Querida amiga



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Querida AMIGA,

Querido AMIGO


Me pides que escriba algo sobre la vida contemplativa “un desafío para nosotros” me dijiste.

Y aquí me tienes. Pero quizás no conteste a tu pregunta, puesto que sólo puedo decirte algo sobre mi vida en la Trapa. Estoy en el monasterio desde 1966, Viviendo una vida que es bien difícil de explicar.

Difícil por dos razones. La primera es que estaría dirigiéndome a personas que viven en un mundo donde la cultura del “útil lo más pronto posible” es la dominante. ¿Cómo pueden entender por qué unos cuantos hombres o mujeres se retiran en un monasterio y no hacen nada útil para la sociedad?. No tienen colegios, no tienen hospitales, no hacen catequesis...
¿Cómo explico quiénes somos a estas personas del siglo XX, pendientes del éxito, de lo útil, de lo inmediato?...
Francamente preferiría callarme, quedarme en el silencio de la Trapa, estar frente al Dios insondable, con todo el mundo dentro, con todas las caras conocidas y desconocidas dentro, ofreciéndome - hecha humanidad – a la mirada misericordiosa de Dios que hace nuevas todas las cosas... y dejar que cada uno piense lo que quiera de estos hombres o mujeres que tienen que ser un poco locos para salirse así del mundo.
Pero, me pediste rezar, antes de decirte que no. Y... aquí me tienes:
¿Por qué un monasterio? ¿Por qué los monjes? ¿Por qué las monjas?
Desde siempre existen estas personas que no se conforman con la sociedad en que viven y parten. Salen. Van. Y se unen en grupos de pocos o muchos para vivir de una manera distinta.














Desde siempre Jesús junta a hombres o mujeres, para que viviendo juntos – amasados por la persona misma de Jesús - digan con su vida que es posible vivir ya desde ahora la paz y la alegría de personas resucitadas. Que es posible vivir toda una vida guiados por el Evangelio, tratando de ponerse al servicio unos de otros, tratando de obedecerse unos a otros por amor.
Jesús es el eje de la existencia del monje. Desde esta fuente sacamos la fuerza para ser en Él adoradores del Padre y obedientes servidores de los hermanos.

Nada especial, como ves. Cada cristiano está llamado a esto. Sólo que los monjes tratan de vivirlo radicalmente y juntos en un monasterio.



Jesús es el corazón del monasterio: todo vive y está en función de la persona viva de Jesús. Cada monje - a quien Jesús ha llamado por su nombre- adhiere a Él, a su misterio de muerte y resurrección.

Cada monje recibe del mismo Jesús, la fuerza para convertirse día tras día en imagen y semejanza de Él y vivir junto a sus hermanos la experiencia de ser Iglesia: cuerpo vivo de Jesús hoy.


La oración es por eso mismo la expresión de esta unión personal con Jesús: rezamos todos juntos con el Oficio Divino siete veces al día, cantando, can­tando, cantando. Cuando tenemos ganas y cuando no las tenemos. Cantamos en la noche, a las 4 de la madrugada. Cantamos las alabanzas al amanecer y después a lo largo de nuestro día de trabajo para volver y volver, y siempre decirle a Dios que estamos felices que El sea Dios y que nosotros seamos “nosotros”, pobres y pequeños, pero salvados por su misericordia.

Hasta que al terminar el día nos recogemos en los brazos de María, siempre cantando, para que nos cuide en la noche y nos entregue al nuevo día, nuevamente a la alabanza.


Y rezamos en nuestro corazón: a solas en la Capilla. A solas en el campo, a solas en el trabajo. A solas paseando, mirando un árbol, una flor, una puesta de sol.


















Estamos llamados a rezar continuamente y lo vamos aprendiendo poco a poco, permaneciendo largos ratos en la oración silenciosa y alimentados con la Eucaristía y la Palabra de Dios


Hay momentos en que pasamos puro leyendo la Palabra (Lectio divina), sea directamente en la Biblia, sea en los Padres de la Iglesia o del monasterio. A veces una media hora, a veces más horas. A veces nos quedamos rumiando lo que hemos leído.

La Palabra se hace viva y vida dentro de uno.


Llevamos vida común: todo lo tenemos en común de manera que nadie puede decir de alguna cosa “es mío”.
Trabajamos. Trabajamos para vivir: es nuestra manera de ser pobres. Puedes encontrarme, si vienes al monasterio, lavando un baño o preparando una comida en la cocina, o envasando mermelada, o cosechando duraznos en el huerto.
Trabajamos allí donde la obediencia nos manda trabajar hoy: mañana puede ser en otra parte.
Siempre nuestro trabajo es manual, siempre es la experiencia de una libertad y dignidad que coopera directamente con Dios en la creación y redención.

Siempre nuestro trabajo es vivido “fuera del mundo” Bueno, es que queremos trabajar a la manera del Evangelio, y por eso creamos las estructuras que queremos, para que expresen ese deseo. Y también porque mientras trabajamos continúa nuestra búsqueda de permanecer unidos a Jesús ¿Cómo podríamos hacerlo en ambientes donde se habla todo el día? ¿Donde no se vive sin música ambiental? ¿Don­de no te permitirían interrumpir el trabajo después de tres horas para correr a la Capilla y decirle a Dios que Él es el más importante?.

















Si, necesitamos vivir separados del mundo para ser nosotros mismos y poder llevar de veras a todo el mundo dentro del corazón.
La experiencia contemplativa más viva se desarrolla entonces en la soledad y el silencio de la humildad: es la experiencia de la misericordia y el perdón recibido a cada instante por tu Iglesia, que te ama y te transmite el amor salvador del Hijo.

La experiencia contemplativa se hace experiencia de ser hijo en el Hijo, misericor-dia en la Misericordia, perdón en el Perdón.




Y es fiesta. Quizás la fiesta que celebró el padre del hijo pródigo.

Y es reposo. Quizás el reposo de Jesús en el sepulcro el sábado Santo.


Y es espera. Quizás la tranquila espera que experimentó el apóstol San Juan y que lo maduró hasta la ternura extrema: “hijitos míos ámense unos a otros...”

Amiga querida, amigo querido, creo que te enredé un poco las cosas. Es que es difícil explicar quienes somos: locos por Cristo, podría sintetizarse. O rebeldes de Cristo, o tomados por Cristo.

A mí me gusta pensarme como... una mujer cualquiera que se siente sumamente amada por Jesús y por eso mismo, dispuesta a adherir a El, desde la pobreza de mi corazón.

Creo que no entendiste nada. No importa. A mí me importa vivir... incluso para tí.



Con amor



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