Revista Ciencias Sociales 29 /Segundo Semestre 2012 Revista de Ciencias Sociales



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EL MOVIMIENTO DE LA DESMESURA

Del encuentro entre literatura y filosofía resulta algo muy distinto de lo que pudo anunciarse, alguna vez y con cierto entusiasmo, como un nuevo límite disciplinario. Y no solo porque parece evidente que dicha concurrencia responde a una ley cuyo origen deviene inasible, sino por lo difuso de una iniciativa que no claudica ante el imperativo de su economía interna. La pretensión más ostentosa querría hacer de esta hospitalidad la experiencia decisiva de un cúmulo de intereses compartidos que subsume lo singular hasta convertirlo en trascendente. Pero también es posible que literatura y filosofía establezcan una complicidad diversa a la que pueden solventar los individuos. No es inusual, incluso, que una existencia singular pueda diferir de su propio registro identitario, que las especies presenten entre sí, por ejemplo, un alto grado de semejanza sin por ello sacrificar sus características individuales, tal como lo consignan los investigadores de campo que en más de una ocasión “se han cruzado con la mirada de un animal posada sobre ellos” (Derrida 2008: 29). No es sorprendente que un hombre trueque sus convicciones para conquistar aquello que vive antes que él —aquí funda toda su plausibilidad el acto psicoanalítico— o que sea necesario un golpe de suerte para enfrentar el espectro nocturno donde pudo albergarse la claridad de una mirada. En cualquier caso, sin embargo, solo acaece el dato que arroja la experiencia de un tacto adolescente entre literatura y filosofía a condición de reconocer la paradoja de una larga historia compartida. “Es la escritura la que va a permitir imponer al lenguaje mismo una especie de quiebre, de descomposición” (Safouan, 2008: 317). Desde un comienzo esta ruptura arroja una reciprocidad de movimientos aunque soporte la contractura del cálculo metodológico (Said 2004).

La producción literaria sabe, no obstante, que ha nacido emparentada con necesidades arcaicas e intereses sectoriales, todos los cuales encarnan la rectitud de una herencia hegemónica. Que la coyuntura socio-política en torno al primer tercio del siglo XX elija la novela para confrontarse con el reverso de su soberanía, hace parte de nuevas formas de censura y autoinmunidad que reivindican un estado de excepción orientado solo al ámbito modificable de su factura privada —allí donde los géneros pudieron consolidar su encabalgamiento con una conciencia específica y un ideario iluminista a fuerza de emplazar el carácter ficticio del ejercicio, discutir su estatuto científico o entenderla “como auténtico arte” (White, 1992: 13).

Qué sea el límite del texto i) si una teoría sobre el sujeto cuyas determinaciones han de ser purificadas del imperativo de la lengua o de la época; ii) si la expedición en pos de un acontecimiento asignificante cuyos filamentos enunciativos han podido someterse a las leyes de la comunicabilidad; iii) si diálogo disciplinario tras haberse dado él mismo unos cauces a fin de ordenar técnicamente sus dichos; iv) si ejercicio crítico sumergido en un laberinto epistemológico con pretensiones de ciencia. Toda alternativa parece insuficiente porque con frecuencia omite el desencuentro del texto consigo mismo. Aun antes que el orden universitario curse las invitaciones para que las facultades concurran a exponer sus puntos de vista en beneficio de una transversalidad cada vez más disuasiva, previo incluso a la conciencia desventurada cuando el nombre propio insiste en volver sobre la superficie transparente de la rutina académica, solo excepcionalmente el vínculo entre los textos constituye una garantía que gusta referirse a las múltiples exigencias del ritmo institucional: acumula, casi todas las veces, una pura variabilidad a no ser por el auxilio que deriva siempre de un régimen pospuesto. Un cierto vencimiento del caos que proporcionan los conceptos, sean disciplinarios o no, sigue celebrando hasta hoy una afinidad desafiante por inconclusa o rival. El rasgo inadministrable del texto, aquel que lo hiere con la potencia de la ruptura y la afirmación, invoca un modo que disuelve toda inmunidad en favor de una demanda que se organiza en la contingencia, esto es, omitiendo todo aquello que no se identifica con el lleno vulgar de la opinión. Llegado el momento —cuando la gramática comienza a fluir arrastrada por actos cuyo efecto colateral será el fracaso de la atribución identitaria del yo— emerge un inventario teórico en tanto que la certidumbre individual no se corresponde con la escucha de la subjetividad contemporánea.

Pronto a cumplir medio siglo, el artículo de Susan Sontag, “Nathalie Sarraute y la novela” (1984), mantiene su vigencia. Y no tanto en beneficio de un estado de cosas que tributa a la anticipación el mayor de los méritos porque puede sospecharse que un móvil de este tipo coincide con la evolución del arte refutado por Sontag. Es atendible que la novela moderna se haya dejado persuadir por la pedagogía y que el pliegue de ese avance se oriente hacia el progreso del género mismo. La sensibilidad, en consecuencia, quedará subordinada a los imperativos de la técnica a objeto de asegurar su sobrevida. Bajo la consigna de lo enseñable, la representación se remite a exhibir el artificio de un montaje compuesto por recursos narrativos provisionales, aleatorios, incluso vanguardistas, pero a condición de mantener incólume las antiguas divisas del exhorto y la amonestación. La potencia del intervalo, tanto en la música de Boulez como en el psicoanálisis acuñado por Lacan, asociado en ambos casos con el silencio y la variabilidad del tiempo, enseña la insubordinación del ritmo y de la vida inconsciente, según corresponda. Es necesario reconocer, empero, que salvo las típicas excepciones, los criterios de inteligibilidad de la novela conservan su vigor en comparación con “la pintura expresionista abstracta y la musique concrète” (Sontag, 1984: 118). Sontag parece afirmar que si el propósito consiste en demandar un suelo común para la novela, a fin de dejarse instruir, con algún apremio quizá, por su actualidad, no está demás cierta cautela. Bajo el diagnóstico de un “arte arquetípico del siglo XIX” (Sontag, 1984:118) se equilibran una serie de discursos de calibre muy desigual. No se trata, por tanto, de explicar el trabajo del escritor de modo que los conceptos en juego respondan a una herencia única. Que por razones nada simples, el destino de la novela moderna se halle ligado, irrevocablemente, a lo real resulta significante a la hora de evocar su historia. No es casual que se la convoque para insinuar la crisis, la patología o la esterilidad de los signos del presente. Todo parece haber comenzado por el envío desde el cual se impone cierta insistencia para que la novela recobre su nombre propio y su sentido. Pero lo que deviene problemático, finalmente, no es la novela como institución, sino el desafecto que la precede, en otras palabras, que no brinde especial interés por aquello que se sustrae a los criterios historicistas según los cuales la institución constituye el fin de la voluntad —al hilo de tales argumentos, la voluntad determina el acceso al sujeto moderno pero dicha contractura no constituye un modo particular de la institución sino su rasgo distintivo.

LA MODERNIDAD PUESTA EN OBRA

¿Es posible pensar el estatuto de la ciudad con estilos de producción asignados tradicionalmente a la escritura? ¿O es que sobre el trazo material de los enunciados encuentra lugar, acaso de manera definitiva, la serie de gestos imaginarios que reparte el sentido de su herencia? En la década de 1910, Santiago de Chile se prepara para celebrar el primer centenario de la República; un sinnúmero de publicaciones coinciden en la serie de problemas que rivalizan con su puesta en escena —discursos políticos, tratados médicos, artículos de prensa y textos literarios abundan en el examen crítico del orden emergente. Lo que constituye dicha actualidad aviva la creencia cada vez más generalizada que su advenimiento ha de hallarse avalado por el curso arrollador del progreso, único capaz de balancear la arremetida perniciosa de enfermedad e ignorancia. La así llamada cuestión social, tematizada en periódicos de a fines del siglo XIX por Augusto Orrego Luco, incluye los tópicos de la pobreza en los arrabales, las condiciones de vida miserables, la prostitución, la brecha que separa a la elite dirigente de la clases bajas, las epidemias —viruela, cólera, tifus, tuberculosis y sífilis. Dicho panorama propicia la criba de los procesos modernizadores. La nación es vista como un organismo enfermo impedido, como está, de acceder a un bienestar necesario. Pero más allá de la evidencia, lo mórbido parece conectarse con el espacio patógeno que conjuga la propia ciudad. El borde interno de la ciudadanía no coincide con el plano de sus definiciones y muy incidentalmente con el vínculo lábil de su progreso.

La voluntad modernizadora ha de mostrarse obediente a los criterios de intervención asimilados a la razón de estado. Iniciado el siglo XX, un elenco indeterminado de reformas aparece subsumido por trazos de salubridad en desmedro de estrategias menos apremiantes. Los datos estadísticos empiezan a orientar el trabajo de la burocracia estatal sin atender, programáticamente, al examen crítico de sus presupuestos. Urge el acopio de aportes inéditos referidos al estudio de los problemas sociales que establecen prioridades, urgencias y asignación de recursos. En este contexto, mantiene toda su vigencia pensar el rol de la medicina y sus soportes auxiliares en la productividad humana. Y en virtud de tales propósitos, los proyectos de intervención favorecen un cruce disciplinario sin reserva y no escatiman esfuerzos para traducir pautas prescriptivas en meras referencias difícilmente disociadas de su porte histórico-político. La que puede considerarse una de las realizaciones más estimadas de las políticas públicas de la época no puede escindirse de la complexión singular que conquista, modernamente, trazos de identidad nacional. No obstante, prevalece cierta teleología sobre lo político que alcanza para establecer alguna semejanza con aquel régimen identitario que desconoce el contexto, las cadencias y la transformación del entorno. Resulta inevitable considerar que la medicina encarna una alternativa radical a los problemas que anuncia el nuevo siglo. No es otra sino esta solicitud creciente la que se percibe en la arquitectura de la ciudad. Se trata, finalmente, de un estado de cosas que subvierte las fronteras entre la teoría y la práctica, entre lo plural y lo singular. Queda por saber si este porvenir transversal no es la herencia que habrá recibido la ciudad de manos de la literatura.

Las políticas modernizadoras acuñan una nomenclatura compleja para convenir en un asunto fundamental: el devenir de una soberanía que se declina, gradualmente, hacia el Estado-nación. Lo que no termina de arribar configura un lugar eximido de fundamento pero que no obstante señala el sentido de lo esperable: un rol preventivo y rehabilitador de carácter público. No es posible desagregar los conceptos de cultura, de salud, de buenas costumbres, de ciudadano, de emprendimiento y de responsabilidad, todos los cuales hacen parte del espíritu de las reformas. Pero la distancia con los hechos abre otra vía, allí donde la literatura moderna alberga una experiencia menos análoga con la emancipación. Este articulado está dispuesto a ilustrar la idea que el límite de lo político se monta sobre una diversidad de inscripciones —unas afines como las del humanismo y el progreso, otras más peculiares como las del delirio y la anormalidad (Bornhauser y Andahur, 2009). Se trata del despliegue de una franja discursiva que obedece a la paradoja en tanto que para las tesis humanistas es dudoso que el comportamiento ciudadano rebase lo político, aunque en épocas donde el sistema republicano de gobierno entra en crisis, el restablecimiento del estado de derecho empieza por reivindicar el soporte comunitario de toda acción humana, del mismo modo que lo normal en la herencia del siglo XIX —como discurso que le otorga unidad orgánica a la salud— encuentra acogida no solo entre médicos y pedagogos sino en un grado nada despreciable entre arquitectos e industriales. La fisonomía residual de la modernización, sin embargo, funda una práctica editorial donde la literatura encuentra cabida bajo una multiplicidad de fórmulas, algunas de las cuales favorecen un movimiento de resistencia autoinmunitario respecto de su legitimidad sin otro argumento que una patología sentida como trascendental.

En 1920 se publica El roto, la novela más emblemática de Joaquín Edwards Bello. Constituye la escritura cifrada de prácticas discursivas cuyo exoterismo se encabestra a dispositivos ideológicos de fines del siglo XIX y comienzos del XX. El roto —estereotipo identitario que sintetiza la imagen de la elite chilena sobre el mundo popular— sufre continuos travestismos en el curso de su historia. Durante el siglo XIX soporta el peso de todo aquello que la incipiente república establece como alteridad indeseable: sujeto marginal de consuno con el exceso que lo excluye del proyecto modernizador que ensaya el Estado. Con anterioridad, la Guerra del Pacífico convierte al roto en ícono de las tesis nacionalistas devenidas etnocéntricas, hipostasiando su plasticidad en beneficio de la beligerancia (Cid, 2009). Seguidamente, es emplazado en el centro del oficialismo; hacia 1920 —cuando Edwards Bello lo enviste como héroe de su novela— encarna un doble vínculo: capitaliza el segmento residual de los discursos modernizadores y, a un tiempo, participa del linaje heroico que adorna el sustrato ideológico de la confrontación bélica en torno a 1879. En la novela, el protagonista es figura tanto singular como colectiva. El niño Esmeraldo consuma un destino personal a la vez que refleja sus contradicciones de clase. Pero no es posible descifrar lo que ha llegado a ser esa autenticidad sino a través de un capítulo fragmentario cuyo exergo genealógico puebla diversas hipótesis. Dicha historia, aun cuando debamos diferir su rasgo original, obedece a un esbozo de apertura que se manifiesta a saltos. Una vez más, se trata del hábito que distribuye sin miramientos una verdad invariable, a no ser por el parpadeo de aquello que se resiste a ingresar como mera opinión; a un tiempo, es el traspaso de las fronteras disciplinarias y la acogida del afuera y su porvenir. Es esta intermitencia la que coopera en favor de un protagonismo cuya primicia consagra la necesidad de respetar, cabalmente, un protocolo inconcluso.

El roto ordena uno de los borradores de las tesis higienistas del siglo anterior, en este contexto, dichas tesis constituyen el epicentro de la hausmannización de la ciudad propugnada por Vicuña Mackenna. El problema de la vivienda y las condiciones sanitarias de Santiago saturan la atención de la clase gobernante. Mientras la vanguardia ilustrada se siente arribada a la modernidad y protagonista de su devenir local, la pobreza amenaza con desmoronar la imagen de país progresista y cosmopolita de fin de siglo. El debate se desplaza, no obstante la paradoja, hacia el porvenir de la raza chilena contrahecha por los índices de mortalidad, todo lo cual encuentra suelo en la hipótesis del contagio. El Consejo de Higiene, creado en el año 1889 bajo el Gobierno de Balmaceda, obedece a la necesidad de contar con un dispositivo de Estado encargado de implementar una política de salud pública cuyo cometido explícito consista en erradicar las epidemias del territorio nacional —viruela, cólera, fiebre tifoidea, tuberculosis, así como las afecciones venéreas, principalmente la sífilis. Consecuentemente, en las últimas décadas del siglo XIX la intendencia capitalina decide aislar las zonas “peligrosas” y mórbidas de aquellas “cultas y sanas” —Vicuña Mackenna instruye el establecimiento de un “cordón sanitario destinado a delimitar la culta capital de Chile”, que denomina “Santiago Propio”, de las “influencias pestilenciales de los arrabales”” (Espinoza, 2000: 120).

La trama de El roto transcurre en el barrio posterior a la Estación Central, en “la desolación de esa ciudad doliente” (Edwards Bello, 2006: 17), cuya arquitectónica constituye la escena de una subjetividad que se aliena cada vez más decididamente en lo colectivo. Inmune a los planes modernizadores de la fachada capitalina permanecen las calles barrosas y sucias que integran el “barrio sórdido, sin apoyo municipal” (Edwards Bello, 2006: 2) que muestra la fractura del frontis capitalino —mientras que su cara moderna tiene “[un] poco de la vida de Europa” (Edwards Bello, 2006: 3); los conventillos, los prostíbulos, la estrechez y la suciedad hacen adivinar “los parásitos y bichos nocturnos espiando el sueño pesado de la carne proletaria” (Edwards Bello 2006: 5)177. No es posible ponderar las vicisitudes históricas de lo moderno sin vincularlas con el acomodo contemporáneo de la ciudad, en la justa medida que los límites de su representación parecen ceder al régimen productivo de la plusvalía. Si esto es así, se hace cada vez menos pertinente esgrimir una topología relativa al estado de la ciudad o un dispositivo de recambio —el barrio o la comuna— cuando los índices diferenciales señalan el descrédito de cualquier estructura de contención. Ya no basta, en obediencia a una premisa lógica otrora compartida, la comprensión cotidiana de lo vivible —imaginarlo como un sistema compuesto por individualidades que recorren una y otra vez diversos lugares. La novedad consiste en el desplazamiento radical de los puntos cardinales en favor de un paso fáctico carente de toda finalidad que no sea el exceso recaído sobre la posesión colectiva de lo acumulable. Es precisamente esta perspectiva de análisis sobre una ciudad tardíamente globalizada pero confundida con la desmesura del goce, lo que debe abrirse paso al momento de examinar el estatuto efectivo de los procesos modernizadores. ¿En qué consiste aquí tal iniciativa sino en la experiencia del carácter desértico, radicalmente a-humano de su residencia?

Edwards Bello repasa estas coordenadas cuando convoca el continuum que sutura la infección y el cuerpo —compone un plano de inmanencia que anula la distancia entre “parásitos y bichos” (5) por un lado, y “carne proletaria” (5) por el otro. La triangulación del espacio mórbido propuesto por Foucault (1975) regula el dispositivo de la salud a partir del siglo XIX en tanto que i) produce el aislamiento de la enfermedad a partir de su inclusión en una tabla de clasificación patológica; ii) la espacializa con relación al paciente y iii) la ordena al interior de la sociedad. Es este espacio múltiple el que conforma un sistema biopolítico a partir del cual se decide la supervivencia del grupo a condición de excluir sus segmentos indeseables. Sin embargo, el personaje de la novela —cuyos rasgos identitarios se construyen por tramos— no logra explicarse por la espacialización foucaultiana de la enfermedad en tanto que no existiría, en rigor, un cuerpo unario, sino el emplazamiento deforme de la “carne proletaria” (Edwards Bello, 2006: 5) acosada, esta vez, por la actividad microscópica nocturna; Edwards Bello recurre a la imagen de la “noche” para evocar el triunfo inhallable del iluminismo periférico —la existencia marginal del roto accede a la soberanía en tanto ha lugar la proletarización de su carne.



UN RÉGIMEN DE LUZ

Antes o después, puesto que no se trata de exhibir, por ahora, su trazo antropológico, el cuerpo habrá establecido un vínculo con la luz. El recién llegado es sujeto —tras el evento de quien lo expone— por una red inextricable de instituciones y dispositivos de poder. A un tiempo, el alumbramiento participa de esa tradición antigua cuando los asuntos humanos exacerban el pleito entre luz y oscuridad. No es posible olvidar, empero, que “no hay otra evidencia —clara y distinta como la quiere Descartes— que la del cuerpo” (Nancy, 2003a: 39). El mito expresa en esa pugna su propia historia, sobreviven, eso sí, los matices astrales. i) El solar, como símbolo del padre que se convierte, finalmente, en signo de fuerza. No por azar las divinidades paganas hacen de esta luz su sello distintivo y se unen, más tarde, al ejercicio político del soberano. Dios y rey participan de un mismo resplandor. ii) El lunar, confinado a la mujer, fría y fúnebre, no luce igual brillo —se manifiesta abriéndose paso a través de la noche. La nocturnidad demanda el sacrificio de lo que espera recibir, de vuelta, su plenitud definitiva. Por las mañanas, los niños suelen tranquilizarse ante la imagen de la luna rebajada por el sol porque allí ha podido vencer el contorno inalterable de un mundo amenazado por la deformidad, por el recuerdo de una muerte anticipada ya en el claustro materno. El sol y la luna, en el reverso, en la refriega cíclica de su enfrentamiento mitológico se donan mutuamente una experiencia ambigua: mientras el astro encandila y atenta contra la frescura de la lucidez razonante, la luz satelital defrauda y engaña a quienes se afanan en conocer la talla del mundo. Pero la luz ha tenido que ver con el viviente: luminosa o lúgubre —contrahecha por el aguijón de la enfermedad, del cansancio o la muerte. No obstante, esta desmesura no hace justicia a la claridad de la carne. La claridad pertenece a una fase intermedia que habita entre el rasgo distintivo y el color local. Allí comparecen dos partículas elementales que no consiguen reconciliarse. Prueba de ello es que la soberanía del cuerpo se muestra al alba, cuando sus contornos no se comiden al fulgor ni a su borradura. La claridad existiría antes que los cuerpos, en virtud de este antecedente suele convertirse en sujeto.

El alba se abre al espacio de la entereza dado que se extiende, sin prudencia, de un borde a otro: no ha de ser investida con las cláusulas del contraste. Todo depende de la disposición de los lugares para abrirse y mostrarse. No se trata de un espacio calculable sino de una partitura hecha de luz. Esta igualdad es la condición de los cuerpos: muestra desnuda, evidencia banal, sufriente, gozosa. El alba es extraña al sacrificio y, con la misma beligerancia, se sustrae al fantasma con el propósito de ofrecerse a la naturaleza de la carne. El fragmento de El roto encuentra su símil en la fotografía, porque se trata, en último análisis, del espacio que recorre una claridad. “La carne proletaria” (Edwards Bello, 2006: 5) evoca un montaje ficcional que rinde tributo a la transparencia a punto de ser vencida por las creaturas invisibles y noctámbulas que trajinan el cuerpo mientras sueña. Si se observa detenidamente, una vez más la mañana parece ser el modelo ejemplar que ha devenido noche. Pero el espacio literario, donde se posan los cuerpos de quienes entablan una relación intermitente con la luz, se construye sobre la plataforma de su destello: las prótesis del progreso dan lugar a la crudeza de la piel, y se fuga, como si la forjaran a voluntad, una delicadeza inadministrable. La noche evidencia la pesadez del cuerpo porque lo transforma en mercancía intentando sustraerse, vanamente, al cansancio y la enfermedad. Convertida en valor de cambio, el imperativo fundamental consiste en el ocultamiento del brillo aunque sea propio de la “carne proletaria” mostrar una desnudez sustraída del adorno o equívoco confundirla con el apaciguamiento del tono muscular. Se pierde aquel humanismo que hizo del viviente una producción maquínica inalterable. La ausencia de luz se resuelve, finalmente, en el control de su espaciamiento. Sin ostentación, enfermedad y cansancio muestran la desnudez más allá de la prohibición, más allá del misterio aunque rozan el secreto. Mientras haya un cuerpo, habrá un alba sin astro —esta es la condición para que exista lo singular (Nancy, 2006).

La noche se mantiene inaccesible, penetrar sus límites significa relacionarse con el afuera y permanecer intocado subjetivamente en virtud de la reserva que cabe frente a la oscuridad, a un tiempo que imposibilitado de liberarse de su presencia. La noche evoca el memorial de la partida, de una muerte que se prolonga sin ninguna consideración por las cosas de este mundo. Quienes han sido protagonistas de un proceso como éste ya no se agrupan al amparo de la urgencia ni del sigilo. Mientras el texto suscribe con distinto énfasis la amenaza que se cierne sobre el cuerpo hasta hacer de éste una cultura, la cercanía, el contagio, constituyen la expresión insomne de la vida. Como es usual, el acto de retirarse no acopia para sí ninguna palabra, ni siquiera la promesa que involucra el adiós. Solo cabe la separación, el destino de una iniciativa inaudita acosada originalmente por el fracaso. “La noche no se abre” (Blanchot, 1969: 154), la exigencia de oscuridad hace justicia a una historia en espera del gesto que la culmine; con igual lógica, esgrime, asimismo, el recurso a la soberanía —frente a la improvisación del saludo y los devaneos de la despedida. La nocturnidad constituye una partida que es llamada a comparecer frente a sus propias estrategias, el peso de la prueba parece recaer en los convocados, aquellos que espían “el sueño pesado de la carne proletaria” (Edwards Bello 2006: 5). Y si todo esto acredita un signo puede considerarse dicha formalización, por simple acuerdo, de manera autónoma. Hay todo un régimen de enunciados flotantes, nómades, de nombres suspendidos, de signos que acechan, que esperan ser empujados para volver a establecer el sentido de la afirmación. “¿Cómo justificar la vida, que es sufrimiento y grito?” —se pregunta Deleuze a propósito de Wolfson (Deleuze, 1996: 28). En un régimen de este tipo, nunca se llega al final de algo, está previsto precisamente para eso: régimen trágico del apremio infinito, respecto del cual se es, a un tiempo, deudor y acreedor. Sin embargo, lo importante no es tanto la circularidad melancólica de los signos cuanto sus multiplicidades.

Aun así, se abre paso la diversidad de formas tramadas en una mezcla rara emparentada con “parásitos y bichos nocturnos” (Edwards Bello 2006: 5). En este contexto, se puede dudar si el cuerpo es un trámite del día o si, en sentido estricto es i) el horizonte que se declina tras la puesta del sol o ii) el encuentro con un grado de soberanía suficiente que ofrece la carne para ser contemplada en la intimidad de su derrota. El acoso se convierte entonces en el signo plural a punto de interrumpir la cadena significante —cuanto más apegado a la noche, el cuerpo visitado experimenta la imposibilidad de la muerte porque siempre se muere en un “futuro que nunca es actual” (Blanchot 1969: 155); cuanto más se apaga el sonido de las palabras, el mundo puede existir sin sujeto —semejante al árbol invadido por las hormigas de los trascendentalistas norteamericanos de principios del siglo XIX. Todo se resume en que no hay nada que mostrar salvo una separación porque “en el límite de la noche ya nadie pregunta a la sombra de dónde viene ni quién es” (Jabès, 2002: 151). Toda muerte tiene como precedente un transformismo mediante el cual los cuerpos dejan de participar en un ritmo cíclico, su exterioridad ya no se corresponde con el sentido orgánico que pudo encontrar allí la literatura o la filosofía. “Hay que salvar, hay que asegurar la salvación” (Derrida, 2000: 9), esta sería la consigna de quienes no padecen otra muerte que la permitida por la actividad productiva, de quienes mueren sin ningún auxilio del porvenir. La “carne proletaria” muere en el presente enfrentada a la desnudez de su propia soledad. ¿Cómo no hablar del fracaso cuando se ha tenido que recorrer hasta sus extremos más sinuosos el trazo de esta historia singular? Para ello, el Occidente ha inventado una lengua —ha de insistirse en ello— que se encabestra en atención a las finalidades. El cabestro sirve para neutralizar la autonomía del animal cuando se lo quiere con la quietud obligatoria del trabajo, en referencia a la prioridad de la última hora. Menos frecuente es el gesto que se detiene en el instante, que se autoriza sobriamente en la adquisición tardía de una forma sinuosa, aquel que hilvana todo el pasado pero que se fragiliza ante la amenaza de lo que viene, que no contempla la requisitoria, esa violencia que se congratula en el sacrificio de su duración, esas “abreviaciones que engendran oscuridad” (Nietzsche, 1988: 207).

Tras la inquietud que provoca la suspensión de una regularidad mantenida incólume, no hay constancia de un aserto mayor que cuando se ha vuelto inapelable el imperio de la rutina, poco importa que allí “la certidumbre adquiera el carácter ofensivo del delirio” (Klossowski, 2005: 198). No obstante, una sorpresa donde lo actual ya no se conforma por la efectividad del tiempo sino por el desprendimiento de su presente, sería un acontecer que se identifica con los hechos solo en virtud del hábito que lo soporta. Este desprendimiento no escalona una nueva vigilancia como remiendo de la linealidad interrumpida, ni es el espíritu de alguna pseudociencia que demanda a modo de alternancia crítica el ingreso de lo inédito. Es necesario convenir que “en los fenómenos de repetición, de recuperación, de reactivación o de regreso, lo que cuenta nunca es lo idéntico sino lo diferente” (Nancy 2008: 8). Si la noche impregna los bordes del sueño es como si la extrañeza de donde provienen sus signos ya no pudieran iluminarse con el lleno de la referencia. El sueño, por tanto, aparece discernido de modo general y colectivo. Es legítimo hablar aquí de cierta ambigüedad referencial porque los contenidos oníricos no alcanzan a distinguirse sino dispensados por “la carne proletaria” y ésta no permite definir sus fronteras sino como una estructura social que sacrifica sus segmentos constituyentes. Ambigüedad quiere decir, en este contexto, el factor sumatorio tanto de la literatura como de la filosofía que falla necesariamente al momento de transparentar el exceso de sus hallazgos —tratándose del sueño sucede como si su pesadez hubiera desplazado el interés subjetivo en beneficio de un experimento que reclama para sí un lugar en la escena. La proletarización del cuerpo tematiza su desvanecimiento con acuerdo a la precariedad material del soñante, por su parte, la hermenéutica del sueño recubre sus operaciones de dominio y atestigua la más común de las paradojas: la espectralidad del yo; la vida inconsciente, por extensión, hunde sus raíces en el positivismo sofisticado de la presencia cuyo prestigio se tramita en favor de los fenómenos previstos por la anomalía social.

“A medianoche, cuando ya no queda nada por preguntar” (Deleuze y Guattari, 1993: 7), la filosofía —como el sueño— evoca un tiempo muy diverso al constreñimiento luminoso de las primeras horas cuando el imperativo de la producción hace que todo aparezca ingrávido y hasta transparente, demasiado artificial y abstracto. Auxiliada por sus propios medios sobre lo que una vez compareció como orden inapelable, la literatura masculla la pregunta por aquello que resulta de la consigna modernizadora orientada por el tiento de políticas de Estado que trae anexa una apostilla inhóspita donde “la carne proletaria” goza de un instante de gracia entre la vida y la muerte. La literatura interroga la fraternidad como cuestión habida “más acá de cualquier connotación sentimental” (Cit. en Derrida 2005, 2: 80), que hace del otro un rival pero sin dejarse persuadir por el exterminio —se trata de un desafío sin importar el buen decir o las convicciones de cada cual. En la novela de Edwards Bello llega el momento en que al protagonista le resulta imposible acceder a una “cierta intimidad competente” (Deleuze y Guattari, 1993: 2) que no sea su propio abatimiento. Helo ahí, postrado, intentando fijar un acontecimiento a instancias de la noche en una ciudad expuesta a los vaivenes del progreso; el presente del sueño retiene la mudez como alteridad intransferible sin rozar la trascendencia ni lo más próximo. Y no es que El roto de Edwards Bello se obligue a fundar dicha experiencia, la trae sin inventarla porque el asunto que plantea incluye lo que pasa en términos de estructuras y relaciones o llega precedido por una revelación sin consumar, por una promesa sin tiempo. Sin embargo, la apertura de este sujeto exiliado de alma sigue figurando bajo la enmienda que se muestra en su recubrimiento: como exotismo de una erudición novelesca y cuyo anuncio ya no contiene la posibilidad de creer en algo. La cuestión verdaderamente crucial consiste en dirigirse a lo que pasa y que “anula toda creencia, todo cálculo, toda economía y toda salvación” (Nancy, 2008: 170).

El advenimiento del sueño autoriza otro modo de pensar el estatuto del testigo respecto de la “pobreza de mundo (Weltarmut)” (Citado en Agamben, 2007a, 2: 94) propia del animal. La tesis que Heidegger esgrime en el semestre de invierno de 1929-1930 está referida, en su último tramo, a la soledad del viviente. Es un asunto expugnable toda vez que se trata de la fragilidad de una apertura, la puesta en escena de un imposible que no sería negativo sino, en todo caso, otro trámite del tener-lugar. Es sabido que las investigaciones de Jakob von Uexküll constituyen un hito gravitante en el trabajo de Heidegger al volver sobre la ciencia biológica. Si para von Uexküll, el ambiente (Umwelt) es el portador de significado (Bedeutungsträger, Merkmalträger), a Heidegger le corresponde la responsabilidad de hacer solidarios el acontecimiento que recae sobre el animal y el viviente humano. Lo que cuenta para el acontecimiento cuenta también para la responsabilidad que se muestra en los intersticios de lo posible y cuyo paso ya no es asignable a una dependencia específica sino más bien pasiva de lo que reparte el otro en él. Según Heidegger, el animal en su ensimismamiento se halla sustraído de la revelación del Dasein, no obstante, bajo el mismo expediente conquista una apertura especial hacia algo que nunca será nada: imposibilidad de soportar la relación con la existencia sin ser absorbida por ella. El animal discurre por fuera de lo posible aunque no pueda nombrar sino su desmesura, se sitúa en la inconmensurabilidad de su propio límite y de su propia presencia. Así, “los parásitos y los bichos” hacen parte de lo inaccesible solo en tanto se encuentran privados de llegar a un destino singular sino es el tormento que asola la “carne proletaria”, de un modo análogo a cómo el protagonista de la novela consuma su desvío en la clausura del sueño.





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