Revista Ciencias Sociales 29 /Segundo Semestre 2012 Revista de Ciencias Sociales



Descargar 1.44 Mb.
Página2/20
Fecha de conversión01.07.2017
Tamaño1.44 Mb.
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   20

BIBLIOGRAFÍA

Achón Rodríguez, O

2011a “Inmigración, exclusión residencial y segregación espacial. Estudio sobre la vivienda inmigrante en un municipio de Lleida (España)”. Editorial Académica Española, Saarbrücken, Germany.
___2011b Importando miseria. La alternativa a la provisión de mano de obra agrícola. Los libros de la Catarata; Madrid, España.
Anderson, B.

1993 “Comunidades imaginadas: reflexiones sobre el origen y difusión del nacionalismo”. Fondo de Cultura Económico; Mexico DF, México.

Anderson, N.

1998 “On Hobos and Homelessness”. The University of Chicago Press; Chicago, United States.


Arjona Garrido, A. y Checa Olmos, J.C.

2006 “Economía étnica. Teorías, conceptos y nuevos avances” en Revista Internacional de Sociología (RIS) vol. LXIV, nº 45, septiembre-diciembre, pp.117-143. URL:



http://revintsociologia.revistas.csic.es/index.php/revintsociologia/article/view/18/18
Ashton, T.S.

1950 “La Revolución Industrial”. Fondo de Cultura Económica; México DF, México.


Bravo, D. & D. Contreras

1999 “La distribución del ingreso en Chile 1990-1996: análisis del impacto del mercado de trabajo y las políticas sociales”. Universidad de Chile, Departamento de Economía; Santiago, Chile.


Cariola, C. y Lacabana, M. A.

2001 "La metrópoli fragmentada. Caracas entre la pobreza y la globalización" en Eure, vol.80, n°27. 


Castells

2001 "La sociología urbana en el Siglo XXI" en Susser, I. (Ed.)  La sociología urbana de Manuel Castells. Alianza Editorial; Madrid, España.


Chalmeta, P., Checa Cremades, F., Gonzalez Portilla, M. y otros

1995 “Cultura y culturas en la historia”. Ediciones Universidad de Salamanca; Salamanca, España.


Chambliss, W.J

1964 “A Sociological Analysis of the Law of Vagrancy” en Social Problems, Vol. 12, n°1, Verano, pp. 67 y ss.


Ciccolella, P.

1999 "Globalización y dualización en la región metropolitana de Buenos Aires. Grandes inversiones y reestructuración socioterritorial en los años noventa", Eure, vol.25, n°76.    


Contreras, D.

1998 “Distribución del ingreso en Chile. Nueve hechos y algunos mitos” en Perspectivas, vol.2, n°2, pp.311-332.



http://www.dii.uchile.cl/~revista/revista/vol2/n2/07.pdf

Cowan, K. y de Gregorio, J.

1996 "Distribución y pobreza en Chile: ¿Estamos mal? ¿Ha habido progresos? ¿Hemos retrocedido?" en Estudios Públicos, n° 64. 
De Mattos, C.A.

2002 “Mercado metropolitano de trabajo y desigualdades sociales en el Gran Santiago.  ¿Una ciudad dual?” en Eure, vol.28, n°85.


___1999 "Santiago de Chile, globalización y expansión metropolitana: lo que existía sigue existiendo" en Eure, vol.25, n°76
Doeringer, P. y Piore, M.

1971 “Internal Labor Markets and Mampower Analysis”. D. C. Heath and Company; Lexington, United States.


Ducci, M. E.

1997 "Chile: el lado obscuro de una política de vivienda exitosa", Eure, vol.23, n°69.


Engels, F.

1976 “La situación de la clase obrera en Inglaterra”. Akal Editor; Madrid, España.


Fernández Riquelme, S.

2007 “Los orígenes de la beneficencia. Humanismo cristiano, derecho de pobres y Estado Liberal” en La Razón Histórica, n° 1 Historia y Mitos, Septiembre-Diciembre, pp 12-30.


Foote, C.

1956 “Vagrancy Type Law and Its Administration” en University of Pennsylvania Law Review, Vol. 104, n°5, Marzo, pp.603-650.


Foucault, M.

1998 “Historia de la locura en la época clásica. Vol. I-II”. Fondo de Cultura Económico; México DF, México.


Gellner, E.

1988 “Naciones y Nacionalismo”.Alianza; Madrid, España.


___1998 “Pensamiento y Cambio”. Siglo XX; Madrid, España.
Gómez Rivero, R. y Palomeque López, M.C.

2003 “Los inicios de la Revolución Industrial en España. La fábrica de algodón de Sevilla (1833-1836)” en Revista del Ministerio de Trabajo e Inmigración, n° 46, pp.185-222.


Hammond, J. L. y Hammond, B.

1987 “El trabajador del campo. Ministerio de Trabajo y Seguridad Social. Centro de Publicaciones; Madrid, España.

Hobsbawn, E.

2000 “Naciones y nacionalismos desde 1780. Programas, mitos y realidades”. Crítica; Barcelona, España.
Krause, A. y Puentes, G.

2001 "Pobreza, crecimiento y distribución del ingreso en Chile en los noventa" en Documento n° 24. Santiago, Ministerio de Planificación y Cooperación (MIDEPLAN) www.mideplan.cl


Kemp, T.

1979 “La revolución industrial en la Europa del siglo XIX”. Fontanella; Barcelona, España.


Malgesini, G. y Giménez, C.

2000 “Guía de Conceptos sobre Migraciones, Racismo e Interculturalidad”. Los libros de la Catarata; Madrid, España.


Mantoux, P.

1962 “La revolución industrial en el siglo XVIII”. Aguilar: Madrid, España.


Marín Bravo, A. y Morales Martín, J.J.

2010 “Modernidad y modernización en América Latina: una aventura inacabada” en Nómadas. Revista Crítica de Ciencias Sociales y Jurídicas, n°26, pp.1-21 http://www.ucm.es/info/nomadas/26/marinbravo_moralesmartin.pdf


Márquez Domínguez, Juan Antonio

2009 “Jornaleros forasteros y extranjeros en la frontera agraria”. En: Gordo Márquez y Felicidades García (Ed.) Explorando los contratos en origen en los campos españoles. Universidad de Huelva; Huelva, España. pp.187-209.


Martínez Veiga, U.

1999 “Pobreza, segregación y exclusión espacial”. Icaria; Barcelona, España.


___2001 “El Ejido. Discriminación, exclusión social y racismo”. Los libros de la Catarata; Madrid, España.
Meller, P.

2000 “Pobreza y distribución del ingreso en Chile (década del 90)". En: Documentos de Trabajo, n°69, Centro de Economía Aplicada, Universidad de Chile. http://econpapers.hhs.se/paper/edjceauch/69.htm


Mezzadra, Sandro

2005 “Derecho de fuga. Migraciones, ciudadanía y globalización”. Traficantes de sueños; Madrid, España.

Ministerio del Interior. Gobierno de Chile

2010 “Informe anual del Departamento de Extranjería y Migración”. Ministerio del Interior, Gobierno de Chile; Santiago, Chile. pp. 1-17

http://www.extranjeria.gov.cl/filesapp/Informe%20Estimacion%20Poblacion%20Extranjeros%202008.pdf
Monreal, P.

1996 “Antropología y pobreza urbana”. Los libros de la catarata; Madrid, España.


Park, R. E.

1998 "El espíritu del hobo: reflexiones sobre la relación entre mentalidad y movilidad" en Park, R. E., La ciudad y otros ensayos de ecología Barcelona: Serbal, pp. 85-88. 


Pedreño, A.

1999 “Construyendo la huerta de Europa: trabajadores sin ciudadanía y nómadas permanentes en la agricultura murciana” en Migraciones, n°5, pp. 87-120.


Prévot-Schapira, M. F.

2000 "Segregación, fragmentación, secesión. Hacia una nueva geografía social en la aglomeración de Buenos Aires" en Economía, Sociedad y Territorio, vol.2, n°7. 


Ribeiro, L. C. de Queiroz y Preteceille, E.

1999 "Tendências da segregaçao social em metrópoles globais e desiguais: Paris e Rio de Janeiro nos anos 80" en Eure, vol.25, n°76.  


Ribeiro, L. C. de Queiroz

2000 "Cidade desigual o cidade partida? Tendências da metrópole do Rio de Janeiro" en Ribeiro, Luiz Cesar de Queiroz (Org.) O futuro das metrópoles: desigualdades e gobernabilidade. Editora Revan; Río de Janeiro, Brasil.

 

Rodríguez, Emmanuel



2003 “El gobierno imposible. Trabajo y fronteras en las metrópolis de la abundancia”. Traficantes de Sueños; Madrid, España.
Rodríguez, A. y Winchester, L.

2001 "Santiago de Chile: metropolización, globalización, desigualdad" en Eure, n° 27, 82.  


Sabatini, F., Cáceres, G., Cerda, J.

2001 “Segregación residencial en las principales ciudades chilenas: Tendencias de las tres últimas décadas y posibles cursos de acción” en Eure, vol. 27, n° 82, pp. 21-42.

Sabatini, F y Arenas, F.

2000 “Entre el Estado y el mercado: resonancias geográficas  y sustentabilidad social  en Santiago de Chile” en Eure, vol. 26, n° 79.
Sabatini, F.

2000 “Reforma de los mercados de suelo en Santiago, Chile: efectos sobre los precios de la tierra y la segregación residencial” en Eure, vol. 26, n°77.


Sierra Álvarez, José

1990 “El obrero soñado. Ensayo sobre el paternalismo industrial (Asturias, 1860-1917)”. Siglo XXI de España Editores, S.A; Madrid, España.


Soja, E.

2000 “Postmetropolis. Critical Studies of Cities and Regions”. Blackwell Publishers, Oxford, England.


Solé, C.

1995 “Prevenir contra la discriminación: actitudes y opciones ante la inmigración extranjera”. Consejo Económico y Social; Madrid, España.


Solé, C. (Coord.)

2001 “El impacto de la inmigración en la economía y en la sociedad receptora”. Anthropos; Barcelona, España.


Taschner, S. P. y Machado Bogus, L.

2001 “Sao Paulo, uma metropole desigual" en Eure, vol.27, n°82.    


Tatjer i Mir, M.; Muñóz Romero F.; Díaz Molinaro, M.; Camino Vallhonrat, X.; Casasayas Garbí, O. y Larrea Kil, C.

2011 “Barraquisme, la ciutat (im)possible. Els barris de Can Valero, El Carmel i la Perona a la Barcelona del segle XX”. Generalitat de Catalunya, Departament de Cultura; Barcelona, España.


Thompson, E.P.

1989 “La formación de la clase obrera en Inglaterra. Vol. I-II”. Editorial Crítica; Barcelona, España.

Torres, F.

2007 “Los nuevos vecinos de la mancomunidad del sureste. Los inmigrantes y su inserción en Torre Pacheco, Fuente Álamo y La Unión (Murcia)”. Editum; Murcia, España.


Tuñón de Lara, M.

1998 “Luchas obreras y campesinas. Jaén (1917-1920), Sevilla (1930-32)”. Siglo XXI de España; Madrid, España.



DE LOS ENFOQUES “UNIDIMENSIONALES” A LOS ENFOQUES “MULTIDIMENSIONALES” EN EL ESTUDIO DE LAS MIGRACIONES INTERNACIOANALES
Pablo Baeza Virgilio48

En este artículo muestro las debilidades del modelo analítico neoclásico y el modelo asimilacionista a la hora de comprender las realidades migratorias contemporáneas y explico el surgimiento del enfoque transnacional como respuesta a estas debilidades, lo que implicó la ruptura con los modelos binarios y la entrada de la complejidad en el análisis de los fenómenos asociados a las migraciones internacionales. Más allá de la novedad del enfoque, identifico un uso crítico y acrítico del mismo y reflexiono sobre la necesidad de adoptar el primero para no caer en los errores epistemológicos propios de los modelos tradicionales.

Palabras claves: migración, modelo neoclásico, asimilacionismo, Estado-nación, identidad, enfoque transnacional.

In this paper I show the weakness of both neoclassical and assimilationism model to understand the contemporary migration realities and explain the rise of transnational approach like an answer to this weakness, which involve the rupture with the binary models and the entrance of complexity on migration fenomena analysis. Beyond the novelty, I identify a critical and uncritical use of the approach and think about the necessity of adopting the first of one to not to fall in the epistemology mistakes of traditional models.

Keywords: migration, neoclassical model, assimilationism, nation-state, identity, transnational approach.

Introducción49

Las realidades migratorias contemporáneas se han ido transformando en un factor de cambio social, político y económico no sólo al nivel macro, de las economías estatales o regionales, Estados y sociedades, sino también de las localidades, comunidades y barrios desde donde y hacia donde los flujos se originan/destinan. Si bien el fenómeno no es nuevo en Chile, se aprecia una tendencia al alza de los flujos de inmigrantes, dentro de un contexto de creciente migración intra-regional latinoamericana explicada en parte por la crisis económica en aquellos destinos que resultaban más frecuentes para los migrantes (EE.UU. y Europa). El presente trabajo tiene como objetivo delinear el enfoque transnacional (su génesis y desarrollo) para utilizarlo de manera crítica en el análisis y comprensión de los procesos y fenómenos que surgen de estas nuevas realidades migratorias.



Enfoques tradicionales sobre las causas de las MIGRACIONES Y PROCESOS de asentamiento de los grupos: LOS modelos neoclásico y asimilacionista
Las primeras aproximaciones sistemáticas a los fenómenos migratorios se las debemos a las perspectivas que provienen del paradigma neoclásico –con sus supuestos de elección racional, maximización de la utilidad, rendimientos netos esperados, movilidad de los factores, diferencias salariales, etc. (Arango, 2003)–. Uno de los precursores de este enfoque aplicado a las migraciones fue el geógrafo y cartógrafo inglés E. G. Ravenstein, que en su trabajo “The Laws of Migration” (1885 y 1889) destacó una serie de características de los flujos migratorios en el Reino Unido, como la motivación fundamentalmente económica como causa de los movimientos o el carácter gradual de los mismos (step by step). Pero la mayor y más duradera contribución de Ravenstein al estudio de las migraciones fue su uso del marco analítico repulsión-atracción (push-pull), prestando una atención predominante a la primera de estas fuerzas (Arango, 1985).

El modelo analítico atracción-repulsión considera los movimientos migratorios como resultado de la relación de factores que operan en el lugar de origen, que son los factores de repulsión (push factors), y otros que operan en el lugar de destino, los factores de atracción (pull factors). Los factores de repulsión (crecimiento demográfico, bajos estándares de vida, falta de oportunidades económicas, represión política) son los responsables de que los individuos no puedan satisfacer sus necesidades en su entorno inmediato; los factores de atracción (demanda de trabajo, oportunidades económicas, marcos institucionales democráticos) ofrecen la posibilidad al inmigrante de satisfacer sus necesidades en el lugar de destino previsto (Castles y Miller, 2009). El modelo concibe la decisión de migrar como un acto individual y voluntario, basado en el cálculo racional de los costos y beneficios esperados por el desplazamiento y en la comparación de las posibilidades que ofrece el lugar de destino versus los sacrificios y pérdidas que implican el desplazamiento y el abandono del lugar de origen. Estos supuestos son condensados en lo que Borjas llamó un “mercado de inmigrantes”:

“En el mercado de inmigrantes la variedad de información es intercambiada y la variedad de opciones son comparadas. En un sentido, los países de acogida compiten haciendo ‘ofertas migratorias’ que los individuos comparan y escogen. La información recolectada en este mercado lleva a muchos individuos a concluir que es ‘beneficioso’ permanecer en el lugar de origen (p.e., encuentran que es caro migrar hacia otro país). A la inversa, otros individuos concluyen que estarán mejor en otro país” (Borjas, 1989: 461).

La explicación de corte neoclásico de las migraciones perdió parte de su crédito al verse incapaz de comprender los cambios acontecidos en el último cuarto del siglo XX en relación con los fenómenos migratorios internacionales (Arango, 2003; Pries, 2002; Portes y Rumbaut, 2010). A nivel microsocial, lo que el modelo neoclásico no pudo absorber fue la creciente evidencia empírica que señalaba que los migrantes no eran los sujetos que vivían en condiciones más precarias desde el punto de vista económico, sino más bien individuos de estatus social medio que residían en áreas con bajo crecimiento social y económico (Arango, 2003; Alonso, 2011). También quedaba inexplicado por el modelo por qué ciertos grupos de migrantes se desplazaban a unos países y no a otros atendiendo elementos enteramente racionales en sus decisiones (Portes y Böröcz, 1989). A nivel macrosocial, el paradigma neoclásico fue incapaz de explicar por qué países con características estructurales similares tenían tasas de emigración y de inmigración disímiles, y tampoco cuáles eran las fuerzas que estaban detrás de la consolidación de flujos migratorios de unas regiones a otras, aún cuando las primeras causas de éstos se hubieron atenuado. Además, fue incapaz de comprender los flujos migratorios como fuerzas que inciden y estructuran activamente tanto las regiones de origen como las de destino, desde el punto de vista de las reproducciones económica, demográfica y social (Canales, 2011).

Todas estas dinámicas migratorias no explicadas satisfactoriamente por el modelo sugirieron las deficiencias del mismo. Grosso modo estas se derivan de la no inclusión de factores políticos, sociales y culturales en sus análisis de los movimientos migratorios. Al optar por un enfoque unidimensional, fundamentalmente económico de tipo neoclásico, deja de lado elementos que influyen fuertemente en las realidades migratorias: políticas públicas restrictivas/permisivas, sentimientos identitarios, conflictos étnicos en las sociedades de destino, lazos culturales e históricos entre países y/o regiones, movimientos políticos y culturales de los grupos migrantes, equilibrios/desequilibrios de poder, etc. Además, al considerar la migración como un proceso meramente individual y racional, no da cabida a otro tipo de factores colectivos y simbólicos que entran en juego en los fenómenos migratorios: estrategias familiares, redes sociales, redes de parentesco, reafirmación de etnicidades, etc.

Una serie de tendencias en los movimientos migratorios contemporáneos incentivaron la elaboración de nuevos modelos de explicación y el refinamiento de los ya utilizados. Hacia el último cuarto del siglo XX surgen nuevas zonas y países emisores de flujos migratorios: si antes eran los países europeos los principales emisores, ahora el origen se ha desplazado hacia África, Asia y América Latina. Además, al mismo tiempo que aumentan y se diversifican los países emisores de migrantes, también crece el número de países y regiones receptoras de los mismos. En consonancia con estas tendencias ha habido un cambio en las políticas migratorias en general: de la libre circulación de las personas y el incentivo al asentamiento de finales del siglo XIX y principios del XX se ha dado paso a políticas de tipo restrictivo de los flujos migratorios, en cuanto a entrada y permanencia en los países receptores. Como características de estas dinámicas migratorios destacamos su feminización (Sassen, 2001 y 2003), ilegalización (Alonso, 2011) y creación de espacios sociales transnacionales (Pries 1999, 2002 y 2005; Faist 1998 y 2000).

Entre estas nuevas aproximaciones analíticas, que buscaban solventar las carencias de las explicaciones de corte neoclásico, podemos destacar la “teoría de los mercados de trabajo segmentados” (Piore, 1979), que propone como causa de los flujos migratorios una demanda estructural de mano de obra por parte de las economías más desarrolladas, en particular del sector económico intensivo en trabajo, de baja productividad, bajos salarios y poco prestigio social; la “teoría del sistema mundial” de Wallerstein, que inscribe las migraciones dentro de las desigualdades estructurales de un mundo dividido en tres esferas (centro/semi-periferia/periferia) y; el análisis de “redes migratorias” (Gurak y Caces, 1992; Portes y Sensenbrenner, 1993; Portes, 1995; Vertovec, 2003), que, partiendo de las aportaciones de Coleman (1988) y Bourdieu (1985) sobre capital social y de Granovetter sobre redes sociales (1973), las concibe como una forma de capital (social) que permite a los migrantes acceder a otras formas de capital (económico y simbólico) que facilita no sólo la decisión de migrar sino también el proceso de incorporación a la región de destino.

El modelo asimilacionista

El asimilacionismo ha sido la postura que ha dominado la interpretación de los procesos por los cuales los grupos migrantes se han incorporado a las sociedades de destino, al tiempo que ha sustentado las políticas con la que los Estados-nación receptores han enfrentado estos flujos (Kazal, 1995; Barkan, 1995). La perspectiva asimilacionista, sistematizada fundamentalmente desde el contexto migratorio norteamericano, supone que los inmigrantes renuncian o deberían renunciar por completo a su cultura de origen en favor de la adopción de las conductas y valores del grupo dominante. Asume que la sociedad de acogida, y su cultura, es superior a las sociedades de las que provienen los inmigrantes, de ahí el supuesto deseo de éstos de adoptarla sin ningún tipo de reparos. Esta concepción de los procesos de asentamiento de los grupos migrantes inspiró las políticas de “americanización” de los flujos migratorios europeos a Estados Unidos sobre el final del siglo XIX y principios del XX, las políticas de “germanización” de los inmigrantes que llegaron a Alemania después de la Segunda Guerra Mundial, o las políticas de rechazo y acoso que algunos Estados de EE.UU. actualmente aplican a los inmigrantes que provienen de contextos socio-económicos empobrecidos.

El desarrollo académico de este modelo en ciencias sociales se lo debemos a las aportaciones de la Escuela de Chicago (Robert E. Park, William I. Thomas, Ernest Burgess y Florian Znaniecki) respecto a la manera como los inmigrantes se ajustaban a la vida norteamericana. La investigación de los años 1918-1920 sobre inmigrantes polacos en EE.UU., “El campesino polaco en Europa y en América” (Thomas y Znaniecki), retrató el tránsito de los campesinos desde una comunidad relativamente autosuficiente, regulada por las reglas sociales de los grupos primarios (como la familia), hacia un orden de gran individualización y autocontrol, basado en la cooperación racional. Esta transición se explica sobre un eje de “desorganización” y “reorganización”, concebido el primer concepto como “una reducción de la influencia de las reglas sociales de conducta existentes entre los miembros individuales del grupo” (Thomas y Znaniecki, 2006: 305) y el segundo como los esfuerzos de cooperación y solidaridad de un grupo por reacomodarse a las nuevas circunstancias sociales. En particular los autores explican cómo los inmigrantes polacos enfrentan la desorganización con una actividad social basada en la reorganización grupal. El desarrollo de este grupo étnico es visto como un tipo de asimilación, ya que el grupo, en un principio polaco-americano, se va transformando lentamente en americano, con sus miembros adquiriendo progresivamente actitudes y conductas propias de la cultura dominante.

Sobre esta base se enmarca la contribución de Milton Gordon (1964), probablemente la más sistemática y completa formulación de los postulados asimiliacionistas. Gordon construye su esquema de asimilación como un proceso de siete pasos o subprocesos, que deben ser tomados como tipos de asimilación: asimilación cultural, asimilación estructural, asimilación marital, asimilación identitaria, asimilación actitudinal, asimilación conductual y asimilación cívica. El grupo de referencia para los inmigrantes y sus descendientes es el compuesto por aquellos individuos blancos, de clase media, protestantes y de origen anglosajón. Este grupo de referencia es lo que Gordon llama core group, core society o core culture. El proceso asimilatorio clave para Gordon es lo que denomina asimilación estructural, que no es otro que la entrada del grupo étnico en las relaciones primarias del núcleo de la sociedad (aquellas donde el contacto es íntimo, personal, informal y generalmente cara a cara). La asimilación estructural es la piedra angular del proceso asimilatorio, y el precio de esa asimilación es la desaparición del grupo étnico como entidad separada y la evaporación de sus valores distintivos. El razonamiento es que la entrada al círculo de las relaciones primarias modifica los rasgos culturales intrínsecos (intrinsic cultural traits) del grupo, como son las creencias y prácticas religiosas, valores éticos, gustos musicales, costumbres folclóricas, literatura, lengua y sentido de un pasado común. En definitiva, la herencia cultural de un grupo.

El modelo asimilacionista fue ampliamente criticado en lo que se ha dado en llamar el “giro diferencialista” (Brubaker, 2001), tendencia que floreció en el discurso y en las políticas en las décadas de los 80 y 90 en Estados Unidos, que comprendía de manera pluralista la persistencia de las diversidad. Tres fueron los aspectos más criticados del modelo: en primer lugar, su comprensión estática de la cultura, ya que consideraba como homogéneos a los grupos, tanto autóctonos como inmigrantes, además de plantear la homogeneización como meta final del proceso de encuentro entre culturas (Malgesini y Giménez, 2000); en segundo lugar, el carácter unidireccional del proceso. Se plantea que la sociedad “receptora” no se modifica con la llegada de los grupos migrantes y son estos los que tienen que adaptarse y “hacerse semejantes” al grupo dominante; y en tercer lugar, el supuesto de que la sociedad y cultura receptora es superior a la sociedad y cultura de origen de los inmigrantes. Al considerar superior la cultura del grupo dominante en la sociedad receptora por sobre la de los grupos foráneos “hizo de la desigualdad su axioma” (Bauman, 2005: 149).

Después de dos décadas de permanecer en la oscuridad (Kazal, 1995), el concepto de asimilación ha presenciado una revitalización. Reformulando sus postulados más polémicos, muchos teóricos de las migraciones han defendido su utilidad para comprender el fenómeno de incorporación de los inmigrantes a la corriente cultural dominante (Morawska, 1994; Alba, 1995; Barkan, 1995; Alba y Nee, 1997 y 2003; Rumbaut, 1997; Krivisto, 2001). Se señala desde estas posiciones que el concepto de asimilación no debe ser considerado dentro de un marco de análisis determinista y mecánico, o como sinónimo de un proceso de aculturación forzada o de racismo encubierto. La transformación del concepto, desde el “giro diferencialista” hasta el “retorno de la asimilación” (Brubaker, 2001) se ha expresado en diversos trabajos que plantean un enriquecimiento del concepto de asimilación a través de la “reconciliación” con otros conceptos supuestamente antagónicos (Gans, 1997) y aplicaciones más matizadas del enfoque orientadas a comprender lo que se han denominado fenómenos de asimilación segmentada (Zhou, 1997; Portes y Zhou, 1993; Portes y Rumbaut, 2001).

Resquebrajamiento de los conceptos tradicionales: las migraciones internacionales como campo de pruebas

Los fenómenos económicos, sociales y culturales que se vienen desarrollando con mayor intensidad desde el último cuarto del siglo XX, propiciaron en las ciencias sociales la urgencia de modificar o cambiar los marcos de análisis utilizados hasta el momento. Estos cambios de paradigma (trasladando el acento desde lo dicotómico/homogéneo a lo múltiple/heterogéneo) en diferentes disciplinas sociales propulsaron una serie de virajes teóricos y prácticos en el campo del estudio de las migraciones que permitieron la construcción de un enfoque transnacional para a acercarse a los fenómenos. Si éstos eran comprendidos únicamente y, al tiempo, sólo parcialmente por los conceptos y usos tradicionales (Estado-nación, identidad, comunidad, economía nacional, política nacional, etc.), son ahora observados buscando dimensiones y relaciones subordinadas en los análisis canónicos que acabamos de mostrar (explicación neoclásica y modelo asimilacionista). Como señala Beck, lo que en los enfoques tradicionales queda “... excluido –lo ambivalente, lo móvil, lo pasajero, el estar al mismo tiempo aquí y allí– reaparece en primer lugar en el marco de la investigación de la migración a la hora de valorar los espacios sociales transnacionales” (1998: 49).

En particular se mostrará la manera en que la migración contemporánea y sus efectos en las regiones de origen y destino, se convirtió en uno de los fenómenos sobre los que se construyeron miradas y modelos de análisis que cuestionaron la capacidad hermenéutica de las herramientas conceptuales tradicionales en las ciencias sociales. Lo que se hizo evidente es que “las personas, los significados y las formas significativas que se desplazan, encajan muy mal con lo que han sido las unidades convencionales del pensamiento social y cultural” (Hannerz, 1998: 37). Algunos de estos conceptos, al menos los dos que veremos a continuación (Estado-nación e identidad), conforman el marco bajo el que se formaron y consolidaron las sociedades occidentales modernas. En la actualidad, si bien cuestionados desde diferentes ámbitos de las ciencias sociales, siguen siendo conceptos que dan cuenta de las realidades contemporáneas y al tiempo estructuran la mirada sobre ellas.

Estado-nación

En el actual contexto de globalización económica y cultural, hemos apreciado cómo los Estados nacionales, lejos de perder su influencia en los procesos económicos, políticos y sociales dentro y fuera de sus fronteras, reacomodaron su papel a las nuevas características de la economía mundial, actuando como agentes aceleradores de los procesos económicos, intentando atraer los flujos de inversiones mediante la construcción/mantención de escenarios promisorios para el capital: fundamentalmente flexibles, desregulados y sin conflictividad social. Estas dinámicas recientes han supuesto “... una desnacionalización parcial del territorio nacional y un trasvase, también parcial, de algunos componentes de la soberanía del Estado a otras instituciones, a entidades supranacionales y al mercado global de capitales” (Sassen, 2001: 16).

En este sentido Beck advierte que el nuevo escenario de globalización altera la posición de los Estados nacionales en el marco de las relaciones internacionales, el sistema económico mundial, los espacios de decisión y ejecución de políticas, etc. Sea en el ámbito económico, social o político, los Estados nacionales deben ahora ejercer una suerte de negociación, poniendo en juego todos sus recursos disponibles, con diversos actores (locales, nacionales, internacionales y transnacionales) para acceder, mantener y consolidar posiciones de poder que antes tenían aseguradas. Por ello la globalización supone:

“que se rompe la unidad del Estado nacional y la sociedad nacional, y se establecen unas relaciones nuevas de poder y competitividad, unos conflictos y entrecruzamientos entre, por una parte, unidades y actores del mismo Estado nacional y, por la otra, actores, identidades, espacios, situaciones y procesos sociales transnacionales” (Beck, 1998: 43).

Dentro de este panorama, lo que se ha cuestionado como supuesto incontestable dentro de las ciencias sociales es la “teoría del contenedor de la sociedad” (Beck, 1998, 2000 y 2004; Pries, 1999 y 2002; Glick Schiller et al. 1992 y 1995; Glick Schiller, 2009). Según este modelo de pensamiento las sociedades están contenidas en el Estado, que es quien controla y domina el territorio donde cada sociedad se desenvuelve. Por definición estas sociedades son “sociedades estatales”, delimitadas por el territorio que domina el Estado y por las otras sociedades adscritas a otros territorios. Y son “apolíticas”, ya que lo político se desplaza hacia el Estado y sus instituciones. Este ordenamiento tiene su corolario en la supuesta homogeneidad de la sociedad contenida en el Estado, sobre la base de una historia social y cultural compartida por sus miembros, un sentimiento de identidad que los agrupa y que se expresa en una idiosincrasia nacional, un arte nacional, una literatura nacional, una educación nacional, e incluso una religión nacional. La “teoría del contenedor de la sociedad” supone que la identidad nacional se desarrolla dentro de los límites del Estado, que son límites primero territoriales y después límites culturales, históricos y sociales. Una nación sólo puede llegar a ser lo que es si está sujeta (contenida) en un Estado.

El concepto de Estado-nación descansa en lo que Ludger Pries define como una “... conexión de doble exclusividad de espacio social y espacio físico-geográfico” (Pries, 2002: 583), que consiste en la creencia de que un espacio social se encuentra anclado única y exclusivamente en un espacio geográfico y que un espacio geográfico contiene única y exclusivamente un espacio social dentro de sus límites. Esta doble exclusividad ha ido perfilando “... la idea de una relación orgánica entre una población, un territorio, una forma, a la vez que una unidad de organización política, y un paquete organizado de significados y formas significativas...” (Hannerz, 1998: 39).

A la vez como producto y productor de los supuestos que sostienen el concepto de Estado-nación se encuentra lo que Wimmer y Glick Schiller han llamado “nacionalismo metodológico”, que se manifiesta en la práctica de tomar “los discursos nacionales, agendas, lealtades e historias, como dadas, sin problematizarlas o sin hacerlas un objeto de análisis por derecho propio” (Wimmer y Glick Schiller, 2002: 304). Hay un proceso de naturalización del Estado-nación, como contenedor de una cultura, una política, una economía y un grupo social homogéneo. El Estado-nación aparece como el lugar donde todos los procesos sociales adquieren sentido o más bien, todos los procesos que ocurren dentro del Estado-nación son susceptibles de ser comprendidos. Asumiendo entonces que estos procesos son diferentes de aquellos que ocurren fuera de sus fronteras, “las ciencias sociales no dejan lugar para procesos globales y transnacionales que conectan territorios nacionales” (Wimmer y Glick Schiller, 2003: 579) y por tanto reducen su foco de atención a las realidades que se insertan dentro de los “contenedores” de los Estados-nación y dejan de lado aquellas que subvierten o introducen ambivalencia en el esquema analítico Estado/nación/territorio.

Una lectura escolástica (Bourdieu, 1999) del “nacionalismo metodológico” nos puede llevar a pensar que es una visión superada por el cosmopolitismo. Podríamos estar convencidos de que esta estrechez de miras, una estrechez justamente nacional, va en franca retirada de la vida política, cultural y social de nuestras sociedades. Pero este error escolástico, igualar el modo en cómo aprehendemos los fenómenos al modo en que los fenómenos se manifiestan, es fácilmente contrarrestable si asumimos que por el propio hecho de que los estados-nacionales no han desaparecido el punto de vista nacionalista posee toda una plataforma potente de desarrollo y maniobra. El modo en que los inmigrantes son asociados, por una lógica de cálculo de costos y beneficios, a crisis social, a problemas sociales (Domenech, 2011; Stefoni, 2011; Novick, 2011), nos habla de que el Estado y sus políticas migratorias siguen utilizando el marco nacionalista para concebir la entrada y asentamiento de los inmigrantes. Los inmigrantes son deseados o indeseados según procedencia, capacidades, características étnicas, idiosincráticas, etc., y este juicio puede cambiar: los que fueron deseados en un momento dado y con el tiempo fueron ganando fuerza como grupo, se transformaron en indeseados e intercambiables, y con ello perdieron su deseabilidad (fue el caso de los inmigrantes marroquíes en el campo andaluz, que fueron reemplazados, cuando se volvieron “difíciles”, por inmigrantes, en su mayoría mujeres, provenientes de Europa del Este; o el caso de los bolivianos en el Gran Buenos Aires relatado por Benencia, 2011). Esta provisionalidad (Domenech, 2011) a la que está sujeto el inmigrante, que depende de su condición de regular o irregular, o a su condición de deseable o indeseable, etc., nos habla de las asimetrías extremas entre Estado e inmigrante, y en definitiva de la vigencia que mantiene el punto de vista nacionalista, que “presenta a los inmigrantes como la principal fuerza diferenciadora que amenaza el tejido social de la nación” (Glick Schiller, 2008: 27).

Por tanto, si bien es cierto que se ha avanzado notablemente en el campo del estudio de las migraciones en la comprensión de los fenómenos más allá del marco interpretativo del Estado-nación, también es cierto que todavía existen grandes esferas de los público (para el caso de Chile desde la Constitución de la República hasta la manera en que los municipios se “enfrentan” a las poblaciones migrantes) que se sustentan en el punto de vista del nacionalismo metodológico, y que estas esferas se alimentan de saberes teóricos que desarrollan, matizan y sofistican este enfoque. La única manera de disminuir su influjo es practicar una alerta teórica y metodológica constante, no tomar como dadas las categorías con las que pensamos lo social sino justamente construirlas como resultado del análisis. Me refiero por ejemplo al modo en que subsumimos bajo una categoría nacional (peruano o colombiano) a grupos con diferentes características étnicas, regionales o de clase cuando intentamos comprenderlos (Caggiano y Torres, 2011).

Identidad

Al igual que para el concepto de Estado-nación, el concepto de identidad ha sufrido una metamorfosis: se ha multilocalizado. Este movimiento de liberación de sus ataduras con un único y exclusivo espacio geográfico es un fenómeno que no sólo se aplica a las corporaciones transnacionales y los mercados financieros, sino también a los grupos étnicos, los movimientos de personas, las formaciones políticas, los movimientos sociales, etc.

La multilocalización afecta a las lealtades de los grupos sociales, sus manipulaciones transnacionales de recursos, riquezas e inversiones, al igual que a la posición de los Estados en el panorama mundo. En palabras de Appadurai, “la pérdida de las fronteras entre las personas, la riqueza y los territorios, altera profundamente la base de la reproducción cultural” (1991:465). Las ciencias sociales se enfrentan al reto de comprender la identidad en un mundo donde la reproducción social, cultural y territorial de los grupos está cambiando. Como resultado de la migración, los grupos se anclan en nuevos territorios, reconstruyen sus historias y reconfiguran sus proyectos “étnicos”. De ahí que Appadurai advierta que lo etno en la etnografía se ha vuelto resbaladizo (slippery), una cualidad ilocalizable en el sentido tradicional.

Lo que agotó su capacidad hermenéutica es el análisis social tradicional de la identidad individual y colectiva basado en una teoría clasificatoria de tipos sociales, que presupone la existencia de identidades unitarias. De este modo, los individuos son concebidos como miembros de un grupo social cerrado/limitado, en cuyo interior son categorizados. Esta lógica binaria del “esto o esto otro” (Kearney, 1995) considera a los miembros como dentro o fuera del grupo, no hay matices, contradicciones ni ambivalencias: no existe el “esto y aquello” o el “ni esto ni esto otro”. El supuesto es que los individuos y los grupos desarrollan su identidad teniendo como base un territorio delimitado y controlado por un Estado, dentro de una historia, tradición y costumbres determinados, y sujetos a un destino común, como pueblo, nación o comunidad. Esta identidad se construye por oposición a otra, que tiene su misma naturaleza: está delimitada y sujeta a un territorio específico y es exclusiva de un pueblo. Se cree que la “existencia social auténtica está, o debiera estar, circunscripta a lugares cerrados”, y por ello que la residencia es “la base local de la vida colectiva” (Clifford, 1999: 13).

Pero el concepto de identidad debe hoy en día adaptarse a este mundo de lealtades cambiantes, de reordenamientos espaciales constantes, de flujos globales de mensajes, personas, bienes y prácticas, de conexiones complejas entre localidades, naciones y regiones, de relaciones transnacionales de tipo económico, político, cultural y social, y de fuerzas sociales nuevas. La identidad ya no es identificable de manera simplista y lineal con un territorio, una nación o un Estado, ni con una condición social determinada (explotado/explotador, dominador/dominado, etc.) sino que se desliza sobre un terreno arenoso, donde es preciso comprender lo móvil y lo inmóvil, el viaje y la residencia, lo local y lo global.

El desafío de comprender las migraciones contemporáneas

En relación con el concepto de Estado-nación como contenedor de la sociedad, las poblaciones migrantes aparecen como fenómenos desviados del funcionamiento normal del Estado y la sociedad. En este sentido Wimmer y Glick Schiller (2002) señalan cuatro elementos que están detrás de la creciente importancia de las migraciones como campo de investigación especializado y desafiante para las ciencias sociales. En primer lugar, porque “destruyen el isomorfismo entre pueblo, soberanía y ciudadanía” (2002: 309), ya que los inmigrantes son percibidos como extranjeros para la comunidad que comparte lealtad al Estado y a la que el Estado le garantiza ciertos derechos compartidos. Los inmigrantes también erosionan la relación isomórfica entre pueblo y nación, apareciendo como individuos que nos recuerdan que existe un proceso social, político y cultural que nos convierte en parte de una nación, y que no es un proceso natural, sino que tiene una historia concreta, muchas veces rodeada de violencia y abusos de poder. La inmigración, con todas sus realidades heterogéneas, restituye el carácter histórico-social del proceso por el que un pueblo se convierte en nación.

Un tercer elemento clave es que los inmigrantes destruyen el isomorfismo entre pueblo y solidaridad de grupo. En la medida en que vienen “de afuera”, los inmigrantes no son concebidos como parte del sistema de protección social de la sociedad de destino, pero por otro lado aportan con trabajo y generación de riqueza para que este sistema funcione. Por último, las migraciones internacionales aparecen como una anomalía dentro de la normalidad de que la gente resida en el lugar donde pertenece, que no es otro que su Estado-nación, ya que desde el punto de vista del nacionalismo metodológico, cualquier “movimiento a través de las fronteras nacionales se convierte en una excepción a la regla de sedentarismo dentro de las fronteras del Estado-nación” (2002: 310).

Respecto del concepto de identidad, los flujos migratorios actuales nos muestran que las identidades son construcciones sociales dinámicas, que pueden estar sujetas a un territorio determinado o a más de un territorio, como también pueden anclarse más que en un espacio geográfico concreto en una red de relaciones sociales, culturales y económicas que traspasan diversos territorios. Nos encontramos entonces con identidades múltiples, configuradas a partir de elementos que pertenecen, desde el punto de vista nacional/cerrado, a diferentes nacionalidades. Si las formas sociales y económicas de actuar, trabajar y vivir no están ya confinadas dentro del contenedor del Estado, la identidad también se libera de este contenedor y se sitúa más en el terreno de las relaciones (que imbrican lo local, lo nacional, lo regional y lo transnacional) que en el de los territorios. La identidad deja de ser pensada como una esencia que se transmite, se hereda y se adquiere de forma automática, sino como una construcción social que se configura dentro de un entorno de creciente interconexión (Marcus, 1995).

Las realidades migratorias contemporáneas también han sacudido el concepto de comunidad, que identifica de manera automática un pueblo con un territorio o lugar cerrado, limitado espacialmente, y que constituye lo que Glick Schiller et al. (1992) denominan un “concepto limitado” (bounded concept). La manera de comprender la migración desde este marco analítico se enfrentó a los desafíos que la muestran como un “proceso circular” (Rouse, 1991), en la que los individuos permanecen orientados hacia sus lugares de origen. Hay una evidencia creciente de que muchas personas en muchos lugares se enfrentan al hecho de mantener de manera sistemática dos modos diferentes de vida, aquí y allí, y por tanto desarrollan la capacidad de estar orientadas social y culturalmente a más de un lugar, lo que se ha dado en llamar cultural bifocality (Rouse, 1991), dual frame of reference (Guarnizo, 1997), type of consciousness (Vertovec, 1999), dual lives (Portes et al., 1999) o dual orientation (Vertovec, 2004).




Compartir con tus amigos:
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   20


La base de datos está protegida por derechos de autor ©bazica.org 2019
enviar mensaje

    Página principal