Releer la propia historia



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Sesión 2.3: “Releer la propia historia” Formación Acompañamiento

RELEER LA PROPIA HISTORIA Y APERTURA A LA TRASCENDENCIA

El acompañamiento personal ayuda al joven a releer la propia vida desde mayor profundidad.

La autobiografía constituye una de las instancias más importantes de la interioridad y de la experiencia de Dios. Cuando un joven toma contacto con su autobiografía personal y encuentra en ella sentido y orientación para el futuro, entra en un nivel más hondo de interioridad y de trascendencia.

Pero a la vez de que se da esta experiencia, se desarrolla la búsqueda auténtica de la propia identidad de la persona. Saber quién soy y cómo me comprendo es importante.

Personas auténticas son las que se hacen protagonistas de su historia, se confrontan con la realidad y esta es vivida y elaborada en relación con su propia subjetividad.

Inicialmente cuesta que el joven pase, desde los ideales primeros de la juventud, a vivir en proceso. La personalidad en proceso va construyendo su propia historia y asumiendo la realidad. El joven así, aprende a hacer suyo todo lo positivo y lo negativo.

La persona auténtica vive intentando ser fiel a sí mismas y manteniendo la identidad en la vida cotidiana, incluso en medio de las crisis. Una de estas crisis puede ser la distancia y desproporción entre el deseo y la realidad, entre lo que quiere ser y lo que es, o entre lo que puede llegar a ser y no lo es por determinaciones importantes. Lo esencial está en la intuición básica de confiar en la vida y en las actitudes de “vivir en verdad” y “vivir en autenticidad”.



  1. Enseñar a releer la propia historia.

Los evangelios mismos son una relectura de la vida, mensaje, hechos, pasión y muerte de Jesús a la luz de la Resurrección y de la experiencia del Espíritu Santo. La fe se alimenta y crece en esta relectura: retomar el pasado para abrir un nuevo horizonte de futuro. La fe se da, pero no se puede medir; tiene y ofrece signos, pero no se cuantifica.

Pero lo primero que necesitamos para que el joven relea su historia según su proceso de fe es un marco de referencias.



Las referencias son lo que podemos trabajar, controlar y medir en la historia de las personas. Aunque lo importante ocurre más allá de las mediaciones, en lo que no se ve (Principito) pero transforma por dentro la vida personal. Esto no se puede controlar ni medir, sólo se consiente.

    1. El sentido de la vida

Nuestros sueños, nuestras metas, proyectos e ideales que han dado sentido a mi vida y que por lo general han ido cambiando o resituándose. Podemos preguntarnos: ¿cómo ha cambiado el sentido de la vida desde niño? ¿se ha ido transformando tu fe y con ella tus progresos e ideales? ¿en qué momentos? ¿ha coincidido con algún ciclo vital: adolescencia, juventud, madurez…?

Por una parte, ¿Qué ideales y metas han ido cambiando en tu vida? y ¿Cómo ha ido cambiando tu fe y sentido de Dios en tu vida? Por otra parte, ¿Cómo ha ido evolucionando tu fe y sentido de trascendencia a lo largo de los años, y cómo han influido en el cambio de ideales y metas?

En tu transformación interna, vive la experiencia del paso del ideal a la realidad, y los momentos en los que se han resituado cuando la realidad no ha respondido a los deseos.

Los hechos y acontecimientos son las ocasiones en las que puedo relatar, pero la transformación interior no tanto, pero ya comienzo a tener un olfato de ello, porque está latente.

Por ejemplo el enamoramiento o una vida más célibe, un estilo de vida en el hogar familiar o una vida de autonomía personal…, pueden cambiar el sentido mismo del ideal del amor único y total. Hay amistades significativas, relaciones afectivas que me cambian y afectan… ¿Qué sentido encuentra mi interior en ellas?

Hay una etapa en la historia personal, en que uno cree que el sentido de la vida se alimenta de proyectos, y otra en que se descubre que el sentido consiste en creer, esperar y amar.



    1. Imagen real de sí.

En la adolescencia el yo real se identifica con el ideal del yo, mientras que en la madurez la realidad que no responde a nuestras expectativas nos obliga a confrontarnos, desajustando el yo ideal del yo real. Podemos analizar un poco más esta referencia:

  • Recorre tus ciclos vitales y detecta el cambio de autoimagen y de autoconocimiento.

  • Detecta tus miedos, mecanismos de defensa, sistemas falsos de seguridad, resistencias, necesidades…

  • Mira si has crecido en humildad. Pues humildad es luz de Dios para reconocer nuestro ser de criaturas y nuestro pecado. Mira si ha crecido tu “pobreza de espíritu”.

Lo que puedo nombrar es el autoconocimiento como diagnóstico; pero el autoconocimiento y la aceptación de mi ser es un proceso que lleva a “la verdad que nos hace libres”, con la conciencia de nuestras limitaciones, reconciliados con el pasado, descubriendo quién soy yo y quién es Dios… y cómo se me entrega en su amor.

    1. Responsabilidades.

La conciencia vocacional se construye y crece con la responsabilidad, y hace que el trabajo sea misión del Reino, no una mera profesión. Todo lo que hacemos de cara a los demás exige profesionalidad, algo de voluntariado y mucha dinámica espiritual: ¿Cuánto nos ha ayudado el trabajo a madurar humana y espiritualmente?

Podemos (objetivar) medir los trabajos y responsabilidades y tomar conciencia de cómo han repercutido en nuestra vida; pero lo que se me da en el interior (inobjetivable) es la vivencia de la esperanza cristiana a la que obliga toda misión: sostener las responsabilidades y elaborar las frustraciones, no llegar a tener el éxito o metas alcanzadas, no llegar a ser querido o querida en la medida de lo esperado,…

Las responsabilidades me obligan a ser yo mismo más allá de mis máscaras, búsqueda de gratificaciones y de intereses creados, me obliga a aprender a vivir de lo incondicional.


    1. Relaciones.

El mundo afectivo es el más importante antropológicamente. En cuestiones del corazón nos jugamos lo mejor y lo peor de nosotros mismo. Tenemos relaciones asimétricas (con padres, educadores, autoridad…) y relaciones simétricas (amigos, pareja, hermanos, compañeros…). Algunas claves:

  • La infancia marca (no determina) nuestra historia afectiva. Hay que tomar conciencia del subsuelo afectivo familiar, ¿cómo se ha fraguado?

  • Discernir las relaciones y colocarlas en nuestros ciclos vitales.

  • Intentar jerarquizar y diferenciar por niveles nuestras relaciones afectivas.

Lo objetivable y medible es lo que ocurrió en cada caso. Pero en este caso lo no medible (in-objetivable) es esencial, aquello que se fragua en el corazón.

Descubrir que salimos de nosotros mismos, que la vida consiste en amar, que todo pasa por el binomio amor-sufrimiento, que podemos estar indefensos y quedar vulnerables, que la relación me exige vivir en verdad y jugar limpio…



    1. Dios1.

Dios no es un referente entre otros o una mediación entre otras, sino que está en todos los referentes y mediaciones (proyectos, autoconciencia, responsabilidades y relaciones) e incluso más allá de todos y de todo. Dios tiene el primado de nuestra historia afectiva, porque conoce y anida en nuestro corazón.

Pero debemos tener cuidado de no confundir la idea de Dios-Amor, con una simple representación ideológica o sentimiento afectivo. Dios puede quedar reducido a símbolo de valores o a sentido último, de forma que la relación afectiva se da sólo puntualmente.

Sin relación afectiva, sin deseo de Dios, no hay experiencia de la Alianza. Sin que esta relación se fragüe en desarrollo de la salida de sí en gratuidad hacia los otros en la construcción de una personalidad disponible, ese Dios puede llegar a ser un constructo de mi ideología o proyección de mis deseos gratificantes.

Con el tiempo, sabemos por experiencia:



  • que Dios es Dios de salvación, fidelidad y gracia;

  • que la libertad interior consiste en la disponibilidad a la voluntad de Dios;

  • que hemos sido justificados por la fe, no por las buenas obras;

  • que convertirse consiste en volver a ser niño;

  • que Jesús es el camino, la verdad y la vida;

  • que la acción del espíritu santo es real, lo más profundamente real.

Dios no está “al lado de”, sino “en y más allá” de todo. Por eso, si la relación con Dios es verdadera cuando,

  • releo toda mi historia como historia de Salvación;

  • la aceptación de mí se apoya en la gratuidad del amor de dios;

  • oración y acción se compenetran;

  • los lazos afectivos humanos no se fundamentan en la posesión, sino en la gratuidad.

Existe una cierta correlación entre la madurez espiritual y la madurez existencial de los ciclos vitales. Pero la historia humana no responde a un esquema lineal evolutivo: hay desfases, estancamientos, acelerones…

Por eso releer la propia historia significa discernir cuál es la historia de Dios en mi vida y aceptarla en su realidad, con sus luces y sus sombras.



  1. PROCESO EVOLUTIVO DE LAS EDADES DE LA VIDA (REFERENCIA SIMPLIFICADA)

Las edades tempranas tienen una significatividad especial a partir de las relaciones familiares y de la primera separación de la familia, a partir del inicio de la educación reglada, primera experiencia de socialización, pero nuestro interés se centra en la adolescencia, cuando las relaciones fuera del núcleo familiar, comienzan a ser significativas.

La etapa de la adolescencia y juventud se caracteriza por significativos cambios físicos, cognitivos, volitivos…, pero, sobre todo, por el desarrollo de la identidad, de los valores-ideales que van a configurar la vida y por la configuración de la afectividad relacional, valores e ideales tendrán que confrontarse continuamente con la realidad de la vida, integrar las propias necesidades y resituarse continuamente ante la acción de Dios en la persona (objeto del discernimiento cristiano).



Podemos hablar de varias etapas de la adolescencia, que hoy se retrasa bastante. Veamos algunos de sus rasgos que nos ayuden a situarnos ante ella.

  1. Primera adolescencia (temprana. Educación secundaria: 12-15):

  • Rápido crecimiento. Desarrollo del cerebro y el cuerpo; adaptación a cambios.

  • Importancia de las pulsiones (sexual y agresividad), que desconciertan.

  • Etapa de conflicto: lucha con lo anterior, sobre todo si es ley. Racionalismo reactivo.

  • Distanciamiento del ámbito protector, estreno de la libertad e intento de abrirse camino por sí mismo.

  • Necesidad de crear un mundo nuevo (cuadrilla, amigos) que sustituye a la familia; en lo afectivo aparece la pareja. Modelos de identificación e ideales.

  • Afectividad afectada por la realidad y los cambios profundos que hay que afrontar.

  • Momento de grandes relaciones simétricas.

  • La vida está en función de lo afectivo. Problema con los límites.

  • Conflicto con los padres que, sin embargo, todavía influyen mucho y permanecen como referencia de valores y estabilidad emocional. Conflicto, también, con los sistemas de autoridad social.

  • Juego de roles no definidos, e inicia el conflicto con el mundo religioso de la infancia.

  • Adquisición de roles sexuales, algunos aprendidos del medio social.

  • Se aprende a ser adolescente con regresiones a la infancia…



  1. Segunda adolescencia (media: Bachillerato y Ciclos Formativos: 16-17):

  • Autonomía física respecto de los padres.

  • Se amplían las relaciones y se desarrolla la amistad.

  • Dificultad de identificación porque todavía no ha construido el yo desde un proyecto. Narcisismo del preadolescente.

  • Se aprende la relación de pareja y a manejar la sexualidad.

  • Autocontrol: las pulsiones ya no están desbaratadas (si se ha resuelto mínimamente el conflicto)

  • Se elaboran los roles personales más definidos, los sociales diferenciados, los sistemas de valores y los objetivos vitales.

  • Identificación del ideal personal con su identidad social. Su ideología se identifica con su grupo.

  • Se forja el futuro desde lo que quiere ser.

  • Normalmente, abandono de lo religioso y de todo sistema de control.



  1. Adolescencia tardía (18…):

  • Se profundiza en las relaciones.

  • El yo encuentra su ideal; ya está elaborando su identidad desde él.

  • Dos centros: la intimidad (amor) y el trabajo o las grandes causas.

  • Etapa propicia para la autonomía: la persona inicia una búsqueda de síntesis personal en medio de la novedad que vive (construye su propia visión religiosa, política…).

  • Aparece la independencia económica y social respecto del núcleo familiar.

  • Construcción del sistema ético de conducta, valores e ideales que motivan la vida.

  • Aparición del proyecto de vida como decisión o intuición, orientación.

Entre los 18-20 años el/la joven está constituido y equipado con una personalidad que le proporciona una consistencia básica con la que puede afrontar activa, positiva y autónomamente su vida. El grado de consistencia o inconsistencia dependerá de lo aprendido, de lo que le ha configurado y de cómo sepa manejarlo.

A nivel religioso puede haber determinaciones importantes y cierta conversión hacia valores incondicionales de entrega.




  1. Entre la adolescencia y la adultez (20-25 ó 30 años):

Se han afianzado ya los ideales, se dispone de un cierto equilibrio emocional y se combina debidamente intimidad y actividades, relación interpersonal e inquietudes sociales.

Cada vez aparece más apremiante la pregunta: ¿qué hacer con la propia vida? En este momento el/la joven “sano/a” optará por un proyecto personal de vida. Tiene la sensación de haberse encontrado consigo mismo/a y saber qué quiere, pero esta identidad, aparentemente sólida, va a ser puesta en duda, provocando lo que llamamos “crisis existencial de autoimagen” porque:



  • El proyecto está apoyado en el ideal del yo y no en el yo real.

  • Hay un yo latente con sus necesidades y mecanismos que la persona no conoce.

  • La vocación cristiana real está más allá del ideal, de las propias necesidades y del deseo humano, aunque se sirve de ellos.

  • La libertad y el deseo no están confrontados con la realidad.

  • El yo todavía se fundamenta en el propio deseo (autorrealización, proyección de sí mismo, motivaciones propias…), no en la obediencia a la voluntad de Dios.

A nivel creyente esta edad es apropiada para que se dé la conversión hacia una determinación en la vida de acuerdo al proyecto vital.

  1. El adulto joven (entre 25/30 y 40/45 años):

Tiene un proyecto de vida estable, asumido no en función de deseos ideales (lo propio del adolescente), sino desde la aceptación progresiva de la realidad, propia y ambiental, en la que se mueve. Pero todavía es joven y le queda la tarea de construir este proyecto desde una llamada más honda (desde el Reino de Dios).

Posiblemente haya experimentado ya la dureza de la realidad… y sean recientes ciertos desencantos y fracasos de la vida ante cuestiones que aparecen como insuperables.

El adulto joven se lanza a vivir con generosidad (o mediocridad) su proyecto vital. Iniciativas, responsabilidades, lazos afectivos propios (ámbitos profesionales, primeros destinos en misión…), actividad transformadora… El tiempo es posibilidad disponible y tiene la historia en sus manos. El seguimiento de Jesús pasa por el enraizamiento en la vida.

La vida ya no puede estar fundamentada en fantasías infantiles o impulsos adolescentes, sino que es momento de realizar tareas con responsabilidad. No se achica ante los primeros fracasos, la dificultad estimula la tenacidad, los vínculos afectivos dinamizan la lucha, el empeño por la virtud proporciona una conciencia cada vez más honda de las fuerzas oscuras de propio yo, la relación con Dios se vive en tensión con la actividad y la acción… Así va construyendo nuestra propia historia y el Reino.

Pero en este proceso existencial suele surgir la “crisis de la mediana edad”, que otros llaman “crisis de realismo”. Es muy importante resolverla bien para fundamentar la vida más allá del propio deseo, de la proyección de la libertad, de los éxitos y fracasos… Es así, porque la persona está llamada a vivir desde un fundamento mayor que él y sus proyectos: Dios mismo.

En medio del claro-oscuro propio de este conflicto, que suele emerger a partir de experiencias normales o extraordinarias, surge en el horizonte, y como meta del mismo, la segunda conversión. Es muy importante que se vaya preparando y configurando poco a poco, desde la experiencia vital madura y desde la misma crisis de realismo.



  1. El adulto maduro (entre los 40/45 y 60/65 años)

A partir de los cuarenta años, aproximadamente, el futuro empieza a aparecer con un reclamo de sentido y de mayor fundamento. A veces, el cansancio y la desilusión hacen mella en la persona. Depende el talante vital, así será la una nueva etapa en la vida.

Por otra parte, se han desarrollado proyectos vitales con cierto éxito y la insatisfacción proyecta a otros nuevos no conocidos. Para la mayoría la vida pide un mayor fundamento y aceptación de la realidad, con sus posibilidades reales. En consecuencia:



  • El proyecto de vida tiende a cerrarse en lo alcanzado.

  • Se experimenta un proceso de reducción en distintas dimensiones de la vida: salud, relaciones humanas, protagonismo social…

  • La esperanza, hecha de confianza en sí y de experiencia, se siente amenazada por la ambigüedad radical con que una percibe su propio obrar.

  • Se tiende a relativizar todo lo pensado, querido y trabajado.

  • La muerte, antes ignorada, comienza a revelarse como tremendamente real.

Si hay vida interior y búsqueda de Dios: la persona tiene delante una oportunidad para vivir con sentido más hondo, desde el amor, la comprensión y la ternura con:

  • un nuevo horizonte de sentido y significación;

  • una madurez, serenidad y fe, en medio del proceso de reducción;

  • una presencia de Dios y solidez de su amor, único y definitivo horizonte;

  • el sentimiento de que la vida consiste en confiar, en trabajar y obedecer a lo real.

Es la época de la madurez en el sentido cualitativo. En ella se recogen los frutos de años de tensión y empeño. Es la edad del arte de vivir y educar, porque se tiene experiencia de la vida, visión de conjunto y se ha aprendido a distinguir lo esencial de lo accesorio.

  1. El adulto anciano (a partir de los 65 años)

Hoy es inexacto hablar de ancianidad a los sesenta y cinco años. Sin embargo, el proceso existencial de la persona, a nivel de interioridad, continúa y ésta vive cambios importantes:

  • Retiro profesional.

  • Incremento del sentimiento de “soledad”. Personas cercanas fallecen…

  • Todavía pueden hacerse cosas, pero ¿para qué?

  • Se vive, literalmente, de recuerdos (un peligro).

  • Impotencia para iniciar algo nuevo, ni humano, ni quizá espiritual.

  • La muerte ya no aparece y desaparece como posibilidad, sino que se impone.

  • Se va experimentando la reducción lenta de la vida. Si hay vida teologal consolidada, va entrando y viviendo la infancia espiritual.

  • Las cuestiones últimas emergen: ¿en qué consiste la vida?¿en plenitud o en empobrecimiento? ¿qué sentido tiene vivir si hay que morir? ¿merece la pena creer, esperar, amar?...

  • Dios se revela como misterio insondable que puede ser vivido como cercanía misericordiosa, pero también como el gran desconocido o miedo no verbalizado.

Época de serenidad y sabiduría, de libertad interior en la simplicidad de la mirada, intacto el corazón, liberado del egocentrismo, reducida la existencia a la confianza fundamentada en la paz espiritual que adelanta el cielo…

Se puede morir como siendo algo normal, obvio… y recibiendo a la “hermana muerte”; o bien en la noche de la fe, destruida toda posibilidad de lucidez, o envueltos en un nuevo egocentrismo que nos incapacita para mirar a los demás y vivir en paz… ¡Es el misterio de cada vida humana! Pero en el fondo de la persona que vive desde la vida teologal, permanece la certeza de la fidelidad inquebrantable de nuestro Dios. A esta hora, con lucidez o sin ella, hay que entregarlo todo al Señor de la vida y de la muerte.

El hombre reconciliado con su historia, el sufrimiento, la enfermedad y la muerte, es capaz de mirar hacia atrás y ver su historia como un conjunto cargado de sentido y plenitud. Asume responsablemente sus logros y decepciones, éxitos y fracasos y los acepta, en su conjunto, con actitud positiva. Vive la retrospectiva de su vida con los ojos de fe, la percibe desde el “todo es gracia” y, llegado al final, comprende que “sólo Dios basta” porque es Él quien tiene la última palabra. Es este un momento vital y sagrado, en el que el proceso de reducción se concentra en la máxima soledad e intimidad. Pero, lejos de vivirse la reducción y la muerte como angustia cerrada en la finitud, se vivencian como apertura y sentido.

La densidad antropológica del proceso que hemos descrito, nos permite el contacto con presupuestos que hay en el hombre, previos a su libertad, que le capacitan para la relación con Dios y determinan el ritmo y la calidad de su desarrollo y madurez, más allá de la edad: la autenticidad existencial, el valor incondicional de la persona, el carácter absoluto de amor y de la entrega y el ritmo de la vida marcada por la gracia eterna de Dios.

La diferencia entre el creyente y el no creyente es la siguiente: éste tiende a desarrollarse dentro de lo finito, mientras que aquél, tocado por el dinamismo de Espíritu, siente cómo dentro de su propia finitud se despierta la nostalgia del amor eterno, el reclamo de la relación con Dios Amor. Cuando el Absoluto ha rozado al creyente, su deseo encuentra en Él su fuente, su libertad y su propio destino2.

ANEXO I: Releer nuestra historia a la luz de Dios



  • ¿Cómo ha ido cambiando tu experiencia de Dios desde tu infancia hasta ahora?

  • Dios se hace presente con una historia de amor particular con cada uno, ¿cómo puedes iniciarla con mayor profundidad?

  • La relación con Dios tiene su momento, hace falta normalmente tener resueltas algunas cuestiones: ¿Cuáles son las más importantes?

  • Los proyectos personales y en relación con los otros fraguan por dentro la vida y permiten vivirla desde un modo nuevo, ¿Puedes dar razón de ello?

  • Mirando hacia atrás, ¿tienes la sensación de haber vivido con sentido algún ciclo vital? o ¿percibes que tienes cuestiones pendientes?

Lectura complementaria (pdf): ANA GARCÍA-MINA FREIRE, El proceso de la reconciliación con uno mismo: una experiencia de Vida y Reino: Sal Terrae 92/6 (2004) 473-484.





1 Anexo I: Releer nuestra historia a la luz de Dios (Al final del documento)

2 Tomado de GARRIDO, Javier (2004). Releer la propia historia. Ed. FRONTERA



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