Reflexiones sobre el padre nuestro



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REFLEXIONES SOBRE EL PADRE NUESTRO

Autor: Juan Solé

(Transcripción de José Manuel Pulido)

Conviene hacer una introducción a la oración en general, al iniciar estas reflexiones sobre el Padre Nuestro ya que es considerada la “oración” por antonomasia.


El Padre Nuestro es una oración. Jesús dice a sus discípulos: “…vosotros pues, ORAREIS así. Padre Nuestro…” (Mt. 6:9).
¿Debe repetirse tal cual? ¿Es un modelo de oración? ¿Qué diferencia hay entre oración, ruego, súplica, petición, adoración, alabanza? ¿Qué es “el rezo”? ¿Debe “rezarse” el Padre Nuestro? Vamos a pensar en todo esto.
“Orar”, es hablar. Orar a Dios, es hablar a Dios. “Pasó la noche orando (hablando) a Dios” (Lc. 6:12).
“Exorar”, es pedir algo insistentemente con súplica. Súplica tiene que ver con plegar (de ahí “plegaria”).
“Rogar”, del latín rogare, es preguntar.
He. 5:7 dice de Cristo: “Que en los días de su carne, ofreciendo ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas, al que le podía librar de la muerte, fue oído por su temor reverente”.
¡Ya en esta misma introducción comenzamos a pisar “terreno sagrado”!

Getsemaní y el Calvario, son las escenas culminantes del drama mesiánico:




  • En Getsemaní, es la súplica:

“Se apartó de ellos (los discípulos) y puesto de rodillas (plegado) oró diciendo: Padre, si quieres pasa de mí esta copa, pero no se haga mi voluntad sino la tuya” (Lc. 22:41). Es la “oración” suplicatoria, es la “plegaria” que fue oída, pero no atendida, hasta que fue consumada (Jn. 19:30) la voluntad del Padre.




  • En el Calvario, es el ruego (la pregunta)

“Cerca de la hora novena, Jesús clamó a gran voz, diciendo: ¿Elí, Elí, lama Sabactani? Esto es: Dios mío, Dios mío. ¿Por qué me has abandonado?” (Mt. 27:46). Es el ruego (la pregunta). Hebreos nos dice que con gran clamor y lágrimas. Nada se nos dice de las lágrimas en el relato de la pasión, pero es deducible de la situación en Getsemaní y en el Calvario.


En Getsemaní se inició un cuadro depresivo que alcanzó gran magnitud. “Comenzó a entristecerse y a angustiarse en gran manera y dijo: mi alma está muy triste, hasta la muerte” (Mt. 26:37). Con esa angustia, “estando en agonía oraba más intensamente y su sudor era como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra” ¡Las lágrimas y la exudación! (Lc. 22:44).
En la Cruz del Calvario, el Señor había sido azotado en su cuerpo (Mt. 27:26), le habían golpeado en la cabeza con un palo (Mt. 27:30), y le habían dado bofetadas (Mr. 14:65). En estas condiciones el “ruego” (la pregunta) que hace con gran clamor, lleva la oferta inerente de sus lágrimas.
El último acto del Señor fue una corta e intensa oración; “Jesús, clamando a gran voz dijo: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y habiendo dicho esto, expiró”
Hubo ocasiones en la vida del Señor en las que “se regocijaba en el Espíritu y dijo: yo te alabo, oh Padre, señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y de los entendidos y las revelaste a los niños” (Lc. 10:21). La noche antes de la elección de los doce apóstoles, “fue al monte a orar y pasó la noche orando a Dios” (Lc. 6:12). Así pues, en el “gozo”, en la “angustia”, el la “acción”, el Señor oraba al Padre, “decía cosas” al Padre.
Era su oración, a solas, ya en el monte, ya en la Cruz, ya en la agonía, ya en la vida activa, o delante de sus discípulos (Juan 17) como asimismo delante de la multitud “Padre, gracias te doy por haberme oído. Yo sabía que siempre me oyes, pero lo dije por causa de la multitud que está alrededor para que crean que Tú me has enviado” (Jn. 11:41-42).
El Señor Jesús fue un hombre de oración. Aún ahora “vive siempre para interceder por nosotros” (He. 7:25). Pero también fue un Maestro en la oración. Lc. 11:1, explica con sencillez cómo se inició esta asignatura entre los discípulos: “aconteció que estando Jesús orando en un lugar, y cuando acabó, uno de sus discípulos le dijo: Señor, enséñanos a orar, como también Juan enseñó a sus discípulos”.
La oración breve, compendiosa, era una antigua costumbre judía. Había oraciones, recitaciones, cánticos que “quedaban” como definitivas, a punto para ser usadas. Algunas fueron preceptivas a nivel nacional. Así es la “Shemá”: “Oye Israel, Yahweh nuestro Dios, Yahweh, uno es, y amarás a Yahweh con todo tu corazón, con todas tus fuerzas”. Además, esta recitación tenía un contenido teológico y ético de primer orden.
Vemos en los evangelios que era así en la experiencia del pueblo. Por ejemplo, los cánticos de Moisés, o de Ana, o de Débora. El canto de Ana, es repetido en el momento de la anunciación, por María (Lc. 1:46-55, cp. 1 Sam. 2:1-10).
Así podemos citar a los Salmos en general. Son cánticos, oraciones a Dios, meditaciones personales (algunos ambas cosas). Unos tienen un énfasis en la adoración al Creador. Algunos proféticamente relacionados con el Mesías, fueron citados parcialmente por el Señor en la Cruz. “Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?” (Sal. 22:1) o “en tus manos encomiendo mi espíritu” (Sal. 31:5).
Podemos decir que la oración, así como las recitaciones piadosas, las meditaciones íntimas, estaban estrechamente vinculadas a la Palabra de Yahweh, y ésta era intercalada en la oración y en la vida de los judíos.
Juan el Bautista, había sido formado junto a un buen maestro: su padre Zacarías, quien “lleno del Espíritu Santo, cantó una profecía diciendo: Bendito el Señor Dios de Israel” (Lc. 1:67-69), de gran contenido teológico y revelador. Es muy posible que fuese así la oración que Juan enseñase a sus discípulos.
Ahora uno de los discípulos dice al Señor: “Enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos” ¡Y Jesús les enseñó EL PADRE NUESTRO!
Pero, esta pieza maestra de la oratoria devocional hombre – Dios, posiblemente la expuso en otras ocasiones, cuando no hablaba sólo a los discípulos, sino a la multitud, como en Mt. 6:5-15, donde enseña no sólo el sagrado texto del Padre Nuestro, sino acerca de la manera, la intención, la oración y aún cómo NO ser en la oración, y también los efectos públicos de la oración privada:
“… cuando ores, ….no seas como los hipócritas (comediantes) … para ser visto, MAS TU…”, “y orando, NO uséis vanas repeticiones como los gentiles, QUE PIENSAN QUE por su palabrería serán oídos”.
Otras “formas de repetición” son las cuentas ensartadas del rosario o las maquinitas giratorias de oración orientales. Incluso otro mal uso del Padre Nuestro se realiza cuando el confesor lo impone al penitente como “penitencia” para satisfacer el pecado o para preservación de él.
Hemos de preguntarnos: ¿Cómo podía Jesús orar toda la noche sin hacer vanas repeticiones? La respuesta es que TENÍA MUCHAS COSAS QUE DECIRLE AL PADRE. Esto debiera hacer que nos preguntemos: ¿Tenemos algo que decir a Dios? ¿Mucho?, ¿Poco? o ¡Nada!
Hacer nuestra oración, meditación, reflexión, DELANTE de Dios, sentirse delante de Dios, nos libera del trabajo de aparentar.
Orar …. En tu Cámara……….. Mt. 6

En tu hogar………….. 1ª Pd. 3:7

Tu estilo de vida…….. 1ª Pd. 4:7
Hemos hecho una introducción general a la oración, y de igual modo haremos algo parecido acerca del Padre Nuestro, unas consideraciones textuales previas:
Hay dos textos. El del evangelio de Mateo, cap. 6, y el del evangelio de Lucas, cap. 11.
Cuando leemos estos textos, observamos algunas diferencias en los conceptos y en la extensión. ¿Cuál es el texto más antiguo? ¿Cuál es el más autorizado? ¿Qué razones hay para estas diferencias?
En la introducción, ya notamos que el relato de Lucas sitúa el texto del Padre Nuestro a partir de una petición que uno de los discípulos le hizo en nombre de todos: “Enséñanos a orar….”, pero el texto de Mateo, nos sugiere que evidentemente el momento no es el mismo, y que puede tratarse de una de las muchas ocasiones en las que “anunciando el reino de los cielos”, incluía factores doctrinales y devocionales, referidos a la relación del hombre con su prójimo y con su Creador.
Esto es suficiente para confirmar que haya un texto diferente (que no divergente) que ha llevado a los traductores a la máxima identidad textual dentro del margen que para ello dejan los manuscritos más universalmente autorizados.
Con todo, conviene dejar claro, que estas reflexiones sobre el Padre Nuestro, atienden al espíritu de un contenido, cuyos términos recogerían su inequívoco sentido de muchas otras partes de la revelación, aunque se le negara la autoridad de ser un “logoi” de Jesús de Nazaret.
La conclusiones o dictámenes de los especialistas, siempre tiene que llegar a la conclusión de que el Padre Nuestro se remonta a Jesús, y toda la intención provisora de esta oración está claramente expresada en los términos concretos de su mismo contenido. Así, estas reflexiones responden a la vez a una intención teológica, devocional y práctica, ceñidas a toda la amplitud textual de su breve pero inestimable contenido.
PADRE NUESTRO QUE ESTAS EN LOS CIELOS

Padre

Es muy amplia la referencia, tanto en las religiones orientales antiguas, como en Grecia y en Roma, a la figura del “padre” y a la idea de “paternidad” relacionada con los dioses, principalmente por el predominio conceptual de venir, todos de un linaje trascendente.


En el antiguo Ugarit, el dios EL, es el padre del género humano. En Babilonia es SIN (el hijo de la luna) el padre y creador de los dioses y los hombres. También en la antigua Grecia ZEUS es el “padre de los dioses y los hombres”. En Egipto, la paternidad de dios gravitaba muy especialmente sobre la persona del Faraón.
Aunque estas diferentes religiones quedan muy distanciadas del monoteísmo bíblico, manifestado en términos reveladores a la mente humana, que puede percibir su coherencia teológica y la altura espiritual en la que emplaza la responsabilidad del ser humano y la sublimidad de sus presupuestos morales. Con todo, todas utilizan esta figura del padre, que lleva implícita la autoridad, e induce a la sumisión y a la dependencia.
Ideas casi idénticas hallamos en Platón, que elabora la idea de paternidad, para relacionar a Dios, como padre universal, con la totalidad del Cosmos. También un estoico como Epicteto, enseña que: “La autoridad de Dios como Padre domina el Universo. El es el “creador”, “padre” y “sustentador” del hombre, que tiene con él una relación filial”. Así también, el esoterismo y el gnosticismo antiguo, en el que Dios, es el primer Padre.

Pero lo que nos importa es considerar cómo la figura del padre y la relación subsecuente del hombre como “hijo”, está en el Antiguo Testamento. La palabra “ab” o “abba” está más de 1.000 veces con el sentido familiar, mientras que solo unas 15 veces tiene una connotación religiosa. Así por ejemplo se proponen comparar con la figura o las actitudes de un padre terrenal:


Sal. 103:13 “como el padre se compadece de los hijos, así Yahweh se

compadece de los que le temen”.

Pr. 3:12 “porque Jehová al que ama castiga, como el padre al hijo

a quien quiere”.

Dt. 1:31 “en el desierto has visto que Yahweh tu Dios te ha traído

como trae el hombre a su hijo, por todo el camino…”


La descripción de Dios como Padre, en el Antiguo Testamento, se refiere sólo al pueblo de Israel. NO hay referencia alguna de parentesco universal.
Dt. 32:6 “¿no es Yahweh tu padre que te creó? Él te hizo y te estableció.

Is. 63:16 “pero tú eres nuestro Padre, si bien Abraham nos ignora e

Israel no nos conoce tú, oh Yahweh, eres nuestro Padre.

(Aquí la idea se expresa en una plegaria).

Jer. 31:9 Culmina con un mensaje profético de consolación a Israel

diciendo de parte de Dios: “Irán con lloro, mas con

misericordia os haré volver…porque YO SOY a Israel

por Padre”. Aquí no hay analogía, es declaración esencial;



asume el mismo valor de la paternidad, vinculado al “YO SOY”
El pueblo, sólo en ciertos momentos supo entender, y no todos, la gravedad de esta declaración. En el Nuevo Testamento (Jn. 8:31-43), esta esencia tiene el trasfondo de los pasajes del Antiguo Testamento.
De un lado, dice el Señor (v.37) “descendientes de Abraham sé que sois”. Ellos afirman: “nuestro padre Abraham” (v.39). Este concepto se sostenía desde una base veraz e histórica, pero con una actitud orgullosa. Más adelante Pablo en Ro. 4:1 llama a Abraham “nuestro padre”. Pero la esencia está en Juan 8, “No somos nacidos de fornicación, un PADRE tenemos que es Dios”. El fondo de esta declaración está el texto de Jeremías 31:9 al que hemos aludido anteriormente.
La verdad de la revelación puede ser, y es devaluada, por el incomprensible orgullo humano. Ya unos 400 años antes, Dios había rechazado esta hipócrita aseveración de los guías de Israel: “El hijo honra al padre y el siervo honra a su señor. Si pues SOY YO Padre, ¿dónde está mi honra? (Mal. 1:6).
Bien, una cosa queda evidente, y es que la diferencia básica entre la idea de las antiguas religiones orientales, de los países vecinos a Israel como hemos visto en Grecia, etc, y la revelación bíblica, es que aquellas se entendían en sentido biológico y mitológico, mientras que en la revelación bíblica, tiene que ver con la salvación. En aquellas surge sumisión o dependencia, en esta, responsabilidad moral, ante la misericordia de Dios.
Ser “hijo de Dios” no es un estado natural, sino que es condición que se adquiere o recibe, y aún crece, en relación con la actividad redentora de Dios: aquellos a quienes “se les dio potestad de ser hechos hijos de Dios”, no lo son por ninguna condición de base biológica, ni aún racial, no por ser hombres, nacidos en el general cauce de procreación ordenado por Dios, sino por haber recibido el supremo mensaje de la manifestación de Dios en Cristo. (Leer Juan 1.12-13).
Cuando llegamos al Nuevo Testamento, la definición de esta paternidad, se amplía en extensión y sentido. Basta con pasar la mirada por las columnas de una concordancia y se aprecia que “Padre”, no es una mera aproximación en sentido secular (160 veces), y se usa unas 250 veces en sentido espiritual (180 veces por el Señor Jesús y 70 en el resto del N.T.).
Esta abundante presencia del término, nos señala una voluntad clara de Dios, en cuanto a nuestro conocimiento teológico fundamental. Observemos que Jesús nunca llama a Dios “Padre de Israel”; en los evangelios llama a Dios “mi Padre”, y también llama a Dios “vuestro Padre”. Esta condición reiterada, no es meramente pedagógica sino afirmativa de una voluntad, cuya vigencia, el mismo Jesucristo reitera enfáticamente ¡después de la resurrección¡ (Jn. 20:17):
“…subo a MI Padre y a VUESTRO Padre, a MI Dios y a VUESTRO Dios”.
Cuando de una manera tan clara e insistente, Jesús llama a Dios “su Padre”, está basándose en una revelación única dada arriba en la incomparable situación de Hijo (Mt. 11:25-27). “Todas las cosas me fueron entregadas por MI Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni al Padre conoce alguno, sino el Hijo… y aquellos a quines el Hijo lo quiere revelar”.
La expresión “vuestro Padre”, es peculiar de Jesús, aplicada siempre a sus discípulos. Nunca dio a entender Jesús que Dios era el Padre de todos los hombres, sino que abrió el acceso a la “potestad” de esta filiación, “a los que le recibieron, los que creen en su Nombre”. Así las referencias son precisas y conectas a los “discípulo-hijos” con postulados éticos, salvíficos y escatológicos, cubriendo la total esperanza de “aquella vida, que nos fue manifestada, aquella Vida ETERNA, la cual estaba con el Padre, y se nos manifestó” (1ª Juan 1:2).
Así que:
- La Misericordia (Lc. 6:36)

“sed pues misericordiosos, como también vuestro Padre es

misericordioso, porque es Padre de misericordias”
- La Bondad (Mt. 5: 44-45)

“amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen,

haced bien a los que os aborrecen y orad…

para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los Cielos”


- El Perdón (Mr. 11:25)

“y cuando estéis orando, perdonad si tenéis algo contra

alguno para que también vuestro Padre que está en los cielos

os perdone vuestras ofensas”.


- La Confianza (Mt. 6:31-32)

“no os afanéis diciendo ¿qué comeremos? O ¿qué beberemos?

o ¿qué vestiremos?. Porque los gentiles buscan (solamente)

estas cosas, pero vuestro Padre celestial sabe que tenéis nece-

sidad de todas estas cosas, mas buscad el Reino de Dios y su

justicia, y …os serán añadidas”


En Lc. 11:9-13 se añade el don del Espíritu Santo: “Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas cosas a vuestro hijos, ¿Cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará el Espíritu Santo a los que se lo piden?”, y aún la esperanza del Reino futuro: “no temáis, manada pequeña, porque a vuestro Padre la ha placido daros el Reino” (Lc. 12:32).
Las referencias del Nuevo Testamento, al concepto de Dios Padre, del Señor Jesucristo y nuestro Padre, son abundantes sobre todo en las salutaciones apostólicas de Pablo y de Pedro. Y una amplia afirmación de la cristología, la salvación y la esperanza cristiana (Pablo, solo ¡40 veces!).
La paternidad de Dios NO es un factor natural. Es un milagro que se extiende desde la fe sellada por el Espíritu Santo: “Habiendo oído y habiendo creído, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa” (Ef. 1:13, cp. Ro. 8:14-17 y Gá. 4:1-7).

Nuestro

El pronombre plural “nuestro”, vincula a las personas, en el incomparable acto de orar a Dios. Es la expresión de una identidad colectiva. Es el “Padre Nuestro” porque los que así oramos, nos sabemos sus hijos, pero no por separado; nuestro yo real, auténtico, no ha de asumir tal equivocada categoría que, sea inducido a la exclusión, cualquiera que sea el sentido que esta tenga.


El mismo Señor oraba desde el yo real, en presencia de sus discípulos, como ya vimos, ante la tumba de Lázaro (Jn. 11:41-42) y aún alababa “al Padre, Señor del Cielo y de la Tierra” (Mt. 11), pero era “respondiendo”.
La oración, desde la plataforma personal, corresponde a la intimidad: “Tú, cuando ores entra en tu aposento y cierra la puerta, ora a TU Padre que está en secreto y TU Padre que ve en secreto te recompensará en público” (Mt. 6:6)
Él mismo Señor en Getsemaní oraba: “Padre mío…” (Mt. 26:39). El sentido personal del arrepentimiento y la fe, son indispensables en la economía de la salvación, pero no suficientes, puesto que el proyecto salvador de Dios es universal: “El cual quiere que todos los hombres sean salvos viniendo al conocimiento de la verdad” (1ª Tim. 2:4).
La comprensión del “misterio de la piedad” en sus dimensiones espirituales, es vinculante de la persona, no excluyente: muy bien lo expresó Pablo. En Ef. 3:16-19, él ora personalmente: “Doblo mis rodillas”, dice en el v.14, para que partiendo del “hombre interior” (de cada cual), fortalecido por el Espíritu, sea capaz de comprender con todos los santos, cual sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura y conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios”.
Así, el Padre nuestro tiene unción de hermandad. Tiene implícito un compromiso, y conlleva una identidad de filiación, que no puede compartirse con todo el mundo, sino a “los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hijos de Dios” (Jn. 1:12).

Que estás en los Cielos

Necesitamos una dosis de ponderación hermenéutica, una moderada manera de analizar esta frase, de modo que las palabras que la forman, no se lleven el sentido de la frase, pues el sentido siempre es más extensivo y largo que las limitadas palabras del lenguaje humano.

Así, el verbo “estar” con las diferentes intensidades que tiene en las lenguas neo-latinas, presenta problemas en la misma gramática. Su vinculación absoluta con el verbo “ser” en otras lenguas, no ayuda a nuestro propósito:
Todo lo que es, está… Todo lo que está, es.
Al igual sucede con la palabra “cielos”. Una mirada a las 7 columnas de una gran Concordancia (por ejemplo, ed. Caribe) muestra, cuan amplio es el margen conceptual que la palabra “cielo”, en singular o en plural, sugiere para la mente occidental y muy especialmente en la judía. Veamos algunos:
- Gn. 1:1 “Dios creó los cielos”

- Gn. 1:8 “llamó a la expansión cielos”

- Gn. 2:14 “estos son los orígenes de los cielos”, “los cielos fueron acabados”

- Sal. 8:3 “los cielos son obra de tus manos”

- Sal. 19:1 “los cielos cuentan la gloria de Dios”

- Neh. 9:6 “hiciste los cielos y los cielos de los cielos”


Un abundante antropomorfismo esta referido al “cielo” como lugar desde el que Dios actúa, reacciona, juzga, etc. Desde allí, “envía fuego” (Gn. 19:24), “da voces” (Gn. 22:11), “se ríe de los impíos” (Sal. 2:4), “mira desde” (Sal. 14:2). Pero Salomón dice: “¿pero es verdad que Dios morará sobre la tierra? He aquí que los cielos de los cielos no te pueden contener, ¿Cuánto menos esta casa que yo he edificado?” (1ª Rey. 8:27).

Cielos (Lugar)

(Sal. 115:2) “¿Por qué han de decir las gentes: dónde está ahora tu Dios?, “nuestro Dios está en los cielos, Todo lo que quiso ha hecho”.


(Sal. 42:3) “Mis enemigos me afrentan diciéndome cada día: ¿dónde está tu Dios?”.

El espacio es más asequible al ser humano que el tiempo y que la eternidad. El hombre es en su concepto más geografía que historia. Así es únicamente, asociados a la idea de grandiosidad, que los cielos representan en el lenguaje bíblico, “la habitación de Dios”.


Así la constatación de este “estar” de Dios, en el Padre Nuestro, tiene la indudable intención de afirmar la infinita trascendencia de Dios, quien habita en luz inaccesible. Para el hombre que está en la tierra. Pensamientos paralelos se encuentran en los profetas: “como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis… que vuestros pensamientos” (Is. 55:9).
El mismo Jesús sentó este principio, aplicado a su propia persona, en su naturaleza eterna y previa a su Encarnación: “vosotros sois de abajo; yo soy de arriba” (Jn. 8:23). Pero no es cuestión cuantitativa, sino cualitativa: El mismo “Padre nuestro”, íntimo, cercano, es el mismo “que estás en los cielos”.

Santificado sea tu nombre

Desde Gn. 4:26, los hombres piadosos de la línea de Set. “comenzaron a invocar el nombre de Yahweh” o el nombre de Dios.


En relación con las personas, el nombre tiene hoy, la sola distinción apelativa, para conocer por su nombre familiar, dentro de un círculo, a cada persona. En círculos más amplios de la sociedad, la asociación de este nombre familiar con los llamados apellidos paternos y maternos, tienen también esta exclusiva finalidad, y aún para una identificación más rigurosa, es preciso aportar, el nombre familiar del padre y de la madre, como de la fecha de de nacimiento y aún una muestra dactilar.
La otorgación o donación de un nombre, es potestad de alguien superior. La primera ocasión que nos da la Biblia, es en Génesis cuando Dios “llamó al hombre y a la mujer: Adam, el día que los creó a su semejanza”. …después, Adam puso nombre los animales (Gn. 2), con lo que muestra la madurez de sus facultades cognitivas, pues el nombre, está referido a lo constitutivo de algo y a su finalidad. (decía Ortega: que nominal algo es comenzar a comprenderlo).
El Nombre de Yahweh, era para los israelitas, comprometidos con la obediencia a la Ley, un nombre glorioso y temible: “Yaweh tu Dios” (Dt. 28:58).
Sal. 89:15-15 El Nombre en relación con la Justicia

Sal. 89:24 El Nombre y el poder del Mesías

Sal. 96:2 El Nombre se relaciona con la Salvación

Sal. 99:3 El Nombre se relaciona con su Santidad

Sal. 100:4 El Nombre se relaciona con su Bondad

Sal. 109.21 El Nombre se relaciona con su Misericordia y su Amor

Sal. 119:55 El Nombre se relaciona con su Ley

Sal. 138:2 El Nombre se relaciona con su Fidelidad

Sal. 148:13 El Nombre se relaciona con su Gloria

En el Nuevo Testamento, es también significativo el valor del nombre, como nexo de idoneidad, y reconocimiento: “El Buen Pastor, a sus ovejas las llama por su nombre, y las saca….” (Jn. 10:3).


Los Nombres del Mesías, son indicativos de:

….. su misma esencia--------- Emmanuel------ Dios

….. su posición ---------------------------------------- Con nosotros

….. misión --------------------------------------------- Jesús (Salvador)


Cumplida su misión, al Mesías se le da un Nombre que es sobre todo nombre, para que en el Nombre de Jesús se doble toda rodilla, y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor para gloria de Dios Padre (Fil. 2). Porque no hay otro Nombre debajo del cielo dado a los hombres, en quien podamos ser salvos.
Así pues cuando, en el Padre Nuestro, hay una referencia al “Nombre del Padre”, estamos persuadidos del alto valor que entre los piadosos, ha de tener el Nombre.
En Hech. 5:41 “después de ser azotados, los apóstoles salieron gozosos de haber sido tenidos por dignos de padecer afrenta por el Nombre”. Con lo que el Nombre llegó a tener la misma infalibilidad que en el Antiguo Testamento.
El Padre Nuestro expresa un deseo en relación con el “nombre” de Dios: que sea santificado. Dios es eterno, “está en los cielos”, habita en luz inaccesible, a quien ninguno de los hombres ha visto, ni puede ver (1ª Tim. 6:16). Así que el hombre natural sin más, no puede hacer nada que afecte esencialmente a Dios. No puede “santificarlo” ni “desantificarlo”, pero, con su nombre sí: Puede ser santificado o blasfemado (Ro. 2:24).
Pero hemos de precisar, tanto como nos sea posible, qué puede ser esto de la “santidad”, porque sólo así podemos estimar qué hay en este deseo que se formula. Dios es santo: “Yo soy Santo” (Lv. 11:44). Para su pueblo piadoso de todos los tiempos, en el Antiguo Testamento, Dios es “El Santo”.

¿Qué puede ser la “santidad”?

La idea de santidad emana de una declaración de Dios. Una declaración de identidad: “Yo soy el que soy” (Ex. 3:14). Es el que eternamente existe por sí mismo. Es la más fundamental declaración de la Naturaleza Divina, a la que no se puede oponer ninguna forma de idolatría, humana, animal, ni celestial, y prevalecer.


“Yo soy el que soy”, no es una frase filosófica, sino una declaración enfática de la activa manifestación de la existencia divina. Hay una indudable vinculación del “nombre” del Señor, en el contexto de Ex. 3, en el v.15, “Yahweh es Dios de vuestros padres”. “YHWH” es el tetragrama inefable. Este nombre viene de la raíz hebrea “hayah” (Ehyeb, ser). Expresa la idea total de ser, en el sentido de eternidad. Él era, es y será para siempre, pero siempre como manifestación activa de la existencia divina.
El texto declarativo, enlaza la historia de Israel, con la ascendencia piadosa de su pasado: “Yo soy el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob”. Esta declaración había sido suficiente para que Moisés (v.6) “cubriera su rostro”. (pensaremos nuevamente en esto cuando veamos porqué Dios desea que “su nombre sea santificado”).
Ahora estamos considerando “el Yo soy”, raíz eterna de la declaración de Dios. Él es por sí, no depende de nada ni de nadie, Su SER, no se relaciona para ser con supuesto alguno. Él ES. En el sentido total en que “Él ES”, sólo lo ES Él. Todo lo que pueda de alguna manera “ser”, es derivado, es adjetivo, tiene causa, tiene la limitación de un “principio” antes del cual no era; el ser que ha venido a “ser”, se pierde en las brumas de un pasado genético que sólo conoce Dios, el que ES por sí (Sal. 139).
Pero, ¿qué ES? Lv. 11:44 dice: “YO SOY SANTO”. El ser es esencial, pero ser “santo”, es distintivo. Dios es “santo”. A partir del “momento” en que, creadas por EL, nuevas entidades, pasan a ser también, pero NO por sí mismas. El ser de estos seres, es derivado del ser de Dios. Dios se categoriza como SANTO, distinto. En esta actitud, se vislumbra la generosidad de Dios en la Creación. Dios no dice como el hombre: “yo soy yo, y mis circunstancias”. El Eterno no necesita para ser, de circunstancia alguna. Él es Todo.
La santidad emerge, pues, como la condición de suprema distinción y diferenciación entre SERES. Una Santidad, primaria, elemental, distingue al Creador de las criaturas que Él ha creado, que han salido de Él, pero que NO son Él.
Dios “hizo al hombre” y siguió Santo en relación con el hombre, pero “lo creó a su imagen y semejanza”. Hay pues, en el hombre (emparentado por lo demás con la creación animal) una distinción que reside primeramente, en las marcas de su individualidad, y más de su personalidad, que se expresa por las categorías espirituales de su ser y las categorías morales de su conducta. Dios quiso, y quiere, que cada uno sea cada cual, inconfundible con nadie, irrepetible, único, con capacidad espiritual y moral, para adquirir una conciencia responsable, y actuar en consecuencia.
Así es, y de tal manera que tanto en el A.T. como en el N.T., hay una voluntad imperativa del Dios Creador, del “Santo”, (Lv. 11:44 y 1ª Pd.1:16), que dice: “SED SANTOS, PORQUE YO SOY SANTO”. Esta es la exigencia que comporta la “imagen y semejanza de Dios” en el hombre. Es, como en Dios, la manifestación activa de una existencia, que tiene sentido La santidad, expresa el ser de cada cual, en términos vitales, vivenciales.

La “santidad”, no es algo que se “tiene”, sino algo que se “es”, de aquí que: “Cómo (imagen) Aquel que os ha llamado es Santo, sed también vosotros (semejanza) santos en toda vuestra manera de vivir. Así pues, “ser santo” no es “ser escultor” o “ser ingeniero” o “deportista” o “fumador de pipa”, todos estos son precipitados parciales que da la actividad humana. La santidad es (debe ser para los llamados) esencial, es decir, la santidad ES en “toda nuestra manera de vivir”. No es algo divisible, sino única en la mismidad de mi “ser yo” distinto y diferenciado de todo otro “yo”, en el que aprecio y distingo, la evidencia de la santidad.


Unos versículos nos dan un trazo de la intención y la actividad del Dios Trino en relación con la santidad humana:
…. El Padre es Santo ------------- Juan 17

…. El Hijo es Santo -------------- Hechos 3:14

….. El Espíritu es Santo
1ª Tes. 4:3 relacionado textualmente con la manera de conducirnos y agradar a Dios, dice: “La voluntad de Dios es vuestra santificación”.
Dios quiere la “santificación” de los creyentes. Tocante a la santificación, la voluntad de Cristo, manifestada al Padre en su intercesión, comprende dos factores:
- La participación del Padre:

“Santifícalos en tu Verdad; tu palabra es la Verdad” (Jn. 17:17)


- La decidida acción del Verbo encarnado:

“Y por ellos yo me santifico a mi mismo..., …para que ellos sean santificados en la Verdad”.


Son los momentos previos a la Pasión, Muerte y Resurrección, es decir, a la Consumación de los Actos Redentores, y el Cristo, el Hijo del Hombre, asume para sí la gestión imprescindible de dejar clara, ejemplar e inconfundible su propia santificación. ¡Va a poner la vida, nadie se la quita, la pone de sí mismo!
Pedro recoge esta manifestación de la santidad en el acto redentor:

“Quien llevó él mismo, nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero”

(1ª Pd. 2:24)
Cumplida la gestión redentora:
El envía su Santo Espíritu, que obra la “santificación”

(2ª Tes. 2:13 y 1ª Pd. 1:2)


Aún la amorosa acción de Dios, que “como Padre, al que ama castiga”,

Tiene como objetivo que participemos de su santidad.


El “castigo del Señor”, produce fruto (resultado) apacible de justicia

a los que en él son ejercitados.


La reprensión nos induce a adecuar nuestra persona y nuestros actos,

es decir, forma nuestra manera de ser a la manera de Dios, a la santi-

dad de Dios.
Sólo el creyente puede “santificar” a Dios, en la intimidad de su comunión en Él. “Santificad al Señor Dios en vuestros corazones, y estad prestos para….” el testimonio (1ª Pd. 3:15). Pero es deseo del creyente, expresado en el Padre Nuestro, que de una manera universal, “sea santificado (no Dios) sino su Nombre”. Sólo el que llega a la santificar el Nombre de Dios, puede llegar a Santificar a Dios mismo en su corazón.
Santificar el Nombre de Dios, equivale, para el mundo no cristiano, para los no creyentes, el principio imprescindible, pues hemos visto que “santificar” el Nombre de Dios es “identificar” a Dios, en SU SER como tal Dios. ES reconocer la Santidad que le es propia, de Él. La Santidad de la que fluye todo idea bíblica de santidad.
La conversión, es un cambio de actitud mental por la que se rechaza como definitivo todo lo que es sólo temporal, transitivo, fungible, y aparente, y se reconoce el SER de Dios único, distinto, separado de todo lo creado, SANTO, y fuente de santidad.
¡Llegar a esto, es “santificar su Nombre”!

Venga tu Reino

En este punto, corremos un riesgo. O dos:


A) Enzarzarnos en una detallada exposición bíblica y teológica sobre el

Reino.
B) Dar por sentado que todos saben lo que es el Reino.


La verdad es que no podemos incurrir en el primer riesgo, pero tampoco en el segundo.
Bastaría que hiciéramos una encuesta y veríamos que aún en círculos cristianos más próximos a la lectura y estudio de la Biblia, hay algo así como una mezcla de confusión y desconocimiento, o simplemente de conocimiento mal ordenado.
Nuestra tarea va a consistir en poner en claro algunos puntos de la Revelación acerca del Reino, de manera que no resulte una tácita abstracción, sino algo, no solo definido y concreto, sino vital, vinculante. Algo con el que y en el que hay que hacer algo.
Primero, vamos a hacer notar que: El ser humano, desde la antigüedad más remota, se ha preguntado por el sentido de la vida. Unos, como Hesíodo, pensaron que alguna vez las cosas habían sido mejores, pero se pervirtieron. Otros, intentaron la invención de un estado ideal surgido por el pensamiento. Y otros, que llagada la historia humana a un punto de desarrollo y experiencia, volvería al inicio del ciclo. Es decir, que: la preocupación del destino, no sólo de cada cual, sino de los colectivos históricos, de la humanidad toda, fue, ha sido y es, una “constante humana”.
Aún hoy, el ilusionado humanismo de la técnica, piensa que el hombre irá mejorando, que nuevas cotas, nuevos niveles de perfección, darán un resultado final, que podrá considerarse ideal. Sin embargo, la consecución de este estado ideal, es más problemático que nunca. Aunque la técnica haya superado algunas de las causas de dolor en el mundo, (ejemplo las modernas terapias clínicas y procedimientos de trabajo) ha aparecido nuevas fuentes de dolor, de confusión, y nuestras generaciones están tan desesperanzadas o más que en cualquier momento negro de la historia.
La Biblia revela a los piadosos que esta constante inquietud humana está justificada, pero que el logro de ese estado no es cosa del hombre, sino de Dios. El Antiguo Testamento abunda en revelaciones sobre el advenimiento de un Reino, de vastedad universas, y de duración sin fin, cuyas características más destacadas, serán la justicia y la paz. Llegados al Nuevo Testamento, y en el umbral de su ministerio público, Jesucristo comenzó a predicar y decir:
“Arrepentíos porque el Reino de los Cielos se ha acercado” (Mt.4:17)
Esta proclamación, nos hace caer en la cuenta de que existe una tal cosa como: “El Reino de Dios o de los cielos”. No es posible quitar importancia a una revelación que sólo en los evangelios, es tratada en muy variados aspectos por el Señor, además de otras múltiples citas en el resto del Nuevo Testamento. Es pues, el Reino, un enunciado de primera magnitud en la fe cristiana.

¿Qué es un Reino?

Una primera definición es la de “un conjunto de territorios, patrimonios y personas, que están bajo el dominio y autoridad de un Rey”. Pienso que sobre todo podemos tener una idea muy actual, y universal, si decimos que un “reino” (con o sin rey), es el ORDENAMIENTO de un vivir colectivo, bajo una soberanía, singular o plural de un pueblo, que expresa su voluntad por medio de aquel ordenamiento. Como ejemplo, en España, la “soberanía nacional”, reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado. La forma política del Estado español es la Monarquía Parlamentaria. El Rey es el Jefe del Estado. Es lo que llamamos un “Estado de Derecho”.


La idea ilustra, pero queda muy lejos de la idea del REINO DE LOS CIELOS O DE DIOS, no sólo por la trascendencia y perennidad, sino por las calidades que son inherentes al Reino de Dios. Un Reino de este mundo, un estado de derecho, tiene su valor esencial y primario en el poder, NO en la Justicia.

Un estado INJUSTO, si tiene PODER, sigue siendo Estado.

Un estado SIN PODER, deja de ser Estado, aunque sea Justo.
Dice el Sal. 45:6: "Cetro de Justicia es el cetro de tu Reino”. En los reinos de este mundo, la justicia es una ciencia, en el Reino de los Cielos, la Justicia no es una ciencia, es una forma de VIVIR. Pero Jesús ha dicho: MI REINO NO ES DE ESTE MUNDO. Esta aseveración nos aleja pues del concepto mundano del Reino, como ilustrativo del Reino de Dios. Pero podemos quedarnos como enunciado provisional diciendo que: “El Reino de Dios, es el ordenamiento de Dios”.
Y nos hemos quedado con el llamamiento de Jesucristo a un cambio de mente, de actitud (arrepentíos) ante la inminencia del Reino de los Cielos. Es decir, que a los hombres en la tierra va a afectar, el acercamiento de una realidad ordenadora y reguladora que viene y es de los Cielos. ¡Precisamente de allí, de dónde “está nuestro Padre”!
Pues bien, el Reino, se ha acercado, “está allí”, pero porque “se ha cercado”, tiene para el hombre resonancias temporales y eternas. Afectarán a su vida material, su vida moral, temporal y eterna, porque del “Reino”, reconocemos en el Padrenuestro, lo más importante, es decir; el fundamento soberano del Reino es “TU Reino”, y esto hará que nos importe, que nos afecte total y vitalmente.
El “Padre Nuestro, que está en los cielos”, tiene dispuesto un Reino que ES “de los Cielos” en un tránsito que es sin distancias, que se nos hace inminente, hasta tal punto que es ineludible hacer “algo” en relación con él, aunque este “algo” sea no hacer nada, y seguir embobados con los reinos utópicos e este mundo, hechos comercio por el humanismo mal entendido.
Una de las declaraciones de Jesús acerca del Reino, es que la realidad del Reino, aunque simple en el enunciado, es una realidad compleja, compuesta de “misterios”. El los llama “los misterios del Reino” (Mt.13:11). Estos “misterios”, no son insondables para todos; son “cognoscibles” para algunos: “A vosotros (a los discípulos creyentes) os es dado conocer los misterios del Reino”.
Vamos a plantear unos aspectos de esta complejidad:
a) El Reino de los Cielos se ha acercado.

Aquí hay latente una aproximación que parece física, una disminución

de distancia. Es una declaración UNIVERSAL.
b) Al preguntarle los fariseos (Lc. 17.20), “cuándo” ha de venir el Reino

de Dios, respondió: NO vendrá con advertencia, NI digáis (futuro) helo aquí

o helo allí.

No es “locus”, ni distancia, sino relación personal.

Tampoco en un lugar sino entre personas.

“porque he aquí el Reino de Dios está entre vosotros”


c) “Entonces los justos resplandecerán como el sol en el Reino de su

Padre” (Mt. 13:43)

Es una visión escatológica de la condición de los justos EN el Reino

del Padre, “su Padre”.

Somos hijos de Dios, se nos ha dicho.
Con apenas sólo tres lecturas descubrimos que un trayecto, no inferior, sino superior a la historia, es proyectado para el “Reino”. Se “acerca”, “está entre vosotros”, y una alusión directa al futuro, en cuanto a los “hijos de Dios” en el Reino. Pero es conveniente examinar otra tanda de referencias, en las que además de cubrir el trayecto, en toda su amplitud o extensión temporal y eterna, terrenal y celestial, se afirman las calidades, que relacionan el Reino con el hombre, quien desde su “extranjería” al Reino, lo “ve”, “entra” en él, incluso, en una fulgurante frase del Señor, lo “arrebata” desde la decidida valentía de la fe.
a) Mt. 25:34.

En la recepción real de los justos, el discurso del Rey, alude a los oríge-

nes del Reino. “Entonces el Rey dirá: venid, benditos de mi Padre,

heredad el Reino preparado para vosotros desde la fundación del

mundo”. O sea, el proyecto del Reino de Dios para los hombres se inicia

con el funcionamiento de todo lo creado, es decir, está inscrito en el mismo

carácter de la creación.
Ahora bien, el Reino en relación con el hombre, se propone desde las

mismas instancias de la voluntad creadora de Dios. Pero, en realidad,

el Reino es eterno. “Tu trono, oh Dios, es eterno y para siempre”

(Sal. 45:6).


Pedro, el apóstol, al referirse a la “amplia y generosa entrada” que se

nos dispensará, dice: “en el reino eterno de Nuestro Señor y Salvador

Jesucristo” (2ª Pd.1:11). Es decir, el Reino es inherente a Dios, en tanto

que seres y cosas, somos creados porque en nosotros se manifiesta, no

la intencionalidad ordenativa de la creación, sino el orden de

su sostenimiento.


b) Pero, con la realidad inminente del Reino, el hombre, puede, y debe

decidir su actitud, desde su libertad de un “cambio” de mente, en razón

del acercamiento del Reino a la realidad humana. Jesús añade una figura

nueva, y además exhaustiva del valor decisorio del hombre:

Si “no nace de nuevo”…NO PUEDE:
a) “ver el Reino”

b) “entrar el él”


Después el hombre conoce por la revelación, en su vivencia:
a) lo que NO ES el Reino

b) lo que SI ES el Reino

Porque el Reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia, paz y

gozo en el Espíritu Santo (Ro. 14:17).


No es la selección meticulosa a medio camino de la escrupulosidad

supersticiosa de las cosas accesorias a la vida, sino que es la seriedad

misma de la vida. Es la vida misma tomada en serio, en sus más radicales

significaciones y realidades: “justicia paz, y gozo en el Espíritu Santo”.


En Luc. 22:21, El Reino es “un reino”:
“Yo pues os ordeno (os asigno) un reino como mi Padre me lo

ordenó (me lo asignó) a mí”. Esta otorgación potestativa se produce aquí,

pero la plenitud de su cumplimiento se proyecta hacia el futuro “para que

comáis y bebáis en mi mesa, en mi reino, y os sentéis en tronos

juzgando a las doce tribus de Israel” .
Venga tu Reino, no es por tanto, sólo un deseo, es la asunción de una responsabilidad, tanto que el mismo Señor dice: “buscad primeramente el Reino de Dios y su Justicia”

Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra.

El Nuevo Testamento está ocupado por unas cuantas palabras inmensas:

“los cielos”, “tu reino”, “tu voluntad”, que a pesar de serlo, están conectadas con la pequeñez y la limitación humana.
El “que está en los Cielos”, es nuestro Padre. Se desea la “venida del Reino de Dios”, y ahora invocamos SU VOLUNTAD, para que se haga en la tierra (por los hombres, entre los hombres) como se hace en el Cielo.
Pero esta palabra, es inmensa, y no es posible entenderla en la plenitud de su significado, aunque siempre es más pequeña que la realidad que expresa. La voluntad de Dios, es “lo que Dios quiere”. También esta expresión resulta inabordable, porque, ¿qué puede ser, lo que Dios “quiere”, “piense” o “haga”? Pero nuestro quehacer es buscar en la Biblia, la Palabra de Dios, lo que El ha querido revelarnos acerca de lo que nos importa o preocupa.
En principio, la “Voluntad de Dios” es un “misterio”, pero que El ha querido dar a conocer: “Dándonos a conocer el misterio de su Voluntad, según su beneplácito que se había propuesto en sí mismo” (Ef. 1:9). Ya hemos visto cómo había sido dado a los discípulos el “conocer los misterios del Reino”, o sea, que podemos decir que Dios quiere que conozcamos su voluntad.
En Ef. 5:17, el apóstol Pablo nos previene contra la insensatez (no seáis insensatos) o sea contra la falta de sentido, y nos propone “ser entendidos de cual sea la voluntad del Señor”; es más, desea y pide a Dios, escribiendo a los creyentes de Colosas, que “sen llenos del conocimiento de su Voluntad” (Col. 1:9).
La voluntad de Dios, es un “misterio”, pero es “cognoscible”, puede ser entendido y además tiene la capacidad de dar sentido a la vida. Ef. 1:1 (que como vemos trata bastante la “voluntad” de Dios), nos dice que: “Él hace todas las cosas según el designio de su voluntad”. En verdad, esta declaración es un punto de partida para nuestra reflexión. Nuestro Dios y Padre (nuestro Creador, a cuya imagen hemos sido hechos y a cuya semejanza hemos sido conformados), hace todas las cosas, no solo algunas sino todas, “según el designio de su voluntad”.
Nada de lo que nos rodea es el resultado de una conjunción azarosa y ciega. “Señor, digno eres de recibir la gloria y la honra y el poder; porque Tú creaste todas las cosas, y por tu VOLUNTAD existen y fueron creadas” (Ap. 4:11).
Detrás y antes de todo lo creado hay un proyecto, un acto, informado por la voluntad de Dios. Pablo, en Ro. 12:2 exhorta a la renovación del entendimiento, PARA QUE, “comprobéis la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta”.
Veamos algunas cosas relacionadas con SU Voluntad:


  1. Tres aspectos cimeros de esta Voluntad:

Buena, agradable y perfecta.


La “bondad” de su voluntad, es genérica. Cuando vio “todo lo creado”,

lo sancionó como “bueno”. De una voluntad “buena”, salió una creación

“buena”.
“Agradable” fue el ornato estético que confirió a las cosas creadas, la

“delicia de la vista” (Gen. 2:9).


“Perfecta” o completa. Él acaba la obra de sus manos. Todo cumple su

fin mansamente.



b) Es verificable (comprobéis)
Siempre ha habido actitudes críticas o indiferentes, pero hay un déficit de piadoso interés, de afán de comprender la Persona y la Obra de Dios. Los movimientos de Dios en relación con la restauración o la adopción-restauración son: “según el puro afecto de su Voluntad” (Ef. 1:5). No meramente entendido como recto y bueno, sino enfatizando la libre voluntad de intención y resolución, en vista de lo que es bueno.
Brota del amor esencial, de un “corazón de Padre” que nos adopta como hijos suyos, por medio de Jesucristo. El anuncio del nacimiento del Salvador, contiene la grandiosidad del carácter de Dios, nuestro Padre “que está en los cielos”, proyectándose en amor hacia los hombres que estamos en la tierra. “Gloria a Dios en las alturas, en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres” (Lc. 2:14).
El hombre, salido de las manos de Dios, “a su imagen y semejanza”, pudo ejercer su voluntad unida a una innegable capacidad de discernimiento, pero el pecado, su acto de “desobediencia”, afectó su voluntad de manera que, esta tuvo a partir de aquel momento condicionamientos y servidumbres bastardas, ajenas a la pureza ideal de sus criterios. Vio las mismas cosas de diferente manera y “trastocó” los valores del deseo, informado por sugestiones carnales, o sea, de una naturaleza para la que Dios no era Supremo.
Pablo colectiviza la experiencia humana al decir: “Nosotros todos vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás” (Ef. 2:13).
El creyente, “arrepentido” de esta desviación enfermiza de la voluntad de vivir condicionado por una voluntad “delirante”, ha vuelto mediante el “arrepentimiento y la fe”, a vivir voluntariamente dentro del marco de la voluntad de Dios, que ya reconoce como “buena, agradable y perfecta”. Ahora sabe (la fe no excluye el conocimiento), que “la voluntad de Dios es nuestra santificación” (1ª Tes.4:3), es decir, la voluntad de Dios es que nos apartemos de todo delirio que nos haga perder nuestra identidad.
Jesucristo en Jn. 7:17, revela que la voluntad de Dios, siendo como hemos visto afectiva, afecta a la vida, es “hacedera” puede incluirse en el programa vital del cristiano, no es un “anuncio de neón”: “El que quiera hacer la voluntad de Dios, conocerá si la doctrina es de Dios”. Hay un vínculo, dispuesto por Dios en el que, la voluntad de Dios, mueve por amor la voluntad del hombre, a “querer hacer” la voluntad de Dios. A esta asociación de la voluntad, Dios condiciona el conocimiento cierto de la doctrina.
El primer hombre, Adán, “desobedeció” a Dios, se apartó de su voluntad, y estableció la primacía de su propia voluntad. Su desobediencia atravesó la historia, ensayando una y otra vez, el salir adelante bajo el dictado de su propia voluntad. Pero, “cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley, para redimir a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiesen la adopción de hijos” (Gá. 4:4-5).
Las afirmaciones de Jesucristo tocante a la voluntad de Dios son claras. Ya en el Antiguo Testamento “El Espíritu de Cristo que estaba en los profetas, anunciaba de antemano lo referente al Mesías” (1ª Pd. 1:11), y así el Sal. 40:67, interpretado en la Epístola a los Hebreos, dice: “entonces dije: he aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad; como en el rollo del libro está escrito de mí”.
En Jn. 6:38, el Señor dijo: “He descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió” y en Jn. 4:34: “Mi comida es que haga la voluntad del que me envió y acabe su obra”.
Y ¿cual es la voluntad del que le envió? “Esta es la voluntad del Padre, el que me envió: que de todo lo que me diere, no pierda yo nada, sino que lo resucite en el día postrero” y “esta es la voluntad del Padre: que todo aquel que ve al Hijo y cree en El tenga vida eterna, y yo le resucitaré el día postrero” (Jn. 6:39-40).

La voluntad de Dios es “vida para el hombre” por Cristo, pero, ¿Cuál fue la voluntad de Dios para el Cristo Salvador?:


“Con todo esto, Jehová quiso quebrantarlo sujetándole a padecimiento.

Cuando haya puesto su vida en expiación por el pecado, vivirá por largos

días y la VOLUNTAD de Dios será en su mano prosperada” (Is. 53:3-9)
Ahora, entremos en Getsemaní, allí vemos al que nos ha enseñado a orar “hágase tu voluntad”. Está postrado en tierra, angustiado, y ora:
Padre mío, si es posible pase de mí esta copa, pero no como yo quiero, sino como tú” (Mt. 26:39).
“Padre, si quieres pasa de mi esta copa, pero no se haga mi voluntad sino la tuya” (Lc. 22:42).

Finalmente, recordemos:


“El mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de

Dios permanece para siempre” (1ª Jn. 2:17).



El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy.

Hasta ahora nuestras reflexiones sobre el Padre Nuestro han discurrido por las más altas instancias teológicas. Vamos a comenzar a reflexionar acerca de la segunda parte del mismo. En esta parte las conclusiones teológicas inciden (nunca mejor dicho) en el creyente, quien desde los pliegues más ocultos de su personalidad, hace un desglose en oración, de sus más íntimas y radicales apetencias y temores.


Los grandes problemas NO los va a resolver el hombre, sino Dios.
- Es Dios quien da el pan

- Es Dios quien da el perdón

- Es Dios quien libra de la tentación

- Es Dios quien libra del mal.


Hay como una renuncia previa a la plegaria. Todo viene de Dios, nada viene de nosotros. Así nuestra reflexión, sobre un texto de magnífica sencillez, ha de discurrir por el humilde concepto de la dádiva. No supone que no se pueda obrar aparte de Dios para tener el “pan” de cada día, sino que el creyente, lo pide del Padre que está en los cielos, como dador natural, que es el sustentador de la vida.
En cuanto al texto mismo: “el pan nuestro de cada día dánoslo hoy”, hemos de superar la nuda sencillez de estas palabras, para aplicarlas a realidades más numerosas que el “pan” y más extensas que la estricta y limitada donación del “hoy”.
“Pan” incluye toda idea de sustento alimenticio y todo concepto de cuidado material de la persona. Ya el Señor Jesucristo dice en Lc.12:23: “La vida es más que el alimento y el cuerpo es más que el vestido”. Esta es una declaración de doble dirección:


  1. el alimento y el vestido “el pan”, son necesarios para la vida

  2. la vida y el cuerpo son más que lo que necesitan.

Esta valoración (todas las valoraciones del Señor) no debe perderse de vista. En el libro de Job, vemos en aquel asombroso forcejeo argumental frente a Dios, la preocupación por estas dos realidades:


a) los bienes

b) la vida


Primero dice que la valoración prioritaria de los bienes, lo que el hombre “tiene” (Job 1:11) bastará para que al perderlos “blasfeme de Dios”. Así es el hombre caído, pero no fue así con Job, quien era un hombre “piadoso” (temeroso de Dios y apartado del mal, Job 1.8). Un hombre piadoso, un creyente, es un hombre “caído”, ¡que se ha levantado! Satanás cala más hondo y propone: “piel por piel, todo lo que el hombre tiene dará por su vida” (Job 2:4), o sea, que delante de Dios no puede alterar el valor prioritario de la vida, porque el valor fluctuante y perecedero de los bienes, no puede contraponerse al invaluable valor de la vida.
Satanás obtuvo el acceso a la intimidad moral del ser humano, mediante la mentira, y sigue haciéndolo: cambia ante la abúlica y enfermiza mente humana, el valor prioritario de la vida, mediante la sugestión materialista, y el hombre llega al colmo, y en vez de dar “lo que tiene” por su vida, acaba dando su vida por las cosas. Las cosas, cual sea su valor relativo, no pueden dar sentido a la vida, si la vida no lo tiene en sí misma. Si hay vida y ésta tiene sentido, se puede hacer algo con la vida; con las cosas, no se organiza el sentido de la vida.
Hemos dicho que “pan” incluye toda idea de sustento alimenticio y todo concepto de cuidado material de la persona. Esta, la persona, es siempre más que “lo que necesita”, Pero, ¿qué necesita?, y ¿cuánto lo necesita?, porque la vida del hombre “no consiste en la abundancia de los bienes que posee” (Lc. 12:15).
En este contexto de Lucas 12, distingue el Señor “las gentes del mundo”, de los creyentes. “Todas estas cosas buscan las gentes del mundo”, “buscan” (gr. epizeteo) significa actividad mental para hacer u obtener algo, pero dirigida a algo único y solo, o parafraseando: “las gentes del mundo buscan solamente todas estas cosas, mas (nosotros los creyentes), buscad (aquí, gr. zeteo, que significa algo, pero no sólo) el Reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán dadas por añadidura”.
Por tanto, a la pregunta: ¿qué necesitamos?, la respuesta es: “Pan” y “todas estas cosas”, pero NO solo estas cosas: “no solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Dt. 8:3), “pero vuestro Padre sabe que tenéis necesidad de estas cosas” (Lc. 12:30).
Así los “hijos” del Padre que está en los cielos le piden que les “dé el pan”, (estas cosas de las que el ser humano tiene necesidad, porque Dios sabe muy bien cuales son). Pero, ¿Cuánto necesita el hombre?: “mirad, dice el Señor, y guardaos de toda avaricia”. Esta palabra se usa muy estrechamente, pero sus implicaciones son muchas, tantas que hay que guardarse de sus múltiples formas. “Toda avaricia” (gr. Pleonexia) significa “tener más” y el Nuevo Testamento dice que es idolatría (Col. 3:5).
La idolatría no consiste solamente en fabricarse dioses falsos, sino también en adorar falsamente al Dios verdadero, o erigir en lugar e Dios cualquier otro absoluto (José Grau). ¿Qué significa que el hombre trate el dinero como si fuera Dios? ¿Qué hay de común entre la voluptuosidad de apoderarse de un tesoro y guardarlo celosamente, y la alegría que produce la presencia del Dios presente? Acaso ¿puede el servidor de Mammón decirle TÚ a su dinero?, y ¿cómo se conducirá respecto de Dios si no sabe pronunciar el TÚ? “No puede servir a dos amos, ni servir a uno después de otro; es menester que primero aprenda a servir de otra manera (A. Heschel).
Después de lo dicho, dos términos quedan contrapuestos:
a) “la abundancia” (gr. perisseia, que significa excedente de lo necesario)

la vida del hombre no consiste en el excedente de lo necesario.

La abundancia no califica la Vida
b) “lo necesario” tampoco la califica, pero sirve a la vida y no la altera.
La petición en el Padre Nuestro es fina y surge de un sentido de responsabilidad; dice “el pan nuestro”, es decir, sólo es “nuestro” lo que necesitamos, lo que nos sobra, NO es nuestro ni lo será nunca. Hay detrás de la idea de “tener mucho” un secreto y enfermizo afán de seguridad, y aún una extravagante manera de valorar la persona: “tanto tienes, tanto vales”. Vidas hay que NO valen precisa y exactamente lo que tienen; sería preciso descargarlas de las cosas que creen poseer y volver al punto cero para que su personalidad recobre el valor de su sentido propio y peculiar, y no vivir de préstamo del sentido de las cosas, que no siendo vida, han de quedar, tarde o temprano en el camino, por muy vinculadas que estén a la vida.
¡Necio!, dice el Señor del rico que había acumulado muchas riquezas, “esta noche vienen a pedir tu vida, y lo que has proviso, ¿de quién será?”. Así es el que hace para sí tesoro y no es rico en Dios. “No me des pobreza (singular) ni riquezas (plural), mantenme con el pan necesario; no sea que me sacie y te niegue y diga: ¿Quién es Yahweh? O que siendo pobre hurte y blasfeme el nombre de mi Dios” (Pr. 30:8-9).
Jesucristo dijo: Yo he venido para que tengan Vida, ¡NO para que tengan cosas! Debiéramos sentirnos molestos por el pan que “no es nuestro”; sólo Dios sabe cuál es “el nuestro” y este es el que hemos de pedirle. ¡El pan nuestro de cada día dánoslo hoy!
Hemos aludido a la concisa limitación de “un día”, dándole la extensión de “cada día”; la sucesión de los días suplidos en “su” necesidad: hay en “hoy”, dependencia en la cantidad, en el momento. “He aprendido a contentarme cualquiera que sea mi situación; sé vivir humildemente y sé tener abundancia, en todo y por todo estoy enseñado, así para estar saciado como para tener hambre” (Fil. 4:12).




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