Revista Ciencias Sociales 29 /Segundo Semestre 2012 Revista de Ciencias Sociales


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1.- Los artículos deben ser enviados por correo electrónico, a la siguiente dirección: revista.ciencias.sociales@gmail.com Además de una copia impresa en hoja tamaño carta y a doble espacio, no superando las 15 carillas, a nombre de Bernardo Guerrero Jiménez, Casilla 121. Iquique, Chile.

2.- El artículo deberá consignar el nombre y apellido y una pequeña reseña (no más de tres líneas) del o los autores. Se deberá indicar grado académico y Facultad o Departamento en que trabaja. Deberá indicar además su correo electrónico.

3.- Las notas deben aparecer al pie de las respectivas páginas, siendo enumeradas consecutivamente a lo largo del artículo.

4.- Las referencias bibliográficas dentro del texto irán con el apellido del autor, seguido inmediatamente del año de la publicación y de la página. Ej.: (Rojas, 1974:63).

5.- La bibliografía utilizada deberá ir al final del artículo, en orden alfabético y el apellido con mayúsculas. Ej.:

SARLO, Beatriz

1998 “La máquina cultural. Maestras, traductores y vanguardistas”. Ariel; Buenos Aires, Argentina.


6.- Si la referencia bibliográfica cita un artículo, el título del artículo irá entre comillas y el título de la revista en cursiva. Ej.:

CARRASCO, Ana María

1994 “Mujeres Aymaras y Trabajo Remunerado”. En: Revista Temas Regionales. Corporación Norte Grande. Año 1, pp. 30-41; Arica, Chile.
7.- Cada artículo deberán llevar un resumen que indique el tema del trabajo. El resumen deberá ser escrito en inglés y en español. Debe indicar además los conceptos claves que contienen. Por ejemplo: IDENTIDAD/RELIGION/ MODERNIDAD.

8.- Los artículos que utilicen palabras que no sean españolas deberán ir en letra cursiva. Por ejemplo: El ayllu andino se moviliza...

9.- Cuando la cita textual sobrepase las tres líneas deberá encuadrarse en los márgenes izquierdo y derecho a por lo menos una pulgada en ambos extremos. La cita deberá ir entrecomillas. En el caso que haya comillas en el texto citado, éstas deberán ir en comillas simples. Así por ejemplo:

“En el extremo del que hoy es un inmenso arenal, y frente á Cavancha, se construirá por la Municipalidad, un hermoso parque, marcado ya en el nuevo plano que servirá para el deshago de la población. Todas estas ‘mejoras’ darán gran impulso á la nueva población de la península de Cavancha” (Riso Patrón 1890: 44).

10.- El título como los subtítulos deberán ir en letra común (sin subrayarlos ni ennegrecerlos), tal como se indica a continuación: La Identidad Cultural entre los Aymaras el Norte Grande de Chile.

11.- Cuando se quiera destacar alguna palabra o frase en especial, se deberá usar letra cursiva. Por ejemplo: El tema del arraigo en la ciudad de Iquique...

12.- La Revista de Ciencias Sociales asegura el anonimato de los evaluadores externos.

13.- La Revista de Ciencias Sociales, por otro, lado, asegurar que los evaluadores externos, recibirán los artículos sin ninguna referencia de autor y/o autora.

14.- Si los evaluadores externos coinciden en la calidad del trabajo, que se expresa en el formulario que se le envía, se procede a informarle al autor de la aprobación de su artículo. De este modo se publica.

15.- En el caso de que no haya consenso en los dos informes, el trabajo no se publica. Se le hace llegar al autor los comentarios, en forma anónima, para que el autor, lo considere y si estima pertinente lo envía. Pero se somete a un nuevo proceso de evaluación.




1 GRECS–Grupo de Investigación sobre Exclusión y Control Social - Universidad de Barcelona.

2 Para mayor abundamiento al respecto de la generación de discursos sobre el extranjero en la ciudad como chivo expiatorio de los males que padecen las sociedades de destino de los migrantes, véase Delgado, M. “Qui pot ser immigrant a la ciutat?” en Delgado, M. (ed.) (1997) Ciutat i immigració. Barcelona: Centre de Cultura Contemporània.

3 Una aproximación al tema de la construcción cultural de los estados nacionales precisa la atención a trabajos como el de Ernst Gellner, Pensamiento y Cambio, en el que estudia el origen del nacionalismo vinculado a los procesos de modernización; el de Benedict Anderson, Comunidades Imaginadas, por el que analiza la aparición de los nacionalismos europeos en la escena policía del siglo XVIII en conexión con la creación de los estados nacionales en las colonias americanas; y Eric Hobsbawn, Naciones y Nacionalismos desde 1780, principalmente, en el que procura un detallado análisis de la evolución de la nación moderna.

4 El paradigma del asimilacionismo continua vigente en la mayor parte de países europeos en lo que a gestión de la diversidad refiere. Bajo su égida proliferan políticas y normas, y se implementan proyectos dirigidos al sometimiento cultural de los grupos étnicos subordinados a las élites nacionales. Tras ellos emerge la consideración social que se hace de los grupos considerados culturalmente distintos, léase inferiores, y la unilateralidad del proceso de cambio que debiera seguirse tras la implementación de políticas asimilacionistas. Según Malgesini y Giménez, las prácticas asimilacionistas son antiguas en Europa y tienen reflejo en las políticas de homogeneización lingüística y cultural, cuando no religiosa, en el período de formación de los estados nacionales. (Malgesini y Giménez, 2000: 51) Sobre asimilacionismo véase asimismo Banton, M. (1992) “Assimilation” en Dictionary of race an ethnic relations. Routledge: E.E. Cashmore, Londres y Nueva York, pp. 2-27 y Gordon, M. (1964) Assimilation in American Life. Oxford University Press.

5 Mary Nash en su trabajo “Identidades, representación cultural y discurso de género” hace referencia al sentir del poeta y a su discurso esencialista en el siguiente extracto: “La representación cultural de la diferencia en términos de categorías sociales queda claro en el discurso colonial e imperial que caracterizaba al otro –los pueblos colonizados- en grupos étnicos de una naturaleza supuestamente inferior. Frente a ellos el hombre blanco categorizado como de raza superior debía, en palabras del poeta Kipling, asumir la carga del hombre blanco (“the White man’s burden”) de “civilizar” a los pueblos colonizados” (Chalmeta, Checa Cremades, González Portilla et al, 1995: 193)

6 Graciela Malgesini y Carlos Giménez detallan en su obra “Guía de Conceptos sobre Migraciones, Racismo e Interculturalidad” el problema de la definición del concepto de enclave étnico, cuya aplicación tiene sentido cuando se hace referencia a “(…) agrupaciones o concentraciones de personas pertenecientes a un determinado grupo étnico (religioso o lingüístico) fuera de su territorio de origen y dentro por lo tanto de un territorio ajeno. En lo que se refiere a las migraciones internacionales, el término enclave étnico se aplica concretamente a las concentraciones o agrupaciones de inmigrante, o más en general, de personas de origen extranjero, en las sociedades receptoras de la inmigración. Así se habla de “enclaves pakistaníes” en Inglaterra (Webner, 1992), de “enclaves hispanos” en California (Palerm, 1989), de “enclaves de inmigrantes extranjeros en la agricultura española (Giménez, 1992), etc.” (Malgesini y Giménez, 2000: 141)

7 Acerca de la segregación espacial vivida por los trabajadores llegados de partes más pobres a Barcelona durante las décadas de los ’50, ’60 y ’70, véase Tatjer i Mir, M.; Muñóz Romero F.; Díaz Molinaro, M.; Camino Vallhonrat, X.; Casasayas Garbí, O. y Larrea Kil, C. (2011) Barraquisme, la ciutat (im)possible. Els barris de Can Valero, El Carmel i la Perona a la Barcelona del segle XX. Barcelona: Generalitat de Catalunya, Departament de Cultura.

8 Para un tratamiento en profundidad del temor que ha suscitado el pobre y principalmente el loco, y sobre la forma en que en la historia se ha tratado de expulsar del espacio público a estos personajes amenazantes del orden establecido véase Michel Foucault, “Historia de la locura en la época clásica”.

En este marco, cuesta no evocar la figura análoga del hobo, ya familiar gracias a la literatura y el cine. A finales del XIX y en las primeras décadas del siglo XX, Estados Unidos conoció a los hobos, trabajadores eventuales, anglosajones y blancos en su mayoría, que iban de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo a la búsqueda de un empleo temporal, viajando ilegalmente en los trenes, viviendo en las calles y frecuentando comedores públicos para pobres. Eran trabajadores inmigrantes al pie de la letra pues se desplazaban de un lado a otro en busca de una colocación eventual. Por su grado de conciencia política y sindical, y la presencia frecuente de personas con un nivel intelectual aceptable entre ellos –algunos llegaron a ser célebres, como Walt Whitman o Woody Guthrie–, su capacidad de autoorganización y la cultura específica que llegaron a generar, han sido objeto hasta hoy mismo de una admiración reflejada en buen número de canciones, novelas y películas. La Escuela de Chicago le dedicó uno de sus textos clásicos, el libro The Hobo, de Neil Anderson –que también había sido él mismo un hobo–, editado en 1923 (Anderson, 1998), y un no menos célebre artículo del padre de aquella corriente de antropólogos y sociólogos urbanos, Robert Ezra Park, que en el mismo año publicada su artículo “El espíritu del hobo: reflexiones sobre la relación entre mentalidad y movilidad” (Park, 1998).



9 Sergio Fernandez Riquelme en su trabajo “Los orígenes de la beneficencia. Humanismo cristiano, derecho de pobres y Estado Liberal” alude al problema de la criminalización de la pobreza del siguiente modo: “Dentro de esta concepción liberal, los “pobres, vagos y mendigos” eran un peligro para el orden social, para el desarrollo económico y para el proceso productivo; y ante esta situación, el poder público debía dedicarse a aumentar la población útil para la manufactura y la industria, siendo el Hospicio y el Hospital las instituciones adecuadas para integrar al méndigo válido mediante su formación y su trabajo forzado, o las Casas de expósitos para evitar que los menores abandonados se convirtieran en vagos y mendigos cuando fueran adultos  (González Seara, 2000: 119). La pobreza no era útil ni decente para la nueva sociedad liberal e industrial; no pagaban impuestos, no participaban de la política, no participaban en el sistema productivo. Eran, por tanto, un riesgo para la convivencia social, y un inconveniente para el desarrollo económico del país.” (Fernández Riquelme, 2007: 26)

10 Para Chile véase, Locos (disposiciones a que están sometidos los que ingresen a un asilo de locos) Proyecto de Lei en Boza y Anguita, 1895: 311)

11 La emergencia de leyes contra la vagancia en Inglaterra, durante la primera mitad del siglo XIV, provee un valioso antecedente. Surgidas en un contexto de escasez de fuerza de trabajo, experimentada por la aristocracia rural a consecuencia, principalmente, de la liberación de siervos a cambio de un canon, así como a causa de la disminución de la población por efecto de la peste negra en 1348, su principal objetivo estribaba en la eliminación de la presión salarial que tal escasez producía y la creación de una reserva de mano de obra barata. Como apunta Chambliss en su análisis sociológico sobre la legislación de la vagancia, éstas “fueron diseñadas con un propósito expreso: forzar trabajadores (sean libres o siervos) a aceptar empleos a un precio bajo en orden a garantizar al terrateniente un adecuado suministro de mano de obra a un precio que él pudiera pagar” (Chambliss, 1964:69). Principal objetivo de estas leyes es el logro de la fijación de la mano de obra por el que conseguir el suministro de trabajadores funcional al mantenimiento del nivel de los salarios. Tal objetivo se alcanzó, principalmente, mediante la obligación de trabajar a precios estipulados con anterioridad al arribo de la peste negra, la prohibición de aceptar salarios superiores a aquellos, de rechazar trabajos y de moverse por entre los distintos condados en busca de una mejor oferta por la cual recibir mejores pagos (Foote, 1956:615).

Medidas análogas fueron tomadas igualmente en el reino de Castilla durante la misma época, resultado de causas similares, entre ellas la aparición de la peste negra. A consecuencia de la misma se produjo un descenso de la población de hasta un 25% en dicho reino, por lo que los campos quedaron yermos. De la misma manera que ocurrió en Inglaterra ante tal escenario de escasez de trabajadores, la nobleza terrateniente impulsó la creación de leyes en contra de la vagancia, como estrategia al establecimiento de un reclutamiento forzoso de mano de obra libre, no sometida a vasallaje, evitando pagar salarios en alza a consecuencia de la presión salarial ejercida por la disminución de su número. Al efecto, en 1369 se formuló el estatuto de los vagabundos, el que se mantuvo vigente hasta la época de Carlos V, en 1552, en la que por Real Pragmática se instituyó la obligación de servir en las galeras en sustitución del cultivo de tierras. De este modo, se movilizaba la mano de obra, una vez fijada en el campo, hacia otros servicios considerados imprescindibles para una potencia marítima en expansión. (Achón Rodríguez, 2011:84)



Para el caso chileno podemos traer a colación la ley de 1843 sobre Mendigos compilada en la obra de Boza y Anguita. En la misma se hace distinción entre vagancia e indigencia al definir a los vagos como “miembros estériles i nocivos de la sociedad (…) móvil principal de todos los vicios i delitos” (Boza y Anguita, 1895: 310). Por el contrario, el indigente sería el verdadero pobre, individuo al que la sociedad le autoriza a mendigar una vez probado el impedimento que les dificulta para “ganar la subsistencia con su trabajo personal” (Boza y Anguita, 1895: 310). Nuevamente, como en los casos anteriores, en Chile proliferaron leyes contra la vagancia por las que se trató de obligar a los pobres capaces para el trabajo a ocuparse en faenas principalmente agrícolas. En los inicios de una fructífera industria minera con el descubrimiento de la mina de plata Chañarcillo en 1832, la hacienda chilena trata de competir por el trabajo de los pobres promoviendo su fijación en el centro y el sur del país. La sujeción de la mano de obra disponible se realizó, entre otros modos, a través de la obligación de trabajar a todos los ciudadanos salvo a aquellos considerados pobres verdaderos, incapacitados para el trabajo. Es así como a los mendigos se les criminaliza pues su errancia se considera nociva para el desarrollo de la agricultura, en manos de las élites dominantes con el suficiente poder político como para negar su existencia y criminalizar su actividad. De no tener licencia para mendigar, otorgada luego de realizados los “informes que se estimen necesarios i hacer, si fuere preciso, que uno o mas profesores en medicina les den su dictámen (…)” (Boza y Anguita, 1895: 310), al vago se le puede aprehender y confinar en un hospicio si fuese encontrado pidiendo limosna (Boza y Anguita, 1895: 306). El estigma del impedido se hacía recaer sobre el indigente autorizado a mendigar toda vez se le obligaba a llevar “(…) en alguna parte visible de sus vestidos esta licencia pegada al reveso de un escudo de metal o de lata, en cuyo anverso irá grabado o pintado el nombre del departamento.” (Boza y Anguita, 1895:310) La operación simbólica del estigmatizado servía a la par tanto para señalar al inválido del capaz para el trabajo, como para intimidar a los pobres en general y forzarlos al tajo.

12 Tal es el caso de la agricultura debido entre otras causas a la cultura empresarial caracterizada por la explotación del subordinado. Según Pedreño, es la agricultura un sector tradicionalmente desregularizado en el que tienden a reproducirse pautas de eventualidad, máxima flexibilidad y ausencia de contrato (Pedreño, 1999). Igualmente Achón destaca que es la agricultura un sector productivo caracterizado por presentar un bajo nivel de salarios y condiciones duras de trabajo (Achón, 2011b).

13 Emmanuel Rodríguez reflexiona sobre cómo la producción de estatus jurídicos a través de la ley de extranjería tiene por objetivo el recorte de libertades de los extranjeros: “La falta de papeles se ha convertido en un régimen de control, fijación y coacción del trabajo mucho más eficaz de lo que a primera vista se pudiera suponer. (…) el sometimiento del trabajador migrante se realiza sobre una fijación coactiva. De hecho, la mayor parte del trabajo se realiza sobre la base de una relación salarial oportunista y despótica, fundada en la condición alegal del migrante” (Rodríguez, 2003:76-77). La segmentación del mercado de trabajo se produce en parte por la discriminación normativa –entiéndase el establecimiento de distinciones en el ordenamiento jurídico de un Estado tendentes a crear grupos provistos de estatutos jurídicos diferenciados (Achón, 2011a: 29)- a la que está sujeto el extranjero. Producido el personaje adecuado a su explotación, toda vez recaiga sobre él el estigma del “sin papeles”, es que los empresarios pueden lograr sustraerse del mercado formal de trabajo y gozar de su fuerza de trabajo. En efecto, como ya señalamos en otro lugar, la producción de sujetos limitados en derechos auxilia a sectores económicos en el intento por sustraerse al mercado de trabajo (Achón, 2011b: 221).

14 El problema de las migraciones inglesas campo-ciudad se desarrolla en el contexto de los cercamientos o enclousures. Con ellos nos referimos al proceso de cierre de los campos comunales por parte de los terratenientes llevado a cabo principalmente entre 1760 y 1840. Concebido por Thompson como un robo de clase, consistió en una redefinición de la estructura agraria, con el fin de capitalizar el uso de la tierra, intensificándola. Resultado de aquello, es el empobrecimiento de los cottagers que en lo sucesivo se transformarían en mano de obra barata. De acuerdo al pensamiento de Thompson, los cercamientos socavaron las relaciones tradicionales características de la sociedad campesina inglesa (Thompson, E.P., 1989:229). De forma similar, para el escritor y economista Arthur Young los cercamientos acabaron con la propiedad de los pobres, lo que les impulsó a emigrar a ciudades industriales (Hammond, J.L. y Hammond, B., 1987:59). El uso al que fueron destinadas principalmente estas tierras cercadas fue el pastoreo, pues como indica Ashton, “el propósito principal fue abastecer de lana a la creciente industria textil; por consiguiente, aun en la segunda mitad del siglo XVIII las cercas se encontraban con mayor frecuencia en las regiones pastoriles” (Ashton, 1950:32). La incipiente industria textil se desarrolló principalmente en el campo, en el que los desposeídos de la tierra tendrían un papel relevante, en este sentido “la industria era rural más bien que urbana” (Ashton, 1950:57). Con la evolución técnica de los procesos industriales y el nacimiento de la fábrica como nueva organización del trabajo, se propicia un gran movimiento en masa de trabajadores que debían vencer determinadas leyes que obligaban, entre otras cosas, al mantenimiento del domicilio. Esas son las tristemente célebres Leyes de Asentamiento dictadas, desde 1662, como estrategia para el control del establecimiento de la mano de obra (Hammond, J.L. y Hammond, B., 1987:89). Esto manifestaba la pugna por la misma entre parroquias, y en ellas, entre la aristocracia instalada en los campos y la burguesía industrial.

15 Acerca del proceso de industrialización en Europa véase Kemp, T. (1979) La revolución industrial en la Europa del siglo XIX, Barcelona: Fontanella y Mantoux, P.(1962) La revolución industrial en el siglo

XVIII. Madrid: Aguilar



16 Entregamos a continuación una descripción detallada de la situación de la clase obrera en España para 1883: «[..] Nuestras clases obreras, tanto fabriles como agrícolas, carecen en efecto, en casi todas las comarcas del país, de lo más necesario y hasta de medios materiales de subsistencia. Si existen éstos, son tan exiguos a veces que modifican desventajosamente el estado de aniquilación en que dichas clases de hallan, organismo el suyo que se desarrolla penosamente en medio de la estrechez y la miseria, corre gran riesgo, sin duda, y pierde fuerzas en vez de ganarlas, si la casualidad le depara mayor o más suculenta alimentación. ¿Quién no ha notado la serie de enfermedades que se producen en los trabajadores del campo de nuestras comarcas agrícolas del mediodía, cuando, después de la miseria en que han vivido durante, v. gr., el invierno y la primavera, vienen de repente, faltos de fuerzas, a sufrir los rigores del calor en medio de las duras faenas del campo en el verano y bajo la influencia de un régimen alimenticio relativamente opíparo? Si de la alimentación venimos a la morada que dichas clases habitan, el espectáculo es más conmovedor: hacinadas en estrechas y lóbregas viviendas faltas de ventilación en las grandes poblaciones y en inmundas e insalubres barracas en las poblaciones rurales o en el campo, mil dolencias las diezman continuamente. Con la habitación corre parejas el vestido harapiento y sucio. Su ilustración y esparcimiento son tan deficientes como lo acreditan los desconsoladores datos que suministra la estadística criminal y la de instrucción pública. La ignorancia casi absoluta es su patrimonio [..]. Y no hay que añadir que las desgraciadas generaciones que en tales condiciones se forman han de tener por herencia, o un sistema nervioso dispuesto a todo exceso, o un semiidiotismo que les incapacite para todas las relaciones individuales y sociales» (REFORMAS SOCIALES, Información escrita practicada en virtud de la Real Orden de 5 de diciembre de 1883. Publicación oficial, Manuel Minuesa de los Ríos, Madrid, 1890, tomo II, 273 y ss, citado en Gómez Rivero y Palomeque López, 2003: 187)

Para el caso inglés puede revisarse Engels, F. (1976) La situación de la clase obrera en Inglaterra. Madrid: Akal Editor.



17 Sobre la estructura latifundista en el sur de España Gómez Rivero y Palomeque López señalan: “El fenómeno del latifundismo y de sus secuelas anejas, el caciquismo en particular, caracterizaba la propiedad agraria en la España meridional del momento. El suelo se encontraba concentrado en las manos de un restringido número de grandes propietarios (…)” (Gómez Rivero y Palomeque López, 2003: 188) Asimismo, los mismos autores dirigen al lector interesado en el estudio del latifundio y su problemática social a la P. CARRIÓN. P. (1975) Los latifundios en España. Su importancia, origen, consecuencias y solución. Barcelona: Ariel. También AA.VV. (1978) El latifundio. Propiedad y explotación, ss. XVIII-XX. Madrid: Ministerio de Agricultura.

Para el caso chileno rescatamos el siguiente fragmento que resume el proceso de migración campo ciudad durante el siglo XIX y el XX hallado en la página Memoria Chilena de la Biblioteca Nacional Digital de Chile: “Durante el último tercio del siglo XIX y la primera mitad del XX, Chile experimentó un fenómeno migratorio hacia los centros urbanos. Sus causas estuvieron relacionadas con factores macroeconómicos. En primer lugar, los cambios que a partir de 1850 comenzó a experimentar el sistema primario exportador, basado en la producción de trigo y plata. En segundo lugar, se inició un sostenido crecimiento minero en función de nuevas actividades, fundamentalmente el salitre y el cobre, en detrimento de los productos señalados. Para la explotación del salitre, la población empezó a concentrarse en pequeños núcleos urbanos del norte grande: las oficinas salitreras. Además, aumentaron los habitantes en los puertos de salida del mineral. En el caso de la agricultura, los grandes propietarios del valle central iniciaron un proceso de expansión y modernización, para cultivar sus tierras a costa de los pequeños y medianos productores, que fueron expulsados o empeoraron sus ya precarias condiciones de vida.” http://www.memoriachilena.cl/temas/index.asp?id_ut=migracioncampociudad(1885-1952)




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