Revista Ciencias Sociales 29 /Segundo Semestre 2012 Revista de Ciencias Sociales



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Conclusiones

En estos dos ejemplos vemos como inmigrantes muestran ser agentes propios utilizando formas de identificación más flexibles como son los estilos de vida para poder expresar formas de inclusión que no serían aceptadas bajo retóricas de identificación actualmente dominantes. El intento de evadir identificaciones dominantes, a las que no se sienten apropiadamente adscritas, no quiere decir que otras identificaciones no puedan ser usadas simultáneamente, sólo depende de cómo se puedan negociar estas cualidades de pertenencia en un contexto específico. Por ejemplo Verena y Eva se identificaban y me identificaban en la entrevista como latinoamericana, un concepto panétnico que es utilizado en este contexto como una identidad híbrida para referir ciertas similitudes. Dentro de la dinámica de apropiación de este término se puede observar una primera tendencia relacionada a “identidades políticas” que, aunque no se pueda comparar con corrientes en EEUU muestra, como diría Roth, (2009) la repercusión transnacional de este fenómeno.

El problema que vemos aquí es que, reconstruyendo identidades en torno a categorías pre-existentes (como clase, etnicidad, raza, género etc.) no hacen que se cambie la forma en que éstas han sido construidas (Bat Tzedek 2000), lo cual no lleva a un cambio fundamental. A pesar de esto estas mujeres muestran ser agentes propios en sus relaciones sociales en términos nacionales, étnicos, culturales no siendo solamente presas de estructuras ó discursos dominantes. Ellas muestran su intención de abordar formas identificativas más inclusivas en una escala global, que validen su pertenencia en el mundo, contrario a las experiencias diarias locales excluyentes. Como esta aceptación no coincide con muchas narrativas dominantes nacionales, étnicas, de clase etc. ellas maniobran sus identidades en el marco de estilos de vida o grupos elegidos en vez de asumidos.

Pehng Cheah afirma que el nacionalismo está cada vez más rechazado como el modo particular de conciencia colectiva o una identidad étnica privada y, en su lugar, ha emergido el cosmopolitismo como una política alternativa (Cheah 2008). Esta idea basada en el cosmopolitismo de Kant, quien creía en la capacidad moral del individuo de superar las limitaciones inmediatas de la existencia y expandir el círculo de identificación y pertenencia en términos universales, imaginando al mundo como una comunidad política única (Cheah 2008, Delanty 2006), es muy atractiva en circunstancias actuales de globalización y transnacionalismo.

Si bien existen diferentes opiniones y definiciones acerca del cosmopolitismo, se puede decir que existen dos tendencias principales al definir este concepto: una se refiere a las múltiples formas de organización social global más allá de los sistemas nacionales (derechos humanos, organizaciones transnacionales, ciudadanía) apelando a la intensificación de relaciones globales. La otra forma de definir cosmopolitismo evoca la solidaridad cultural y política a nivel individual, alegando afiliaciones multifacéticas que toma, a la acción política, por encima de las naciones-Estados (como diásporas, campos sociales transnacionales). Estas dos definiciones apuntan a la idea de que estos procesos están creando una conciencia política de masas, que activa una solidaridad extensa de conciencia cosmopolita (Cheah 2008). Con esto no quiero decir que las identificaciones en estilos de vida sean una nueva forma de identificación global, pero que la realidad transnacional de muchos inmigrantes lleva a intentar contestar formas hegemónicas de inclusión poniendo en la práctica las habilidades cosmopolitas de apertura expandiendo su círculo de identificación, aunque estos no sean universales. La visión positiva de la idea cosmopolita se basa especialmente en el consenso de aceptar derechos y prácticas individuales que llevan a acciones y conciencias colectivas que expanden la visión de vivir en un mundo con “Otros” diferentes y en la intención de crear una comunidad más allá de las comunidades.

A pesar de que el cosmopolitismo propone una alternativa al etnocentrismo nacionalista y al particularismo del multiculturalismo, no deja de recibir críticas de diferentes ángulos. Uno de ellos es el haber sido, durante mucho tiempo, un privilegio de las élites, con acceso a movilidad social y pertenencia a círculos intelectuales o académicos. La otra crítica es que, por ser una posición recuperada de la tradición europea, que va en contra de identidades innatas y podría terminar por favorecer a esta misma tradición europea y no a otras alternativas de convivencia, transformándose nuevamente en un proyecto etnocentrista, especialmente porque articular y definir positivamente al cosmopolitismo, es tan difícil como a su vez es ser anticosmopolita. Una práctica cosmopolita debe considerarse abierta a toda forma de discurso (Fardon 2008, Breckenridge, Pollok, Bhabha y Chakrabarty 2002).

Una de las críticas alternativas dentro de este debate postmodernista –que enfoca a la pluralidad de identidades, ideas políticas, culturales y morales tratando de encontrar una fórmula universal de convivencia– es la crítica postcolonialista o de “de-colonización”, como la llaman Ramón Grosfoguel y Walter Mignolo (2009). Grosfoguel (2008), argumenta que es necesario implementar una perspectiva epistemológica del subalterno, desde su diferencia colonial, para evitar fundamentalismos eurocéntricos tanto de tercermundistas como de europeos. Esta perspectiva contempla las identidades desde todos sus ángulos e intersecciones posibles, rechazando así una sola forma de enfoque que es mayormente discutida como “racionalidad-modernidad”. Anibal Quijano (1992), que utiliza este término, propone desprenderse de esa “racionalidad-modernidad” colonial que es una estructura hegemónica de pensamientos y creencias que nos ayuda a interpretar relaciones sociales e identidades sólo desde un ángulo. Walter Mignolo propone llamar este método “desobediencia epistemológica” que ayudará a todos los afectados en el planeta a de-colonizar antiguas interpretaciones y nuevas tendencias neocoloniales. Cambiar esta epistemología significa, simplemente, observar procesos y experiencias a través de un prisma diferente y no dar por hecho ciertas lógicas de identidad colectiva, con mayor autoridad. Pero tampoco significa echar por la borda los conocimientos que vienen de pensadores occidentales, pues eso nos llevaría a nuevos fundamentalismos esencialistas. Siguiendo a Grosfoguel y Richard Fardon, esta posición no implica que, por estar socialmente localizado en el lado oprimido, significa que ella represente una posición subalterna automáticamente:

“Como latino en los Estados Unidos, para mí es muy obvio que las elites blancas latinoamericanas viven en América Latina y piensan como colonizadores y que muchísimas poblaciones no-blancas que viven dentro del imperio son sujetos colonizados y piensan epistémicamente desde la descolonialidad del poder. De la misma forma que puedes encontrar personas de estos grupos pensando epistémicamente como los grupos opuestos”(Grosfoguel citado por Lamur 2007 p.325).

El imaginario occidental que describen estos autores y que privilegia la modernidad eurocéntrica, ha sido utilizado por las élites no occidentales también para mantener relaciones de poder (Grosfoguel 2008). Es así que Grosfoguel propone diferenciar el sistema mundial no como oriente-occidente, o capitalista-socialista, sino como “sistema mundo-privilegio” que propone un nuevo imaginario de liberación a pesar de las diferentes culturas, y muy diferente al de las políticas identitarias que están atrapadas en la lógica eurocéntrica. Las “identidades en la política” –distinción hecha por Mignolo– nos ayudan a radicalizar, es decir a reinterpretarlas desde epístemes pluri-versales y no uni-versales.

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Fecha de Recepción: 02 de junio de 2012
Fecha de Aceptación: 18 de agosto de 2012

LA CIUDAD DE LA FURIA. ANOTACIONES EN TORNO A “EL ROTO” DE JOAQUÍN EDWARDS BELLO174
Sergio Witto Mättig175 y Andrea Kottow176
Era mi calle, mi barrio. Existían antes que yo

(Jabès, 1990: 237).
Situado en el cruce entre literatura y filosofía, nuestro artículo resulta de un análisis exploratorio de El roto (1920) de Joaquín Edwards Bello. A partir de una teoría general de la escritura, la novela ingresa en la estrategia de la deconstrucción y se remite a una serie de contradicciones que reseñan una exégesis interesada en explicitar el flujo de la asunción periférica de la modernidad en Chile. La novela es atravesada por diversos tópicos: el perímetro urbano que ciñe a Santiago a comienzos del siglo XX, el cuerpo como epicentro del cansancio y la actividad onírica, la patología de la clase proletaria, su luminosidad fragmentaria y la formación subjetiva del roto, todos los cuales componen una trama cuyo dinamismo y líneas de fuga rebosan los límites discursivos que el propio texto impone a su economía interna.
Palabras claves: modernización, ciudad, cuerpo, sueño, enfermedad, luz.

Situated in the intersection between literature and philosophy, our paper results from the exploratory analysis of Joaquin Edwards Bello’s novel El roto (1920). From the perspective of a general theory of writing, the novel enters a deconstructive strategy, presenting a number of contradictions that synthesize an exegesis interested in showing the marginal assumption of modernity in Chile. The novel displays diverse topics: the body as the center of exhaustion and fantasizing, the urban extension of Santiago in the first decades of the twentieth century, the pathology of the proletarian class with its luminescence and subjective formation of the roto. All these elements compose a plot steeped in dynamism and fugitive lines that overflow the discursive limits that the text itself imposes on its internal economy starkness.
Keywords: Body, City, Dream, Luminescence, Modernization.
NOTAS INTRODUCTORIAS

“De modo explícito, pero subrepticiamente…” (Nancy, 2003b: 9), el presente artículo transita por las relaciones habidas entre literatura y deconstrucción. Se trata de un pasaje acotado por el trazo desigual de ambas producciones. Dicho derrotero aventaja, además, el deslinde de estas páginas; apremia, por tanto, cierta sobriedad que favorezca “una especie de puesta en escena, esta es acaso un buen método para resolver el problema” (Deleuze, 2005: 188). El sesgo viene precedido por una hipótesis restringida: la novela El roto de Edwards Bello —1920— reproduce el proyecto modernizador suscrito por la clase dirigente chilena de principios del siglo XX a pesar de sus pretensiones críticas. A la postre, la fe en el progreso indefinido inspira el ámbito reservado a la novela neutralizando el factor residual del avance. En Chile, desde hace cien años, los dispositivos de planificación articulados en torno al Estado multiplican, paulatinamente, un anhelo regional en pos del incremento económico y las mejoras sociales. Si bien “entre las regiones subdesarrolladas del mundo, América Latina es la que más ha reflexionado sobre su propia situación” (Iñiguez, 1982: 11) y que resulte indesmentible que distintos sectores de la cultura latinoamericana solidarizan en la referencia a un trasfondo común: “las preocupaciones sociales de las que surgieron” (Franco, 1993: 15), la vieja consigna de Bloch según la cual “para que valga algo como respuesta, hace falta que previamente exista la pregunta” (1983: 71) permanece inconclusa. El roto (Edwards Bello, 2006) no es “sino la fundación práctica de un teatro del futuro” (Foucault, 1995: 66) en el entendido que su trama escritural recorre un campo imperceptible que se reserva a una estrategia de lectura que subvierte el canon de las disciplinas, teniendo en cuenta que la deconstrucción “hace gran consumo de los conceptos (…) pero solo hasta el punto en que cierta escritura pensante excede (…) el dominio conceptual” (Derrida y Roudinesco, 2005: 13).

“El hombre […] está solo frente al texto” (Jabès 2001: 90) y en los bordes de esa soledad se gesta la sujeción a la escritura. No se sabe nunca lo que contendrá un libro. Aun cuando las palabras carezcan de la candidez necesaria para delinear el horizonte de su porvenir, el libro, siempre, se debe a su ocultamiento —es en virtud de la intuición del lector que se puede llegar a “juzgar que el escritor se ha acercado efectivamente o, por el contrario, se ha alejado del libro que anhelaba escribir” (Jabès, 2001: 98). Mientras uno de los rasgos que hacen posible toda escritura sea su espaciamiento, dicha extensión convoca un origen que no es más que la confusa voluntad de abrirse paso a intervalos: leer es el pasaje al acto por el cual “siempre hay una palabra viviendo secretamente bajo la palabra” (Jabès, 2001: 107). Sean las discontinuidades casi imperceptibles del libro, estas ya no responden a principios conscientes. Hay que admitir, finalmente, que las vicisitudes de toda escritura se juegan en su relación consigo misma. “De ahí la necesidad de reconvertir el lenguaje reflexivo. Hay que dirigirlo no ya hacia una confirmación exterior —hacia una especie de certidumbre central de la que no pudiera ser desalojado más— sino más bien hacia un extremo en que necesite refutarse constantemente […]” (Foucault, 1997: 24). Cuando se escribe ya no es posible conjugar un elenco de signos empeñados en posponer el juicio o considerar los datos como un recurso fácilmente disponible —los desplazamientos figurativos de la imaginación se ordenan para evitar las interrupciones del sentido. Garantizada grupalmente, dicha experiencia responde a cierta abstracción fonética que rivaliza con la materialidad de la escritura —mediada por argumentos económicos (Thompson: moneda) o políticos (Vernant: ciudad), la razón venidera opera a distancia respecto de su “política de archivo” (Derrida, 1997: 12).

En los confines del proyecto modernizador decimonónico el debate sobre el rol del Estado parece confundirse con el anacronismo —correlativamente el concepto de identidad nacional hace parte del debate. “De ahí resulta a la vez una fusión, una concentración cuyo sino parecería ser la uniformidad y el anonimato” (Nancy, 2006: 61). Un elenco indeterminado de asuntos emerge toda vez que el espíritu republicano conjuga sentimientos, creencias y hábitos supuestamente chilenos. La celebración mediática acoge la novedad de los cambios y somete al escrutinio público la organicidad de un interés transversal: los subconjuntos etáreos, étnicos, de género, del espectáculo, tanto como los hábitos alimenticios e higiénicos se evocan bajo el expediente de un campo unificado. A posteriori se afirmará que la nación no está constituida exclusivamente por el territorio, ni por el lazo social o el nudo comunitario de los habitantes (Subercaseaux, 2007), sino también por su incesante actividad productiva. Tras la primera guerra europea y bajo el signo del relevo se inicia un ciclo de estancamiento y limitación en la tendencia expansionista del mercado financiero, asimismo, se rompe el patrón oro y la continuidad de las prácticas económicas anteriores: durante el primer tercio del siglo XX casi desaparecen las características que tutelaron los flujos de financiamiento internacional durante la época más auspiciosa del liberalismo. Una vez terminado el conflicto bélico se resiente la movilidad alcanzada por la mano de obra; “a partir de 1920 comienzan a imponerse restricciones que conducen a la fijación de cuotas de inmigrantes en diversos países, incluso en aquéllos que aceptaron un fuerte influjo migratorio europeo” (Sunkel y Paz, 1973: 344). Al contraerse la economía de los países industrializados, al contener sus exportaciones e inversiones en el extranjero, se desata una crisis de envergadura en los países dependientes —situación que contrasta con el florecimiento de la economía norteamericana en los últimos años de la década de 1920. Dicho período da inicio a un proceso creciente de desequilibrios originados en la acumulación de existencias en los países exportadores de productos básicos (Rowe, 1965). Esta es la coyuntura político-económica global en la cual se publica la novela de Edwards Bello.

Tras las “Notas introductorias” se sigue una hipótesis sobre la proximidad ―heterogénea e inestable― habida entre literatura y filosofía. Se trata de un pliegue transversal que recorre la superficie de lo que ha sido el vínculo secular entre saberes afines. Más que una suerte de sincretismo depurado, se trata de un cálculo que resulta de la apertura de dos prácticas que han devenido producciones autónomas pero que no renuncian al diálogo intentando alcanzar una “zona de vecindad […] a condición de crear los medios para ello” (Deleuze, 1996: 12-13). Tanto es así que las referencias que conforman nuestro elenco bibliográfico han de ser examinadas bajo el mismo tenor: no comparecen como adorno, ni dan por concluido un intercambio permanente, antes bien, posibilitan la elección de una herencia. Atenta a una serie de rasgos propios del texto, la escritura rebasa lo que cualquier producción discursiva busca cautelar. Aun en obras cuyo sentido se enmarca en una coyuntura específica y sobre la que se instala una funcionalidad canónica, el acto escritural fuerza el texto a un tránsito inédito, a una invención extraña y desconsiderada. Dicho curso guía nuestro paso a través de la novela de Edwards Bello, en la medida que el texto es resituado bajo coordenadas diferenciales que lo asocian al movimiento político verificado en Chile, al ascenso de los ideales modernos pero cuyo reverso no hace más que incrementar el caudal de las contradicciones. Visto lo anterior, el presente artículo confina una problemática que registra un cúmulo de discusiones significativas para las primeras décadas del siglo XX. Desde el punto de vista de su deconstrucción, El roto hace parte de una narrativa abrupta tensionada por diversas facciones: ciudad, cuerpo, dolencia, rotería, destello; todo ello da lugar a un excurso sobre la claridad que alude a ciertos núcleos conjeturales en nuestro análisis de la obra. Casi al concluir, se propone un acceso a El roto que convoca el género del Bildungsroman, la escena urbana de su trama y el tópico de la enfermedad.




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