escuchándole conocía yo la pequeñez y la miseria de mis dolores egoístas. Su conversación recreaba el ánimo con apacible variedad, naciendo en sus labios sin violencia, las palabras más elocuentes y majestuosas con un hervor de afectos, que me llenaba de calor y de fuerza.

Al estrechar la mano del ciego y emprender el camino de la Villa, sentía en mi alma una grande elevación. Las razones de Villalaz me habían cambiado maravillosamente todos los pensamientos.


Como es mi si no hacer movimiento y mudanza de las cosas, rodar por el mundo, sufrir trabajos y rodear tierras sin echar raíces en ninguna, me amaneció un día lejos de aquellos lugares. Tan aprisa lo desamparé, que ni espacio tuve para despedirme de don Fernando Villalaz. Metido yo en aventuras, hallé de las fronteras de mi patria. Quise curarme el pecho de las llagas de amor con que la dama de las flores me había friccionado.

Cuando volví a Castilla, muchos años después, tenía casi olvidadas aquellas historias y curadas ya, mis heridas sin rastro alguno, de feas cicatrices, pero siendo placer y dulce tristeza, la memoria de los pasados males, torné al lugar de mis antiguos amores y pedí nuevas de mi hermosa enemiga. Nadie supo darme razón a ciencia cierta, del paradero de la ingrata. Quién dijo, que había pasado a vivir en tierras de Extremadura. Y quién aseguró, que estaba casada con un Señor muy rico y necio. Miré los umbrales y las rejas que en otros tiempos me tenían cautivo y al salir de la villa, me vino a las mientes el recuerdo del Señor de la Torre y su esposa Doña Juana, de Pelayo Crespo y la mocita del jardín.

Quise ver a mis antiguos amigos, pero llegando a la torre, la hallé cerrada y sin alma viviente. Entré al jardín y me recibió la misma helada soledad. El huerto, donde tantas veces había descansado, parecía lleno de hiervas ociosas, ganado por la maleza como un medial, sin cerco ni potrillo. Solo la fuente, la vieja fuente amiga acompañó mis pasos en el silencio grave de aquella tierra desamparada. Al ver la ruina y estrago de la hermosa heredad, se me cayeron al suelo las alas del corazón.

¿Qué había pasado allí, qué huracán, qué fea desdicha derribó los jardines, embistió la torre, cerró sus puertas y arrojó de su morada a las dos familias?

Vagando por aquellas mustias soledades donde todo era silencio y dolor, asperezas y sepulturas de recuerdos, topé con un viejo rabadán que a la orilla del río se hastiaba con su rebaño.

Pregunté al viejo el motivo de aquella mudanza.


 Lo que aquí pasó, respondiome el rabadán con aires de misterio, no hay lengua que lo declare. Se dicen muchas cosas, pero nadie conoce la verdad.

 ¿Qué fue de don Fernando? Repuse con impaciencia. ¿Qué fue de Pelayo Crespo?

 ¡¡Se marcharon todos!!

 ¿A dónde?

 No lo he podido saber. Unos cuentan que Don Fernando perdió sus caudales. Otros dicen que se metió a un convento. No falta quién jura que le vio en una casa de locos. Y dicen también que de esta torre van hacer monasterio los Frailes Cartujos.
Movido por las palabras tendenciosas del pastor, me di a buscar el secreto de la casa de Villalaz, adivinando una escondida tragedia.

Pregunté a las gentes del campo y de la villa, a los antiguos Mayordomos y Criados de la torre, al capellán:


 ¿Qué de don Fernando?
A los pastores, colonos, aparceros y gañanes de la vieja heredad. Y al cabo de mis preguntas y diligencias, vine a sacar en limpio la historia verdadera. Una historia tan lastimosa, que arrancara de las carnes, el alma.

Tal vez quisieras, lector, que yo te relatase los hechos en pocas y sencillas palabras. Con la gentileza y fuerte colorido, el aroma del romance que le saben dar los labradores del campo y los hidalgos de la villa. Sin ese artificio y arrogante compostura de las novelas a luz. Pero tiene la tal historia, tanta miga suele decirse, que no puedo resistir a la tentación de aderezarle con algunos condimentos y levaduras de mi invención, para gusto y dejo de mis más ambiciosos paladares. Si este largo apremio, no apuró tu paciencia y hallaste placer con las altas razones de don Fernando Villalaz, si Pelayo Crespo te movió la simpatía y miraste con buenos ojos a Isabel y Tazarín, si deseas contemplar de cerca de Doña Juana y saber hasta el cabo lo que pasó en la torre, vente conmigo por estas páginas y harás conocimiento de personas y cosas de singular noticia y calidad. Pues aún siendo yo quién las pinte y declare, tienen tal virtud y fuerza que, a pesar de lo tosco del pincel, bien dejará ellas en este lienzo, algo de sus estampas y de su Espíritu…

¿Vale…?

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