Que sería un varón de dolores entregado como expiación por las ofensas de su pueblo



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INTRODUCCIÓN

¿Quién es Cristo, por quien muchos han dejado todo para seguirlo, por quien otros han preferido la muerte antes que traicionarle? ¿Quién es Cristo que tanto molesta a quien no lo conoce de cerca?


¿Quién es Cristo, que pasa hambre y alimenta a muchedumbres innumerables, el que se fatiga y rehace las fuerzas de los fatigados, el que no tiene dónde reclinar su cabeza y lo gobierna todo con su mano, el que sufre y remedia todos los sufrimientos, el que es abofeteado y da libertad al mundo, el que es traspasado en su costado y arregla el costado de Adán?
¿Quién es Cristo, la única persona preanunciada? Ni Sócrates, ni Buda, ni Mahoma, ni Confucio, ni Lao-tse fueron preanunciados. No sólo la Biblia preanuncia la venida de Cristo, que nacería de una virgen1, que sería un varón de dolores entregado como expiación por las ofensas de su pueblo2, cuyo reino glorioso sería perdurable, de la casa de David. Todas estas predicciones, ¿de quién se decían, si no de Cristo?
El mismo mundo pagano habló de Cristo, antes de su venida. Tácito, hablando en nombre de los antiguos romanos nos dice que la gente se hallaba generalmente persuadida, basándose en las antiguas profecías, de que el Oriente había de prevalecer, y de que de Judea había de venir el Dueño y el Soberano del mundo. Suetonio, al relatar la vida de Vespasiano, da cuenta así de la tradición romana: “Hubo en todo el Oriente una antigua y constante creencia de que, con el apoyo de profecías indudablemente ciertas, los judíos habrían de alcanzar el sumo poder”.
La China se hallaba en el mismo estado de expectación, pero, debido a que se encontraba en la otra parte del mundo, creía que el gran Sabio había de nacer en Occidente. Los anales del Celeste Imperio contienen esta declaración: “En el año 24 de Chao Wang, de la dinastía de Cheon, el día 8 de la cuarta luna, apareció una luz por el lado del sudoeste que iluminó el palacio del rey. El monarca, sorprendido por tal resplandor, interrogó a los sabios. Ellos le mostraron libros en los que se indicaba que este prodigio significaba la aparición del gran Santo de Occidente, cuya religión había de introducirse en el país de ellos”.
Los griegos le esperaron, puesto que Esquilo, en su obra Prometeo, seis siglos antes de su venida escribió: “ No esperes que llegue un fin para esta maldición, hasta que venga Dios para tomar sobre su cabeza los dolores de tus propios pecados, a modo de expiación”.
¿Cómo sabían los magos de Oriente3que un día había de venir el Mesías? Probablemente por medio de las numerosas profecías que los judíos habían hecho circular por el mundo, así como por la profecía de Daniel a los gentiles, siglos antes del nacimiento del que había de venir.

El mismo poeta latino, Virgilio, en su cuarto libro de las églogas, habla de una “mujer casta, que sonríe a su hijito, con el cual la edad de hierro desaparecerá”.


Suetonio citó a un autor contemporáneo para indicar que los romanos tenían tanto miedo a un rey que había de gobernar el mundo, que mandaron matar a todos los niños nacidos aquel año. Y ésta fue una orden que nadie más que Herodes puso en ejecución.
No solamente los judíos esperaban el nacimiento de un gran rey, un sabio y un salvador, sino que también los filósofos griegos, Platón y Sócrates, hablaban del Logos y del sabio universal “que ha de venir”. Confucio hablaba del “santo”; las sibilas de un “rey universal”; el célebre dramaturgo griego, de un salvador y redentor que liberaría al hombre de la “maldición originaria”.
Por tanto, lo que separa a Cristo de todos los hombres es que ante todo fue esperado; incluso los gentiles sentían anhelo de un libertador o redentor. Este solo hecho ya le distingue de todos los demás jefes religiosos.
Otro hecho que le distingue de los demás es que, una vez hubo aparecido, fue tal el impacto que sobre la historia produjo, que la partió, diviéndola en dos periodos: uno antes de su venida y el otro después de ella. Esto no lo hizo Buda ni ninguno de los grandes filósofos de la India.
Un tercer hecho que le separa de todas las demás personas es el siguiente: cualquier otra persona vino a este mundo para vivir, mientras que Él vino para morir. Para Sócrates la muerte fue piedra de tropiezo, puesto que interrumpió su enseñanza. Mas para Cristo la muerte fue la meta y el cumplimiento del propósito de su vida. Pocas palabras o acciones suyas resultan inteligibles si no se hace referencia a su cruz. La historia de cualquier vida humana comienza con el nacimiento y termina con la muerte. Sin embargo, en la persona de Cristo, primero fue su muerte y luego fue su vida. Después de su muerte comenzó prácticamente todo. Comenzó a germinar su obra y su doctrina.
Terminemos la introducción con otra pregunta: ¿Sólo se trata de conocerlo o también de experimentarlo? Deberíamos hacer la experiencia profunda de Cristo. Llegar a decir de Cristo lo que alguien dijo: “Cristo es mi Dios, mi gran amigo, mi compañero, mi Padre, mi grande y único amor y la única razón de mi existencia. La vida con sus poderes, riquezas y vanidades ni me dice ni me interesa en nada por sí misma. Estoy seguro que nada me costaría dejarla, arrancármela si no tuviese a Cristo. Vivo porque su mirada, su amor, su doctrina y todo su ser me dan la razón suficiente y única para desear vivir; vivo con la ilusión y el afán de poder ofrecer una prueba de mi pobre amor entregándole todo mi ser libre y espontáneamente y porque quisiera poder hacer algo para lograr que otros muchos hombres crean en Él, lo conozcan, lo amen y gocen la inefable alegría de saberse sus hijos muy amados. La humanidad es desgraciada sólo en la medida en que no tiene a Cristo, incluidos aun aquellos hombres más poderosos y ricos y bien dotados de la tierra?” 4.
Siendo Jesús un personaje histórico, se le puede estudiar, como a todo hombre, desde las ciencias (historia, psicología, política, religión, etc.). El interés de las ciencias por Jesús surge a partir del testimonio que dan los cristianos. Las ciencias, por su mismo método, no llegan a preguntarse lo más esencial sobre Jesucristo. Tienen que aceptar otros puntos de vista.
El interés por Jesús de Nazaret no nace ni se agota con las preguntas que hacen los científicos. El interés por Jesús surge a causa de alguna enfermedad5, a causa de una amenaza de catástrofe6, a causa de inquietudes intelectuales7, a causa de de un deseo de superación8, a causa de un deseo de poder9. Pero también por otros motivos: al constatar que su doctrina es bella10, al ver las obras que realiza11; al ver la belleza del mismo Jesús12. Muchos se preguntan por el sentido de la vida, del sufrimiento, por la paz y el progreso, por el hambre y el respeto por los derechos humanos. A todas estas preguntas responde Jesús, pero con respuestas profundas. Y pide el cambio del corazón, para que después se dé el cambio de estructuras.
Estudiar a Jesús compromete, pues, en la evangelización, es decir, a llevar la experiencia de Cristo a otros. ¡Cuántos hay que no conocen o conocen mal a Jesucristo! Y pensar que Jesús es el más hermoso de los hijos de los hombres, por ser precisamente y misteriosamente el Hijo de Dios.
Y cuando todos conozcamos a Jesucristo, el Hijo de Dios Viviente, podremos disfrutar de la civilización del amor y transformar nuestro mundo desde dentro y desde sus cimientos. Habrá lo que tanto anhelamos: paz, libertad, igualdad social, progreso, amor y solidaridad, respeto a la vida, justicia. Todos tendremos pan, techo y vestido. Todos podremos mirarnos a los ojos y tratarnos como hermanos en la misma mesa.
Deseo que este libro llegue al corazón del lector, para que conozca más a Jesucristo, lo ame, lo imite y transmita su mensaje a quienes se encuentre por el camino de la vida.
El autor


CAPÍTULO PRIMERO

Jesucristo realmente existió
Hablar de Jesucristo es hablar de la esencia misma del Cristianismo. El Cristianismo implica principios filosóficos, pero no es filosofía; contiene principios éticos, pero no es una ética; posee principios sociales, pero no es un movimiento social. El Cristianismo es Cristo conocido, creído, amado, seguido y transmitido.
La historia, no sólo cristiana, sino también pagana, da testimonio de que Jesucristo realmente existió. Es de coherencia humana aceptar los hechos históricos. El seguir la doctrina y el mensaje de Jesús ya requiere, por una parte, fe y, por otra, voluntad de aceptación.
1. Jesucristo no es un mito. Existió realmente. ¿Existen algunos documentos históricos sobre Jesús de Nazaret?
Escritores paganos: a principios del siglo II se habla de los llamados “cristianos”, como aquellos que profesan la fe en Cristo, considerado como Dios. Así la carta que el historiador Plinio el Joven, procónsul de Bitinia, escribe en el año 112 al emperador Trajano que “los cristianos se reúnen un día determinado antes de romper el alba y entonan un himno a Cristo como a un dios”13. Está también Tácito que en sus Anales, hacia el año 115, habla del gran incendio de Roma, atribuido a Nerón en el 64, que culpaba a los cristianos de todo. Aquí está el texto: “Para hacer cesar esta voz, presentó como reos y atormentó con penas refinadas a aquellos que, despreciados por sus abominaciones, eran conocidos por el vulgo con el nombre de cristianos. Este nombre les venía de Cristo, el cual, bajo el reino de Tiberio, fue condenado a muerte por el procurador Poncio Pilato. Esta condena suprimió, en sus principios, la perniciosa superstición, pero luego surgió de nuevo no sólo en Judea, donde el mal había tenido su origen, sino también en Roma, a donde confluye todo lo abominable y deshonroso y donde encuentra secuaces” (15, 44)14 Suetonio, historiador del año 120, refiere que el emperador Claudio “expulsó de Roma a los judíos por promover incesantes alborotos a instigación de un tal Cresto” 15.
Escritores judíos: Flavio Josefo, historiador judío, en sus Antigüedades judías, escritas hacia el año 93-94, refiere que el “sumo sacerdote Anano acusó de transgredir la ley al hermano de Jesús (que es llamado Cristo), por nombre Santiago, y también a algunos otros, haciéndoles lapidar” (Antiquitates XX, 9, 1). Más explícito es otro pasaje: “Por aquel mismo tiempo apareció Jesús, hombre sabio, si es lícito llamarle hombre; puez hizo cosas maravillosas, fue el maestro de los hombres que anhelan la verdad, atrayendo hacia sí a muchos judíos y a muchos gentiles. Él era el Cristo. Y, como Pilato le hiciera crucificar por acusaciones de las primeras figuras de nuestro pueblo, no por eso dejaron de amarle los que le habían amado antes: pues Él se les apareció resucitado al tercer día después que los divinos profetas habían predicho de ël estas cosas y otros muchos prodigios sobre su persona. Hasta hoy dura la estirpe de los cristianos, que tomaron de Él su nombre” (Antiquitates XVIII, 3, 3).
Testimonios cristianos: Vienen recogidos en el Nuevo Testamento, conjunto de 27 escritos: cuatro evangelios, los Hechos de los apóstoles, catorce cartas de san Pablo, las siete cartas llamadas católicas (de Santiago, 1 y 2 de Pedro; 1, 2 y 3 de san Juan, y Judas Tadeo) y, finalmente el Apocalipsis. Hay que decir que el Nuevo Testamento no es un libro de historia. Es un conjunto de libros que contiene el anuncio del mensaje de la fe. Hay en él muchos datos históricos, más que en el resto de los libros no cristianos, pero lo más importante es la fe y la conversión. Por lo mismo, no podemos mirar estos libros con ojos de historiador, sino con corazón de creyente.
También hay otros libros cristianos que hablan de Jesucristo, pero no han sido recibidos por la Iglesia como auténticos y revelados. En ellos cuenta más que la fe y la historia la exageranción maravillosa, la admiración humana milagrera, las reflexiones particulares. A estos libros se les llama apócrifos.
Los evangelios son la fuente más importante sobre la historicidad de Jesucristo. Fueron escritos a la luz de la Pascua. Los redactores se sirvieron de documentos escritos anteriores, en una primera recopilación, e investigaciones personales, al tiempo que daban a sus escritos una propia intencionalidad teológica. Uno de estos documentos anteriores es la llamada Quelle (fuente en alemán) que recogía discursos y logia (frases cortas memorizables) de Cristo, existente ya en los años cuarenta, que fue utilizada por Lucas y Mateo. Otra fuente escrita es la conocida con el nombre de “triple tradición”, que recoge los hechos de la vida de Cristo, de la que dispusieron los tres sinópticos (Mateo, Marcos, Lucas). Disponemos de criterios válidos que nos permiten escuchar, si no las “mismas palabras de Jesús” (obsesión del siglo pasado), al menos el mensaje auténtico de Jesús y alcanzar unos hechos “sucedidos de verdad” que pertenecen a Jesús de Nazaret.
2. ¿Cómo era Palestina en tiempos de Jesús?
Primero, la situación política. Palestina estaba dominada por Roma. La cultura dominante del país era la judía, aunque también se hablaba el griego. Por tanto, era un país cruzado por varias culturas: hebrea, griega y romana. Roma respetaba bastante las particulares e instituciones de los pueblos que dominaban. Había un representante romano para gobernar, con una pequeña guardia. La vida de Jesús se desarrolla en el tiempo de los emperadores Augusto y Tiberio. Herodes el Grande es el rey de toda Palestina cuando Jesús nace. Herodes muere en seguida, dejando a sus hijos su territorio: Herodes Antipas hereda Galilea, y Arquelao Judea. En tiempos de Jesús había también judíos rebeldes, que lucharon por la independencia de Palestina, incluso con las armas. Entre ellos estaban Judas Galileo y los zelotas.
Segundo, la situación social. Palestina se componía de dos grupos sociales: los judíos habitantes en la misma Palestina y los paganos romanos. Había bastantes judíos que vivían en la diáspora, es decir, fuera de Palestina. Dentro del grupo judío había dos orientaciones desde el punto de vista religioso:
Los fariseos: era un grupo religioso al que pertenecían algunos sacerdotes, pero la mayoría eran laicos. Cumplían la ley de Moisés estrictamente. Respetaban las tradiciones (sábado, ritos purificatorios, oraciones, limosnas, diezmos, etc.) Estudiaban la ley de Moisés. Eran influyentes y respetados. Esperaban la futura llegada de un Mesías liberador político. Creían en la resurrección final. Deseaban la independencia de Palestina. No eran amigos de los romanos, aunque vivían con ellos.
Los saduceos: grupo religioso al que pertenecían las familias sacerdotales más importantes. Querían también la independencia, pero vivían sin grandes problemas bajo la dominación romana. Rechazaban las tradiciones orales judías. No creían en la resurrección. Eran ricos.
Otras clases sociales: Las grandes muchedumbres: sencillos, religiosos; los sacerdotes: cuidaban el templo y ofrecían sacrificios; los levitas: ayudaban a los sacerdotes; los guardias del templo: ponían orden dentro del recinto del templo; los escribas: maestros y abogados; los Ancianos: Sus decisiones eran determinantes; los esenios o monjes de Qumran: una especie de orden religiosa; los discípulos de Juan Bautista; los publicanos: unidos con los romanos; cobraban los impuestos; eran ricos y odiados; considerados como pecadores; no cumplían la ley ni las purificaciones; los herodianos: deseaban que la familia de Herodes se hiciera cargo del poder de Palestina; los zelotas: rebeldes y fanáticos contra la dominación romana; nacionalistas, patriotas, creyentes y violentos; querían una nación libre y gobernada en nombre de Dios.
3. ¿Cuáles eran las instituciones religiosas?
La fe israelita se resumía así: fe en un solo Dios, revelado a los Padres, contenida en las Escrituras; Fe en la elección del pueblo de Israel.
Estas son las instituciones religiosas en tiempo de Jesús:
Sanedrín: para asuntos religiosos. Senado compuesto por 65 miembros y presidido por el sumo sacerdote. Formado por sacerdotes, ancianos y escribas, con poder para juzgar y castigar a los que cometían faltas en materia religiosa. Para condenar a muerte necesitaba el permiso del representante romano.
Sinagoga: lugar de reunión de los judíos los sábados para rezar, leer o escuchar la Escritura.
Templo: es el centro de la vida religiosa nacional. Construido y mantenido con el aporte de los fieles. Allí se celebraban los sacrificios.
Fiestas religiosas: El Sábado, que empezaba ya el viernes por la tarde y en el que todo trabajo estaba prohibido terminantemente. La Pascua: fiesta principal que recuerda la liberación de Egipto. Pentecostés: fiesta de la Alianza realizada en el Sinaí entre Dios e Israel. Tabernáculos: acción de gracias por las cosechas y frutos. Día de la Reconciliación: perdón de los pecados de todo el pueblo. Dedicación del templo: aniversario de la dedicación del templo hecha por Judas Macabeo.
Jesús, ¿que relación tenía con estas instituciones sociales, politicas y religiosas? Podemos decir lo siguiente: Jesús era de nacimiento judío. Pertenecía a la clase media baja, por su oficio de artesano. Vivía en una provincia, Galilea. No era de familia sacerdotal. No se manifiesta en él ninguna opción política ni a favor ni en contra de Roma. Habla y se relaciona con hombres de todas las clases sociales: sacerdotes, fariseos, saduceos, pobres, publicanos, prostitutas, enfermos, pescadores, soldados romanos, etc. Desde luego no era esclavo ni mendigo ni jornalero.
CONCLUSIÓN: Que Cristo existió realmente pertenece a la doctrina de la fe, como también pertenece a la fe que Cristo murió realmente por nosotros y que resucitó al tercer día. Ahora bien, la fe en Cristo no es la creencia en un ser atemporal del que hayamos tenido noticia por una experiencia mística, ni, menos aún, es la creencia en un mito o en un símbolo. Nuestra fe en Cristo es fe en una Persona -el Hijo eterno del Padre- que, en un momento preciso de nuestra historia, “se encarnó por obra del Espíritu Santo de María Virgen, y se hizo hombre...” (Concilio I de Constantinopla, a. 381, Symbolum (DS 150). Es, pues, fe en un hombre singular y concreto. Es más, la existencia de Jesús es también un hecho probado por la ciencia histórica, sobre todo, mediante el análisis del Nuevo Testamento cuyo valor histórico está fuera de duda. Cabe también mencionar algunos testimonios antiguos no cristianos sobre la existencia de Jesús, como ya vimos en este capítulo. En el siguiente capítulo ahondaremos más en esto.
CAPÍTULO SEGUNDO

Los Evangelios nos remontan al Jesús histórico
Asegurada la existencia de Jesús, es preciso cuestionar cuál es el auténtico Jesús, dónde descubrirlo. ¿Hay un solo Jesús o varios? Los Evangelios son camino para un encuentro con el Jesús verdadero, pues son la fuente principal para conocer a Jesús. Ahora bien, los Evangelios no son una biografía en el sentido moderno. Son, en realidad, una recopilación del mensaje y los hechos fundamentales de Cristo, escritos para comunicar la fe en Él. Estos hechos y estas palabras de Cristo, antes de ser puestos por escrito a principios de los años sesenta por los sinópticos y el año cien por Juan, la comunidad primitiva cristiana los había transmitido en su liturgia y en su predicación.
En los Evangelios encontramos una verdadera historia de Cristo: “La Santa Madre Iglesia ha sostenido y sostiene con firmeza que los cuatro Evangelios referidos -cuya historicidad afirma sin duda alguna- transmiten fielmente lo que Jesús, Hijo de Dios, hizo y enseñó efectivamente durante su vida entre los hombres, para su salvación eterna hasta el día en que fue levantado al cielo”16.
Los problemas que tenemos que solucionar son éstos: ¿El Cristo judío real histórico es el mismo Cristo que el predicado por los apóstoles y la fe de la Iglesia? ¿Los Evangelios son narraciones históricas o son invenciones de los que conocieron a Jesús? Leyendo los Evangelios, ¿nos acercamos al verdadero Jesús histórico?
Se han dado muchas soluciones desde el campo protestante, pero algunas terminan diciendo que el Cristo histórico no es el mismo que el Cristo predicado por los apóstoles y que nos muestran los Evangelios. El teólogo protestante más influyente llamado Bultmann dice que no interesa el Jesús histórico, sino el Jesús de la fe. Interesa, dice, el mensaje de Jesús; lo demás es mito inventado por los apóstoles: nacimiento virginal, milagros, resurrección, etc.
Dada la importancia de esta cuestión, diremos lo siguiente, tratando de encontrar la parte de verdad y de error que se esconde detrás de estas posiciones.
1. Los Evangelios transmiten al verdadero Jesucristo.
Los hechos que narran eran conocidos de todos; bien por haberlos visto personalmente, bien por haberlos oído a quienes los vieron. No pudieron, por tanto, desfigurar nada de la realidad. En este caso hubieran sido desmentidos, y no hay huella alguna de rectificaciones. Si los evangelistas hubieran dicho lo que no es verdad, sus Evangelios hubieran sido rechazados por aquella generación que fue testigo de los hechos. No existe ningún documento que muestre este rechazo.
En cambio los evangelios apócrifos, que carecen de rigor histórico, fueron comúnmente rechazados. Son relatos fantasiosos e inverosímiles. Contienen errores en la geografía de Palestina, y les falta fidelidad al marco histórico. Estos evangelios nunca han sido aceptados por la Iglesia, por no estar contenidos en el Canon de Muratori que es una lista de los libros inspirados que hizo la Iglesia en el siglo II.
Los datos que dan los Evangelios sobre la geografía del país, situación política y religiosa, sobre las costumbres, concuerdan con lo que sabemos de todo esto por otras fuentes. Además, los evangelistas murieron por defender la verdad de lo que decían; y nadie da su vida por lo que sabe que es mentira.
Aparte de que como están inspirados por Dios no pueden equivocarse ni mentir. El Concilio Vaticano II dice que la Biblia entera está inspirada por Dios17. Y san Pablo: “La Escritura está inspirada por Dios” 18.
Los Evangelios son, en realidad, catequesis y testimonio de fe de personas que creen en Cristo y que quieren comunicar la fe que tienen. Fueron escritos a la luz de Pascua.
El que los Evangelios sean un testimonio de fe no significa que no encierren un verdadero contenido histórico. Afirmamos con la Iglesia que en el origen de los Evangelios se encuentran los hechos y las palabras de Jesús. Pero estas palabras, hechos y sucesos de su vida han pasado a nosotros, a nuestros Evangelios a través de varios medios o procesos:
Primero: Cristo no escribió nada, sólo predicó la Buena Nueva.

Segundo: la primera actividad de los apóstoles después de la ascensión de Cristo es proclamar oralmente esa Buena Nueva de Jesús. Una vez muerto Jesús, una vez que ha resucitado, sus discípulos predican que en Él, en sus palabras y en su vida, se ha dado la salvación para todos los hombres. Predican lo que ellos habían visto y oído, bajo la luz de la resurrección y Pentecostés. También acudieron al Antiguo Testamento para comprender mejor todo lo referente a Jesús. Y al transmitir los dichos y hechos de Jesús tuvieron en cuenta las circunstancias de sus oyentes, con las consecuentes variantes.

Finalmente, se comienza una recopilación y una fijación escrita de palabras, hechos y sucesos de la vida del Señor, que contaban los discípulos para suscitar la fe. A la colección amplia de las palabras de Jesús se denomina “fuente Q”. Cada escritor sagrado seleccionó el material que le convenía para los destinatarios de su obra. Los evangelistas no se proponían principalmente “narrar” una historia de Jesús, sino fundar la fe de sus destinatarios. Marcos realiza un esfuerzo de síntesis de todos los materiales y los ordena dentro de su evangelio. Mateo y Lucas se aprovechan de este esquema de Marcos y lo completan, adjuntando otros materiales de que disponían. Lo mismo hace el evangelista Juan.
Saquemos unas conclusiones importantes:
En la lectura de los Evangelios se transmite el verdadero rostro de Jesucristo. Una lectura meditada, creyente, en unión con Jesucristo y en la caridad fraterna, da un conocimiento profundo y verdadero de Jesús.
Es necesario estar en permanente contacto con los escritos del Nuevo Testamento para redescubrir el rostro de Jesucristo: sus dimensiones humanas y divinas. Este permanente contacto es necesario para no hacer de Jesús un mito; no idealizar y desencarnar la imagen de Jesús; no dejarnos captar por ideologías; reencontrar la unidad en la misma fe; no hacer de Jesús un ideal puramente humano; no conformarnos con nuestras proyecciones y deseos; encontrar el camino hacia Dios, sin perder al hombre.
Cuando se lee el Evangelio, uno se da cuenta de que existen textos de muy diferentes categorías: unos narran la infancia de Jesús, otros su actividad en Galilea; otros narran palabras que Jesús dijo, otros narran hechos, enseñanzas, la pasión o la resurrección. Lo importante es que todos los textos dependen de Jesús, se refieren a Jesús. Ahora bien, unos dependen de Jesús directamente, otros actualizar o interpretan los hechos o dichos del Señor. Pero todos son necesarios para el conocimiento histórico de Jesucristo.

¿Por qué hay semejanzas y diferencias? Cada evangelista nos transmite, junto con su historia, su propio interés, sus acentos, sus aspectos personales o culturales. Pero es indudable que existe una fundamental identidad respecto a la Persona de quien hablan e incluso de los sucesos que narran. Por eso, para encontrar la verdadera imagen de Jesucristo no se puede elegir un texto y rechazar otros. Tampoco se pueden despreciar los textos que no coinciden con mi manera de ver las cosas. Se han de tener todos en cuenta, si bien es posible hacer una distinción dado el carácter del texto que se trate. Es como sacar una fotografía desde diversos ángulos de vista.


¿Por qué algunos hoy quieren negar la historicidad de los Evangelios, siguiendo la escuela protestante de Bultmann? Hoy nadie se preocupa del problema de la historicidad del Corán (al fin y al cabo el Corán es una recopilación ecléctica de doctrinas, y Mahoma, que pretendió tener una revelación divina no la justificó nunca por milagros); y, sin embargo, muchos se preocupan por la historicidad de los Evangelios. El motivo es claro: las otras religiones no tienen la originalidad del cristianismo. El cristianismo se presenta como Dios entre nosotros, como Dios mismo encarnado para redimirnos de las grandes impotencias que pesan sobre la humanidad: el pecado, el mal y la muerte. Es la doctrina de la comunión fraterna en Cristo; por eso es por lo que se le persigue, por eso es por lo que muchos tienen que dar cuenta de él. Como decía Daniélou, la causa última de la persecución al cristianismo reside en su suprema belleza, en la belleza que irradia de la verdad.
2. ¿Hay algunos criterios de historicidad de los Evangelios? 19
Criterio de múltiple fuente: cuando un dato evangélico lo encontramos en las diferentes fuentes que componen los Evangelios, tenemos la certeza de que se trata de un dato histórico.

Criterio de discontinuidad: cuando un dato es totalmente contrario a la mentalidad de la comunidad primitiva, no se puede decir que sea ésta la que lo ha inventado. P.e. el título de “Hijo del hombre”, ni lo utilizó ni lo entendió, ¿cómo entonces lo podía inventar ella?

Criterio de conformidad: todos los exegetas están de acuerdo en que es un dato histórico la predicación de Jesús de la llegada del Reino. Es el núcleo de su mensaje.

Criterio de explicación necesaria: debemos admitir como histórico un dato que aparece como explicación única de una serie de acontecimientos evangélicos y sin el cual tales acontecimientos quedarían sin explicación. P.e. o Cristo instituyó la eucaristía o no se entiende que en todas partes y desde el principio se celebre la eucaristía en el seno de la Iglesia.



Criterio del estilo propio de Jesús: todos los exegetas están de acuerdo en que Jesús tenía un estilo personal, un estilo hecho de una innegable autoridad: “Pero yo os digo”, y una inaudita sencillez, que hace que rompa todos los esquemas, tratando preferentemente con los niños, los enfermos, las mujeres, los pecadores.
Concluimos este apartado diciendo que los criterios aquí expuestos han de usarse en conjunto. Sólo así dan luz y seguridad. Cuando leemos los Evangelios escuchamos, si no las misma palabras de Jesús (obsesión del siglo pasado), al menos el mensaje auténtico de Jesús para nuestra salvación eterna.
3. ¿Qué dice la fe de la Iglesia?
Sin la adhesión de fe no se da un conocimiento adecuado de la Persona y obra de Jesús de Nazaret. Los Evangelios son los únicos testimonios válidos, incluso desde el punto de vista histórico. Para escribir estos textos fue necesaria la fe. Para comprenderlos es necesaria también. Esta adhesión de la fe tiene algunas importantes características:
Está provocada por el Espíritu Santo. Para conocer a Jesús, Dios y hombre, necesitamos la luz del Espíritu, pues es un misterio. Dios, no sólo se nos propone desde la historia, sino que desde dentro de nosotros está obrando para abrirnos al testimonio histórico en toda su riqueza y amplitud.
La adhesión de la fe no termina ni en Jesús ni en el Espíritu, sino en el Padre. La cristología debe ser fundamentalmente trinitaria. Jesucristo nos lleva al Padre. Dios, del que nos habló Jesús, es su Padre.
La adhesión de la fe tiene una dimensión comunitaria y eclesial. Fuera de la Iglesia no hay un verdadero, permanente, recto y total conocimiento de Jesucristo. Los que se separan de la Iglesia terminan, tarde o temprano, con una figura de Jesús borrosa e inexacta. Aunque el Espíritu no está encerrado en los límites de la Iglesia institucional y sopla donde quiere, también es cierto que ese Espíritu orienta a la Iglesia, la ilumina, la llama a la unidad en la caridad. ¿Qué puesto tienen los movimientos dentro de la Iglesia en la presentación del rostro de Cristo? Si están unidos al Papa y a los obispos, presentarán el verdadero rostro de Cristo; si no, harán nacer tensiones y dificultades y terminarán en la disolución.
CONCLUSIÓN: Los Evangelios son un don de Dios al mundo, son un regalo que sólo pide manos generosas que lo reciban y lo abran, corazón creyente que lo acoja, boca sincera que lo transmita y pies ágiles que lo lleven por doquier, para que todos puedan conocer, admirar y compartir el amor y la belleza de Jesucristo, el Hijo de Dios Vivo.
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